Calendario
Hoy queda oficialmente inaugurado mi último mes en esta tierra mía.
El 19 de agosto, si todo sale como está previsto, me encontraré a estas horas recién llegada a la ciudad de Nueva York. Para pasar un año.
Un mes.
Un año.
Los sentimientos, y el tiempo.
Que todo lo da, que todo se lleva. Que todo se lleva, que todo lo da.

El 19 de agosto, si todo sale como está previsto, me encontraré a estas horas recién llegada a la ciudad de Nueva York. Para pasar un año.
Un mes.
Un año.
Los sentimientos, y el tiempo.
Que todo lo da, que todo se lleva. Que todo se lleva, que todo lo da.

AUTOBIOGRAFÍA: capítulo uno
Mi vida empezó la primera vez que me enamoré locamente.
Y después me nacieron, como diría Clarín, un par de décadas antes más o menos. Saqué primero una mano, recuerda mi madre, lo cual asustó bastante a las enfermeras que se asomaron a sus cavernas uterinas para comprobar cómo iba el proceso. Así que ya estaba claro que o bien iba a tocar las castañuelas en los saraos o bien iba a salir escritora (de acuerdo, he acabado haciendo ambas cosas). A todo esto mi formidable madre rompió aguas haciendo la compra en un centro comercial de la calle Pío XII. Terminó de pagar, cogió el coche, se fue a casa y esperó a que mi padre llegase de trabajar para que la llevase al hospital. Claro que estaba acostumbrada ya a esos menesteres. Había tenido seis bebés ya y todavía le quedaría por nacer a mi hermana pequeña antes de decir hasta aquí hemos llegado.
Fui una cría gorda –“hija mía, me paraban por la calle para preguntarme qué te daba de comer”- y feliz y casi me muero de una intoxicación –“te pellizcábamos y se quedaba la forma del pellizco, te habías deshidratado”- pero un día desperté y me levanté de la cuna y dije “¡hola!” a mis hermanas y hermanos, quienes estaban viendo la televisión. Se pusieron a vitorearme y a aplaudir. Yo de todo esto no me acuerdo, que me lo han contado, pero sí de pasar en volandas de un brazo adolescente a otro durante toda mi concurrida infancia.
Mi hermana Esther hacía fiestas cuando estábamos las pequeñas a su cuidado porque mi madre y mi padre se habían ido de viaje. Salíamos a saludar, vestidas iguales, y cuando todas sus amigas y sus novios habían jugado un rato con nosotras y habían dicho quinientas veces “qué ricas son” y se habían hartado y querían bailar y beber, Esther nos encerraba en nuestro cuarto y nos regañaba si salíamos (pero nos daba ganchitos y coca-cola).
Esther era la rebelde. Se teñía el pelo y nos obligaba a aprendernos las canciones de Alaska de memoria para que las cantásemos delante de su panda y todo el mundo dijera “qué ricas son”. ¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?fue una de las primeras historias tristes que escuché, y como dándome pistas de un futuro cercano que me iba a marcar para siempre, el tema era un accidente de coche.
