Como si...
Ando últimamente despistada, amor, no sé qué me pasa, como si no tuviese a quien agarrarme, me quejo demasiado, de lo que me gustaría hacer y no hago, de lo que podría haber sido, voy a trabajar con el rumor de mi último sueño enredado en el cabello, salto al otro lado recogiéndome la pereza para no tropezar en las escaleras mecánicas del metro. Línea 6. Circular. Cuando llegué imaginaba los vagones llenos de ilusiones, de ojos que besaban y de bocas que veían, y ahora... ahora sólo ando un poco despistada, amor, no te preocupes. Soy feliz. No tan feliz como antes, o como mañana, pero estoy bien, tengo un plato en la mesa y cuando vuelvo a casa me esperan tres sonrisas diarias, no se puede pedir más (y sin embargo), será el otoño, es lo que se debe hacer en septiembre, ¿no?, yo nostalgio, él nostalgia, y, ay, cómo me revienta que ella nostalgie, en otoño se le deben robar versos a Benedetti y besos a cualquiera, y me acuerdo de cuando asábamos castañas y
agotábamos corduras, te lo había advertido, me quejo demasiado, y hoy han muerto cinco personas porque alguien intentó contener la esperanza con una alambrada, y yo aquí, llorando por ellos y por mí, como si el dolor que siento en las manos cuando llueve y nadie me acaricia el pelo se pudiese equiparar con la desazón de quien está dispuesto a arriesgar su vida a una sola carta, y morir en el intento, amor, me siento mal por sentirme mal, en un dolor que se muerde la cola, como la línea 6, circular, y esto no es literatura, esto no es llegar y enlazar palabras, esto es llegar y desnudarse aquí y que veais mis estrías y que mi pecho no es perfecto, y qué bien que no sabes quien soy, y qué miedo el querer gritar y no conseguirlo, abrázame, así, en la distancia, como si comprendieras lo que escribo (como si yo me supiese explicar).
agotábamos corduras, te lo había advertido, me quejo demasiado, y hoy han muerto cinco personas porque alguien intentó contener la esperanza con una alambrada, y yo aquí, llorando por ellos y por mí, como si el dolor que siento en las manos cuando llueve y nadie me acaricia el pelo se pudiese equiparar con la desazón de quien está dispuesto a arriesgar su vida a una sola carta, y morir en el intento, amor, me siento mal por sentirme mal, en un dolor que se muerde la cola, como la línea 6, circular, y esto no es literatura, esto no es llegar y enlazar palabras, esto es llegar y desnudarse aquí y que veais mis estrías y que mi pecho no es perfecto, y qué bien que no sabes quien soy, y qué miedo el querer gritar y no conseguirlo, abrázame, así, en la distancia, como si comprendieras lo que escribo (como si yo me supiese explicar).E.
No he hablado nunca con E. Sin embargo él se ha pasado por aquí, a hurtadillas, alguna vez. O eso me han dicho. No he hablado nunca con E. Pero sé que es una buena persona. Además, me ha dado permiso para enseñaros su trabajo . Además, apoya la cultura. Además, ha realizado este vídeo de Antonio de Pinto. Además, lo ha hecho maravillosamente bien.
Para ver el vídeo, pinchad en este enlace--> ESPANTANDO PALOMAS
Si no teneis una buena conexión hay que tener un poco de paciencia. Si la teneis, también. Pero merece la pena. Espero que disfruteis. La canción es maravillosa.
* Añadido: Parece que hay problemillas para ver el vídeo. Yo lo he abierto sin problemas con Quicktime, por si os sirve de algo.
Para ver el vídeo, pinchad en este enlace--> ESPANTANDO PALOMAS

Si no teneis una buena conexión hay que tener un poco de paciencia. Si la teneis, también. Pero merece la pena. Espero que disfruteis. La canción es maravillosa.
* Añadido: Parece que hay problemillas para ver el vídeo. Yo lo he abierto sin problemas con Quicktime, por si os sirve de algo.
El beso
El hombre que cumple años observa el regalo de 180 x 120 centímetros que reposa sobre la mesa de su sala de estar, levanta los ojos y mira emocionado a su mujer, que a su vez fija la vista en él, sonriente, orgullosa y convencida de haber acertado en la adquisición incluso antes de que su marido rasgue el papel de colores que cubre el objeto en cuestión. 
El hombre que cumple años pasea su vista desde la cinta de colores que corona lo que con toda seguridad es un cuadro hasta la camisa de su esposa, no sabiendo qué retirar primero, el papel o la blusa, de qué envoltorio desprenderse antes. Hace tiempo que nada entre ellos es como al principio, cuando cualquier lugar era propicio para susurrarse palabras de amor al oído e introducir las manos entre las ropas, cuando uno se adelantaba a los pensamientos del otro y casi no era necesario articular palabras, con mirarse a los ojos era suficiente para saber, comprender y actuar en consecuencia. Hace años que esto no sucede. Un ejemplo de ello, piensa el hombre que cumple años, es que hace casi una década que su mujer no acierta con sus regalos. Lo que antes era una fiesta, una comunión de vidas cubierta de complicidad se ha convertido en un molesto rompecabezas. Son un jeroglífico el uno para el otro. Pero esta vez él ha decidido que sea distinto. El hombre que cumple años se ha fijado un objetivo: recuperar esa conexión que hacía que su esposa adivinara lo que pensaba casi incluso antes de que él lo pensara. Para ello ha creído necesario comenzar por algo sencillo, entiende que es un proceso complejo que requiere un ritmo pausado, aunque creciente. Durante las semanas anteriores a su aniversario el hombre que cumple años ha ido dejando a su mujer pistas inequívocas que la conducirán a obsequiarle con aquello que más ansía en estos momentos: un cuadro de un conocido pintor impresionista francés que representa una pareja de amantes besándose. Ha encontrado la imagen increíblemente romántica para tomar como símbolo de esta nueva etapa juntos. Será perfecto, piensa el hombre que cumple años, y, a partir de este primer paso, todo será más fácil. Sonriendo, se acerca a la mesa preparado para desnudar el lienzo, seguro de conocer lo que va a encontrar.
El hombre que cumple años desenvuelve su regalo, mira el cuadro con rabia, mira a su mujer con más rabia aún y mientras aprieta los dientes vuelve a observar el presente, una tela pintada de blanco, enmarcada en mármol blanco. No ha entendido nada, piensa, ¿qué es esto? Ella y sus manías modernistas, ella y su imperiante egoísmo, ¡Dios, cómo la odio! ¿cómo he podido pensar que podría recuperar la ilusión a su lado? Está claro que nos hemos perdido, somos dos completos desconocidos.
