La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
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Sindicación
 
Cuatro años de La Letra Escarlata
Este blog se llama La Letra Escarlata por un libro de Nathaniel Hawthorne que lleva el mismo título. Hester Prynne, su protagonista (a quien le he tomado prestado mi pseudónimo), es condenada al ostracismo por cometer adulterio. Estamos en la época del puritanismo (siglo XVII) en Estados Unidos. Hester es silenciosa y yo me reapropio de su nombre para deconstruírlo y hablar sin parar. (Hester Prynne, junio 2004)

Hace cuatro años, yo vivía en un piso del madrileño barrio de Malasaña con una gran amiga. Ambas acumulábamos libros por toda la casa y llenábamos las paredes de pósters. Los chicos hacían cola para intentar conquistar a mi compañera, que todavía no había encontrado a su gran amor (ahora tiene una maravillosa niña con él), mientras que yo me curaba poco a poco de una linda relación de dos años que acababa de terminar. Era verano, Madrid estaba herido y la izquierda estrenaba gobierno después de años nublados de derecha recalcitrante. Todavía en mis veintitantos, no sabía qué iba a ser de mí ni tampoco que eso nunca se llega a saber. Esto de los blogs no lo conocía mucha gente y todo estaba por hacer. No tardarían mucho en llegar, si no lo habían hecho ya, todas esas deliciosas escritoras de otro planeta que poco a poco irían poblando la bollosfera: Destierro, la Ricci, la albiñoca, Myu, la aupair bollo, Nuria Rita, Chavela, Little Bellota, Suigeneris, Gabby, el Ave, Paola Vaggio y tantas otras que son ya unas veteranas.
Hace hoy cuatro años empecé esta bitácora que tenéis en vuestra pantalla y que, henchida de las vitaminas que le dan los comentarios, las otras penélopes que tejen palabras en sus teclados y la gente que me regala su tiempo leyendo mis posts, no deja de crecer, de indignarse y de seguir teniendo ganas de vivir.
Como siempre, GRACIAS.
 
¡Sinvergüenza!
Buscar el yo en el poderío del oro es edificar sobre arena (Ibsen)

SOS desde esta pobrecita ciudad.
Pongamos que hablo de Madrid…
Y pongamos que lloro, que lloro porque la sanidad pública, nuestro orgullo y la envidia de tantos otros países donde si no tienes un seguro privado olvídate de ir al médico, está desapareciendo en la capital, engullida por los afanes lucrativos de nuestra iron maiden particular…
Y pongamos que lloro, porque el dinero de la educación pública (pavor en las escuelas infantiles y en las primarias, donde el recorte de presupuestos aumenta el número de niños por clase y desmejora el que ya de por sí era un enclenque programa educativo) está siendo destinado a colegios concertados (en su mayor parte religiosos, y eso que nuestro estado es aconfesional) y a otros gastos que nada tienen que ver con aprender.
Y pongamos que lloro, sobre todo, porque si esta señora está donde está es porque la han votado.
Pero yo no, yo no la he votado. Yo no quiero que privaticen los hospitales ni cristianicen los colegios. SOS, SOS.
Y encima, lo peor de todo, es que la tía se pone chula…
 
Love is in the air...
Amar es despertar a una mujer y que no se indigne (Ramón Gómez de la Serna)

