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El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
My Blueberry Nights



No sé si era el momento más adecuado para ir a ver una película así pero uno no tiene la suerte de asistir todas las semanas a estrenos de directores que aún merezcan la pena. Dudaba sobre si ir a ver "The Changening" del maestro Eastwood o decidirme por "My blueberry Nights" de Wong Kar Wai. A priori clasicismo contra modernismo. Sorprendentemente me decidí por la segunda opción.

Reconozco que me temía lo peor. El maestro asiático tomaba las de VillaDiego y se nos iba a Hollywood a rodar su primera película américana. Y por si esto fuera poco daba el papel protagonista a Nora Jones, una cantante. Entro al cine, sorprendentemente vacío para ser el centro de Madrid, y casi obsesivamente empiezo a buscar un sitio dónde no haya gente con palomitas. Cómo las entradas no son numeradas, mi acompañante y yo nos situamos en un rinconcito lateral y tras cruzar algunas palabras ya no vuelvo a hablarle(lo se, puedo ser realmente desagradable frente a una pantalla de cine). Empieza la película y el volumen está a un nivel sorprendentemente tolerable. Un pastel de arandanos inunda la pantalla con los títulos. Color. Y ahí comienza el viaje iniciático de Nora Jones a través de "la ruta 66", cruzando de punta a punta los Estados Unidos. Y la música nos acompaña en el viaje en una de las mejores bandas sonoras que recuerdo. A grandes rasgos el metraje es un collage de historias, más o menos interesantes. La principal centra y vertebra el conjunto con la correspondecia entre un camarero y una cliente despechada, Nora Jones. Luego tenemos la historia de un extraordinario David Strathairn en el papel de alcoholico y su exmujer Rachel Weisz, la cuál no puede estar más sexy y luego la historia de una jugadora de Póker, encarnada(nunca mejor dicho) por Natalie Portman. La primera, la que se desarrolla en el bar, es quizás la más personal de todas y si hablamos de colores sería el azul en su más diversa gama de colores. La historia del alcohólico estaría teñida por el negro y el rojo y la última sería el marron de la arena de california. No vamos a ponernos a hablar ahora sobre la utilización crómatica de Wong Kar Wai en sus películas pero sí vamos a hacerlo de su estilio visual. Picados, contrapicados, cambio de material de película, camaras lentas con su estilo particular...no entraré en discusiones sobre clasicismo contra modernismo. Simplemente me parece el autor más destacado de su generación con un dominio abrumador del oficio que nos regala unos ambientes únicos, cada plano está cuidado al detalle, a veces difuminados, a veces explícitos, siempre geniales. Supongo que se trata de esos que algunos llaman estilo propio. Reconozco que en un principio "2046" me sobrepasó, más allá del estilo me pareció una película demasiado fría y hermética, cómo si fuera una sublimación de lo que ya había apuntado en "In the mood for love"(maravillosa) y "Chungking Express" pero para mal. Esta no será seguramente su mejor película pero sí es la más accesible. Claro que sigue con sus metaforas, especialmente acertada la de las llaves, o con sus recurrentes planos de trenes que vienen y van perdiendose en mitad de la noche o planos a través de ventanas, pero hay algo inconexo entre todas las historias, tal vez demasiado desiguales. A mí, por ejemplo me gustan especialmente la historia del alcoholico y la de la jugadora de póker pero no logro entrar en la principal pese a que el plano del beso cenital me parece lo más romántico del mundo. Una película, por tanto, desigual, con fallos de guión cómo la aparición de la rusa que nada aporta a la trama y con momentos brillantes cómo cuando la cada vez mejor Natalie Portman dice áquello de: "Fiate de todo el mundo, pero corta siempre la baraja". ¿Recomiendo, por tanto, ir a verla?. Un rotundo sí. Es díficil ver en la cartelera algo que se le parezca. Uno sale del cine con una sensación de felicidad por haber visto una historia azucarada, con paisajes hermosos, con caras bonitas, música melosa, pasteles de arandanos y final feliz. El primer problema es que, tal vez, esperabamos algo más. Y el segundo y fundamental es que después de haber visto una hora y media de color tenemos que volver al gris de la realidad...


