Alto y claro
El amor enseña a bailar hasta a los asnos (proverbio francés)
Estoy completamente enamorada y mi niña me hace TAN feliz que lo quiero gritar al mundo y siento que lo que siento tiene TANTO poder que me resulta extraño que no se acaben las guerras y el odio la pobreza cuando yo tengo TANTA suerte y a veces en medio de algo serio me acuerdo de ella y me da un vuelco el corazón y es que mi bruja es maravillosa y tan preciosa que me quita la respiración, y la admiro tanto y la deseo tanto y la respeto tanto y haría lo que fuera por ella y quiero que se entere todo el planeta tierra, oriente y occidente, norte y sur… mi amiga, mi compañera, mi inspiración, mi motor, mi orgullo, mi todo… Me vuelves loca…
¡¡¡TE QUIERO!!!

Estoy completamente enamorada y mi niña me hace TAN feliz que lo quiero gritar al mundo y siento que lo que siento tiene TANTO poder que me resulta extraño que no se acaben las guerras y el odio la pobreza cuando yo tengo TANTA suerte y a veces en medio de algo serio me acuerdo de ella y me da un vuelco el corazón y es que mi bruja es maravillosa y tan preciosa que me quita la respiración, y la admiro tanto y la deseo tanto y la respeto tanto y haría lo que fuera por ella y quiero que se entere todo el planeta tierra, oriente y occidente, norte y sur… mi amiga, mi compañera, mi inspiración, mi motor, mi orgullo, mi todo… Me vuelves loca…¡¡¡TE QUIERO!!!

Va de cine... y de realidad
Las antipatías violentas siempre son sospechosas, y revelan una secreta afinidad (William Hazlitt)
En los últimos días he visto dos películas que tenían varias cosas en común, a destacar su origen chino americano y su temática homosexual.
La primera, Saving Face, es del año 2004 y está dirigida por Alice Wu. Cuenta la historia de un amor neoyorquino en Flushing, Queens, el otro Chinatown de Nueva York, una zona menos conocida que la de Manhattan pero que merece la pena visitar (justo ayer había un reportaje acerca de esta zona en el New York Times). Wil se encuentra, como muchas mujeres de su generación, atrapada entre la cultura tradicional de su familia china y la vida estadounidense contemporánea. Cuando se enamora de Vivian Shing, tiene que elegir entre vivir su relación sin esconderse del mundo, arriesgándose al rechazo de su familia, o perder a Vivian para siempre.
La otra película que he visto es la famosa Brokeback Mountain de Ang Lee (un director que me encanta), ahora mismo en las salas de cine. Como supongo que la mayoría sabréis, es la historia de dos vaqueros de los “red states” norteamericanos (los estados más conservadores), que viven durante décadas una doble existencia: la de hombres casados, padres de familia, y la de locamente enamorados el uno del otro, encontrándose secretamente y echándose de menos con desesperación.
Ambas películas tienen tonos distintos. Mientras que Saving Face apuesta por el humor, Brokeback Mountain es deliciosamente lenta y bastante más desgarradora y simbólica. Pero en mi opinión, las dos son excelentes y tratan el asunto de ese amor, como dijo Oscar Wilde (llevado a juicio y encarcelado en el siglo XIX por su homosexualidad), ese amor que no puede ser nombrado, de una forma poética y reivindicativa, dos adjetivos que cuando están unidos hacen mucho por cambiar el mundo.
Anoche al volver del cine me quedé mucho tiempo sentada en casa pensando en toda esa gente a lo largo de la historia que ha tenido que vivir en secreto una relación de amor lésbica o gay, o simplemente el sentirse atraída hacia gente de su mismo sexo. Esas personas –que aún hoy en muchos países se ven forzadas a esconderse, si no echad un vistazo a la nueva campaña de Amnistía Internacional- que llevan una vida que no desean llevar, sólo porque hay gente en el poder (en la política, en las instituciones religiosas, en la educación…) o personas de ignorancia supina (de esa ignorancia que produce miedo que se transforma en odio) que desean constantemente robarles el derecho humano a una vida digna, con los mismos derechos que cualquier otra persona, y sin el miedo al rechazo de las personas de las que se rodean, sin el miedo a darse un beso o la mano en público, sin el miedo a vivir.
Me acordé de Matthew Shepard, asesinado cruelmente en Wyoming en 1998, de Brandon Teena, a quien mataron en Nebraska en 1993, de tantas otras, de tantos otros… Aquellas personas que fueron asesinadas y aquellas que vivieron como si estuvieran muertas, estas personas que hoy día esconden algo que debería hacer su vida más hermosa.
Yo tengo la suerte de ser de un país donde las leyes me amparan (aunque a gran parte de la sociedad todavía le cueste admitirlo), y esto se debe a quienes han luchado por estar donde estamos. En España todavía quedan caminos por recorrer como por ejemplo el transexual. En el mundo hay tanto trabajo que hacer todavía…
La justicia y la sociedad deben mucho a todas aquellas personas que han vivido en el secreto y en la humillación, sufriendo violencia o silencio (tan doloroso como una paliza), y es hora de que se comience a saldar deudas. Nadie debe aceptar menos que todo. Lo queremos todo. Y en todos los rincones del planeta. Y ya. A luchar, gente...

