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LO MEJOR DE ESCRIBIR
Rincón donde puedes conocer a ésta joven autora catalana y su obra.
Acerca de
Magda Guarido nace en Barcelona (1968). Entra casi de casualidad en el mundo literario a los dieciseis años, escribiendo en el periódico escolar, desde entonces ha participado en diferentes proyectos literarios. Persona polifacética, ha formado parte de varios agrupaciones teatrales, entre las que destacan los grupos, Terpsíore y L´Esparadrap. Hoy en día reparte su tiempo libre entre la literatura y la enseñanza de dramatización infantil en Torrelavega (Cantabria), donde reside actualmente. Enlace para adquirir la novela: AQUI
Sindicación
 
Inocencia perdida "capítulo primero"
CAPITULO PRIMERO

Clara, era una chica de dieciséis años que había nacido en Barcelona. Siempre había sido una niña despierta y avispada, delgada y con una melena a la altura de los hombros de color canela. Sus ojos verdes, hacían que su mirada fuese atractiva y cautivadora, y se había situado seductoramente un lunar, en la parte derecha del labio superior. Aparentaba más edad de la que tenía. Nunca había tenido novio y estaba feliz de ser todavía virgen, pues muchas de sus amigas ya habían tenido su primera relación sexual y ella les decía, que quería estrenarse con alguien especial de verdad, con el amor de su vida.
Sus amigas decían que eso eran tonterías, pero Clara sonreía y seguía jugando a ser mayor.
Siempre había vivido entre prostitutas, pues era hija de madre soltera, y sabía que su propia madre practicaba esta profesión. A ella le gustaba mucho estudiar y sacaba siempre buenas notas, quería seguir un sueño, ser maestra.
Una noche su madre entró rápidamente y tras ella un hombre que la empujaba,
-Clara, ve a tu habitación -dijo su madre muy nerviosa.
Ella obedeció asustada, tras ella entró aquel hombre, y cerró con pestillo la puerta. Clara se quedó paralizada y no supo como reaccionar. En décimas de segundo se encontró rodeada por los brazos sudorosos del hombre y acostada sobre la cama.
-¡¡Mamá!! ¡¡¡Mamá, por favor!!!
El hombre desnudó a Clara a la fuerza y se desabrochó el pantalón. Mientras forcejeaban, ella lloraba llamándola una y otra vez.
Al otro lado de la puerta estaba su madre, en silencio. Mientras resbalaba una lágrima por su rostro abrazaba un pequeño osito de peluche que la niña tenía desde muy pequeñita. El hombre le abrió bruscamente las piernas y la penetró sin pensárselo. Se escucharon los gritos de dolor y luego se hizo el silencio.
Clara sentía como aquel hombre entraba y salía de su interior una y otra vez, le veía la cara de vicio y notaba caer las gotas de sudor en su cuerpo. Ya no gritaba, sólo lloraba en silencio y deseaba que terminase pronto y se marchara. De repente el hombre inspiró y salió repentinamente, dejando caer el semen sobre el vientre de la joven. Clara giró la cara y cerró sus piernas; cogió su almohada y no pudo retener más su llanto.
-No llores putita, ya verás como al final esto te gustará... Eres igual que tu madre. -dijo el hombre, mientras se subía la bragueta
-Se abrió la puerta de la habitación y salió. En el pasillo se encontró a Esther, la madre de Clara, que seguía abrazada al osito y llorando en silencio.
-Sus ojos, llenos de odio, se clavaron en los de aquel hombre y éste dijo:
-Que no vuelva a pasar... ¡O volveré a follarme a tu hija!
Cogió de los pelos a Esther y la levantó, la besó fuertemente en la boca y se marchó.
Esther se acercó a la puerta de la habitación de su hija. Clara estaba mirando hacia la pared, acurrucada a su almohada y llorando. Se acostó a su lado, la abrazó por la espalda y se unió a su llanto.
-¿Por qué? -dijo Clara.
Su madre no dijo nada, y así se quedaron dormidas.
Llegaba la noche y Esther se despertó, seguía abrazada a su hija y la chica a su almohada, desnuda y fría. Cogió una sábana del armario, la echó sobre el cuerpo de la joven, y luego se dirigió a su habitación. Como cada día, preparó detalladamente las piezas de ropa que iba a ponerse aquella noche, las colocó sobre su cama y se marchó a la ducha.
