La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
Creative Commons License
La Letra escarlatabyHester Prynneis licensed under aCreative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
Sindicación
 
De mudanza
El amor es el irresistible deseo de ser irresistiblemente deseada (Robert Frost)

Te echo muchísimo de menos, aunque te veo todos los días, pero la rutina –esa aspiradora de momentos únicos- se come las horas lenta y pausadamente, como quien picotea de un bol de patatas fritas hasta dejar tan solo unas migajas amarillas. Nos encontramos en la noche y antes de terminar de darnos el beso ya hemos cerrado los ojos. Todas las mañanas me enfado con mi cansancio, cuando ya no hay nada que hacer, porque aunque éste haya desaparecido, también te has ido tú dejando el rastro de tu perfume que puedo seguir hasta la puerta, el mismo camino que he recorrido hace un rato para decirte hastaluego-quepasesbuendía-quenoseteolvidenlasllaveselmóvil-luegohablamos-tequiero… Y como digo, me enfado con mi cansancio porque lo que quiero es sencilla y llanamente comerte a besos, llenarte tu maravilloso cuerpo de besos, que el agotamiento nos llegue de otra manera, de esa forma en la que tú y yo sabemos sorprendernos descubriendo siempre nuevos recovecos que no salen en los libros ni conocen los médicos ni explican las madres ni mencionan las canciones. Me enfado con el cansancio que deja tantas palabras en el tintero porque la monótona jornada mitiga nuestras voces, las calla la caja tonta que nos relaja de cotidianidades con olor a metro y a café de máquina. Te echo muchísimo de menos, aunque te veo todos los días, pero las ocho horas de la jornada laboral, las ocho horas que separan los dos mejores momentos del día –tu cara junto a mi almohada nada más despertar y tu cara junto a mi almohada nada más acostarme- son como el horizonte que una ve desde la orilla de una playa idílica, un horizonte inalcanzable e infinito que llena de impotencia. Y hay que ver todo lo que se me ocurre contarte cada día en esas ocho horas enfermas de tu ausencia, y por eso a veces te llamo tantas veces por teléfono. Perdóname, es que son ocho horas, es que hace tanto tiempo que no te veo…
Soy feliz. Feliz feliz feliz. Porque estamos haciendo cajas con todas nuestras cosas y porque no sabemos dónde meter la cama que vio nacer lo nuestro. Porque estamos desmantelando nuestro primer año de convivencia para reponerlo en una casa que será sólo nuestra, sólo nuestra sin interrupciones, sin miedo a que nos sorprendan haciendo el amor en cualquier rincón, sólo nuestra para echarnos de menos cuando una de las dos no esté, para echarnos de más cuando nos enfademos, para discutir ilusionadísimas sobre qué poner en las paredes o cómo adornar el salón, sólo nuestra para montar los templos de nuestras diosas y hacer cenas absurdamente románticas (velitas y vino incluidos), para compartir silencios, para morirnos de risa, para hacer fiestas, para empezar de cero cuantas veces nos apetezca, para cocinarnos sorpresas, para crear coloridos mejunjes en nuestra coctelera, para pasear desnudas y tocarnos el culo al pasar, para escandalizar a la honorable vecindad con nuestro obvio lesbianismo, para hacer lo que nos de la real gana. Soy feliz y espero a que cierren los supermercados para coger cajas de cartón y llenarlas de libros, ropa y demás. Me mudo, gente. Con mi bruja, claro. Y qué casita tan bonita tenemos, joder.
Soy feliz porque mi bruja me hace feliz, y es que si la vierais como yo la veo os moriríais como yo me muero, renaciendo una vez he recuperado la respiración, para volver a hiperventilar con una de sus miradas. Viva tu madre, vivan tus alborotados y maravillosos pensamientos y viva tu deliciosa entrepierna.
Amén.