En los últimos días he visto dos películas que tenían varias cosas en común, a destacar su origen chino americano y su temática homosexual. La primera, Saving Face, es del año 2004 y está dirigida por Alice Wu. Cuenta la historia de un amor neoyorquino en Flushing, Queens, el otro Chinatown de Nueva York, una zona menos conocida que la de Manhattan pero que merece la pena visitar (justo ayer había un reportaje acerca de esta zona en el New York Times). Wil se encuentra, como muchas mujeres de su generación, atrapada entre la cultura tradicional de su familia china y la vida estadounidense contemporánea. Cuando se enamora de Vivian Shing, tiene que elegir entre vivir su relación sin esconderse del mundo, arriesgándose al rechazo de su familia, o perder a Vivian para siempre.

La otra película que he visto es la famosa Brokeback Mountain de Ang Lee (un director que me encanta), ahora mismo en las salas de cine. Como supongo que la mayoría sabréis, es la historia de dos vaqueros de los “red states” norteamericanos (los estados más conservadores), que viven durante décadas una doble existencia: la de hombres casados, padres de familia, y la de locamente enamorados el uno del otro, encontrándose secretamente y echándose de menos con desesperación.

Ambas películas tienen tonos distintos. Mientras que Saving Face apuesta por el humor, Brokeback Mountain es deliciosamente lenta y bastante más desgarradora y simbólica. Pero en mi opinión, las dos son excelentes y tratan el asunto de ese amor, como dijo Oscar Wilde (llevado a juicio y encarcelado en el siglo XIX por su homosexualidad), ese amor que no puede ser nombrado, de una forma poética y reivindicativa, dos adjetivos que cuando están unidos hacen mucho por cambiar el mundo.
Anoche al volver del cine me quedé mucho tiempo sentada en casa pensando en toda esa gente a lo largo de la historia que ha tenido que vivir en secreto una relación de amor lésbica o gay, o simplemente el sentirse atraída hacia gente de su mismo sexo. Esas personas –que aún hoy en muchos países se ven forzadas a esconderse, si no echad un vistazo a la nueva campaña de Amnistía Internacional- que llevan una vida que no desean llevar, sólo porque hay gente en el poder (en la política, en las instituciones religiosas, en la educación…) o personas de ignorancia supina (de esa ignorancia que produce miedo que se transforma en odio) que desean constantemente robarles el derecho humano a una vida digna, con los mismos derechos que cualquier otra persona, y sin el miedo al rechazo de las personas de las que se rodean, sin el miedo a darse un beso o la mano en público, sin el miedo a vivir.
Me acordé de Matthew Shepard, asesinado cruelmente en Wyoming en 1998, de Brandon Teena, a quien mataron en Nebraska en 1993, de tantas otras, de tantos otros… Aquellas personas que fueron asesinadas y aquellas que vivieron como si estuvieran muertas, estas personas que hoy día esconden algo que debería hacer su vida más hermosa.
Yo tengo la suerte de ser de un país donde las leyes me amparan (aunque a gran parte de la sociedad todavía le cueste admitirlo), y esto se debe a quienes han luchado por estar donde estamos. En España todavía quedan caminos por recorrer como por ejemplo el transexual. En el mundo hay tanto trabajo que hacer todavía…
La justicia y la sociedad deben mucho a todas aquellas personas que han vivido en el secreto y en la humillación, sufriendo violencia o silencio (tan doloroso como una paliza), y es hora de que se comience a saldar deudas. Nadie debe aceptar menos que todo. Lo queremos todo. Y en todos los rincones del planeta. Y ya. A luchar, gente...