Hoy mi amiga Chavela me ha puesto de muy buen humor porque en su voz se notaba que le brillaban los ojos y por su tono se podía saber que estaba sonriendo. ¡Cómo me gusta que la gente que quiero sea feliz! Se me contagia y me ayuda a sentirme alegre yo también.
Y es que mi Chavelita ha conocido a alguien que la tiene boba, y me imagino cómo está viviendo ese principio lleno de taquicardia, ideas locamente románticas y horas perdidas (mejor dicho, ganadas) mirando al infinito y soñando despierta.
Suerte a las dos: que os queráis mucho y que os queráis bien y que, como diría el Sabina “todas las noches sean noches de boda y todas las lunas sean lunas de miel.”
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Este amor nuevo me viene de lo lindo para decirle unas palabritas a mi bruja, porque este viernes día 13 de junio hace tres increíbles, inesperados y afortunados años que nos conocimos.
¿Os he contado alguna vez que fue a través de este blog? Sí, sí, ella me leía, nos escribimos, descubrimos que éramos vecinas…
Me detengo aquí, porque esta casualidad debo detallarla un poco más. Ya de por sí es una coincidencia bastante extraordinaria que mi bruja descubriese un blog, se hiciese lectora habitual del mismo y luego resultase que lo escribía una chica de su mismo barrio. Pero es que no solo éramos del mismo barrio, sino que vivíamos en la misma calle. Pero es que no solo vivíamos en la misma calle, sino que mi edificio era el número 11 y el suyo el 12. Así que, como comprenderéis, pasamos de lo virtual a lo carnal en menos que canta un gallo. Recuerdo perfectamente espiar su portal desde mi terraza para ver si salía y morirme de los nervios cuando la veía con esos pantalones pirata tan deliciosos que llevaba por aquel entonces. Qué bonita es nuestra historia, mi niña.
Y de una cercanía tan junta, de un llamarnos a gritos desde la calle y quedar “dentro de cinco minutos abajo” pasamos a que nos separase el océano Atlántico. Mi año en Estados Unidos se entrometió en una historia que intuí necesaria, trascendental e imprescindible en mi vida. Huelga decir que ambas nos arruinamos con nuestras visitas transoceánicas y nuestras llamadas telefónicas diarias, esas en las que desafiábamos la diferencia horaria para contarnos cotidianidades. Sin olvidar las cartas, los paquetitos y la webcam, claro.
Y de una lejanía tan apartada a los anuncios por palabras, buscando piso y guarida. Ya llevamos más de un año en nuestra casa, ¿verdad, mi dueña y señora? Está repleta de libros, ventanas y besos. Qué bonita es nuestra historia.

A Chavela y a su chica, les remito a un viejo post mío.
A mi bruja celebrada y celebrante, le remito a mis brazos.
Y a quien tenga ganas de seguir leyendo, a un nuevo post en The Bollo Times.
 
Rebelde
Quien ha sembrado privilegios, debe recoger revoluciones (Claude Tillier)

China, gigante asiático donde nunca se han respetado los derechos humanos y pese a lo cual se van a celebrar las Olimpiadas este año –lo mismo que se hicieron en Atlanta en 1996, pese a que la legislación estadounidense sigue manteniendo la pena de muerte en muchos de sus estados- fue escenario hace exactamente 19 años de las protestas de los estudiantes en la pekinesa Plaza de Tian’anmen (nombre que, irónicamente, se traduce como Puerta de la Paz Celestial) en contra de la represión y la corrupción del gobierno comunista. En la noche del 3 de junio, el ejército entró en la plaza con sus tanques y asesinó a alrededor de 2.000 personas (las cifras varían según la fuente), dejando heridas a unas 10.000. Y entre toda esta rabia y dolor, él:

Nunca he entendido eso de que en muchas ciudades haya un monumento al soldado desconocido. ¿Por qué no, mejor, al rebelde o la rebelde desconocido/a? Son incontables, sus hazañas no suelen reconocerse y han logrado cambiar el mundo a mejor en muchísimas ocasiones: qué hubiera sido del planeta sin las sufragistas constantemente apresadas por los guardias que reclamaban el voto de las mujeres a comienzos del siglo pasado, sin los jóvenes checos que repartían flores en los sesenta en Praga, sin la dama negra que se negó a sentarse en la parte trasera de un autobús sureño, sin tantas personas que en un momento dado pusieron su rostro delante del objetivo de un cañón para clamar justicia.
Una sugerencia a las alcaldías que estén pensando en invertir en estatuas, vamos.

