La hija que no tengo
Se vacía el verano como la parte superior de un viejo reloj de arena, cada vez más deprisa mientras yo apuro los últimos suspiros de mis vacaciones. Salgo de cena, bebo vino, río con amigos. Desayuno a las 2 y no me duermo hasta bien entrada la madrugada. Sigo creyendo que cualquier noche saldrá el sol, y agoto lunas y probabilidades, estaré ahí para verlo. Le pongo interrogación a esta última frase.
A veces, a media tarde, cuando orbaya como hoy, la hija que no tengo y yo jugamos a averiguar si las historias que contamos son realidad o ficción, y le explico que cuando ella no nació la ciudad se movía al ritmo que mis pies marcaban. Que sólo amé a uno de sus tres padres, averigua a cuál fue, y ella me pone ojos de soñadora y se queda callada diciéndolo todo con media sonrisa. No amaste a ninguno de los tres -me dice la hija que no tengo- amaste al único que no quiso tenerme. Y pone cara de "no tendría que haber dicho eso" e intenta cambiar de conversación, qué bonito es ver cómo repiquetea el agua contra los cristales, ¿te hago un chocolate?. Pero ya es tarde y se han nublado mis ojos y el agua también repiquetea en mis mejillas.
Me pregunto porqué mis palabras sólo huelen a verdad cuando pronuncio su nombre.
La madre que sí tengo me ha pedido por favor que recoja la vieja caja que tanto miedo me produce. Ya ha pasado un año, me dice, quema los recuerdos y de paso despeja el pasillo, que esto no es un trastero. Y yo le he pedido ayuda a la hija que no tengo, para no estar sola al destapar la nostalgia, para elegir con cuidado lo que es pasado y lo que es basura, no sea que tire algún momento al contenedor, o guarde algún desecho en mi memoria.
Aquí no hay ningún recuerdo, me dice la hija que no tengo, son todo inmundicias. Y yo la perdono, porque sé que está enfadada porque el único hombre al que amé no quiso ser su padre y lo paga con mi pasado, que es sólo Él. Yo también estoy enfadada, lo noto porque es el primer texto que escribo en tercera persona sobre el único hombre al que amé. Siempre lo había tratado de tú a tú, y ahora lo llamo Usted, o no le llamo. Le voy quitando letras. No le llamo. Tampoco le lamo. Tampoco le amo.
En la caja que tanto miedo me produce he encontrado mucha basura, es cierto, pero también he rescatado un par de momentos. Una conversación guardada de messenger (las nuevas tecnologías nos hacen vivir en la añoranza, qué curioso), una carta no enviada de la que transcribo un trozo ("Vago de un sitio a otro, de playa en playa. Voy a la deriva sin más guía que tu luz, esa que se enciende y apaga intermitentemente como un faro. Vienes y vas. Ahora, sí. Más tarde, no. Y, como las olas al romper contra la orilla, llegas golpeándome con fuerza, para después retirarte suavemente con caricias, preparando el nuevo golpe...Fui dura roca y ahora soy tan sólo polvo y arena..."), los negativos de unas fotos en blanco y negro que sí envié, una dedicatoria en un libro, fotos de aquella ciudad a la que quisimos ir juntos, las camas de hotel que pensábamos ocupar, cerillas de un motel en el que sí estuvimos. Deseos de sudor. En la caja que tanto miedo me produce hay por todas partes deseos de sudor y sueños nuevos que se han convertido en viejos. También hay rumores de lo que no está. Sus tres deseos, las lágrimas por Irlanda, el hacer el amor en la distancia, la espera para conocerle, el encuentro en la estación, mis nervios, su sonrisa, nuestro beso, el fin de semana de cama y susurros, su me quedo en España, su huida, de nuevo la espera, otra vez mis nervios, otra vez su sonrisa, otra vez nuestro beso, mi falda, sus deberes, Frida y la sala 6 de los Brooklyn, veinticuatro horas más de regalo, Gijón, el mar, su olor en mis tobillos, la amenaza de Toronto.