Y qué sabrá el Papa de amor
Hoy voy a hablar de esto.
Hace falta más destreza para hacer el amor que para llevar un ejército (Ninon de Lenclos)
Pues probablemente sabe mucho, porque aquí, quien más y quien menos, todas y todos hemos bebido los vientos por alguien en algún momento (beber los vientos, qué expresión tan linda… Porque se suspira tanto que te tragas el levante, el lebeche y cuanto aire difícil se interponga en tu camino). Y Joseph Ratzinger, debajo de su sotana, por delante del trono de rey de la hipocresía, es, quieras que no, una persona. Y se acordará, claro que se acordará, quizá se lo traiga a la memoria esa criada que le lleva el desayuno por la mañana, o uno de los guardias de la puerta del palacio donde vive este hombre que habla de caridad. Recordará que hubiera hecho cualquier cosa, que una vez garabateó palabras cursis en un papel, que se encontró con que cierto poema o cierta canción hablaban indudablemente de él, que lo habría dejado todo, que echó de menos, que no podía dormir, que hizo castillos en el aire, que tuvo proyectos y le entró la risa tonta y la lágrima fácil.
El poder no borra la memoria, simplemente te enfría y te atrofia. Y te deja de importar el verdadero significado de las palabras, tan sólo las utilizas como si fueran acciones de la bolsa, detergente que deja tu estatus inmaculado.
Ay de quien quiera ponerle una definición al amor, ay de quien quiera ponerle límites basados en constructos como el género o la religión, ay de quien quiera utilizar palabras para nombrarlo cuando las palabras lo único que hacen es buscarlo (preguntádselo a cualquiera que escriba). Empresa banal, empresa inútil.
El amor es maleable, impalpable, irrefrenable, inaudito e imposible de someter a normas.

Hace falta más destreza para hacer el amor que para llevar un ejército (Ninon de Lenclos)
Pues probablemente sabe mucho, porque aquí, quien más y quien menos, todas y todos hemos bebido los vientos por alguien en algún momento (beber los vientos, qué expresión tan linda… Porque se suspira tanto que te tragas el levante, el lebeche y cuanto aire difícil se interponga en tu camino). Y Joseph Ratzinger, debajo de su sotana, por delante del trono de rey de la hipocresía, es, quieras que no, una persona. Y se acordará, claro que se acordará, quizá se lo traiga a la memoria esa criada que le lleva el desayuno por la mañana, o uno de los guardias de la puerta del palacio donde vive este hombre que habla de caridad. Recordará que hubiera hecho cualquier cosa, que una vez garabateó palabras cursis en un papel, que se encontró con que cierto poema o cierta canción hablaban indudablemente de él, que lo habría dejado todo, que echó de menos, que no podía dormir, que hizo castillos en el aire, que tuvo proyectos y le entró la risa tonta y la lágrima fácil.
El poder no borra la memoria, simplemente te enfría y te atrofia. Y te deja de importar el verdadero significado de las palabras, tan sólo las utilizas como si fueran acciones de la bolsa, detergente que deja tu estatus inmaculado.
Ay de quien quiera ponerle una definición al amor, ay de quien quiera ponerle límites basados en constructos como el género o la religión, ay de quien quiera utilizar palabras para nombrarlo cuando las palabras lo único que hacen es buscarlo (preguntádselo a cualquiera que escriba). Empresa banal, empresa inútil.
El amor es maleable, impalpable, irrefrenable, inaudito e imposible de someter a normas.

