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Letras solubles en café
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Intrínseca, natural, transparente. Aferrada a ser yo misma con todas sus consecuencias. Generalmente alegre. Aficionada a las letras, al cine y a los besos.
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Mi novio gay: idilio y final feliz
Como Mane no se había tomado la molestia de hacerme una declaración en forma o de considerar mi punto de vista respecto de nuestro noviazgo decidí al igual que él, de manera unilateral, que si éramos novios quería yo un novio en serio. Tendría que llevarme al cine, tomarme la mano, tener detallitos cursis conmigo, llamarme por teléfono, pagarme la cuenta de vez en cuando y demás condiciones que, ahora que lo pienso, me recuerdan el post en el que Pablito hablaba de hacer la mili.

El tío se portó entonces a la altura de las circunstancias y empezamos a ser a los ojos del mundo la pareja perfecta, es decir, una gran mentira andante y muy divertida. Sus compañeros de oficina me cuestionaban constantemente sobre infinidad de cosas tratando de encontrar “algo” que no cuadrara para poder afirmar entonces que Mane era gay.

El final de la historia de amor se avecinaba debido a un hecho fatal e inevitable: me enamoré. Me enamoré perdidamente de un profesor once años mayor, y como suele ocurrirme cuando me enamoro o cuando se trata de disimular algo, me puse en evidencia.
El día que cumplimos el cuarto mes del idilio, mientras mostraba a uno de los compañeros de oficina las flores, chocolates y tarjetita que “mi novio” me había regalado para conmemorar nuestra relación, vi pasar al profesor en cuestión, y sufrí una serie de trastornos físicos de golpe: ojitos brillosos, sonrisa de oreja a oreja, expresión de estúpida felicidad, baba saliendo de la boca abierta y un suspiro tan profundo que cimbró toda mi arquitectura.

El compañero de mi novio me preguntó qué pasaba y yo, en el lapsus estupidus provocado por el profesor respondí una estupidez que rezaba más o menos así ¿a poco no te parece increíble ese hombre?, y él con cara de estupefacción me preguntó ¿t gusta el profe? Y yo respondí tan segura de mí misma como nunca ¿Qué si me gusta? ¡me encanta!. Os ahorraré la embarazosa charla que precedió a ese momento, que de seguro se lo han de imaginar. Yo tan roja como tomate y con la cara cayéndoseme de vergüenza repitiendo con la mirada: mea culpa, mea culpa.

Después de discutir con el amigo de mi novio me fui a casa, tomé el teléfono y le conté a Mane lo ocurrido y acordamos que lo mejor era entonces decir que habíamos terminado como amigos, porque no era justo que estuviéramos juntos cuando yo me sentía tan atraída por alguien mas. Un profesor que debido a las irónicas casualidades de la vida, también resultó ser gay.

Así que, aunque la amistad sigue tan maravillosa como siempre y de que tengo la certeza de que, como Mane dice, soy la mujer de su vida; lo cierto es que por un par de meses después de la ruptura fui vista por los pasillos de la universidad como una zorra por los compañeros de oficina de mi ex y como una mala mujer, ante los ojos de todos aquellos que nunca me perdonaron el haber tirado por la borda aquella relación de “pareja perfecta”.

Una vez superado el asunto, cuando las cosas nos van mal en el amor o cuando nos entendemos tan bien el uno al otro se me ocurre decir:

-Nos llevamos tan bien como pareja… ¿por qué me dejaste, flaquito?
-Ejem… -se aclara él la garganta- no sé… de hecho, creo que fuiste tú la que me dejaste a mí ¿recuerdas?
-Oh… -digo y cambio el tema
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Comentario:
Qué fuerte, encima quedaste tú como la mala, jeje. Bueno, qué se le va a hacer, por lo menos habéis quedado como amigos ;)
No