La hija que no tengo hace un rato que no me habla y se dedica a tirar mis recuerdos al contenedor, porque cree que en realidad son basura camuflada. Quizá me esté culpando de ocupar espacio con objetos equivocados. Siempre me reprocha que no guardo ninguna fotografía suya. Y yo le recuerdo que ella no ha nacido. Entonces se enfada conmigo por haber amado al único hombre que no quiso tenerla. Y yo la rodeo con mis brazos y la balanceo en mi regazo, consciente de mi culpa, entre furiosa y feliz por no haberme enamorado de uno de sus tres padres. Cualquiera podría haber servido. Aunque incluso ella se hubiese dado cuenta del engaño.
A veces, a media tarde, cuando orbaya como hoy, la hija que no tengo y yo jugamos a averiguar si las historias que contamos son realidad o ficción, y le explico que cuando ella no nació la ciudad se movía al ritmo que mis pies marcaban. Que sólo amé a uno de sus tres padres, averigua a cuál fue, y ella me pone ojos de soñadora y se queda callada diciéndolo todo con media sonrisa. No amaste a ninguno de los tres -me dice la hija que no tengo- amaste al único que no quiso tenerme. Y pone cara de "no tendría que haber dicho eso" e intenta cambiar de conversación, qué bonito es ver cómo repiquetea el agua contra los cristales, ¿te hago un chocolate?. Pero ya es tarde y se han nublado mis ojos y el agua también repiquetea en mis mejillas.
Me pregunto porqué mis palabras sólo huelen a verdad cuando pronuncio su nombre.
La madre que sí tengo me ha pedido por favor que recoja la vieja caja que tanto miedo me produce. Ya ha pasado un año, me dice, quema los recuerdos y de paso despeja el pasillo, que esto no es un trastero. Y yo le he pedido ayuda a la hija que no tengo, para no estar sola al destapar la nostalgia, para elegir con cuidado lo que es pasado y lo que es basura, no sea que tire algún momento al contenedor, o guarde algún desecho en mi memoria.
Aquí no hay ningún recuerdo, me dice la hija que no tengo, son todo inmundicias. Y yo la perdono, porque sé que está enfadada porque el único hombre al que amé no quiso ser su padre y lo paga con mi pasado, que es sólo Él. Yo también estoy enfadada, lo noto porque es el primer texto que escribo en tercera persona sobre el único hombre al que amé. Siempre lo había tratado de tú a tú, y ahora lo llamo Usted, o no le llamo. Le voy quitando letras. No le llamo. Tampoco le lamo. Tampoco le amo.
En la caja que tanto miedo me produce he encontrado mucha basura, es cierto, pero también he rescatado un par de momentos. Una conversación guardada de messenger (las nuevas tecnologías nos hacen vivir en la añoranza, qué curioso), una carta no enviada de la que transcribo un trozo ("Vago de un sitio a otro, de playa en playa. Voy a la deriva sin más guía que tu luz, esa que se enciende y apaga intermitentemente como un faro. Vienes y vas. Ahora, sí. Más tarde, no. Y, como las olas al romper contra la orilla, llegas golpeándome con fuerza, para después retirarte suavemente con caricias, preparando el nuevo golpe...Fui dura roca y ahora soy tan sólo polvo y arena..."), los negativos de unas fotos en blanco y negro que sí envié, una dedicatoria en un libro, fotos de aquella ciudad a la que quisimos ir juntos, las camas de hotel que pensábamos ocupar, cerillas de un motel en el que sí estuvimos. Deseos de sudor. En la caja que tanto miedo me produce hay por todas partes deseos de sudor y sueños nuevos que se han convertido en viejos. También hay rumores de lo que no está. Sus tres deseos, las lágrimas por Irlanda, el hacer el amor en la distancia, la espera para conocerle, el encuentro en la estación, mis nervios, su sonrisa, nuestro beso, el fin de semana de cama y susurros, su me quedo en España, su huida, de nuevo la espera, otra vez mis nervios, otra vez su sonrisa, otra vez nuestro beso, mi falda, sus deberes, Frida y la sala 6 de los Brooklyn, veinticuatro horas más de regalo, Gijón, el mar, su olor en mis tobillos, la amenaza de Toronto.
