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Mil y una palabras al aire...
Bienvenido, siéntate, toma un café... Estás en tu casa...
Acerca de
Yo desnuda de domingo y cubierta de cenizas, intentando encontrar en los rincones de tu sexo una palabra con la que construir un mal verso, capeando el temporal en tu regazo, refugio que se tambalea con la tormenta; tú, musicando mis lamentos, congelando instantes de júbilo y cervezas a medias...

______________________________ LOS DIBUJOS DE PIT ______________________________ TIZA ______________________________ MIGUEL DOMINGO ______________________________
Sindicación
 
Corcheas enlatadas
En mi humilde opinión corren malos tiempos para la cultura. Melodías embotelladas (aquellas que no dicen nada, será que no tienen nada qué decir cantaba Fernando Delgadillo), libros requeteleídos narrando biografías absurdas, desvelando secretos póstumos, pueblan las aceras y llenan las manos de vacío. Mientras tanto músicos y escritores de esos que a mi me emocionan empuñan la pluma para redactar un currículum dirigido al IKEA, o la solititud de inscripción al INEM. Poetas encerrados en cuerpos de administrativos. Sueños que se aplazan entre las nueve y las seis, en el mejor de los casos. Horarios de comercio mutilando versos, regateando palabras. Recuerdos mecidos por mis suspiros, arte en su forma más pura, el dar por dar, sin esperar nada más que el reconocimiento de la belleza a cambio de desnudarse ante nosotros. Música que no forma parte de esos cuarenta dioses, ladrones de Alí Babá, primeros a base de talonario y marketing, el viejo invento de los que están en la cumbre, aquellos que no funcionan como los nuestros, con el boca a boca, corazón a corazón, habitáculos mínimos en donde puedes conversar con el que primero te ha hecho sonreír y emocionarte.

Hoy Serena ha vuelto a recoger rosas de camino a Garibaldi. Gracias, amor, por recordar lo olvidado, por ser guardiana de hermosura y brisa de primavera. Siguiendo sus pasos os transcribo una canción de Antonio de Pinto, perteneciente a su primer disco, Tono oscuro, disponible por completo y gratuitamente en su página.

"Hay veces que dudas
si estás hecho para vivir,
sacas la cabeza
tan sólo para respirar
y un día de pronto
te vuelves madera, madera de astilla,
madera sin flor,
madera de hombre plantada en la acera
como una semilla que nunca creció

Y sigues el ritmo del mundo, sin saber porqué,
buscando razones,
pretextos para desistir
En ese momento
te vuelves moneda,
moneda vendida a las arcas de dios,
al único dios que gobierna esta tierra,
un dios ambulante que rifa su amor.

Y llamas a gritos
pero nadie te puede oir,
las manos te ignoran, los ojos no te quieren ver.
Recuerdas el tiempo en que fuiste bandera,
bandera encencida de trapo y cartón,
bandera en favor de los que siempre esperan
que vuelva la vida a su corazón..."



Y que no pare la música...

 
Fotos, besos y versos desde Asturias... Os extraño ;)




Si alguna vez la vida te maltrata,
acuérdate de mí,
que no puede cansarse de esperar
aquel que no se cansa de mirarte.

LUIS GARCÍA MONTERO


Te propongo construir
un nuevo canal
sin esclusas
ni excusas que comunique por fin
tu mirada
atlántica
con mi natural
pacífico...

MARIO BENEDETTI





 
Realidades

Ven. Sal de mis sueños y entra en mi vida. Arroja nuestra oscuridad hacia el olvido. Que salga el sol cada mañana, sigue estando prohibido suicidarse en primavera. Ven. Levántate y anda, Lázaro propio, imagen abstracta, puzzle inconcluso. Ruge sin miedo, grita sin voz, ama sin tiempo. Ven, y si aún no es tarde, te quedas...

 
Siempre tarde
Llego tarde al balance del año pasado. Como a todos los lugares importantes. Al trabajo no, a ese llego diez minutos antes de sonar el primer gong. A las citas tampoco, siempre me toca esperar. En cambio perdí el tren cuando pretendía viajar a tus labios. Y ya sabemos que los trenes sólo pasan una vez por la misma estación. Al menos ese. Y no esperan. Pero a lo que íbamos, a mi recuento de emociones del 2004. Con retraso. O con antelación, quien sabe. Lo cierto es que me han sucedido tantas cosas que las puedo resumir en una: VIVIR.

A él


Amé. Lloré. Reí. Forjé planes (y planos) a golpe de ilusión. Dibujé una casa para ambos con geranios en las ventanas y una puerta siempre abierta. Recogí con las manos los escombros que estorbaban para alzarla, los tuyos y los míos, e incluso alguna vez los que los demás iban arrojándonos por encima de la verja. Me esforcé en construirla ladrillo a ladrillo. Descarté el adobe y la madera, no fuera a ser que viniera el lobo y soplara y soplara hasta derribar el más precioso de nuestros momentos. Tanto temer a la terrible fiera y al final los que no supimos sostenernos fuimos nosotros.

Pero amé. Y lloré. Y reí.


A l@s de siempre


Quise. Extrañé.

Ha sido este un año que parece un siglo. Un año que me queda tan grande como uno de aquellos jerseys heredados de mi madre, aquella que me quiere cuando estoy y cuando no estoy, aquella que derrama lágrimas cada vez que me escucha y no me puede tocar. Ha sido un año largo, extenso, imposible sin vosotros. Mis padres y hermanos. No sé cómo explicaros, aunque no me leais, lo afortunada que me siento al formar parte de vuestra vida, fuera de los vínculos de sangre. Si volviese a nacer no podría elegir mejores brazos en los que caer.

Os sigo queriendo. Os sigo extrañando.



A ell@s


Compartí. Acepté. En ocasiones fui feliz.

Arañada de nostalgia vertí lágrimas hasta vaciarme de tristeza. Recuperé la esperanza en tus ojos. Tan sólo una llamada de teléfono me bastó para hacerme con la sonrisa perdida. Con tu casa. Con tu hospitalidad. Madrid. Una vida nueva envuelta en papel de colores. Serena. Dulce Serena. Hada madrina. Y con ella Adri (siempre Adri), Marta, Sonia, mi mensaje de bienvenida en la pared. Yo también os quiero.

