2006
Para este nuevo año, 2006, quiero desearos y desearme AMOR. Amor de cualquier tipo, pero amor. Que quien lo tenga lo conserve, que quien carezca de él lo consiga.
Amor para que la gente mala se vuelva buena. Amor porque la gente buena se lo merece.
Feliz año nuevo, feliz 2006, de todo corazón.

Amor para que la gente mala se vuelva buena. Amor porque la gente buena se lo merece.
Feliz año nuevo, feliz 2006, de todo corazón.

Muchas cosas buenas
Quienes cruzan el océano se encuentran con un cambio de clima, no con un cambio de alma (Horacio).
El otro día mi bruja me dijo (en una de esas brevísimas conversaciones telefónicas de horas que nos sostienen en la distancia) que siempre que lee este mi blog, nota cierto tinte melancólico, como si tuviese un pie aquí y el otro en Madrid, y que claro, así una no puede disfrutar de esta experiencia única (y tan privilegiada, soy consciente) como debiera. Tiene razón en que echo mucho de menos: a ella, al resto de mi gente, a mi ciudad vibrante… Pero no hago justicia si no cuento todas las cosas positivas que estoy viviendo, así que aquí van unas cuantas. Son tantas que darán para otros posts.
La universidad
Es un pequeño college rural del estado de Nueva York (poco más de dos mil estudiantes), conocido por su hincapié en lo que aquí llaman “artes liberales”, es decir, disciplinas como literatura, teatro, pintura, escultura, etc. Lo cual quiere decir que, menos mal, las personas con las que convivo y estudio son progresistas, están en contra de las políticas de Bush, y tienen muchas inquietudes.
Me gusta encontrarme con que han esculpido muñecos de nieve increíbles, lo mismito que si Eduardo Manostijeras hubiera pasado por aquí. Hoy me he encontrado un canguro de hielo en la puerta de mi casa. Me gusta que nos regalen todas las mañanas el New York Times, y leérmelo en el comedor mientras desayuno un café y un bagel. Me gusta que te sonrían y te saluden cuando te cruzas con alguien por el campus. Me gusta la biblioteca, con el rumor de las páginas crujientes de los libros y el tecleo de quienes escriben trabajos que deben entregar en clase.
Las clases: me gusta la pasión del profesorado, y la cercanía con sus alumnas y alumnos, el hecho de que te inviten a tomar algo y de vez en cuando lleven cookies que han hecho con sus propias manos para hacer las lecciones más llevaderas. Me gusta que la participación cuente, y poder alzar la mano y dar mi opinión sobre tal o cual novela.
Disfruto del choque cultural con la gente, de los malentendidos que hacen que nos riamos, de aprender y de que aprendan de mí.
Disfruto de la comunidad que se forja viviendo y estudiando en un mismo sitio. De poder ir a Case Center, el edificio donde está la zona de ocio, y lo mismo ponerte a ver una película que se proyecta en una sala como tomarte un Hazelnut Coffee recostada en un sillón o navegar por Internet en la zona de ordenadores. Siempre hay alguna asociación – la GLBTQ, la ecologista, la feminista…- que ha organizado un evento, o una obra de teatro, o una conferencia, o un concierto. O si no pasear por entre los árboles, ponerme contemplativa junto al lago, ir a visitar a alguien a su dormitorio o a su casa.
Mi casa: desordenada, cálida. Y esta pequeña familia que se ha formado porque quienes la compartimos estamos lejos de nuestras familias de sangre. Camille, el francés despeinado que toca el violín y me enseña su idioma y se ríe de mi acento cuando lo hablo. María, la española con la que nunca me hubiera encontrado por Madrid –somos de entornos muy diferentes- pero a la que ya adoro. Abby, gran amiga ya, una yanqui pura y dura, con cara de animadora y alma de literata, que devora novelas victorianas y pasa horas corrigiendo mis ensayos para deseuropeizarlos y ayudarme a sacar buenas notas. Sarah, la hippie que no come nada derivado de animales, ha montado su propio huerto, y que se pasa la vida en el estudio (el otro día descubrí las increíbles esculturas que su modestia le había impedido enseñarnos). Mi casa: nuestras cenas con cervezas, nuestras bromas que son solo nuestras.

