Carlota
Nunca encontarás tiempo para nada. Debes crearlo. (Charles Buxton)
Como ya había una chica que se llamaba como yo cuando entré nueva en La Oficina, me ha tocado cambiarme el nombre, porque mi jefa dice que como tratamos con clientes de modo muy personal, no pueden darse las confusiones.
Me dejaron un rato para pensar cómo iba a llamar a ese nuevo yo que no puede ponerse chapitas reivindicativas y que se pasa ocho horas seguidas sin tocar un sólo libro que no sea el directorio de delegaciones de nuestra empresa . De vez en cuando alguien dejaba de teclear delante de su pantalla para sugerirme un nombre absurdo ante el cual nos reíamos con atolondramiento, porque hay que ver la de cosas absurdas que pueden acabar haciéndote gracia para escapar de la rutina de un día de madrugón que tiene como fin poner el pan en la mesa y el bostezo en la boca.
Y la verdad es que en un principio resultaba hasta emocionante eso de poder tener otro nombre, el que yo eligiera, como si me hubieran dejado una lámpara con genio dentro y me tuviera que pensar un deseo.
Y como tampoco tenía mucho tiempo, me decidí por Carlota, pensando en Charlotte Brontë y así lo comuniqué.
Mi jefa sonrió:
- Yo estuve siete años llamándome de otra manera también -comentó. Y noté que se le había erizado la piel, como si le hubiese dado un escalofrío. Pero quizá fuese que temblaba del estrés, porque tiene mucho estrés, como todas las jefas, y además ahora que es ella misma y no se puede dejar el nombre en el trabajo, pues seguro que se lleva las angustias en formato Windows XP mental a casa, y la cena le sabe a fax con patatas fritas.
Enseguida me di cuenta de que lo de llamarse de otra manera no tenía ninguna gracia. Hablas por teléfono y la gente del otro lado piensa que ese es tu nombre, y te dicen, es que mira, Carlota, esto y lo otro... y viene una compañera y te dice oye, Carlota. que esto y que lo otro... Y de pronto tienes cara de Carlota, y alzas la cabeza cuando alguna voz pronuncia ese nombre, y es como si estuvieses dentro de una película de ciencia ficción y poco a poco te estuvieran robando la memoria, porque hay momentos en que se te olvida que tú no eres Carlota, que Excel es el programa más aburrido del mundo de la informática y que hubo un tiempo en que los números de teléfono no tenían extensiones, como si fueran los peinados de las cantantes de Operación Triunfo.
Así que bueno, como véis, el trabajo de La Oficina, que yo creía que me iba a marchitar un poco, como una planta mustia que luego se riega y sobrevive con un verde más vivo incluso que la primera vez, lo que hace es intentar acabar conmigo y crear una nueva persona productiva que sirva como tornillito para la gran máquina del capital que mueve el mundo de las personas grismente millonarias e intenta destruir el de las coloridamente pobres.
Así que siento la tardanza en escribir, pero mi adaptación a la vida española ha tenido que pasar por unas paredes blancas que podrían estar en cualquier lugar del mundo, y donde debo pasar un considerable porcentaje de mis día. Unas paredes blancas donde no están las personas que quiero, donde no hay libros ni sol ni huele a estar e casa. Y el choque entre la necesidad de crear y la necesidad de poner las lentejas sobre la mesa , y que por ahora la una no me brinde la otra, es algo que me tiene angustiada y temerosa, temerosa de que el agotamiento de hacer lo que no me llena me impida hacer lo que me colma.
Y por otra parte, porque siempre hay que encontrar el sol entre las nubes negras, dormir abrazada a ella, saber que aguantará mis ataques de miedo con besos y carantoñas, morirme de amor y considerarme, pese a todo, la persona más afortunada del mundo.
Así que bueno, me intentaron robar el nombre y el tiempo se me escapa de las manos como un pez que se te desliza de entre los dedos bajo el mar. Apenas tengo tiempo para mi gente y no hay verano salvo por el calor que derrite las suelas de los zapatos de working girl. Pues vaya novedad, pues resulta que esto le pasa a la mayoría de las personas con las que comparto vagón de metro cada mañana. Hay que aguantar.
Pero no con estoicismo, conformada y encogiendo los hombros, sino con mirada de rabia y fuego y determinación de cambiar tu vida.