La descubrí fumando y me dio a probar un cigarrillo. Después me dijo: “ahora, si le cuentas a papá y a mamá que fumo, les diré que tú también lo has hecho”. Yo tenía unos cuatro años.
Un día estaba comiéndose un polo en la piscina y me dijo: “si te tiras sin flotador, te regalo este helado”. Así aprendí a nadar.
Me hacía leerle las novelas que le mandaban en el instituto porque a ella le daba pereza. Se tumbaba en la cama y yo me sentaba a su lado y pasaba página tras página en voz alta. Así, con siete años, yo ya había leído El señor de las moscas, Cinco horas con Mario y La Colmena, entre otros libros (lo cual no quiere decir que hubiese comprendido algo de lo que querían decir). Después estudio taquigrafía y seguí leyéndole para que pudiese practicar con mis dictados.
Cuando a mi abuela Concha le empezó a fallar la vista, también era yo la que le leía esas novelas baratas que se compran en los quioscos, de Harlequín, Jazmín y Corín Tellado.
Así aprendí a ser escritora y supongo que también a ser demasiado romántica.
A ser novelera lo aprendí de mi madre, que para que cenásemos sin rechistar, y también en el coche al llevarnos al colegio, charlaba historias. Ningún cuento lo contó como “de verdad” era, y después al leer a Andersen, Perrault y los Grimm me quedé boquiabierta con los cambios. Por supuesto mi madre era mucho mejor que Andersen, Perrault y los Grimm, a dónde vamos a ir a parar.
Había una vieja fondue que en casa se utilizaba para guardar caramelos. Estaba colocada en un estante muy alto de la cocina que sólo mi madre parecía poder alcanzar. Era marrón con la parte superior dorada, y mágica para mi hermana pequeña y para mí, casi tanto como las lámparas donde habitaban los genios.
Mi padre llegaba tarde del trabajo, vestido con trajes serios y corbatas serias. Nos regalaba paquetes de folios y lapiceros muy nuevos, con la punta afilada. Pisapapeles, clips y flamantes gomas de borrar. Si tenía viajes de negocios volvía con una muñeca repollo, un peluche de Gremlins o algo que nadie tenía todavía en el colegio y que nos volvía reinas por un día en el patio.
En el patio jugábamos a hacer arena fina y a imaginarnos que éramos protagonistas de la serie V. Más adelante, cuando me cambiaron a otro colegio, yo fui más reservada y pasaba los recreos escribiendo cuentos con otra niña que se llamaba Cristina. Pero en ambos centros miré a través de las verjas que nos separaban de la calle y envidié a la gente que andaba por la calle. Pueden ir a donde quieran, pensaba, pueden hacer lo que deseen, creía yo. Una vez, observando cómo se difuminaba el rastro que había dejado un avión en el cielo, blanco y recto y blando, no me di cuenta de que había sonado la sirena que nos anunciaba que era la hora de volver a clase y me quedé sola en el patio, sin caer en la cuenta de que las voces infantiles que antes chillaban a mi alrededor se habían extinguido. Una celadora me descubrió y me llevó a clase. Reprimenda.
Siempre he sido lo que fui en el patio del colegio.

