Después del después
Esta yo
Esta yo que soy cuando te has ido
está dolida por no tener a donde huir
se fuma tus silencios uno a uno
se rompe entre tus sombras, ya sin ti
y se arranca sus alas, su voz, su destino.
Esta yo que soy ahora que no estás
ya no sueña en sus insomnios
no tiene caricias por inventar
no ama su reflejo en otros ojos
ni se desnuda a cuenta gotas, no más.
Esta yo que soy después de todo
no vislumbra mañanas ni futuros
se ha exiliado voluntariamente de la fe
se ha olvidado de aprender algún truco
para olvidarse de olvidarte por su bien.
Esta yo que en su vació perdió las dudas
no logra conciliarse con las letras
ni besa más los labios de Morfeo
ni se embriaga de noches con las Musas
ni quiere enfrentar sus demonios y miedos.
Esta yo que soy cuando te has ido
está dolida por no tener a donde huir
se fuma tus silencios uno a uno
se rompe entre tus sombras, ya sin ti
y se arranca sus alas, su voz, su destino.
Esta yo que soy ahora que no estás
ya no sueña en sus insomnios
no tiene caricias por inventar
no ama su reflejo en otros ojos
ni se desnuda a cuenta gotas, no más.
Esta yo que soy después de todo
no vislumbra mañanas ni futuros
se ha exiliado voluntariamente de la fe
se ha olvidado de aprender algún truco
para olvidarse de olvidarte por su bien.
Esta yo que en su vació perdió las dudas
no logra conciliarse con las letras
ni besa más los labios de Morfeo
ni se embriaga de noches con las Musas
ni quiere enfrentar sus demonios y miedos.
Mi novio gay: idilio y final feliz
Como Mane no se había tomado la molestia de hacerme una declaración en forma o de considerar mi punto de vista respecto de nuestro noviazgo decidí al igual que él, de manera unilateral, que si éramos novios quería yo un novio en serio. Tendría que llevarme al cine, tomarme la mano, tener detallitos cursis conmigo, llamarme por teléfono, pagarme la cuenta de vez en cuando y demás condiciones que, ahora que lo pienso, me recuerdan el post en el que Pablito hablaba de hacer la mili.
El tío se portó entonces a la altura de las circunstancias y empezamos a ser a los ojos del mundo la pareja perfecta, es decir, una gran mentira andante y muy divertida. Sus compañeros de oficina me cuestionaban constantemente sobre infinidad de cosas tratando de encontrar “algo” que no cuadrara para poder afirmar entonces que Mane era gay.
El final de la historia de amor se avecinaba debido a un hecho fatal e inevitable: me enamoré. Me enamoré perdidamente de un profesor once años mayor, y como suele ocurrirme cuando me enamoro o cuando se trata de disimular algo, me puse en evidencia.
El día que cumplimos el cuarto mes del idilio, mientras mostraba a uno de los compañeros de oficina las flores, chocolates y tarjetita que “mi novio” me había regalado para conmemorar nuestra relación, vi pasar al profesor en cuestión, y sufrí una serie de trastornos físicos de golpe: ojitos brillosos, sonrisa de oreja a oreja, expresión de estúpida felicidad, baba saliendo de la boca abierta y un suspiro tan profundo que cimbró toda mi arquitectura.
El compañero de mi novio me preguntó qué pasaba y yo, en el lapsus estupidus provocado por el profesor respondí una estupidez que rezaba más o menos así ¿a poco no te parece increíble ese hombre?, y él con cara de estupefacción me preguntó ¿t gusta el profe? Y yo respondí tan segura de mí misma como nunca ¿Qué si me gusta? ¡me encanta!. Os ahorraré la embarazosa charla que precedió a ese momento, que de seguro se lo han de imaginar. Yo tan roja como tomate y con la cara cayéndoseme de vergüenza repitiendo con la mirada: mea culpa, mea culpa.
Después de discutir con el amigo de mi novio me fui a casa, tomé el teléfono y le conté a Mane lo ocurrido y acordamos que lo mejor era entonces decir que habíamos terminado como amigos, porque no era justo que estuviéramos juntos cuando yo me sentía tan atraída por alguien mas. Un profesor que debido a las irónicas casualidades de la vida, también resultó ser gay.
Así que, aunque la amistad sigue tan maravillosa como siempre y de que tengo la certeza de que, como Mane dice, soy la mujer de su vida; lo cierto es que por un par de meses después de la ruptura fui vista por los pasillos de la universidad como una zorra por los compañeros de oficina de mi ex y como una mala mujer, ante los ojos de todos aquellos que nunca me perdonaron el haber tirado por la borda aquella relación de “pareja perfecta”.
Una vez superado el asunto, cuando las cosas nos van mal en el amor o cuando nos entendemos tan bien el uno al otro se me ocurre decir:
-Nos llevamos tan bien como pareja… ¿por qué me dejaste, flaquito?
-Ejem… -se aclara él la garganta- no sé… de hecho, creo que fuiste tú la que me dejaste a mí ¿recuerdas?
-Oh… -digo y cambio el tema
El tío se portó entonces a la altura de las circunstancias y empezamos a ser a los ojos del mundo la pareja perfecta, es decir, una gran mentira andante y muy divertida. Sus compañeros de oficina me cuestionaban constantemente sobre infinidad de cosas tratando de encontrar “algo” que no cuadrara para poder afirmar entonces que Mane era gay.
El final de la historia de amor se avecinaba debido a un hecho fatal e inevitable: me enamoré. Me enamoré perdidamente de un profesor once años mayor, y como suele ocurrirme cuando me enamoro o cuando se trata de disimular algo, me puse en evidencia.
El día que cumplimos el cuarto mes del idilio, mientras mostraba a uno de los compañeros de oficina las flores, chocolates y tarjetita que “mi novio” me había regalado para conmemorar nuestra relación, vi pasar al profesor en cuestión, y sufrí una serie de trastornos físicos de golpe: ojitos brillosos, sonrisa de oreja a oreja, expresión de estúpida felicidad, baba saliendo de la boca abierta y un suspiro tan profundo que cimbró toda mi arquitectura.
El compañero de mi novio me preguntó qué pasaba y yo, en el lapsus estupidus provocado por el profesor respondí una estupidez que rezaba más o menos así ¿a poco no te parece increíble ese hombre?, y él con cara de estupefacción me preguntó ¿t gusta el profe? Y yo respondí tan segura de mí misma como nunca ¿Qué si me gusta? ¡me encanta!. Os ahorraré la embarazosa charla que precedió a ese momento, que de seguro se lo han de imaginar. Yo tan roja como tomate y con la cara cayéndoseme de vergüenza repitiendo con la mirada: mea culpa, mea culpa.
Después de discutir con el amigo de mi novio me fui a casa, tomé el teléfono y le conté a Mane lo ocurrido y acordamos que lo mejor era entonces decir que habíamos terminado como amigos, porque no era justo que estuviéramos juntos cuando yo me sentía tan atraída por alguien mas. Un profesor que debido a las irónicas casualidades de la vida, también resultó ser gay.
Así que, aunque la amistad sigue tan maravillosa como siempre y de que tengo la certeza de que, como Mane dice, soy la mujer de su vida; lo cierto es que por un par de meses después de la ruptura fui vista por los pasillos de la universidad como una zorra por los compañeros de oficina de mi ex y como una mala mujer, ante los ojos de todos aquellos que nunca me perdonaron el haber tirado por la borda aquella relación de “pareja perfecta”.
Una vez superado el asunto, cuando las cosas nos van mal en el amor o cuando nos entendemos tan bien el uno al otro se me ocurre decir:
-Nos llevamos tan bien como pareja… ¿por qué me dejaste, flaquito?
-Ejem… -se aclara él la garganta- no sé… de hecho, creo que fuiste tú la que me dejaste a mí ¿recuerdas?
-Oh… -digo y cambio el tema
Mi novio gay: la explicación
Por fin volví a clases, terminé lo que debía de la tesis y hubo oportunidad de que, sentados tranquilamente en la escalera frente a su oficina, Mane y yo habláramos respecto de nuestra relación.
-Y bien, ¿a qué situación de honor se debe que ahora tenga yo que decir que somos novios?
-Pues tuve una discusión en la oficina, Sergio, el tipo nuevo y tonto que entró a trabajar con nosotros propició un debate sobre si las personas valían la pena, pero después comenzó a quejarse de que las mujeres no se fijan en él...
-Eso es comprensible a penas se le ve –interrumpí
-Sabía que me comprenderías... –dijo en tono de alivio –como te decía, todos estábamos en contra de su punto de vista, porque insistía en que las mujeres son superficiales e interesadas y pues yo me opuse rotundamente a su opinión
-Como sueles hacerlo la mayoría de las veces –agregué y él me lanzó una mirada de molestia que respondí con una sonrisa
-En resumen me pidió que le ejemplificara a alguna mujer que todos conocieran que realmente valiera la pena y yo...
-Me mencionaste a mí –dije sorprendida y a punto de abrazarlo y colmarlo de besos de la emoción
-Pues de hecho, mencioné a Macarena –aclaró él y yo puse rostro de molestia de novia ficticia –pero Sergio insistió en que ella era sólo mi amiga, que no era mi novia y que además, nunca lo sería, así que me demandó otro ejemplo, y entonces te mencioné a ti
-Vaya, no sé si esto de ser segunda opción me esté gustando... –y efectivamente, tendría que acostumbrarme a no ser nunca la primera opción en su vida en muchas otras cosas
-No te me pongas digna que viene la mejor parte, cuando él quiso argumentar me dijo: pero ella no es tu novia y entonces yo dije: claro que sí, fue entonces cuando noté que se había hecho un silencio total en la oficina y que todos me miraban pasmados y al inútil de Sergio se le ocurrió preguntar de nuevo si eras mi novia
-Y tú dijiste que sí
-¿Y qué querías? ¿que me retractara delante de todos mis compañeros de trabajo? No podía hacer eso, mi honor estaba en juego...
-¿Honor?, no nene, es más bien un estúpido asunto de orgullo
-Orgullo, honor, vanidad, dignidad... ¿qué más da? Entonces, ¿me apoyarás en esto?
-¿Acaso tengo otra opción? –pregunté mientras él lanzaba una mirada de ternura y súplica –Ya, supongo que será interesante y divertido.
-Lo sabía, siempre he dicho que si me gustaran las mujeres tú serías la primera en la lista
-¡Ja! ¿y tú esperas que yo me crea eso ahora que acabas de mencionarme como segunda opción?, mejor evítate numerarme los puestos para quedar bien que terminaremos mal.
