The end
Siempre es triste despedirse o cerrar una trayectoria, pero siento que ha llegado el momento de poner punto final a este blog. Ha sido mucho tiempo escribiendo y mentiría si digo que no siento pena al hacerlo. Se ha tratado, en mayor o menor medida, de acercar la literatura y el mundo del cine a mis amigos y demás lectores ocasionales, aunque no se muy bien si lo he conseguido o no, si alguien ha visto una película de Mizoguchi o leído algún libro de Mccarthy, habrá valido la pena. Durante todo este tiempo también he escrito multitud de relatos y poesías entre los que se podía leer entre líneas muchas personas importantes que han ido entrando y saliendo de mi vida: Mis primeros pasos con Pat, la locura de Vanessa, Anita la rubia y sus enfados y reconciliaciones, Víctor y David, mis compañeros de piso, Silvia y su alegría, Aitor y su eterno sombrero y últimamente también Elena, que consiguió hacerse un hueco destacado entre los post y mi vida... una lástima que las cosas no salgan nunca cómo uno planea, aunque si algo he aprendido en todo esto tiempo es a perder.Por encima de todos siempre estuvo Noe, maldita por siempre...aunque si de algo me he dado cuenta en estos años ha sido de la mediocridad que rodea mis escritos, unos en mayor proporción que otros, que me ha hecho ver la realidad tal y cómo es: no soy apto para la escritura, Ha llegado el momento de guardar la pluma en el tintero y dejar las hoja en blanco para siempre. Ha llegado el momento de cerrar varios frentes en mi vida, este solamente es uno de ellos. Tal vez cambiar de vida, tal vez cambiar de ciudad, tal vez abandonar de una vez por todas mis sueños...pero eso es una historia que ya no leerán, la historia de Letboy. Yo también elijo no elegir la vida...
Fin
Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compacdiscs y abrelatas eléctricos.
Elige la salud: colesterol bajo y seguros dentales, elige pagar hipotecas a intéres fijo, elige un piso piloto, elige a tus amigos.
Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos colores. Elige el bricolage y pregúntate quien coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el puto sofa a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura.
Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima ,en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoistas y hechos polvo que has engendrado para reeemplazarte.
Elige tu futuro. Elige la vida.
Pero, ¿por qué iba a querer hacer algo así?. Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa, y las razones: No hay razones.
¿Quién necesita razones cuando tienes cocaína?
El sueño de Sofía
Comenzó a andar dos días después de la muerte de Sofía. Nadie reparó en él cuando abandonó el pueblo. Con su mochila al hombro, su gorra calada y un pequeño bastón, su figura se fue alejando hasta fundirse con la línea del horizonte. Absorto en sus recuerdos, ni tan siquiera volvió la vista atrás para despedirse del lugar dónde había vivido más de veinte años. Fue a finales de los setenta cuando él y Sofía habían llegado a áquel alejado rinconcito de la vieja Castilla dónde apenas vivían doscientos habitantes. Eran dos jovenes recien casados a los que un golpe de suerte en forma de billete de lotería había hecho prematuramente ricos. Habían decidido huir del bullicio de la ciudad para cumplir su sueño:retirarse a vivir a una pequeña casa de campo con un huertecito dónde plantar sus propias hortalizas. Mientras sigue caminando no puede evitar acordarse de la sonrisa de Sofía al ver por primera vez la casita que más tarde se convertiría en su hogar. La misma casa de las afueras que aún hoy un viejo cartel sobre una alambrera de madera anuncia cómo "El sueño de Sofía". El primer año, nada más de instalarse, fue agitado. Sembrar el huerto, pintar las paredes y decorar las habitaciones ocuparon los primeros meses y no dejaron tiempo para descansar a la pareja. El día comenzaba temprano, a eso de las ocho de la mañana. Siempre había algo que hacer. Mientras ella se encargaba del interior de la casa, él hacia lo propio con el exterior quitando las malas hierbas o clavando las maderas de la valla que delimitaba la parcela. Las tardes las dedicaban a pasear por los alrededores. Les gustaba especialmente el camino que llevaba al riachuelo de la vieja, cómo así les llamaba la gente del lugar, dónde en verano se divertían bañandose. Qué hermosa estaba Sofía con el pelo mojado, con su eterna sonrisa y sus pequeños ojos de gata. Siempre veían anochecer desde el portal, sentados en la mesita de madera y cenando unos tomates asados de su propia cosecha. Si la felicidad plena existía, debía de ser muy parecido a aquello.