Saratoga Springs
La pequeña ciudad (no llega a treinta mil habitantes) donde está Skidmore College ahora mismo parece sacada de una novela de Dickens con toda esta nieve y los adornos festivos (aquí no se puede decir “de Navidad” porque sería políticamente incorrecto ya que conviven muchas religiones). Cuando llegué en verano era la época de las carreras de caballos (Saratoga es famosa por celebrar las más antiguas de Estados Unidos, además de por sus mansiones victorianas y las fuentes de agua que mucha gente cree que tiene diversas propiedades curativas) y todas las calles estaban invadidas por terrazas donde la gente tomaba algo, conciertos ambulantes y mucha gente que venía a pasar el día desde otros lugares de la costa este. Después llegó el otoño con sus hojas de colores y quienes estudiamos aquí nos refugiábamos (y no hemos dejado de hacerlo) en cafeterías como Uncommon Grounds a leer y a encontrarte con gente. También se recogen manzanas y las granjas ponen puestos de productos naturales deliciosos (hice un gazpacho de lujo). La entrada del invierno la celebraron con el Victorian Parade, un desfile en el que todo el mundo se pone ropa del siglo XIX, canta villancicos y toma sidra caliente (está buena, lo prometo).
Para ser un lugar tan pequeño, hay un montón de librerías. Están las inmensas Borders y Barnes & Noble y tres de segunda mano, que yo sepa: Lyrical Ballad, Twice Told y Book Bag. Me paso horas buscando (y encontrando) tesoros que aumentarán mis problemas con el equipaje a la hora de volver a Madrid. Además, toda la ciudad participa en un programa muy interesante llamado Saratoga Reads, patrocinado por la encantadora biblioteca pública –donde la gente pasa horas leyendo el periódico, utilizando los ordenadores o encontrándose con sus vecinas y vecinos-, y que consiste en elegir un libro por votación popular y realizar actividades que tengan que ver con él durante el año. Todo el mundo se lo lee. Para el 2006 el ganador ha sido Wicked de Gregory Maguire. Yo ya lo tengo.

No está mal el panorama, ¿verdad? Y además con el tiempo las cosas mejoran, voy comprendiendo más el modo de pensar y sentir de aquí, me voy involucrando y haciendo un hueco, y ya soy una más, distinta como el resto de la gente.