Después de eso fijamos una fecha de aniversario: el tres de marzo. Que ha decir verdad yo recordaba porque justo ese día había besado por primera vez a un chico que me gustaba y, por si fuera poco, el tío me besó como siempre había querido que me besaran en mi vida y como mujer que soy tengo mi lado cursi, digo, sensible.
El caso es que en su oficina TODOS sospechaban que mi flamante novio era gay, pero nadie podía asegurarlo (porque a él no le da la gana ir por el mundo pregonando sus preferencias), por lo que la noticia del noviazgo causó sensación. Así que un buen día Sergio me abordó con la pregunta y yo (que soy tan mala mientiendo) respondí con una reveladora risa nerviosa seguida de un: ¿de dónde sacas eso? ¿quién te ha dicho que somos novios?. El alboroto no se hizo esperar y todos estaban ansiosos por saber la respuesta entonces me lucí diciendo que sí, que éramos novios desde hacía dos meses, que por supuesto que él no era gay y que éramos plenamente felices pero habíamos acordado mantener en secreto nuestra relación por un tiempo.
Y así fue como empezamos a referirnos uno a otro diciéndonos “amor” y demás palabras cursis y caminábamos tomados de la mano y hasta nos besamos una que otra vez delante de sus compañeros (que el tío besa bien) para despejar sospechas sobre nuestro amor.
-Y bien, ¿a qué situación de honor se debe que ahora tenga yo que decir que somos novios?
-Pues tuve una discusión en la oficina, Sergio, el tipo nuevo y tonto que entró a trabajar con nosotros propició un debate sobre si las personas valían la pena, pero después comenzó a quejarse de que las mujeres no se fijan en él...
-Eso es comprensible a penas se le ve –interrumpí
-Sabía que me comprenderías... –dijo en tono de alivio –como te decía, todos estábamos en contra de su punto de vista, porque insistía en que las mujeres son superficiales e interesadas y pues yo me opuse rotundamente a su opinión
-Como sueles hacerlo la mayoría de las veces –agregué y él me lanzó una mirada de molestia que respondí con una sonrisa
-En resumen me pidió que le ejemplificara a alguna mujer que todos conocieran que realmente valiera la pena y yo...
-Me mencionaste a mí –dije sorprendida y a punto de abrazarlo y colmarlo de besos de la emoción
-Pues de hecho, mencioné a Macarena –aclaró él y yo puse rostro de molestia de novia ficticia –pero Sergio insistió en que ella era sólo mi amiga, que no era mi novia y que además, nunca lo sería, así que me demandó otro ejemplo, y entonces te mencioné a ti
-Vaya, no sé si esto de ser segunda opción me esté gustando... –y efectivamente, tendría que acostumbrarme a no ser nunca la primera opción en su vida en muchas otras cosas
-No te me pongas digna que viene la mejor parte, cuando él quiso argumentar me dijo: pero ella no es tu novia y entonces yo dije: claro que sí, fue entonces cuando noté que se había hecho un silencio total en la oficina y que todos me miraban pasmados y al inútil de Sergio se le ocurrió preguntar de nuevo si eras mi novia
-Y tú dijiste que sí
-¿Y qué querías? ¿que me retractara delante de todos mis compañeros de trabajo? No podía hacer eso, mi honor estaba en juego...
-¿Honor?, no nene, es más bien un estúpido asunto de orgullo
-Orgullo, honor, vanidad, dignidad... ¿qué más da? Entonces, ¿me apoyarás en esto?
-¿Acaso tengo otra opción? –pregunté mientras él lanzaba una mirada de ternura y súplica –Ya, supongo que será interesante y divertido.
-Lo sabía, siempre he dicho que si me gustaran las mujeres tú serías la primera en la lista
-¡Ja! ¿y tú esperas que yo me crea eso ahora que acabas de mencionarme como segunda opción?, mejor evítate numerarme los puestos para quedar bien que terminaremos mal.
Después de eso fijamos una fecha de aniversario: el tres de marzo. Que ha decir verdad yo recordaba porque justo ese día había besado por primera vez a un chico que me gustaba y, por si fuera poco, el tío me besó como siempre había querido que me besaran en mi vida y como mujer que soy tengo mi lado cursi, digo, sensible.
El caso es que en su oficina TODOS sospechaban que mi flamante novio era gay, pero nadie podía asegurarlo (porque a él no le da la gana ir por el mundo pregonando sus preferencias), por lo que la noticia del noviazgo causó sensación. Así que un buen día Sergio me abordó con la pregunta y yo (que soy tan mala mientiendo) respondí con una reveladora risa nerviosa seguida de un: ¿de dónde sacas eso? ¿quién te ha dicho que somos novios?. El alboroto no se hizo esperar y todos estaban ansiosos por saber la respuesta entonces me lucí diciendo que sí, que éramos novios desde hacía dos meses, que por supuesto que él no era gay y que éramos plenamente felices pero habíamos acordado mantener en secreto nuestra relación por un tiempo.
Y así fue como empezamos a referirnos uno a otro diciéndonos “amor” y demás palabras cursis y caminábamos tomados de la mano y hasta nos besamos una que otra vez delante de sus compañeros (que el tío besa bien) para despejar sospechas sobre nuestro amor.
Mi novio gay: el inicio
Nos conocimos en la universidad, en mi penúltimo año. Él trabajaba ahí en el departamento ese de cómputo y equipo al que yo acudía con cierta frecuencia. Mane es un chico muy atractivo o al menos esa es la primera impresión que da. Habla mucho –como yo- y es muy divertido. Un día, sin más, me di cuenta de que estábamos tonteando.
Me gusta pelear a las personas, tal vez es esa la manera en la que aprendí a mostrar afecto, no sé. Lo que sé es que Mane y yo peleábamos cada vez. Yo me quejaba del servicio y pedía papel para dejar un comentario en le buzón de sugerencia y él respondía que no había más papel o que el buzón cerraba a las cinco.
El chico me gustaba. Es simpático. Más de alguna vez pensé ¿pero qué no es gay este tío? Y no me equivoqué. Fuimos a cenar un día de diciembre a la cafetería (lo recuerdo) y empezamos a hablar de nuestros corazones rotos (más bien orgullos rotos) y entonces él me contó su historia de su ex novio y después lanzó la frase memorable esa de: si sabías que soy gay, ¿no?
Nos hicimos buenos amigos y nos divertimos mucho juntos. Nos desvelamos al teléfono varias veces, llenábamos la memoria de nuestros móviles con sms y al final, él resultó ser como la gran amiga esa que no tuve nunca en la universidad. Fui con él a los bares gay, me ayudó con una u otra cosa de mis tareas escolares y un día, tal vez debido al tonteo (y a que le había yo confesado que cada que alguien va a besarme me muero de risa) el chico me beso al mero estilo Dany Zuko en el elevador de la universidad. Para después terminar más rojo que un tomate mientras yo estaba por demás sorprendida diciéndole: vale, ya, que no pasa nada, tan amigos como siempre y choradas de esas.
Me llamó un día y le dije que no podía atenderlo porque estaba metida en la tesis para licenciarme y que le devolvía con gusto la llamada en una semana. Él insistía diciendo que era importante (pero no urgente, decía yo). Y como debía colgarle para volver a quedarme frente al monitor arrancándome el cuero cabelludo en busca de ideas para la tesis Mane me pidió “sólo” un favor.
-Si Óscar (su compañero de oficina) pregunta dile que eres mi novia.
-¿Tu quéeeee? (pregunté yo pensando que era una broma), pero nene, ¿te has vuelto loco o qué? ¡Que tú eres gay!
-¿Y? –me ha preguntado el muy cínico
-¿Cómo que y? que hasta donde yo sé los chicos gay no tienen novia, sino novios
-Es una cuestión de honor, muñeca. Tú ayúdame con eso que ya te lo explicaré, cuando tengas tiempo –lanzó un beso telefónico que llegó hasta mis oídos y se despidió.
Colgamos el auricular y terminé ahí como la novia de un atractivo chico gay que trabajaba en mi universidad. ¡Y ni siquiera me pidió mi opinión al respecto!
Me gusta pelear a las personas, tal vez es esa la manera en la que aprendí a mostrar afecto, no sé. Lo que sé es que Mane y yo peleábamos cada vez. Yo me quejaba del servicio y pedía papel para dejar un comentario en le buzón de sugerencia y él respondía que no había más papel o que el buzón cerraba a las cinco.
El chico me gustaba. Es simpático. Más de alguna vez pensé ¿pero qué no es gay este tío? Y no me equivoqué. Fuimos a cenar un día de diciembre a la cafetería (lo recuerdo) y empezamos a hablar de nuestros corazones rotos (más bien orgullos rotos) y entonces él me contó su historia de su ex novio y después lanzó la frase memorable esa de: si sabías que soy gay, ¿no?
Nos hicimos buenos amigos y nos divertimos mucho juntos. Nos desvelamos al teléfono varias veces, llenábamos la memoria de nuestros móviles con sms y al final, él resultó ser como la gran amiga esa que no tuve nunca en la universidad. Fui con él a los bares gay, me ayudó con una u otra cosa de mis tareas escolares y un día, tal vez debido al tonteo (y a que le había yo confesado que cada que alguien va a besarme me muero de risa) el chico me beso al mero estilo Dany Zuko en el elevador de la universidad. Para después terminar más rojo que un tomate mientras yo estaba por demás sorprendida diciéndole: vale, ya, que no pasa nada, tan amigos como siempre y choradas de esas.
Me llamó un día y le dije que no podía atenderlo porque estaba metida en la tesis para licenciarme y que le devolvía con gusto la llamada en una semana. Él insistía diciendo que era importante (pero no urgente, decía yo). Y como debía colgarle para volver a quedarme frente al monitor arrancándome el cuero cabelludo en busca de ideas para la tesis Mane me pidió “sólo” un favor.
-Si Óscar (su compañero de oficina) pregunta dile que eres mi novia.
-¿Tu quéeeee? (pregunté yo pensando que era una broma), pero nene, ¿te has vuelto loco o qué? ¡Que tú eres gay!
-¿Y? –me ha preguntado el muy cínico
-¿Cómo que y? que hasta donde yo sé los chicos gay no tienen novia, sino novios
-Es una cuestión de honor, muñeca. Tú ayúdame con eso que ya te lo explicaré, cuando tengas tiempo –lanzó un beso telefónico que llegó hasta mis oídos y se despidió.