Y después me nacieron, como diría Clarín, un par de décadas antes más o menos. Saqué primero una mano, recuerda mi madre, lo cual asustó bastante a las enfermeras que se asomaron a sus cavernas uterinas para comprobar cómo iba el proceso. Así que ya estaba claro que o bien iba a tocar las castañuelas en los saraos o bien iba a salir escritora (de acuerdo, he acabado haciendo ambas cosas). A todo esto mi formidable madre rompió aguas haciendo la compra en un centro comercial de la calle Pío XII. Terminó de pagar, cogió el coche, se fue a casa y esperó a que mi padre llegase de trabajar para que la llevase al hospital. Claro que estaba acostumbrada ya a esos menesteres. Había tenido seis bebés ya y todavía le quedaría por nacer a mi hermana pequeña antes de decir hasta aquí hemos llegado.
Fui una cría gorda –“hija mía, me paraban por la calle para preguntarme qué te daba de comer”- y feliz y casi me muero de una intoxicación –“te pellizcábamos y se quedaba la forma del pellizco, te habías deshidratado”- pero un día desperté y me levanté de la cuna y dije “¡hola!” a mis hermanas y hermanos, quienes estaban viendo la televisión. Se pusieron a vitorearme y a aplaudir. Yo de todo esto no me acuerdo, que me lo han contado, pero sí de pasar en volandas de un brazo adolescente a otro durante toda mi concurrida infancia.
Mi hermana Esther hacía fiestas cuando estábamos las pequeñas a su cuidado porque mi madre y mi padre se habían ido de viaje. Salíamos a saludar, vestidas iguales, y cuando todas sus amigas y sus novios habían jugado un rato con nosotras y habían dicho quinientas veces “qué ricas son” y se habían hartado y querían bailar y beber, Esther nos encerraba en nuestro cuarto y nos regañaba si salíamos (pero nos daba ganchitos y coca-cola).
Esther era la rebelde. Se teñía el pelo y nos obligaba a aprendernos las canciones de Alaska de memoria para que las cantásemos delante de su panda y todo el mundo dijera “qué ricas son”. ¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?fue una de las primeras historias tristes que escuché, y como dándome pistas de un futuro cercano que me iba a marcar para siempre, el tema era un accidente de coche.
La descubrí fumando y me dio a probar un cigarrillo. Después me dijo: “ahora, si le cuentas a papá y a mamá que fumo, les diré que tú también lo has hecho”. Yo tenía unos cuatro años.
Un día estaba comiéndose un polo en la piscina y me dijo: “si te tiras sin flotador, te regalo este helado”. Así aprendí a nadar.
Me hacía leerle las novelas que le mandaban en el instituto porque a ella le daba pereza. Se tumbaba en la cama y yo me sentaba a su lado y pasaba página tras página en voz alta. Así, con siete años, yo ya había leído El señor de las moscas, Cinco horas con Mario y La Colmena, entre otros libros (lo cual no quiere decir que hubiese comprendido algo de lo que querían decir). Después estudio taquigrafía y seguí leyéndole para que pudiese practicar con mis dictados.
Cuando a mi abuela Concha le empezó a fallar la vista, también era yo la que le leía esas novelas baratas que se compran en los quioscos, de Harlequín, Jazmín y Corín Tellado.
Así aprendí a ser escritora y supongo que también a ser demasiado romántica.
A ser novelera lo aprendí de mi madre, que para que cenásemos sin rechistar, y también en el coche al llevarnos al colegio, charlaba historias. Ningún cuento lo contó como “de verdad” era, y después al leer a Andersen, Perrault y los Grimm me quedé boquiabierta con los cambios. Por supuesto mi madre era mucho mejor que Andersen, Perrault y los Grimm, a dónde vamos a ir a parar.
Había una vieja fondue que en casa se utilizaba para guardar caramelos. Estaba colocada en un estante muy alto de la cocina que sólo mi madre parecía poder alcanzar. Era marrón con la parte superior dorada, y mágica para mi hermana pequeña y para mí, casi tanto como las lámparas donde habitaban los genios.
Mi padre llegaba tarde del trabajo, vestido con trajes serios y corbatas serias. Nos regalaba paquetes de folios y lapiceros muy nuevos, con la punta afilada. Pisapapeles, clips y flamantes gomas de borrar. Si tenía viajes de negocios volvía con una muñeca repollo, un peluche de Gremlins o algo que nadie tenía todavía en el colegio y que nos volvía reinas por un día en el patio.
En el patio jugábamos a hacer arena fina y a imaginarnos que éramos protagonistas de la serie V. Más adelante, cuando me cambiaron a otro colegio, yo fui más reservada y pasaba los recreos escribiendo cuentos con otra niña que se llamaba Cristina. Pero en ambos centros miré a través de las verjas que nos separaban de la calle y envidié a la gente que andaba por la calle. Pueden ir a donde quieran, pensaba, pueden hacer lo que deseen, creía yo. Una vez, observando cómo se difuminaba el rastro que había dejado un avión en el cielo, blanco y recto y blando, no me di cuenta de que había sonado la sirena que nos anunciaba que era la hora de volver a clase y me quedé sola en el patio, sin caer en la cuenta de que las voces infantiles que antes chillaban a mi alrededor se habían extinguido. Una celadora me descubrió y me llevó a clase. Reprimenda.
Siempre he sido lo que fui en el patio del colegio.

