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Letras solubles en café
Soliloquios de imagenes mentales y sabores emotivos
Acerca de
Intrínseca, natural, transparente. Aferrada a ser yo misma con todas sus consecuencias. Generalmente alegre. Aficionada a las letras, al cine y a los besos.
Sindicación
 
Veinticuatro menos cuarto


Un día despiertas y te encuentras con esa terrible noticia, tu próximo cumpleaños está a la vuelta de la esquina y un sin fin de dudas, preguntas y comparaciones vienen a tu mente.

Todavía recuerdo la crisis de los veinte, esas dos primeras décadas de vida. ¿A dónde fui a parar después de eso? a aceptar ser novia del chico que me perseguía desde hacía un par de meses, que era algo así como mi antitesis. Un año mayor, acababan de correrlo de la universidad (mientras a mí me habían otorgado una beca de excelencia); el chico no tenía trabajo estable (y yo cumplía un año en mi empleo y contaba un reciente ascenso); su familia era un caos, su madre había muerto cuando él tenía a penas catorce años (mi familia siempre ha sido muy unida y tradicionalista); el chico caía en todo tipo de excesos: alcohol, drogas, sexo (yo abstemia, incapaz de probar siquiera un cigarro y virgen hasta las orejas).

Obviamente las cosas no resultaron y después de un mes que estuvimos juntos (que juro que me pareció una eternidad) terminé por dejarlo antes de que su codependencia me contagiara y las cosas resultaran mucho peor para los dos.

Los veintiuno pintaban bien. Empecé a escribir un diario de manera costante, seguí adelante con los estudios y el trabajo y evité todo tipo de enfrentamientos con mi padre y su obsesión de tenerme en casa a más tardar a las nueve. Me aficioné a escabullirme de algunas clases odiosas para ir a tomar café con mis amigos cercanos (tres) y la vida tenía buena cara. Con los veintiuno llegó el último año de la escuela, mi enamoramiento de un sexy profesor gay y el drama de perder y recuperar la beca en menos de una semana (digo, que no me parecía anda lindo eso de quedarme a un año de terminar la carrera, porque sin beca no había escuela).

Los veintidós llegaron pronto, pocos días después de ellos llegó también el fin de la etapa universitaria, los trámites, el título y las múltiples actividades secundarias con las que me empeñé en llenar las horas que ya no dedicaba a la escuela. A los veintidós y medio llegó él; alguien con quién reir y compartir tiempo, dudas, besos. Y el cumpleaños veintitrés todo pintaba de maravilla: alguien en mi vida, mi título en puerta, mi deseo hacer la maestría en el extranjero, sus planes de que compartiéamos la vida juntos.

Tan altas las nubes a las que subí como tan fuertes los descalabros cuando la realidad me hizo caer. Y de pronto me encuentro aquí, donde el calendario amenaza con dejar caer sus hojas hasta el ocho de diciembre y sonreirle a mis flamantes veinticuatro años.

Me veo aquí, frente al espejo, con él título, con los planes no consumados, con los amigos que cada vez más inmersos en su rutina y con menos tiempo, con nada más que recuerdos de aquél con el que me vi, tantos días, tantos cumpleaños, tantas noches.

Y la conmoción se hace presente: dudas, preguntas, miedos, deseos, ausencias, fantasmas, sueños, proyectos y esta especie de melancólica felicidad que va en cuenta regresiva.

Aunque yo insisto en repetirme que, por esas fechas (las de nuestros cumpleaños) a todos nos pasa eso, ¿verdad?

P.D Mi madre está en casa finalmente y yo espero poder tomarme un respiro. Planeo escaparme de vacaciones unos días, ya os contaré.
 
Atento aviso


A los estimados bloggeros de BLOGGER que han activado la versión BETA, lamento decirles que, de momento y debido a mi precario sistema operativo, me es imposible dejarles comentarios, pero que sigo leyéndoles con el mismo gusto de siempre (claro, salvo porque ahora siento limitado mi derecho a la libre expresión).