Pero los problemas llegaron cuando decidieron tener un hijo que llenara, aún más, sus vidas. Tras intentarlo una y otra vez sin resultado, decidieron acudir al médico. Mientras el caminante descansa a la vera de un árbol repasa mentalmente la escena. Ellos dos sentados tras la mesa del especialista. Nerviosos, con las manos entrelazadas, asustados ante el mal augurio de la seriedad del doctor. Nunca había visto tan triste a Sofía cómo áquel día. Durante todo el camino de regreso apenas cruzaron unas palabras. Tal vez un "no pasa nada", o un "qué le vamos a hacer". El silencio cómo signo de impotencia. Aún le da rabia no haber podido consolar de otra manera a su mujer áquella noche en que durmieron abrazados, compartiendo la tristeza de una mujer que sabe que nunca podrá ser madre, mientras las lágrimas y el cansancio acaba por fundirse con el sueño. A la mañana siguiente sólo él se levantó temprano. Se vistió cómo cada día y comio un par de huevos escalfados antes de salir. El dia estaba nublado y el frío empezaba a anunciar el invierno.
Toda la mañana la ocupó en recoger el más bello ramo de flores silvestres para tratar de animar a su mujer. Cuando llegó a casa, su mujer seguía tumbada en la cama, se acercó a ella, le besó la frente y le entregó el ramo. Apenas un susurro salió de su boca para darle las gracias y siguió con la mirada distraída, cómo si estuviera a mucha distancia de allí. Durante dos días él le hizo la comida y se ocupó de las tareas del hogar. Todas las noches dormían abrazados, mirandose frente a frente. Sólo cuando Sofía cerraba los ojos, él lograba dormirse.
Al tercer día, mientras él estaba fuera, ella decidió levantarse. Puso las flores, ya casi marchitas, en agua y las dejó encima de la mesa. Cuando él volvió la sorprendió cocinando. ¿Tienes mucha hambre, cariño?. Fueron las primeras palabras que escuchó de su boca en tres días.
Vista desde la distancia, la silueta del hombre caminando por el camino en mitad de la noche se asemeja a los rayos de la luna que le vigila desde las alturas; tenue, apenas perceptible y sin prestar atención a la melodía que entona la noche; el crujir de las ramas bajo sus pies, las hojas de los árboles mecidas por una suave brisa y el estruendo del recuerdo del entierro de su mujer. Cuando se detiene en mitad del camino y apoya su espalda en unas rocas es cuando se le presentan ante sí las imagenes más dolorosas. Ella tendida sobre la cama, sus gritos de dolor que no logra mitigar la morfina, sus ojos que no le reconocen y finalmente sus manos sujetando las suyas que caen sin vida. Luego el entierro. El silencio. El eco de las palabras calmadas del sacerdote en la iglesia mientras sus ojos se clavan en el feretro dónde al fin descansa su amada. Rodeado de gente que le dedica palabras amables y al fin solo en la casa, vacía sin ella.
Y así cae dormido, entre el cansancio y la rabia, el caminante. Luego llega la mañana de nuevo y el caminante despierta. Se siente en un lugar extraño, aunque en realidad ya todos lo sean, y sigue caminando hacia ninguna parte, allá dónde nadie le espera, allá dónde van los que no tienen ningún lugar dónde ir...