Retomé el rumbo como pude, tambaleándome sin cimientos. Y me sostuvisteis en vuestros brazos, convaleciente de carencias. Mi brújula sin norte no siempre apuntó hacia vosotros. Y sin embargo ahí estabais, aunque yo no fuera capaz de vislumbrar vuestros ojos. Con mi quiero y mi no puedo, me quedo con el te quiero de Saúl [lo tengo por escrito, compañero ;)], con el renacer de Mari Jose y el arrullo de los que ya sabeis que sois parte de mi. Que río si reís y lloro si llorais. Que me duelen vuestras heridas más aún que las propias.

Desperté de mi letargo en tu regazo una noche de frío y estrellas, aprendiendo a dar la voltereta y observar las cosas del revés. Yo que siempre había sacado besos de la amistad, esta vez rescaté la amistad de unos besos. De ti no puedo decir nada más de lo que he dicho y de lo que ya sabes, porque hay sensaciones en las que las palabras estorban, Fredo.


Compañía y bálsamo son tod@s l@s que están, pero no están tod@s l@s que son. Mis compañer@s de lo que la gente llama trabajo y yo llamo mi casa. Porque sentiré siempre un poco hogar aquel lugar en donde os encontreis. Olga, Esther, Bea. Yo que llegué a esta ciudad esperando hallar gris indiferencia, me encontré con vuestras manos abiertas. Sely, Laura, Belén. Donde se suele encontrar competencia yo hallé amistad.

Y sigo compartiendo. Sigo aceptando. Y, en ocasiones, sigo siendo feliz.



En definitiva, sigo viviendo... Y las lágrimas que de vez en cuando vierto me parecen un precio razonable para seguir haciéndolo...

 
Frases robadas
Me doy cuenta de que todas las palabras son una. Tú copias a un conocido cantautor que plagia a determinado poeta que, seguramente, habrá leído versos de otro autor que se parecen sospechosamente a los suyos. Y más tarde yo voy a hurtadillas y te robo unas cuantas letras del bolsillo para lanzarlas al aire. Y qué. Si estamos aquí para entendernos. Y si gritamos lo mismo es que nos entendemos. Y si nos entendemos es que lo hemos logrado.

Aclarado esto, entonces, os contaré a los que aún no os hayais dado cuenta que la palabra, aún de puño de otros, es un arma cargada de futuro. Así que ya sabes, sal ahí a gritar que esa boca es tuya, prende la luz si los frentes no están claros, que aunque seamos pocos somos bastantes, que sí, que podeis llamarme neurótica si creeis que una neurosis es un desajuste con la realidad. Que se pongan a temblar los silenciosos que sólo callan porque no tienen nada qué decir, que se agiten en sus camas inquietos aquellos sordos que no quieren escuchar la tímida voz del que clama en el desierto pidiendo desfiles de gaviotas y una canción que le refresque el alma. Tengo 24 años y hablo por boca de otros. Ya veis. En ocasiones robo esencias. Hurto ideas. Sustraigo ilusiones. A mi me gusta pensar que, simplemente las comparto, como cuando cuelgo las mías aquí. Por mi parte asumo la letra pequeña del contrato y firmo que podeis hacer uso de ellas. Podeis sacarlas de paseo o usarlas para equilibrar la mesa del salón. Podeis ponerlas encima de la repisa, en un lugar especial, o usarlas de mantel y comer sobre ellas. Como gusteis. Son vuestras.
 
Para que veas que no me olvido de tu Argentina, Gonzalo...
La mejor manera de componer una canción es fijarse bien en la forma en que suspiras cuando sueñas despierto o cuando te desilusionas dormido, empujar bajo la alfombra armonías de cuarto de estar desordenado, sacudir las notas musicales del mantel por la ventana para que los vecinos se quejen una vez más de que les ensuciamos el patio con sonidos de guitarra. También resulta eficaz abrazarse muy despacito, entrelazando mil acordes, que la música se percibe mejor cuando en vez de dos orejas poseemos cuatro y al revolcarnos por el suelo nos ensuciamos las manos y el alma de tierra húmeda y corcheas. Se puede también robar versos a Neruda y besos al olvido que sirvan como letra y percusión, que ningún timbal suena mejor que el chocar de dos pares de labios entre sí, y ambos contra el viento

Y mientras busco la melodía que me lleve hasta costas conocidas y la brisa que acune la paz en mi semblante, cada amanecer seguiré tejiendo abrigos con palabras, bordando cojines en si bemol......


(Publicado en este blog el 8 de Noviembre)


Desnudando Buenos Aires,
olvidando primaveras,
iba una mina gallega
con vestido y sin amor.
Los ojos, llenos de ausencia,
los labios abandonados,
y un carné de desahuciada
de los negocios de dos..

Veinte abriles derrotados
en la guerra del destino
Con el bando masculino
se juró ni platicar.
Y en un café de Corrientes
conoció un pibe abrochado
que resultó ser letrado
en pebetas de ocasión.

Con el alma en corralito
les cayó la madrugada.
En el fondo de un garito
se pusieron a tomar.
Abrazados a la noche
saludaron a la luna
y a media luz le perdieron
el respeto a la razón.

Despertaron en domingo
con legañas de nostalgia,
el billete de regreso
molestaba al corazón
Pero la "Reina del Plata",
ducha en borrar desencuentros,
sabes más de despedidas
que el andén de la estación.
En la Feria de San Telmo
se olvidaron del olvido,
el tango en Plaza Dorrego
le dio vida al lacrimal
Llegando a Plaza de Mayo
se acordaron del Sabina,
Y CON LA FRENTE MARCHITA
SE PROMETIERON VOLVER...


