<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/"><title><![CDATA[LO MEJOR DE ESCRIBIR]]></title><link rel="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated><entry><title><![CDATA[NATURALEZA DE MUJER]]></title><link rel="LO MEJOR DE ESCRIBIR" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" title="LO MEJOR DE ESCRIBIR"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><summary><![CDATA[NATURALEZA DE MUJER]]></summary><author><name><![CDATA[blogs@ya.com(Magda Guarido)]]></name></author><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/c_10.htm"><![CDATA[<b></b>      Ella sirvió la cena como cada día. Él, en silencio probó el manjar y  le sonrió. Finalizada la cena y sin mediar palabra se levantó, cogió un libro y sentado en su lugar preferido se sumergió en la lectura. <br/>&#9;Tras un par de horas de lectura se le cerraron los ojos y quedó dormido. Se despertó a orillas de un río, sus aguas cristalinas jugaban con los reflejos del sol y dejaban que las hojas de los árboles bailaran al compás de sus oleajes. Miró a la derecha y después a su izquierda, no vio a nadie y en cambio se sentía acompañado. &#9;&#9;Levantándose poco a poco, observó su alrededor y se impregnó de la plenitud de la naturaleza que lo arropaba. Se acercó tímidamente al agua y bebió de ella, era la más fresca que jamás había probado, aquella agua lo vigorizó y se sintió feliz,  un hombre nuevo.  <br/>&#9;Acarició la suavidad de la hierba, era pura y de un verde brillante, se dejó calentar por el fuego intenso de la mirada del sol y le susurró la dulce voz de la brisa. Caminó desnudo disfrutando de aquel instante y paseó largos trechos sin descansar, era tan bonito lo que tenía delante de él, que no lo podía creer. <br/>&#9;Empezó a sentir cansancio y se acurrucó a la vera de un pequeño cúmulo de hojas que utilizó de almohada, cerró sus ojos y luego escuchó:<br/><br/>                           - Debe ser muy bonito tu sueño, cariño, tu sonrisa te delata....<br/><br/>&#9;Entonces el hombre abrió sus bonitos ojos y con voz dulce y cariñosa, respondió:<br/><br/>                          - Si cielo, soñaba contigo. <br/>]]></content><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated></entry><entry><title><![CDATA[EL SILENCIO DE LA NOCHE]]></title><link rel="LO MEJOR DE ESCRIBIR" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" title="LO MEJOR DE ESCRIBIR"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><summary><![CDATA[EL SILENCIO DE LA NOCHE]]></summary><author><name><![CDATA[blogs@ya.com(Magda Guarido)]]></name></author><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/c_9.htm"><![CDATA[¿Que te dice el silencio en mitad de la nada?<br/>¿Qué te dice el sueño, cuando suena a suspiro?<br/>¿Quién escucha al viento, cuando no dice nada?<br/>Sonidos sin sentido que te dicen un todo, que te transportan a un viaje por tu yo interior, a conocer ese silencio que nos envuelve cuando estamos en soledad.<br/>El silencio que hace que nos reencontremos con nuestros propios pensamientos...<br/>Escucha el silencio cuando te avisa de tus miedos. Sueña, cuando en el silencio imaginas una nueva vida. Sigue al viento, cuando te conduce a nuevas experiencias, llenas de felicidad y nuevas sensaciones...<br/>El silencio, no siempre no dice nada, a veces debemos saber escuchar al silencio, para comprender que nos está diciendo...<br/>Escucha al silencio y sonríele a la vida.<br/>]]></content><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated></entry><entry><title><![CDATA[LEONOR]]></title><link rel="LO MEJOR DE ESCRIBIR" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" title="LO MEJOR DE ESCRIBIR"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><summary><![CDATA[LEONOR]]></summary><author><name><![CDATA[blogs@ya.com(Magda Guarido)]]></name></author><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/c_8.htm"><![CDATA[<b></b>Hola, me llamo Leonor. Soy la típica mujer que trabaja ocho horas fuera de casa detrás de una mesa de despacho entre papeles y lápices; que intenta poner orden en su hogar y además araña algún minuto al día para mirarse al espejo y dedicarse una sonrisa; cuarenta y cinco años, más de la mitad compartidos con aquel hombre del que me enamoré por su aspecto de “dandi” en las películas americanas, y al que el tiempo a convertido en el hermano pequeño de “Michelin”; entregada en cuerpo y alma, pero sobre todo en