La hija que no tengo hace un rato que no me habla y se dedica a tirar mis recuerdos al contenedor, porque cree que en realidad son basura camuflada. Quizá me esté culpando de ocupar espacio con objetos equivocados. Siempre me reprocha que no guardo ninguna fotografía suya. Y yo le recuerdo que ella no ha nacido. Entonces se enfada conmigo por haber amado al único hombre que no quiso tenerla. Y yo la rodeo con mis brazos y la balanceo en mi regazo, consciente de mi culpa, entre furiosa y feliz por no haberme enamorado de uno de sus tres padres. Cualquiera podría haber servido. Aunque incluso ella se hubiese dado cuenta del engaño.
Comentario:
Llaeza... yo...
Simplemente lo mejor... lo mejor... desde el principio hasta el final.
Mereció la pena el camino, el de ida y vuelta, para llegar aquí.
Un abrazo enorme en mi despedida. Te seguiré en la distancia.
Hasta siempre.
Simplemente lo mejor... lo mejor... desde el principio hasta el final.
Mereció la pena el camino, el de ida y vuelta, para llegar aquí.
Un abrazo enorme en mi despedida. Te seguiré en la distancia.
Hasta siempre.
Comentario:
La hija que no tienes quiere poder sacarse una foto con su madre. La hija que no tienes sabe que en esa caja está su inexistencia, por eso la quiere tirar. No caben en la misma foto.
Esa caja es una enfermedad que deja secuelas. Los dolores quieren esconderse tras los hermosos delirios que provocaban las fiebres altas.
El problema no es el contenido, sino la caja en sí. No tiene sentido. O se tira todo al contenedor o se saca todo de la caja. Si los delirios eran tan hermosos también habría que pensar si merece la pena enfermar para siempre.
Pero de eso, que no se entere la hija que no tienes.
Quema la caja cuanto antes, pero decide tú qué haces con el contenido, recuerda que es un juego indivisible. Todo o nada.
A veces los hijos son más sensatos... incluso antes de serlo.
Un abrazo.
P.D. visitaré los pisos de abajo con más tiempo.
Esa caja es una enfermedad que deja secuelas. Los dolores quieren esconderse tras los hermosos delirios que provocaban las fiebres altas.
El problema no es el contenido, sino la caja en sí. No tiene sentido. O se tira todo al contenedor o se saca todo de la caja. Si los delirios eran tan hermosos también habría que pensar si merece la pena enfermar para siempre.
Pero de eso, que no se entere la hija que no tienes.
Quema la caja cuanto antes, pero decide tú qué haces con el contenido, recuerda que es un juego indivisible. Todo o nada.
A veces los hijos son más sensatos... incluso antes de serlo.
Un abrazo.
P.D. visitaré los pisos de abajo con más tiempo.
Comentario:
No dejes que la dueña que si tienes se quede mas tiempo de lo necesario hablando con la hija que no tienes.
Ay Llaezita, siempre pasa, siempre pasa...
:***********************************
Ay Llaezita, siempre pasa, siempre pasa...
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Comentario:
Frida en los Brooklyn, ya veo que también compartimos eso... Creo que tu amor le quedó muy grande, muchos no pueden ni soñar ser amados de esa forma, resérvalo para alguien que realmente te merezca, porque eres una persona maravillosa. Un abrazo muy especial. Lucía.
Comentario:
Ocurre que te leo y me emociono.
No sé si es ficción –enhorabuena- o fue –lo siento.
Veo detrás, dentro, lo dice, nítidamente. Me emociono.
Quizás diga todo lo que te propusiste al escribirlo.
Quizás diga demasiado.
Quizás no haya sido suficiente para sacarte los dolores.
No lo sé, pero te he leído y me he emocionado.
Gracias.
No sé si es ficción –enhorabuena- o fue –lo siento.
Veo detrás, dentro, lo dice, nítidamente. Me emociono.
Quizás diga todo lo que te propusiste al escribirlo.
Quizás diga demasiado.
Quizás no haya sido suficiente para sacarte los dolores.
No lo sé, pero te he leído y me he emocionado.
Gracias.