Nuevo post en The Bollo Times
 
De feria
¿Qué mano invisible puso este libro a nuestro alcance? ¿Qué misteriosa influencia nos impulsó a leerlo? Si hubiéramos seguido ignorando su existencia, si todas sus semillas que fructificaron en nosotros -de modo tal que las creímos preexistentes en el espíritu y sólo reveladas por la lectura- se hubieran malogrado: ¿cómo seríamos ahora? ¿Qué parte indeterminable de nuestra alma hubiera permanecido estéril? ¿Qué no hubiera sido y qué continuaría siendo en lo recóndito de nuestro ser moral? (Rafael Alberto Arrieta)

Ah, leer. Ahora que aquí en Madrid se inaugura un año más la Feria del Libro, se me ocurre escribir este pequeño homenaje a mi verbo favorito.
A mí las historias se me cuelan en todos los formatos, no hago ascos a nada siempre que sean compatibles con mi aparato favorito, ése cuya batería jamás se gasta, de máxima portabilidad, con una pantalla que no daña la vista y cien por cien silencioso: el libro.
Pero, como digo, además de tener la fortuna de amanecer cada día en un mar infinito de estos mágicos artilugios, doy la bienvenida a cualquier oportunidad de narración. Por las mañanas, desde mi sufrida bicicleta estática, escucho audiolibros –el último, The Monsters of Templeton de Lauren Groff, me está conmoviendo tanto que en ocasiones debo dejar de pedalear para lanzar un suspiro, espero que lo traduzcan pronto para quienes no leáis en inglés-, mi portátil descarga con asiduidad diversos ebooks y tengo ganas de reunir el suficiente dinero para comprarme uno de esos lectores como el Sony Reader o el Iliad(paso del Kindle, sólo permite comprar libros de Amazon y eso me fastidia mucho, aunque la maquinita en cuestión no esté mal).
En fin, que paso gran parte de mi existencia leyendo (y escuchando) todo tipo de historias. Pero además de eso, mi trabajo de traductora literaria le añade aproximadamente ocho horas al día a mi dosis, que aún así nunca es demasiada. Y si el jugar con las palabras de otros autores es el placentero sudor de mi frente, intentar concebir mis propias aportaciones de las otras vidas –porque leer significa aquirir el don de vivir un montón de vidas, además de la propia-, intentar ser yo también autora, artista, creadora, eso se lleva otra rebanada de mi tiempo. La conclusión que se puede sacar de todo esto es que cuando sea una vieja pelleja –edad a la que quiero llegar para que me de tiempo a leer todo lo que tengo planeado leer- llevaré unas gafas de culo de vaso que no veas.
La nota triste de todo esto, volviendo a nuestra famosa Feria, es que siendo España la quinta potencia editorial en el mundo, la televisión no dedique ni un programilla de media hora al fomento de la lectura: ¿no tiene como lema el diario Público eso de “cultura para todos”? ¿Y por qué su canal de televisión, La Sexta, no lo lleva a la práctica en lugar de tanto chiquichiqui miserable? ¿no financian nuestro bolsillo canales nacionales y autonómicos? ¿no son el gobierno central y los de cada comunidad responsables del fomento de la cultura? Basta de fútbol, a todas horas, ocupando la mitad del telediario y muchas más páginas en los periódicos que la cultura. Basta de hipocresía. Es ciertamente desolador, y, como decía el editorial de mayo de la revista de libros Qué Leer, “la situación mejoraría si, en el fondo, a la mayoría de los políticos, gestores, programadores de la tele o directores de prensa de este país les gustara leer. Así de sencillo. Así de terrible.”
Pero no quiero terminar el post con pensamientos tan sombríos, así que aquí os regalo una lista de nombres (de heroínas y héroes) a los que os aconsejo que busquéis en las casetas de la Feria: Diane Ackerman, Monica Ali, Nuria Amat, Gioconda Belli, Sophie Benini, Gordon Dahiquist, Cornelia Funke, Beatriz Gimeno, Sara Gruen, A.M. Homes, Nicole Krauss, Ursula LeGuin, Doris Lessing, Irene Lozano, Gregory Maguire, Alberto Manguel, Claire Messud, Stephenie Meyer, Walter Moers, Rosa Montero, Alan Moore, Haruki Murakami, Inés Núñez, Martha C. Nussbaum, Philip Pullman, Philip Roth, Diane Setterfield, Murasaki Shikibu, Sarah Waters, Tennessee Williams…
Se agradecerán más sugerencias.