Sigo teniendo un plan.
Firmado:
Carlota

Como ya había una chica que se llamaba como yo cuando entré nueva en La Oficina, me ha tocado cambiarme el nombre, porque mi jefa dice que como tratamos con clientes de modo muy personal, no pueden darse las confusiones.
Me dejaron un rato para pensar cómo iba a llamar a ese nuevo yo que no puede ponerse chapitas reivindicativas y que se pasa ocho horas seguidas sin tocar un sólo libro que no sea el directorio de delegaciones de nuestra empresa . De vez en cuando alguien dejaba de teclear delante de su pantalla para sugerirme un nombre absurdo ante el cual nos reíamos con atolondramiento, porque hay que ver la de cosas absurdas que pueden acabar haciéndote gracia para escapar de la rutina de un día de madrugón que tiene como fin poner el pan en la mesa y el bostezo en la boca.
Y la verdad es que en un principio resultaba hasta emocionante eso de poder tener otro nombre, el que yo eligiera, como si me hubieran dejado una lámpara con genio dentro y me tuviera que pensar un deseo.
Y como tampoco tenía mucho tiempo, me decidí por Carlota, pensando en Charlotte Brontë y así lo comuniqué.
Mi jefa sonrió:
- Yo estuve siete años llamándome de otra manera también -comentó. Y noté que se le había erizado la piel, como si le hubiese dado un escalofrío. Pero quizá fuese que temblaba del estrés, porque tiene mucho estrés, como todas las jefas, y además ahora que es ella misma y no se puede dejar el nombre en el trabajo, pues seguro que se lleva las angustias en formato Windows XP mental a casa, y la cena le sabe a fax con patatas fritas.
Enseguida me di cuenta de que lo de llamarse de otra manera no tenía ninguna gracia. Hablas por teléfono y la gente del otro lado piensa que ese es tu nombre, y te dicen, es que mira, Carlota, esto y lo otro... y viene una compañera y te dice oye, Carlota. que esto y que lo otro... Y de pronto tienes cara de Carlota, y alzas la cabeza cuando alguna voz pronuncia ese nombre, y es como si estuvieses dentro de una película de ciencia ficción y poco a poco te estuvieran robando la memoria, porque hay momentos en que se te olvida que tú no eres Carlota, que Excel es el programa más aburrido del mundo de la informática y que hubo un tiempo en que los números de teléfono no tenían extensiones, como si fueran los peinados de las cantantes de Operación Triunfo.
Así que bueno, como véis, el trabajo de La Oficina, que yo creía que me iba a marchitar un poco, como una planta mustia que luego se riega y sobrevive con un verde más vivo incluso que la primera vez, lo que hace es intentar acabar conmigo y crear una nueva persona productiva que sirva como tornillito para la gran máquina del capital que mueve el mundo de las personas grismente millonarias e intenta destruir el de las coloridamente pobres.
Así que siento la tardanza en escribir, pero mi adaptación a la vida española ha tenido que pasar por unas paredes blancas que podrían estar en cualquier lugar del mundo, y donde debo pasar un considerable porcentaje de mis día. Unas paredes blancas donde no están las personas que quiero, donde no hay libros ni sol ni huele a estar e casa. Y el choque entre la necesidad de crear y la necesidad de poner las lentejas sobre la mesa , y que por ahora la una no me brinde la otra, es algo que me tiene angustiada y temerosa, temerosa de que el agotamiento de hacer lo que no me llena me impida hacer lo que me colma.
Y por otra parte, porque siempre hay que encontrar el sol entre las nubes negras, dormir abrazada a ella, saber que aguantará mis ataques de miedo con besos y carantoñas, morirme de amor y considerarme, pese a todo, la persona más afortunada del mundo.
Así que bueno, me intentaron robar el nombre y el tiempo se me escapa de las manos como un pez que se te desliza de entre los dedos bajo el mar. Apenas tengo tiempo para mi gente y no hay verano salvo por el calor que derrite las suelas de los zapatos de working girl. Pues vaya novedad, pues resulta que esto le pasa a la mayoría de las personas con las que comparto vagón de metro cada mañana. Hay que aguantar.
Pero no con estoicismo, conformada y encogiendo los hombros, sino con mirada de rabia y fuego y determinación de cambiar tu vida.
