La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
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Sindicación
 
Otra vez, sobre la lectura
La biblioteca es el hospital de la mente.

Una de las últimas novelas de la autora norteamericana A. M. Homes se titula Este libro te salvará la vida (This book will save your life), y al descubrir el volumen en cuestión en una de mis frecuentes incursiones (o excursiones, a juzgar por el tamaño de mi mochila cuando regreso a casa para dar de comer a mis estanterías) a una de mis librerías favoritas, pensé, me encanta este título, aún no me lo he leído, pero me parece un magnífico comienzo.
Porque quizá sea muy exagerado decir que un libro puede salvar la vida, pero que me fulmine un rayo ahora mismo si no estoy en lo cierto al asegurar que, leer, en general, salva la vida.
Si una persona se está ahogando en medio del mar, por ejemplo, un subsahariano (ese sustantivo/adjetivo geográfico que no sé quién se ha inventado para no decir NEGRO o NEGRA como si esta palabra fuera desagradable, o algo así), varios elementos pueden rescatarle de su infortunio: un salvavidas, un trozo de madera que ha quedado de su patera hundida, un barco que pasa por ahí, un helicóptero… Pero lo que verdaderamente evitará una muerte mísera de esa persona, de su familia, de su pueblo, de sus sueños, de su dignidad, es la eliminación de las barreras mentales y físicas impuestas por la gente desalmada que está en el poder. Las alambradas, los muros, la explotación de los recursos naturales que son patrimonio de la humanidad pero que son disfrutados con avaricia por tan sólo una pequeña parte del mundo, el sexismo asesino, la infancia descuidada, el racismo, ese primer mundo (otra expresión ridícula), en fin, que se cree invencible y que un día se lo habrá gastado todo sin haber compartido nada, y qué haremos entonces con la nada. Lo que verdaderamente salvará a nuestro subsahariano no es una limosna ni un flotador, sino el amor por la diversidad y la conciencia de que nada que valga de veras la pena se posee.
Leer es precisamente eso. Mantener la mente abierta para que vayan entrando, una a una, las voces de tantos personajes distintos, de todas las partes del mundo e incluso de mundos inventados, de todas las edades e incluso de los muertos, de todas las razas e incluso criaturas imaginadas, de todas las opiniones, las que nos parecen deplorables y las que subrayamos con el entusiasmo de alguien a quien acaban de leer el pensamiento. Leer es celebrar lo distinto, expandir la mirada, ponerse las gafas de la esperanza, no ser (aunque sea por un rato) egoísta. Autoras y autores abandonan sus obras a su suerte, desposeyéndose de una historia que una vez tuvieron tan dentro, soltándola al mundo como un mago que deja escapar la paloma que surge de su pañuelo, dejándolas a merced de interpretaciones que nunca le dieron, de la indiferencia y de la pasión. Porque nada que vale de veras la pena se posee: ni las historias, ni las parejas, ni una hija o un hijo, ni la amistad, ni la verdad, ni una canción, ni la tierra, ni el tiempo.
Por supuesto, no todo el mundo que lee deja que su vida se salve. Hay muchas personas que son, como dice la expresión, “muy leídas,” y no por ello permiten que se produzca en su interior una depuración, un desapego, por doloroso que sea, del velo que recubre sus ojos y su alma impidiéndoles que el poder transformador de la literatura recorra todas las venas de su cuerpo. Los jueces seguro que leen mucho, siempre que aparecen en el telediario están en despachos llenos de libros. Y sin embargo estos días dos jueces por estos lares han demostrado su supina ignorancia en temas de libertad para crear y libertad para amar, que son temas muchísimo más trascendentales y fundamentales en las vidas humanas que tantos otros de los que seguro que saben mucho: uno ha censurado una revista porque el dibujo de la portada era irrespetuoso con la monarquía (a mí la revista en cuestión me parece bastante sexista, pero prefiero la crítica constructiva a la censura, sin duda) y otro llamado Fernando Calamita ha retirado la custodia de sus dos hijas a una mujer por ser lesbiana. En serio, ¿qué nos importan en esos casos los volúmenes que pueblen sus bibliotecas?
La literatura ejerce un poder transformador a quien la acoge con la mente limpia y receptiva. Los libros, como dice Homes, salvan la vida de quien les reserva un lugar especial en su casa, en su mesilla de noche, en su bolso y en su cabeza. Es en la infancia cuando este poder puede manifestarse con más fuerza, porque es entonces cuando las personas leen en su tiempo libre por placer y exclusivamente aquello que les apetece, no este libro sí que está de moda y este libro no que qué van a pensar. Por eso cuando el otro día salió el último libro de Harry Potter y la gente se agolpaba en las librerías para hacerse con un ejemplar, escuchaba los comentarios de hay que ver qué negocio se ha montado y pensaba: pues que se monte un negocio, y que vendan y vendan y vendan. Porque mientras una persona está leyendo la séptima entrega de Harry Potter no está robando, ni matando, ni discriminando, ni burlándose de alguien, ni maltratando, ni poniendo una bomba, ni violando, ni practicando una ablación, ni censurando, ni nada de nada, porque mientras una persona está ejerciendo el solitario y sin embargo poblado acto de leer, sólo puede estar haciendo eso, qué maravilla.
Pon (al menos) un libro en tu vida en este perezoso mes de agosto que entra. Y feliz verano.