cuerpo, a la procreación de la especie con una aportación de cinco hijos; perro, gato, dos tortugas y como no podía ser de otra manera, un canario… <br/>A las seis y media de la mañana cuando suena el despertador, inhalo la suficiente cantidad de paciencia y sosiego para resistir las siguientes veinticuatro horas; me incorporo lentamente de la cama para no despertar a Luis, me calzo las zapatillas de franela a cuadros y salgo a hurtadillas de la habitación. Mi primera parada es el baño, vacío los líquidos que me aprisionan el vientre y tras lavarme la cara me la embadurno con la crema antiarrugas, según pone en el bote desaparecen aquellas patas de gallo que van apareciendo con la edad, en mi caso, más que patas de gallo es una reproducción del gran cañón del colorado. Luego, a medida que me dirijo a la cocina abro las puertas y subo las persianas de los cuartos de los chicos. <br/>El mayor es Julio, a sus diecisiete años todavía duerme con un peluche, el gato y se deja la lamparilla encendida, según dice no tiene miedo, pero está acostumbrado a la luz y no podría conciliar el sueño sin ella. Salto a través de una pista de obstáculos a base de comics, coches y fundas de juegos para la playstation y llego a la ventana, me cuelgo de la maldita cinta que siempre se engancha y del tirón armo tal estruendo que le provoco al pobre muchacho el primer sobresalto del día. La habitación contigua es la de las niñas; tienen catorce y once años y dos originales nombres, Alba y Aurora, que quiso poner su padre en honor al día en que nos conocimos; la mañana después de un concierto de Bruce Springsteen, la cual nos despertábamos en una playa con una importante resaca. Este par siempre están revueltas entre las sábanas, a veces creo que en lugar de dormir hacen batallas nocturnas. Continúo con la ronda para despertar a los muchachos y termino en la habitación de los peques de la casa. Maribel es muy pequeñita todavía para acudir a la escuela y Francisco, a sus seis añitos, ha empezado este año en el colegio de los mayores. <br/>Poco a poco la casa se va convirtiendo en el pasillo estrella de un centro comercial; algunos corren para no perder su turno en el aseo, otros discuten por los cereales que van a poner para desayunar, el perro que escapa de unos y otros, y con tanto jaleo se levanta el gran jefe de la tribu.<br/>Mi marido arrastra sus zapatillas por el parquet mientras se hace el nudo de la corbata, e intenta levantar los párpados para dejar sus preciosos ojos verdes al alcance de los primeros rayos de sol que asoman por las ventanas, se sienta en una silla y deja que su cuerpo y su mente se incorporen lentamente a la vida cotidiana. Francisco aparece con sus tortugas y las pone encima de la mesa de la cocina provocando diferentes opiniones al respecto, al final y por decisión de la mayoría, las tortugas regresan a su lugar. <br/>Después de tres cuartos de hora de revoloteo, discusiones, prisas y demás, los dos mayores empiezan a desfilar hacia sus diferentes lugares de estudio. Diez minutos más tarde sale Luis hacia el despacho y para no perder la costumbre le pide a Aurora que se apresure, y ésta todavía sin peinar, sale corriendo con la boca llena de cereales y arrastrando la mochila. <br/>A las ocho llega Fabiana, cuando llega a la hora ¡claro está! Porque cuando no es por una cosa es por otra, pero no conoce el significado de la palabra “puntualidad”. Es una mujer extranjera que además de comerse lo que pilla en la nevera, cuida de Maribel por la mañana; le dejo preparado lo relacionado con la niña, pero todo y así me pide mil explicaciones y luego, mientras cojo el abrigo, el bolso y a Francisco, me cuenta sus desventuras durante la tarde anterior. <br/>Ya con la hora pegada al culo, dejo al pequeño en el colegio y cruzo a toda prisa la zona de pisos en construcción que hay en frente para atajar hasta la oficina. Para rematar la mañana hoy me encuentro con esto… Un imbécil con una navaja en la mano; tendrá unos cuarenta años y desprende un hedor irrespirable al abrir la boca, ¡me pide el monedero! Será cabrón, aguantar al jefe cinco días a la semana durante ocho interminables horas para ganar unos míseros ochocientos euros, y ahora éste pretende que le de parte de ello… <br/>Sin pensármelo dos veces empiezo a correr por el descampado, pero la maldita idea que tuve al escoger el vestuario y seleccionar este traje chaqueta con minifalda y los zapatos de talón alto me ha fastidiado la huida; y el imbécil que corría detrás de mi sacando el hígado por la boca, o lo que le queda de él, me ha cogido por el pelo y me ha tirado al suelo. Con un tono rudo me ha dicho: -Usted decide señora, puede darme el dinero a la fuerza o puede darme el dinero, marcharse y aquí no ha pasado nada.