POTRO DE TORTURA
Tengo un secreto. No se lo he dicho a nadie, porque temo ser juzgada. Los viernes me escabullo con sigilo, con una bolsa de deporte en la mano. Nadie se pregunta a dónde voy. Me da miedo que alguien me descubra y entonces tener que confesarlo: Sí, está bien, es cierto. Yo hago Pilates.
No me malinterpretéis, no soy nada de eso que estáis pensando (y quitáoslo de la cabeza, bajo el nick Brigantis no se esconde Terelu Campos). Yo soy normal, lo que pasa es que las clases de Pilates me entran en la cuota del gimnasio. Así que los viernes me pongo las zapatillas y me voy a hacer esas contorsiones imposibles, rodeada de cuatro o cinco barbie-deportistas.
A mí me habían contado que el pilates era algo así como una mezcla de yoga y estiramientos, y que te dejaba un cuerpo escultural. Así que yo pensé, ¡menudo chollo, estás una horita haciendo estiramientos y te pones cañón! Pero decir que el Pilates son estiramientos es como decir que Lucía Etxebarría es una gran escritora, o sea, una tomadura de pelo. Para que os situéis, una clase de pilates es como una sesión en un potro de tortura de la Santa Inquisición. Cómo serán los estiramientos de marras, que hay gente que dice que en tres clases se le han quedado cortos los pantalones. Durante la clase aguanté como pude el suplicio, sobre todo por no quedar mal con las barbie-deportistas, que me sacan diez años. Pero al día siguiente no podía levantarme de la cama. Yo no sabía por qué me encontraba tan mal, me tomé la fiebre, comprobé mi pulso y llamé a mi hermana para consultarle. Me dijo: Ay que horror, que seguro que es la gripe de los pollos! Le llamé gilipoyas, le colgué el teléfono y me tomé un antigripal por si acaso. Cuando llegó el médico y me encontró postrada en el lecho del dolor, después de unas cuantas comprobaciones me preguntó: -¿hizo usted ayer algún esfuerzo sobrehumano?- yo me tapé con la sábana hasta la nariz, y roja de vergüenza confesé: -Bueno, he hecho Pilates, pero es que era nivel avanzado...
El doctor me aseguró que era el trigésimo sexto caso de post-pilates que atendía en un mes, pero que hasta ahora los casos se circunscribían al Barrio de Salamanca. Al parecer, soy el primer caso en los suburbios.
No me malinterpretéis, no soy nada de eso que estáis pensando (y quitáoslo de la cabeza, bajo el nick Brigantis no se esconde Terelu Campos). Yo soy normal, lo que pasa es que las clases de Pilates me entran en la cuota del gimnasio. Así que los viernes me pongo las zapatillas y me voy a hacer esas contorsiones imposibles, rodeada de cuatro o cinco barbie-deportistas.
A mí me habían contado que el pilates era algo así como una mezcla de yoga y estiramientos, y que te dejaba un cuerpo escultural. Así que yo pensé, ¡menudo chollo, estás una horita haciendo estiramientos y te pones cañón! Pero decir que el Pilates son estiramientos es como decir que Lucía Etxebarría es una gran escritora, o sea, una tomadura de pelo. Para que os situéis, una clase de pilates es como una sesión en un potro de tortura de la Santa Inquisición. Cómo serán los estiramientos de marras, que hay gente que dice que en tres clases se le han quedado cortos los pantalones. Durante la clase aguanté como pude el suplicio, sobre todo por no quedar mal con las barbie-deportistas, que me sacan diez años. Pero al día siguiente no podía levantarme de la cama. Yo no sabía por qué me encontraba tan mal, me tomé la fiebre, comprobé mi pulso y llamé a mi hermana para consultarle. Me dijo: Ay que horror, que seguro que es la gripe de los pollos! Le llamé gilipoyas, le colgué el teléfono y me tomé un antigripal por si acaso. Cuando llegó el médico y me encontró postrada en el lecho del dolor, después de unas cuantas comprobaciones me preguntó: -¿hizo usted ayer algún esfuerzo sobrehumano?- yo me tapé con la sábana hasta la nariz, y roja de vergüenza confesé: -Bueno, he hecho Pilates, pero es que era nivel avanzado...
El doctor me aseguró que era el trigésimo sexto caso de post-pilates que atendía en un mes, pero que hasta ahora los casos se circunscribían al Barrio de Salamanca. Al parecer, soy el primer caso en los suburbios.
EL ELEGIDO
Tengo un nuevo compañero de piso. Qué se le va a hacer, son los daños colaterales del boom de la vivienda. Si me paro a pensarlo, es surrealista. Pones un anuncio en el periódico, entrevistas a una persona y a las cuarenta y ocho horas está en pijama preparándose la cena en tu cocina. Ni siquiera con mis ligues voy yo tan rápida.
La selección de la persona adecuada para convivir contigo es todo un arte. En una entrevista de siete minutos debes decidir si vas a permitir que ese tipo te vea a diario con la mascarilla puesta y las zapatillas del Carrefour. Un estrés.
Cuando mi nuevo compañero vino a ver el piso, supe que ÉL era EL ELEGIDO. Es feíto (no traerá mujeres a casa), es informático (se pasa el día haciendo horas extras), viaja mucho (un buen compañero de piso es un compañero de piso ausente) y se pasa el día hablando de su pueblo (se irá todos los fines de semana...).
El único inconveniente es que es parecidísimo a Alfredo Landa en sus mejores tiempos, y me mira como si yo fuese una sueca de esas de las películas de los años sesenta (le saco dos cabezas). Temo que empiece a perseguirme por toda la casa... Pero en fin, nadie es perfecto.
La selección de la persona adecuada para convivir contigo es todo un arte. En una entrevista de siete minutos debes decidir si vas a permitir que ese tipo te vea a diario con la mascarilla puesta y las zapatillas del Carrefour. Un estrés.
Cuando mi nuevo compañero vino a ver el piso, supe que ÉL era EL ELEGIDO. Es feíto (no traerá mujeres a casa), es informático (se pasa el día haciendo horas extras), viaja mucho (un buen compañero de piso es un compañero de piso ausente) y se pasa el día hablando de su pueblo (se irá todos los fines de semana...).
El único inconveniente es que es parecidísimo a Alfredo Landa en sus mejores tiempos, y me mira como si yo fuese una sueca de esas de las películas de los años sesenta (le saco dos cabezas). Temo que empiece a perseguirme por toda la casa... Pero en fin, nadie es perfecto.