Estaba frente al espejo y se quedó inmersa en su propia mirada, le volvieron los recuerdos de aquella historia que le había contado Irene cuando falleció su madre. No estaba dispuesta a dejar que Clara fuese tan desdichada como lo había sido ella. Resbalaban las lágrimas por sus mejillas, cogió un cuchillo de la cocina, lo escondió debajo de su ropa y como cada noche salió a la calle.
Esther tenía un fantástico tipo, resultado del atletismo, deporte que había practicado durante algunos años y con el que tan sólo con ocho años, había sido capitana en el equipo de su escuela, y había ganado algunas copas en su adolescencia.
Le gustaba cuidarse físicamente, por eso corría varios kilómetros cada día y así se mantenía en forma.
Había crecido, en un pequeño pueblo del extrarradio de Barcelona, un lugar donde no existían muchas opciones para los niños en cuestión de deporte, los estudiantes podían escoger entre el fútbol, el baloncesto, el atletismo o la natación, aunque para éste último debías disponer de buenos ingresos porque los cursillos no estaban subvencionados y por aquel entonces eran algo caros para algunas familias. Los padres de Esther la apuntaron desde muy pequeña a la actividad más económica y allí se quedó hasta que conoció a César.
Era el año 1976 y en el pabellón de deportes habían contratado a un nuevo entrenador, para que se dedicara a las corredoras que mostraban cualidades para la competición, y así, poder llevarlas a eventos escolares.
Por aquel entonces Esther tenía catorce años y su cuerpo estaba algo más desarrollado que el resto de las chicas de su edad.
Era una chica alegre e independiente, acostumbraba a rodearse de chicos y chicas de cursos superiores, pues pensaba que los de su edad eran "infantiles". A César le llamó la atención desde el primer día, cuando al llegar a la pista, la vio acercarse con sus zapatillas colgando del hombro, su mini pantalón de espuma y la camiseta de tirantes ceñida, que marcaba sus para entonces pequeños y redondos pechos. Iba riendo y jugando con Marina, su fiel amiga y compañera desde el parvulario.
Marina, era una joven rellenita, con el pelo corto y moreno, llevaba gafas y no era demasiado guapa, pero tenía una gran sonrisa. Era hija única y siempre la habían tenido muy consentida, todo lo contrario que a Esther, por eso cada una de ellas ofrecía diferentes experiencias a la otra y así formaban un equipo de primera, tanto, que incluso los maestros tenían que separarlas para que no molestaran al resto de la clase con sus risas y escándalos... Una vez, Marina, se untó la cara con polvo talco y se dibujó unas ojeras moradas, se apoyó en la puerta de la clase y llamó fuertemente con el puño. La maestra al abrir, se encontró con un cuerpo muerto cayendo a sus pies y al ver la cara pálida de la niña, casi se muere del susto... Claro, que eso, le costó un fuerte castigo, pero dicen que valió la pena.
César quedó prendado por la alegría que rebosaba Esther, y cuando llegaron a su lado Marina preguntó:
-¿Es usted el nuevo entrenador...? Porque esta chica -dijo señalando a Esther, es la mejor... ¡En todo! Es rápida como el viento, vuela como los pájaros cuando salta las vallas y....
Esther le dio un fuerte golpe y la hizo callar, mientras añadía:
-Hola señor.
La mirada de la chica se cruzó con la de su nuevo entrenador.
César era un joven atlético, de tez morena y pelo corto, tenía unos pequeños ojos verdes y una voz muy pausada y sensual, era más alto que Esther y su delgada constitución lo hacía realmente atractivo.
-¿No es usted muy joven para ser entrenador? -dijo Marina.
El joven sonrió y a Esther se le aceleró el corazón.
-¡A trabajar! -Añadió el chico. Empezaréis con unos estiramientos y unas vueltas suaves por la pista.
Marina resopló, dejó su bolsa en el suelo y se sentó para cambiarse las zapatillas. Esther estaba embobada mirando como César se marchaba hacia el otro lado de la pista, donde estaban el resto de sus compañeras de equipo.
-¡Esther! Despierta... ¿Pero qué te pasa?, ni lo mires... ¡Es tu entrenador! Y además es muy mayor para ti.