La memoria de mi cuerpo
Para S.
Hoy estoy besando un beso; / estoy solo con mis labios. (Pedro Salinas)
Como una encantadora fantasma en medio de un colchón que cambió de forma cuando ella empezó a existir. Vino y se fue. Agotada, más de dos mil kilómetros a las espaldas, un ratito libre antes de continuar viaje. Y subió a mi torre, subió a mi torre. Era de noche, me llenó de besos, dejó su rastro que a fuerza de días el Mediterráneo había borrado de mi piel. Era de noche, me llenó de besos, guardé uno en la palma de mi mano por si lo necesitaba en su ausencia. Le sugerí que se guardase ella otro. Era de noche, me llenó de besos, hubo un lío de brazos y a la hora de marcharse no nos aclarábamos en cuáles eran los suyos y cuáles los míos. Dejó las sábanas llenas de ella y al mismo tiempo tan faltas de ella. Quisiera haberle dicho tantas cosas. Cosas tontas, cosas listas, nada en concreto. Era de noche, me llenó de besos, los besos y las miradas y los abrazos hablaron por las dos. Estoy planeando un secuestro para que sea de día, sea de noche, y me llene de besos. Mientras tanto, la palma de mi mano.

Hoy estoy besando un beso; / estoy solo con mis labios. (Pedro Salinas)
Como una encantadora fantasma en medio de un colchón que cambió de forma cuando ella empezó a existir. Vino y se fue. Agotada, más de dos mil kilómetros a las espaldas, un ratito libre antes de continuar viaje. Y subió a mi torre, subió a mi torre. Era de noche, me llenó de besos, dejó su rastro que a fuerza de días el Mediterráneo había borrado de mi piel. Era de noche, me llenó de besos, guardé uno en la palma de mi mano por si lo necesitaba en su ausencia. Le sugerí que se guardase ella otro. Era de noche, me llenó de besos, hubo un lío de brazos y a la hora de marcharse no nos aclarábamos en cuáles eran los suyos y cuáles los míos. Dejó las sábanas llenas de ella y al mismo tiempo tan faltas de ella. Quisiera haberle dicho tantas cosas. Cosas tontas, cosas listas, nada en concreto. Era de noche, me llenó de besos, los besos y las miradas y los abrazos hablaron por las dos. Estoy planeando un secuestro para que sea de día, sea de noche, y me llene de besos. Mientras tanto, la palma de mi mano.

Mi Londres se llama Virginia
Por muy románticos, libres y caprichosos que puedan parecer los buques, apenas hay uno que, en su día, no venga a echar el ancla en el puerto de Londres. Londres (The London Scene), Virginia Woolf.
Dearest Virginia,
Londres-London es mil cosas, mil cosas para cada persona para la que Londres significa algo. Tú eres una londinense-Londoner de pura cepa, ceremonia del té, acento snob-posh y ademanes incluidos. Yo por mi parte no puedo evitar pensar en Clarissa Dalloway cada vez que piso las aceras siempre húmedas de esta ciudad llena de emocionantes tumbas –Donne, Chaucer, Tennyson, Browning, Dickens, Kipling, Elizabeth I...- pero que es también, escribes, una ciudad que se haya en medio del presuroso discurrir del caudal de la vida humana. Para mí Londres es algo así como el pan que llevo a casa todos los días, pues es su lengua y es su literatura la que me da de comer, física y espiritualmente.
Entonces, Virginia, qué pasa si te digo que cerca de tu casa explotó un autobús, bum, uno de esos double-decker que venden en miniatura en las tiendas de turistas. Te pondrás tensa porque tú odias las explosiones, acabaron con tus nervios tras la Gran Guerra. Septimus Warren Smith. Y también hubo bombas en el metro-tube, oh my God, dirías. Lady Ottoline da una cena. Los pájaros cantan en griego. En esta historia no hay buenos. Insumisión, Lytton, insumisión forever.
¡Cuánto se encoge Londres! Otrora, hubo universidades, plazas rectangulares y patios, y monasterios con lagos y peces, y claustros, y corderos pastando en prados verdes, y posadas en las que grandes poetas estiraban sentados las piernas y hablaban cuanto querían. Ahora este espacio se ha encogido. Los campos, los lagos con peces, los claustros, han desaparecido. Incluso los hombres y las mujeres se han encogido y se han transformado en multitudinarios y leves, en vez de ser individuales y recios. Allí donde Shakespeare y Jonson se enfrentaron y se dijeron cuanto quisieron, un millón de señores Smith y de señoritas Brown andan presurosos y ajetreados, saltan del autobús, se sumen en el metro. Causan la impresión de ser demasiados, demasiado pequeños, demasiado parecidos entre sí, para tener cada cual su nombre, su carácter, su propia vida separada.
No darías una sola guinea por quienes justifican sus fines con tales medios, ya lo sé. Pero tampoco darías una sola guinea a esos grandes hombres alineados en una tarima escocesa, proclamando que “perdonan” deudas, que “ayudan” a África, que “acaban” con la contaminación.
Con tu fina ironía, la cual no voy a atreverme a emular, preguntarías al hipócrita Prime Minister y al resto de esos masculinos mandatarios, quién debe a quién, quién hizo qué, y si de veras se creen –quizá te permitirías un taco entonces- que somos gilipollas.
London, I love you.

