NATURALEZA DE MUJER
Ella sirvió la cena como cada día. Él, en silencio probó el manjar y le sonrió. Finalizada la cena y sin mediar palabra se levantó, cogió un libro y sentado en su lugar preferido se sumergió en la lectura.
Tras un par de horas de lectura se le cerraron los ojos y quedó dormido. Se despertó a orillas de un río, sus aguas cristalinas jugaban con los reflejos del sol y dejaban que las hojas de los árboles bailaran al compás de sus oleajes. Miró a la derecha y después a su izquierda, no vio a nadie y en cambio se sentía acompañado. Levantándose poco a poco, observó su alrededor y se impregnó de la plenitud de la naturaleza que lo arropaba. Se acercó tímidamente al agua y bebió de ella, era la más fresca que jamás había probado, aquella agua lo vigorizó y se sintió feliz, un hombre nuevo.
Acarició la suavidad de la hierba, era pura y de un verde brillante, se dejó calentar por el fuego intenso de la mirada del sol y le susurró la dulce voz de la brisa. Caminó desnudo disfrutando de aquel instante y paseó largos trechos sin descansar, era tan bonito lo que tenía delante de él, que no lo podía creer.
Empezó a sentir cansancio y se acurrucó a la vera de un pequeño cúmulo de hojas que utilizó de almohada, cerró sus ojos y luego escuchó:
- Debe ser muy bonito tu sueño, cariño, tu sonrisa te delata....
Entonces el hombre abrió sus bonitos ojos y con voz dulce y cariñosa, respondió:
- Si cielo, soñaba contigo.
Tras un par de horas de lectura se le cerraron los ojos y quedó dormido. Se despertó a orillas de un río, sus aguas cristalinas jugaban con los reflejos del sol y dejaban que las hojas de los árboles bailaran al compás de sus oleajes. Miró a la derecha y después a su izquierda, no vio a nadie y en cambio se sentía acompañado. Levantándose poco a poco, observó su alrededor y se impregnó de la plenitud de la naturaleza que lo arropaba. Se acercó tímidamente al agua y bebió de ella, era la más fresca que jamás había probado, aquella agua lo vigorizó y se sintió feliz, un hombre nuevo.
Acarició la suavidad de la hierba, era pura y de un verde brillante, se dejó calentar por el fuego intenso de la mirada del sol y le susurró la dulce voz de la brisa. Caminó desnudo disfrutando de aquel instante y paseó largos trechos sin descansar, era tan bonito lo que tenía delante de él, que no lo podía creer.
Empezó a sentir cansancio y se acurrucó a la vera de un pequeño cúmulo de hojas que utilizó de almohada, cerró sus ojos y luego escuchó:
- Debe ser muy bonito tu sueño, cariño, tu sonrisa te delata....
Entonces el hombre abrió sus bonitos ojos y con voz dulce y cariñosa, respondió:
- Si cielo, soñaba contigo.
EL SILENCIO DE LA NOCHE
¿Que te dice el silencio en mitad de la nada?
¿Qué te dice el sueño, cuando suena a suspiro?
¿Quién escucha al viento, cuando no dice nada?
Sonidos sin sentido que te dicen un todo, que te transportan a un viaje por tu yo interior, a conocer ese silencio que nos envuelve cuando estamos en soledad.
El silencio que hace que nos reencontremos con nuestros propios pensamientos...
Escucha el silencio cuando te avisa de tus miedos. Sueña, cuando en el silencio imaginas una nueva vida. Sigue al viento, cuando te conduce a nuevas experiencias, llenas de felicidad y nuevas sensaciones...
El silencio, no siempre no dice nada, a veces debemos saber escuchar al silencio, para comprender que nos está diciendo...
Escucha al silencio y sonríele a la vida.
¿Qué te dice el sueño, cuando suena a suspiro?
¿Quién escucha al viento, cuando no dice nada?
Sonidos sin sentido que te dicen un todo, que te transportan a un viaje por tu yo interior, a conocer ese silencio que nos envuelve cuando estamos en soledad.
El silencio que hace que nos reencontremos con nuestros propios pensamientos...
Escucha el silencio cuando te avisa de tus miedos. Sueña, cuando en el silencio imaginas una nueva vida. Sigue al viento, cuando te conduce a nuevas experiencias, llenas de felicidad y nuevas sensaciones...
El silencio, no siempre no dice nada, a veces debemos saber escuchar al silencio, para comprender que nos está diciendo...
Escucha al silencio y sonríele a la vida.