(La letra que vuela y la música que calla son de Alfredo González, soñador y amigo)



Falta la fuerza de la melodía del tango que une estas palabras. Falta el aliento al recordarlo y su presencia cotidiana. Falta su mano y su música, su guitarra, su beso de buenas días, las madrugadas de cine español, el dormir menos y sonreír más, sus mensajes en la nevera. Y es que cuando un amigo compra un billete de regreso, algo se marchita en los ojos...
 
Los sin rostro
¡Psss, psss! Sí, sí, es a vosotros... ¿Estais ahí? ¿Sois reales? Tan sólo pregunto por no hacerme ilusiones, por no inventar un mundo falso a mi medida, por bajar un rato de mi luna su tierra, de mi nube a su infierno. Pregunto porque cuando salgo a la calle no os encuentro, no os veo doblar la esquina, no me dais los buenos días en el metro. Lo digo porque con quien me topo es con vuestro antónimo, con la intolerancia del que no ve la belleza en donde la vemos nosotros, forjadores de sueños, utopías pinceladas con palabras, me encuentro con aquél que se pinta de excusa para vender ideas en el rastro, cómpreme mis principios que tengo otros para mañana, y me hace pensar que la realidad es gris desesperanza y no del suave azul que leo en vuestros corazones cada madrugada... Ya veis, me es difícil comprender que unas cuantas letras sirvan de reclamo de cóncavas manos y ángeles invisibles, pues allá afuera las cosas no funcionan así...

Gracias a todos por acompañarme de alguna forma, por vuestro azúcar diario...

Un abrazo especial para Luc, Runner y Otromas...

 
En la piel de otros. O no.

Querido Miguel:

en el transcurso de estos cinco años sin recibir noticias tuyas no he dejado pasar ni un solo día en el que mi imaginación no volara a tu encuentro preguntándose qué andarías haciendo, si estarías paseando al perro, encendiendo el televisor, tomándote una cerveza, desabrochando la camisa de tu mujer... Me castigaba recordando pequeños detalles que deberían haber sido olvidados hace tiempo: la forma en que te mordías las uñas, cómo te sonrojabas al mentir (qué pena que más tarde aprendieras a no hacerlo) o tu manera de jugar con el pan en la mesa después de las comidas. Cuánto tiempo he conservado en mi memoria el olor a primera vez de tus manos, las horas de besos y faltas de asistencia en literatura, las citas de John Lennon en mis libretas, la ilusión de nuestras primeras vacaciones juntos, el rumor de tu primer engaño... Aún después de todo te he seguido amando aferrándome a la nitidez de tu recuerdo, mucho mejor compañero de lo que tú nunca fuiste. He reído, llorado, soñado, bailado, viajado con él en tu ausencia. Hemos tenido grandes discusiones pero no te preocupes, los enfados nunca nos duraban demasiado. En las fechas señaladas desempolvaba mi vestido negro (ese que tanto te gustaba), ponía la mesa para dos, encendía una vela y preparaba tu plato favorito. Y al llegar la medianoche en la oscuridad de mi alcoba, sola en soledad o sola en compañía, mis gemidos tan sólo pronunciaban tu nombre. Un amor sólo muere si ha dejado de soñarse y yo he mantenido vivo el nuestro (el mío) durante cinco largos años.

Pues bien. Te escribo para comunicarte que he decidido olvidarte y que, sintiéndolo mucho, te he sido infiel. Todo sucedió ayer. Me levanté a las nueve y media, te di los buenos días y besé tu foto. Procuré no hablarte demasiado, sabes que no tengo buen despertar. Después, como cada mañana, me fui a trabajar. Cuando por la noche regresé a casa me metí en la cama, dispuesta a dejar escapar, una madrugada más, a mi imaginación por la ventana para que volara entre los edificios de la ciudad, sorteara los cables de la luz y preguntara a cualquier peatón por tu calle para encontrar tu casa y traerte a mi lado a llenar los vacíos rincones de mi cama con tu claro recuerdo. Como de costumbre, mis manos se convirtieron en tus manos y tu olor llenó mi habitación. Pero el tenue rayo de luz de luna que entraba a través del cristal me sorprendió gimiendo otro nombre en lugar del tuyo. Al darme cuenta juro que exclamé: “Amor mío, no es lo que parece” Pero ya no estabas allí para escucharme. Al fin te he dicho adiós.

Ana
 
Celebración de la fantasía
Si no llevo mal la cuenta este es el tercer blog que abro. También es con el que me siento más en casa. Será por vosotros, sus habitantes, invitados que llegais para quedaros. El caso es que, tarde o temprano, en cualquiera de ellos siempre he mostrado uno de mis textos favoritos de Eduardo Galeano. Y este no va a ser menos ;) Que lo disfruteis...


Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía por que la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo .les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima- dijo
-Y ¿anda bien?- le pregunté
-Atrasa un poco- reconoció.

Eduardo Galeano "El libro de los abrazos"




 
Poder judicial
*Hoy me había levantado con azúcar en los labios y carmín en la mirada, ansiando empuñar el lápiz y deshacerme de la poesía que me inunda y me desborda de él. Pero, ya veis, se han quedado en el camino las ganas de decir, los deseos de cantar al ver un titular en el periódico, a pesar de que hoy le añoro como nunca (como siempre).




Aunque me preocupe mucho el tema no me suelo pronunciar aquí (lo sabeis) sobre cuestiones sociales o políticas (exceptuando cierta fotografía que expuse hace tiempo en un intento de recuperar memoria), quizá por miedo a parecerme a cierto sector compuesto por la gente entendida, los estudiosos de leyes, los que se atreven a opinar sobre temas delicados como pasa una apisonadora sobre un campo de flores, sin sentido ni sensibilidad. Hoy he intentado como he podido morderme la lengua, las manos y la razón, pero no lo he conseguido y aquí estoy, con el puñal de la indignación entre los dientes y mis ganas de romper mil platos. Espero no ofender a nadie. Excepto a los integrantes del Consejo del Poder Judicial, a ellos sí que los quiero ofender. Y cuánto más mejor. Su comparación del matrimonio homosexual con la unión entre hombres y animales no me deja otra opción que la ofensa y el insulto fácil, porque de nada sirven los argumentos contra los ignorantes. Me pregunto, ya que el matrimonio es intrínsico al hombre y la mujer y tiene el único fin de concebir vida, qué piensan hacer los eclesiásticos jueces (eclesiásticos por afinidad de ideas, no porque sepa que lo son) con aquellas parejas casadas que no pueden tener hijos. Con aquellas que no quieren hacerlo. Con las que aburridas de tedio duermen en habitaciones separadas y se dedican a maturbarse en soledad y silencio. Con aquellas que no concebirán vida. Sólo quería saber eso. Nada más. Y los insultos me los guardo para mejor ocasión. Porque hay ciertos comentarios que ni siquiera merecen mi ira.

