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Letras solubles en café
Soliloquios de imagenes mentales y sabores emotivos
Acerca de
Intrínseca, natural, transparente. Aferrada a ser yo misma con todas sus consecuencias. Generalmente alegre. Aficionada a las letras, al cine y a los besos.
Sindicación
 
El episodio de la dislexia





A estas alturas de la vida me doy cuenta que padezco de disléxica (que suena mejor decir dislexia que estupidez). Me di cuenta una bella mañana de enero mientras navegaba felizmente por la web y atendía los interesantísimos comentarios de mis amigos en el mensajero cuando decidí hablar con el abogado que nos lleva los trámites del registro de la empresa –tengo un segundo trabajo que me ha ocupado casi todo mi tiempo disponible-. Para agilizar las cosas, evitar llamadas y pérdida de tiempo, agregué al abogado a mis contactos después de que me envió un correo desde su cuenta de Hotmail (amos, por eso y porque se me antojaba jugarle alguna broma).

Así que ahí estaba yo hablando con mi amigo abogado del hijo de su jefe –que es el dueño del bufete- cuando el famoso hijo se conectó. Pongamos entonces que mi amigo abogado que me recomendó el bufete se llama Claudio y que el hijo del dueño del bufete –que es también como jefe segundo de mi amigo Claudio- se llama Rafael y digamos también que de nombre de usuario se pone un RAFA.

Entre mi ajetreado regreso a la ciber vida social me hice espacio para los negocios y ahí estaba yo, escribiendo a diestra y siniestra mientras el trabajo me lo permitía, con miles de ventanas abiertas al mismo tiempo, cuando me surge una duda sobre cuestiones hipotecarias –especialidad de mi amigo Claudio- y tecleo rápidamente:

Maripili dice: querido
Maripili dice: cuánto me costarán las escrituras de un piso?

Entonces volví velozmente a mis actividades y cuando hubo oportunidad de revisar las respuestas de mis múltiples conversaciones acudí a la ventana de Claudio… ¡no había nada! en cambio, la ventana de Rafael, su jefe, parpadeaba velozmente

Rafa dice: eso depende del tamaño del piso y de otras cosas… habría que ver…

La mandíbula se me fue al suelo, la cara se me puso más roja que el rojo puro, un pequeño escalofrío me recorrió la espina dorsal y procedí a darme un par de bofetadas para poder teclear algo que sonara a disculpa, sin comprometer a Claudio porque nadie debe saber en la oficina –y menos su jefe- que suele conectarse al Messenger en horas laborales

Maripili dice: perdón, una disculpa, por eso de “querido” que me he equivocado de ventana y te lo he mandado a ti
Rafa dice: jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja
Rafa dice: ni siquiera lo había notado!!

Muriéndome de pena, respiro profundo y cuento hasta el 268 985 cuando él escribe otro mensaje

Rafa dice: no te preocupes, no pasa nada
Maripili dice: vale, sólo espero que entiendas que a partir de este momento, me será imposible volver a verte a la cara

Aún no decido si la siguiente vez que tenga que verlo rehuiré su mirada o le invitaré un trago…

(Ya he respondido sus comentarios de la entrada anterior)
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Surrealismo festivo






La tarde siguiente (la del domingo) la vecina de Sol nos invitó a una comida que organizaba por su cumpleaños y, cual pareja de amigas solteronas en pleno duelo por haber perdido a una de las nuestras bajo las garras de un novio feliz; llegamos juntas a dicho evento.

Había prometido a mi madre que volvería pronto a casa (sí, joder, que soy niña de casa y tengo que volver pronto). Comimos, Sol me presentó a su novio de hace 15 años (un tío rubio, de ojos verdes, bajo de estatura y un tanto borde) que se dispuso en algún momento a ir a por más cerveza mientras Sol y yo nos quedábamos charlando y preguntando por cuanto tío soltero se nos atravesaba.