Etiquetas: relatos
LEONOR
Hola, me llamo Leonor. Soy la típica mujer que trabaja ocho horas fuera de casa detrás de una mesa de despacho entre papeles y lápices; que intenta poner orden en su hogar y además araña algún minuto al día para mirarse al espejo y dedicarse una sonrisa; cuarenta y cinco años, más de la mitad compartidos con aquel hombre del que me enamoré por su aspecto de “dandi” en las películas americanas, y al que el tiempo a convertido en el hermano pequeño de “Michelin”; entregada en cuerpo y alma, pero sobre todo en cuerpo, a la procreación de la especie con una aportación de cinco hijos; perro, gato, dos tortugas y como no podía ser de otra manera, un canario…
A las seis y media de la mañana cuando suena el despertador, inhalo la suficiente cantidad de paciencia y sosiego para resistir las siguientes veinticuatro horas; me incorporo lentamente de la cama para no despertar a Luis, me calzo las zapatillas de franela a cuadros y salgo a hurtadillas de la habitación. Mi primera parada es el baño, vacío los líquidos que me aprisionan el vientre y tras lavarme la cara me la embadurno con la crema antiarrugas, según pone en el bote desaparecen aquellas patas de gallo que van apareciendo con la edad, en mi caso, más que patas de gallo es una reproducción del gran cañón del colorado. Luego, a medida que me dirijo a la cocina abro las puertas y subo las persianas de los cuartos de los chicos.
El mayor es Julio, a sus diecisiete años todavía duerme con un peluche, el gato y se deja la lamparilla encendida, según dice no tiene miedo, pero está acostumbrado a la luz y no podría conciliar el sueño sin ella. Salto a través de una pista de obstáculos a base de comics, coches y fundas de juegos para la playstation y llego a la ventana, me cuelgo de la maldita cinta que siempre se engancha y del tirón armo tal estruendo que le provoco al pobre muchacho el primer sobresalto del día. La habitación contigua es la de las niñas; tienen catorce y once años y dos originales nombres, Alba y Aurora, que quiso poner su padre en honor al día en que nos conocimos; la mañana después de un concierto de Bruce Springsteen, la cual nos despertábamos en una playa con una importante resaca. Este par siempre están revueltas entre las sábanas, a veces creo que en lugar de dormir hacen batallas nocturnas. Continúo con la ronda para despertar a los muchachos y termino en la habitación de los peques de la casa. Maribel es muy pequeñita todavía para acudir a la escuela y Francisco, a sus seis añitos, ha empezado este año en el colegio de los mayores.
Poco a poco la casa se va convirtiendo en el pasillo estrella de un centro comercial; algunos corren para no perder su turno en el aseo, otros discuten por los cereales que van a poner para desayunar, el perro que escapa de unos y otros, y con tanto jaleo se levanta el gran jefe de la tribu.
Mi marido arrastra sus zapatillas por el parquet mientras se hace el nudo de la corbata, e intenta levantar los párpados para dejar sus preciosos ojos verdes al alcance de los primeros rayos de sol que asoman por las ventanas, se sienta en una silla y deja que su cuerpo y su mente se incorporen lentamente a la vida cotidiana. Francisco aparece con sus tortugas y las pone encima de la mesa de la cocina provocando diferentes opiniones al respecto, al final y por decisión de la mayoría, las tortugas regresan a su lugar.
Después de tres cuartos de hora de revoloteo, discusiones, prisas y demás, los dos mayores empiezan a desfilar hacia sus diferentes lugares de estudio. Diez minutos más tarde sale Luis hacia el despacho y para no perder la costumbre le pide a Aurora que se apresure, y ésta todavía sin peinar, sale corriendo con la boca llena de cereales y arrastrando la mochila.
A las ocho llega Fabiana, cuando llega a la hora ¡claro está! Porque cuando no es por una cosa es por otra, pero no conoce el significado de la palabra “puntualidad”. Es una mujer extranjera que además de comerse lo que pilla en la nevera, cuida de Maribel por la mañana; le dejo preparado lo relacionado con la niña, pero todo y así me pide mil explicaciones y luego, mientras cojo el abrigo, el bolso y a Francisco, me cuenta sus desventuras durante la tarde anterior.
