Blogs.ya.com Quitar publicidad
Mil y una palabras al aire...
Bienvenido, siéntate, toma un café... Estás en tu casa...
Acerca de
Yo desnuda de domingo y cubierta de cenizas, intentando encontrar en los rincones de tu sexo una palabra con la que construir un mal verso, capeando el temporal en tu regazo, refugio que se tambalea con la tormenta; tú, musicando mis lamentos, congelando instantes de júbilo y cervezas a medias...

______________________________ LOS DIBUJOS DE PIT ______________________________ TIZA ______________________________ MIGUEL DOMINGO ______________________________
Sindicación
 
Cuento acabado
¿No crees? , me ha preguntado el hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús. Y yo no le he dicho nada porque opino que cuando alguien pide un consejo en realidad está reclamando un silencio, como quien arroja una piedra desde un precipicio y aguza el oído, aún sin esperar advertir sonido alguno. Una pared contra la que estrellar platos sucios.

El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús hace un momento estrellaba contra mi pared que se ha enamorado de la que cree que es la mujer equivocada. Y que se acuesta con ella los segundos martes de cada mes, al caer el sol, desde hace dos años. También que nunca le ha comido el coño un sábado por la noche al volver del cine o un domingo por la mañana, cubiertos de sábanas y pereza. Ni siquiera un lunes gris de sofá y duermevela, o un jueves antes de almorzar. Sólo los segundos martes de cada mes, al caer el sol, desde hace dos años, con la inercia de quien acude a cubrirse las canas una vez cada quince días o paga mensualmente el alquiler y ya no hace planes ni concreta otras citas para la fecha en la que sabe que debe ir a la peluquería o a hacer cola en el banco. Eso me ha contado. Que la presunta mujer equivocada folla con él como quien paga facturas o se tiñe el pelo. Y que esa es la razón por la que sospecha que es la mujer equivocada.

El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús ha azotado contra mi pared que su vida cojea como un perro viejo al que se le hubiese clavado un cristal en la pata delantera derecha. Es la ilusión, ¿comprendes? me dice, y sigue contándome que la pata delantera derecha es la más importante, la que aguanta el peso, como la ilusión, que la de su vida está dañada y ahora le cuesta caminar, mantenerse en pie, que le duele el mero hecho de pensar en ello y buscar metáforas absurdas, le lastima el simple gesto de intentar utilizarla como apoyo, que no se puede sujetar en su ilusión porque la tiene herida. Eso me ha dicho. Que su vida cojea porque se ha clavado un cristal en la ilusión. ¿Entiendes? me repite, y yo he creído que sí pero quizás no, quizás no haya entendido, he torcido la boca en una mueca tensa que pretendía hacerle entender mi incomodidad ante tal desparrame de desnudez y sinceridad cruda, y he permanecido callado porque me parece que cuando alguien pregunta algo así en realidad reclama un silencio, una pared en blanco contra la que estrellar la porcelana de sus platos embadurnados de problemas.

Parece ser que el hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús los segundos martes de cada mes, al caer el sol, es el amante de la presunta mujer equivocada, pero el resto del tiempo se transforma en el Director General del Departamento de Ventas de una conocida empresa de transportes. Me lo ha contado él mismo. Eso y que acude a su trabajo un poco como la presunta mujer equivocada acude a follar con él, como quien paga facturas o se tiñe el pelo, por lo que también empieza a sospechar que su trabajo es el equivocado. ¿No crees?, me ha preguntado. Y yo no le he dicho nada, porque opino que cuando alguien pide un consejo en realidad está reclamando un silencio, como quien arroja una piedra desde un precipicio y aguza el oído, aún sin esperar advertir sonido alguno. Una pared contra la que estrellar platos sucios.

El hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús ha seguido rompiendo su vajilla en mi pared, hablándome de manos propias y besos ajenos, de que de niño soñaba con ser astronauta y ahora sólo es Director General de Ventas, arrojando desde su precipicio piedras en forma de ¿No crees? hacia el vacío de mi abismo callado. Y yo he permanecido inmóvil, observando como entre pausas y suspiros sus platos se estrellaban contra mi silencio, recubriendo de pedacitos de barro cocido y barnizado el suelo del autobús, formando a los pies de los pasajeros una especie de tapiz de confesiones en voz alta, alfombra de añicos de sueños truncados, y los trozos de cerámica de sus platos sucios resbalan entre mis piernas que ahora comienzan a incorporarme como si yo no notase la amargura de sus palabras, como si no me sintiese identificado con sus frases lánguidas y su mirada perdida, con su quería ser y no soy, pulso el botón solicitando parada como si nada fuese conmigo, como si el hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús sólo fuera el hombre que se ha sentado a mi lado en el autobús y no fuera también yo, y aquel chico de gafas del asiento de atrás , y la rubia que sonríe sin sonreír al lado del conductor, como si mi vida se diferenciara en algo de la suya, y me bajo en la próxima que es la mía reprimiendo un grito de dolor, y así voy, camino del trabajo, cojeando levemente a causa de un pedazo de loza sucia que se ha introducido en mi zapato y se me ha clavado entre los dedos del pie derecho.

 
Inconstancias y fantasías
Soy efímera, inconstante, voluble. Paso de la euforia al llanto con facilidad. Necrófila de instantes, los atesoro cuando ya se han evaporado, los entierro en una esquina de mi mente para sacudirles el polvo el día menos pensado, me como el ayer saboreando el hoy, no sé si comprendes, si me explico, y qué más da si yo lo único que quiero es compartir, transcribiros un texto de una película que ayer me hizo volar, escribir, penetrarme con palabras.

I. me partió el corazón, pero al herirlo lo creó, nunca lo entenderías, mi pobre I., mi querido I., nunca hubiera podido pagarte esto que hiciste en mí, iluminaste el lado oscuro de mi corazón, ¿por qué decidiste permanecer pobre, dejándome a mí tan rica?

I. me partió el corazón y me postró en el suelo, arrodillada, menos mal que personas como me hacen recuperar altura y elevarme a tres palmos de la tierra cada mañana, pintar de azul el asfalto, remendar las heridas, construir castillos con las migas de pan que sobran de la cena, y, eh, sí, a ustedes, si esto les parece fantasía, si creen que vivo en un sueño, no me despierten, déjenme dormir.

Nunca veas a una puta con luz de día, es como mirar una película con la luz encendida, como el cabaret a las diez de la mañana, con los rayos de sol atravesando el polvo que se levanta cuando barres, como descubrir que ese poema que te hizo llorar a la noche, al día siguiente apenas te interesa, es como sería este puto mundo si hubiera que soportar las cosas tal y como son. Como descubrir al actor que viste haciendo Hamlet en la cola del pan, como el vacío cuando te pagan y no sentís ni siquiera un poquito, como la tristeza cuando te pagan y sentiste por lo menos un poquito, como abrir un cajón y descubrir una foto de cuando la puta tenía nueve años, como dejarte venir conmigo sabiendo que cuando se acabe la magia vas a estar con una mujer como yo, en Montevideo.

 
Es un privilegio estar vivo
En mi contrato temporal con la existencia no tengo más intención que la de amontonar sensaciones que hagan estremecer mi pecho, que dibujen una sonrisa en mi rostro, que me hagan exclamar "Ha merecido la pena pasar este día".

Cuando tienes la certeza de que a cada tic-tac de reloj una vida se apaga, adquieres la obligación de encender la tuya.


El primer mundo debería dejar de mirarse el ombligo. Y yo formo parte de ese primer mundo. Hoy estoy triste. Hoy he tenido tiempo para ver el telediario.





 
Maquillajes
La mujer que vendía en la esquina gritaba a pleno pulmón que su algodón de azúcar era el mejor de toda la feria. Nunca han probado ninguno como éste, repetía, y se tocaba sus trenzas de niña que aún quiere serlo pero ya no lo es, con sus 45 años cumplidos y su top rosa con lunares verdes, negándose a crecer, contrastaban sus cintas de colores de moda con los surcos de su rostro como las piruletas y los algodones de azúcar que anunciaba a voz en grito con la botella de vino a medio terminar que descansaba en el suelo, fundiendo edades como cuando cumples 16 y se mezclan los juegos y el deseo, y las muñecas y alguna droga, pero hacía tiempo que ella había dejado la adolescencia y el tiempo de ambigüedad en el que confluyen la mujer y la niña, ella lo sabía, y yo también. Sin embargo cuando paseaba por allí seguía gritándole que era la flor más hermosa del jardín. Y ella me sonreía como si me creyera.