logotipo

img_google
El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
Sensaciones; nada




Y otra vez la apatía más absoluta. Estas ganas de no hacer nada o de que todo te salga mal, o algunas veces bien pero tener la misma sensación de no plenitud. Este levantarte por la mañana y pensar que el día va a ser igual que el anterior y que el que ha de venir. Hablar, sonreír, comer, andar, trabajar; lo mismo de siempre en definitiva. Y la gente no se da cuenta de nada. Hablan contigo cómo si no pasara nada. Te cuentan cómo les van las cosas, sus problemas y hasta sus sueños sin darse ni tan siquiera cuenta de que no me importa lo más mínimo. ¿No lo ven reflejado en mis ojos? Yo lo noto cuando me miro al espejo. Hay en lo más profundo una sombra, apenas perceptible, que denota hastío. Tal vez sea porque la gente ya no mira a la cara, mucho menos a los ojos. A mí siempre me gusta hacerlo. Tus labios pueden dibujar una sonrisa pero si te fijas bien muchas veces verás la sombra y sabrás que todo es mentira, que su vida es tan horrible cómo la tuya sólo que recubierta por una fina capa de hipocresía.

Y tratas de poner música para distraerte y suena algún grupo prefabricado y no consigue animarte, aunque tampoco lo haría aunque sonara el mísmisimo Jimmy Hendrix. Y coges la guitarra e intentas tocar las primeras notas de "Sunshine of your love", pero evidentemente no es el día y dejas de hacerlo antes de acabar la primera estrofa cuando tus dedos parecen moverse con la misma lentidud con la que se mueven las aspas de un molino en un día sin rastro de aire. Tal vez sirva para tocar un blues, pero enseguida desisto de tal cosa.
Lo siguiente es coger un libro. Ahora estoy leyendo uno que me ha prestado un amigo: "En el camino" de Kerouac. Encuentro la hoja por la que voy y sigo:

"El coche pertenecía a un maricón alto y delgado que volvía a su casa de Kansas y llevaba gafas de sol negras y conducía con extremada prudencia; el coche era lo que Dean llamaba un "Plymouth marica"; carecía de aceleración y de auténtica potencia. ( Segunda parte, Cap. V. "En el camino", Keouac)

Soporífero. ¿No van a acabar estos chicos nunca el puto viaje?. Empiezo a estar hasta los cojones de la generación Beat. No es que esté mal pero llega a cansar y yo estoy en ese punto en el que empiezo a aburrirme de tanto viaje, de tanta droga, de tanto vocabulario "guay" y de tanto niñato con ínfulas de superstar.

Y entonces tu madre te llama a la comida. ¿Aún es la hora de comer? me pregunto. No es que el cocido esté malo pero no tengo ganas de comer y por tanto solo pruebo un par de cucharadas de la sopa y otro par de garbanzos. Plantearme probar el tocino o el huevo hace podría hacer que me sobreviniera el vómito, así pues desisto de hacerlo. Apenas presto atención al telediario y prefiero quedarme dormido. Me importa un bledo lo que los pase a los demás, hoy no es uno de esos días en que uno se siente solidario sino más bien todo lo contrario. Y al fin la siesta. Apago todas las luces, me pongo el pijama y coloco al lado el orinal al más puro estilo Cela. Me estiro y por primera vez en el día tengo una sensación reconfortante. No sueño o no recuerdo haber soñado nada. Cuando despierto, cómo otras veces, tengo la horrible sensación de que vuelve a ser por la mañana pero al mirar el reloj compruebo que son las seis y media de la tarde. Ya queda menos para que acabe el día. He quedado con un par de amigos para jugar al padel y subo pero sin raqueta, no me apetece lo más mínimo sudar. Cuando llego me miran con curiosidad y supongo que ellos sí ven la sombra en mis ojos y por eso apenas me insisten para que juege con ellos. Los observo desde un banco cómo pelotean. No tardo en desconectar. Me gusta dejar la mente en blanco de tal manera que parece que estoy atento a algo pero realmente no pienso en nada. Al rato, no sabría precisar cuánto tiempo después, una pelota golpea en la valla que me separa de la pista y me saca de mi ensimismamiento. Me levanto y me voy. Creo que mis amigos me dicen algo pero no presto mayor atención. De vuelta a casa me cruzo con una antigua compañera de instituto que amablemente se acerca a hablar conmigo. Sigue igual que siempre; igual de insoportable e igual de feliz. No tengo nada en contra de las personas así, de esas que sonríen todo el rato pero las cosas son así y más en días cómo hoy. Trato de darla largas y hasta la dedico un par de mis sonrisas falsas que seguro la harán más feliz hasta que consigo desembarazarme de ella. ¿Por qué la gente se cree que me importa cuando no es así? supongo que tiene que ver con el enorme ego que guardan dentro que les hace creerse el centro del universo. Llego a casa a casi la hora de cenar. La familia está reunida en torno a la mesa camilla frente al televisor, cómo todos los días a esta hora. Yo hago lo propio y me siento con ellos y comentamos algunas cosas triviales sin mayor importancia. De cena me dan pescado con lo cuál me ayuda a dejarlo casi intacto sin que parezca extraño aunque hoy habría dejado sin probar hasta el más suculento de los solomillos. Tras un tiempo prudencial de sobremesa me retiro al fin a mi habitación. Ha llegado la hora de escribir. Enciendo mi ordenador y abro la hoja en blanco. No tengo nada sobre lo que escribir y parece que hoy tampoco estoy muy inspirado. Finalmente pongo el título: nada y cierro sin escribir.
No es muy tarde pero tengo ganas de acostarme. Me quito la ropa con una premeditada lentitud, disfrutando de ese instante en que me desconecto del mundo. Una vez entre las sabanas, cómo cada día antes de dormirme, trato de pensar en algo, pero finalmente no pienso en nada.