La mujer del hombre que cumple años pasa una mano por el lienzo y comienza a hablar…
Un cuadro blanco sobre una pared blanca provoca un efecto luminoso y flexible que hace que veamos lo que queramos ver según nuestro indicador de ánimo. En días especialmente turbios se ve el vacío más absoluto, no hay nada, si fijamos bien la vista podríamos verlo incluso oscuro, sombrío, ¿qué oculta? ¿qué quiere?, se ríe, impoluto, recordándonos nuestras manchas y miserias, ¿qué dice? nos mira desde lo alto anunciándonos nuestra derrota. En días especialmente nostálgicos podríamos creer atisbar indicios de amores pasados: mira, esa sombra lleva su sonrisa, cómo me recuerda a su rostro la apenas perceptible línea de luz que llega desde la ventana hasta la esquina izquierda del lienzo, en conjunto representa su manera de decir nada con todo, su silencio a gritos y sus conversaciones calladas. En días especialmente dulces se dejan entrever los pliegues de unas sábanas, el tierno rayo de sol que anuncia el despertar del día y hasta puedo vislumbrar como te acurrucas en mi regazo, sí, ¿cómo que no eres capaz de verlo? Si está tan claro que golpea el rostro con fuerza ¿no lo ves?, ¿no lo sientes? Alza tu mano y pásala suavemente por la superficie blanca del óleo, a ver si palpando te das cuenta de que casi todo es moldeable y cambiante, de que lo que hoy es un paisaje nevado mañana es un vaso de desayuno, pasado un vestido de novia, al siguiente un lirio cortado. Y una mañana te despiertas y te das cuenta de que nunca será homogéneo del todo, y descubres matices en el fondo y le das nombre, en el centro aparece un blanco sueño, de esos que aclaran las madrugadas y humedecen de alegría los ojos, y más a la derecha y hacia arriba se percibe un blanco magia, colmado de palabras susurradas dibujadas a carboncillo (carboncillo blanco, eso sí, que aunque no exista, se inventa). También hay blancos oscuros, blanco miedo, blanco dudas, que le dan a cierta hora del día un aspecto sombrío y estremecedor, el de hospital recién pintado, el de cama abandonada. Y en días especialmente normales, tan sólo soy capaz de ver algo sin completar. Algo para llenar de color. A tu lado.
El hombre que cumple años se acerca a su mujer y la besa con la pasión de la primera vez, sin darse cuenta de que la tenue luz del día que entra a través de la ventana dibuja la silueta de ambos en la tela blanca de la misma forma en que se encuentran los dos amantes del cuadro de un conocido pintor impresionista francés.

El hombre que cumple años pasea su vista desde la cinta de colores que corona lo que con toda seguridad es un cuadro hasta la camisa de su esposa, no sabiendo qué retirar primero, el papel o la blusa, de qué envoltorio desprenderse antes. Hace tiempo que nada entre ellos es como al principio, cuando cualquier lugar era propicio para susurrarse palabras de amor al oído e introducir las manos entre las ropas, cuando uno se adelantaba a los pensamientos del otro y casi no era necesario articular palabras, con mirarse a los ojos era suficiente para saber, comprender y actuar en consecuencia. Hace años que esto no sucede. Un ejemplo de ello, piensa el hombre que cumple años, es que hace casi una década que su mujer no acierta con sus regalos. Lo que antes era una fiesta, una comunión de vidas cubierta de complicidad se ha convertido en un molesto rompecabezas. Son un jeroglífico el uno para el otro. Pero esta vez él ha decidido que sea distinto. El hombre que cumple años se ha fijado un objetivo: recuperar esa conexión que hacía que su esposa adivinara lo que pensaba casi incluso antes de que él lo pensara. Para ello ha creído necesario comenzar por algo sencillo, entiende que es un proceso complejo que requiere un ritmo pausado, aunque creciente. Durante las semanas anteriores a su aniversario el hombre que cumple años ha ido dejando a su mujer pistas inequívocas que la conducirán a obsequiarle con aquello que más ansía en estos momentos: un cuadro de un conocido pintor impresionista francés que representa una pareja de amantes besándose. Ha encontrado la imagen increíblemente romántica para tomar como símbolo de esta nueva etapa juntos. Será perfecto, piensa el hombre que cumple años, y, a partir de este primer paso, todo será más fácil. Sonriendo, se acerca a la mesa preparado para desnudar el lienzo, seguro de conocer lo que va a encontrar.
El hombre que cumple años desenvuelve su regalo, mira el cuadro con rabia, mira a su mujer con más rabia aún y mientras aprieta los dientes vuelve a observar el presente, una tela pintada de blanco, enmarcada en mármol blanco. No ha entendido nada, piensa, ¿qué es esto? Ella y sus manías modernistas, ella y su imperiante egoísmo, ¡Dios, cómo la odio! ¿cómo he podido pensar que podría recuperar la ilusión a su lado? Está claro que nos hemos perdido, somos dos completos desconocidos.
La mujer del hombre que cumple años pasa una mano por el lienzo y comienza a hablar…
Un cuadro blanco sobre una pared blanca provoca un efecto luminoso y flexible que hace que veamos lo que queramos ver según nuestro indicador de ánimo. En días especialmente turbios se ve el vacío más absoluto, no hay nada, si fijamos bien la vista podríamos verlo incluso oscuro, sombrío, ¿qué oculta? ¿qué quiere?, se ríe, impoluto, recordándonos nuestras manchas y miserias, ¿qué dice? nos mira desde lo alto anunciándonos nuestra derrota. En días especialmente nostálgicos podríamos creer atisbar indicios de amores pasados: mira, esa sombra lleva su sonrisa, cómo me recuerda a su rostro la apenas perceptible línea de luz que llega desde la ventana hasta la esquina izquierda del lienzo, en conjunto representa su manera de decir nada con todo, su silencio a gritos y sus conversaciones calladas. En días especialmente dulces se dejan entrever los pliegues de unas sábanas, el tierno rayo de sol que anuncia el despertar del día y hasta puedo vislumbrar como te acurrucas en mi regazo, sí, ¿cómo que no eres capaz de verlo? Si está tan claro que golpea el rostro con fuerza ¿no lo ves?, ¿no lo sientes? Alza tu mano y pásala suavemente por la superficie blanca del óleo, a ver si palpando te das cuenta de que casi todo es moldeable y cambiante, de que lo que hoy es un paisaje nevado mañana es un vaso de desayuno, pasado un vestido de novia, al siguiente un lirio cortado. Y una mañana te despiertas y te das cuenta de que nunca será homogéneo del todo, y descubres matices en el fondo y le das nombre, en el centro aparece un blanco sueño, de esos que aclaran las madrugadas y humedecen de alegría los ojos, y más a la derecha y hacia arriba se percibe un blanco magia, colmado de palabras susurradas dibujadas a carboncillo (carboncillo blanco, eso sí, que aunque no exista, se inventa). También hay blancos oscuros, blanco miedo, blanco dudas, que le dan a cierta hora del día un aspecto sombrío y estremecedor, el de hospital recién pintado, el de cama abandonada. Y en días especialmente normales, tan sólo soy capaz de ver algo sin completar. Algo para llenar de color. A tu lado.