Colgamos el auricular y terminé ahí como la novia de un atractivo chico gay que trabajaba en mi universidad. ¡Y ni siquiera me pidió mi opinión al respecto!
Sabiduría Cosmo del ligue
Y heme ahí que terminé sentada después del desayuno (que concluyó ya entrada la tarde ) con mis dos amigas favoritas. Esta vez evitamos el alcohol pero de una u otra manera terminamos con una revista Cosmo en las manos que Sol terminó pagando ya que nadie me había explicado que, en ese café, las revistas no son para hojearse sino para comprarse, hasta que el mesero de mirada inquisidora me lo dijo de golpe y yo lancé un “lo siento” y volví a la mesa a leer la Cosmo.
Como es bien sabido, dicha revista provee de sabiduría a toda la humanidad femenina y de manera especial respecto al asunto de cómo conseguir y mantener un chico hasta ser del todo felices y comer perdices en el desayuno, la comida y la cena.
Así pues y considerando nuestra necesidad de circular nuevamente en el mercado, nos enfocamos en el artículo titulado: cómo conseguir un chico en treinta días, que me ha parecido mucho más práctico que los recetarios esos de cocina de hágalo en 20 minutos o menos. No he podido memorizar todas las estrategiasconsejosrevelaciones que propone la revista pero ahí les dejo las reflexiones de lo que habremos de poner en practica.
Mandar a tus amigos un correo para decir que estás buscando novio: redactar un mail que diga algo como: hola, ¿qué tal? Sólo escribo para decirles a todos que estoy desesperada y en busca de un hombre que soy incapaz de conseguir por mí misma, así que, si saben de alguien ¿podrían darle mi número?
Los siguientes pasos:
1.No vayas acompañada de más de dos amigas a sitios públicos, los grupos de chicas intimidan a los chicos.
2.Procura ir a comer a un sitio cercano a la oficina de vez en cuando en las horas en las que haya más gente, así podrás interactuar con personas nuevas.
3.Ensaya conversando con el mesero, así después podrás hacerlo con mayor facilidad con los extraños.
4.Cuando un chico te mire, sepárate de tus amigas, inclina la cabeza ligeramente a un lado, mira hacia él y sonríe; después baja un poco la mirada.
5.Tropieza accidentalmente con él, envíale un trago o lánzale una nota.
6.Organiza una fiesta o invítalo a él y a sus amigos a una que tengas en puerta. Escucha de lo que conversan y opina al respecto, para que puedas integrarte y llamar la atención.
¡Y ya está! De seguro que después te llama, te pide un par de citas más y termina confesándote que eres el amor de su vida y que quiere casarse contigo, y todo en sólo 30 días, aunque claro, podrías economizar tiempo si metes todos los consejos en la coctelera, los bates por unos segundos y pones todo en práctica.
Por fin te decides, le llamas a tus dos mejores amigas y les dices que les invitas la cena y la ronda de tragos (aunque vayas a recibir el pago hasta dentro de una semana y no tengas ni para el almuerzo de mañana). Llegan al bar que está coincidentemente a la vuelta de tu oficina y entras luciendo la mini falda de cuero, las medias de red, los zapatos de tacón de aguja, el escote hasta el ombligo y el maquillaje perfecto.
Entonces te das cuenta de que el sitio es muy popular los viernes por la noche y que para entrar tendrás que esperar afuera parada en tus tacones de aguja hasta que haya un sitio libre mientras te quejas de que el tipo de la entrada no se deje sobornar. Por fin te dan la mesa, una pequeña e incomodísima cercana al servicio. Con muy poco del buen humor con que emprendiste la estrategia, tú y tus amigas se sientan y antes de ordenar aprovechas para conversar con el mesero:
-Hola, ¿qué tal? -dices
-Les tomo su orden
-Claro… va a ser una hamburguesa doble con papas fritas y una oca-cola dietética para empezar… -él anota- ¿llevas mucho tiempo trabajando aquí? –él te mira y en un total tono de indiferencia te dice-
-¿La carne va a qué término?
-Término medio, por favor –respondes con toda amabilidad- ¿qué edad tienes? –insistes en conversar mientras él ve a tus amigas y les pregunta qué van a ordenar y sale huyendo de la escena lo antes posible evadiéndote la mirada como si te lo fueras a comer a él y no a la hamburguesa que has pedido. Para colmo, no vuelve a tu mesa en toda la noche.
Llega la cena y empiezas de pronto te das cuenta de que un chico te mira y buscas en tu cabeza la lista de pasos a seguir mientras pones cara de estúpida tratando de hacer memoria y ya está, lo recuerdas. Así que inclinas la cabeza un poco, lo miras discretamente, sonríes (que según Cosmo es así como demuestras al chico que estás “disponible”) y mientras tratas de no pensar en la ridícula expresión de tu rostro… ¡lo habías olvidado! Tienes que separarte un poco de tus amigas así que mueves la silla para atrás y sin que sepas el momento exacto en que ocurre pierdes el equilibrio y terminas debajo de la mesa con la blusa en el cuello y la mini falda en la cintura. Pero claro, todos los chicos del sitio han notado tu presencia.
Vuelves a tu silla con un poco de temor. El chico que no es nada feo te sigue mirando, se te ocurre entonces mandarle una nota en unas servilleta de papel con tu número telefónico, tu nombre y un “llámame” coronado por un beso impreso con tu lipstick color rojo pasión. Pero el mesero no se acerca a ti ni por error así que te impacientas y ante tu incapacidad de armar un "avioncito" con la servilleta terminas por hacerla bolita y se la lanzas con la suerte de que le has atinado al ojo. ¿Menos mal que nadie te vio lanzarla, no?
Vuelves a la conversación con tus amigas, pides otra ronda de cervezas y decides, ¿por qué no?, enviarle un trago al chico, así que te pides una margarita. A falta de mesero (nuevamente) y gracias al entusiasmo que te ha concedido el alcohol, te pones de pie, con margarita en mano y te dirijes a la mesa del chico, pero antes de que te des cuenta la bolita de papel (si, esa que le enviste directo al ojo), se te atora en el tacón de aguja, te hace tropezar y terminas vaciándole la margarita en la camisa y sobre las piernas de su amigo que no es precisamente tan atractivo como él.
Te disculpas y para salir de la situación los invitas a una fiesta de una amiga (a la que hace años que no ves, porque ni siquiera te cae bien pero que hoy organizaba una fiesta festejando… bueno, no recuerdas pero festejaba algo, ¿no?). Ellos aceptan y terminan yendo al piso de tu amiga donde ella se pasa la noche preguntándose de dónde demonios ha salido tanta gente.
Después te despiertas en la madrugada en cama del amigo del chico (el que no es nada guapo) y decides salir discretamente, ir a casa, tomar un par de aspirinas para la resaca y un poco de café. Lo haces y te parece bien que el tipo no sepa tu nombre, ni tú el suyo. Y cuando vas a meterte en la cama a descansar un poco te suena el móvil
-¿Diga?
-¿Maripili? –no reconoces la voz masculina
-Si –respondes
-¿Qué tal?, soy Juanjillo
-¿Quién?
-Nos conocimos anoche, en el bar… -te dice y sabes que tienes un problema
-¡Ah!, claro…
-¿Estarás en tu casa el día de hoy? –pregunta
-No lo creo… -dices dudosa, de seguro el chico quiere otra cita y no tarda en declararte su amor, que has seguido los consejos Cosmo y no puede fallar
-Vale, no importa. Lo que pasa es que anoche te has vomitado en mi auto y he quedado de enviarte la cuenta del auto-lavado…
Y es así como terminas aceptando una segunda cita, en la que él paga la cena y los tragos, para evitar pagarle la cuenta del auto-lavado ahora que no tienes ni un duro partido por la mitad, mientras piensas en algo para evadir la tercera cita en la que, de seguro, te pedirá matrimonio porque la sabiduría Cosmo no se equivoca.
Como es bien sabido, dicha revista provee de sabiduría a toda la humanidad femenina y de manera especial respecto al asunto de cómo conseguir y mantener un chico hasta ser del todo felices y comer perdices en el desayuno, la comida y la cena.
Así pues y considerando nuestra necesidad de circular nuevamente en el mercado, nos enfocamos en el artículo titulado: cómo conseguir un chico en treinta días, que me ha parecido mucho más práctico que los recetarios esos de cocina de hágalo en 20 minutos o menos. No he podido memorizar todas las estrategiasconsejosrevelaciones que propone la revista pero ahí les dejo las reflexiones de lo que habremos de poner en practica.
Mandar a tus amigos un correo para decir que estás buscando novio: redactar un mail que diga algo como: hola, ¿qué tal? Sólo escribo para decirles a todos que estoy desesperada y en busca de un hombre que soy incapaz de conseguir por mí misma, así que, si saben de alguien ¿podrían darle mi número?
Los siguientes pasos:
1.No vayas acompañada de más de dos amigas a sitios públicos, los grupos de chicas intimidan a los chicos.
2.Procura ir a comer a un sitio cercano a la oficina de vez en cuando en las horas en las que haya más gente, así podrás interactuar con personas nuevas.
3.Ensaya conversando con el mesero, así después podrás hacerlo con mayor facilidad con los extraños.
4.Cuando un chico te mire, sepárate de tus amigas, inclina la cabeza ligeramente a un lado, mira hacia él y sonríe; después baja un poco la mirada.
5.Tropieza accidentalmente con él, envíale un trago o lánzale una nota.
6.Organiza una fiesta o invítalo a él y a sus amigos a una que tengas en puerta. Escucha de lo que conversan y opina al respecto, para que puedas integrarte y llamar la atención.
¡Y ya está! De seguro que después te llama, te pide un par de citas más y termina confesándote que eres el amor de su vida y que quiere casarse contigo, y todo en sólo 30 días, aunque claro, podrías economizar tiempo si metes todos los consejos en la coctelera, los bates por unos segundos y pones todo en práctica.
Por fin te decides, le llamas a tus dos mejores amigas y les dices que les invitas la cena y la ronda de tragos (aunque vayas a recibir el pago hasta dentro de una semana y no tengas ni para el almuerzo de mañana). Llegan al bar que está coincidentemente a la vuelta de tu oficina y entras luciendo la mini falda de cuero, las medias de red, los zapatos de tacón de aguja, el escote hasta el ombligo y el maquillaje perfecto.