 
¡Salta conmigo!
Aquí sigo, al borde de la alegría. Y mis pies sin responder. Y tu amor sin empujar. Ya ves, el suave viento que normalmente mece mi alma hasta dormirla decide de pronto convertirse en tempestad y desasosiega mis manos y mi párpados, revuelve mi pelo y mis sueños, agita mi sexo y mis entrañas. Sube mi falda y baja mi ánimo. No sé cómo explicarte cómo llegar a mí. Lo intento. Sube las escaleras de la plaza, tercera callejuela a la derecha, bordea la tienda de caramelos. Hay un kiosko en el que tan sólo venden periódicos llenos de buenas noticias, cruza a su altura cuando el semáforo se ponga ámbar, cerca de aquella boca de metro, lejos de llantos de inocentes. Llega al puerto, embárcate en aquel cascarón de nuez, capea el temporal en siete mares (ni cinco ni seis, deben ser siete), naufraga en mi costado, y cuando te encuentres en el quinto atolón haz chocar entre sí los tacones de tus zapatos tres veces y mira al cielo.

O, dejémonos de tonterías, también puedes enviarme un simple correo para decirme que me quieres.


 
Días de fiesta
Hoy es un día especial. Sigo viva. Tengo un plato en la mesa y sueños sobre la almohada. Mantengo las ilusiones. Me rodeo de amigos. Poseo la suerte de tener un trabajo, una sonrisa, un vestido y un amor en alguna parte (ya llegará). Además os tengo a vosotros. O no. Pero estais ahí. Hoy es un día especial, y por eso quiero mostraros (algunos ya lo conoceis) un texto especial para mí. Quizá no sea el más íntimo. Ni el más bello. Ni el más triste. Pero por alguna razón sobresale sobre los demás a mis ojos. Porque hoy es un día especial. Como todos, aunque a veces no lo sepa ver.


Rezando para no soñar, pan de ayer para hoy, billetes de autobús a cualquier parte en donde no estuviese yo, con tan sólo veintidós años había usado tanto mi identidad que me cansé de ella. El mundo que respiraba olía a habitación cerrada y naftalina. Y, harta de estar harta, decidí comprarme un Yo nuevo. Desconociendo el coste de una nueva vida comencé a ahorrar laboriosamente para hacerme con una buena suma de dinero (no me iba a conformar con Yo de saldo). Hurgué entre los cojines de los sofás de todas las casas a las que me invitaban, pedí en la boca del metro (“Por caridad, una limosna para alguien que quiere cambiar de Yo. No tengo ni un mal beso que llevarme a la boca”), aposté a doble o nada a la carta más alta lo poco que me dieron en la casa de empeño por mis minutos de olvido. Y con mi puñado de monedas en el bolsillo empecé la búsqueda de mi nueva identidad.

Comencé por probarme algunas vidas encuadernadas, dibujadas con palabras, otros Yos que viajaban a países en donde los conejos llevaban reloj, o en donde la gente no medía más que mi dedo pulgar. Pero ninguna me quedaba como yo deseaba. Algunas eran muy estrechas, otras demasiado holgadas, y, desde luego, todas mantenían ese corte de irrealidad que tanto incomoda. Así que pensé que lo mejor sería buscarme un Yo de segunda mano, de esos que tienen algún descosido, pero que ya saben lo que es vivir. Barajé diversas posibilidades: podría comprarme un Yo domador de leones, o músico de guardia, o repartidor de caramelos. También me hubiese gustado ser enfermera de almas, o consejera de flores.

Así salí a la calle en busca de alguien que estuviese dispuesto a venderme su identidad. Visité bares inundados de humo; bibliotecas llenas de otros Yos que se probaban, como yo había hecho antes, vidas encuadernadas; aulas vacías; jaulas llenas; estaciones de tren en donde otras personas no cruzaban su mirada con la mía. Marqué números de teléfono al azar. Busqué bajo la luz del sol y en la oscuridad de la noche. Observé en silencio y grité de desesperación. Navegué por la sección de anuncios por palabras de periódicos locales y nacionales, en mares de ginebra , sobre paraísos artificiales aún por descubrir. Recité versos en la Plaza Mayor, pero nadie se paró a escucharme.

Cuando ya había perdido la esperanza de encontrar una persona a la que me apeteciera comprarle su identidad, apareciste tú, te colaste por la ventana de mi habitación, en mi vida, entre mi ropa, en los huecos que necesitaban ser llenados. Me olvidé a tu lado de telediarios parciales, de propuestas de ley, de países invadidos, de aburridos juicios, de pisotones sin "perdón", del "más de lo mismo", de mi cuadriculado "uno más uno son dos" (porque a veces son tres, e incluso hasta cuatro), de solitarias rutinas y heridas pasadas , y pensé que había llegado la hora de proponerte comprar tu Yo. De olvidar mi vieja vida y comenzar otra nueva, aunque fuese ajena, aunque no me perteneciera. De suplantar la identidad que tanto había estado buscando.

Estaba a punto de plantearte la idea cuando algo me hizo cambiar de opinión.

Si yo me convertía en tú, nunca podría llegar a besarte...

