La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
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Sindicación
 
Día Internacional Contra la Violencia Machista
 
Violencia machista
La violencia es el último refugio del incompetente (Isaac Asimov)

Casi todas las campañas contra la violencia machista (llamada, adoptando un anglicismo, de género, pero aún peor, con el término casi inofensivo de doméstica que la relega al ámbito privado en el que nadie se tiene que meter, y, hasta hace unos años –antes de que se les diese voz a las mujeres- con el romántico término de crimen pasional) van dirigidas a las mujeres: denuncia, no te dejes, eso no es amor, etc. Por mucha razón que esta publicidad tenga, ¿para cuándo una difusión masiva de una campaña dirigida a los agresores? A aquellos que torturan verbalmente, a los que con sus actitudes machistas tratan a las mujeres como centro de sus chistes, esclavas sexuales o criadas, a quienes ya han llegado a las manos, a quienes están a un suspiro de matar. Y es que hasta el anuncio en el que los futbolistas más famosos se manifiestan en contra de estos infames, baratos, descerebrados y déspotas asesinos en potencia o en acto, nos habla a las mujeres. Teniendo en cuenta que Raúl, Puyol, Morientes y Joaquín, y los jugadores del "deporte rey" en general, tienen mucha más influencia en el público masculino –salvando las excepciones, pues alguna que otra forofa hay, pero en un porcentaje casi irrisorio comparado con la cantidad de hombres que leen prensa deportiva o ven los partidos en la tele-, bien podían haber utilizado esos minutos para decirles cuatro cositas bien dichas. No sólo eso, sino que, sinceramente, a mí (y a tantas otras) los consejos que me puedan dar esos muchachos me entran por un oído y me salen por el otro. Que no es que me parezca mal el anuncio, vamos a ver, sino que me parece que a las mujeres siempre nos quieren regalar más papás o hermanos mayores, como si con los nuestros no tuviéramos bastante.
Las mujeres, en general, somos siempre maltratadas públicamente: por la prensa que obvia noticias, por la publicidad que nos denigra, por el lenguaje que nos insulta –hoy mismo decía alguien hablando en la radio que los maltratadores eran hijos de puta, y digo yo, pero bueno, por qué hasta para hablar de eso hay que hacer uso de un insulto sexista, es que no hay derecho-, por el ámbito laboral hecho a imagen y semejanza de la vida masculina (vida que en la realidad muchos hombres preferirían no llevar tampoco), por los piropos que alguien nos grita o murmura por la calle y ante los que muchas veces pasamos de largo resignadas, por las noches que nos dan miedo, por el acoso sexual, por tantos tipos que nos encontramos en el día a día y cuyos comentarios nos llegan al alma, y que también solemos obviar para no tener mal rollo en el trabajo… Y luego, también muchas mujeres –una cada 18 segundos a nivel mundial, una mujer de cada cinco en Europa, dijo el otro día el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales- somos maltratadas directamente en nuestras mentes y en sus carnes, de forma que sus vidas son destruidas. ¿Victimismo? No, realidad. ¿Y ante esto, qué? Pues las muchas que tenemos fuerzas nos agrupamos para salvarnos y salvar a aquellas que, desfallecidas, en algún lugar de ese camino de golpes han flaqueado. Porque cuando una mujer es maltratada, lo somos todas. Porque esa mujer no es maltratada por ser Fulanita o Menganita, o por haber hecho esto o lo otro, sino por ser mujer, simple y llanamente.
Así que, gracias, pero no necesitamos padres, ni primos de Zumosol. Necesitamos amigos: amigos que nos acompañen en el camino de nuestra lucha, militando con nosotras contra esta lacra y no pasando ni una a ni uno, por muy colega que sea (¿por qué tener un colega así?). Ni un comentario sexista, ni un solo amago de agresión, ni una agresión consumada.
Y ahora le cedo la palabra, como siempre, a quienes tanto tienen que decirnos, enseñarnos, despertarnos: las compañeras de la Red Feminista contra la Violencia de Género:

 
De fuego, carcajadas y rugidos
Debemos usar lo que tenemos para inventar lo que deseamos (Adrienne Rich)

Te encontré. Ya no hay duda (¿la hubo alguna vez?). Y mi plan es convertirme en una vieja pelleja a tu lado (para lo cual, me insistes con el ceño fruncido pero con los ojos riendo, tengo que dejar esos cigarrillos a escondidas que me convierten en una fumadora en el armario), seguir quedándome dormida tras haber encajado mi cuerpo con el tuyo y continuar dedicándote mis orgullosas cursiladas. Me has regalado la valentía de no ocultarme ante nadie, aunque a veces dé miedo, y la inspiración para perseguir un sueño que no da dinero y sin embargo me hace millonaria. Juntas vivimos como nos da la gana, deconstruyendo lo establecido y dando la espalda a quien no quiere entendernos. Como toda amante que se precie, hemos inventado nuestro propio lenguaje y hemos descubierto que las dos palabras, esas tan manidas, nunca se gastan, siempre suenan a primera vez, siempre es como si las hubiésemos inventado nosotras. Amar es una artesanía de cuidada elaboración que como dos metódicas frida kahlos no nos cansamos en trabajar. Amarte es querer tu lado difícil, igual que tú soportas el mío. Leer en la cama compartiendo nuestros párrafos favoritos, comernos hasta que las tediosas obligaciones nos despegan, buscar esquinas recónditas de nuestra ciudad para conquistarlas, echarnos de menos, ir sorprendiéndonos con las multitudes de nuestro yo que nos vamos mostrando la una a la otra de la misma manera que una muñeca rusa se va desplegando, tú me empujas y yo te empujo para cruzar al otro lado del río, pasa el tiempo y cada vez huele más a futuro y cada vez edificamos más pasado y cada vez el presente es un lugar más tranquilo y atorbellinado. Llueve, mi niña mía, mi bruja. Hemos desayunado juntas y luego tú te has ido a trabajar con esa ropa de working girl que me vuelve loca, y como todas las mañanas, me has dejado delante del ordenador envuelta en tu chaqueta de pijama que huele a ti.

Y en este momento, y cuándo no, os juro que nada me parece más hermoso que una mujer lesbiana, deseante y creadora, húmeda y llena de voz, sin pelos en la lengua y con pelos en las axilas, con garras en lugar de uñas y mirada desafiante, siempre en un centro llamado margen, siempre top model del anticánon, aprendiendo a desaprender y desvergonzada a más no poder. Grrrrrrrrrr.
 
El amor en tiempos de infamia
Es que, obedecer por obedecer, eso sólo lo hace gente como usted (El laberinto del Fauno, Guillermo del Toro)

Leo y tiemblo de emoción con la preciosa novela de Beatriz Gimeno, Su cuerpo era su gozo (Editorial Foca, 2005). Una época –la de la ignominiosa dictadura de Franco- que sólo había imaginado (pero tengo una imaginación que tiende al romanticismo y a la inocencia, bastante fraudulenta a la hora de ponerse en lo peor, para qué nos vamos a engañar) se materializa ante mis ojos, y la vida estropeada de dos chicas que simplemente se querían se posiciona delante de mí. Casi puedo tocar el brazo fuerte de Luz, mirarla a los ojos cansados y decepcionados, ahogarme en su soledad resignada. Casi puedo oler la manzanilla que se pone Alicia en su pelo rubio, quitarle una lágrima de la mejilla, aterrorizarme con su miedo. Huelo el cóctel de neutralidad y cloroformo de un hospital donde intentan curar una enfermedad que no es tal, hiede la hipocresía de las monjas sonrientes, de los policías paternalistas, de las familias que “sólo quieren lo mejor para sus hijas,” apesta el qué dirán y el qué dicen y el pozo de la inexistencia donde se intenta sumir aquello que es real pero que sin nombre se convierte en silencio.
Truena ese silencio, es eco estos días. Al carajo la inmemoria histórica. Que salgan los nombres de todas aquellas instituciones religiosas y laicas (y las personas que las dirigían o que trabajaban en ellas) que internaban a las mujeres sólo por ser lesbianas, drogándolas con pastillas e incluso sometiéndolas a electroshock, robándoles su memoria y sus fuerzas. Que den la cara quienes por “amor de Dios” destrozaron vidas que ahora son irrecuperables, para siempre jamás irrecuperables. Que se condene la lesbofobia genocida (de muerte rápida o lenta) que tiene categoría mundial y que aquí ha contado siempre con una delegación intachable de pestilentes fascistas. Que salgan a la luz sosegadora de la verdad las caras y las voces de quienes fueron silenciadas, que se escuchen sus historias y que éstas sean maestras para todas nosotras, herederas afortunadas del mundo que ellas allanaron para que nos fuera menos difícil caminar.
 