Entonces te das cuenta de que el sitio es muy popular los viernes por la noche y que para entrar tendrás que esperar afuera parada en tus tacones de aguja hasta que haya un sitio libre mientras te quejas de que el tipo de la entrada no se deje sobornar. Por fin te dan la mesa, una pequeña e incomodísima cercana al servicio. Con muy poco del buen humor con que emprendiste la estrategia, tú y tus amigas se sientan y antes de ordenar aprovechas para conversar con el mesero:
-Hola, ¿qué tal? -dices
-Les tomo su orden
-Claro… va a ser una hamburguesa doble con papas fritas y una oca-cola dietética para empezar… -él anota- ¿llevas mucho tiempo trabajando aquí? –él te mira y en un total tono de indiferencia te dice-
-¿La carne va a qué término?
-Término medio, por favor –respondes con toda amabilidad- ¿qué edad tienes? –insistes en conversar mientras él ve a tus amigas y les pregunta qué van a ordenar y sale huyendo de la escena lo antes posible evadiéndote la mirada como si te lo fueras a comer a él y no a la hamburguesa que has pedido. Para colmo, no vuelve a tu mesa en toda la noche.
Llega la cena y empiezas de pronto te das cuenta de que un chico te mira y buscas en tu cabeza la lista de pasos a seguir mientras pones cara de estúpida tratando de hacer memoria y ya está, lo recuerdas. Así que inclinas la cabeza un poco, lo miras discretamente, sonríes (que según Cosmo es así como demuestras al chico que estás “disponible”) y mientras tratas de no pensar en la ridícula expresión de tu rostro… ¡lo habías olvidado! Tienes que separarte un poco de tus amigas así que mueves la silla para atrás y sin que sepas el momento exacto en que ocurre pierdes el equilibrio y terminas debajo de la mesa con la blusa en el cuello y la mini falda en la cintura. Pero claro, todos los chicos del sitio han notado tu presencia.
Vuelves a tu silla con un poco de temor. El chico que no es nada feo te sigue mirando, se te ocurre entonces mandarle una nota en unas servilleta de papel con tu número telefónico, tu nombre y un “llámame” coronado por un beso impreso con tu lipstick color rojo pasión. Pero el mesero no se acerca a ti ni por error así que te impacientas y ante tu incapacidad de armar un "avioncito" con la servilleta terminas por hacerla bolita y se la lanzas con la suerte de que le has atinado al ojo. ¿Menos mal que nadie te vio lanzarla, no?
Vuelves a la conversación con tus amigas, pides otra ronda de cervezas y decides, ¿por qué no?, enviarle un trago al chico, así que te pides una margarita. A falta de mesero (nuevamente) y gracias al entusiasmo que te ha concedido el alcohol, te pones de pie, con margarita en mano y te dirijes a la mesa del chico, pero antes de que te des cuenta la bolita de papel (si, esa que le enviste directo al ojo), se te atora en el tacón de aguja, te hace tropezar y terminas vaciándole la margarita en la camisa y sobre las piernas de su amigo que no es precisamente tan atractivo como él.
Te disculpas y para salir de la situación los invitas a una fiesta de una amiga (a la que hace años que no ves, porque ni siquiera te cae bien pero que hoy organizaba una fiesta festejando… bueno, no recuerdas pero festejaba algo, ¿no?). Ellos aceptan y terminan yendo al piso de tu amiga donde ella se pasa la noche preguntándose de dónde demonios ha salido tanta gente.
Después te despiertas en la madrugada en cama del amigo del chico (el que no es nada guapo) y decides salir discretamente, ir a casa, tomar un par de aspirinas para la resaca y un poco de café. Lo haces y te parece bien que el tipo no sepa tu nombre, ni tú el suyo. Y cuando vas a meterte en la cama a descansar un poco te suena el móvil
-¿Diga?
-¿Maripili? –no reconoces la voz masculina
-Si –respondes
-¿Qué tal?, soy Juanjillo
-¿Quién?
-Nos conocimos anoche, en el bar… -te dice y sabes que tienes un problema
-¡Ah!, claro…
-¿Estarás en tu casa el día de hoy? –pregunta
-No lo creo… -dices dudosa, de seguro el chico quiere otra cita y no tarda en declararte su amor, que has seguido los consejos Cosmo y no puede fallar
-Vale, no importa. Lo que pasa es que anoche te has vomitado en mi auto y he quedado de enviarte la cuenta del auto-lavado…
Y es así como terminas aceptando una segunda cita, en la que él paga la cena y los tragos, para evitar pagarle la cuenta del auto-lavado ahora que no tienes ni un duro partido por la mitad, mientras piensas en algo para evadir la tercera cita en la que, de seguro, te pedirá matrimonio porque la sabiduría Cosmo no se equivoca.
Sol, arena y mar
(Que no es la canción de Luis Miguel, sino el relato de mi últimas vacaciones).
Por fin me tocó pisar arena y ahí estaba yo, dispuesta a obtener un súper bronceado llevando aceite por todo el cuerpo, extendí mi toalla y me lancé sobre la arena cual lagartija. Apenas me quedé unos minutos tendida al sol tratando de que mis piernas color pollo-refrigerado tomaran un color más cálido, debido al inició de un mini torneo de volley ball al que sin dudar me apunté.
Ahí voy yo muy mona después de un par de meses de no hacer ejercicios físicos fuera del levantamiento de tarro, con mi traje de baño y mi bronceador dispuesta a aplicar todo lo que había aprendido en ese deporte que tengo tan olvidado pero que, como unas que otras cosas, me apasiona.
Resultó ser pues que los caballeros superaban con mucho el número de damas para el juego (¿será porque el ganador de torneo se hacía acreedor a "una botella"?) y terminé compitiendo contra equipos integrado en su totalidad por hombres. Allá voy yo, estirándome, lista para empezar el partido cuando de repente y por un reflejo que no sé de dónde salió pude atrapar la copa del traje de baño (nota: la copa es esa parte que cubre el seno) que se iba para abajo después de que el tirante se me había zafado. El pánico no cundió más allá de mi persona, reacomodé el tirante, la copa y todo lo demás en su sitio e iniciamos el juego.
Para mi sorpresa, el juego me apasionó más de lo que esperaba y mis músculos reconocieron las jugadas y maniobras aprendidas hace algunos años y ente ellas, la más destacada fue la de "nunca dejes caer el balón", por lo que en un dos por tres ya estaba yo tirándome de panza por las bolas sobre la arena que, además de pegarse a mi cuerpo dejándome perfectamente empanizada gracias al efecto adhesivo del aceite bronceador, contribuyó para que en poco más de par de ocasiones (tal vez debido a la emoción) alguno de mis pechos abandonara el traje de baño y quedara al descubierto. En mi defensa agregaré que como toda una profesional, primero rescaté los balones y después me preocupé por que todo volviera al interior bañador.
Como comprenderán, el bochorno (para mí que soy un tanto tímida con esas cosas) era mucho, pero decidí afrontarlo con dignidad, así que la dinámica era: elevar el balón, ponerme de pie, reacomodar mi fisionomía y seguir jugando. Aunque me daba tanta pena que necesitaba alguna especie de catarsis, por lo que más o menos en la segunda ocasión en que ocurrió el percance me acerqué a mi prima y le dije lo que había ocurrido, ella amablemente y en ese afán fraternal y solidario me respondió: si, me di cuenta, y también se dieron cuenta todos los del equipo contrario. Quienes, paradójicamente, al paso de los juegos terminarían siendo miembros de mi equipo.
Y por si el percance de mi cuerpo incontenible en el traje de baño fuera poco para considerar el torneo de volley como una cuestión memorable, también me lastimé una rodilla, golpeé una barda con la mano intentando rescatar un balón (hinchazón terrible) y recibí un balonazo en la cabeza que me hizo perder casi todo el equilibrio, y de verdad, evité caerme porque me iba a dar más pena que otra vez la teta se saliera de su sitio y ahora sí, con todos muy atentos.
Así que después del torneo, de que el animador del hotel nos dejó colgaos y nos dio la botella que nos ganamos, de que terminé caminando chueca y como pollo del KFC cubierta con arena a la receta cruji, pues pasé a darme un regaderazo y a jugar dominó cubano, aunque me quedé con ganas de participar el Karaoke.
Descubrí que el bronceador y la arena son buenos, a excepción de cuando están mezclados y sobre tu cuerpo y que, después de todo, el torneo de volley ball ha servido de entrenamiento. Tal vez las próximas vacaciones visite una playa nudista para no sentirme como la única chica en top less involuntario.
Además aprendí que podría emplear la técnica “distracción con la teta expuesta” en mis entrenamientos de judo y jiu jitsu (en donde por azares del destino soy la única chica de la clase), a menos que el entrenador, que además de todo es mi hermano mayor, se oponga.
Por fin me tocó pisar arena y ahí estaba yo, dispuesta a obtener un súper bronceado llevando aceite por todo el cuerpo, extendí mi toalla y me lancé sobre la arena cual lagartija. Apenas me quedé unos minutos tendida al sol tratando de que mis piernas color pollo-refrigerado tomaran un color más cálido, debido al inició de un mini torneo de volley ball al que sin dudar me apunté.
Ahí voy yo muy mona después de un par de meses de no hacer ejercicios físicos fuera del levantamiento de tarro, con mi traje de baño y mi bronceador dispuesta a aplicar todo lo que había aprendido en ese deporte que tengo tan olvidado pero que, como unas que otras cosas, me apasiona.
Resultó ser pues que los caballeros superaban con mucho el número de damas para el juego (¿será porque el ganador de torneo se hacía acreedor a "una botella"?) y terminé compitiendo contra equipos integrado en su totalidad por hombres. Allá voy yo, estirándome, lista para empezar el partido cuando de repente y por un reflejo que no sé de dónde salió pude atrapar la copa del traje de baño (nota: la copa es esa parte que cubre el seno) que se iba para abajo después de que el tirante se me había zafado. El pánico no cundió más allá de mi persona, reacomodé el tirante, la copa y todo lo demás en su sitio e iniciamos el juego.
Para mi sorpresa, el juego me apasionó más de lo que esperaba y mis músculos reconocieron las jugadas y maniobras aprendidas hace algunos años y ente ellas, la más destacada fue la de "nunca dejes caer el balón", por lo que en un dos por tres ya estaba yo tirándome de panza por las bolas sobre la arena que, además de pegarse a mi cuerpo dejándome perfectamente empanizada gracias al efecto adhesivo del aceite bronceador, contribuyó para que en poco más de par de ocasiones (tal vez debido a la emoción) alguno de mis pechos abandonara el traje de baño y quedara al descubierto. En mi defensa agregaré que como toda una profesional, primero rescaté los balones y después me preocupé por que todo volviera al interior bañador.