<br/>¿Cómo que no ha pasado nada?  Me digo a mi misma. Me estás quitando el pan y la leche de toda una semana; seguramente para pincharte o para bebértelo, porque con las pintas que me lleva dudo mucho que sea para la matrícula de la universidad. Al final le entrego mi bolso, pues por muy imbécil que me parezca éste es capaz de pincharme y dejar mi cuerpo aquí tirado, y claro, luego si consiguen cogerlo, pídele explicaciones a la justicia que escogerá entre la población a 12 buenos samaritanos que después de escuchar las medio verdades de uno y otro lado, se encerrarán en un cuatucho varias horas para decidir sobre si debe o no estar en la calle. Al verse con mi bolso entre las manos el imbécil lo sacude a su antojo y esparce por el suelo todas mis cosas íntimas: la agenda, los tampax, el lápiz de ojos y por fin el monedero; lo recoge rápidamente y saquea sin piedad su contenido; luego se marcha a la velocidad del rayo dejándome en el suelo tirada en la más vergonzosa de las situaciones. <br/>Empiezo a llorar a moco tendido con las consecuencias que eso conlleva… A lo lejos veo a un hombre trajeado que al darse cuenta de mi existencia se acerca corriendo, ¡mi jefe!<br/>-¿Leonor, qué te ha pasado? –Pregunta cogiendo mi mano-. Hola señor –respondo agradecida, con el rimel corrido por las mejillas y el moco colgando-; a la vez recojo mis cosas y las devuelvo a su lugar.<br/>El hombre, muy cortésmente me ayuda a levantar, pero no pierde la oportunidad de sobarme el culo de nuevo. Nos vamos lentamente hacia el despacho, pero en mi mente ronda un solo pensamiento… “Hay días que sería mejor no levantarse de la cama…”<br/><br/><br/><br/>Magda Guarido<br/>]]></content><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated></entry><entry><title><![CDATA[CONFESIONES DE UN ASESINO -    M. Guarido]]></title><link rel="LO MEJOR DE ESCRIBIR" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" title="LO MEJOR DE ESCRIBIR"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><summary><![CDATA[CONFESIONES DE UN ASESINO -    M. Guarido]]></summary><author><name><![CDATA[blogs@ya.com(Magda Guarido)]]></name></author><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/c_7.htm"><![CDATA[<br/><br/> <br/><br/><br/><br/><i>-Buenos días –murmuró Jacinto, que dejaba descansar sus cincuenta y siete años, justo al lado de la pesada puerta de hierro y cristal que daba acceso a las oficinas de atención al público de la casa cuartel; y que se cerraba lentamente a su espalda-.<br/>-Hola, buenos días –contestó el agente cuarentón, que se encontraba detrás del mostrador-. Debajo del tricornio se podía intuir su cabello moreno. Era de constitución fuerte y rasgos duros, sus cejas estaban visiblemente pobladas y, hablaba levantando la vista por encima de unas gruesas gafas. -Venía a entregar este paquete al inspector –dijo Jacinto con su frágil voz. <br/>-Aguarde un momento en la sala de espera –gruñó con un sonido áspero, antes de levantar su pesado cuerpo de la silla giratoria. El agente, entró en un pequeño despacho que había al fondo de aquel pasillo. Al poco tiempo salió acompañado de un joven de ojos oscuros, pelo claro y cuerpo atlético; a pesar de su aspecto cansado, se podían advertir en él las dotes de mando; su paso era firme y seguro, y llevaba en el pecho tres medallas, que lucía orgullosamente. <br/>-Hola, me ha dicho mi compañero que busca al comandante ¿Podría decirme de qué se trata? -Quería entregarle algo, pero sólo puedo dárselo a él en persona –dijo Jacinto agarrando un pequeño paquete entre sus manos. -Yo soy el comandante al cargo. Deje sus datos en el registro de visitas, enseguida estaré con usted. El joven regresó al despacho con el mismo paso firme con el que había ido, se paró ante la puerta y miró atentamente a aquel extraño hombre de pelo cano, manos grandes y ropas arrugadas. Vislumbró una leve joroba, seguramente consecuencia de una vida laboriosa y observó, como en su rostro se marcaban las arrugas de haber vivido una vida dura y difícil.