 
Poemario



Conviertes cualquier
atisbo de tristeza
En sólo un rumor de duelos
y quebrantos
Cuando el crepúsculo
que se oculta
en tus ojos
deja paso a la mañana.
Entonces lamento
ser invierno
en pleno Agosto,
ser la tempestad
en este mar
en calma.
¡Ah¡ y esa voz
que todo lo envuelve,
cordura en tiempo
de locos,
que pone sonido
a este mundo
de sordos.
Y tus andares
flamencos,
desafiando a cada paso,
marcando camino
en mitad del campo
yermo.
Entonces lamento
ser invierno
en pleno Agosto.
Y miro tus ojos
llenos de soledades
y temores
y sólo puedo callar
y no hacer nada,
refugiarme
en habitaciones deshabitadas.
y cuando las lagrimas
se convierten en el río
en que baño mi alma,
aunque te tengo cerca,
te siento extraña...


A ti, aunque no lo sepas...


 
Las disertaciones de Letboy




Uno empieza a cansarse de visitar hospitales, de ver batas blancas pululando alrededor, de esperar restultados de análisis, de pasar horas y horas en espera, de que le vea un médico y otro y otro y así hasta el infinito. Demasiadas enfermedades propias y ajenas en los últimos años. Y siempre el mismo olor a enfermedad que te acompaña cuando sales del hospital, siempre el mismo silencio en los pasillos, la misma sensación de tiempo eterno que posteriormente pasa en un instante, la misma desidia que va minando tus resistencias hasta agotarlas. Las caras de preocupación ante lo inesperado o la cara de angustia ante lo que ya es conocido y adverso. Cruce de manos sudorosas, miradas al suelo para no ver las caras de los demás, acaso reflejos de uno mismo. Demasiado en los últimos años. Luego llegan las recuperaciones, las esperanzas que se vuelven a acumular, pero siempre con la duda de que todo sólo sea una tregua, una visión del sediento en mitad del desierto. Y uno se esfuerza en seguir para adelante, de que todo vuelva a ser lo mismo aunque todo haya cambiado. Ganas de huír del blanco aseptico y los colores neutros de los hospitales, del frío mobiliario de oficina que deshumaniza aún más al paciente, del calendario con campos de flores que adorna la sala de espera,de las habitaciones compartidas dónde conviven familiares y enfermos, dónde se comparte el dolor para hacerse más llevadero, allá dónde reina el silencio en mitad de la noche mientras una pequeña luz entre las camas parpadea ante los ojos del familiar que no puede dormir en la incomoda butaca. Luego los pasos en el pasillo de madrugada, la máquina de café que hace horas extras y la sala común dónde alguien llora sin que nadie le vea porque piensa que todo es injusto. Qué contraste con el júbilo que se manifiesta a tan sólo unos metros cuando en la planta de paritorios un nuevo niño llega a este mundo. Qué contraste la alegría de los padres con el hijo que cuida a su padre y que sabe que no volverá a salir del hospital mientras él sigue llorando en la sala común buscando pero no hayando respuestas más allá del dolor.
Luego llega el día y el hospital va recuperando su pulso con su ir y venir de visitas, con el ruido de los carros de las enfermeras, las comidas insipidas y las llamadas al teléfono que no para en todo el día de sonar.
Y así transcurren los últimos años y probablemente los que hayan de venir. Porque aunque siempre creemos que es demasiado, y que seguramente lo sea, uno acaba aguantando todo sin más remedio. Claro que luego ya no es todo lo mismo. A cada visita al hospital uno va perdiendo un trozo de sí mismo para dejarlo impregnado en las paredes, tal vez por ello asépticas ante los retazos de miserias de tantos enfermos. A cada mala noticia un poco más de indiferencia, cómo si una coraza se formase a cada revés para impermeabilizarnos del dolor y la tristeza para vivir en un permanente estado de somnolencia que nos permita adormilar los sentimientos y nuestro estado de conciencia. Cierto es que uno siente lo que le va pasando pero se llega a un punto en que no se puede bajar más cuando uno ya se encuentra abajo del todo, cuando ya ha aceptado las reglas del juego. Cuando se ha acostumbrado a tomar ansioliticos por la noche y le recetan pastillas para controlar la tensión arterial. Y todo esto lo vives con demasiada celeridad, sin estar preparado, pues nunca se está preparado para la enfermedad propia y ajena hasta que lo sufres por primera vez. Y entonces es cuando aceptas y comprendes el juego. Y te dedicas a vivir, tal vez valorando más las cosas. Y te enamoras, charlas con los amigos, progresas en el trabajo, paseas por el campo, escuchas música, te casas, compras un piso grande y otro más pequeño en segunda línea de playa, tienes dos hijos(uno niña y otro niño),compras un coche...pero siempre con el miedo;El auténtico miedo, más allá del sufrimiento físico y mental, áquel que tenemos a lo desconocido. A la incertidumbre de no saber. A la nada absoluta que se encuentra detrás de todas las cosas.