20 dias para Madrid
El otro día mi bruja me dijo (en una de esas brevísimas conversaciones telefónicas de horas que nos sostienen en la distancia) que siempre que lee este mi blog, nota cierto tinte melancólico, como si tuviese un pie aquí y el otro en Madrid, y que claro, así una no puede disfrutar de esta experiencia única (y tan privilegiada, soy consciente) como debiera. Tiene razón en que echo mucho de menos: a ella, al resto de mi gente, a mi ciudad vibrante… Pero no hago justicia si no cuento todas las cosas positivas que estoy viviendo, así que aquí van unas cuantas. Son tantas que darán para otros posts.
La universidad
Es un pequeño college rural del estado de Nueva York (poco más de dos mil estudiantes), conocido por su hincapié en lo que aquí llaman “artes liberales”, es decir, disciplinas como literatura, teatro, pintura, escultura, etc. Lo cual quiere decir que, menos mal, las personas con las que convivo y estudio son progresistas, están en contra de las políticas de Bush, y tienen muchas inquietudes.
Me gusta encontrarme con que han esculpido muñecos de nieve increíbles, lo mismito que si Eduardo Manostijeras hubiera pasado por aquí. Hoy me he encontrado un canguro de hielo en la puerta de mi casa. Me gusta que nos regalen todas las mañanas el New York Times, y leérmelo en el comedor mientras desayuno un café y un bagel. Me gusta que te sonrían y te saluden cuando te cruzas con alguien por el campus. Me gusta la biblioteca, con el rumor de las páginas crujientes de los libros y el tecleo de quienes escriben trabajos que deben entregar en clase.
Las clases: me gusta la pasión del profesorado, y la cercanía con sus alumnas y alumnos, el hecho de que te inviten a tomar algo y de vez en cuando lleven cookies que han hecho con sus propias manos para hacer las lecciones más llevaderas. Me gusta que la participación cuente, y poder alzar la mano y dar mi opinión sobre tal o cual novela.
Disfruto del choque cultural con la gente, de los malentendidos que hacen que nos riamos, de aprender y de que aprendan de mí.
Disfruto de la comunidad que se forja viviendo y estudiando en un mismo sitio. De poder ir a Case Center, el edificio donde está la zona de ocio, y lo mismo ponerte a ver una película que se proyecta en una sala como tomarte un Hazelnut Coffee recostada en un sillón o navegar por Internet en la zona de ordenadores. Siempre hay alguna asociación – la GLBTQ, la ecologista, la feminista…- que ha organizado un evento, o una obra de teatro, o una conferencia, o un concierto. O si no pasear por entre los árboles, ponerme contemplativa junto al lago, ir a visitar a alguien a su dormitorio o a su casa.
Mi casa: desordenada, cálida. Y esta pequeña familia que se ha formado porque quienes la compartimos estamos lejos de nuestras familias de sangre. Camille, el francés despeinado que toca el violín y me enseña su idioma y se ríe de mi acento cuando lo hablo. María, la española con la que nunca me hubiera encontrado por Madrid –somos de entornos muy diferentes- pero a la que ya adoro. Abby, gran amiga ya, una yanqui pura y dura, con cara de animadora y alma de literata, que devora novelas victorianas y pasa horas corrigiendo mis ensayos para deseuropeizarlos y ayudarme a sacar buenas notas. Sarah, la hippie que no come nada derivado de animales, ha montado su propio huerto, y que se pasa la vida en el estudio (el otro día descubrí las increíbles esculturas que su modestia le había impedido enseñarnos). Mi casa: nuestras cenas con cervezas, nuestras bromas que son solo nuestras.

Saratoga Springs
La pequeña ciudad (no llega a treinta mil habitantes) donde está Skidmore College ahora mismo parece sacada de una novela de Dickens con toda esta nieve y los adornos festivos (aquí no se puede decir “de Navidad” porque sería políticamente incorrecto ya que conviven muchas religiones). Cuando llegué en verano era la época de las carreras de caballos (Saratoga es famosa por celebrar las más antiguas de Estados Unidos, además de por sus mansiones victorianas y las fuentes de agua que mucha gente cree que tiene diversas propiedades curativas) y todas las calles estaban invadidas por terrazas donde la gente tomaba algo, conciertos ambulantes y mucha gente que venía a pasar el día desde otros lugares de la costa este. Después llegó el otoño con sus hojas de colores y quienes estudiamos aquí nos refugiábamos (y no hemos dejado de hacerlo) en cafeterías como Uncommon Grounds a leer y a encontrarte con gente. También se recogen manzanas y las granjas ponen puestos de productos naturales deliciosos (hice un gazpacho de lujo). La entrada del invierno la celebraron con el Victorian Parade, un desfile en el que todo el mundo se pone ropa del siglo XIX, canta villancicos y toma sidra caliente (está buena, lo prometo).
Para ser un lugar tan pequeño, hay un montón de librerías. Están las inmensas Borders y Barnes & Noble y tres de segunda mano, que yo sepa: Lyrical Ballad, Twice Told y Book Bag. Me paso horas buscando (y encontrando) tesoros que aumentarán mis problemas con el equipaje a la hora de volver a Madrid. Además, toda la ciudad participa en un programa muy interesante llamado Saratoga Reads, patrocinado por la encantadora biblioteca pública –donde la gente pasa horas leyendo el periódico, utilizando los ordenadores o encontrándose con sus vecinas y vecinos-, y que consiste en elegir un libro por votación popular y realizar actividades que tengan que ver con él durante el año. Todo el mundo se lo lee. Para el 2006 el ganador ha sido Wicked de Gregory Maguire. Yo ya lo tengo.