Comentario:
creo.. creo ke es el textu tuy uke más me gusta hasta ahora... muchu!
olvídate ya de él y tira de una puta vez esa caja llena de mierda!!
a ver si hablándote así, resucitas! :P
jajjejeje ... es ke ya sabes... nunca minspriró confianza ;*
a ver , a ver si pa la guia nos vemos!
mil besos neña
olvídate ya de él y tira de una puta vez esa caja llena de mierda!!
a ver si hablándote así, resucitas! :P
jajjejeje ... es ke ya sabes... nunca minspriró confianza ;*
a ver , a ver si pa la guia nos vemos!
mil besos neña
Comentario:
La hija arranca de cuajo nuestros pilares, nos hace reir y llorar, nos tambalea... es la hija... es nuestra hija...¿o tal vez no?
Comentario:
¿Como puedo yo adentrarme a recoger en ese rincón maldito la basura?
Cómo va a permitir tu alma que nádie entre, tan celosa de su vida cuando el habitaba en ella, casi a oscuras, a tientas, delcalzo para no hacerte heridas, te decía.
Ese ser, el hombre maldito que arranca sóles, primaveras y flores de tu cuerpo. Se llevó raices también, fijate en esas lineas que le faltan a tus manos, ahora entiendo aquel día en el que la vidente enmudeció.
Huecos vacios de tí, llenos de el, arrasó cuanto pudo, no dejó titere con cabeza, ni un deseo sin cumplir, todo te lo dió y no te dió nada, quiso dejarte vacios los bolsillos, arrancancarte a mordiscos el alma, que fueras de el mas que el de nadie había sido en su vida, mas que de el mismo. Llegó y lo hizo para quedarse, miralo ahí sentado, en su sofa de una plaza, pero sin libro que leer, ni cuento ya que contarte, ni consuelo que darte, solo está, permanece, ni siquiera levanta los ojos, ni en su mirada se digna su fantasma a dejarte encontrar consuelo. Forma parte del mobiliario de los lamentos llenos de agradecimiento.
Y llegó para obstruirte la sangre a su paso y de tus venas bebes lo que no fue, lo que pudo haber sido, los silencios en los que te ahogas al saber que ya nada de lo que digas tiene sentido, talvez lo tenga piensas, talvez lo haya tenido algún día, antes del desastre de que todo estuviera perdido.
Y un día, de pronto, enmudeciste, dejaron de brillar tus ojos, desapareció tu sonrisa, al cielo le cambiaron de color las nuves...
Como puedo yo adentrarme a recoger en ese rincón maldito la basura, si ni tan siquiera yo tengo fuerzas de decirte que lo es.
Cómo va a permitir tu alma que nádie entre, tan celosa de su vida cuando el habitaba en ella, casi a oscuras, a tientas, delcalzo para no hacerte heridas, te decía.
Ese ser, el hombre maldito que arranca sóles, primaveras y flores de tu cuerpo. Se llevó raices también, fijate en esas lineas que le faltan a tus manos, ahora entiendo aquel día en el que la vidente enmudeció.
Huecos vacios de tí, llenos de el, arrasó cuanto pudo, no dejó titere con cabeza, ni un deseo sin cumplir, todo te lo dió y no te dió nada, quiso dejarte vacios los bolsillos, arrancancarte a mordiscos el alma, que fueras de el mas que el de nadie había sido en su vida, mas que de el mismo. Llegó y lo hizo para quedarse, miralo ahí sentado, en su sofa de una plaza, pero sin libro que leer, ni cuento ya que contarte, ni consuelo que darte, solo está, permanece, ni siquiera levanta los ojos, ni en su mirada se digna su fantasma a dejarte encontrar consuelo. Forma parte del mobiliario de los lamentos llenos de agradecimiento.
Y llegó para obstruirte la sangre a su paso y de tus venas bebes lo que no fue, lo que pudo haber sido, los silencios en los que te ahogas al saber que ya nada de lo que digas tiene sentido, talvez lo tenga piensas, talvez lo haya tenido algún día, antes del desastre de que todo estuviera perdido.
Y un día, de pronto, enmudeciste, dejaron de brillar tus ojos, desapareció tu sonrisa, al cielo le cambiaron de color las nuves...
Como puedo yo adentrarme a recoger en ese rincón maldito la basura, si ni tan siquiera yo tengo fuerzas de decirte que lo es.
Comentario:
Iba a decir algo, pero luego he pensado que no era mejor que callarse. Un saludo.






TIZA