Una espesa barba blanca
Aún sigo recibiendo sus llamadas.
He visto varias veces al Desconocido aquél que tantas veces me hizo sentir miedo; y otras muchas, placer. Pero parece que sea solo un recuerdo olvidado.
Ahora paso mis noches sola, inmersa en esa oscuridad, en ese silencio de la casa, con una mano en mi vulva y la otra debajo de mi cabeza; mirando al techo y con la mente en blanco; sin pensar en nada. Creo que no espero nada, y que lo espero todo. Es un estado de apatía. He aprendido a convivir con ello, a que no me arda ni me queme... He aprendido a ignorarlo; aunque siempre esté ahí, latente.
Dejo mis pensamientos correr... mis fantasías, que se han tornado como algo normal, y cierro los ojos... y duermo.

Paseo por el parque. Es una mañana fría, húmeda, pero preciosa. Siento que la brisa me da en en el rostro. Me siento en un banco y decido disfrutar de esa sensación.
Permanezco ahí un rato, sumida en mis pensamientos... hasta que noto que alguien se sienta a mi lado y comienza a hablarme. Es un hombre mayor, de unos cincuenta, sesenta años; sin embargo se ve de buena salud. Tiene una espesa barba blanca, con algunos vellos que en algún tiempo pasado fue su verdadero color, bien recortada y cuidada; así como su bigote, que se une a ella por una suave columna de hormigas que desfilan hacia abajo, para unirse a ella. LLeva unas gafas de montura plateada; y detrás se esconden unos ojos ligeramente rasgados y vivos, algo pequeños, y que me miran... o me devoran. Tiene una redonda calva, y el resto de su pelo es como su barba: blanco, pero con algunos pelos de lo qeu algún día fue su castaña cabellera. Es un hombre robusto, grande; igual mediría 187 cms, y pesara unos 105 kgs. Bien proporcionado.
- Muy temprano para estar aquí, sobretodo una joven como tú.
Le miro y le sonrío. No contesto.
Noto que posa su mirada lasciva en mí. Que mira mi cara y luego baja descaradamente hasta el canalillo de mis pechos.... y sigue, y alcanza mi sexo y luego mis piernas.
- ¿Esperas a alguien?
Me noto tensa, pero parece que es una situación que empiezo a conocer. Tomo aire.
- Todo el mundo espera siempre a alguien.
- Igual ese alguien, ya ha llegado... Eres muy bonita, ¿sabes?
No contesto. Me mira y posa su mano en mi pierna y da tres golpecitos. No hay nadie en el parque. Se acerca un poco más a mí. Miro de reojo y veo que el bulto en sus pantalones aumenta de tamaño, y que comienza a tocarse con la palma de su mano.
Sigo en silencio.
- Oye... ¿y puedes enseñarme un poco el sujetador que llevas?- Me susurra mientras acerca su cabeza a mis senos. Su mano frota con más fuerza su miembro. Acerca la otra y, suavemente, retira un poco mi camisa. No hago nada por impedirlo.
- Es precioso... Pero no se ve bien... ¿Y si te lo bajas un poco más?- Se acerca más, y cuidadosamente, baja mi camisa un poco hasta descubrir uno de los senos cubierto por el sostén de encaje rosado que lo cubre.- ¡Ah! Sí que es precioso.- Aún no me ha mirado a los ojos, su vista está totalmente concentrada en mi seno.- ¿Puedo tocarlo?- Y acto seguido pasa su lengua por encima de él. Yo doy un respingo, pero parece no inmutarse.
Da otro lamido. Su lengua es igual de poderosa que su cuerpo. El pezón comienza a endurecerse. Siento un cosquilleo cada vez que lo hace. Se desespera y empieza a lamer y lamer cada vez con más ansia. Baja poco a poco el sujetador. Primero asoma la areola, luego.. el pezón... Lo mira, rezuma y lo toma suavemente con sus dientes. Acerca sus labios y comienza a succionar. Saca el pecho casi por completo.
La mano que antes estaba en su sexo ahora toma la mía, y, poco a poco me la pone encima de él. Lo siento poderoso, ansiando salir. Acaricio casi por inercia. El abre un poco sus piernas y se acerca a mí con un pequeño brinco. Le gusta. Me rodea con sus brazos y sigue lamiendo y succionando. Se frota contra mi mano. Saca mi otro pecho. El sujetador queda por debajo y me los levanta suavemente. Los mira. Los contempla. Los une con sus dos manos y comienza a alternarse entre uno y otro con desesperación.
Me gusta cómo lo hace. SIento un cosquilleo que arranca de mi garganta, como una especie de empalago placentero. Su sexo está duro y ardiente. El mío también... pero solo y desvalido.
Escucho algo... viene alguien. Rapidamente me incorpor y guardo mis senos. Él, inclinado sobre mí, tiene mirada perdida y una estúpida mueca en su cara, como el niño que acaba de comer. Me levanto, me voy y lo dejo ahí.