El hombre que cumple años se acerca a su mujer y la besa con la pasión de la primera vez, sin darse cuenta de que la tenue luz del día que entra a través de la ventana dibuja la silueta de ambos en la tela blanca de la misma forma en que se encuentran los dos amantes del cuadro de un conocido pintor impresionista francés.
Autobuses
¿No crees? , me he preguntado el hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús. Y yo no le he dicho nada porque opino que cuando alguien pide un consejo en realidad está reclamando un silencio, como quien arroja una piedra desde un precipicio y aguza el oído, aún sin esperar advertir sonido alguno. Una pared contra la que estrellar platos sucios.
El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús hace un momento estrellaba contra mi pared que se ha enamorado de la que cree que es la mujer equivocada. Y que se acuesta con ella los segundos martes de cada mes, al caer el sol, desde hace dos años. Eso me ha contado. También que nunca le ha comido el coño un sábado por la noche al volver del cine o un domingo por la mañana, cubiertos de sábanas y pereza. Ni siquiera un lunes gris de sofá y duermevela, o un jueves antes de almorzar. Sólo los segundos martes de cada mes, al caer el sol, desde hace dos años, con la inercia de quien acude a cubrirse las canas una vez cada quince días o paga mensualmente el alquiler y ya no hace planes ni concreta otras citas para la fecha en la que sabe que debe ir a la peluquería o a hacer cola en el banco. Eso me ha contado. Que la presunta mujer equivocada folla con él como quien paga facturas o se tiñe el pelo. Y que esa es la razón por la que sospecha que es la mujer equivocada.
Parece ser que el hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús los segundos martes de cada mes, al caer el sol, es el amante de la presunta mujer equivocada, pero el resto del tiempo se transforma en el Director General del Departamento de Ventas de una conocida empresa de transportes. Me lo ha contado él mismo. Eso y que acude a su trabajo un poco como la presunta mujer equivocada acude a follar con él, como quien paga facturas o se tiñe el pelo, por lo que también empieza a sospechar que su trabajo es el equivocado. ¿No crees?, me ha preguntado. Y yo no le he dicho nada, porque opino que cuando alguien pide un consejo en realidad está reclamando un silencio, como quien arroja una piedra desde un precipicio y aguza el oído, aún sin esperar advertir sonido alguno. Una pared contra la que estrellar platos sucios.
El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús ha seguido rompiendo su vajilla en mi pared, hablándome de manos propias y besos ajenos, de que de niño soñaba con ser astronauta y ahora sólo es Director de ventas, arrojando desde su precipicio piedras en forma de ¿No crees? que no devuelven sonido alguno. Y yo he permanecido callada, observando como entre pausas y suspiros sus platos se estrellaban contra mi silencio, recubriendo de pedacitos de barro cocido y barnizado el suelo del autobús... (no creo que continúe)
El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús hace un momento estrellaba contra mi pared que se ha enamorado de la que cree que es la mujer equivocada. Y que se acuesta con ella los segundos martes de cada mes, al caer el sol, desde hace dos años. Eso me ha contado. También que nunca le ha comido el coño un sábado por la noche al volver del cine o un domingo por la mañana, cubiertos de sábanas y pereza. Ni siquiera un lunes gris de sofá y duermevela, o un jueves antes de almorzar. Sólo los segundos martes de cada mes, al caer el sol, desde hace dos años, con la inercia de quien acude a cubrirse las canas una vez cada quince días o paga mensualmente el alquiler y ya no hace planes ni concreta otras citas para la fecha en la que sabe que debe ir a la peluquería o a hacer cola en el banco. Eso me ha contado. Que la presunta mujer equivocada folla con él como quien paga facturas o se tiñe el pelo. Y que esa es la razón por la que sospecha que es la mujer equivocada.
Parece ser que el hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús los segundos martes de cada mes, al caer el sol, es el amante de la presunta mujer equivocada, pero el resto del tiempo se transforma en el Director General del Departamento de Ventas de una conocida empresa de transportes. Me lo ha contado él mismo. Eso y que acude a su trabajo un poco como la presunta mujer equivocada acude a follar con él, como quien paga facturas o se tiñe el pelo, por lo que también empieza a sospechar que su trabajo es el equivocado. ¿No crees?, me ha preguntado. Y yo no le he dicho nada, porque opino que cuando alguien pide un consejo en realidad está reclamando un silencio, como quien arroja una piedra desde un precipicio y aguza el oído, aún sin esperar advertir sonido alguno. Una pared contra la que estrellar platos sucios. El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús ha seguido rompiendo su vajilla en mi pared, hablándome de manos propias y besos ajenos, de que de niño soñaba con ser astronauta y ahora sólo es Director de ventas, arrojando desde su precipicio piedras en forma de ¿No crees? que no devuelven sonido alguno. Y yo he permanecido callada, observando como entre pausas y suspiros sus platos se estrellaban contra mi silencio, recubriendo de pedacitos de barro cocido y barnizado el suelo del autobús... (no creo que continúe)
Aniversarios
La distancia es de color marrón y la autopista recita algún poema de Machado mientras se proyectan películas antiguas. Periódicos de guerra, música de otros tiempos. Campos de castilla. Y mientras Isabel en el asiento de al lado, soñando mundos mejores, olvidando el olvido, tiritando de felicidad. O de miedo. O de rocío. La recuerdo tan bien, que mi mano atusa su pelo. Nunca he sabido muy bien qué decir.
Escrito por S.