Un beso a todos (vale, vale, un par de besos a cada uno, suena mejor, ¿no?)
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Autodefensa fallida


Y entonces yo dije:

¡¡¡Por supuesto que soy una bomba en la cama!!!... aunque nadie lo haya comprobado aún.

(Nota: el AÚN es la palabra clave, donde habita el dejo de esperanza de que alguien en un futuro que se espera cercano, habrá de comprobarlo)

Ahora un post breve para compensar el anterior que fue larguísimo.
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Súper mujeres modernas


Las súper mujeres de la actualidad son ésas que se vuelven capaces de hacer de todo. Tienen tres pares de ojos, ocho brazos y cuatro piernas y son capaces de partirse en dos o en tres o en cuatro, según vaya siendo necesario. Justo ahora que mi madre se ha dio un mes completo de viaje y que quedamos mi hermana menor, mi padre y yo en casa, he comprendido eso de ser una súper mujer.

Todo empezó el sábado, en el que quedé con un amigo. Ofrecí invitarle a comer en mi casa, como suelo hacer. Me levanté temprano y me di cuenta de que la casa parecía campo de batalla. Me quedé en ropa deportiva, comencé a recoger las cosas del suelo (los juguetitos de la sobrina, la mochila de mi hermana, el suéter de mi padre, el juguete de la perra…) corrí a darle de comer a los peces y al loro (que sí, que nadie los atiende luego), recordé que no tenía ropa limpia así que subí a poner en marcha la lavadora, luego a barrer, sacar la basura ¿y las compras? que con la ausencia materna no había nada en la alacena ni en el frigorífico. Ahí está, pensar en el menú, salir a hacer las compras, volver.

Poner la pasta al fuego en lo que comienzas con el trapeador. ¿Pero qué le pasa al fuego?, pues nada, que se ha agotado el gas, ¡joder!, sin comida y sin ducharte. Llamar y solicitar que surtan el gas (que a tu madre debió olvidársele comprarlo, pero claro, qué más le da si ella está en Las Vegas ahora y tú aquí, con tanto por hacer). Ves el reloj, pero si tu amigo llegará en un par de horas. Terminas de trapear, llegan a surtir el gas, le pagas al tío (pero que no considerabas el gasto y te estás quedando en ceros). Pones la pasta, haces la ensalada, preparas las milanesas, corres a la ducha, no tardas nada, sales, y justo él llama, que está fuera, ha llegado, ¡y tú sólo llevas puestas las bragas! Le dices que no tardas, te metes los vaqueros a una velocidad de concurso, la camisa, te pones la crema humectante y corres a abrir la puerta. Él sonríe, te hace ver que tienes la crema mal untada y que no te has peinado. Le dices que pase, tome asiento, que vuelves en seguida. Corres al baño, te haces un semi peinado y vuelves a servir la comida.

Vamos, que esto suena a que es un sábado cualquiera y que nadie muere en el intento. Tampoco estoy buscando vuestra compasión, pero a eso súmenle los días laborales: levantarse, vestirse, montarse en los tacones, desayunar, ponerse en marcha al curro, currar, volver terminada la jornada laboral, maldecir los tacones y al transporte público, llegar a casa y que no esté lista la comida, improvisar con los restos del frigorífico, atender los negocios de tu madre (es decir, montarte una doble jornada laboral), terminar tarde, salir a hacer algunas compras (para que el frigorífico no esté vació al día siguiente que vuelvas con un hambre demoniaca), volver, barrer, sacudir, trapear, recoger los trastos, limpiar la cocina, desvelarte en la limpieza hasta caer muerta y darte cuenta de que ya es el siguiente día y que vas retrasada al trabajo, así que no alcanzas a peinarte ni a ponerte siquiera una mísera cantidad de maquillaje para disimular las ojeras, ni a hacerte una coleta decente que contenga tus rizos, ni a comer algo antes de llegar al curro y así, sucesivamente por N cantidad de veces (equivalentes a la ausencia materna, en este caso).