Más libros en La Letra Escarlata:
Lecturas veraniegas
Biblioteca básica de feminismos
Tras la puerta entornada
Obituario
Cómo matar a Susan Sontag
Una que se va, uno que viene
Angela Davis
Mi Londres se llama Virginia
Atrévete a cruzarlo
Dickens en una noche de invierno
Obituario: Betty Friedan
Por qué nunca estoy sola
¿De otro planeta? El libro
Día del libro
El amor en tiempos de infamia
Templos
Libros para empezar el año con arte
De librerías y bibliotecas
Otra vez, sobre la lectura
Misterio
La viejecita de fuego
Elphaba
4.000 libros
 
Desconcierto
Los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades (Fernando de Rojas)

Algunas veces, sola e incomprendiendo. La decepción siempre va unida a la sorpresa entristecida cuando la cosa va de personas que una quiere… Procuro que la ley que rige mi vida sea la del cuidado. Cuidar cada pequeño elemento de los pequeños haceres del día a día para componer un universo enorme de importantes nimiedades. Sobra decir que no creo ser perfecta, y que a veces a mí también me engulle la velocidad de la vida moderna, pasando por alto lo que tal vez sea importante para alguien, para arrepentirme después de haber sido cegada por el reloj, la pereza o por mi propio ombligo. No obstante, y a sabiendas de que no voy a ser leída por estas personas –suelen tener demasiada prisa como para detenerse a leer lo que su amiga llevaba en el corazón y ha intentado traducir en palabras-, me consta que hay gente a la que quiero mucho, a la que quiero con toda mi alma, pero con quien hace tiempo que no intercambio más que frases vacuas y muletillas bobas. Gente que ya no suele pararse a escuchar la respuesta cuando me pregunta que qué tal estoy, que no muestra orgullo ante mis logros ni me anima en mis fracasos porque desconoce ambos o ignora que para mí son logros y fracasos. Algunas veces, sola e incomprendiendo. Yo quiero aprender a seguir cuidando, pero también quiero ser cuidada. Hay piedras en mi corazón de estos seres queridos que llevan siempre tanta prisa que ni siquiera se han dado cuenta de que me han hecho daño. A veces estos guijarros me pesan y entonces se me escapan las lágrimas o los insomnios. Afortunadamente, estoy rodeada de amor y abrazos y la pena se diluye en miel y canela.
 
Armas de mujer
Y Richie comprendió, con un escalofrío, que para eso la habían fabricado. ¿Qué otra cosa se podía hacer con una pistola? ¿Encender un cigarrillo? (It, Stephen King)

No me parece un avance que una mujer se halle al frente de los ejércitos, porque, por mucho que hoy mismo salga ella en el periódico diciendo que es “pacifista” y que “el ejército español es una fuerza de paz,” no nos las va a dar con queso. Las fuerzas armadas (las de todos los países, me refiero) son un magnífico ejemplo de lo mal que nos lo montamos. Vamos, que podíamos estar aquí tan a gustito y nos dedicamos a jodernos la vida y a amargar la del prójimo. Las militares y las ministras de defensa son mujeres que, en lugar de hacer una nueva política ahora que por fin han accedido a estratos que antes les estaban vetados, prefieren meterse en un sistema completamente creado por hombres y adaptarse a él como un niño pobre que se tiene que poner ropa que ya se le ha quedado pequeña. Es triste que consideremos como avances ciertas cosas que no hacen sino perpetuar sociedades limitadas y poco creativas, sociedades que no celebran las diferencias ni saben solucionar conflictos con la palabra. Llamadme idealista si queréis.
Viendo hoy a Carme Chacón embarazada al frente de un batallón y diciendo con vehemencia eso de “soy pacifista” me he acordado de un reportaje que vi ayer en el National Geographic acerca de los avances en balística y de cómo un grupo de científicos habían conseguido diseñar un arma que disparaba mil balas por minuto y otra que tenía una bala que nunca fallaba, porque se teledirigía al objetivo. Y yo pensaba: así que estos científicos están por ahí haciendo dinero a costa de inventar estas pistolas o metralletas o lo que sea que, obviamente, sólo sirven para matar y para nada más. Y luego qué, ¿van a sus casas, hacen el amor con sus parejas, leen un cuento a sus hijos, cenan con sus amigos, friegan los platos? ¿Pueden dormir tranquilos, con el cerebro libre de culpabilidad?
Por favor, comandantas en jefe, personas dedicadas a la ciencia, hagan lo que les de la gana, pero llamen a las cosas por su nombre y no nos traten a los demás de idiotas, ¿vale?
 
