Mi Londres se llama Virginia
Por muy románticos, libres y caprichosos que puedan parecer los buques, apenas hay uno que, en su día, no venga a echar el ancla en el puerto de Londres. Londres (The London Scene), Virginia Woolf.
Dearest Virginia,
Londres-London es mil cosas, mil cosas para cada persona para la que Londres significa algo. Tú eres una londinense-Londoner de pura cepa, ceremonia del té, acento snob-posh y ademanes incluidos. Yo por mi parte no puedo evitar pensar en Clarissa Dalloway cada vez que piso las aceras siempre húmedas de esta ciudad llena de emocionantes tumbas –Donne, Chaucer, Tennyson, Browning, Dickens, Kipling, Elizabeth I...- pero que es también, escribes, una ciudad que se haya en medio del presuroso discurrir del caudal de la vida humana. Para mí Londres es algo así como el pan que llevo a casa todos los días, pues es su lengua y es su literatura la que me da de comer, física y espiritualmente.
Entonces, Virginia, qué pasa si te digo que cerca de tu casa explotó un autobús, bum, uno de esos double-decker que venden en miniatura en las tiendas de turistas. Te pondrás tensa porque tú odias las explosiones, acabaron con tus nervios tras la Gran Guerra. Septimus Warren Smith. Y también hubo bombas en el metro-tube, oh my God, dirías. Lady Ottoline da una cena. Los pájaros cantan en griego. En esta historia no hay buenos. Insumisión, Lytton, insumisión forever.
¡Cuánto se encoge Londres! Otrora, hubo universidades, plazas rectangulares y patios, y monasterios con lagos y peces, y claustros, y corderos pastando en prados verdes, y posadas en las que grandes poetas estiraban sentados las piernas y hablaban cuanto querían. Ahora este espacio se ha encogido. Los campos, los lagos con peces, los claustros, han desaparecido. Incluso los hombres y las mujeres se han encogido y se han transformado en multitudinarios y leves, en vez de ser individuales y recios. Allí donde Shakespeare y Jonson se enfrentaron y se dijeron cuanto quisieron, un millón de señores Smith y de señoritas Brown andan presurosos y ajetreados, saltan del autobús, se sumen en el metro. Causan la impresión de ser demasiados, demasiado pequeños, demasiado parecidos entre sí, para tener cada cual su nombre, su carácter, su propia vida separada.
No darías una sola guinea por quienes justifican sus fines con tales medios, ya lo sé. Pero tampoco darías una sola guinea a esos grandes hombres alineados en una tarima escocesa, proclamando que “perdonan” deudas, que “ayudan” a África, que “acaban” con la contaminación.
Con tu fina ironía, la cual no voy a atreverme a emular, preguntarías al hipócrita Prime Minister y al resto de esos masculinos mandatarios, quién debe a quién, quién hizo qué, y si de veras se creen –quizá te permitirías un taco entonces- que somos gilipollas.
London, I love you.

Dearest Virginia,
Londres-London es mil cosas, mil cosas para cada persona para la que Londres significa algo. Tú eres una londinense-Londoner de pura cepa, ceremonia del té, acento snob-posh y ademanes incluidos. Yo por mi parte no puedo evitar pensar en Clarissa Dalloway cada vez que piso las aceras siempre húmedas de esta ciudad llena de emocionantes tumbas –Donne, Chaucer, Tennyson, Browning, Dickens, Kipling, Elizabeth I...- pero que es también, escribes, una ciudad que se haya en medio del presuroso discurrir del caudal de la vida humana. Para mí Londres es algo así como el pan que llevo a casa todos los días, pues es su lengua y es su literatura la que me da de comer, física y espiritualmente.
Entonces, Virginia, qué pasa si te digo que cerca de tu casa explotó un autobús, bum, uno de esos double-decker que venden en miniatura en las tiendas de turistas. Te pondrás tensa porque tú odias las explosiones, acabaron con tus nervios tras la Gran Guerra. Septimus Warren Smith. Y también hubo bombas en el metro-tube, oh my God, dirías. Lady Ottoline da una cena. Los pájaros cantan en griego. En esta historia no hay buenos. Insumisión, Lytton, insumisión forever.
¡Cuánto se encoge Londres! Otrora, hubo universidades, plazas rectangulares y patios, y monasterios con lagos y peces, y claustros, y corderos pastando en prados verdes, y posadas en las que grandes poetas estiraban sentados las piernas y hablaban cuanto querían. Ahora este espacio se ha encogido. Los campos, los lagos con peces, los claustros, han desaparecido. Incluso los hombres y las mujeres se han encogido y se han transformado en multitudinarios y leves, en vez de ser individuales y recios. Allí donde Shakespeare y Jonson se enfrentaron y se dijeron cuanto quisieron, un millón de señores Smith y de señoritas Brown andan presurosos y ajetreados, saltan del autobús, se sumen en el metro. Causan la impresión de ser demasiados, demasiado pequeños, demasiado parecidos entre sí, para tener cada cual su nombre, su carácter, su propia vida separada.