15 de septiembre 2004
Parece mentira y es verdad, ya veis, un año, con sus 365 días, cuatro estaciones que en Madrid se reducen a dos, frío y calor, invierno y verano, jerseys y bikinis. Un año que parece (¡que es!) un mundo. Un año de salir mucho y dormir poco, y Plaza Mayor, y hojas que caen, y nervios en la boca del estómago, y ahora me acuerdo de él, ay, déjame volver a pensar en el Retiro, en los bares en los que una guitarra me susurra dulcemente que hoy es siempre todavía, en la llegada a la Estación Sur, en el viaje con S., (te robo una frase y exclamo que la distancia antes era de color marrón y ahora se ha convertido en una estación de metro, vuelve pronto, vuelve, vuelve), en una habitación a medias, y después un tercio, y después entera, en noches de buen vino y mejor compañía, en Lucía, ella que es toda luz no se podía llamar de otra forma, en una noche paseando por el bulevar, en Fredo y su nota en la nevera, sus gemidos tiernos, su mano retirándome el pelo de la cara, en besos de buenas noches, abro mi bolsillo con cariño y encuentro a Xuacu en La Riviera y
después volviendo a casa por calles angostas, con palabras angostas, con caricias angostas, ya veis, y yo fingiendo frío en las manos, frío en el pecho, resguárdame de la lluvia, cuando lo que en realidad lo que me gusta es sentir caer el agua por mis sienes, como aquel día con Cris de tormenta, café y señaldá, ¿te acuerdas, verdad, chiquitina?, la cuenta rápido, que comienza a tronar y no quiero perdérmelo, ay, y vuelvo a acordarme de él, porque si veinte años no son nada, uno lo es menos, menos mal que allí estaba Silvia y su vitalidad sin fondo, corriendo por la Latina, armándome de valor, y después la libertad, el Libertad, (ocho), y las nueve veces que Carlos me esperó en el estanque, un día me dio por bajar y decirle bajito aquello que decía Oliveira, que andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado pare escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico, no sé si me comprendió, o si me expliqué bien, alguna de las dos premisas debió fallar porque hoy lee estas líneas desde la distancia, ya veis, las personas anidan en mi tejado y después se van, como las golondrinas de Bécquer, y unas vuelven y otras no, ya veis, ya veis, qué quereis que os diga, ha sido un buen año, así, a grosso modo, con sus amarguras también, claro, que no hay rosa sin espinas, o eso dicen, y ya hace doce meses del comienzo, y vuelvo a disfrutar de la compañía de S., y sus manos frías, y sus tobillos frágiles, y sus ganas de correr, y sus llamadas perdidas a A. (cómo me gusta verte enamorada, y feliz, y resplandeciente y sonriendo y emocionada, y besarte el pelo que me trae aromas a helechos y rocío), y Cris (que es ternura y ternura y ternura y más ternura) esperando que alguien le diga que le quiere borrar los lunares con los labios, hay cosas que no cambian, pequeña, y yo sigo empapándome de corazones ajenos, buscando palabras que me inyecten la vida necesaria para vivir hoy, enviando Árboles que mueren de pie de viaje a otros mundos, buscando puntos de apoyo en cada esquina de España, cometiendo locuras por algo que ni siquiera era amor, que la cobardía sólo me ha besado una vez y no me agradó su sabor, ya veis, un año que parece mentira y es verdad, así, como de novela de aventuras, salvando Fantasía, luchando contra molinos que en realidad eran gigantes, y yo sin darme cuenta, recitando poemas y bebiendo cervezas con desconocidos, y él, que quería enseñarme a contar y yo sólo aprendí a sentir, intentémoslo de nuevo este año, a ver si pongo en orden mis ideas, que sé que hay gente que me lee detrás de la puerta y no asoman ni el hocico, no como Glup, que se me ha colado por la ventana, ahora cerrada a cal y canto, que no quiero dejarlo salir porque me abastece de suspiros (literarios), ya veis, qué año, cuántas cosas me dejo, cómo lo hemos celebrado, a lo grande, con música y guirnaldas, y salud y república, y mi falda barriendo un escenario tapizado de azul, y el presupuesto para libros, que no nos llegaba (que nunca llega), y risas, y besos, y deprisa, que es tarde y nosotras tampoco llegamos, y Café Gijón con granizado a medias y vértigo en el puente y vértigo con Ismael, ya veis, y Héctor que llega y se queda, avisando, trasladándome abril al ala oeste, qué bien, y cajas de recuerdos, unas que tiro y otras que pierdo, empecemos de cero este año, quedaos conmigo, no os vayais, anidad en mi tejado, y os quiero, ya veis.
Escrito por S.
15 de septiembre 2004
Parece mentira y es verdad, ya veis, un año, con sus 365 días, cuatro estaciones que en Madrid se reducen a dos, frío y calor, invierno y verano, jerseys y bikinis. Un año que parece (¡que es!) un mundo. Un año de salir mucho y dormir poco, y Plaza Mayor, y hojas que caen, y nervios en la boca del estómago, y ahora me acuerdo de él, ay, déjame volver a pensar en el Retiro, en los bares en los que una guitarra me susurra dulcemente que hoy es siempre todavía, en la llegada a la Estación Sur, en el viaje con S., (te robo una frase y exclamo que la distancia antes era de color marrón y ahora se ha convertido en una estación de metro, vuelve pronto, vuelve, vuelve), en una habitación a medias, y después un tercio, y después entera, en noches de buen vino y mejor compañía, en Lucía, ella que es toda luz no se podía llamar de otra forma, en una noche paseando por el bulevar, en Fredo y su nota en la nevera, sus gemidos tiernos, su mano retirándome el pelo de la cara, en besos de buenas noches, abro mi bolsillo con cariño y encuentro a Xuacu en La Riviera y
después volviendo a casa por calles angostas, con palabras angostas, con caricias angostas, ya veis, y yo fingiendo frío en las manos, frío en el pecho, resguárdame de la lluvia, cuando lo que en realidad lo que me gusta es sentir caer el agua por mis sienes, como aquel día con Cris de tormenta, café y señaldá, ¿te acuerdas, verdad, chiquitina?, la cuenta rápido, que comienza a tronar y no quiero perdérmelo, ay, y vuelvo a acordarme de él, porque si veinte años no son nada, uno lo es menos, menos mal que allí estaba Silvia y su vitalidad sin fondo, corriendo por la Latina, armándome de valor, y después la libertad, el Libertad, (ocho), y las nueve veces que Carlos me esperó en el estanque, un día me dio por bajar y decirle bajito aquello que decía Oliveira, que andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado pare escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico, no sé si me comprendió, o si me expliqué bien, alguna de las dos premisas debió fallar porque hoy lee estas líneas desde la distancia, ya veis, las personas anidan en mi tejado y después se van, como las golondrinas de Bécquer, y unas vuelven y otras no, ya veis, ya veis, qué quereis que os diga, ha sido un buen año, así, a grosso modo, con sus amarguras también, claro, que no hay rosa sin espinas, o eso dicen, y ya hace doce meses del comienzo, y vuelvo a disfrutar de la compañía de S., y sus manos frías, y sus tobillos frágiles, y sus ganas de correr, y sus llamadas perdidas a A. (cómo me gusta verte enamorada, y feliz, y resplandeciente y sonriendo y emocionada, y besarte el pelo que me trae aromas a helechos y rocío), y Cris (que es ternura y ternura y ternura y más ternura) esperando que alguien le diga que le quiere borrar los lunares con los labios, hay cosas que no cambian, pequeña, y yo sigo empapándome de corazones ajenos, buscando palabras que me inyecten la vida necesaria para vivir hoy, enviando Árboles que mueren de pie de viaje a otros mundos, buscando puntos de apoyo en cada esquina de España, cometiendo locuras por algo que ni siquiera era amor, que la cobardía sólo me ha besado una vez y no me agradó su sabor, ya veis, un año que parece mentira y es verdad, así, como de novela de aventuras, salvando Fantasía, luchando contra molinos que en realidad eran gigantes, y yo sin darme cuenta, recitando poemas y bebiendo cervezas con desconocidos, y él, que quería enseñarme a contar y yo sólo aprendí a sentir, intentémoslo de nuevo este año, a ver si pongo en orden mis ideas, que sé que hay gente que me lee detrás de la puerta y no asoman ni el hocico, no como Glup, que se me ha colado por la ventana, ahora cerrada a cal y canto, que no quiero dejarlo salir porque me abastece de suspiros (literarios), ya veis, qué año, cuántas cosas me dejo, cómo lo hemos celebrado, a lo grande, con música y guirnaldas, y salud y república, y mi falda barriendo un escenario tapizado de azul, y el presupuesto para libros, que no nos llegaba (que nunca llega), y risas, y besos, y deprisa, que es tarde y nosotras tampoco llegamos, y Café Gijón con granizado a medias y vértigo en el puente y vértigo con Ismael, ya veis, y Héctor que llega y se queda, avisando, trasladándome abril al ala oeste, qué bien, y cajas de recuerdos, unas que tiro y otras que pierdo, empecemos de cero este año, quedaos conmigo, no os vayais, anidad en mi tejado, y os quiero, ya veis.Nada a los abrazos (continuación de Abrazos a la Nada)
La mujer a la que amo rara vez me dice que me quiere, a no ser que yo se lo pregunte. Solemos pasear largo rato por callejuelas estrechas, mirando los balcones de las casas, hasta que va anocheciendo y comienzan a encenderse las farolas. Entonces, después de un largo día en la que yo le repito varias veces que aún la amo, me lanzo y se lo pregunto: Oye, ¿tú me quieres? Y ella me mira con una expresión a caballo entre extrañada y furiosa y contesta con evasivas: Si no lo hicera no estaría aquí ¿no? Y prosigue su silencio, ladeando la cabeza erguida, observando el mundo que la rodea como si yo no estuviese presente.
