Un paseo por Malasaña
De San Bernardo a Fuencarral hay una calle que despliega sus encantos. Con apenas treinta y nueve números, este rinconcito de Madrid ha bautizado un barrio entero, una estética, la malasañera, un estilo de vida y un reencuentro con un ambiente genuino.
En el corazón de la capital late un barrio bullicioso de tradición castiza y presente heterogéneo. Malasaña, cuna de la homenajeada Movida madrileña, siempre fue una zona de contrastes. Ya en el s.XVIII, mientras las marquesas paseaban en sus calesas, las pantaloneras y planchadoras se afanaban en acabar sus tareas para ponerse su mantilla y acudir a San Antonio, ese "santo casamentero" del que habla la Zarzuela. Así comienza el paseo por la memoria que entre cafés y sonrisas nos da Antonia Vicente Mendiguchía, conocida por todos como Antonia de Malasaña. Miembro del Ateneo y tertuliana del Rincón Poético, a esta poetisa se le ensancha el alma cuando habla de su barrio, para ella, su casa. "Es un barrio con mucho encanto. De gente humilde y noble, y sobre todo acogedora". Antonia lleva 78 años viviendo en Malasaña 28, corrala protegida que data del s.XVII, donde antiguamente los vecinos realizaban teatrillos. "Cuando era joven las puertas siempre estaban abiertas. Echábamos las mantas en los pasillos y allí nos tirábamos todos, con los pies de uno en la cabeza de otro... Éramos una gran familia. Ahora, en cambio, todos somos extraños..." Antonia evoca con nostalgia la época en que sus vecinos vivían en plena confianza en un edificio conocido ahora como la O.N.U.Sin embargo, de alguna forma el mestizaje ha estado siempre presente en Malasaña. Pobres y rivos convivían en este barrio que ahora acoge diferentes razas y culturas. Antonia recuerda con cierta amargura la humillación sufrida cuando iba a por "sus Reyes" al colegio de los Sagrados Corazones, situado en la calle Fuencarral y convertido ahora en un VIP'S. Era el colegio de las niñas ricas que, en un alarde de generosidad, regalaban sus juguetes viejos a las pobres. En una ocasión, a Antonia le tocó una muñeca sin pierna, triste imagen para una niña que sufrió la polio a los once meses. Pero la mayoría de los recuerdos son alegres. Con su peculiar arte de contar historias, avalado por 23 premios literarios, la poetisa nos sumerge en las entrañas de Malasaña. Ella misma, cuando era niña, entró en los pasadizos subterráneos que unen el 2 de Mayo con San Bernardo, donde se encontraba la casa del Inquisidor. En los pasillos Antonia recuerda haber visto personas enterradas.
Aventuras a parte, Antonia de Malasaña recuerda las tardes de verano alrededor del quiosco del 2 de Mayo. "La señora Antonia hacía horchata y después los niños íbamos a pedirle las chufas". Era el punto de encuentro de los pobres de Malasaña. Llevaban tortilla y gaseosa para pasar un rato agradable. Años más tarde, allí mismo, en unas fiestas del 2 de Mayo, nuestra Antonia conocería a su marido, con el que lleva casada desde 1955. Este ambiente festivo ha perdurado a lo largo del tiempo, aunque la horchata haya sido sustituida por la litrona. "El botellón no ha sido erradicado del todo", lamenta Antonia, quien tiene amigos que tenían que mudarse cada fin de semana para poder descansar.Y entre la horchata y el calimocho hay una etapa, dorada para algunos y oscura para otros. El esplendor de la Movida madrileña tiene sus sombras y sus muertos... Antonia los contó un día: veintitantos chicos del barrio murieron por drogas entre finales de los 70 y principios de los 80. Le entristece hablar de eso, pues todavía llora al recordarlos...

Malasaña, tierra de héroes
El antiguo barrio de los Chisperos, llamado así por las herrerías que poblaban sus calles, rinde tributo a los madrileños que defendieron su tierra en 1808. Héroes que ya nunca serán anónimos como Daoiz y Velarde bautizan calles y plazas. Pero sin duda el nombre más emblemático es el de Manuela Malasaña. Esta mostoleña que vivía en San Andrés 18, defendió el Parque de artillería de Monteleón, actual plaza del 2 de Mayo, y fue ejecutada con sólo quince años por las tropas de Napoleón. ¿El motivo alegado? Hallaron en su poder unas tijeras de bordadora. Manuelita, como sus compatriotas, se echó a la calle con lo que tenía más a mano. Ollas de agua hirviendo, cuchillos, agujas... Cualquier utensilio valía para frenar la invasión. Y después, a trepar por las paredes para huir de los franceses. Desde entonces, el nombre de gatos ha acompañado a los madrileños.Pero las hazañas heroicas no acaban ahí. En los años 60 el barrio entero se movilizó y consiguió paralizar el llamado Plan Malasaña, que pretendía derribarlo para unir Argüelles con Cibeles mediante una avenida poblada de rascacielos. Y hace apenas cinco años, los vecinos de Malasaña empezaron a moverse para frenar la práctica del botellón. No hay duda de que los gatos siguen trepando para conseguir lo que quieren.