Dearest Virginia,
Londres-London es mil cosas, mil cosas para cada persona para la que Londres significa algo. Tú eres una londinense-Londoner de pura cepa, ceremonia del té, acento snob-posh y ademanes incluidos. Yo por mi parte no puedo evitar pensar en Clarissa Dalloway cada vez que piso las aceras siempre húmedas de esta ciudad llena de emocionantes tumbas –Donne, Chaucer, Tennyson, Browning, Dickens, Kipling, Elizabeth I...- pero que es también, escribes, una ciudad que se haya en medio del presuroso discurrir del caudal de la vida humana. Para mí Londres es algo así como el pan que llevo a casa todos los días, pues es su lengua y es su literatura la que me da de comer, física y espiritualmente.
Entonces, Virginia, qué pasa si te digo que cerca de tu casa explotó un autobús, bum, uno de esos double-decker que venden en miniatura en las tiendas de turistas. Te pondrás tensa porque tú odias las explosiones, acabaron con tus nervios tras la Gran Guerra. Septimus Warren Smith. Y también hubo bombas en el metro-tube, oh my God, dirías. Lady Ottoline da una cena. Los pájaros cantan en griego. En esta historia no hay buenos. Insumisión, Lytton, insumisión forever.
¡Cuánto se encoge Londres! Otrora, hubo universidades, plazas rectangulares y patios, y monasterios con lagos y peces, y claustros, y corderos pastando en prados verdes, y posadas en las que grandes poetas estiraban sentados las piernas y hablaban cuanto querían. Ahora este espacio se ha encogido. Los campos, los lagos con peces, los claustros, han desaparecido. Incluso los hombres y las mujeres se han encogido y se han transformado en multitudinarios y leves, en vez de ser individuales y recios. Allí donde Shakespeare y Jonson se enfrentaron y se dijeron cuanto quisieron, un millón de señores Smith y de señoritas Brown andan presurosos y ajetreados, saltan del autobús, se sumen en el metro. Causan la impresión de ser demasiados, demasiado pequeños, demasiado parecidos entre sí, para tener cada cual su nombre, su carácter, su propia vida separada.
No darías una sola guinea por quienes justifican sus fines con tales medios, ya lo sé. Pero tampoco darías una sola guinea a esos grandes hombres alineados en una tarima escocesa, proclamando que “perdonan” deudas, que “ayudan” a África, que “acaban” con la contaminación.
Con tu fina ironía, la cual no voy a atreverme a emular, preguntarías al hipócrita Prime Minister y al resto de esos masculinos mandatarios, quién debe a quién, quién hizo qué, y si de veras se creen –quizá te permitirías un taco entonces- que somos gilipollas.
London, I love you.

No te voy a decir donde estoy...
Pero la palabra Mediterráneo te dará una idea. Sssssh! Porque aunque en los últimos años familias enteras, sombrilla y crema solar incluídas, nos hayan descubierto, esto todavía conserva la magia de quienes lo habitamos en secreto.
La patria de mi infancia. Aún puedo verme corriendo con un bañador heredado de mi hermano -yo era fan de Georgina, la niña rebelde de Los Cinco Famosos de Enid Blyton, quien vestía de chico y corría muchas aventuras-, los aires difíciles del Levante peinándome a su antojo y toda mi piel llena de sal. Corrían rumores de que en los huecos de las rocas había peligrosas, deslizantes, alargadas morenas. Corrían rumores de que en el palmeral había serpientes. Todo era nuevo en vacaciones. Madrid y el colegio dejaban de existir.
Un par de veces a la semana, los pescadores extienden sus redes por todo el puerto, y no se puede pasar con la bici.
Por la mañana, aunque pegue el sol, desayunas en la terraza, viendo pasar los barquitos que van a faenar, o simplemente a pasear. Hay pan tierno, mantequilla salada, café que sabe a sol.
Desde la playa se ve el faro. Por la noche la luz del faro va al mismo ritmo que el sonido de las olas chocando sobre las rocas de las calas.
Y la gente toma pescadito frito y las niñas y los niños juegan al escondite, a polis y cacos, a tú la llevas. Y si son las fiestas de agosto, tiro al blanco, orquesta hortera y mucha risa.
Los bares sacan hamacas en plena orilla de playa, y allí nos sentamos a tomar copas hasta que amanece, y el sol parece que va a derretir el agua y al mismo tiempo da la impresión de que resurge de ella tras haber estado dándose un baño.
Estas y muchas cosas en mi pequeño paraíso, que siempre está aquí para cuando quiero venir. Esta vez lo visito con una sensación melancólica, pensando que este año no voy a poder refugiarme en esta patria de mi infancia, en este sitio de mi recreo, cada vez que lo necesite. Uno de esos nudos en la garganta por pasar un año fuera.
Escucho que Londres está en el caos por unos atentados. Todavía no se sabe nada en estos momentos. Yo ahora saldré de este cibercafé y me daré de bruces con la humedad placentera de la costa. Observaré cómo algunas personas pasean tranquilas. Oiré el clon-clon de los barcos que por las noches se convierte en la nana que me adormece. Por este lado del planeta, paz. Como dice mi amiga Henar, nunca dejará de asombrarme la coexistencia de los mundos. Que en un mismo segundo estén sucediendo las cosas más hermosas y las más terribles.

