INTERMINABLES PIERNAS
Tengo una amiga cuyo único mérito laboral son sus interminables piernas... ¡pero no sabeis qué pedazo de mérito! No tiene carrera, no habla idiomas, no le interesa la informática... pero ha llegado mucho más alto de lo que yo pueda soñar jamás. Recuerdo que en una ocasión nos presentamos juntas a una entrevista de trabajo. Mientras yo reunía un montón de certificados, cartas de recomendación y diplomas, ella se dedicó a ponerse un carmín rojo que, según dice, tiene un efecto fulminante sobre los hombres. Por supuesto, consiguió el puesto. Yo monté en cólera, y muerta de envidia, le llamé desvergonzada. Se atusó su melena azabache y me dijo: “Si Dios me hubiera dado una gran inteligencia, no tendría que usar carmín...” En el fondo tiene su mérito, porque vivir de enseñar las piernas no es tan fácil como parece. Yo, las veces que lo he intentado, he salido escaldada. Recuerdo que una vez, queriendo imitar a mi amiga, me fui a una entrevista de trabajo con una minifalda que rozaba la inexistencia, y con el famoso carmín rojo atrapa-hombres. Cuando abrí la puerta de aquel despacho y me encontré con una entrevistadora, creí morirme. Supongo que me falta talento. Desde entonces he vuelto a los métodos tradicionales y estoy tratando de mejorar mi currículum. En fin, si Dios me hubiera dado unas buenas piernas, no tendría que usar mi inteligencia...
Calentador
El calentador de mi casa sigue sin funcionar, así que se me están poniendo los muslos duros como piedras, pero el humor se me está poniendo de perros. Y es que ducharse en agua fría a las siete de la mañana es altamente cabreante. En cuanto pongo un pie en la bañera intento neutralizar la sensación de dolor cantando a voz en grito eso de “quién es ese hooooombre, que me mira y me desnuda... la la la la la la la, laaaa... nadie me lo quiiiiiiiiitaa..”, pero entonces los que se cabrean son los vecinos.
El otro día vino una fontanera a arreglarlo, dio los buenos días, se cargó una pieza, la cambió, cobró ochenta euros y se fue. Digo yo que los ochenta euros serían por los buenos días... El caso es que me da un poco de vergüenza llamar a la empresa para protestar, no sea que se crean que soy misógina.
Hablando de problemas domésticos, también este fin de semana he tenido problemas con mi compañero de piso. El sábado por la noche, estaba yo con el culo en el sofá y los pies en la mesa, con mi mantita de Iberia y mis zapatillas de Carrefour, dispuesta a ver a Gemma Ruiz Cuadrado (la ex de Álvarez Cascos) largando en un programa del corazón a cambio de pasta (que hay que ver lo que ha degenerado la alta sociedad). Lo mejor de la entrevista fue cuando dijo, en plan super-progresista, que nadie necestiaba una vivienda más allá de sus necesidades (frase antológica donde las haya). Eso sí, ella vive en un pisazo de 200 m2 en la calle Serrano, se ve que sus necesidades sí que van más allá...
Bueno, pues en estas me hayaba yo, dispuesta a dejarme narcotizar por la caja tonta, cuando llaman al timbre y mi compañero me dice que son unos amigos a los que ha invitado. Así que se plantan siete tíos en mi casa, cargaditos de cervezas, cocacolas y Dic, y me montan un botellón en medio del salón, que no podía yo ni escuchar las tonterías que decía la ex del ministro. Seguí acurrucada en el sofá, subiendo el volumen del televisor hasta límites insospechados y trataba de ignorar a aquella panda de cenutrios. Pero cuando uno de ellos al que se le salía el whisky por las orejas, se sentó a mí lado, me miró medio vizco y me dijo "¿vienes mucho por aquí, tía?", se me acabaron de hinchar las narices y los saqué a todos a escobazos del piso.
No es la primera vez que mi compañero de piso hace algo así. Un día llegué a mi casa a la una de la mañana y me encontré el salón tomado por su familia. Estaban todos acomodados en los sillones y en sacos de dormir y roncaban como angelitos, sus padres, sus hermanas, su hermano, su cuñada y un gallo, que no habían querido dejarlo en el pueblo. Lo juro que es cierto. No quise encender la luz para no despertarlos, y como no veía un pijo y además me había pimplado dos daiquiris, acabé pasándoles por encima a todos los que dormían en el suelo. Un horror. Por supuesto, a las seis de la mañana el gallo se puso a cantar, y no hubo narices de hacerle cerrar el pico. Ay, Señor, qué dura es la convivencia...