Dickens en una noche de invierno
La vida está compuesta de mármol y barro (Nathaniel Hawthorne)
Volví, y en cierto modo daba la impresión de que el tiempo no había pasado, y de que nunca había dejado de estar en sus brazos, ni en las cafeterías humeantes llenas de voces amigas, ni bajo la mirada acuosa de una madre a la que la edad va poniendo melancólica. Regresé y mi mirada añadió a todo un algo distinto, eso que a los ojos les da el haber estado de viaje. Implacable, el tiempo siguió su curso y me devolvió a mi habitación del otro lado del océano, a esta casita congelada por fuera que está dentro de un campus que está dentro de un pueblo que está dentro de un estado que está dentro de una franja horaria en la que mientras mi familia, mis amigas, mis amigos, mi amora viven yo duermo, y viceversa. Ahora, cansada porque he viajado contrarreloj, me froto los párpados cargados de recuerdos recientes como tu olor que todavía impregna algunas prendas que acabo de sacar de la maleta.
Es David Copperfield quien en este momento me salva, porque a mí siempre me salva la literatura, que me espera sin fallar nunca en el bolso que llevo conmigo, como una casa transportable en la que me refugio vaya donde vaya. Es Charles Dickens quien desde el siglo XIX se ríe del calendario y me dice: suspira si quieres, pero el Támesis, yo lo ví, nunca se detiene, siempre cambia, aparece una ballena o flota la última víctima de Jack el Destripador. Suspira si quieres, pero deja que tu agua siga moviéndose.
Murió mi querido perrito un par de días antes de dejar Madrid, ya era viejo, siempre nos quiso, él lo vio todo. Nació el pequeño Dani, mi sobrino, huele a bebé y ya ha empezado a sonreír, lo tuve en mis brazos. Noté que mi padre estaba más viejo. Me enteré de que Cris había aprendido ya a leer. Henar cambió de trabajo. Miren, Farru y Martina encontraron casa. Chavela se ha enamorado, Silvia y Marta ya están en Dinamarca. Julia y Ana se casan. L. y R. han hecho un año. Nada se para, ni la vida ni la muerte.
Tengo una caja de recortes para hacer collages, una novela que escribir, estudios que realizar, deudas que pagar, viajes por hacer, un futuro que aclarar, gente a la que echar de menos, una familia alternativa con la que acabo de cenar, una niña maravillosa de la que estar enamorada, indignaciones por las que luchar, flores mustias que resucitar, un monedero vacío, música que me acompaña, una falda con lentejuelas y varias cicatrices. Soy millonaria.
Me meto en la cama con David Copperfield (y servidora no se va a la cama salvo con aquello o aquella que ama, que mis sábanas son un templo) para desagotarme y empezar mañana con fuerzas esta nueva etapa llena de cercas y de lejos, de posibilidades e imposibilidades. En fin, llena de vida.