Para S. : I miss you. I wish you were here too. Pensarte me desintoxica.
La patria de mi infancia. Aún puedo verme corriendo con un bañador heredado de mi hermano -yo era fan de Georgina, la niña rebelde de Los Cinco Famosos de Enid Blyton, quien vestía de chico y corría muchas aventuras-, los aires difíciles del Levante peinándome a su antojo y toda mi piel llena de sal. Corrían rumores de que en los huecos de las rocas había peligrosas, deslizantes, alargadas morenas. Corrían rumores de que en el palmeral había serpientes. Todo era nuevo en vacaciones. Madrid y el colegio dejaban de existir.
Un par de veces a la semana, los pescadores extienden sus redes por todo el puerto, y no se puede pasar con la bici.
Por la mañana, aunque pegue el sol, desayunas en la terraza, viendo pasar los barquitos que van a faenar, o simplemente a pasear. Hay pan tierno, mantequilla salada, café que sabe a sol.
Desde la playa se ve el faro. Por la noche la luz del faro va al mismo ritmo que el sonido de las olas chocando sobre las rocas de las calas.
Y la gente toma pescadito frito y las niñas y los niños juegan al escondite, a polis y cacos, a tú la llevas. Y si son las fiestas de agosto, tiro al blanco, orquesta hortera y mucha risa.
Los bares sacan hamacas en plena orilla de playa, y allí nos sentamos a tomar copas hasta que amanece, y el sol parece que va a derretir el agua y al mismo tiempo da la impresión de que resurge de ella tras haber estado dándose un baño.
Estas y muchas cosas en mi pequeño paraíso, que siempre está aquí para cuando quiero venir. Esta vez lo visito con una sensación melancólica, pensando que este año no voy a poder refugiarme en esta patria de mi infancia, en este sitio de mi recreo, cada vez que lo necesite. Uno de esos nudos en la garganta por pasar un año fuera.
Escucho que Londres está en el caos por unos atentados. Todavía no se sabe nada en estos momentos. Yo ahora saldré de este cibercafé y me daré de bruces con la humedad placentera de la costa. Observaré cómo algunas personas pasean tranquilas. Oiré el clon-clon de los barcos que por las noches se convierte en la nana que me adormece. Por este lado del planeta, paz. Como dice mi amiga Henar, nunca dejará de asombrarme la coexistencia de los mundos. Que en un mismo segundo estén sucediendo las cosas más hermosas y las más terribles.

Para S. : I miss you. I wish you were here too. Pensarte me desintoxica.

Para mi bruja
¿Cómo se te ha dado tan bien resignificar toda una ciudad en quince días? Hasta esos lugares donde nunca he estado contigo me recuerdan a ti. Perteneces a esos viejos recuerdos que todavía no me han sucedido, y de los cuales quisiera hacer memoria con el pelo cano, sentada en una mecedora, bebiendo ron y sonriendo abstraída.
Sí, algún día te contaré cuáles son esos recuerdos, brujita.

Sí, algún día te contaré cuáles son esos recuerdos, brujita.