Ya con la hora pegada al culo, dejo al pequeño en el colegio y cruzo a toda prisa la zona de pisos en construcción que hay en frente para atajar hasta la oficina. Para rematar la mañana hoy me encuentro con esto… Un imbécil con una navaja en la mano; tendrá unos cuarenta años y desprende un hedor irrespirable al abrir la boca, ¡me pide el monedero! Será cabrón, aguantar al jefe cinco días a la semana durante ocho interminables horas para ganar unos míseros ochocientos euros, y ahora éste pretende que le de parte de ello…
Sin pensármelo dos veces empiezo a correr por el descampado, pero la maldita idea que tuve al escoger el vestuario y seleccionar este traje chaqueta con minifalda y los zapatos de talón alto me ha fastidiado la huida; y el imbécil que corría detrás de mi sacando el hígado por la boca, o lo que le queda de él, me ha cogido por el pelo y me ha tirado al suelo. Con un tono rudo me ha dicho: -Usted decide señora, puede darme el dinero a la fuerza o puede darme el dinero, marcharse y aquí no ha pasado nada.
¿Cómo que no ha pasado nada? Me digo a mi misma. Me estás quitando el pan y la leche de toda una semana; seguramente para pincharte o para bebértelo, porque con las pintas que me lleva dudo mucho que sea para la matrícula de la universidad. Al final le entrego mi bolso, pues por muy imbécil que me parezca éste es capaz de pincharme y dejar mi cuerpo aquí tirado, y claro, luego si consiguen cogerlo, pídele explicaciones a la justicia que escogerá entre la población a 12 buenos samaritanos que después de escuchar las medio verdades de uno y otro lado, se encerrarán en un cuatucho varias horas para decidir sobre si debe o no estar en la calle. Al verse con mi bolso entre las manos el imbécil lo sacude a su antojo y esparce por el suelo todas mis cosas íntimas: la agenda, los tampax, el lápiz de ojos y por fin el monedero; lo recoge rápidamente y saquea sin piedad su contenido; luego se marcha a la velocidad del rayo dejándome en el suelo tirada en la más vergonzosa de las situaciones.
Empiezo a llorar a moco tendido con las consecuencias que eso conlleva… A lo lejos veo a un hombre trajeado que al darse cuenta de mi existencia se acerca corriendo, ¡mi jefe!
-¿Leonor, qué te ha pasado? –Pregunta cogiendo mi mano-. Hola señor –respondo agradecida, con el rimel corrido por las mejillas y el moco colgando-; a la vez recojo mis cosas y las devuelvo a su lugar.
El hombre, muy cortésmente me ayuda a levantar, pero no pierde la oportunidad de sobarme el culo de nuevo. Nos vamos lentamente hacia el despacho, pero en mi mente ronda un solo pensamiento… “Hay días que sería mejor no levantarse de la cama…”
Magda Guarido
A las seis y media de la mañana cuando suena el despertador, inhalo la suficiente cantidad de paciencia y sosiego para resistir las siguientes veinticuatro horas; me incorporo lentamente de la cama para no despertar a Luis, me calzo las zapatillas de franela a cuadros y salgo a hurtadillas de la habitación. Mi primera parada es el baño, vacío los líquidos que me aprisionan el vientre y tras lavarme la cara me la embadurno con la crema antiarrugas, según pone en el bote desaparecen aquellas patas de gallo que van apareciendo con la edad, en mi caso, más que patas de gallo es una reproducción del gran cañón del colorado. Luego, a medida que me dirijo a la cocina abro las puertas y subo las persianas de los cuartos de los chicos.
El mayor es Julio, a sus diecisiete años todavía duerme con un peluche, el gato y se deja la lamparilla encendida, según dice no tiene miedo, pero está acostumbrado a la luz y no podría conciliar el sueño sin ella. Salto a través de una pista de obstáculos a base de comics, coches y fundas de juegos para la playstation y llego a la ventana, me cuelgo de la maldita cinta que siempre se engancha y del tirón armo tal estruendo que le provoco al pobre muchacho el primer sobresalto del día. La habitación contigua es la de las niñas; tienen catorce y once años y dos originales nombres, Alba y Aurora, que quiso poner su padre en honor al día en que nos conocimos; la mañana después de un concierto de Bruce Springsteen, la cual nos despertábamos en una playa con una importante resaca. Este par siempre están revueltas entre las sábanas, a veces creo que en lugar de dormir hacen batallas nocturnas. Continúo con la ronda para despertar a los muchachos y termino en la habitación de los peques de la casa. Maribel es muy pequeñita todavía para acudir a la escuela y Francisco, a sus seis añitos, ha empezado este año en el colegio de los mayores.
