Manifiesto del cuidado
El importante trabajo que tenemos por delante es el de aprender a distinguir, entre todo lo que nos rodea y lo que llevamos dentro, qué tiene que vivir y qué tiene que morir (Clarissa Pinkola Estés)
Todas las personas nacemos con el don de cuidar, pero el modo en que está configurado todo lo que nos rodea coloca muy recóndita en nuestras entrañas esta maravillosa capacidad, de modo que tantas veces nos sea difícil que salga a la luz.
Y cuando no nos cuidamos, o no cuidamos nuestro entorno, o no cuidamos a nuestra gente, es que algo está fallando y hay que ahondar para encontrar esa piedra que ha estancado nuestra vida, nuestra vida que es nuestra principal creación, y la obra de arte más única, más original y más increíble que se pueda concebir. Porque todas las personas somos creativas y creadoras de este inmenso cuaderno en blanco cuyas hojas son nuestros días, y es nuestra la responsabilidad de que una página tenga garabatos o poemas. Artistas, a blandir la pluma de las horas.
Cuántas veces hacemos cosas que sabemos que no son buenas para nuestro cuerpo. Y repetimos este comportamiento porque el don de cuidar está perdido en algún baúl, cogiendo polvo, estornudando de puro olvido.
Cuántas veces hacemos cosas que sabemos que no son buenas para nuestro espíritu. Aparcamos lo que de verdad nos llenaría porque tenemos miedo de lo que no da la impresión de ser tan seguro como aquello que está más aceptado. La barriga llena, la cuenta sin números rojos, la cama que nos espera al final de cada jornada. Pero si no hacemos caso de la inspiración que nos mendiga unas migajas tendremos acidez estomacal, dinero que jamás podrá comprar la satisfacción y una almohada donde revolver la cabeza insomne de ansia cada noche.
No cuidar nuestro cuerpo hará daño a un espíritu que no estará desperezado para motivarse. Y no cuidar nuestro espíritu hará daño a un cuerpo que sufrirá de ansiedad o de congoja. Todo es una cadena.
Cuántas veces hacemos cosas que sabemos que no son buenas para el lugar donde vivimos. Consumir sin querer saber a quién estamos dando nuestro dinero ni para qué causas servirá, colaborar de una forma u otra, con pequeñas acciones que a la larga serán inmensas, con la destrucción de nuestro barrio o del planeta en general. Cuántas veces se nos olvida admirar y regar y pisar tierra en lugar de asfalto y abrazar árboles. Cuántas veces nos creemos con derecho a invadir los pies de playa o a incendiar lo que no nos pertenece y que generosamente nos da de comer.
Cuántas veces tornamos la vista para no sacar las uñas, las garras, el rabo atigresado o lo que sea en que nos convirtamos cuando luchamos, para ignorar que una pequeña pelea tuya, más otra mía, mas otra de ese de allí, más otra de aquella, sumo y sigo, cambiarían el mundo.
Cuántas veces no saludamos a quien conduce el autobús, y hablamos con antipatía, y tratamos con superioridad, y no estamos allí para alguien que nos necesita, y no celebramos las diferencias y dejamos de tener detalles insignificantes y mágicos con nuestra gente, y no miramos a los ojos, y no creamos redes que comiencen en casa y se extiendan por el vecindario y abarquen la inmensidad, cuantas veces no compartimos, el miedo o la comodidad nos impiden defendernos, cuántas veces formamos parte de religiones o de partidos o de grupos que intentan crear barreras, hacer daño o expandir infelicidad.
Cuántas veces se nos olvida que no somos ni más ni menos que nadie, que tenemos algo especial y que no lo sacamos generalmente por miedo, pero que una vez fuera nos hará mejores, no porque podamos con todo, sino porque, como un perro que duerme pero levanta una oreja si hay un ruido, estaremos más alertas, con los instintos más despiertos y el alma bien alimentada.
Las personas somos seres maravillosos porque, al igual que otros animales, tenemos el don de cuidar. Y tenemos que aplicarlo a las pequeñas y a las grandes cosas. Es una obligación moral, sobre todo de la gente de a pie que no está cegada por el poder y que ve más allá del billete o del misil.

Todas las personas nacemos con el don de cuidar, pero el modo en que está configurado todo lo que nos rodea coloca muy recóndita en nuestras entrañas esta maravillosa capacidad, de modo que tantas veces nos sea difícil que salga a la luz.