No está mal el panorama, ¿verdad? Y además con el tiempo las cosas mejoran, voy comprendiendo más el modo de pensar y sentir de aquí, me voy involucrando y haciendo un hueco, y ya soy una más, distinta como el resto de la gente.

20 dias para Madrid
Atrévete a cruzarlo
La literatura es un modo de insurrección permanente (Mario Vargas Llosa)
El umbral es ese lugar en el que no estás ni dentro ni fuera. También puede ser una tierra de nadie entre un mundo y otro. O un objeto que te transporta, como el boliche de la cama en La Bruja Novata (Bedknobs and Broomsticks) de Mary Norton, las pinturas de Mary Poppins , de Pamela L. Travers o el libro que lleva a Bastian Baltasar Bux a Fantasía en La Historia Interminable (Die unendliche Geschichte) de Michael Ende. Desde los cuentos de hadas que nos explicaron la insoportable levedad del ser antes de aprender a leer, la literatura fantástica nos ha regalado maravillosos umbrales. El terrorífico momento en el que Hansel y Gretel llaman a la puerta de la casa de la bruja, la Bella Durmiente entrando al cuarto donde cosía el hada malvada o la mujer de Barbazul entrando en la habitación prohibida, por poner algunos ejemplos.
Esta Navidad os animo a poblar la cabeza de seres imposibles, porque a veces son los que más verdades nos cuentan. Empezaré recomendándoos dos sagas que son bastante conocidas: Las Crónicas de Narnia (The Narnia Chronicles), de C. S. Lewis, y Harry Potter, de J. K. Rowling. Ambas constan de siete libros, aunque de Harry Potter sólo han salido seis. Las Crónicas de Narnia fueron escritas hace más de cuarenta años, y vuelven a ponerse de moda porque Disney (horror) ha hecho una película del segundo tomo. Pero por favor, no os quedéis en las películas… Leed, leed, leed.
Menos conocidas, porque todavía no hay película (el “todavía” lo utilizo porque estoy casi segura de que las habrá), son las trilogías de William Nicholson, El viento en llamas (The Wind on Fire) y de Philip Pullman, La Materia Oscura (His Dark Materials). Increíbles.
Y para terminar, un pequeño consejo que la literatura fantástica se empeña en repetirnos a través de sus relatos: si no cruzas el umbral, para bien o para mal, no hay historia.

24 dias para Madrid
El umbral es ese lugar en el que no estás ni dentro ni fuera. También puede ser una tierra de nadie entre un mundo y otro. O un objeto que te transporta, como el boliche de la cama en La Bruja Novata (Bedknobs and Broomsticks) de Mary Norton, las pinturas de Mary Poppins , de Pamela L. Travers o el libro que lleva a Bastian Baltasar Bux a Fantasía en La Historia Interminable (Die unendliche Geschichte) de Michael Ende. Desde los cuentos de hadas que nos explicaron la insoportable levedad del ser antes de aprender a leer, la literatura fantástica nos ha regalado maravillosos umbrales. El terrorífico momento en el que Hansel y Gretel llaman a la puerta de la casa de la bruja, la Bella Durmiente entrando al cuarto donde cosía el hada malvada o la mujer de Barbazul entrando en la habitación prohibida, por poner algunos ejemplos.
Esta Navidad os animo a poblar la cabeza de seres imposibles, porque a veces son los que más verdades nos cuentan. Empezaré recomendándoos dos sagas que son bastante conocidas: Las Crónicas de Narnia (The Narnia Chronicles), de C. S. Lewis, y Harry Potter, de J. K. Rowling. Ambas constan de siete libros, aunque de Harry Potter sólo han salido seis. Las Crónicas de Narnia fueron escritas hace más de cuarenta años, y vuelven a ponerse de moda porque Disney (horror) ha hecho una película del segundo tomo. Pero por favor, no os quedéis en las películas… Leed, leed, leed.
Menos conocidas, porque todavía no hay película (el “todavía” lo utilizo porque estoy casi segura de que las habrá), son las trilogías de William Nicholson, El viento en llamas (The Wind on Fire) y de Philip Pullman, La Materia Oscura (His Dark Materials). Increíbles.
Y para terminar, un pequeño consejo que la literatura fantástica se empeña en repetirnos a través de sus relatos: si no cruzas el umbral, para bien o para mal, no hay historia.