La verdad, no sé porqué amo a la mujer a la que amo. Si no es por sus palabras debe ser por sus silencios, que lo dicen todo sin decir nada, que arrastran la verdad por el fango, que se balancean en columpios abandonados. Hace tiempo que, carente de palabras, por las noches me abrazo a lo que calla, que me llega más al alma que lo que dice, y voy apuntando sus espacios en blanco en mi cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas de cuero. Tomo nota de ellos cuidadosamente, los dato, calculo su tiempo, su densidad, cada uno es distinto. También (pero esto es aproximado) comento lo que creo que dicen y lo que me gustaría que dijeran, y por las noches los acaricio, les doy forma, me refugio en su regazo, me aferro a sus no letras porque son lo único que me queda de ella.
El otro día se lo confesé. Me puse una rosa en la solapa, saqué la vajilla buena y le freí unas croquetas, saqué el coraje y vino del malo (que es el mejor) y me puse a escribir en mi cuaderno. ¿Qué haces? me preguntó. Recojo tus silencios, le contesté. Lo solté así, a bocajarro, sin preaviso.Y sonrió, callada y pensativa mientras yo apuntaba y apuraba su sonrisa, aquello que no me decía y yo imaginaba, sus te quieros en el aire, sus pensamientos de niña confusa.
La mujer a la que amo cree que el anotar lo que calla es un acto puramente simbólico, como cuando ella de repente lanza contra el aire que quiera capturar el aroma de la rosa de mi solapa en un frasco para llevárselo a su padre. Sin creérselo del todo . No comprende que sus silencios son palpables, que me balancean por las noches, que hacen que amanezca de nuevo, no entiende que recuperan la voz cuando ella no está. Apunto lo que no dices para tener algo a lo que abrazarme esta noche, le digo. Y ella calla y yo apunto, esta vez me es difícil pensar en que me gustaría qué significara el silencio.
Y entonces me lanzo de nuevo. Guardo el vino y saco el coraje. ¿Tú me quieres?, le pregunto. Y ni siquiera se molesta en agasajarme con evasivas, comienza a hablar desbocadamente, como si le pusiese nerviosa mi presencia, qué haces aquí aún, parece decir con el torrente de palabras, y me habla de que ha empezado a trabajar, de las lágrimas de su padre, del rumor de su tierra cuando está lejos, de que llega el otoño y comienzan a caer las hojas, de que se ha comprado una camiseta blanca con lunares verdes, de que Lucía se va de vacaciones y la echará de menos. A mi nunca me dice que me echa de menos. Pero casi no me da tiempo a pensarlo, porque habla de forma compulsiva, como si se quisiese guardar sus silencios, ahora que le he confesado mi secreto, como si sufriera sabiendo que son lo único que me queda de ella. Cristina casi ha acabado sus exámenes y vamos a salir a
emborracharnos un día de estos, me dice, y yo sé que en el "vamos" yo no quepo, y tampoco quisiera, con lo que no dice me valía y ahora me lo quiere arrebatar contándome que ya no vuelan vencejos en el bosque de Haiduc, que Glup le besó los párpados la otra noche, que tiene ganas de teatro y vértigo de Ismael. Me atraviesa el pecho mientras me confiesa que a veces se acuerda de otromas con nostalgia y de Carlos con cariño, que Xuacu la deja sola en la oscuridad de Madrid (ella, que nunca he estado sola en su vida) y que tiene tres llamadas perdidas de un número desconocido, quién será, se pregunta, y yo me pregunto por qué la amo mientras habla sin parar, no sé que voy a cenar esta noche, me dice, por no permanecer callada, Él me ha enviado un mensaje en el que me invita a un café o a una siesta. Y ríe sin saber muy bien por qué no llora, entremezclando risas con palabras sin sentido, mi chico de septiembre no llamará hasta el otoño que viene, mientras yo pienso en qué mes me tocará a mi, cuando la volveré a ver, y como si me escuchara oigo como dice que este miércoles no podremos quedar, porque tiene hora para Princesas...
Y qué más da, si ya me ha robado sus silencios, que eran lo único que me reconfortaba en ella.
La verdad, no sé porqué amo a la mujer a la que amo. Si no es por sus palabras debe ser por sus silencios, que lo dicen todo sin decir nada, que arrastran la verdad por el fango, que se balancean en columpios abandonados. Hace tiempo que, carente de palabras, por las noches me abrazo a lo que calla, que me llega más al alma que lo que dice, y voy apuntando sus espacios en blanco en mi cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas de cuero. Tomo nota de ellos cuidadosamente, los dato, calculo su tiempo, su densidad, cada uno es distinto. También (pero esto es aproximado) comento lo que creo que dicen y lo que me gustaría que dijeran, y por las noches los acaricio, les doy forma, me refugio en su regazo, me aferro a sus no letras porque son lo único que me queda de ella.
El otro día se lo confesé. Me puse una rosa en la solapa, saqué la vajilla buena y le freí unas croquetas, saqué el coraje y vino del malo (que es el mejor) y me puse a escribir en mi cuaderno. ¿Qué haces? me preguntó. Recojo tus silencios, le contesté. Lo solté así, a bocajarro, sin preaviso.Y sonrió, callada y pensativa mientras yo apuntaba y apuraba su sonrisa, aquello que no me decía y yo imaginaba, sus te quieros en el aire, sus pensamientos de niña confusa.