 
Inventos del hombre blanco
MARKO.-¿De qué se ocupaba allá en su tierra?
RICARDO.-Jugaba a la Bolsa.
MARKO.-Ahá. (Pequeña pausa) ¿Ydespués de jugar en qué trabajaba?
RICARDO.-La Bolsa no es un juego. Es un mercado.
MARKO.-¿Un mercado?
RICARDO.-Pero no como los de acá. Ustedes compran y venden cosas. Nosotros los nombres de las cosas.
MARKO.-No lo entiendo. ¿Cómo se puede comprar y vender trigo, sin trigo?
RICARDO.-Muy sencillo. Por ejemplo... (Toma cuatro vasos de la alacena y va disponiéndolos en fila sobre la mesa.) Usted acaba de sembrar un trigo que no recogerá hasta la cosecha del año que viene. Pero como hasta entonces necesita ir viviendo, yo le abro un crédito de cien coronas a cuenta de ese trigo. (Pone el primer vaso.) Aquí está la carta de crédito. ¿Entiende?
MARKO.-Entendido
RICARDO.-Ahora bien, si al llegar el verano la cosecha se ha perdido, no importa; usted puede pagarme lo mismo con cien monedas de plata. ¿No es así?
MARKO.-Así es.
RICARDO (coloca el segundo vaso).-Aquí están las cien monedas por el valor del trigo. Pero como la plata anda escasa, el Banco la retira y pone en su lugar un papelito que dice: (Pone el tercer vaso.) Aquí está el billete. (Coloca el cuarto vaso.) Aquí está el pagaré. Y ahí empieza el milagro. (Señalando.) Cien coronas del crédito, cien de la plata, cien del billete y cien del pagaré; total, cuatrocientas coronas en el mercado y ni un solo gramo de trigo verdadero. (Se sacude las manos.) ¿Ha comprendido ahora?
MARKO (convencido.).-Ahora sí. Hace dos años pasó por aquí otro señor que hacía lo mismo; pero aquél lo hacía con un sombrero de copa y salían palomas. Lo que me gustaría es que nos explicara la trampa.
RICARDO.-Aquí no hay trampa, tío Marko. Es decir... no sé...
ABUELA (recogiendo los vasos.).-¿Y esto es la Bolsa? Señor, señor, lo que inventa la gente cuando no tiene nada que hacer.
RICARDO.-Parece que no lo han tomado muy en serio.
ABUELA.-La falta de costumbre. Yo no sé cómo serán las cosas allá por el sur. Pero aquí, el poco trigo que hay, siempre es de verdad. Y el hambre también.

Fragmento de "La barca sin pescador", escrito por Alejandro Casona.


 
Si tú quieres...
Si quieres, bailamos. Me pongo mi mejor y más corto vestido y me compro unos zapatos de tacón interminable para la ocasión. Si quieres bailamos y nos olvidamos de los días pasados perdidos sin mirarnos a los ojos y encajo mis caderas en las tuyas y rodeo tu cuello con mis brazos y presiono tu cuerpo contra el mío para que no corra ni el aire entre tú y yo. Si quieres, bailamos, soñamos con los pies, y bajo una mano de tu cuello suavemente por tu espalda hasta llegar a tu cintura para aferrarme a ella y apretarte aún más contra mí, como si quisiésemos fundirnos. Si quieres, también, olvidamos que existe gente a nuestro alrededor y te beso como si estuviésemos a solas, lenta, suave, cálidamente, al ritmo de la melodía que siguen nuestros pies y ahora, de igual modo, nuestras bocas, nuestras lenguas, nuestras manos. Si quieres, por favor, si quieres, invítame a bailar, y no sabré si estamos danzando o amando vestidos, porque la sensación será la misma...


 
INVENTARIO
Dicen algunos por ahí que somos los que tenemos. Si eso es cierto, esta soy yo...


Tengo veinticuatro años y una cicatriz en mis besos. Además dos diplomaturas en relaciones. Laborales y destructivas. Dos hogares en unos ojos que nunca he visto y una pensión en cualquier parte. Una familia a la que hoy elijo, aunque ayer no haya tenido ocasión de hacerlo. Amigos (los más) y desamigos (alguno me ha tocado). Conocidos a los que olvido, desconocidos a los que me gustaría conocer. Dos luchas interiores en las que siempre pierdo. Tres cartas que me mienten cuando me dicen que me querías. Doscientos noventa y ocho meses sobre mi espalda y una canción en los nudillos. Trescientos sesenta y cinco futuros que olvidar, recuerdos que me he inventado. Secciones de sucesos cubriendo mis seguridades. Caricias de sábados supliendo mis carencias. Cien jadeos de butacas de cine. Dos estaciones de tren, una en la que te dije Te quiero, otra en la que te vi marchar. Tus mil y un versos de amor y mi canción desesperada. También me queda alguna astilla de lo que un día fui, mi bandera tejida con retales prestados, aquella fotografía en el puente de los suspiros. La esperanza de encontrarle pronto. Cien sueños y una sola realidad. Cinco heridas aún abiertas en mis rodillas. El retrovisor empañado de un Seat y mi arcoiris entre las piernas. La certeza de ser idéntica y diferente. La nostalgia coagulándose en mis venas... Un palacio en la luna... Diez deseos en Estambul... Dos manos vacías...


Y después de tantos días guardados en los bolsillos de repente encuentro un poema pintado de adolescencia, y me doy cuenta de que tampoco he cambiado tanto...






A tus pies hoy deposito los despojos
de la que un día fue feliz en otra vida.
Hay veces que al reírme se me olvida
que el dolor no se distingue con los ojos,

a veces no me acuerdo de contarte
lo mucho que aún me duelen las heridas,
las veces en que el alma se me parte
soñando con amargas despedidas.

No te puedo pedir ayuda eterna,
ni siquiera un mal beso en la distancia...
sin embargo eres lo único que añoro:

un suspiro de paz en mi galerna,
un atisbo de luz en mi ignorancia,
una mano en mi mano cuando lloro...


 
CONTRASTES
Cuando a una canción le robas la melodía y la lanzas allá lejos, tan lejos donde te alcancen la vista, los brazos y el alma, te puedes quedar con las manos llenas de palabras inconexas. Pero también te puedes encontrar con poesía, como ésta...