Y cuando no nos cuidamos, o no cuidamos nuestro entorno, o no cuidamos a nuestra gente, es que algo está fallando y hay que ahondar para encontrar esa piedra que ha estancado nuestra vida, nuestra vida que es nuestra principal creación, y la obra de arte más única, más original y más increíble que se pueda concebir. Porque todas las personas somos creativas y creadoras de este inmenso cuaderno en blanco cuyas hojas son nuestros días, y es nuestra la responsabilidad de que una página tenga garabatos o poemas. Artistas, a blandir la pluma de las horas.
Cuántas veces hacemos cosas que sabemos que no son buenas para nuestro cuerpo. Y repetimos este comportamiento porque el don de cuidar está perdido en algún baúl, cogiendo polvo, estornudando de puro olvido.
Cuántas veces hacemos cosas que sabemos que no son buenas para nuestro espíritu. Aparcamos lo que de verdad nos llenaría porque tenemos miedo de lo que no da la impresión de ser tan seguro como aquello que está más aceptado. La barriga llena, la cuenta sin números rojos, la cama que nos espera al final de cada jornada. Pero si no hacemos caso de la inspiración que nos mendiga unas migajas tendremos acidez estomacal, dinero que jamás podrá comprar la satisfacción y una almohada donde revolver la cabeza insomne de ansia cada noche.
No cuidar nuestro cuerpo hará daño a un espíritu que no estará desperezado para motivarse. Y no cuidar nuestro espíritu hará daño a un cuerpo que sufrirá de ansiedad o de congoja. Todo es una cadena.
Cuántas veces hacemos cosas que sabemos que no son buenas para el lugar donde vivimos. Consumir sin querer saber a quién estamos dando nuestro dinero ni para qué causas servirá, colaborar de una forma u otra, con pequeñas acciones que a la larga serán inmensas, con la destrucción de nuestro barrio o del planeta en general. Cuántas veces se nos olvida admirar y regar y pisar tierra en lugar de asfalto y abrazar árboles. Cuántas veces nos creemos con derecho a invadir los pies de playa o a incendiar lo que no nos pertenece y que generosamente nos da de comer.
Cuántas veces tornamos la vista para no sacar las uñas, las garras, el rabo atigresado o lo que sea en que nos convirtamos cuando luchamos, para ignorar que una pequeña pelea tuya, más otra mía, mas otra de ese de allí, más otra de aquella, sumo y sigo, cambiarían el mundo.
Cuántas veces no saludamos a quien conduce el autobús, y hablamos con antipatía, y tratamos con superioridad, y no estamos allí para alguien que nos necesita, y no celebramos las diferencias y dejamos de tener detalles insignificantes y mágicos con nuestra gente, y no miramos a los ojos, y no creamos redes que comiencen en casa y se extiendan por el vecindario y abarquen la inmensidad, cuantas veces no compartimos, el miedo o la comodidad nos impiden defendernos, cuántas veces formamos parte de religiones o de partidos o de grupos que intentan crear barreras, hacer daño o expandir infelicidad.
Cuántas veces se nos olvida que no somos ni más ni menos que nadie, que tenemos algo especial y que no lo sacamos generalmente por miedo, pero que una vez fuera nos hará mejores, no porque podamos con todo, sino porque, como un perro que duerme pero levanta una oreja si hay un ruido, estaremos más alertas, con los instintos más despiertos y el alma bien alimentada.
Las personas somos seres maravillosos porque, al igual que otros animales, tenemos el don de cuidar. Y tenemos que aplicarlo a las pequeñas y a las grandes cosas. Es una obligación moral, sobre todo de la gente de a pie que no está cegada por el poder y que ve más allá del billete o del misil.