La chica se sentó y empezó a quitarse el calzado de calle, sin perder de vista cada movimiento que el joven hacía; de pronto César giró la cabeza y miró a las chicas, Esther se puso colorada y sin saber donde mirar se volvió a colocar sus viejas botas en los pies..
-¿Pero que haces? ¿Vas a correr con botas? -dijo Marina
Las dos chicas se echaron a reír, se cambió el calzado y finalmente empezaron con el calentamiento.
Al terminar estaban totalmente rendidas, como cada día, y se dirigieron a las duchas- Iban por el pasillo cuando de lejos vio a César acercarse mirando unos papeles.
-Ve delante Marina, ahora llegaré yo -le dijo a su amiga.
-Tú sabrás lo que haces. Y se metió en los vestuarios.
La joven se agachó para atar los cordones de sus zapatillas y al levantarse chocó con César que estaba ya a su lado.
-¡Ay! No te había visto, disculpa... -y se quedó pensando su nombre.
-Esther, me llamo Esther.
-Claro, lo sabía, no se me podría olvidar... Sabes, tienes una buena técnica cuando corres, ¿Quién te ha enseñado? -preguntó el entrenador.
-Los monitores que hemos ido teniendo aquí en la escuela, nunca he tenido un entrenamiento especial, hasta ahora.
-Bien, pues haré de ti mi mejor corredora, bueno, si tú quieres, claro.
-¡Me encantará! Bueno, me voy, he de ducharme.
La chica entró en el vestuario y se apoyó en la puerta dando un enorme suspiro, y le dijo a su amiga:
-Marina ¡Es guapísimo!
Las dos se echaron a reír otra vez y se metieron en las duchas.
-¡Dúchate anda! -dijo Marina.
Los entrenamientos terminaban a las diez de la noche, y las chicas andaban rápido hacia sus casas mientras no dejaban de hablar de comida.
Esther, por su delgadez, podría decirse que no comía nada, pero nada más lejos de la realidad. Su madre solía decirle que si alguien la veía comer con tanta ansia, pensaría que no le daban de comer en casa.
En el camino se encontraron con un grupo de chicos conocidos en el barrio por buscar siempre peleas y meterse en problemas.
-¿Vamos por la otra acera? -dijo Marina,
-¡No! ¿Por qué hemos de cambiar nosotras? ¿No es acaso nuestra calle también?-contestó enfadada Esther.
- Nenitas... ¿Qué hacéis tan tarde fuera de casita? -se escuchó a lo lejos
Las chicas siguieron caminando sin hacer caso de lo que escuchaban.
-¡Os he preguntado algo niñas! ¿Se os ha comido la lengua el gato? -gritó uno de aquellos chicos a la vez que salía corriendo hacia ellas.
-¡Corre Marina! -dijo Esther dando un grito.
Las chicas empezaron a correr calle arriba, eran demasiado rápidas y los jóvenes se dieron por vencidos.
Les dimos esquinazo... -dijo Esther riendo y casi sin aliento.
-¡Un día no conseguiremos dejarlos atrás y entonces no te reirás tanto! -replicó su amiga.
-Hasta que ese día llegue no hemos de preocuparnos, ¿no crees? - añadió Esther mientras se despedía con el gesto de su mano.
Vivían las dos muy cerca, tan sólo el autoservicio del señor Domingo separaba sus portales, era la tienda donde habitualmente sus madres hacían la compra mientras intercambiaban críticas sobre el resto de vecinas del barrio.
Marina, vivía en la planta baja, en una preciosa casita adosada al edificio. No era demasiado grande, pero lo suficiente para sus padres y para ella, ya que aunque le hubiese encantado tener un hermanito, sus padres decidieron que sería mejor quedarse con una y darle una buena vida y unos buenos estudios. En la parte interior tenía un pequeño jardín en el que su madre acostumbraba a pasar muchas horas cuidando sus flores y plantas. Al entrar a la casa un olor hizo mella en ella.
- ¿Qué es esto que huele tan bien mamá? – dijo relamiéndose.
- He preparado puré de lentejas como a ti te gusta… -contestó la madre muy cariñosamente.
- ¡Oh mamá! Eres estupenda, no hay nada mejor que una buena comida después de un entrenamiento como el de hoy.
- ¿Ha sido duro entonces? –dijo su madre asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
- ¡Uff! Ni te lo imaginas. Ha venido un nuevo entrenador y ¡No veas que duro es!