Mis estrellas
Dicen que el cielo de Madrid no tiene estrellas, y yo a veces pienso que es porque se han caído todas al suelo. Y ayer invadíais las calles con vuestra celebración, y erais espectáculo, y yo os quería. Fue una gran fiesta gracias a la gente de la calle: todas las edades, todos los géneros, todas las diversidades. Las guerras de cifras me dan un poco igual, pero nadie nos gana en orgullo.

Hoy es el cumpleaños de mi hermana. ¡26 añazos! Guapa, lista y valiente. La niña con quien crecí, con quien me peleé, con quien tuve que compartir look (mi madre nos vestía exactamente iguales) y quien me cuida un montón, porque yo soy bastante desastre y ella me saca de más de un apuro. La que se alegra de mis alegrías, la que llora conmigo, la que sabe cómo soy porque me ha visto hacerme yo. Creíamos que la canción de “una morena y una rubia hijas del pueblo de Madrid” la había inventado mamá para nosotras, ¿te acuerdas? Como con la familia a veces nos da esas vergüenzas tan tontas, son pocas las ocasiones en que le digo TE QUIERO y NO SABES CÓMO TE VOY A ECHAR DE MENOS ESTE AÑO. Así que aquí va mi pequeño homenaje a una mujer grande y maravillosa. ¡¡¡FELICIDADES HERMANA!!!

Mensaje en una botella que viaja de Madrid a Marruecos: Te extraño.

Hoy es el cumpleaños de mi hermana. ¡26 añazos! Guapa, lista y valiente. La niña con quien crecí, con quien me peleé, con quien tuve que compartir look (mi madre nos vestía exactamente iguales) y quien me cuida un montón, porque yo soy bastante desastre y ella me saca de más de un apuro. La que se alegra de mis alegrías, la que llora conmigo, la que sabe cómo soy porque me ha visto hacerme yo. Creíamos que la canción de “una morena y una rubia hijas del pueblo de Madrid” la había inventado mamá para nosotras, ¿te acuerdas? Como con la familia a veces nos da esas vergüenzas tan tontas, son pocas las ocasiones en que le digo TE QUIERO y NO SABES CÓMO TE VOY A ECHAR DE MENOS ESTE AÑO. Así que aquí va mi pequeño homenaje a una mujer grande y maravillosa. ¡¡¡FELICIDADES HERMANA!!!

Mensaje en una botella que viaja de Madrid a Marruecos: Te extraño.

Felicidades
Llegué del concierto y a la salida del metro estabas tú con tu increíble, ¡pero increíble!, sonrisa. Qué sorpresa, no me lo esperaba, me dieron ganas de comerte a besos.
Lo que estoy sintiendo es miel y limón para un espíritu acatarrado, y lo que más me fascina es la manera en que mi cuerpo está reaccionando sin yo poderlo controlar:
A veces, cuando nos abrazamos, me fallan las piernas. Te lo juro, tengo que apoyarme en algún sitio.
A veces, cuando recuerdo cómo me miras, no puedo respirar.
Desnudas, durmiendo abrazadas, en una calurosa noche de principios de verano.
Esto tan lindo, ¿cómo hay gente que puede decir que está mal?

Feliz Orgullo a todas las personas que quieren vivir su sexualidad y su sentimentalidad sin normas establecidas.
Feliz Orgullo a las y los valientes del mundo entero.

¿Nos vemos en la Plaza de Cibeles a las 18:00 hoy sábado?
Lo que estoy sintiendo es miel y limón para un espíritu acatarrado, y lo que más me fascina es la manera en que mi cuerpo está reaccionando sin yo poderlo controlar:
A veces, cuando nos abrazamos, me fallan las piernas. Te lo juro, tengo que apoyarme en algún sitio.
A veces, cuando recuerdo cómo me miras, no puedo respirar.
Desnudas, durmiendo abrazadas, en una calurosa noche de principios de verano.
Esto tan lindo, ¿cómo hay gente que puede decir que está mal?

Feliz Orgullo a todas las personas que quieren vivir su sexualidad y su sentimentalidad sin normas establecidas.
Feliz Orgullo a las y los valientes del mundo entero.

¿Nos vemos en la Plaza de Cibeles a las 18:00 hoy sábado?