Volví, y en cierto modo daba la impresión de que el tiempo no había pasado, y de que nunca había dejado de estar en sus brazos, ni en las cafeterías humeantes llenas de voces amigas, ni bajo la mirada acuosa de una madre a la que la edad va poniendo melancólica. Regresé y mi mirada añadió a todo un algo distinto, eso que a los ojos les da el haber estado de viaje. Implacable, el tiempo siguió su curso y me devolvió a mi habitación del otro lado del océano, a esta casita congelada por fuera que está dentro de un campus que está dentro de un pueblo que está dentro de un estado que está dentro de una franja horaria en la que mientras mi familia, mis amigas, mis amigos, mi amora viven yo duermo, y viceversa. Ahora, cansada porque he viajado contrarreloj, me froto los párpados cargados de recuerdos recientes como tu olor que todavía impregna algunas prendas que acabo de sacar de la maleta.
Es David Copperfield quien en este momento me salva, porque a mí siempre me salva la literatura, que me espera sin fallar nunca en el bolso que llevo conmigo, como una casa transportable en la que me refugio vaya donde vaya. Es Charles Dickens quien desde el siglo XIX se ríe del calendario y me dice: suspira si quieres, pero el Támesis, yo lo ví, nunca se detiene, siempre cambia, aparece una ballena o flota la última víctima de Jack el Destripador. Suspira si quieres, pero deja que tu agua siga moviéndose.
Murió mi querido perrito un par de días antes de dejar Madrid, ya era viejo, siempre nos quiso, él lo vio todo. Nació el pequeño Dani, mi sobrino, huele a bebé y ya ha empezado a sonreír, lo tuve en mis brazos. Noté que mi padre estaba más viejo. Me enteré de que Cris había aprendido ya a leer. Henar cambió de trabajo. Miren, Farru y Martina encontraron casa. Chavela se ha enamorado, Silvia y Marta ya están en Dinamarca. Julia y Ana se casan. L. y R. han hecho un año. Nada se para, ni la vida ni la muerte.
Tengo una caja de recortes para hacer collages, una novela que escribir, estudios que realizar, deudas que pagar, viajes por hacer, un futuro que aclarar, gente a la que echar de menos, una familia alternativa con la que acabo de cenar, una niña maravillosa de la que estar enamorada, indignaciones por las que luchar, flores mustias que resucitar, un monedero vacío, música que me acompaña, una falda con lentejuelas y varias cicatrices. Soy millonaria.
Me meto en la cama con David Copperfield (y servidora no se va a la cama salvo con aquello o aquella que ama, que mis sábanas son un templo) para desagotarme y empezar mañana con fuerzas esta nueva etapa llena de cercas y de lejos, de posibilidades e imposibilidades. En fin, llena de vida.

Cosas que puedo hacer en Madrid
Una casa es el lugar donde una es esperada.
Escribir la eñe pulsando sólo una tecla del ordenador: ññññññññññññññññññññññññ
Estar locamente enamorada a cuerpo presente.
Tomarme cervezas con las locas de mis amigas hasta el amanecer.
Encontrar los caminos casi por instinto.
Ir a lugares donde me conocen y me ponen el café tal y como a mí me gusta.
Hablar mi lengua materna. Reír y llorar en mi lengua materna.
Estar con mi gente de toda la vida.
Conocer a dos bebés que eran dos tripas enormes cuando me marché.
Abrazar y que me digan: “¡Hueles a ti!”
Comprender con miradas.
Enterarme de las últimas noticias, como que Esther y Bárbara se casan.
Estar con mi madre.
Tomarme una caña y una tapa.
Encontrarme con personas que conozco por la calle. Las caras amistosas.
Oler y degustar mi ciudad.
Saber y que sepan.

¿Me has votado? El plazo para hacerlo acaba el día quince de enero (si ya me has votado, recuerda que puedes volverlo a hacer, como máximo una vez al día). Es muy sencillo, ¡pincha aquí!
Y... ¡gracias!
Escribir la eñe pulsando sólo una tecla del ordenador: ññññññññññññññññññññññññ
Estar locamente enamorada a cuerpo presente.
Tomarme cervezas con las locas de mis amigas hasta el amanecer.
Encontrar los caminos casi por instinto.
Ir a lugares donde me conocen y me ponen el café tal y como a mí me gusta.
Hablar mi lengua materna. Reír y llorar en mi lengua materna.
Estar con mi gente de toda la vida.
Conocer a dos bebés que eran dos tripas enormes cuando me marché.
Abrazar y que me digan: “¡Hueles a ti!”
Comprender con miradas.
Enterarme de las últimas noticias, como que Esther y Bárbara se casan.
Estar con mi madre.
Tomarme una caña y una tapa.
Encontrarme con personas que conozco por la calle. Las caras amistosas.
Oler y degustar mi ciudad.
Saber y que sepan.

¿Me has votado? El plazo para hacerlo acaba el día quince de enero (si ya me has votado, recuerda que puedes volverlo a hacer, como máximo una vez al día). Es muy sencillo, ¡pincha aquí!
Y... ¡gracias!
