El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
El entrenador



Cuentan en los mentideros de los poyos de la Iglesia de Santiago Apóstol que su pasión por el fútbol vino desde que apenas levantaba unos palmos del suelo. Sucedió un verano del 82 mientras se jugaba el mundial de naranjito en esta España de los toros y la pandereta. Ocurrió el 5 de Julio cuando la noche aún no había empezado a caer sobre el estadio de Sarriá. Brasil, el equipo que había enamorado al mundo con su juego, se enfrentaba a Italia por un puesto en las semifinales. Aquel día el joven descubrió la épica del fútbol, la lucha, el pragmatismo, la disciplina y en definitiva todos los valores que le llevarían a amar el deporte de la pelota durante tantos años. Esa noche Italia conmocionó al mundo de la mano de un delantero espigado llamado Rossi eliminando a la verde amárela de Zico, Falcao o Sócrates. Italia acabó convirtiéndose en campeona del mundo. Más allá de las pesadillas que el joven tuvo con naranjito las noches posteriores había algo que no se le iba de la cabeza; una belleza insondable, el misterio del sacrificio colectivo y la gloria de la victoria. Desde ese momento lo tuvo claro: tenía que ser entrenador de fútbol. Transcurrió su infancia y su juventud mientras los mundiales de México y Estados Unidos coronaban a Argentina y Alemania. Más allá de la eclosión de un joven Maradona y su exhibición ante el enemigo Inglés, de los cuatros goles de Emilio Butragueño ante Dinamarca o el poderío Mathaus y Rummenigge lo que de verdad le interesaba era el engranaje de los equipos y sus mecanismos internos que los hacía funcionar cómo una máquina perfectamente engranada o cómo una tartana a punto de pararse.

Mientras Sacchi ficha por el Milán procedente del Parma el joven Cebrereño marcha al Norte para acercarse a sus raíces y emprende la aventura del saber intentando hacer la carrera de Filosofía. Cuentan en los mentideros que fue en esa época cuando el joven empezó a ver partidos y más partidos de todas las ligas europeas sin distinción alguna, aunque si bien su corazón pertenecía a los jugadores que jugaban en la Catedral; los leones de San Mamés. Fueron aquéllos unos tiempos que sólo podrían calificarse cómo de cambio. Cuentan que acabó abandonando la Universidad harto de tanta pantomima y decidió recorrer de punta a punta el Cantábrico recorriendo todos los campos de entrenamiento que en su camino se pusieran: Desde la cantera del Celta de Vigo hasta la escuela de Mareo del Sporting. Entre sidra y mujeres de dudosa fama (o más bien conocida) sin saber muy bien cómo, tal vez por despecho, acabó medio arruinado por lo que decidió acabar su formación en Lezama. Tal vez fueran aquellos sus días más felices, acogido por la familia de uno de los jugadores del Athletic y acudiendo puntual cada mañana a los entrenamientos. Así transcurrieron algunos años dónde el joven aún seguía viendo más y más fútbol hasta que le llegó su oportunidad y pudo entrenar a algunos jóvenes cachorros del equipo vasco. Por entonces Italia lloraba su eliminación de su mundial a manos de un Maradona pletórico y los malditos penaltis, aunque Alemania cobraría venganza con un gol de Brehmen a cinco minutos del final de la final, coronándose de nuevo el equipo Bávaro. El principio de los noventa supusieron la eclosión del Milán de Sacchi, un equipo inolvidable en el que militaban, entre otros, Baresi, Gullit, Maldini o Van Basten. Los inmortales de Sacchi, cómo así fueron apodados, lograron la copa de Europa y enamoraron al mundo con un fútbol total basado en la presión, la táctica, la defensa en zona y la sensación de bloque de un equipo cómo tal vez no se ha vuelto a ver. La visita a la ciudad deportiva del Milán y a San Siro supuso el enamoramiento definitivo del joven por los métodos de aquél entrenador bajito y calvo que había revolucionado el fútbol y su manera de entenderlo.

La llamada de la patria hizo volver al joven a su tierra Cebrereña dónde se hizo cargo del equipo de fútbol dándole a este una de sus épocas más gloriosas mientras Sacchi perdía el mundial de Estado Unidos en la final frente a Brasil en la final que tomaba cumplida venganza de la eliminación del 82.

Mientras el “Dream Team” de Cruyff de Romario, Stoichkov o Bakero era enterrado en Atenas por el Milán de Capello, que seguía la senda del maestro, el joven entrenador empezó a viajar por el mundo. Desde Anfield, dónde una lágrima se asomó a sus mejillas mientras comprobaba como todo un estadio cantaba el “You will never walk alone” hasta las pequeñas canchas Francesas dónde el grito de África puede oírse con más claridad en la vieja Europa. Otro tipo de grito recorrería las calles de Francia, desde los campos Elíseos a los getos de París, cuando Zidane y compañía conquistarán el mundial que se celebraba en su patria. Años después Zizou metería el gol más bonito que yo he visto en una final al rematar una bolea llovida del mismísimo cielo; cómo entregada por los mismísimos Dioses del Olimpo.

Este mundial y el siguiente, conocido como el mundial del robo Coreano, coincidieron con la profesionalización de nuestro joven protagonista y su consecución del título de entrenador. Aunque no todo era estudio. Podríamos hablarle de su búsqueda infinita de las musas a través de un tercio, de sus cuitas amorosas o de su relación con su escudero ”Mito”, pero esa sería otra historia que tal vez otro día contemos.

Y así llegamos al verano del 2006 con el mundial de Alemania aún fresco en la memoria. Italia, la vieja y pendenciera Italia, aupada de nuevo a la gloria con el peor equipo de los últimos tiempos. Malos tiempos para la lírica.

Nuestro joven entrenador sigue sus viajes cómo un Marco Polo moderno y así llega hasta la mismísima Alemania, pero lejos de interesarse por el fútbol trae en sus alforjas un Mercedes y un desplante de una señorita que sin duda aún se arrepiente de su decisión. Luego la magia de Granada, el misterio de Cordoba y la calurosa Sevilla y así llegamos hasta nuestros días.

Cuentan en los mentideros que últimamente se le ha visto detrás de alguna bella muchacha (como no podía ser de otra manera) y cuentan también que podría haber perdido el juicio como una metáfora de un Quijote moderno que pierde la cabeza con el fútbol y no con novelas de caballería, aunque esto último yo no acabo de creerlo. Albergo la esperanza de encontrarlo algún día a la vera de una barra y compartir un par de cervezas mientras charlamos sobre fútbol, sobre libros o sobre esa obra de teatro que algún día verá representada Cebreros y que se convertirá en un hito cultural del que dentro de unos cientos de años seguirán hablando en los mentideros de los poyos de la Iglesia de Santiago Apostol.


A MANU, CON CARIÑO Y AFECTO Y DESEANDO QUE LE GUSTE.

P.S No todos los datos son exactos pero espero que sepan perdonarme los errores o ficciones pues la intención era hacer un retrato de una persona a la que respeto y admiro, una persona que afirma cosas cómo que “para conocer un pueblo hay que empezar por su biblioteca”, que tal y como están hoy las cosas es mucho afirmar.


No