Su madre se echó a reír y añadió, - Anda exagerada, date una duchita mientras yo termino esto, y luego ¡A la mesa!
Marina hizo lo que su madre le había aconsejado, pero no dejaba de pensar en su gran amiga y confidente.
Esther subió corriendo las escaleras, como siempre, y entró en su casa como un torbellino.
-¡Hola! Ya estoy en casa. ¿Qué hay de cenar mamá? -voceó Esther desde la entrada.
-Ven hija, estoy en la cocina -respondió su madre.
Al entrar en la cocina encontró a su madre llorando. A su lado estaba su tía, una de las hermanas de su padre a la que la joven no soportaba.
-Mamá... ¿Por qué lloras? -preguntó Esther angustiada. ¿Qué pasa tía?
-Siéntate cariño, hemos de hablar -susurró la madre. -¡Mamá por favor! Ya no soy una niña pequeña -exclamó.
-Tu padre ha tenido un accidente con el camión hija.
Un brillo apareció en los ojos de la joven, se sentó abatida al lado de su madre y le preguntó:
-¿Cómo está? ¿Dónde está?
Su madre le cogió las manos entre las suyas y mirándola a los ojos dijo con voz muy suave:
-Papá ha muerto hija mía...
Todo quedó en silencio, sólo un lloro silenciado nacía en el interior de la chica. Salió corriendo hacia su habitación y se echó sobre la cama. Lloraba desconsoladamente y su madre y su tía se quedaron en la cocina dándole tiempo para asimilar la noticia.
Por la mañana, estaba abrazada a una muñeca tirolesa que le había traído su padre en uno de sus viajes, su madre entró en la habitación y con mucho cariño la despertó. Estaba profundamente dormida, había sucumbido al cansancio después de llorar durante horas. Una vez había abierto los ojos su madre le dijo:
-Vamos hija, arriba, hemos de ir al tanatorio.
-¿He de ir mamá? - preguntó.
-Sí, debes ir. Además estoy segura de que papá estaría orgulloso de ti si viera lo fuerte que eres en estos momentos tan dolorosos. -añadió la madre.
Esther se abrazó a su muñeca nuevamente y miró al techo.
Cuando llegaron al tanatorio se encontraron con el resto de sus familiares, vecinos y amigos. Algunos de ellos hacía mucho tiempo que ella no los veía y optó por sentarse en un rincón de la sala de espera y recordar aquellos tiernos momentos que compartió con su amado padre.
Recordó la última vez que salieron juntos al zoológico, en el que a su madre poco más y le da un ataque de risa cuando su padre entró en el recinto de los elefantes para hacerse una foto y de repente una de aquellas grandes trompas lo roció de pies a cabeza.
-¡Esther! -se escuchó al fondo del pasillo.
Era Marina, había oído la noticia en el barrio y decidió no ir a la escuela para hacer compañía a su mejor amiga. Las dos chicas se abrazaron fuertemente y lloraron juntas en el mismo rincón dónde estaba refugiada Esther y cogidas de la mano esperaron.
Al cabo de un rato, se acercó su madre y le preguntó si deseaba entrar a ver a su padre y ésta dijo que no, que prefería recordarlo en vida. Cuando su madre se alejaba la chica la llamó:
-¡Mamá!, sí entraré, pero... ¿Puede entrar Marina conmigo?
-Si hija, entrad las dos, pero un ratito solamente.
Las chicas se quedaron al lado de la puerta, inmóviles durante unos segundos. Esther, soltó la mano de su amiga y se acercó a su padre, acarició con un dedo su mano helada y susurró:
-Hola papá... ¿Por qué te has ido tan pronto? Con tantas cosas que nos quedaba por hacer. Espero, que allí dónde vas encuentres muchas cosas bonitas y que te quieran mucho... Tanto como te quiero y te querré yo desde aquí. Te prometo que te haré sentir orgulloso.
La chica empezó a llorar de nuevo y Marina se acercó para abrazarla.
-Vamos Esther...
-Adiós papi... -añadió Esther entre sollozos.
Al día siguiente el entierro transcurrió con la normalidad que puede tener cualquier entierro. Llantos, lamentos y flores ponían música y color a uno de los días más tristes en la vida de Esther.