La mujer a la que amo cree que el anotar lo que calla es un acto puramente simbólico, como cuando ella de repente lanza contra el aire que quiera capturar el aroma de la rosa de mi solapa en un frasco para llevárselo a su padre. Sin creérselo del todo . No comprende que sus silencios son palpables, que me balancean por las noches, que hacen que amanezca de nuevo, no entiende que recuperan la voz cuando ella no está. Apunto lo que no dices para tener algo a lo que abrazarme esta noche, le digo. Y ella calla y yo apunto, esta vez me es difícil pensar en que me gustaría qué significara el silencio.
Y entonces me lanzo de nuevo. Guardo el vino y saco el coraje. ¿Tú me quieres?, le pregunto. Y ni siquiera se molesta en agasajarme con evasivas, comienza a hablar desbocadamente, como si le pusiese nerviosa mi presencia, qué haces aquí aún, parece decir con el torrente de palabras, y me habla de que ha empezado a trabajar, de las lágrimas de su padre, del rumor de su tierra cuando está lejos, de que llega el otoño y comienzan a caer las hojas, de que se ha comprado una camiseta blanca con lunares verdes, de que Lucía se va de vacaciones y la echará de menos. A mi nunca me dice que me echa de menos. Pero casi no me da tiempo a pensarlo, porque habla de forma compulsiva, como si se quisiese guardar sus silencios, ahora que le he confesado mi secreto, como si sufriera sabiendo que son lo único que me queda de ella. Cristina casi ha acabado sus exámenes y vamos a salir a
emborracharnos un día de estos, me dice, y yo sé que en el "vamos" yo no quepo, y tampoco quisiera, con lo que no dice me valía y ahora me lo quiere arrebatar contándome que ya no vuelan vencejos en el bosque de Haiduc, que Glup le besó los párpados la otra noche, que tiene ganas de teatro y vértigo de Ismael. Me atraviesa el pecho mientras me confiesa que a veces se acuerda de otromas con nostalgia y de Carlos con cariño, que Xuacu la deja sola en la oscuridad de Madrid (ella, que nunca he estado sola en su vida) y que tiene tres llamadas perdidas de un número desconocido, quién será, se pregunta, y yo me pregunto por qué la amo mientras habla sin parar, no sé que voy a cenar esta noche, me dice, por no permanecer callada, Él me ha enviado un mensaje en el que me invita a un café o a una siesta. Y ríe sin saber muy bien por qué no llora, entremezclando risas con palabras sin sentido, mi chico de septiembre no llamará hasta el otoño que viene, mientras yo pienso en qué mes me tocará a mi, cuando la volveré a ver, y como si me escuchara oigo como dice que este miércoles no podremos quedar, porque tiene hora para Princesas...Y qué más da, si ya me ha robado sus silencios, que eran lo único que me reconfortaba en ella.
Abrazos a la nada
El hombre que afirma que aún me ama suele anotar mis silencios en un bloc de hojas cuadriculadas y tapas de cuero. Me lo confesó hace poco, mientras comíamos croquetas congeladas y bebíamos vino del malo (que es el mejor) sentados en la cocina. ¿Qué haces?, le pregunté. Y me contestó Recojo tus silencios. Yo no dije nada más, para que él pudiera seguir apuntando, y porque tampoco tenía mucho más que decir. En un principio me pareció bonito. Tierno. Me recordé de niña intentando introducir en un frasco el aire que se embriagaba del aroma de la rosaleda para llevárselo a mi padre, que estaba enfermo en casa. Me parecieron comportamientos similares, y así se lo hice saber. Se rió. Sin mi.El hombre que afirma que aún me ama lleva una rosa en la solapa y le ha parecido absurdo que yo quiera apresar su olor en un bote. Quiero guardarlo para mi padre, que aún está enfermo en alguna parte, le digo. Pero sigue pareciéndole absurdo y, sin embargo, no ve mal llevar cuenta de mis silencios. Es distinto, me dice. Yo apunto lo que no dices para tener algo a lo que abrazarme esta noche. Y me vuelvo a quedar callada pensando en que yo cuando duermo sólo me abrazo a mi sexo, y mientras yo callo él apunta, y entonces le imagino agarrado a este momento en particular en la oscuridad de su cuarto.
Como yo ya no amo al hombre que afirma que aún me ama no quiero que por las noches se abrace a lo que no digo , así que desde hace un rato hablo sin parar para que él no recoja mis silencios en su bloc de hojas cuadriculadas y tapas de cuero. Le cuento que he vuelto a trabajar, que a mi padre se le cayeron las lágrimas hacia adentro al verme partir, que echo de menos que las hojas tejan alfombras sobre caminos de arena y el ruido de mi caminar sobre ellas, que me he comprado una camiseta blanca con lunares verdes, que Lucía se va el sábado de vacaciones tardías, que extrañaré su voz dulce y su beso de buenas noches, que Cristina casi ha acabado los exámenes y me debe una cerveza o catorce, que en el bosque de Haiduc ya no se ve volar a los vencejos, que ayer Glup me hizo feliz convirtiéndose en Manuel por un rato, que tengo ganas de teatro y vértigo de Ismael. Sin pararme a respirar sigo diciéndole que a veces me acuerdo de otromas con nostalgia y de Carlos con cariño, que no sé qué cenaré esta noche, que Xuacu se va a Londres, o a Asturias , o a cualquier parte (que no se queda, en resumen), que tengo tres llamadas perdidas de un número desconocido, quién será. Aquí hago una breve pausa, pero continuo al ver que el hombre que afirma que aún me ama empuña el lápiz y recubro de palabras mi silencio para que por la noche se abrace a lo que no dice cualquier otra, qué se cree el tipo este, seguro que ni siquiera se masturba pensando en mi, y le hablo de mis ansias de correr hacia ninguna parte y mi soledad compartida, parece que ya empieza a refrescar por la noche, de que Él me ha enviado un mensaje reclamándome un café o una siesta, de que mi chico de septiembre no llamará hasta el otoño que viene, el miércoles no podremos quedar, tengo hora para Princesas...
Y mientras yo hablo observo como el hombre que afirma que aún me ama se aleja con lágrimas en los ojos, consciente de que esta noche no va a tener apenas silencios a los que agarrarse.
La hija que no tengo
Se vacía el verano como la parte superior de un viejo reloj de arena, cada vez más deprisa mientras yo apuro los últimos suspiros de mis vacaciones. Salgo de cena, bebo vino, río con amigos. Desayuno a las 2 y no me duermo hasta bien entrada la madrugada. Sigo creyendo que cualquier noche saldrá el sol, y agoto lunas y probabilidades, estaré ahí para verlo. Le pongo interrogación a esta última frase.