No darías una sola guinea por quienes justifican sus fines con tales medios, ya lo sé. Pero tampoco darías una sola guinea a esos grandes hombres alineados en una tarima escocesa, proclamando que “perdonan” deudas, que “ayudan” a África, que “acaban” con la contaminación.
Con tu fina ironía, la cual no voy a atreverme a emular, preguntarías al hipócrita Prime Minister y al resto de esos masculinos mandatarios, quién debe a quién, quién hizo qué, y si de veras se creen –quizá te permitirías un taco entonces- que somos gilipollas.
London, I love you.

Comentario:
Recuerdo a un masculino mandatario llamado Thatcher al que uno no sabría muy bien qué preguntarle (espero que haya unos cuantos masculinos mandatarios de este tipo en unos años, por si nuestras categorías estuvieran un poco prejuiciadas). Es fácil estar en contra cuando no se es un gran hombre.
Por los Smith y las Brown, que sobrellevan las existencias de los Londres reales y evitan que se transformen en villorrios provincianos, y así algunos asciendan a las alturas de la ironía y el despego posh, haughty and disdainful, estupenda pose a la hora del té.
Por los Smith y las Brown, que sobrellevan las existencias de los Londres reales y evitan que se transformen en villorrios provincianos, y así algunos asciendan a las alturas de la ironía y el despego posh, haughty and disdainful, estupenda pose a la hora del té.
Comentario:
Del botijo al computador
Y va todo tan deprisa, que no nos hemos dado cuenta que viejando en un camino da cabras hemos dejado atrás, sin darnos cuenta, el carro tirado por bestias y vamos en un coche que sopla aire fresquito, encañando el verano que cae como un Lorenzo rabioso y de tener a nuestro lado el inolvidable botijo ahora manejamos un gps (que no son mis iniciales)que nos lleva ó nos guía donde se nos antoja.
Cuatro gatos, ó tres, mejor dicho cierto día se reunieron en una isla a decidir no sabemos qué, a beneficiar a no sabemos quién, ni donde está el beneficio...
Aquel día se reunieron esos tres en esas islas donde nacen las borrascas según el hombre del tiempo (Azores). Nació el odio-negocio, que destroza el mundo que creamos marcha atras: No hacemos deshacemos.
Y los trenes y los buses se convierten en testigos mudos del silencio, del abandono de quienes no nos gobiernan y creen que lo hacen... En la soledad que dá el silencio que grita ante el recuerdo que yo no es presente, por no se sabe quien.
Que pena me dá el invento de la guerra, que las sufra el pueblo, que nunca la gana nadie, ni siquiera el que cree que gana.
No sé quien nos guía, a donde vamos.
Al menos el milagro de la amistad y el trebol de cuatro hojas que es como el amor no se desvanece entre los humanos... los que no aman no pertenecen a este orden de la fauna animal.
Y va todo tan deprisa, que no nos hemos dado cuenta que viejando en un camino da cabras hemos dejado atrás, sin darnos cuenta, el carro tirado por bestias y vamos en un coche que sopla aire fresquito, encañando el verano que cae como un Lorenzo rabioso y de tener a nuestro lado el inolvidable botijo ahora manejamos un gps (que no son mis iniciales)que nos lleva ó nos guía donde se nos antoja.
Cuatro gatos, ó tres, mejor dicho cierto día se reunieron en una isla a decidir no sabemos qué, a beneficiar a no sabemos quién, ni donde está el beneficio...
Aquel día se reunieron esos tres en esas islas donde nacen las borrascas según el hombre del tiempo (Azores). Nació el odio-negocio, que destroza el mundo que creamos marcha atras: No hacemos deshacemos.
Y los trenes y los buses se convierten en testigos mudos del silencio, del abandono de quienes no nos gobiernan y creen que lo hacen... En la soledad que dá el silencio que grita ante el recuerdo que yo no es presente, por no se sabe quien.
Que pena me dá el invento de la guerra, que las sufra el pueblo, que nunca la gana nadie, ni siquiera el que cree que gana.
No sé quien nos guía, a donde vamos.
Al menos el milagro de la amistad y el trebol de cuatro hojas que es como el amor no se desvanece entre los humanos... los que no aman no pertenecen a este orden de la fauna animal.
Comentario:
uff......... buenísimo