Duele, la vida como un puñal hay veces que duele
y nada tiene que ver con tu boca
que hecha para besar hay veces que muerde
que anuncia cordura y a veces se vuelve loca
Y duele porque la piel no es materia inerte
Duele porque el querer es dolerse a veces.

Tiembla, la vida como con miedo
hay veces que tiembla....
y nada tiene que ver con el aire
que mueve tu ropa en noches de luna escueta
que aprieta suelta y evoca y me enloquece
y tiembla por los látidos que tu provocas
y también porque el querer es temblar a veces

Y cada uno en su camino
va cantando espantando sus penas
Y cada cual en su destino
va llenando de soles sus venas.

Y yo aquí sigo en mi trinchera, corazón
tirando piedras, contra la última frontera
La que separa el mar del cielo
del color de tus maneras
la que me lleva a la guerra, a ser semilla en la tierra.

Y no me pidas tanto, corazón
que tengo poco aire en el pulmón
lo que tengo es un castillo en el cielo
si viene la guadaña a mi rincón
enjuágame la frente en tu sudor
y le das un beso a todos si me muero...

Ríe, la vida como un volcán hay veces que ríe
y nada tiene que ver con el tiempo
Se ríe porque para ella somos tan leves
como el humo azul que del pudor se desprende
y ríe porque tu llanto se lo merece
y también porque el querer es reírse a veces.

Vive, la vida por compasiónhay veces que vive
y nada tiene que ver con la muerte
Y cuando llegue ese instante
déjame verte
que no hay mayor libertad
que tenerte enfrente
y que nadie sea absuelto
por no quererse
y vive porque el querer es vivir con creces.

Y cada uno en su camino
va cantando espantando sus penas
Y cada cual en su destino
va llenando de soles sus venas.

Y yo aquí sigo en mi trinchera, corazón
tirando piedras, contra la última frontera
La que separa el mar del cielo
del color de tus maneras
la que me lleva a la guerra, a ser semilla en la tierra.

Y no me pidas tanto, corazón
que tengo poco aire en el pulmón
lo que tengo es un castillo en el cielo
si viene la guadaña a mi rincón
enjuágame la frente en tu sudor
y le das un beso a todos si me muero

Y si todo es semilla no me dolerá la astilla
que sangran de mi costado
tus andares de chiquilla, y no me digas nada,
déjame a mi
en mi ventana con los pies del otro lado,
yo me fumo mis mañanas.

CARLOS CHAOUEN



P.D. Sí, mi capitán, hoy has llegado antes que yo... Pero ya estoy aquí. ¿Hacia dónde ponemos rumbo?
 
Mi luna
La biografía de una puede llegar a ser infumable cuando la ves reflejada en el papel. He hecho, he dicho, he estudiado, he sido... Por eso, yo, en su día la adorné de palabras.

Corrían malos tiempos para el Amor cuando decidí refugiarme en mi luna para observar el mundo desde una perspectiva distinta. Cansada de pasión embotellada, harta de que me racionaran la ilusión en pequeñas dosis, había intentado antes escapar de varias maneras más económicas. Huí a maravillosas ciudades repletas de palabras engarzadas en frases rítmicas, sonoras, cadentes... Fui feliz allí por cierto tiempo, pero la palabra “pan” no da de comer y me cansé del olor a libro que emanaba mi existencia. Me propuse entonces escalar las grandes montañas del placer, y me rodeé para ello de bellos cuerpos, ropa bonita, noches inmensas aliñadas con risas y polvo de estrellas. Resultó esta felicidad más efímera aún que la anterior y decidí abandonar mi empresa y emprender la búsqueda del Templo del Amor, sobre el que tanto había leído en mi primer viaje a las ciudades de las palabras. Creí encontrarlo al poco tiempo, tan parecido a las ilustraciones de los libros. Me deslumbraron sus altos techos y las grandes columnas de mármol, pero sus puertas eran tan minúsculas que tuve que agacharme tanto para entrar como para salir. Tardé largos días e interminables noches en cerciorarme de que los letreros luminosos me habían llevado al lugar equivocado (más tarde aprendería que el Amor raramente aparece buscándolo, [Sergi, me duele tanto como a ti]). Agotados ya los recursos terrenales me dirigí a la agencia de viajes más cercana a comprar mi pasaje a la luna.

-¿Para cuándo quiere la vuelta?

- Tan sólo de ida, por favor –contesté.

Hoy en día mis hojas de vida serían muchas más. Puedo decir que he AMADO (así, en mayúsculas, negrita, y si supiera, lo subrayaría), he sufrido, he volado y he caído, pero aún sigo en mi luna. De vez en cuando vuelvo a ver como va esto de aquí abajo, pero no me suele gustar y regreso cabizbaja, confiando en que en mi próxima visita encuentre un regazo en el que dormir...

 
Mil y un ojos
La voyeur de mi barrio no es una voyeur normal, de prismáticos y lujurias, de sonrisa esquiva y mirada libidinosa, no. La voyeur de mi barrio colecciona momentos en el bulevar y los apresa en cajitas numeradas, el uno para los besos castos y puros, el dos para las faldas que esconden piernas propias y manos ajenas a partes iguales, el tres para los abrazos reprimidos. Ilógicamente la secuencia de números de la voyeur de mi barrio pasa de ahí al siete, cifra que corona, orgullosa, un baúl que encierra nostalgias de otros, historias robadas. La voyeur de mi barrio sigilosamente corre las cortinas, deja pasar una rendija de luz a su salita y espera pacientemente el momento preciso para robar un segundo de sonrisa o una hora de pasión. Necrófila de minutos, la voyeur de mi barrio también apura sus ratos libres en el Retiro inmortalizando instantes. Una pareja se engaña, susurrándose al oído que nunca se separarán, aunque él sabe que partirá al día siguiente hacia otros nidos, y a ella la esperan unos ojos más azules en la esquina. Qué más da, si es el instante lo que busca la voyeur de mi barrio, y ahora se quieren, es cierto que se quieren, aunque pasadas unas cuantas horas ya no lo hagan. La voyeur de mi barrio se esconde tras su desfachatez para escuchar como Soledad le pregunta a las cartas cuando dejará de estar sola, cuando regresará el amor que se le fue, y la adivina le contesta que tenga fe, que ÉL regresará pronto. Mierda de tarot, piensa Soledad, que ÉL no era Él sino ELLA, y me dejó en la ilusión una huida. La voyeur de mi barrio hurga también en injustas miserias descubriendo que Juan y su maleta duermen a la intemperie soñando con piernas de mujer y seda, no de cualquier mujer, sino las de la suya, que hoy ya no lo es y descansa acompañada de un abogado de prestigio en un piso de Serrano. Antes sonreía más, piensa Juan, que también hace de voyeur ocasional. La voyeur de mi barrio compra cálidos besos congelados, rescata palabras derribadas por el viento, hunde las manos en el fondo del estanque buscando tiempo que perder. La voyeur de mi barrio luego viene aquí a escupir lo mirado. La voyeur de mi barrio se llama como yo.
 