Confieso que me paso el día somnolienta, que las ojeras me llegan al cuello, que ya no sé si las calcetas me combinan y que muchas reacciones (entre ellas las laborales) las hago en automático y sin conciencia alguna. Adiós a mis charlas telefónicas nocturnas con amigas y amigos, a mi costumbre de leer en ropa interior acostada en el sofá, de ponerme a escribir hasta entrada la madrugada o de ver el telediario. No. no hay tiempo ni energía para hacer ninguna de esas actividades recreativas.

Así que, yo que algún día me había visualizado como una súper mujer moderna capaz de dejar a los pequeñines (que quería tener 3 hijos) despiertos, vestidos y almorzados en el cole antes de pasar al curro y volver al medio día por ellos, prepararles la comida, ayudarlos con las tareas, hacer las labores domésticas, darles la cena, meterlos a la cama y esperar con un baby doll a que mi afortunado hombre entrara a la habitación para hacerle el amor hasta que perdiera la conciencia o sonara la alarma del despertador y volviéramos a empezar nuestras felices vidas, hoy digo no, no, no y no. Renuncio a ser una súper mujer moderna, a las labores profesionales y las domésticas en esas cantidades humanamente excesivas, a los pequeñines que seguro serían unos diablillos gritones, al hombre moderno en plan gigoló doméstico y a todo aquello que erróneamente deseé.

Ahora, lo único que quiero es poder volver a casa, que la comida este caliente, contar con mis tardes con amigos y poder quedarme leyendo en ropa interior en el sofá de la sala, después de ver el telediario.

En otras palabras, ¡viva la soltería! y que vuelva mi madre, ¡¡¡por favor!!!
 
Poesía en la terraza del castillo


Él me pidió, desde la primer noche que nos quedamos a solas, que le recitara un poema mío. Quería escucharlo de mi voz. Le confesé que no me sé de memoria ninguno de mis poemas.

Insistió entonces mientras nos quedamos en la terraza del castillo. Le dí la misma respuesta. Y dijo:

Él: Vale. Entonces yo te voy a declamar un poema
Yo: (con cara de asumbro) ¡¿de verdad?!
Él: ¡Claro!
Yo: (haciendo un silencio, expectante)
Él: (aclarándose la garganta) ¿No es verdad ángel de amor que en esta apartada orilla...
Yo: (interrumpiendo con risas)
Él: (riéndose también)
Yo: la verdad es que si quieres, puedo declamarte un poema
Él: ¿de verdad?
Yo: ¡Claro!... ejem... Hombres necios que acusais a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpais, si con ansia sin igual solicitáis su desdén ¿por qué quereis que obren bien si las incitáis al mal?

Explotámos en una carcajada simultánea. Ambos sabíamos perfectamente a qué me refería. Pero al final era parte del encanto. Estar ahí, después de tanto tiempo, por fin de frente, por fin entre besos, haciendo expansiva nuestra complicidad, agotando ése momento, nuestro único momento juntos, antes de que yo volviera, al día siguiente a mi ciudad y él siguiera con su vida.
 
No debería


La forma de tu cuerpo
corresponde
con desmedida perfección
a la de mi deseo,
desde el borde de tus labios
hasta la línea inferior
de tus dedos.
La profundidad del verde
con que me miras
me ha hecho temer
y no puedo verte
sin quererte,
ni quererte sin ver.
Mi silencio se abre
ante tu tacto
y este conjuro se torna
predecible maldición.
Guardo mis besos
en las esquinas de tu boca
vuelvo con las Musas
y hago las pases
pero Morfeo, celoso
se niega incluso a mirarme.
Por eso te sueño en vigilia
y te toco sabiendo
que no somos más
que caricias perdidas.
Los largos insomnios
sin ti me susurran
otro sitio, otros sueños
donde tu piel me es permitida.
No debería decirlo
así no tendrías que elegir
si creerme o no,
no tendría por qué ser yo
otro acto de fe en tu vida.

(Supongo que os habéis dado cuenta de que he vuelto. Ya he colgado algunos comentarios en vuestros blogs, pero seguiré poniéndome al día. Sólo adelanto que volví, reconciliada con las musas, contenta y con ánimos recargados. Con nada de pasta y sin ningún padrino aún. Pero la vida sonríe y yo también. Un beso a todos).
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