Nada a los abrazos (continuación de Abrazos a la Nada)
La mujer a la que amo rara vez me dice que me quiere, a no ser que yo se lo pregunte. Solemos pasear largo rato por callejuelas estrechas, mirando los balcones de las casas, hasta que va anocheciendo y comienzan a encenderse las farolas. Entonces, después de un largo día en la que yo le repito varias veces que aún la amo, me lanzo y se lo pregunto: Oye, ¿tú me quieres? Y ella me mira con una expresión a caballo entre extrañada y furiosa y contesta con evasivas: Si no lo hicera no estaría aquí ¿no? Y prosigue su silencio, ladeando la cabeza erguida, observando el mundo que la rodea como si yo no estuviese presente.
La verdad, no sé porqué amo a la mujer a la que amo. Si no es por sus palabras debe ser por sus silencios, que lo dicen todo sin decir nada, que arrastran la verdad por el fango, que se balancean en columpios abandonados. Hace tiempo que, carente de palabras, por las noches me abrazo a lo que calla, que me llega más al alma que lo que dice, y voy apuntando sus espacios en blanco en mi cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas de cuero. Tomo nota de ellos cuidadosamente, los dato, calculo su tiempo, su densidad, cada uno es distinto. También (pero esto es aproximado) comento lo que creo que dicen y lo que me gustaría que dijeran, y por las noches los acaricio, les doy forma, me refugio en su regazo, me aferro a sus no letras porque son lo único que me queda de ella.
El otro día se lo confesé. Me puse una rosa en la solapa, saqué la vajilla buena y le freí unas croquetas, saqué el coraje y vino del malo (que es el mejor) y me puse a escribir en mi cuaderno. ¿Qué haces? me preguntó. Recojo tus silencios, le contesté. Lo solté así, a bocajarro, sin preaviso.Y sonrió, callada y pensativa mientras yo apuntaba y apuraba su sonrisa, aquello que no me decía y yo imaginaba, sus te quieros en el aire, sus pensamientos de niña confusa.
La mujer a la que amo cree que el anotar lo que calla es un acto puramente simbólico, como cuando ella de repente lanza contra el aire que quiera capturar el aroma de la rosa de mi solapa en un frasco para llevárselo a su padre. Sin creérselo del todo . No comprende que sus silencios son palpables, que me balancean por las noches, que hacen que amanezca de nuevo, no entiende que recuperan la voz cuando ella no está. Apunto lo que no dices para tener algo a lo que abrazarme esta noche, le digo. Y ella calla y yo apunto, esta vez me es difícil pensar en que me gustaría qué significara el silencio.
Y entonces me lanzo de nuevo. Guardo el vino y saco el coraje. ¿Tú me quieres?, le pregunto. Y ni siquiera se molesta en agasajarme con evasivas, comienza a hablar desbocadamente, como si le pusiese nerviosa mi presencia, qué haces aquí aún, parece decir con el torrente de palabras, y me habla de que ha empezado a trabajar, de las lágrimas de su padre, del rumor de su tierra cuando está lejos, de que llega el otoño y comienzan a caer las hojas, de que se ha comprado una camiseta blanca con lunares verdes, de que Lucía se va de vacaciones y la echará de menos. A mi nunca me dice que me echa de menos. Pero casi no me da tiempo a pensarlo, porque habla de forma compulsiva, como si se quisiese guardar sus silencios, ahora que le he confesado mi secreto, como si sufriera sabiendo que son lo único que me queda de ella. Cristina casi ha acabado sus exámenes y vamos a salir a
emborracharnos un día de estos, me dice, y yo sé que en el "vamos" yo no quepo, y tampoco quisiera, con lo que no dice me valía y ahora me lo quiere arrebatar contándome que ya no vuelan vencejos en el bosque de Haiduc, que Glup le besó los párpados la otra noche, que tiene ganas de teatro y vértigo de Ismael. Me atraviesa el pecho mientras me confiesa que a veces se acuerda de otromas con nostalgia y de Carlos con cariño, que Xuacu la deja sola en la oscuridad de Madrid (ella, que nunca he estado sola en su vida) y que tiene tres llamadas perdidas de un número desconocido, quién será, se pregunta, y yo me pregunto por qué la amo mientras habla sin parar, no sé que voy a cenar esta noche, me dice, por no permanecer callada, Él me ha enviado un mensaje en el que me invita a un café o a una siesta. Y ríe sin saber muy bien por qué no llora, entremezclando risas con palabras sin sentido, mi chico de septiembre no llamará hasta el otoño que viene, mientras yo pienso en qué mes me tocará a mi, cuando la volveré a ver, y como si me escuchara oigo como dice que este miércoles no podremos quedar, porque tiene hora para Princesas...
Y qué más da, si ya me ha robado sus silencios, que eran lo único que me reconfortaba en ella.
La verdad, no sé porqué amo a la mujer a la que amo. Si no es por sus palabras debe ser por sus silencios, que lo dicen todo sin decir nada, que arrastran la verdad por el fango, que se balancean en columpios abandonados. Hace tiempo que, carente de palabras, por las noches me abrazo a lo que calla, que me llega más al alma que lo que dice, y voy apuntando sus espacios en blanco en mi cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas de cuero. Tomo nota de ellos cuidadosamente, los dato, calculo su tiempo, su densidad, cada uno es distinto. También (pero esto es aproximado) comento lo que creo que dicen y lo que me gustaría que dijeran, y por las noches los acaricio, les doy forma, me refugio en su regazo, me aferro a sus no letras porque son lo único que me queda de ella.