La realeza indecisa
No sólo debemos rechazar los estereotipos que otras personas nos atribuyen, sino también los estereotipos que nos atribuimos a nosotr@s mism@s (Shirley Chisholm).

Vivir, en la sociedad de privilegio a la que pertenezco (aquella donde las necesidades básicas de relativa paz, comida, agua y techo están, bien que mal, cubiertas, lo cual no se puede decir en gran parte del mundo), consiste en elegir entre varias opciones, todas deseadas, todas incompatibles entre sí. Se da, sin embargo, el peculiar pero frecuente fenómeno de que muchas personas de mi generación no saben elegir, de la misma manera que hay quien (servidora, por ejemplo) ignora cómo hacer una raíz cuadrada, o cómo distinguir entre las setas venenosas y las que se pueden ingerir sin peligro. Conozco a tantas personas que quieren estar en todas partes, que quieren tenerlo todo, que no son capaces de comprender que el compromiso con una idea, o con una persona, o con lo que sea, es incompatible con hacer esta cosa, o esta otra… Ojala tuviéramos varias vidas, para en cada una de ellas llevar un modo de vida, pero, que sepamos, sólo hay esta, y, para bien o para mal, tenemos que elegir, aunque quisiéramos tenerlo todo. Pero no se puede tener todo. La ambición está bien, siempre que te permita vivir, siempre que te deje disfrutar del momento y no desear estar todo el rato en otra parte. No me malinterpretéis, no quiero decir que una persona no pueda cambiar o contradecirse (nos habitan multitudes, como escribió el barbudo Whitman), pues la suerte que tenemos es que podemos rectificar, pese a que ello conlleve a veces el reunir mucho coraje. Quiero decir que a veces no sabemos hacer bien lo que hacemos, o cómo cuidar de la gente (pareja, amistades, lo que sea) con la que hemos decidido caminar el camino, y nos quedamos a medias tintas, sintiendo o creando insatisfacción.
Digo que mi generación, sin ánimo de generalizar válgame la redundancia, a veces no nos acordamos de que somos la excepción en este planeta malherido, y que aunque dentro de nuestro grupo social haya también quienes tenemos más y quienes tenemos menos (dinero, estatus, privilegios otorgados por el género, la sexualidad, el color de la piel, blablabla…), estamos donde estamos porque lo hemos elegido, y, aunque a veces sea la decisión más difícil del mundo (de tomar o de llevar a cabo o de ambas cosas), tenemos el poder de cambiar nuestra situación, de dejar lo que estamos haciendo o de continuar con ello. Y se nos olvida, se nos olvida que estamos donde estamos porque queremos, y entonces vamos y nos quejamos, pero no una de esas quejas constructivas sino de esas que caen en un pozo oscuro pero sin eco.
Qué mierda todo, qué pena doy, qué difícil es comprometerse con la gente, con las ideas, qué asco de mundo, qué apatía… Somos la insatisfacción permanente pero nos cuesta tanto mover el culo… Y si nos cuesta en lo personal, en cambiar nuestras vidas cueste lo que cueste, ¿cómo no nos va a costar en lo político, en ver más allá de nuestras narices y curar las heridas del mundo?
Recordemos: estamos donde estamos y hacemos lo que hacemos porque queremos.