He de confesar que no me interesé en ninguno de los presentes, salvo claro, el ex novio de mi amiga que parecía tener al menos un buen sentido del humor y ganas de bailar (al igual que yo). Así que ella interrogó al novio de la festejada sobre cada uno de los solteros del lugar mientras yo ayudaba a aprobar o desaprobar las sugerencias.

De pronto nos quedamos solas hasta que la plática derivó en la frase esa de: ahora somos las únicas solteras; a la que asentí con más tranquilidad de la acostumbrada hasta que recapacité: ¡pero si tú no eres soltera tía!, ¡que tienes a A.! (aunque A., claro, se mudó de ciudad hace tiempo y se han visto sólo tres ocasiones en los últimos cuatro meses).

El caso es que tras reconocer que soy la única soltera de mi grupo de amigas (joder que sí, que sólo tengo dos amigas) me di cuenta de mi capacidad de disfrutar mi soltería (traducción simultánea de “capacidad de disfrutar” como libertad de besar a cuantos chicos me vengan en gana; porque estoy sol-te-ra).

De pronto, en algún momento, después de que le habíamos hecho creer a los presentes que nosotras somos lesbianas y además pareja (vale, que a veces nuestros divertimentos son así de extraños), el tal ex novio le planta en beso a mi supuesta pareja, ¡en mis narices! Como es lógico, mostré mi molestia y rápidamente fui incluida como el tercer miembro de la feliz pareja conformada por la cumpleañera y su novio (vamos, que el novio daba saltos de alegría).

Fue así que todo empezó… de pronto la fiesta se torno una serie de eventos extraños que tenían que ver con besos y toqueteo; besos entre tres (dos chicas y un chico); besos en pareja; besos de las amigas al novio de la festejada (pero eso sí, que el muy cabroncete no dejó que ningún chico la besara a ella); besos entre las chicas y amén.

Al grado que el resto de los invitados empezaron a despedirse mientras nos lanzaban miradas in´cómodas y los que nos quedábamos empezábamos a sentirnos más cómodos. Jugamos a girar la botella y entre las preguntas morbosas que provocaban las confesiones sexuales más íntimas de los presentes; los bailes que tuve que hacer y sufrir (que me puse medio mala cuando tuve al tío encima balándome de esa manera); sin duda el castigo estrella de la noche fue: besa a Sol.

Obviamente, cuando castigaron a un chico –casado, por cierto- con un besa a Maripili, me indigné totalmente y dije ¿y quién diablos ha dicho que besarme es un castigo? y me negué en vano argumentando que me causaba mogollón de culpa besar a un chico casado (sólo había besado a un chico casado en mi vida); todos presionaron y terminé plantándole el beso al tío este que para mi sorpresa besaba bastante bien.

El caso es que el asunto se volvió algo así como una orgía besística (o sea, de besos) de la que yo salí al menos con un beso de cada uno de los presentes (incluidos chicos y chicas); con unas miraditas y comentarios sugerentes del novio de la festejada a mi persona (que no paraba de preguntar sobre mí: que si mi edad, peso, talla, oficio); un abrazo del tío casado que fue el pretexto para restregarse mis tetas a placer; un “wow!” del amigo del novio que fue todo lo que pudo decir después de mi beso; el número telefónico del ex de mi amiga y un par de besos lésbicos.

El ex novio de Sol y yo fuimos los primeros en despedirnos (él se ofreció a llevarme a casa) y era requisito indispensable besar en los labios a los presentes al momento de despedirme, así que procedí y salí del lugar entre comentarios de “deberíamos hacer reuniones como esta con más frecuencia”, el sabor de tabaco y cerveza en los labios (aunque yo no fumé ni bebí), algo así como un cosquilleo en la garganta que reconocí como síntomas de gripa recién adquirida y la confianza de saber que todos los ahí presentes (salvo Sol) son totalmente desconocidos para mí y que por eso me había sentido en total libertad de integrarme a la fiesta cuando empezó a ponerse así de surrealista.

Cuando yo iba a bajar del auto; él preguntó: ¿voy a volver a verte?

La duda que me ha dado vueltas en la cabeza es; ¿por qué diablos me lo ha preguntado?