A veces, a media tarde, cuando orbaya como hoy, la hija que no tengo y yo jugamos a averiguar si las historias que contamos son realidad o ficción, y le explico que cuando ella no nació la ciudad se movía al ritmo que mis pies marcaban. Que sólo amé a uno de sus tres padres, averigua a cuál fue, y ella me pone ojos de soñadora y se queda callada diciéndolo todo con media sonrisa. No amaste a ninguno de los tres -me dice la hija que no tengo- amaste al único que no quiso tenerme. Y pone cara de "no tendría que haber dicho eso" e intenta cambiar de conversación, qué bonito es ver cómo repiquetea el agua contra los cristales, ¿te hago un chocolate?. Pero ya es tarde y se han nublado mis ojos y el agua también repiquetea en mis mejillas.
Me pregunto porqué mis palabras sólo huelen a verdad cuando pronuncio su nombre.
La madre que sí tengo me ha pedido por favor que recoja la vieja caja que tanto miedo me produce. Ya ha pasado un año, me dice, quema los recuerdos y de paso despeja el pasillo, que esto no es un trastero. Y yo le he pedido ayuda a la hija que no tengo, para no estar sola al destapar la nostalgia, para elegir con cuidado lo que es pasado y lo que es basura, no sea que tire algún momento al contenedor, o guarde algún desecho en mi memoria.
Aquí no hay ningún recuerdo, me dice la hija que no tengo, son todo inmundicias. Y yo la perdono, porque sé que está enfadada porque el único hombre al que amé no quiso ser su padre y lo paga con mi pasado, que es sólo Él. Yo también estoy enfadada, lo noto porque es el primer texto que escribo en tercera persona sobre el único hombre al que amé. Siempre lo había tratado de tú a tú, y ahora lo llamo Usted, o no le llamo. Le voy quitando letras. No le llamo. Tampoco le lamo. Tampoco le amo.
En la caja que tanto miedo me produce he encontrado mucha basura, es cierto, pero también he rescatado un par de momentos. Una conversación guardada de messenger (las nuevas tecnologías nos hacen vivir en la añoranza, qué curioso), una carta no enviada de la que transcribo un trozo ("Vago de un sitio a otro, de playa en playa. Voy a la deriva sin más guía que tu luz, esa que se enciende y apaga intermitentemente como un faro. Vienes y vas. Ahora, sí. Más tarde, no. Y, como las olas al romper contra la orilla, llegas golpeándome con fuerza, para después retirarte suavemente con caricias, preparando el nuevo golpe...Fui dura roca y ahora soy tan sólo polvo y arena..."), los negativos de unas fotos en blanco y negro que sí envié, una dedicatoria en un libro, fotos de aquella ciudad a la que quisimos ir juntos, las camas de hotel que pensábamos ocupar, cerillas de un motel en el que sí estuvimos. Deseos de sudor. En la caja que tanto miedo me produce hay por todas partes deseos de sudor y sueños nuevos que se han convertido en viejos. También hay rumores de lo que no está. Sus tres deseos, las lágrimas por Irlanda, el hacer el amor en la distancia, la espera para conocerle, el encuentro en la estación, mis nervios, su sonrisa, nuestro beso, el fin de semana de cama y susurros, su me quedo en España, su huida, de nuevo la espera, otra vez mis nervios, otra vez su sonrisa, otra vez nuestro beso, mi falda, sus deberes, Frida y la sala 6 de los Brooklyn, veinticuatro horas más de regalo, Gijón, el mar, su olor en mis tobillos, la amenaza de Toronto.
La hija que no tengo hace un rato que no me habla y se dedica a tirar mis recuerdos al contenedor, porque cree que en realidad son basura camuflada. Quizá me esté culpando de ocupar espacio con objetos equivocados. Siempre me reprocha que no guardo ninguna fotografía suya. Y yo le recuerdo que ella no ha nacido. Entonces se enfada conmigo por haber amado al único hombre que no quiso tenerla. Y yo la rodeo con mis brazos y la balanceo en mi regazo, consciente de mi culpa, entre furiosa y feliz por no haberme enamorado de uno de sus tres padres. Cualquiera podría haber servido. Aunque incluso ella se hubiese dado cuenta del engaño.
A veces, a media tarde, cuando orbaya como hoy, la hija que no tengo y yo jugamos a averiguar si las historias que contamos son realidad o ficción, y le explico que cuando ella no nació la ciudad se movía al ritmo que mis pies marcaban. Que sólo amé a uno de sus tres padres, averigua a cuál fue, y ella me pone ojos de soñadora y se queda callada diciéndolo todo con media sonrisa. No amaste a ninguno de los tres -me dice la hija que no tengo- amaste al único que no quiso tenerme. Y pone cara de "no tendría que haber dicho eso" e intenta cambiar de conversación, qué bonito es ver cómo repiquetea el agua contra los cristales, ¿te hago un chocolate?. Pero ya es tarde y se han nublado mis ojos y el agua también repiquetea en mis mejillas.
Me pregunto porqué mis palabras sólo huelen a verdad cuando pronuncio su nombre.
La madre que sí tengo me ha pedido por favor que recoja la vieja caja que tanto miedo me produce. Ya ha pasado un año, me dice, quema los recuerdos y de paso despeja el pasillo, que esto no es un trastero. Y yo le he pedido ayuda a la hija que no tengo, para no estar sola al destapar la nostalgia, para elegir con cuidado lo que es pasado y lo que es basura, no sea que tire algún momento al contenedor, o guarde algún desecho en mi memoria.
Aquí no hay ningún recuerdo, me dice la hija que no tengo, son todo inmundicias. Y yo la perdono, porque sé que está enfadada porque el único hombre al que amé no quiso ser su padre y lo paga con mi pasado, que es sólo Él. Yo también estoy enfadada, lo noto porque es el primer texto que escribo en tercera persona sobre el único hombre al que amé. Siempre lo había tratado de tú a tú, y ahora lo llamo Usted, o no le llamo. Le voy quitando letras. No le llamo. Tampoco le lamo. Tampoco le amo.