Tempus fugit
Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo (En busca del tiempo perdido 1, Marcel Proust)

En ocasiones, ¡inesperado encuentro!, un aroma o una luz o una vieja canción me llevan en volandas a la infancia y vuelvo a ver las nimiedades cotidianas de mi vida de niña, esa que sucedió ayer, esa que incomprensiblemente un día se me escurrió de las manos como un gato huidizo que de un brinco se esconde entre los muebles. Entonces, no me doy de bruces con los sucesos trascendentales que más han marcado mi persona, sino que van poco a poco penetrando en la retina de mis recuerdos esas nimiedades cotidianas que no parecen tener posteridad.
El borboteo de la insustituible cafetera vieja que mi madre ponía sobre el fuego después de la siesta (ahora, probablemente, oxidándose en un vertedero), el tacto fresco del banco del jardín (ya no existe ese jardín), los pasos quedos de mi perro vago (mi perro, mi querido perro ya está muerto), los gritos regocijados del nieto de la vecina al salir a jugar (Borja ya es casi adulto y no tiene tiempo para juegos), el crujir del periódico de mi padre (hoy día un viejecito cascarrabias), mis hermanas y hermanos subiendo y bajando las escaleras (uno ya no está, para ver al otro hay que cruzar un océano, y los demás nos repartimos en nuevas casas para generar otras rutinas y distintas memorias), el barrio con sus esquinas recónditas, su panadería rebosando donuts con escarcha de azúcar, mi amiga Elena que fumaba a escondidas, el loco que daba miedo y el kiosquero que vendía –jueves sí jueves no- la flamante revista SuperPop (hace años que no paso por esas calles), las conversaciones con mi hermana pequeña antes de dormir (sustituidas ahora por las charlas a través del móvil), la sensación de que aún quedaba tiempo para ser lo que me diese la gana ser…
El viejo tópico, en fin, del tiempo y su fugacidad. Eso que no te crees hasta que empieza a sucederte.
 
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Las únicas personas normales son las que no conocemos demasiado (Joe Ancis)

Alguna que otra vez me han dicho eso de “es que no pareces lesbiana,” y creo que piensan que me lo tengo que tomar como un cumplido, pero… para empezar, ¿qué es parecer lesbiana? ¡Somos tan diversas, tan distintas, de tantos colores y sabores y olores! ¡Con creencias tan diferentes, esperanzas y deseos tan personales, políticas tan múltiples! Y para seguir, ¿por qué iba a tomarme como un cumplido “parecer heterosexual”? ¿Qué coño (santo coño…) significa eso? ¿Tener el pelo largo, llevar falda, pintarse los labios o qué? ¿No son las mujeres heterosexuales también variadas y policromáticas? Todo este dilema me recuerda a esa frase tan horrible de “sentirse mujer” o “ser femenina.” Vamos, esas personas que deben de creer que sólo hay una forma de sentirse mujer (si es así, ¿cuál es y quién establece esas normas?) o de ser femenina (¿qué diablos quiere decir eso?). Lo que nos lleva, en conclusión, a la amargante división dual de heterosexual/homosexual y mujer/hombre que tantas cosas se deja entre medias, albergadas en la barra que divide a ambos pares de palabras.
Ahora que no es difícil tener al alcance de la mano información de todos los recovecos de nuestro planeta enfermito (le duelen tantas partes que parece milagroso que le siga latiendo la tierra) nos llegan noticias que nos sorprenden y descolocan, fenómenos que no son tales sino hechos que siempre han existido pero que se han silenciado porque se salían de la norma y claro, para qué dar ideas… Me refiero a sucesos como el de Thomas Beatie, el hombre transgénero que ha quedado embarazado, por poner un ejemplo. Y venga todo el mundo a debatir sobre si entonces no es un hombre de verdad (¿existen unos requisitos para serlo? ¿cuáles son y quién los establece?), si es antinatural (como tantas otras cosas, como un marcapasos o un condón, pero es que así somos los seres humanos, y además, hay animales macho que se embarazan, como los caballitos de mar, si es que necesitamos buscar correlaciones absurdas) o yo que sé qué…
Las personas que convivimos en estos momentos en nuestro mundo somos las primeras que tenemos la sabiduría necesaria para desafiar esa palabra que ha torturado a tantas generaciones a lo largo de la historia: lo normal, lo que viene de la norma. Somos las primeras que podemos darnos cuenta de forma generalizada (siempre ha habido casos aislados de valientes que nos precedieron) de que lo normal no existe, es tan sólo un intento para mantenernos a raya. Lo normal es un centro artificial que se ha creado para que todo lo que no esté en ese centro sea condenado. Lo que quiero decir, en fin, es que tenemos el deber –y además, nuestra vida se enriquecerá de forma inimaginable si lo hacemos- de mirar a toda esa gente (tanta…) que reside en la barra que separa las palabras con las que nos han enseñado a comprender limitadamente el mundo.
Hombre/mujer
Heterosexual/homosexual
Cuerdo/loco
Sano/enfermo
Bueno/malo
Guapo/feo
Normal/anormal
Legal/ilegal