Sombras de futuro...
Extranjero de camas, buscador de emociones, hoy te escribo a ti pero les hablo a tod@s. Esta soy yo. ¿Reconoces mi silueta? ¿Percibes en ella la necesidad de amar? ¿Oyes el lastimero quejido de mis caderas, huérfanas de tu aliento? Pasa. Entra y siéntate a mi lado, tómame de la mano y aguza el oído, que a veces no se me escucha entonar mi "Bienvenido" con suficiente nitidez, pues mi voz se va apagando por miedo a que seas tú quien no sepa distinguir quien soy, por pánico a acabar rebuscando en vano bajo sábanas extrañas un gemido que me devuelva la cordura, un espacio en el que olvidar que sólo soy la caricatura borrosa de lo que los demás quieren ver en mi. Y soy yo, te lo prometo, aunque en realidad más tarde no lo sea. ¿Ves mis ganas de apostar por la victoria? ¿Oyes las inventadas sonrisas que intentan enterrar mi dolor? ¿Te ves reflejado en mis carencias? Te diré, por si aún no te has dado cuenta, que ni tú ni yo seremos nunca capaces de escribir en papel cuadriculado. Escúchame atentamente: no nos aplastará el peso de lo que quisimos ser y no somos, no nos conformaremos con sexo apalabrado, nos sobran los amores de sofá. Seguramente tropecemos mil y una veces en el camino, pero los baches enseñan a saltar...

Y en cuanto a vosotros, licenciados en despedidas, coleccionistas de historias, miradme bien. Observad la sombra de lo que imaginais de mi. La que escribe estas líneas será vencedora o vencida... pero nunca dejará de luchar...
 
Palabra sobre palabra
Una servidora lee y escribe con un ansia que le sale de las entrañas y llega hasta la manos que sujetan esas páginas o que golpean este teclado cuando por dentro no se encuentra del todo a gusto consigo misma, como si quisiese vomitar toda la tristeza que le estorba en los pulmones para poder respirar mejor. Que si pudiese estar mirando SUS ojos iba a estar yo aquí escribiendo estas líneas. Que si pudiese estar riendo a carcajadas entre amigos y familiares iba a estar yo aquí, observando las letras que se contonean al compás de mis suspiros. Pero el mundo es eternamente cíclico, y hay momentos en los que miro hacia adentro y me gusta lo que veo, estoy limpia de amarguras y nada interrumpe el suave fluir de mi sangre, que me embarga de vida... Entonces, sí, también escribo y leo, pero de forma pausada y tranquila, sin hambre de historias, con mi mar en calma...

Las palabras siempre me han acompañado en mi camino, haya sido éste duro o amable. Cortázar y Rayuela me hicieron volar por las calles de París, Sandokán me mostró los paisajes de Borneo, parte de mí falleció junto a Romeo y Julieta en una esquina de Verona. Una noche que amanecí rendida Alejandro Casona me prohibió suicidarme en primavera, menos mal, porque una no se puede escapar de este mundo sin haber aprendido a morir en condiciones, como los árboles, que mueren de pie y orgullosos, con las ramas en alto y mirando al cielo. Peleé en la guerra civil, junto a Juan Eslava Galán y su Señorita, qué más da que mi bando resultara vencido, si nos cubríamos el rostro con mácaras de héroe y al final perdimos todos (bien es cierto que unos más que otros, pero ese es otro tema). El principito me susurró al oído la inutilidad de los atajos y me enseñó que mis rosas son únicas, sólo por el hecho de ser mías y haberles dedicado mi tiempo. Juan Salvador Gaviota me regaló sus dibujos en el aire, y de vez en cuando al volver a mi tierra y mirar hacia arriba recuerdo que una vez supe planear. Yo fui quien salvó Fantasía, junto con Bastián. Benedetti me recita versos por las noches desde que era una adolescente, unas veces para que me duerma y otras para que despierte de mi cómodo letargo. Umbral me hizo observar el sexo desde una perspectiva distinta (quién lo iba a decir) con su Bestia rosa. Saramago me dejó unos días a ciegas para que luego pudiese ver mejor. Ángel González me descubrió algún rincón propicio para el amor (mis parejas siempre te lo han agradecido, maestro). Lloré cuando Verónika decidió morir y cuando a Lorca, que no lo tenía planeado, le obligaron a hacerlo (pero eso ya forma parte de injusticias más reales). Miguel Hernández, a golpe de soneto, me mostró la fuerza del viento del pueblo. Whitman, Dylan Thomas y Oscar Wilde fueron mis profesores de inglés (qué pena que la memoria a veces me falle) y Paul Auster me alquiló un Palacio en la luna al que aún me gusta emigrar de vez en cuando...

Por eso, a estos, a tantos, tantos que se me olvidan, y a tantos, tantos que me esperan...

GRACIAS

 
Homenaje a los homenajes al amor...
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo, mojado todavía
de sombras y pereza, sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)

Hay ocasiones en las que al leer unos versos u observar unas imágenes tejidas en historia, una, por un momento, se vuelve letra o se convierte en fotograma, se sumerge en la profundidad de lo admirado, se siente espejo, forma parte de su creación... Julio, aquellos "Goyas" también me pertenecen... Ángel, cuando recitas "Me basta..." también me aplauden a mí...
 
