Llegó del pueblo
La abundancia es, en su mayor parte, una actitud (Sue Patton Thoele)
Ayer va y llega de su pueblo con la cara arrebolada de haber corrido para verme pero ya, y una coleta despeinada de haberse estado apartando el pelo mientras conducía. El hombro cargado de bolsas (su mochila, patatas y almendrucos) y en cada mano un cubo enorme: en la derecha moras y en la izquierda higos. Los ha cogido ella misma, me cuenta, podemos hacer mermeladas, tartas, todas esas cosas… Tanto tiempo sin verla (tres días, o lo que es lo mismo, diez años) y tanto aire campestre, tan incongruente en medio de la enorme ciudad en la que vivimos nosotras, me llevan a adorarla sin límites, a querer casarme con ella mañana mismo, a tener un montón de churumbeles con su cara, o con cara de chinita, o como sean, pero nuestros, a querer escribir best-sellers y dedicárselos todos, a querer durar lo máximo posible y llegar a ser una vieja pelleja junto a ella… Es que me la comía, de verdad.

Ayer va y llega de su pueblo con la cara arrebolada de haber corrido para verme pero ya, y una coleta despeinada de haberse estado apartando el pelo mientras conducía. El hombro cargado de bolsas (su mochila, patatas y almendrucos) y en cada mano un cubo enorme: en la derecha moras y en la izquierda higos. Los ha cogido ella misma, me cuenta, podemos hacer mermeladas, tartas, todas esas cosas… Tanto tiempo sin verla (tres días, o lo que es lo mismo, diez años) y tanto aire campestre, tan incongruente en medio de la enorme ciudad en la que vivimos nosotras, me llevan a adorarla sin límites, a querer casarme con ella mañana mismo, a tener un montón de churumbeles con su cara, o con cara de chinita, o como sean, pero nuestros, a querer escribir best-sellers y dedicárselos todos, a querer durar lo máximo posible y llegar a ser una vieja pelleja junto a ella… Es que me la comía, de verdad.

La paloma
Las personas son como las vidrieras. Brillan cuando hace sol, pero cuando hay oscuridad la verdadera belleza se revela tan sólo si hay luz en el interior (Elizabeth Kübler-Ross)
El tiempo se durmió durante un tiempo. El verano lo detuvo todo y me lo zarandeó todo. Como el colador de un buscador de oro del lejano oeste, y no sin dolor o incomodidad, la vida me removió por dentro con el propósito de dejar por las entrañas tan sólo las pepitas de oro. Ahora he vuelto de mi viaje, todavía con jet-lag espiritual, pero igual de peleona –o más- que siempre, dispuestísima a dar la lata y a lucir michelín por las calles y las blogosferas.
Hoy cuando iba a hacer la compra he visto una paloma a la que le pasaba algo, porque no podía volar y caminaba a trompicones entre la gente indiferente que transitaba por una acera estrecha. He entrado a una clínica veterinaria que había justo al lado para pedirles ayuda y me han dicho: llama al ayuntamiento. Ni siquiera se han asomado a ver al animal. He llamado al ayuntamiento y me han estado mareando un rato, rebotándome de un operador a otro –con eternas esperas entre medias- hasta que me han mandado muy educadamente a freír espárragos. No he sabido qué más hacer porque me daba miedo cogerla y además yo no iba a poder curarla. Así que por ahí seguirá la pobre si es que no ha sido ya atropellada.
Me da igual que la gente considere a las palomas “ratas voladoras” o les molesten en el parque o les caguen en la ropa. El caso es que si nos negamos a ayudar a un ser tan pequeño y tan fácil de ayudar (pan comido para unos veterinarios que tenían su clínica con sus medicinas y su botiquín ahí mismo, o para un ayuntamiento con tantos medios como el de Madrid), ¿cómo vamos a pretender mirar aún más lejos? Es muy fácil apoyar las causas abstractas, sin ojos ni nariz ni boca (o pico), es mucho más difícil tomar la determinación de negarse a comprender una vida sin respeto ni solidaridad hacia quienes nos rodean y hacia un entorno cada vez más degradado. Claro está que nuestra inmersión en un sistema injusto es inevitable, pero hay tantas pequeñas cosas que cambian mucho más el mundo que una contribución de Bill Gates, por loable que esta sea.
Por eso necesito que La Letra Escarlata siga existiendo, aunque mucha gente me ha preguntado que qué pasa, si es que ya me he cansado, si es que tengo otro blog o pienso crearme otra identidad. Hester no es una invención, Hester soy yo, es mi nombre de guerra y La Letra Escarlata es la trinchera desde la que consigo que arranque mi motor, desde donde no me permito olvidarme de desayunar indignación cada mañana para poder seguir teniendo ganas de, por ejemplo, ayudar a una paloma.
He vuelto.

El tiempo se durmió durante un tiempo. El verano lo detuvo todo y me lo zarandeó todo. Como el colador de un buscador de oro del lejano oeste, y no sin dolor o incomodidad, la vida me removió por dentro con el propósito de dejar por las entrañas tan sólo las pepitas de oro. Ahora he vuelto de mi viaje, todavía con jet-lag espiritual, pero igual de peleona –o más- que siempre, dispuestísima a dar la lata y a lucir michelín por las calles y las blogosferas.
Hoy cuando iba a hacer la compra he visto una paloma a la que le pasaba algo, porque no podía volar y caminaba a trompicones entre la gente indiferente que transitaba por una acera estrecha. He entrado a una clínica veterinaria que había justo al lado para pedirles ayuda y me han dicho: llama al ayuntamiento. Ni siquiera se han asomado a ver al animal. He llamado al ayuntamiento y me han estado mareando un rato, rebotándome de un operador a otro –con eternas esperas entre medias- hasta que me han mandado muy educadamente a freír espárragos. No he sabido qué más hacer porque me daba miedo cogerla y además yo no iba a poder curarla. Así que por ahí seguirá la pobre si es que no ha sido ya atropellada.
Me da igual que la gente considere a las palomas “ratas voladoras” o les molesten en el parque o les caguen en la ropa. El caso es que si nos negamos a ayudar a un ser tan pequeño y tan fácil de ayudar (pan comido para unos veterinarios que tenían su clínica con sus medicinas y su botiquín ahí mismo, o para un ayuntamiento con tantos medios como el de Madrid), ¿cómo vamos a pretender mirar aún más lejos? Es muy fácil apoyar las causas abstractas, sin ojos ni nariz ni boca (o pico), es mucho más difícil tomar la determinación de negarse a comprender una vida sin respeto ni solidaridad hacia quienes nos rodean y hacia un entorno cada vez más degradado. Claro está que nuestra inmersión en un sistema injusto es inevitable, pero hay tantas pequeñas cosas que cambian mucho más el mundo que una contribución de Bill Gates, por loable que esta sea.
Por eso necesito que La Letra Escarlata siga existiendo, aunque mucha gente me ha preguntado que qué pasa, si es que ya me he cansado, si es que tengo otro blog o pienso crearme otra identidad. Hester no es una invención, Hester soy yo, es mi nombre de guerra y La Letra Escarlata es la trinchera desde la que consigo que arranque mi motor, desde donde no me permito olvidarme de desayunar indignación cada mañana para poder seguir teniendo ganas de, por ejemplo, ayudar a una paloma.
He vuelto.