¡Se me ocurren tantas!
Abramos nuestra mente.
Feliz primavera.

Este post está dedicado a Mamen, porque me lee todos los días, porque es maravillosa.
 
¿Por qué? ¿Por qué?
Las almas ruines sólo se dejan conquistar con presentes (Sócrates)

Para mí, lo más duro de la vida, de mi vida, es aceptar que existe la crueldad profunda y que nunca podré llegar a comprenderla. Que hay personas que causan verdadero dolor y que son seres humanos, como yo, por mucho que a veces sintamos la tentación de llamarles monstruos. Cuanto más me adentro en mis años adultos más consciente soy de la maldad sin tregua y más ansiedad me causa despertarme por la mañana y acordarme de pronto de que por el mundo hay gente pegando, matando, violando, torturando, disparando. ¿Por qué? ¿Por qué? No lo entiendo. Intento hacer más llevadera esta verdad rodeándome del amor de mi gente, de mis libros, de mi música y pensando en mis heroínas y en mis héroes. Y así, a tropezones, van pasando los días en esta tierra tan llena de achaques.
Empezaba yo mis andanzas universitarias cuando la guerra de Bosnia, y las violentas imágenes me traumatizaron. Aún hoy tengo grabadas esas fotos terribles que mirábamos con horror desde nuestros cómodos hogares. Y fue desde mi privilegiada posición desde donde se me ha ido encogiendo la inocencia con las noticias que me llegaron de Ruanda, de Afganistán, de Iraq, de los cayucos y pateras, de tantas cosas.
Pero aún más insoportable que el mundo en guerra y que las insufribles e injustificadas desigualdades, se me antojan terriblemente pesados de cargar los pequeños actos malévolos, las acciones deformes e incomprensibles de gente despreciable como el costarricense Guillermo Vargas Habacuc, un supuesto artista (en fin) que hizo lo siguiente en una exposición en Managua: escribió en letras confeccionadas con pienso para perros la frase “Eres lo que lees.” Dichas letras estaban fuera del alcance de un perro que ató debajo de ellas y que dejó morir de hambre a los ojos de los insensibles visitantes de la galería. [Aquí podréis leer lo que escribió la escritora y defensora de los animales Rosa Montero y un vídeo del repugnante montaje. Aquí se recogen firmas para que no dejen acudir al energúmeno a la Bienal Centroamericana de Honduras 2008, a la que ha sido invitado].
Ante ejemplos como este, ya digo, rodearse de motivos por los que la vida merezca la pena (que los hay, y muchos) y ser un poco activista. No digo que todo el mundo tenga que ser Julia Butterfly Hill, pero sí que tenemos el deber moral de aportar nuestro granito de arena contra la estupidez y la maldad.