Como comprenderán, el bochorno (para mí que soy un tanto tímida con esas cosas) era mucho, pero decidí afrontarlo con dignidad, así que la dinámica era: elevar el balón, ponerme de pie, reacomodar mi fisionomía y seguir jugando. Aunque me daba tanta pena que necesitaba alguna especie de catarsis, por lo que más o menos en la segunda ocasión en que ocurrió el percance me acerqué a mi prima y le dije lo que había ocurrido, ella amablemente y en ese afán fraternal y solidario me respondió: si, me di cuenta, y también se dieron cuenta todos los del equipo contrario. Quienes, paradójicamente, al paso de los juegos terminarían siendo miembros de mi equipo.
Y por si el percance de mi cuerpo incontenible en el traje de baño fuera poco para considerar el torneo de volley como una cuestión memorable, también me lastimé una rodilla, golpeé una barda con la mano intentando rescatar un balón (hinchazón terrible) y recibí un balonazo en la cabeza que me hizo perder casi todo el equilibrio, y de verdad, evité caerme porque me iba a dar más pena que otra vez la teta se saliera de su sitio y ahora sí, con todos muy atentos.
Así que después del torneo, de que el animador del hotel nos dejó colgaos y nos dio la botella que nos ganamos, de que terminé caminando chueca y como pollo del KFC cubierta con arena a la receta cruji, pues pasé a darme un regaderazo y a jugar dominó cubano, aunque me quedé con ganas de participar el Karaoke.
Descubrí que el bronceador y la arena son buenos, a excepción de cuando están mezclados y sobre tu cuerpo y que, después de todo, el torneo de volley ball ha servido de entrenamiento. Tal vez las próximas vacaciones visite una playa nudista para no sentirme como la única chica en top less involuntario.
Además aprendí que podría emplear la técnica “distracción con la teta expuesta” en mis entrenamientos de judo y jiu jitsu (en donde por azares del destino soy la única chica de la clase), a menos que el entrenador, que además de todo es mi hermano mayor, se oponga.
Una llamada
Quince días contando en el calendario.
Quince noches donde a penas concilié el sueño, por cansancio y sólo para volver a soñar con él.
Entonces no resistí. Tomé el móvil y para evitar mandar un mensaje dramático o ridículo le llamé, casi llorando de sólo pensar que no respondiera. Pero respondió
Él: Diga
Yo: Hola
Él: ¿Cómo estás?
Yo: Bien, ¿y tú? –el odioso protocolo, pero no se me ocurría nada más-
Él: Bien –escucho ruido, voces, algo así como una reunión-
Yo: ¿Estás ocupado?
Él: Un poco… estoy fuera de la ciudad –en otro estado, de hecho-
Yo: ¡Oh! Entonces te llamo luego
Él: Vale
Yo: Cuídate mucho
Él: tu también, adiós.
¿El motivo de la llamada? Quiero verlo. Necesito verlo. Voy a pedirle que me diga que o me quiere, que no le importo. Sólo así podré dejar atrás todo, matar cualquier doliente esperanza, tocar fondo, seguir con mi vida. Necesito que me lastime lo mas posible y entonces dejar de quererlo, poco a poco, porque sé que si sigo pensando en él, así como es, nunca voy a dejar de amarlo. Se lo dije alguna vez: cuando alguien no quiere estar contigo, no puedes obligarlo. Y si yo pudiera obligar a alguien a estar conmigo, no lo obligaría. ¿Qué caso tiene? Por eso necesito saber, escuchar, que él no me quiere y que no quiere estar conmigo. Sea cual sea la razón. La razón no me falta, sino la certeza de que no quiere venir a intentarlo otra vez.
Quince noches donde a penas concilié el sueño, por cansancio y sólo para volver a soñar con él.
Entonces no resistí. Tomé el móvil y para evitar mandar un mensaje dramático o ridículo le llamé, casi llorando de sólo pensar que no respondiera. Pero respondió
Él: Diga
Yo: Hola
Él: ¿Cómo estás?
Yo: Bien, ¿y tú? –el odioso protocolo, pero no se me ocurría nada más-
Él: Bien –escucho ruido, voces, algo así como una reunión-
Yo: ¿Estás ocupado?
Él: Un poco… estoy fuera de la ciudad –en otro estado, de hecho-
Yo: ¡Oh! Entonces te llamo luego
Él: Vale
Yo: Cuídate mucho
Él: tu también, adiós.
¿El motivo de la llamada? Quiero verlo. Necesito verlo. Voy a pedirle que me diga que o me quiere, que no le importo. Sólo así podré dejar atrás todo, matar cualquier doliente esperanza, tocar fondo, seguir con mi vida. Necesito que me lastime lo mas posible y entonces dejar de quererlo, poco a poco, porque sé que si sigo pensando en él, así como es, nunca voy a dejar de amarlo. Se lo dije alguna vez: cuando alguien no quiere estar contigo, no puedes obligarlo. Y si yo pudiera obligar a alguien a estar conmigo, no lo obligaría. ¿Qué caso tiene? Por eso necesito saber, escuchar, que él no me quiere y que no quiere estar conmigo. Sea cual sea la razón. La razón no me falta, sino la certeza de que no quiere venir a intentarlo otra vez.
Ejercicios semióticos
Dos palabras
Invierno infierno
Diferencia gramatical: una letra
Coincidencias gramaticales: siente letras
Diferencia de significado: el primero evoca el frío, el segundo evoca fuego, por tanto, calor.
Similitudes de significado: representas estados o estaciones. El primero evoca soledad, el segundo evoca sufrimiento.
Coincidencia: que las dos se presenten en un sujeto al mismo tiempo como un cuadro de bifrontismo de dolor.
(Nadie ha dicho que ese sujeto sea yo)
Invierno infierno
Diferencia gramatical: una letra
Coincidencias gramaticales: siente letras
Diferencia de significado: el primero evoca el frío, el segundo evoca fuego, por tanto, calor.
Similitudes de significado: representas estados o estaciones. El primero evoca soledad, el segundo evoca sufrimiento.
Coincidencia: que las dos se presenten en un sujeto al mismo tiempo como un cuadro de bifrontismo de dolor.
(Nadie ha dicho que ese sujeto sea yo)
Los verbos no alcanzan
Es que los verbos no alcanzan
para decir un tú; callar un yo,
añorando lo que no sucedió.
Perdí, ¿acaso por eso tú ganas?
Un adiós silente se queda corto
rasgando la pared de mi garganta.
para decir un tú; callar un yo,
añorando lo que no sucedió.
Perdí, ¿acaso por eso tú ganas?
Un adiós silente se queda corto
rasgando la pared de mi garganta.
Sobre mesa femenina
El domingo por fin tuvimos la reunión de chicas. Hacía un par de semanas que no nos veíamos y habían pasado muchas cosas –la cena de cumpleaños en la que R me dejó plantada, las ausencias de A en la vida de Sol y el punto final de la relación entre Beth y M-. Como es por demás sabido uno de los tópicos ineludibles en el orden del día de una reunión de chicas es, precisamente, los chicos.
Así que nos vimos, atendimos unas cuestiones de orden religioso y nos escapamos a un parque despejaros y conversar acompañadas de bebidas refrescantes. Que si Beth y M terminaban su relación no definida (relaciones que a mí me dio por bautizar como no-noviazgos, aunque tampoco sean amistades). Que si él le dijo que no podía “cubrir las expectativas” de ella, que si ella está deprimida y triste.
Que si Sol va a conocer a un chico con el que se lleva muy bien y con el que contactó a través de Internet y con quien intercambia llamadas a pesar de tener a A como su no-novio. Que si tiene miedo de tener que serle fiel a A o de sentirse extremadamente atractiva por E (el chico en cuestión) y de terminar con sentimientos de culpabilidad.
Que si yo y si ya superé lo de R, que si habrá una despedida en persona, frente a frente, que si yo creo que hace falta pero apostaría a que él no se atreve a decirme adiós a la cara. Que si para qué hablar de boda y de hijos si realmente no le interesaba. Que si puedo salir a la calle tan tranquila con cara de “no pasa nada” y sonreír y conciliar el sueño por las noches.
No encontramos manera de alegrar a Beth que llamó a su ex no-novio para entregarle una carta, de la que ella guardó sigilosamente el contenido y sólo nos permitió saber que era algo así como una carta conmemorativa porque justo ése día hubiesen festejado un primer aniversario de no-noviazo (que las chicas nos memorizamos fechas y eventos inútiles porque somos sentimentles, ¿y qué?).
A Beth le aconsejamos que si E le gusta de plano no lo piense dos veces y deje a A con sus ausencias y carencias por mucho que lo quiera. Que él mismo a dicho que “cuando un amor no me funciona lo cambio por otro, y ya está”. Que si E es más guapo, más simpático, más atento y no hay que ir por la vida pagándole las cuentas de todo porque nunca tiene dinero (como A).
A mí, pues ya, que no pasa un día sin que ansíe que R me llame por teléfono y hablemos largo y tendido hasta arreglar las diferencias y volver a empezar o al menos terminar el asunto como adultos y de frente. Que si ando por la calle como que no pasa nada es porque quiero creer que, en efecto, no pasa nada. Y que si sonrío es por gusto, porque me lo merezco, por mí. Y que si coqueteo y pongo linda (cuido más el peinado, llevo rimel en las pestañas, me visto mejor) es una cuestión de autoestima. Que el fin es lograr que la gente (especialmente el sexo masculino) se fije en mí, pero que no me interesa que pase de eso.
Y de repente aparece M (el no novio de Beth) y se ofrece a llevarnos en su auto (porque nosotras no tenemos auto) a donde queramos ir. Habíamos pensado en ir a comer. Y aceptamos, finalmente, el ofrecimiento de M que, desde mi punto de vista, ofreció llevarnos sólo por el hecho de reivindicar un poco ante nuestros ojos (los de las amigas de la afectada) su imagen irrefutable de patán.
Así terminamos en un restaurant de comida argentina. En el que sufrí la discriminación por parte del mesero que no me dejó una pajilla para mi limonada mientras que a mis amigas sí; y mientras hacía evidente esa discriminación hice gala de mi escote y mi mejor sonrisa que, unas horas después –es que nos tardamos mucho comiendo y más en la sobre mesa-, me valiera que me entregaran la factura del consumo (aunque la factura la pedí mucho después de pedir la cuenta cuando debí de pedirla antes de la cuenta misma), un refresco cortesía de la casa para Sol (que ella sí quería) y otro más para mí (porque Beth no quiso bebérselo).