Poco a poco la casa se va convirtiendo en el pasillo estrella de un centro comercial; algunos corren para no perder su turno en el aseo, otros discuten por los cereales que van a poner para desayunar, el perro que escapa de unos y otros, y con tanto jaleo se levanta el gran jefe de la tribu.
Mi marido arrastra sus zapatillas por el parquet mientras se hace el nudo de la corbata, e intenta levantar los párpados para dejar sus preciosos ojos verdes al alcance de los primeros rayos de sol que asoman por las ventanas, se sienta en una silla y deja que su cuerpo y su mente se incorporen lentamente a la vida cotidiana. Francisco aparece con sus tortugas y las pone encima de la mesa de la cocina provocando diferentes opiniones al respecto, al final y por decisión de la mayoría, las tortugas regresan a su lugar.
Después de tres cuartos de hora de revoloteo, discusiones, prisas y demás, los dos mayores empiezan a desfilar hacia sus diferentes lugares de estudio. Diez minutos más tarde sale Luis hacia el despacho y para no perder la costumbre le pide a Aurora que se apresure, y ésta todavía sin peinar, sale corriendo con la boca llena de cereales y arrastrando la mochila.
A las ocho llega Fabiana, cuando llega a la hora ¡claro está! Porque cuando no es por una cosa es por otra, pero no conoce el significado de la palabra “puntualidad”. Es una mujer extranjera que además de comerse lo que pilla en la nevera, cuida de Maribel por la mañana; le dejo preparado lo relacionado con la niña, pero todo y así me pide mil explicaciones y luego, mientras cojo el abrigo, el bolso y a Francisco, me cuenta sus desventuras durante la tarde anterior.
Ya con la hora pegada al culo, dejo al pequeño en el colegio y cruzo a toda prisa la zona de pisos en construcción que hay en frente para atajar hasta la oficina. Para rematar la mañana hoy me encuentro con esto… Un imbécil con una navaja en la mano; tendrá unos cuarenta años y desprende un hedor irrespirable al abrir la boca, ¡me pide el monedero! Será cabrón, aguantar al jefe cinco días a la semana durante ocho interminables horas para ganar unos míseros ochocientos euros, y ahora éste pretende que le de parte de ello…
Sin pensármelo dos veces empiezo a correr por el descampado, pero la maldita idea que tuve al escoger el vestuario y seleccionar este traje chaqueta con minifalda y los zapatos de talón alto me ha fastidiado la huida; y el imbécil que corría detrás de mi sacando el hígado por la boca, o lo que le queda de él, me ha cogido por el pelo y me ha tirado al suelo. Con un tono rudo me ha dicho: -Usted decide señora, puede darme el dinero a la fuerza o puede darme el dinero, marcharse y aquí no ha pasado nada.
¿Cómo que no ha pasado nada? Me digo a mi misma. Me estás quitando el pan y la leche de toda una semana; seguramente para pincharte o para bebértelo, porque con las pintas que me lleva dudo mucho que sea para la matrícula de la universidad. Al final le entrego mi bolso, pues por muy imbécil que me parezca éste es capaz de pincharme y dejar mi cuerpo aquí tirado, y claro, luego si consiguen cogerlo, pídele explicaciones a la justicia que escogerá entre la población a 12 buenos samaritanos que después de escuchar las medio verdades de uno y otro lado, se encerrarán en un cuatucho varias horas para decidir sobre si debe o no estar en la calle. Al verse con mi bolso entre las manos el imbécil lo sacude a su antojo y esparce por el suelo todas mis cosas íntimas: la agenda, los tampax, el lápiz de ojos y por fin el monedero; lo recoge rápidamente y saquea sin piedad su contenido; luego se marcha a la velocidad del rayo dejándome en el suelo tirada en la más vergonzosa de las situaciones.
Empiezo a llorar a moco tendido con las consecuencias que eso conlleva… A lo lejos veo a un hombre trajeado que al darse cuenta de mi existencia se acerca corriendo, ¡mi jefe!
-¿Leonor, qué te ha pasado? –Pregunta cogiendo mi mano-. Hola señor –respondo agradecida, con el rimel corrido por las mejillas y el moco colgando-; a la vez recojo mis cosas y las devuelvo a su lugar.
El hombre, muy cortésmente me ayuda a levantar, pero no pierde la oportunidad de sobarme el culo de nuevo. Nos vamos lentamente hacia el despacho, pero en mi mente ronda un solo pensamiento… “Hay días que sería mejor no levantarse de la cama…”
Magda Guarido