24 dias para Madrid
Nieva y nieva
Casa es desde donde se parte (T.S. Eliot)
Por fuera de la ventana de mi habitación cuelgan estalactitas afiladas que a veces dan miedo. Me produjo también cierta inquietud la primera mañana que nos despertamos con el mundo lleno de nieve, abriendo caminos que tenían la altura de nuestras rodillas para poder llegar a los otros seres humanos.
El frío lo cambia todo en el campo. Envuelve el alrededor en un silencio que acentúa lo bonito y lo feo, el cariño y la soledad.
Me he convertido en un calendario que deambula por la universidad soñando con enero y con Madrid, aunque un poco refunfuñona por tener que ir de visita a mi propia ciudad…
Se va terminando la primera mitad de mi año de arrancada voluntaria.
He añadido más risas, más libros, más recuerdos, a la colección de mi vida de millonaria emocional.
Necesito una comida familiar con los ruidos de mi madre, mis sobrinas y sobrinos colgándose de mi ropa y mis hermanos y hermanas hablando mi idioma. Necesito a mis cuatro princesas. Necesito a mi gente.
Necesito volver a casa. A esa casa que tiene mi forma, donde nunca hace frío y donde se curan los dolores. Necesito volver a los brazos de la niña mía.

25 dias para Madrid
Por fuera de la ventana de mi habitación cuelgan estalactitas afiladas que a veces dan miedo. Me produjo también cierta inquietud la primera mañana que nos despertamos con el mundo lleno de nieve, abriendo caminos que tenían la altura de nuestras rodillas para poder llegar a los otros seres humanos.
El frío lo cambia todo en el campo. Envuelve el alrededor en un silencio que acentúa lo bonito y lo feo, el cariño y la soledad.
Me he convertido en un calendario que deambula por la universidad soñando con enero y con Madrid, aunque un poco refunfuñona por tener que ir de visita a mi propia ciudad…
Se va terminando la primera mitad de mi año de arrancada voluntaria.
He añadido más risas, más libros, más recuerdos, a la colección de mi vida de millonaria emocional.
Necesito una comida familiar con los ruidos de mi madre, mis sobrinas y sobrinos colgándose de mi ropa y mis hermanos y hermanas hablando mi idioma. Necesito a mis cuatro princesas. Necesito a mi gente.
Necesito volver a casa. A esa casa que tiene mi forma, donde nunca hace frío y donde se curan los dolores. Necesito volver a los brazos de la niña mía.