Además, claro, de los múltiples adioses y vuelvan pronto que nos dedicó todo el staff del restaurant, además de las sonrisas. Yo le hubiera dado con gusto mi teléfono al mesero. Lástima que a él no se le ocurrió pedirlo. Al menos se ha quedado con una buena propina.
Así que nos vimos, atendimos unas cuestiones de orden religioso y nos escapamos a un parque despejaros y conversar acompañadas de bebidas refrescantes. Que si Beth y M terminaban su relación no definida (relaciones que a mí me dio por bautizar como no-noviazgos, aunque tampoco sean amistades). Que si él le dijo que no podía “cubrir las expectativas” de ella, que si ella está deprimida y triste.
Que si Sol va a conocer a un chico con el que se lleva muy bien y con el que contactó a través de Internet y con quien intercambia llamadas a pesar de tener a A como su no-novio. Que si tiene miedo de tener que serle fiel a A o de sentirse extremadamente atractiva por E (el chico en cuestión) y de terminar con sentimientos de culpabilidad.
Que si yo y si ya superé lo de R, que si habrá una despedida en persona, frente a frente, que si yo creo que hace falta pero apostaría a que él no se atreve a decirme adiós a la cara. Que si para qué hablar de boda y de hijos si realmente no le interesaba. Que si puedo salir a la calle tan tranquila con cara de “no pasa nada” y sonreír y conciliar el sueño por las noches.
No encontramos manera de alegrar a Beth que llamó a su ex no-novio para entregarle una carta, de la que ella guardó sigilosamente el contenido y sólo nos permitió saber que era algo así como una carta conmemorativa porque justo ése día hubiesen festejado un primer aniversario de no-noviazo (que las chicas nos memorizamos fechas y eventos inútiles porque somos sentimentles, ¿y qué?).
A Beth le aconsejamos que si E le gusta de plano no lo piense dos veces y deje a A con sus ausencias y carencias por mucho que lo quiera. Que él mismo a dicho que “cuando un amor no me funciona lo cambio por otro, y ya está”. Que si E es más guapo, más simpático, más atento y no hay que ir por la vida pagándole las cuentas de todo porque nunca tiene dinero (como A).
A mí, pues ya, que no pasa un día sin que ansíe que R me llame por teléfono y hablemos largo y tendido hasta arreglar las diferencias y volver a empezar o al menos terminar el asunto como adultos y de frente. Que si ando por la calle como que no pasa nada es porque quiero creer que, en efecto, no pasa nada. Y que si sonrío es por gusto, porque me lo merezco, por mí. Y que si coqueteo y pongo linda (cuido más el peinado, llevo rimel en las pestañas, me visto mejor) es una cuestión de autoestima. Que el fin es lograr que la gente (especialmente el sexo masculino) se fije en mí, pero que no me interesa que pase de eso.
Y de repente aparece M (el no novio de Beth) y se ofrece a llevarnos en su auto (porque nosotras no tenemos auto) a donde queramos ir. Habíamos pensado en ir a comer. Y aceptamos, finalmente, el ofrecimiento de M que, desde mi punto de vista, ofreció llevarnos sólo por el hecho de reivindicar un poco ante nuestros ojos (los de las amigas de la afectada) su imagen irrefutable de patán.
Así terminamos en un restaurant de comida argentina. En el que sufrí la discriminación por parte del mesero que no me dejó una pajilla para mi limonada mientras que a mis amigas sí; y mientras hacía evidente esa discriminación hice gala de mi escote y mi mejor sonrisa que, unas horas después –es que nos tardamos mucho comiendo y más en la sobre mesa-, me valiera que me entregaran la factura del consumo (aunque la factura la pedí mucho después de pedir la cuenta cuando debí de pedirla antes de la cuenta misma), un refresco cortesía de la casa para Sol (que ella sí quería) y otro más para mí (porque Beth no quiso bebérselo).
Además, claro, de los múltiples adioses y vuelvan pronto que nos dedicó todo el staff del restaurant, además de las sonrisas. Yo le hubiera dado con gusto mi teléfono al mesero. Lástima que a él no se le ocurrió pedirlo. Al menos se ha quedado con una buena propina.
Buqué de Hombre
Teniamos más de dos meses y medio saliendo. Ésa fue al primera vez que nos besamos. Él me pregunto qué me había gustado de ése día en particular, yo respondí que me había encantado verlo dormir y que eso, junto con su aroma y lo que sentí, era lo que me iba a guardar para siempre de ása tarde. Explicar lo primero fue sencillo, para explicar lo último tuve que "hacerlo sentir" a él. Para explicar lo segundo -que le dije hasta el cansancio que era inexplciable-, terminé haciendo un poema. Después un amigo me dijo que era lo más revelador que había leído de mis escritos. Ahora lo leo y veo esas revelaciones.
Me gusta mucho este poema, me parece un poema de "tonalidad amorosa". Y creo que es más alegre aunque no sé si menos personal que el anterior. Lo comparto con ustedes que tan bien han acogido mis palabras. Esta es mi descripción de un Buqué de Hombre, del Buqué de Ése Hombre.
Buqué de hombre
Hueles a tierra fértil, a manzana madura
a caricia añeja, a promesa de perdición,
encuentro postergado que nada asegura
a disculpa y agravio, a demonio y dios.
El aroma que desprendes sutil y abrasivo
síntesis de noches, ocasos y porqués
perfume de destellos, venturas, derribos
esencia de hombre develado en su piel.
Hueles a danza de colores en vela
a lavanda de hiedras, anhelo, destino
a ajuar te texturas implacables y brea
a cuentagotas de misterios y motivos.
Buqué de azul mar con rocío de rivera
de viento de norte acariciando el verano
a silencio, espacio, tiempo, roble madera
a pasiones y miedos; a real y humano.
Me gusta mucho este poema, me parece un poema de "tonalidad amorosa". Y creo que es más alegre aunque no sé si menos personal que el anterior. Lo comparto con ustedes que tan bien han acogido mis palabras. Esta es mi descripción de un Buqué de Hombre, del Buqué de Ése Hombre.
Buqué de hombre
Hueles a tierra fértil, a manzana madura
a caricia añeja, a promesa de perdición,
encuentro postergado que nada asegura
a disculpa y agravio, a demonio y dios.
El aroma que desprendes sutil y abrasivo
síntesis de noches, ocasos y porqués
perfume de destellos, venturas, derribos
esencia de hombre develado en su piel.
Hueles a danza de colores en vela
a lavanda de hiedras, anhelo, destino
a ajuar te texturas implacables y brea
a cuentagotas de misterios y motivos.
Buqué de azul mar con rocío de rivera
de viento de norte acariciando el verano
a silencio, espacio, tiempo, roble madera
a pasiones y miedos; a real y humano.
Cuadratura
Cada vez
mas compleja
mas difícil
la cuadratura componente
de mi yo rompecabezas.
Fragmentos nuevos
íntimos infinitos
esdrújulas razones
soliloquios
vaho
mimetismos.
Difusa densidad
acuarelas de insomnio
auroras oscuras
sábanas frías;
polvo citadino
cuarteando la lluvia.
Huérfanos intentos
mañanas
ayer.
Metamorfosis
reencuentro
cíclico tal vez.
Esencia variable
constante caos
yo derribada
escenario posible
yo construida
yo tangible
exenta, redimida.
Yo
página limpia
de otro día
de otras piezas
sin saber
si acaso son mías.
(Me había prometido no publicar algo tan íntimo como un poema, especialmente cuando leo al Chacal y a Leonardo con detenimiento y gusto. Las letras son mi refugio, mi diálogo interno, mi catársis. Esto es algo escrito hace poco. A los poetas, perdón el atrevimiento. A los lectores, prometo que pronto hará un post más alegre. Gracias a todos)
mas compleja
mas difícil
la cuadratura componente
de mi yo rompecabezas.
Fragmentos nuevos
íntimos infinitos
esdrújulas razones
soliloquios
vaho
mimetismos.
Difusa densidad
acuarelas de insomnio
auroras oscuras
sábanas frías;
polvo citadino
cuarteando la lluvia.
Huérfanos intentos
mañanas
ayer.
Metamorfosis
reencuentro
cíclico tal vez.
Esencia variable
constante caos
yo derribada
escenario posible
yo construida
yo tangible
exenta, redimida.
Yo
página limpia
de otro día
de otras piezas
sin saber
si acaso son mías.
(Me había prometido no publicar algo tan íntimo como un poema, especialmente cuando leo al Chacal y a Leonardo con detenimiento y gusto. Las letras son mi refugio, mi diálogo interno, mi catársis. Esto es algo escrito hace poco. A los poetas, perdón el atrevimiento. A los lectores, prometo que pronto hará un post más alegre. Gracias a todos)
Diálogos: el amor como fútbol
(Después de un planteamiento sobre mi situación (des)amorosa)
Él: ¿Sabe una cosa? yo creo que el amor es como el fútbol
Yo: ¿Cómo?
Él: Hay dos estrategias, dos maneras de jugarlo. La primera es como Italia, a la defensiva. Esperar el ataque y entonces decidir qué hacer.
Yo: Ajam (escuchando atentamente)
Él: La segunda es como Holanda. Jugar a la ofensiva. Subir, buscar oportunidades, esforzarse por el gol.
(Hace un alto –una pausa dramática, supongo- y se bebe una cantidad considerable de la limonada que tiene enfrente)
Él: Yo juego como Italia. Es más práctico, menos riesgoso e implica un esfuerzo menor. Así uno se cansa menos. Pierde menos.
Yo: ¿Y yo juego como Holanda?
Él: Así es, usted juega como Holanda. A la ofensiva, busca oportunidades, muestra lo que tiene, corre, suda, se cansa.
Yo: Pierdo más…
Él: Digamos que R (el sujeto en cuestión) juega como Italia. Yo le aconsejaría entonces a usted cambiar la estrategia de ofensiva a defensiva para obligarlo a él a ser ofensivo
Yo: No sé si pueda (suspiré) y no me interesa obligarlo a nada. (Tomé un respiro, reflexioné y después pregunté:) ¿Holanda ha ganado algún mundial?