En la caja que tanto miedo me produce he encontrado mucha basura, es cierto, pero también he rescatado un par de momentos. Una conversación guardada de messenger (las nuevas tecnologías nos hacen vivir en la añoranza, qué curioso), una carta no enviada de la que transcribo un trozo ("Vago de un sitio a otro, de playa en playa. Voy a la deriva sin más guía que tu luz, esa que se enciende y apaga intermitentemente como un faro. Vienes y vas. Ahora, sí. Más tarde, no. Y, como las olas al romper contra la orilla, llegas golpeándome con fuerza, para después retirarte suavemente con caricias, preparando el nuevo golpe...Fui dura roca y ahora soy tan sólo polvo y arena..."), los negativos de unas fotos en blanco y negro que sí envié, una dedicatoria en un libro, fotos de aquella ciudad a la que quisimos ir juntos, las camas de hotel que pensábamos ocupar, cerillas de un motel en el que sí estuvimos. Deseos de sudor. En la caja que tanto miedo me produce hay por todas partes deseos de sudor y sueños nuevos que se han convertido en viejos. También hay rumores de lo que no está. Sus tres deseos, las lágrimas por Irlanda, el hacer el amor en la distancia, la espera para conocerle, el encuentro en la estación, mis nervios, su sonrisa, nuestro beso, el fin de semana de cama y susurros, su me quedo en España, su huida, de nuevo la espera, otra vez mis nervios, otra vez su sonrisa, otra vez nuestro beso, mi falda, sus deberes, Frida y la sala 6 de los Brooklyn, veinticuatro horas más de regalo, Gijón, el mar, su olor en mis tobillos, la amenaza de Toronto.
La hija que no tengo hace un rato que no me habla y se dedica a tirar mis recuerdos al contenedor, porque cree que en realidad son basura camuflada. Quizá me esté culpando de ocupar espacio con objetos equivocados. Siempre me reprocha que no guardo ninguna fotografía suya. Y yo le recuerdo que ella no ha nacido. Entonces se enfada conmigo por haber amado al único hombre que no quiso tenerla. Y yo la rodeo con mis brazos y la balanceo en mi regazo, consciente de mi culpa, entre furiosa y feliz por no haberme enamorado de uno de sus tres padres. Cualquiera podría haber servido. Aunque incluso ella se hubiese dado cuenta del engaño.
Monólogos a solas con mi corazón
- Y tú, ¿qué dices, corazón?
- Que no se me acomode el amor pa cuando estalle
- Y tú, ¿qué dices, corazón?
- Que me tiendas al sol en plena calle
- Y tú, ¿qué dices, corazón?
- Que el tiempo es la fragua que aprieta mis alambres
- Y tú, ¿qué dices, corazón?
- Que te calles, que te calles, que te calles
Carlos Chaouen
Divagando
Me levanto una vez más sin sentir el cosquilleo de tus dedos dibujando aroiris entre mis piernas, buscando una razón por la que incorporarme a la rutina diaria, intentando olvidar las legañas de apatía que de repente observo al mirame al espejo mientras escucho de mi propia boca al otro lado del cristal palabras de color gris que me reprochan mi cobardía al dejarme llevar por la vorágine de labios que no pronuncian tu nombre y manos que nunca han tocado tu piel.
Pausa.
Aquí, tomo aire profundamente.
Salgo.
Pierdo la consciencia y la recupero a duras penas al llegar la noche.
Vago por la luna.
A veces hilvano frases inconexas, balbuceo historias, hablo por boca de todas las personas que soy.
Cuando no soy yo, soy de cualquiera. Así de fácil. Así de crudo.
Gracias por leerme. Me he ahorrado muchos euros en terapia.
Pausa.
Aquí, tomo aire profundamente.
Salgo.
Pierdo la consciencia y la recupero a duras penas al llegar la noche.
Vago por la luna.
A veces hilvano frases inconexas, balbuceo historias, hablo por boca de todas las personas que soy.
Cuando no soy yo, soy de cualquiera. Así de fácil. Así de crudo.
Gracias por leerme. Me he ahorrado muchos euros en terapia.
Ficciones I
Hoy mi mente ha asociado ideas de manera absurda (algo, por otra parte, habitual en mi) y un post del maestro Glup ha hecho que recordara a Federico Luppi. Lugares comunes. Martín H. El viento. Historias que sólo podrían ser suyas. Que no me imagino sin él. Para mi el texto que os cuelgo también lleva su cara. No me pregunteis por qué.
Alguien le preguntó la hora y el contestó hablando para su camisa con esa timidez del que nunca mira a los ojos y mueve las manos exageradamente como si quisiese espantar con ellas los miedos, con el nervisiosmo propio de un niño sobreprotegido en su primer día de clase, lo que resultaba un tanto extraño para ser un hombre de cincuenta y dos años y tener un pasado lleno de baches, para llevar desilusión a granel en los bolsillos y estar acostumbrado a luchar con tiburones de traje y corbata en grandes salas de juzgados. Sonreía tímidamente de vez en cuando y sólo ella se percataba de lo extraño de su comportamiento y su leve inclinación de cabeza, quizá porque el resto de las personas dispersas por la sala nunca habían asistido al despliegue de su alegre dureza, de su irónica frialdad, de su risa a veces estridente y escandalosa, otras cínica y curtida, (pero nunca leve ni tímida, ni callada como esta que lucía hoy contra todo pronóstico), de su increíble seguridad en sí mismo e incluso de sus ganas de vivir, las mismas que parecía haber olvidado en el vestíbulo al entrar, junto con un viejo abrigo verde y un maletín vacío. Lo llevo por si encuentro algo con qué llenarlo, solía decir, no vaya a ser que un día de estos me tope de bruces con un saco de felicidad y lo tenga que abandonar en la acera por no saber qué hacer con él. Movía con agitación la tercera copa de vino de la tarde, él, abstemio hasta el orgullo, quien lo diría. "Necesito otra", susurraba de vez en cuando, con la vista perdida entre el murmullo de los demás invitados a la fiesta...
Continuará...
Alguien le preguntó la hora y el contestó hablando para su camisa con esa timidez del que nunca mira a los ojos y mueve las manos exageradamente como si quisiese espantar con ellas los miedos, con el nervisiosmo propio de un niño sobreprotegido en su primer día de clase, lo que resultaba un tanto extraño para ser un hombre de cincuenta y dos años y tener un pasado lleno de baches, para llevar desilusión a granel en los bolsillos y estar acostumbrado a luchar con tiburones de traje y corbata en grandes salas de juzgados. Sonreía tímidamente de vez en cuando y sólo ella se percataba de lo extraño de su comportamiento y su leve inclinación de cabeza, quizá porque el resto de las personas dispersas por la sala nunca habían asistido al despliegue de su alegre dureza, de su irónica frialdad, de su risa a veces estridente y escandalosa, otras cínica y curtida, (pero nunca leve ni tímida, ni callada como esta que lucía hoy contra todo pronóstico), de su increíble seguridad en sí mismo e incluso de sus ganas de vivir, las mismas que parecía haber olvidado en el vestíbulo al entrar, junto con un viejo abrigo verde y un maletín vacío. Lo llevo por si encuentro algo con qué llenarlo, solía decir, no vaya a ser que un día de estos me tope de bruces con un saco de felicidad y lo tenga que abandonar en la acera por no saber qué hacer con él. Movía con agitación la tercera copa de vino de la tarde, él, abstemio hasta el orgullo, quien lo diría. "Necesito otra", susurraba de vez en cuando, con la vista perdida entre el murmullo de los demás invitados a la fiesta...Continuará...
TIZA