25 dias para Madrid
Detrás de Hester Prynne
Yo soy esa mujer desvergonzada. Yo soy esa feminista que te dijeron que era demasiado radical. Yo soy esa lesbiana de la que te advirtió tu padre. Yo soy activista. Yo soy ese desastre que lo deja todo para última hora pero siempre sale del paso. Yo soy agitadora. Yo soy esa persona que no tiene nada en propiedad y no le importa. Yo soy creadora. Yo soy esa chica que se contenta con una cerveza y una buena conversación. Yo soy la adicta al café que te sonríe y siempre saluda. Yo soy provocadora. Yo soy alguien que hace cosas con su indignación. Yo soy esa mujer que no entra en los cánones de belleza ni quiere hacerlo. Yo soy esa antimilitarista que te dijeron que era utópica pero que nunca deja de creer que es posible. Yo soy subversiva. Yo soy esa lesbiana que dejó atrás los armarios te guste o no. Yo soy esa persona que intenta comer orgánico y prefiere el comercio justo a la ropa de moda. Yo soy esa imperfecta orgullosa. Yo amo las diferencias. Yo soy una irrespetuosa amante del respeto. Yo bostezo ante las palabras vacías. Yo tengo un cuerpo con michelines que desea y es deseado. Yo me niego a rezar. Yo no creo en los cuerpos sin mentes. Yo prefiero una mochila y un hostal a un hotel de cinco estrellas. Yo me contradigo. Yo aprendo y desaprendo. Yo lloro. Yo no creo en las mentes sin cuerpos. Yo siempre abrazo a mi gente. Yo no malgasto el tiempo odiando. Yo abrazo a los árboles. Yo escribo poemas. Yo pierdo trenes pero siempre cojo el siguiente. Yo soy una soñadora realista. Yo me paro a descansar. Yo leo. Yo lucho sin puños. Yo planeo y acabo haciendo algo que no había planeado. Yo no creo en la violencia. Yo tengo miedo muchas veces pero sigo adelante. Yo amo la risa. Yo reclamo las calles. Yo no quiero ser salvada. Yo estoy enamorada. Yo no me callo. Yo doy la cara.
Huelga
Las mujeres nunca tienen mentes jóvenes. Nacen con tres mil años de edad (Shelagh Delaney)
La libertad para abortar corre peligro en Estados Unidos, debido a los nuevos hombres de Bush en el Tribunal Supremo. Uno de los motivos (no el único) por los que el aborto es un tema tan controvertido en este país es, aunque en principio parezca no tener conexión, la guerra. Para continuar siendo la potencia que es, Estados Unidos necesita seguir teniendo un ejército grande, inmenso, infinito. Y el ejército estadounidense recluta a sus soldados en los barrios pobres, en los institutos marginales. Por eso necesita de mujeres que produzcan estos bebés que después serán chicos y chicas sin oportunidades, que deberán elegir entre la cárcel o el ejército, entre la calle o el ejército, es decir, entre la nada o el ejército.
Muchas mujeres (no todas) desean abortar porque son adolescentes o porque no tienen medios para mantener a sus hijas e hijos. Son estas mujeres las principales productoras de soldados. ¿Una teoría loca? ¿Pura demagogia? No creo estar tan desencaminada.
Creo que las mujeres debemos asumir que tenemos mucho más poder del que creemos. El poder está en todo lo que damos, y que podemos elegir dejar de dar.
Somos lisístratas que en barricada nos encerramos en nuestras acrópolis, dispuestas a decir no.
Pensad en ello, amigas.

Si alguien tiene SIDA, todas las personas tenemos SIDA
La libertad para abortar corre peligro en Estados Unidos, debido a los nuevos hombres de Bush en el Tribunal Supremo. Uno de los motivos (no el único) por los que el aborto es un tema tan controvertido en este país es, aunque en principio parezca no tener conexión, la guerra. Para continuar siendo la potencia que es, Estados Unidos necesita seguir teniendo un ejército grande, inmenso, infinito. Y el ejército estadounidense recluta a sus soldados en los barrios pobres, en los institutos marginales. Por eso necesita de mujeres que produzcan estos bebés que después serán chicos y chicas sin oportunidades, que deberán elegir entre la cárcel o el ejército, entre la calle o el ejército, es decir, entre la nada o el ejército.
Muchas mujeres (no todas) desean abortar porque son adolescentes o porque no tienen medios para mantener a sus hijas e hijos. Son estas mujeres las principales productoras de soldados. ¿Una teoría loca? ¿Pura demagogia? No creo estar tan desencaminada.
Creo que las mujeres debemos asumir que tenemos mucho más poder del que creemos. El poder está en todo lo que damos, y que podemos elegir dejar de dar.
Somos lisístratas que en barricada nos encerramos en nuestras acrópolis, dispuestas a decir no.
Pensad en ello, amigas.

Si alguien tiene SIDA, todas las personas tenemos SIDA