Él: Pues ha ganado una eurocopa... (silencio)
Entonces me di cuenta de que no tengo estrategia -me enamoro y punto-. De que sé poco de fútbol. Ese partido lo iba a perder de todos modos y era mejor evitar los tiempos extras e irme cuanto antes a las regaderas a tomar un respiro.
Retornar a la soltería: ventajas
Como suele ocurrirme cada que mi vida es un drama total, me da por darle toques de comedia. Y ya está. Me he pasado el día pensando en todas las cosas positivas que traerá a mi vida el regreso a la soltería. El problema es que, mis buenas ideas se ven empañadas por una serie de flash backs que no me dejan concentrarme así que tal vez deba de empezar por ahí.
A mis veinti-pocos años no he tenido más que 5 relaciones de pareja (póngale el título que quieran que al final fueron relaciones y duraron en promedio un año). Así que, en general, debo de reconocer que mi vida ha tenido más momentos de soltería que de vida en pareja. Punto a favor. Tengo más experiencia siendo soltera, ¿no?
Pero entonces recuerdo que desde la adolescencia (que pasé en un colegio de monjas “sólo para niñas”), mis amigas de escuela, chicas generalmente guapas y atractivas (lo de “inteligentes” no es tan general como las otras características) se la han pasado buscándome novio a mí, la niña simpática, inteligente y que además escribe poesía (así o más jodido el asunto?) y ya está.
La he pasado desde entonces recorriendo todo tipo de reuniones y eventos sociales de mis amigas: bautizos, primeras comuniones, quince años, graduaciones, cumpleaños del amigo del amigo del amigo de mi amiga, bodas (en las que suelo ganarme el ramo porque es un deporte extremo que aprendí a practicar a muy temprana edad) y demás.
Mis amigas han tenido la “consideración” (que conste que para ellas es algo bueno) de, incluso, endosarme a uno que otro galán previamente despreciado por ellas. Para qué hablar de los cambios de look, de las citas a ciegas y de los perfiles en páginas web por los que he pasado.
Pero bueno, al final son las amigas y he aprendido a sobrellevar la situación, como mejor pude. Alejándome de aquellas qeu querían liarme con alguien cuanto antes.
Pero el problema ha sido extensivo a mi familia.
Justo cuando cumplí 20 años y rebozaba de soltería, en la tradicional reunión navideña familiar me ha tocado compartir mesa con mis tías (todas ellas casadas a temprana edad y, generalmente, con embarazo previo). Y ya está, que a una se le ocurre preguntarme por el novio:
Yo: no tía Chuchis, que no tengo novio por ahora
Chuchis: pero si ya tienes veinte años
Yo: sí, y justo voy a la mitad de la universidad (cabe mencionar que una sola de las 6 ó 7 interlocutoras estudió una carrera y trabaja, que por cierto ya estaba divorciada por aquellas fechas. Las demás sólo se dedican al hogar)
Pepita: pero niña! Que se te está yendo el tren!
Yo: claro que no tía Pepita, la edad promedio para contraer matrimonio llega casi a la treintena en nuestros tiempos
Fulanita: pero deberías conseguirte un novio desde ahora…
Yo: (un tanto ya irritada) de cualquier forma no estoy segura de que el matrimonio sea cosa mía (sentencieé)
Silencio general, miradas indiscretas. Nadie se atreve a preguntar si acaso el problema es que no me gustan los chicos.
Menganita: pero si el matrimonio es parte de la vida de la mujer ¿cómo perderte la experiencia?
Yo: (sin pensarlo mucho miro a Menganita y le digo) después de verlas a todas ustedes (peneo general con mi mirada a las tías sobre la mesa) y de saber cómo les va en sus matrimonios ¿de verdad creen que le quedan a una ganas de pasar por ahí sabiendo que puede evitárselo?
Silendio sepulcral. Chuchis ofrece ponche. Fulanita cambia el tema.
En fin, la gente de mi alrededor se resiste a creer que se pueda ser feliz estando soltera y sin un chico al lado (ya sea de planta o de manera ocasional).
El problema es que R llevaba ya un año en mi vida. Conocía a mi familia (de hecho sin duda me vieron besarlo en el velorio de mi abuela), conocía a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y alguna amiga de la preparatoria que se ha quedado pasmada con lo guapo y atractivo que es y muchos no evitan la sorpresa de pensar que él estaba conmigo (el chico era modelo: es un morenazo increíble con ojos hermosos y labios increíblemente besables, más de 1.90 de estatura) así que, de las personas en mi vida, quien no lo conocía en persona, lo conocía en foto y por si fuera poco, siempre, esté yo con quien esté, hay alguien que lo saca a tema.
Por el momento huyo a toda costa de las reuniones de ex alumnas de la preparatoria donde antes de que alguien te pregunte ¿cómo estás? te acribilla un ¿tienes novio? O, en mi caso, peor aún, la pregunta será ¿sigues con tu novio?. También me mantengo a dieta de reuniones familiares para evitar que pregunten ¿por qué no has traído al chico que estaba contigo en el velorio de tu abuela?
Pero el fin de este blog era contar las ventajas de la soltería, ¿no? Pues ya, en resumen: soy dueña de todo mi tiempo, ya no tengo que preocuparme como cuando íbamos a su casa a por algo y tenía que conversar con su madre, ni esperarlo en el coche cuando me pedía que lo acompañara a algún sitio a hacer cosas de trabajo, ni preocuparme porque no llama o no manda un maldito mensaje al móvil, o terminar al punto del llanto porque ha visitado la página web de ligue a través de la que (con otros intereses, al menos de mi parte) contactamos.
Ser soltera siempre me ha parecido una de esas maneras de rebelarme contra la sociedad y bueno, la rebeldía se me antoja por ahora mucho más divertida que el duelo.
Así que tíos ¡cuidaos que estoy soltera, circulando y con muchísimas ganas de divertirme!
A mis veinti-pocos años no he tenido más que 5 relaciones de pareja (póngale el título que quieran que al final fueron relaciones y duraron en promedio un año). Así que, en general, debo de reconocer que mi vida ha tenido más momentos de soltería que de vida en pareja. Punto a favor. Tengo más experiencia siendo soltera, ¿no?
Pero entonces recuerdo que desde la adolescencia (que pasé en un colegio de monjas “sólo para niñas”), mis amigas de escuela, chicas generalmente guapas y atractivas (lo de “inteligentes” no es tan general como las otras características) se la han pasado buscándome novio a mí, la niña simpática, inteligente y que además escribe poesía (así o más jodido el asunto?) y ya está.
La he pasado desde entonces recorriendo todo tipo de reuniones y eventos sociales de mis amigas: bautizos, primeras comuniones, quince años, graduaciones, cumpleaños del amigo del amigo del amigo de mi amiga, bodas (en las que suelo ganarme el ramo porque es un deporte extremo que aprendí a practicar a muy temprana edad) y demás.
Mis amigas han tenido la “consideración” (que conste que para ellas es algo bueno) de, incluso, endosarme a uno que otro galán previamente despreciado por ellas. Para qué hablar de los cambios de look, de las citas a ciegas y de los perfiles en páginas web por los que he pasado.
Pero bueno, al final son las amigas y he aprendido a sobrellevar la situación, como mejor pude. Alejándome de aquellas qeu querían liarme con alguien cuanto antes.
Pero el problema ha sido extensivo a mi familia.
Justo cuando cumplí 20 años y rebozaba de soltería, en la tradicional reunión navideña familiar me ha tocado compartir mesa con mis tías (todas ellas casadas a temprana edad y, generalmente, con embarazo previo). Y ya está, que a una se le ocurre preguntarme por el novio:
Yo: no tía Chuchis, que no tengo novio por ahora
Chuchis: pero si ya tienes veinte años
Yo: sí, y justo voy a la mitad de la universidad (cabe mencionar que una sola de las 6 ó 7 interlocutoras estudió una carrera y trabaja, que por cierto ya estaba divorciada por aquellas fechas. Las demás sólo se dedican al hogar)
Pepita: pero niña! Que se te está yendo el tren!
Yo: claro que no tía Pepita, la edad promedio para contraer matrimonio llega casi a la treintena en nuestros tiempos
Fulanita: pero deberías conseguirte un novio desde ahora…
Yo: (un tanto ya irritada) de cualquier forma no estoy segura de que el matrimonio sea cosa mía (sentencieé)
Silencio general, miradas indiscretas. Nadie se atreve a preguntar si acaso el problema es que no me gustan los chicos.
Menganita: pero si el matrimonio es parte de la vida de la mujer ¿cómo perderte la experiencia?
Yo: (sin pensarlo mucho miro a Menganita y le digo) después de verlas a todas ustedes (peneo general con mi mirada a las tías sobre la mesa) y de saber cómo les va en sus matrimonios ¿de verdad creen que le quedan a una ganas de pasar por ahí sabiendo que puede evitárselo?
Silendio sepulcral. Chuchis ofrece ponche. Fulanita cambia el tema.
En fin, la gente de mi alrededor se resiste a creer que se pueda ser feliz estando soltera y sin un chico al lado (ya sea de planta o de manera ocasional).
El problema es que R llevaba ya un año en mi vida. Conocía a mi familia (de hecho sin duda me vieron besarlo en el velorio de mi abuela), conocía a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y alguna amiga de la preparatoria que se ha quedado pasmada con lo guapo y atractivo que es y muchos no evitan la sorpresa de pensar que él estaba conmigo (el chico era modelo: es un morenazo increíble con ojos hermosos y labios increíblemente besables, más de 1.90 de estatura) así que, de las personas en mi vida, quien no lo conocía en persona, lo conocía en foto y por si fuera poco, siempre, esté yo con quien esté, hay alguien que lo saca a tema.
Por el momento huyo a toda costa de las reuniones de ex alumnas de la preparatoria donde antes de que alguien te pregunte ¿cómo estás? te acribilla un ¿tienes novio? O, en mi caso, peor aún, la pregunta será ¿sigues con tu novio?. También me mantengo a dieta de reuniones familiares para evitar que pregunten ¿por qué no has traído al chico que estaba contigo en el velorio de tu abuela?
Pero el fin de este blog era contar las ventajas de la soltería, ¿no? Pues ya, en resumen: soy dueña de todo mi tiempo, ya no tengo que preocuparme como cuando íbamos a su casa a por algo y tenía que conversar con su madre, ni esperarlo en el coche cuando me pedía que lo acompañara a algún sitio a hacer cosas de trabajo, ni preocuparme porque no llama o no manda un maldito mensaje al móvil, o terminar al punto del llanto porque ha visitado la página web de ligue a través de la que (con otros intereses, al menos de mi parte) contactamos.