Sigo teniendo un plan.
Firmado:
Carlota

Lo que hice en el Orgullo
La fuerza no viene de la capacidad física, sino de la voluntad indomable (Gandhi)
Salí del armario del todo con mi madre, que era la que me faltaba. Ella ya lo sabía, yo jamás he hecho nada para ocultarlo, pero nunca lo habíamos hablado, y lo que no se dice tiene la misma presencia que lo que no existe.
También ese día empezamos a vivir juntas mi bruja y yo, durmiendo las dos en la cama estrechísima donde gozaremos hasta que nos hagamos con una en donde dejar de transformarnos en lapas, durmiendo, digo, en esa camita que es como una isla donde dan muchas ganas de naufragar, en medio de ese mar de cajas de mudanza que poco a poco iremos transformando en una habitación y en una biblioteca. El barrio madrileño de Malasaña, que es un barrio-barrio, tiene personas de colores, tiendas de toda la vida, locales donde se vende el último grito y conversaciones que olfatean los perros que pasean mirando a todas partes con la lengua fuera. Es nuestro barrio, donde mi bruja y yo hacemos la compra, tomamos cervezas en terrazas de verano o en bares llenos de vaho invernal. Aquí empezamos esta nueva existencia en común, respetando las existencias de cada una pero rematando las jugadas coincidiendo cada noche en la cama antes mentada.
Ese día, 1 de julio, Orgullo LGBT 2006, las calles de mi ciudad se llenaron de personas de todos los sabores, orgullosas de no acatar las normas absurdas que intentan mantener sin éxito las gentes intransigentes que defienden ideas obsoletas que ni siquiera ellas mismas llevan a cabo. Y yo, ese día, orgullosa y sintiendo que me estaban pasando cosas muy importantes, caminé entre pancartas, botellas de agua, sudor y risas.
Yo no quiero ser normal si normal significa no dejar que sean los que no son como tú. Prefiero, aunque a veces canse y desespere, ser la rara que sabe que hay muchas tan únicas como ella. Prefiero ser, aunque a veces canse y desespere, la que frecuentemente ha de defenderse, haciéndose cada vez más fuerte, antes que la que frecuentemente ataca, haciéndose cada vez más débil.

Salí del armario del todo con mi madre, que era la que me faltaba. Ella ya lo sabía, yo jamás he hecho nada para ocultarlo, pero nunca lo habíamos hablado, y lo que no se dice tiene la misma presencia que lo que no existe.
También ese día empezamos a vivir juntas mi bruja y yo, durmiendo las dos en la cama estrechísima donde gozaremos hasta que nos hagamos con una en donde dejar de transformarnos en lapas, durmiendo, digo, en esa camita que es como una isla donde dan muchas ganas de naufragar, en medio de ese mar de cajas de mudanza que poco a poco iremos transformando en una habitación y en una biblioteca. El barrio madrileño de Malasaña, que es un barrio-barrio, tiene personas de colores, tiendas de toda la vida, locales donde se vende el último grito y conversaciones que olfatean los perros que pasean mirando a todas partes con la lengua fuera. Es nuestro barrio, donde mi bruja y yo hacemos la compra, tomamos cervezas en terrazas de verano o en bares llenos de vaho invernal. Aquí empezamos esta nueva existencia en común, respetando las existencias de cada una pero rematando las jugadas coincidiendo cada noche en la cama antes mentada.
Ese día, 1 de julio, Orgullo LGBT 2006, las calles de mi ciudad se llenaron de personas de todos los sabores, orgullosas de no acatar las normas absurdas que intentan mantener sin éxito las gentes intransigentes que defienden ideas obsoletas que ni siquiera ellas mismas llevan a cabo. Y yo, ese día, orgullosa y sintiendo que me estaban pasando cosas muy importantes, caminé entre pancartas, botellas de agua, sudor y risas.
Yo no quiero ser normal si normal significa no dejar que sean los que no son como tú. Prefiero, aunque a veces canse y desespere, ser la rara que sabe que hay muchas tan únicas como ella. Prefiero ser, aunque a veces canse y desespere, la que frecuentemente ha de defenderse, haciéndose cada vez más fuerte, antes que la que frecuentemente ataca, haciéndose cada vez más débil.
