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Algo que leEarl
Desvarío. A veces pontifico, a veces solo rajo cual condenado y otras me disperso.
Acerca de
Bueno, ese de ahí soy yo, más o menos. Con mi mejor cara. Total, lo que iba a escribir en este hueco sería mentira, así que... psé...
 
La venganza
La cantidad de ofensas e injusticias de las que me había hecho objeto era ya incontable. Después de años de falsa amistad y de buenas caras, después de años invertidos en minar sistemáticamente mi vida, podría decirse que por fin lo había conseguido.

No me odiaba por ningún motivo en especial. Hasta donde yo recuerdo, no hubo afrenta alguna por mi parte. Ni una palabra más alta que la otra, ni un acto en su contra, ni tan siquiera un mal gesto ni de frente ni a sus espaldas. La razón de la inquina que me tenía se originaba en la sinrazón. Como si en alguna historia clásica estuviéramos, simplemente me odió porque decidió hacerlo.

No podía envidiar lo que yo tenía, porque nunca tuve gran cosa. Pero sin embargo, actuó como si envidiara mi vida y quisiera destruirla, arrasarla hasta los cimientos y no cejar hasta verme hundido bajo el fango que pisan las alimañas más despreciables.

Primero destruyó mi solvencia. Hablando a mis espaldas se hizo con mi puesto, ascendió y consiguió que perdiera mi trabajo y fuente de ingresos. Naturalmente, me dio su apoyo de falso amigo, me palmeó la espalda y me dio ánimos para seguir adelante. Después, con engaños, se aprovechó de mi candidez natural y logró que invirtiera lo que me quedaba en un proyecto lunático, una desafortunada empresa donde no solo perdí lo que tenía, sino también lo que no tenía.

No se contentó con eso. Actuando aún con inocencia y desconociendo sus auténticos pensamientos, su verdadera naturaleza de serpiente traidora, seguí sus consejos y acabé malvendiendo mi casa. No tardó mucho en hacerse dueño de ella y convertirla en su residencia.

Luego acabó con mi alma. La soledad, cuando no la buscas, te destruye. Te corroe como el óxido a un coche abandonado y te hunde en tu propia miseria. Consiguió que quedara solo hablando de mí, de mi desgracia. Las personas, lamentablemente, no tienen tan buen corazón como creen tener cuando piensan sobre sí mismas, y le creyeron. Todos mis conocidos, todas mis amistades, todas las personas que me importaban fueron dándome la espalda y alejándose de mí.

Incluso ella.

Lo pasó mal cuando acabó nuestra relación. Todas mis infortunadas desdichas anteriores ya la habían lastrado y las agujas de dudas e incertidumbre que él iba clavando a mis espaldas acabaron por destruirla del todo. Cuando se vio sola, sin mí, llorando y pensando si habría hecho bien, allí estaba él, para consolarla, demostrarle su amistad e impedir que cometiera ese error.

Él tiene mi vida.

Me costó darme cuenta de todo esto. Mientras sucedía, aún acudía a él, el único “amigo” que me quedaba. Lloraba sobre su hombro sin saber que no hacía sino alimentar su gozo, darle alas a su odio y recursos a sus traiciones. Pero poco a poco recapacité, pensé, en mis horas de soledad en quién sería el auténtico culpable de mi angustia. Primero la acusé a ella. “Las mujeres son malvadas”, me dije. “Esperó a que hubiera caído para pisarme la cabeza, como si fuera yo la serpiente y Eva ella”. Durante mucho tiempo quise vengarme en ella, pero no pude. Si mi “amigo” la utilizó para hacerme daño es porque yo aún la amaba, y la amo. Y entonces lo vi claro. Había sido él. Él me robó mi vida. Vive en mi casa, tiene mi trabajo, tiene a mis amigos.

Y decidí vengarme. ¿Pero cómo? Tenía que vengarme de un modo tal que él supiera quién le hacia qué y por qué. Y yo no estaba dispuesto a sufrir más, así que no quería pagar por mi venganza. No, mi venganza debía quedar impune. Pensé durante semanas, recapacité, elaboré y deseché mil y un planes, y por fin lo supe. Por fin acerté y supe qué hacer.

Sería un domingo. Temprano, cuando todo el mundo descansa y las calles están en silencio. Me presenté en su casa, llamando al timbre. Me abrió, preguntándome qué quería. Se lo dije.

- Vengarme. Vengo a darte lo único que no me has robado.

El pobre idiota seguía queriendo engañarme. “No lo entiendo”, decía. ¡Me había robado todo y aún pretendía ser inocente! Se lo recriminé, gritando. Discutimos. Me lancé contra él, provocándole, obligándole a pelear. Se defendió como pudo. Forcejeamos, y en la lucha me aseguré de causar el máximo destrozo que me fue posible, de hacer el mayor ruido que pude, de despertar a los vecinos. Finalmente, fui a la ventana y, antes de saltar, grité con toda mi alma:

- ¡No! ¡Qué haces? ¡Socorro! ¡Ah!

Entonces me dirigí al encuentro del vacío. Por suerte, el vacío está lleno de calle, esperando abajo. Mientras caigo, espero y deseo que no me duela demasiado. No quiero sufrir más de la cuenta por mi venganza. Estará bien morir y dejar de sufrir, pero mejor aún estará morir en paz, sabiendo que he ajustado las cuentas y me he vengado con toda la ironía de la vida. Me robó toda mi vida, todo lo mío, salvo una cosa:

Lo único que no tenía de mí es mi sangre.
 
Comentario:
Bah, no salen elfos, ni magia. Vaya mierda de historia. XDD

 
Comentario:
Toma ya!! Acojonado me ha dejado usted con su relato, mire usted.
 
Comentario:
Jodo petanca.... ya estaba buscando yo las paginas de sucesos

Saludos
 
Comentario:
Guau, mola :O.

En serio Earl, te ha quedado de puta madre ;)
No