Ser soltera siempre me ha parecido una de esas maneras de rebelarme contra la sociedad y bueno, la rebeldía se me antoja por ahora mucho más divertida que el duelo.
Así que tíos ¡cuidaos que estoy soltera, circulando y con muchísimas ganas de divertirme!
Etiquetas: soltería
Diálogos de flirteo
Él: Entonces, ¿me pasas el número de tu móvil?
Yo: Claro (y anoto los números en un pedacillo de papel, mientras él me mira y yo sé que me mira y siento que me pongo coqueta, aunque poco sepa de coquetería). Ya está (le tiendo el papelillo con los números).
Él: espero que no te moleste si te llamo un día a las cuatro de la mañana llevando unas copas de más y con un mariachi tocando a todo volumen
Yo: (sonriendo) Claro que no! (afirmo convencida) y yo espero que a ti no te moleste que yo acostumbre apagar el móvil antes de meterme a la cama
Él: (sonríe) Vale.
Nos despedimos. Se queda encantado. Me voy contenta
¿Cuánto tiempo ha de pasar para que pueda volver a hacer esas cosas?
Yo: Claro (y anoto los números en un pedacillo de papel, mientras él me mira y yo sé que me mira y siento que me pongo coqueta, aunque poco sepa de coquetería). Ya está (le tiendo el papelillo con los números).
Él: espero que no te moleste si te llamo un día a las cuatro de la mañana llevando unas copas de más y con un mariachi tocando a todo volumen
Yo: (sonriendo) Claro que no! (afirmo convencida) y yo espero que a ti no te moleste que yo acostumbre apagar el móvil antes de meterme a la cama
Él: (sonríe) Vale.
Nos despedimos. Se queda encantado. Me voy contenta
¿Cuánto tiempo ha de pasar para que pueda volver a hacer esas cosas?
Etiquetas: flirteo
Elegí ser cursi
Nos conocimos hace poco más de un año. Sin embargo, empezamos a salir justo un mes después de su cumpleaños, así que no hubo ocasión de celebrarlo juntos, como celebramos el mío de manera más bien personal.
Siempre he sido reacia a las cuestiones cursis. Me gusta el romanticismo moderado. Cuando alguien se pone romántico conmigo no puedo evitar echar a perder el momento con un mal chiste o alguna acción inconsciente. Siento que debo salir huyendo de la situación, no porque sea mala sino porque me da la impresión de que estoy a mitad de una comedia romántica y de que lo que está pasando es, simplemente un lineamiento del guión.
Me dijo alguna vez que nunca me llevaría a una cena romántica porque a mí no me gustaban esas cosas. No me atreví a decir que se equivocaba. Entonces, cuando preparaba la manera de festejarle su cumpleaños no dude en hacerlo con una cena, una cena sorpresa.
A pesar de las altas y bajas de la relación, me dediqué tres meses a planear el cumpleaños. Elegí el vestido negro de cuello de ojal y falda tres cuartos abierta de los costados hasta el muslo. Elegí los tacones de aguja del número diez. Elegí el peinado sencillo, el maquillaje discreto.
Elegí el mezanine de un pequeño hotel colonial. El mezanine para nosotros solos, para nuestra noche de festejo. Elegí la botella de tinto y el menú italiano: ensalada caprese, fetuccini al salmón, pastel de chocolate caliente. Elegí el color del mantel y del cubre mantel. Elegí velas y no flores.
Elegí además hacerle una carta en una hoja especial que he guardado por más de nueve años, porque no había sentido amar a alguien lo suficiente como para que fuera merecedor de ser su destinatario. Elegí las letras que plasmé en ese viejo papel impregnado de significados. Elegí no decirte que te amo, no todavía. Elegí que fuera el mesero quien te entregara, a nuestra llegada a la mesa, la carta aquella. Elegí un globo de helio grande con la leyenda FELIZ CUMPLEAÑOS para que lo vieras justo al subir las escaleras que conducen al mezanine.
En los tres meses, fui un par de veces al lugar, fui muy específica con lo que quería. Los empleados del sitio (la gerente de ventas en particular) y mis amigos cercanos se habían sorprendido; no por el precio, sino por mi empeño en cuidar cada detalle.
Elegí que fuera sorpresa y te avisé un mes antes que la cena era una reunión con el editor de mi libro de poemas para afinar detalles y te dije que había elegido que me acompañaras. Elegí que tú decidieras la hora y la fecha y te pedí que no cancelaras por nada del mundo. Tú elegiste decir que sin duda estarías ahí.
Pasaron entre nosotros cosas, distanciamientos. Aún así elegí seguir adelante con el plan. Todo estaba dicho y hecho; pagado y en orden. Restaba esperar la fecha.
Elegí llamarte un día antes y me aseguraste que estarías allí y elegí creerte.
Al final, a menos de cinco horas de la cita elegiste avisarme que no irías porque tenías trabajo. Elegí llamarte y decirte que la cena era por tu cumpleaños -aunque sabía que de cualquier forma no irías- y elegí decirte que no importaba, ya no.
Entonces elegí ir a cenar. Me puse el vestido, los zapatos, me hice el peinado y el maquillaje. Me dolió la perfección de la mesa -las copas, los cubiertos, el mantel-. Me dolieron las palabras de la carta que te había escrito. Me dolieron los boleros románticos que el guitarrista se empeñaba en cantar durante la noche. Me dolió la perfección de los platillos -de los platillos que te gustan a ti, no a mí-. Me dolió la ausencia del globo del elio, me dolió que no estuvieras allí, siendo testigo-destinatario de la cursilería más grande (y tal vez la última) que he cometido en mi vida.
Ahora elijo no llorar, no llamar. No olvidar. No volver.
Siempre he sido reacia a las cuestiones cursis. Me gusta el romanticismo moderado. Cuando alguien se pone romántico conmigo no puedo evitar echar a perder el momento con un mal chiste o alguna acción inconsciente. Siento que debo salir huyendo de la situación, no porque sea mala sino porque me da la impresión de que estoy a mitad de una comedia romántica y de que lo que está pasando es, simplemente un lineamiento del guión.
Me dijo alguna vez que nunca me llevaría a una cena romántica porque a mí no me gustaban esas cosas. No me atreví a decir que se equivocaba. Entonces, cuando preparaba la manera de festejarle su cumpleaños no dude en hacerlo con una cena, una cena sorpresa.
A pesar de las altas y bajas de la relación, me dediqué tres meses a planear el cumpleaños. Elegí el vestido negro de cuello de ojal y falda tres cuartos abierta de los costados hasta el muslo. Elegí los tacones de aguja del número diez. Elegí el peinado sencillo, el maquillaje discreto.
Elegí el mezanine de un pequeño hotel colonial. El mezanine para nosotros solos, para nuestra noche de festejo. Elegí la botella de tinto y el menú italiano: ensalada caprese, fetuccini al salmón, pastel de chocolate caliente. Elegí el color del mantel y del cubre mantel. Elegí velas y no flores.
Elegí además hacerle una carta en una hoja especial que he guardado por más de nueve años, porque no había sentido amar a alguien lo suficiente como para que fuera merecedor de ser su destinatario. Elegí las letras que plasmé en ese viejo papel impregnado de significados. Elegí no decirte que te amo, no todavía. Elegí que fuera el mesero quien te entregara, a nuestra llegada a la mesa, la carta aquella. Elegí un globo de helio grande con la leyenda FELIZ CUMPLEAÑOS para que lo vieras justo al subir las escaleras que conducen al mezanine.
En los tres meses, fui un par de veces al lugar, fui muy específica con lo que quería. Los empleados del sitio (la gerente de ventas en particular) y mis amigos cercanos se habían sorprendido; no por el precio, sino por mi empeño en cuidar cada detalle.
Elegí que fuera sorpresa y te avisé un mes antes que la cena era una reunión con el editor de mi libro de poemas para afinar detalles y te dije que había elegido que me acompañaras. Elegí que tú decidieras la hora y la fecha y te pedí que no cancelaras por nada del mundo. Tú elegiste decir que sin duda estarías ahí.
Pasaron entre nosotros cosas, distanciamientos. Aún así elegí seguir adelante con el plan. Todo estaba dicho y hecho; pagado y en orden. Restaba esperar la fecha.
Elegí llamarte un día antes y me aseguraste que estarías allí y elegí creerte.
Al final, a menos de cinco horas de la cita elegiste avisarme que no irías porque tenías trabajo. Elegí llamarte y decirte que la cena era por tu cumpleaños -aunque sabía que de cualquier forma no irías- y elegí decirte que no importaba, ya no.
Entonces elegí ir a cenar. Me puse el vestido, los zapatos, me hice el peinado y el maquillaje. Me dolió la perfección de la mesa -las copas, los cubiertos, el mantel-. Me dolieron las palabras de la carta que te había escrito. Me dolieron los boleros románticos que el guitarrista se empeñaba en cantar durante la noche. Me dolió la perfección de los platillos -de los platillos que te gustan a ti, no a mí-. Me dolió la ausencia del globo del elio, me dolió que no estuvieras allí, siendo testigo-destinatario de la cursilería más grande (y tal vez la última) que he cometido en mi vida.Ahora elijo no llorar, no llamar. No olvidar. No volver.
Etiquetas: amor
Despedidas
Decir adiós no es tan complicado. Lo he venido ensayando desde hace dos meses o más. Tal vez he presentido que tendría que despedirte de mi vida desde el momento en que llegaste. Y tenía miedo. Tengo miedo aún, pero el miedo es lo único que me queda.
Me he mordido las uñas hasta arrancármelas, una a una. Me he quedado en vela no pocas noches. Estoy rendida, cansada. Y empiezo a odiarte, no porque sé que te vas (o me voy yo, acaso) sino por tu afán de prolongar la despedida.
Ya no puedo.
Vete por favor.
Me he mordido las uñas hasta arrancármelas, una a una. Me he quedado en vela no pocas noches. Estoy rendida, cansada. Y empiezo a odiarte, no porque sé que te vas (o me voy yo, acaso) sino por tu afán de prolongar la despedida.
Ya no puedo.
Vete por favor.
Primer salto
Antes que nada una bienvenida a todo aquél que haya llegado hasta aquí. El objetivo de este blog no es otro que la expresión. Es a través de la palabra (a veces a través de la voz, otras a través de las letras) la manera en la que uno puede exhorcisar sus demonios interiores.
Un gusto estar con ustedes
Un gusto estar con ustedes