El otro día se lo confesé. Me puse una rosa en la solapa, saqué la vajilla buena y le freí unas croquetas, saqué el coraje y vino del malo (que es el mejor) y me puse a escribir en mi cuaderno. ¿Qué haces? me preguntó. Recojo tus silencios, le contesté. Lo solté así, a bocajarro, sin preaviso.Y sonrió, callada y pensativa mientras yo apuntaba y apuraba su sonrisa, aquello que no me decía y yo imaginaba, sus te quieros en el aire, sus pensamientos de niña confusa.
La mujer a la que amo cree que el anotar lo que calla es un acto puramente simbólico, como cuando ella de repente lanza contra el aire que quiera capturar el aroma de la rosa de mi solapa en un frasco para llevárselo a su padre. Sin creérselo del todo . No comprende que sus silencios son palpables, que me balancean por las noches, que hacen que amanezca de nuevo, no entiende que recuperan la voz cuando ella no está. Apunto lo que no dices para tener algo a lo que abrazarme esta noche, le digo. Y ella calla y yo apunto, esta vez me es difícil pensar en que me gustaría qué significara el silencio.
Y entonces me lanzo de nuevo. Guardo el vino y saco el coraje. ¿Tú me quieres?, le pregunto. Y ni siquiera se molesta en agasajarme con evasivas, comienza a hablar desbocadamente, como si le pusiese nerviosa mi presencia, qué haces aquí aún, parece decir con el torrente de palabras, y me habla de que ha empezado a trabajar, de las lágrimas de su padre, del rumor de su tierra cuando está lejos, de que llega el otoño y comienzan a caer las hojas, de que se ha comprado una camiseta blanca con lunares verdes, de que Lucía se va de vacaciones y la echará de menos. A mi nunca me dice que me echa de menos. Pero casi no me da tiempo a pensarlo, porque habla de forma compulsiva, como si se quisiese guardar sus silencios, ahora que le he confesado mi secreto, como si sufriera sabiendo que son lo único que me queda de ella. Cristina casi ha acabado sus exámenes y vamos a salir a
emborracharnos un día de estos, me dice, y yo sé que en el "vamos" yo no quepo, y tampoco quisiera, con lo que no dice me valía y ahora me lo quiere arrebatar contándome que ya no vuelan vencejos en el bosque de Haiduc, que Glup le besó los párpados la otra noche, que tiene ganas de teatro y vértigo de Ismael. Me atraviesa el pecho mientras me confiesa que a veces se acuerda de otromas con nostalgia y de Carlos con cariño, que Xuacu la deja sola en la oscuridad de Madrid (ella, que nunca he estado sola en su vida) y que tiene tres llamadas perdidas de un número desconocido, quién será, se pregunta, y yo me pregunto por qué la amo mientras habla sin parar, no sé que voy a cenar esta noche, me dice, por no permanecer callada, Él me ha enviado un mensaje en el que me invita a un café o a una siesta. Y ríe sin saber muy bien por qué no llora, entremezclando risas con palabras sin sentido, mi chico de septiembre no llamará hasta el otoño que viene, mientras yo pienso en qué mes me tocará a mi, cuando la volveré a ver, y como si me escuchara oigo como dice que este miércoles no podremos quedar, porque tiene hora para Princesas...Y qué más da, si ya me ha robado sus silencios, que eran lo único que me reconfortaba en ella.
Comentario:
¿No hubiera sido mejor que los dos hablaran y así se hubieran entendido?. Que complicados somo los seres humanos.
Un besín
Un besín
Comentario:
Esto te dije ayer, te digo ahora manzanas y paseos junto al linde de lo tuyo y lo mío, en el extremo de sí pero, en el final de si lo hubiera sabido, en el centro de ámame otra vez, enredados en literatura que se invoca y se vuelve cierta y te leo entrando por tus arterias que se ensanchan y se angostan y la sangre -¿la tuya, la mía?-se vuelve espesa y no vemos más que eso que llaman pasión y ahora es viento de sábanas y palabras que se comen las gaviotas de los días, y todo en ti es (para mi) misterio, qué sé yo, conjeturas, invocaciones para decir “aquí” y que aparezcas y besarte detrás de la oreja, donde las gafas te dejan ese tono rosa y pasar mi lengua hasta que se vuelva blanco, que toda esta pantalla se vuelva blanca y podamos entrar y salir de incógnito –ah, eres tú- y caricias de manos tendidas al sol y no quiero que nunca más estés llaeza. Tantos besos...
Comentario:
Aroga mi gomia se abre y cierra, como en un golia, sin llercia ni camangu. Quiero apirabar leyendo tus comentarios tan dulces, tan tiernos, tan llenos de ureta, rieta, racha, tan llenos de ti. Llaeza que no estás lejos, quiá, ni siquiera allaezo, en Madrid, estás aquiezo, a mi lado, aroga, escondidos detrás de la buleda, que nadie nos vea, que no sepan. Y te leo, escucho, siento tu cacea agarrada a la mía y un sentimiento arangue me sube por el pecho, ese al que te abrazas y ya no sé mas palabras, tampoco hacen falta, quiérote enxidecer, yo, tan drope, tan lleno de grifola ahora que te hablo así, para que entiendas, para que no entiendan, guxa que me alteras este viernes próximo a apilfar. No sé como se dice beso, solo sé darlos, pues eso, mi beso, hoy absolutamente rendido, muchas gracias.
Comentario:
Qué bonito escribes...
TIZA