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UN HOMBRE SIN CAMISETA
Algo flota en el ambiente estas Navidades, que me tiene desasosegada. Trato de relajarme, de concentrarme en mis lecturas, de ser metódica y ordenada, de mirar escaparates, de disfrutar de largos paseos por el campo… Pero no puedo, soy incapaz de llevar la vida sosegada y rutinaria de siempre. Lo reconozco, he perdido la serenidad. No os lo vais a creer, pero los hombres guapos me persiguen. Y no es que me persigan en plan buscar rollo conmigo, es que me los encuentro por todas partes! He reflexionado largamente sobre ello, pero todavía no he descubierto si se trata de un efecto óptico o de una coincidencia estadística. El caso es que, allá donde voy, en cualquier circunstancia y situación, en estas fechas no hago más que cruzarme con chicos condenadamente guapos. Yo trato de ignorarlos, de fingir indiferencia, porque a mí estas cosas me desestabilizan mucho, pero ellos aparecen por todas partes. No sabéis que incomodidad, que sensación tan perturbadora. Yo no quiero verlos, pero ellos insisten en aparecer. Voy yo sentadita en el metro, tan ricamente, leyendo a Bertrand Russell en plan superintelectual, como muy por encima del bien y del mal, cuando entra en el vagón un hombre que me deja sin respiración, por la sencilla razón de que está como un queso. Y venga, es que ya me desestabiliza. Yo trato de no mirarlo, clavo mis ojos en “Principios de Reconstrucción Social”, leo el mismo párrafo veinte veces, pero no me entero de nada porque estoy escuchando una vocecita en mi cabeza que me dice: “¡Dios mío, es guapísimo, es guapísimo…!”. ¿Pero de dónde diablos han salido todos estos apuestos hombres? ¿Dónde estaban hace tan sólo un mes?
Lo único que se me ha ocurrido para tranquilizarme es irme al gimnasio a gastar energía, a ver si así puedo volver a salir a la calle sin peligro de darme una bofetada contra una farola mientras voy por ahí mirando hombres guapos con cara de tonta. El caso es que estos días mi gimnasio está casi vacío, así que sólo estábamos una chica y yo. Después de varios abdominales, dorsales y lumbares conseguí relajarme, empecé a tranquilizarme sintiéndome a salvo de ese batallón de hombres irresistibles que me asedian. Y de repente: entra ÉL. Dios mío, esa piel trigueña, esos ojos verdes, esos bíceps perfectos, esa mandíbula cuadrada… ay Señor, que me va a dar un pasmo. Me concentro en el ejercicio, pongo más peso en la máquina, no puedo levantarlo, quito peso de la máquina, se me cae la toalla al suelo, me agacho a por la toalla. Y mientras yo estoy en estas, fingiendo que mantengo el control sobre mí misma, va el muy desconsiderado y … ¡se quita la camiseta! Me pillo un dedo con las pesas. Super-indignada me dirijo a él furibunda para llamarle la atención por su ultraje, por andar por ahí sin camiseta irresponsablemente.

- ¿Te parece bonito hacer estas cosas? ¿Te gustaría que yo me quitara la camiseta?- le grito cegada por la furia.
- Pues la verdad, sí que me gustaría…

Dios. Es imposible razonar con un hombre.

 
UN CADÁVER EN MI SALÓN
Maldito consumismo. Ya está aquí la Navidad y yo no paro de hacer compras frenéticamente, que tengo la tarjeta de crédito que pega chillidos cada vez que la saco de la cartera. Es que claro, empezar de cero es muy duro: yo no tengo árbol, ni bolas, ni cintas, ni belén… Y es que la paga extra ya la tengo medio empeñada desde septiembre. Así que se me ocurrió hacérmelo en plan alternativo, buscando ideas originales con las que, por cuatro perras, dejase a las visitas epatadas por mi imaginación y buen gusto. El caso es que pensé: vamos a aprovechar los recursos que ya tenemos, y se me ocurrió reciclar mi ficus, convirtiéndolo en un árbol de Navidad que despertara la admiración general. Me compré un spray de nieve en chinel (o sea, la tienda de chinos de mi barrio), y me puse manos a la obra. Os diré que el resultado fue bastante satisfactorio. Sin embargo, al día siguiente el cadáver de mi ficus yacía en mi salón. Fue horrible, no sabéis qué disgusto. Es terrible que se muera tu ficus, pero que se muera en Navidad es traumático.
Para superarlo me fui a por los turrones. Me quedé ojoplática en medio del supermercado: ¡hacen turrones de todos los sabores posibles! Hay de café irlandés, de queso con arándanos, de arroz con leche, de tarta de santiago, de tomillo… Coño, si hasta los hacen de pétalos de rosa… Recuerdo que cuando yo era pequeña teníamos el blando, el duro, y ya en plan superoriginal el de chocolate de Suchard, que era una cosa así como el Crunch. Y se acabó. Pero los tiempos han cambiado, y yo me estoy temiendo que saquen el de arroz tres delicias o el de cocido madrileño, que son los únicos que faltan.
También me he tirado a la calle para comprar los regalos. Yo los compro en tiendecitas pequeñas. En Navidad siempre intento mantenerme alejada de los centros comerciales, porque me producen un irrefrenable odio hacia la humanidad, instintos asesinos. Y eso en estas fechas está muy feo. La gente te empuja, te atropella con el carrito del niño y es capaz de matar por el último Action Man. El año pasado me peleé con una señora por un jarrón chino monísimo:

-Niña, suelta el jarrón que lo he visto yo primero.
-¡Pero señora, que lo tengo yo!- (agarrándome a él como náufrago a su tabla).
-Y ella venga a zarandearme- ¡Que horror de juventud, ya no hay respeto a los mayores!
-¡Señora, que no me empuje, que va usted a tirar el jarrón!
-A ver, pija impertinente, suelta el jarrón que es mío.
-¡Señora, que me quema con el cigarro!- Y claro, el jarrón se cayó y entonces apareció el encargado. Yo le dije que había sido culpa de la señora que estaba a nuestro lado mirando los marcos de artesanía, que estaba disimulando la muy perra. Y me echaron de los grandes almacenes.

Así que yo huyo de las multitudes, porque no quiero empañar mi espíritu navideño cruzándole la cara a nadie. Además, comprar en tiendecitas pequeñas es más progre, las dependientas tienen una paciencia infinita, y no te fríen con la calefacción. Todo son ventajas.