El otro día vino una fontanera a arreglarlo, dio los buenos días, se cargó una pieza, la cambió, cobró ochenta euros y se fue. Digo yo que los ochenta euros serían por los buenos días... El caso es que me da un poco de vergüenza llamar a la empresa para protestar, no sea que se crean que soy misógina.
Hablando de problemas domésticos, también este fin de semana he tenido problemas con mi compañero de piso. El sábado por la noche, estaba yo con el culo en el sofá y los pies en la mesa, con mi mantita de Iberia y mis zapatillas de Carrefour, dispuesta a ver a Gemma Ruiz Cuadrado (la ex de Álvarez Cascos) largando en un programa del corazón a cambio de pasta (que hay que ver lo que ha degenerado la alta sociedad). Lo mejor de la entrevista fue cuando dijo, en plan super-progresista, que nadie necestiaba una vivienda más allá de sus necesidades (frase antológica donde las haya). Eso sí, ella vive en un pisazo de 200 m2 en la calle Serrano, se ve que sus necesidades sí que van más allá...
Bueno, pues en estas me hayaba yo, dispuesta a dejarme narcotizar por la caja tonta, cuando llaman al timbre y mi compañero me dice que son unos amigos a los que ha invitado. Así que se plantan siete tíos en mi casa, cargaditos de cervezas, cocacolas y Dic, y me montan un botellón en medio del salón, que no podía yo ni escuchar las tonterías que decía la ex del ministro. Seguí acurrucada en el sofá, subiendo el volumen del televisor hasta límites insospechados y trataba de ignorar a aquella panda de cenutrios. Pero cuando uno de ellos al que se le salía el whisky por las orejas, se sentó a mí lado, me miró medio vizco y me dijo "¿vienes mucho por aquí, tía?", se me acabaron de hinchar las narices y los saqué a todos a escobazos del piso.
No es la primera vez que mi compañero de piso hace algo así. Un día llegué a mi casa a la una de la mañana y me encontré el salón tomado por su familia. Estaban todos acomodados en los sillones y en sacos de dormir y roncaban como angelitos, sus padres, sus hermanas, su hermano, su cuñada y un gallo, que no habían querido dejarlo en el pueblo. Lo juro que es cierto. No quise encender la luz para no despertarlos, y como no veía un pijo y además me había pimplado dos daiquiris, acabé pasándoles por encima a todos los que dormían en el suelo. Un horror. Por supuesto, a las seis de la mañana el gallo se puso a cantar, y no hubo narices de hacerle cerrar el pico. Ay, Señor, qué dura es la convivencia...
ME PIRRA RODRIGO RATO
La madre de una amiga, (una señora de esas que hacen Pilates y mean Loewe), me ha confesado que Fefé (Fernando Fernández Tapias) le pone. Me lo dijo el otro día en tono confidencial y con ojos libidinosos. Yo no daba crédito a sus palabras, e intenté asegurarme antes de empezar a tener nauseas:
-Pero...¿hablamos del mismo Fefé? - le pregunté incrédula.
-Sí mujer, Fefé el de las navieras, el de la Cámara de Comercio, el que estuvo con Mar Flores...
-¿Ese que va tan colorado que parece de duerme en una máquina de rayos UVA?
-Uy, sí sí sí, ese!! Uy qué morbo, qué morbo!!
-Pero vamos a ver, imagínese que va usted tan ricamente por la calle Serrano, y en un andamio se encuentra con un obrero con mono igualito que Fefé, poniendo ladrillos. ¿Se lo imagina?
-(Poniendo cara de concentración) Sí, creo que sí me lo imagino...
-¿Y le pone?
-¡Uy qué cosas dices, qué horror, no me pone nada!
-Pues eso.
Ahora que desde luego en gustos yo no critico a nadie, Dios me libre, no tengo valor para hacerlo, porque los míos son de juzgado de guardia. Yo es que le encuentro atractivo a ciertos hombres que, habitualmente, no tienen mucha clientela entre el género femenino. Así que no me tengo que tirar de los pelos con ninguna pelandusca, porque en mi sector no suele haber mucha competencia.
Por ejemplo, a mí me pirra Rodrigo Rato. Sólo de nombrarlo me recorre un escalofrío por las meninges. Llevo amándolo en secreto desde que era Ministro de Economía, y ahora que dirige el Fondo Monetario Internacional, es que me funde los fusibles. Lo recuerdo en el Congreso, explicando los Presupuestos con una mano metida en el bolsillo, y se me caen lagrimitas de nostalgia.
Hace un par de semanas soñé que intentaba ligar conmigo en una discoteca, y que yo le sonreía y le quitaba la corbata. No sé, creo que voy a dejar de leer tantas revistas de economía...
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