Mañana será otro día.
He visto varias veces al Desconocido aquél que tantas veces me hizo sentir miedo; y otras muchas, placer. Pero parece que sea solo un recuerdo olvidado.
Ahora paso mis noches sola, inmersa en esa oscuridad, en ese silencio de la casa, con una mano en mi vulva y la otra debajo de mi cabeza; mirando al techo y con la mente en blanco; sin pensar en nada. Creo que no espero nada, y que lo espero todo. Es un estado de apatía. He aprendido a convivir con ello, a que no me arda ni me queme... He aprendido a ignorarlo; aunque siempre esté ahí, latente.
Dejo mis pensamientos correr... mis fantasías, que se han tornado como algo normal, y cierro los ojos... y duermo.

Paseo por el parque. Es una mañana fría, húmeda, pero preciosa. Siento que la brisa me da en en el rostro. Me siento en un banco y decido disfrutar de esa sensación.
Permanezco ahí un rato, sumida en mis pensamientos... hasta que noto que alguien se sienta a mi lado y comienza a hablarme. Es un hombre mayor, de unos cincuenta, sesenta años; sin embargo se ve de buena salud. Tiene una espesa barba blanca, con algunos vellos que en algún tiempo pasado fue su verdadero color, bien recortada y cuidada; así como su bigote, que se une a ella por una suave columna de hormigas que desfilan hacia abajo, para unirse a ella. LLeva unas gafas de montura plateada; y detrás se esconden unos ojos ligeramente rasgados y vivos, algo pequeños, y que me miran... o me devoran. Tiene una redonda calva, y el resto de su pelo es como su barba: blanco, pero con algunos pelos de lo qeu algún día fue su castaña cabellera. Es un hombre robusto, grande; igual mediría 187 cms, y pesara unos 105 kgs. Bien proporcionado.
- Muy temprano para estar aquí, sobretodo una joven como tú.
Le miro y le sonrío. No contesto.
Noto que posa su mirada lasciva en mí. Que mira mi cara y luego baja descaradamente hasta el canalillo de mis pechos.... y sigue, y alcanza mi sexo y luego mis piernas.
- ¿Esperas a alguien?
Me noto tensa, pero parece que es una situación que empiezo a conocer. Tomo aire.
- Todo el mundo espera siempre a alguien.
- Igual ese alguien, ya ha llegado... Eres muy bonita, ¿sabes?
No contesto. Me mira y posa su mano en mi pierna y da tres golpecitos. No hay nadie en el parque. Se acerca un poco más a mí. Miro de reojo y veo que el bulto en sus pantalones aumenta de tamaño, y que comienza a tocarse con la palma de su mano.
Sigo en silencio.
- Oye... ¿y puedes enseñarme un poco el sujetador que llevas?- Me susurra mientras acerca su cabeza a mis senos. Su mano frota con más fuerza su miembro. Acerca la otra y, suavemente, retira un poco mi camisa. No hago nada por impedirlo.
- Es precioso... Pero no se ve bien... ¿Y si te lo bajas un poco más?- Se acerca más, y cuidadosamente, baja mi camisa un poco hasta descubrir uno de los senos cubierto por el sostén de encaje rosado que lo cubre.- ¡Ah! Sí que es precioso.- Aún no me ha mirado a los ojos, su vista está totalmente concentrada en mi seno.- ¿Puedo tocarlo?- Y acto seguido pasa su lengua por encima de él. Yo doy un respingo, pero parece no inmutarse.
Da otro lamido. Su lengua es igual de poderosa que su cuerpo. El pezón comienza a endurecerse. Siento un cosquilleo cada vez que lo hace. Se desespera y empieza a lamer y lamer cada vez con más ansia. Baja poco a poco el sujetador. Primero asoma la areola, luego.. el pezón... Lo mira, rezuma y lo toma suavemente con sus dientes. Acerca sus labios y comienza a succionar. Saca el pecho casi por completo.
La mano que antes estaba en su sexo ahora toma la mía, y, poco a poco me la pone encima de él. Lo siento poderoso, ansiando salir. Acaricio casi por inercia. El abre un poco sus piernas y se acerca a mí con un pequeño brinco. Le gusta. Me rodea con sus brazos y sigue lamiendo y succionando. Se frota contra mi mano. Saca mi otro pecho. El sujetador queda por debajo y me los levanta suavemente. Los mira. Los contempla. Los une con sus dos manos y comienza a alternarse entre uno y otro con desesperación.
Me gusta cómo lo hace. SIento un cosquilleo que arranca de mi garganta, como una especie de empalago placentero. Su sexo está duro y ardiente. El mío también... pero solo y desvalido.
Escucho algo... viene alguien. Rapidamente me incorpor y guardo mis senos. Él, inclinado sobre mí, tiene mirada perdida y una estúpida mueca en su cara, como el niño que acaba de comer. Me levanto, me voy y lo dejo ahí.
Mañana será otro día.