Vitamina para la vuelta al cole
En el fondo sabemos que la otra cara de cada miedo es la libertad (Marilyn Ferguson)
¿Cómo sé que puedo, si aún no lo he hecho? La explicación está en mi selva de adentro, y sus recovecos vírgenes, y sus cataratas estruendosas, y los ruidos de animales exóticos que a veces se me oyen desde fuera, y las tormentas tropicales que azotan el rocío de las ramas tiernas, y el sol que dora la piel de las serpientes, y los ojos intensos de los búhos, y la escarcha resbaladiza, y el arco iris sorprendente, y los cachorros que aún tienen restos de la placenta de la loba, y el ruido sordo de los cocos al caer, y el riesgo de los precipicios, y los burlones monos, y el niño que se crió entre animales, y las lianas y los rugidos, y los peligros, y el verdor. Todo esto lo llevo yo dentro, una chica de ciudad de lo más normal, con un corte de pelo desafortunado y un trabajo de ocho horas, una peregrinación al Ikea con su pareja y una nevera llena de gazpacho de marca blanca. Yo, esa cabeza rizada entre las demás cabezas que cazan asientos en el transporte público, que se engancha a una serie de televisión mala lo mismo que a una novela buena, que tiene un elenco de heroínas achinchetadas en la pared de su habitación recién pintada de morado clarito, que bebe demasiado café y sueña demasiadas boberías importantes, que no le da para ir al dentista, que reza sus canciones favoritas al son de su MP3 para poder vivir, que se pone triste con el telediario y que conoce pocos placeres tan gustosos como la siesta en verano, las terrazas de los bares, los abrazos con cariño y el sexo con amor. Pertenezco a una generación mileurista que tiene que elegir entre el piso o el sueldo, que se las afana por no dejar la ducha abierta cuando se embadurna con el gel o se lava los dientes mientras la gente rica sigue construyendo piscinas y campos de golf, que puede conocer a través de su ordenador a una persona de un país lejano pero que a veces no tiene tiempo de pasar a saludar a quienes viven en la puerta de al lado, que está a años luz en cuanto a privilegios si se compara con esa hermana o ese hermano de uno de tantos países miserables, que está acostumbrada a las bombas que explotan casi siempre lejos y a veces cerca, que sabe de todo y no entiende nada, que se queda dormida antes de ponerse a repasar el día sobre la almohada. Yo que río, y lloro, que a veces soy la reina de la estabilidad y otras el caos emparentado con los huracanes, que me doy por satisfecha cuando cumplo uno de mis mil propósitos, que he tenido que aprender por narices a arreglar una tubería y que sin comerlo ni beberlo me he hecho adulta y se me han vetado los días sin preocupaciones y los veranos sin obligaciones.
¿Cómo sé que puedo, si aún no lo he hecho? Porque lo quiero. Y mi deseo tiene que cobrar tanta fuerza que mueva mis manos y mis pies, mi deseo tiene que alimentarse de palabras y de suspiros que le hagan llenarme hasta que me impida caminar si no es en la dirección que necesita tomar para ganar forma. Inyectar mis ojos de brillo y mi boca de determinación. Yo puedo porque soy una persona corriente y moliente. Y, por mucho que les de rabia, siempre hemos sido las gentes anónimas las que ignorábamos que algo no podía hacerse, y lo hicimos.

¿Cómo sé que puedo, si aún no lo he hecho? La explicación está en mi selva de adentro, y sus recovecos vírgenes, y sus cataratas estruendosas, y los ruidos de animales exóticos que a veces se me oyen desde fuera, y las tormentas tropicales que azotan el rocío de las ramas tiernas, y el sol que dora la piel de las serpientes, y los ojos intensos de los búhos, y la escarcha resbaladiza, y el arco iris sorprendente, y los cachorros que aún tienen restos de la placenta de la loba, y el ruido sordo de los cocos al caer, y el riesgo de los precipicios, y los burlones monos, y el niño que se crió entre animales, y las lianas y los rugidos, y los peligros, y el verdor. Todo esto lo llevo yo dentro, una chica de ciudad de lo más normal, con un corte de pelo desafortunado y un trabajo de ocho horas, una peregrinación al Ikea con su pareja y una nevera llena de gazpacho de marca blanca. Yo, esa cabeza rizada entre las demás cabezas que cazan asientos en el transporte público, que se engancha a una serie de televisión mala lo mismo que a una novela buena, que tiene un elenco de heroínas achinchetadas en la pared de su habitación recién pintada de morado clarito, que bebe demasiado café y sueña demasiadas boberías importantes, que no le da para ir al dentista, que reza sus canciones favoritas al son de su MP3 para poder vivir, que se pone triste con el telediario y que conoce pocos placeres tan gustosos como la siesta en verano, las terrazas de los bares, los abrazos con cariño y el sexo con amor. Pertenezco a una generación mileurista que tiene que elegir entre el piso o el sueldo, que se las afana por no dejar la ducha abierta cuando se embadurna con el gel o se lava los dientes mientras la gente rica sigue construyendo piscinas y campos de golf, que puede conocer a través de su ordenador a una persona de un país lejano pero que a veces no tiene tiempo de pasar a saludar a quienes viven en la puerta de al lado, que está a años luz en cuanto a privilegios si se compara con esa hermana o ese hermano de uno de tantos países miserables, que está acostumbrada a las bombas que explotan casi siempre lejos y a veces cerca, que sabe de todo y no entiende nada, que se queda dormida antes de ponerse a repasar el día sobre la almohada. Yo que río, y lloro, que a veces soy la reina de la estabilidad y otras el caos emparentado con los huracanes, que me doy por satisfecha cuando cumplo uno de mis mil propósitos, que he tenido que aprender por narices a arreglar una tubería y que sin comerlo ni beberlo me he hecho adulta y se me han vetado los días sin preocupaciones y los veranos sin obligaciones.