Día de REYES
Buenos días. Levántate. Enjuaga tu alma, lava tu conciencia con agua fría a primera hora de la mañana, olvida el ayer. El metro está repleto de gente y vacío de personas. Todos leen. Todos duermen. Alguno vive y mira. Acaba de despertarte el olor a papel húmedo del periódico. Húmedo de lluvia, de sangre, de lágrimas, de olas desbastadoras. Forges imagina a Melchor leyendo cartas de chiquillos que piden paz y a Baltasar preguntándole dónde van a comprar tanta, si apenas queda. Espabílate. Olvida las cuentas corrientes, los seguros de vida, la letra pequeña del contrato. Inventa serenidad con tus manos y mis rodillas. Los carteles publicitarios hablan de la suerte de un Niño y yo hablo de la suerte de los demás, de aquellos que la han perdido en el fondo del océano, entre gritos de soldados, en aulas a las que oscuras manos les añaden jotas para convertirlas en celdas sombrías, en jaulas de barrotes tan rígidos como la indiferencia de los que nunca han dormido bajo el cielo raso, aquellos que a fin de mes descansan tranquilos en colchones de plumas. Reacciona. Salta los muros. Echa a correr antes de que la pasividad te agarre del cuello y te robe el aliento. Huye tan rápido como resistan tus zapatos y tu corazón, que aún pululan por las aceras genocidas laureados, Augustos que nunca han sufrido una semana en el horror de Sierra Leona. Buenos días. O eso dicen. Abre los ojos, aunque no despiertes, y entona cantos paganos por los cadáveres de Beslán, por los fallecidos en Atocha, por quien cada día muere y solloza en tu edificio. Sé, por un día, un muchacho iraquí. Conviértete, por un segundo, en desaparecido argentino. Métete en la piel de algún chiquillo desnutrido en África. Fabrica botas en Ceilán. Siente el pánico en China. Aspira pegamento en una esquina de la barriada. Yo hoy soy Melba y nicaragüense (ella lo entendería, si supiese leer estas palabras), ¿quién eres tú?...
 
¡Oh, capitán, mi capitán!
Recubro este texto con bolitas de algodón por si acaso con la emoción se me cayera al suelo y se quebrara el poema, no vaya a ser que alguien pasee por el salón descalzo y se le incruste un verso entre los dedos de los pies y se lo lleve al trabajo, así, sin saber que guarda palabras y secretos y lágrimas en su zapato. Lo deposito con cuidado entre los cojines de vuestros ojos, sabiendo que aquí está a salvo de asesinos de sueños, de corazones grises... Ojalá pudiese decir que es obra mía, pero no, llegó a mis manos por casualidad y fue escrito por el amigo de un amigo de un amigo de un amigo... O eso dicen.

Aquí empezamos.
Punto de partida.
Partida el alma,
la mar en calma
y por tu mar mi vida.


Aquí me tienes
para navegar,
reparando barcos,
secando esos charcos
que hay por faenar.

Mi niño, mi amor, mi sueño,
mis manos, mi esfuerzo y mi empeño
Mi as, mi vela y locura,
mi puerto, mi fe y mi aventura.

Aquí empezamos.
Muelle, ancla y bodega
vacía y ancha.
Y la corriente engancha
nuestra proa ciega.
Aquí me tienes,
y no nos falta el viento,
que necesito
en mi timón tu grito
y en la taberna un cuento.

Mi estrella, mi sol, mi guía
mi rosa, mi faro y bahía
Mis tablas que flotan a oscuras,
tus besos, mi mal y mi cura.

Aquí empezamos.
Y aquí nos tenemos.
Durmiendo en cubierta,
con la carta abierta
y sin ponernos freno.
 
Dibujando desnudeces, esta vez sin palabras
 
FELICIDADES RUNNER :)
Tengo la intención de que este texto sea un canto a a la alegría, un grito de ánimo que salga de lo más profundo de mi garganta y llegue a los lugares más recónditos de tu hogar. Que te lo encuentres bajo la cama, en la repisa del salón, encima de la nevera... Desgraciadamente no he hallado en mi viejo bolsillo roto palabras lo bastante luminosas para conseguirlo, así que he tenido que rebuscar en mi baúl de los recuerdos...

Para ti, Runner... Te devuelvo una ínfima parte de todo lo que día tras día nos ofreces...

Que seas, que seais, que seamos felices... Pincha aquí :P


La madrugada me sorprende ensayando distintas sonrisas de reencuentro, inventando palabras de amor nunca dichas, comiendo regaliz en la cama. Recorro caminos que no lo son, campo a través, sin que ninguna baldosa amarilla me dicte el recorrido exacto. Me pierdo, te busco, me encuentro encontrándote. Amanezco en tus ojos (o no). Más de lo mismo, sumo y sigo, me llevo dos, apuesto tres besos a la carta más alta. As de corazones, hoy estoy de suerte, salgamos a la calle a provocar a la rutina, a llenar las aceras de nosotros, a bailar con el más feo de la clase. Sonríe aunque llores por dentro, solloza cuando seas feliz. Saltémonos las leyes, durmamos en la cárcel, cambiemos en la plaza manzanas de caramelo por minutos de domingos. Cantemos fuerte y alto himnos de alegría, luchemos contra princesas y salvemos a dragones alados. Porque hoy estoy de suerte, juguémonos a piedra, papel, tijera quién besa primero. Un, dos, tres. He ganado. Te lo he advertido, hoy estoy de suerte. Reguemos las margaritas con almíbar, que se han portado bien y se merecen un postre. Al fin le haré caso a las partes de mi cuerpo, que siempre me piden hacer algo diferente, y soñaré con las manos, amaré con los pies, silbará mi nariz. Porque hoy todo ha cambiado y el azar me mira de frente y me guiña un ojo de complicidad, anunciándome que todo saldrá bien...