¿Cómo sé que puedo, si aún no lo he hecho? Porque lo quiero. Y mi deseo tiene que cobrar tanta fuerza que mueva mis manos y mis pies, mi deseo tiene que alimentarse de palabras y de suspiros que le hagan llenarme hasta que me impida caminar si no es en la dirección que necesita tomar para ganar forma. Inyectar mis ojos de brillo y mi boca de determinación. Yo puedo porque soy una persona corriente y moliente. Y, por mucho que les de rabia, siempre hemos sido las gentes anónimas las que ignorábamos que algo no podía hacerse, y lo hicimos.

No
Cuando la gente rica se hace la guerra, es la gente pobre la que muere (Jean-Paul Sartre)
No a la guerra. No a la niña muerta en brazos de un hombre que grita descomprendiendo. No a la mirada vacía del soldado. No a las lágrimas de las madres. No a los avances tecnológicos militares. No al niño hallado bajo los escombros. No a los titulares en triple negrita que nos acompañan a la hora del desayuno. No al anciano que vaga entre las piedras buscando a su familia. No a los éxodos de quienes lo han perdido todo. No a la gente que se baña en piscinas de oro pero sólo echa desperdicios por la boca. No a la estupidez justificada por la diplomacia. No a los kilómetros que nos dejan indiferentes hacia lo que pasa lejos. No a las religiones que vuelven santas las batallas. No a la sangre. No a los ríos de tinta que no escribirán todas las historias. No a las excusas que se valen de las diferencias. No a las pistolas. No a los ejércitos. No a las mentiras. No al hurto de futuros. No a que se crean que somos gilipollas. No al odio. No a los tanques. No a un mundo sin música. No a la aleatoria y absurda distinción de nacer en un sitio o en otro. No a que tú no puedas gozar de lo que yo gozo. No a los privilegios que aumentan con la palidez de tu piel. No al abuso. No al olvido. No a esta pena y a esta rabia tan grandes. No a la guerra.

No a la guerra. No a la niña muerta en brazos de un hombre que grita descomprendiendo. No a la mirada vacía del soldado. No a las lágrimas de las madres. No a los avances tecnológicos militares. No al niño hallado bajo los escombros. No a los titulares en triple negrita que nos acompañan a la hora del desayuno. No al anciano que vaga entre las piedras buscando a su familia. No a los éxodos de quienes lo han perdido todo. No a la gente que se baña en piscinas de oro pero sólo echa desperdicios por la boca. No a la estupidez justificada por la diplomacia. No a los kilómetros que nos dejan indiferentes hacia lo que pasa lejos. No a las religiones que vuelven santas las batallas. No a la sangre. No a los ríos de tinta que no escribirán todas las historias. No a las excusas que se valen de las diferencias. No a las pistolas. No a los ejércitos. No a las mentiras. No al hurto de futuros. No a que se crean que somos gilipollas. No al odio. No a los tanques. No a un mundo sin música. No a la aleatoria y absurda distinción de nacer en un sitio o en otro. No a que tú no puedas gozar de lo que yo gozo. No a los privilegios que aumentan con la palidez de tu piel. No al abuso. No al olvido. No a esta pena y a esta rabia tan grandes. No a la guerra.