<br/>El hombre se puso las gafas para poder ver de cerca, sacó su carné de identidad y lo entregó al agente. -Jacinto Peralte Vallejo, ¿es correcto? –Preguntó sin levantar la vista de la instancia que estaba rellenando. -Sí, es correcto.<br/>-El comandante le atenderá enseguida, si lo desea puede regresar a la sala. La estancia era fría, sus paredes blancas impolutas y sus limpios cristales, daban un aspecto más de hospital que de comandancia. El agente estaba sentado de nuevo en su silla, leía unos papeles, a los que no dejaba de dar vueltas y hacer correcciones con su escandalosa máquina de escribir, luego los apilaba en el mostrador; sobre éste, un calendario del año dos mil y un pequeño cenicero lleno de colillas aplastadas. <br/>El mostrador era de madera, vieja y desgastada. Era lo único que dejaba entrever sobre la antigüedad de aquel lugar, y de los casos que habrían pasado por allí a lo largo de los años. De repente escuchó como siseaban desde el despacho del fondo, era el joven comandante que le hacía gestos con la mano para que se dirigiera hacia él, se levantó cautelosamente y se acercó.<br/>-¿Y bien? ¿Usted dirá? -Preguntó el comandante cruzando los brazos sobre la mesa.<br/>-No señor, no vengo a decir nada, simplemente quería entregar esto a la persona adecuada. <br/>-¿Me podría decir, el por qué, de la importancia de entregarlo personalmente?<br/>-No es importante. Tenía curiosidad –asistió Jacinto esbozando una pícara sonrisa.<br/>-¿Curiosidad? ¿De qué tipo? –Preguntó frunciendo el entrecejo y frotándose las manos.<br/>-Quería saber como es un comandante de la benemérita –contestó mirándolo fijamente. <br/>Durante unos segundos la mirada de los dos hombres se cruzó, y finalmente, Jacinto añadió: -Gracias por atenderme ¿comandante?<br/>-¡Ah! Discúlpeme soy un despistado -exclamó a la vez que se ponía en pie-, no me he presentado, soy el comandante Sánchez.<br/>-Bien, gracias otra vez comandante Sánchez, adiós, que tenga usted un buen día.<br/>Sánchez se despidió con indiferencia haciendo un leve gesto con la cabeza. Cuando el hombre se hubo marchado, cogió aquel paquete entre las manos y lo estudió minuciosamente durante unos minutos, luego se dispuso a abrirlo. Era un viejo diario. Las cubiertas eran de piel, de color negro con inscripciones en granate, pero se habían borrado seguramente por el desgaste; tras una rápida ojeada observó, que en algunas de sus páginas se había corrido la tinta.</i><br/><br/><br/><b>Martes, 13 de agosto de 1968.  </b><br/><br/><br/>Hoy empieza para mí una nueva aventura. Salamanca, Palencia, Segovia, León… Han sido tantos los lugares por los que he tenido el placer de repartir mis enseñanzas, que ahora, que todavía estoy en edad de ofrecer mucho a la parroquia, tengo la alegría de poder regresar a éste pequeño pueblo de mi Burgos natal. <br/>María y Juan han venido a recogerme a la estación de Lerma. Al bajar del tren él se me acercó con sus ojos de gato mimoso y las canosas entradas en su frente. El apretón de manos me dejó sin aliento, aquel hombre me cogió como si no quisiera dejarme escapar.<br/>-¿Padre Fermín?<br/>Asentí en silencio y esbocé una sonrisa. Ella se acercó y cogió mi maleta con sus manos de cristal. Era una mujer delgada y de estatura baja. Su cara fina inspiraba confianza y sus ojos me trasladaban a la época en que estuve enseñando en el seminario de Santander; su mirada era tan azul como el mar.<br/> En el camino casi no hemos hablado. Yo, contemplaba a través de la ventanilla el conjunto de llanuras y valles que se muestran cultivados de cereales y viñedos. A lo lejos se divisaban algunos pueblos a ambos lados de la carretera; que corrían en la misma dirección y se despedían con sus fachadas de adobe a medida que los dejábamos atrás. <br/>Al ver todo aquello, me viene a la memoria el Monasterio y mis amados e inolvidables monjes benedictinos. ¡Qué bellos recuerdos! <br/>A medida que nos acercábamos a la casa, me fijaba en el pueblo. Es como un pequeño puzzle de casitas bajas, enmarcado por el bello paisaje de las tierras castellanas. Lleno de callejuelas con un mismo destino, la plaza mayor, donde se sitúa la casa consistorial, un edificio algo más grande que el resto de los hogares, en el cual, se comparten labores de enseñanza y culturales. Luego nos hemos dirigido a su casa directamente, pues es sofocante pasear bajo el sol del mediodía. <br/>Al atardecer, Juan me ha acompañado a la iglesia. Hemos ido caminando y así charlábamos de cosas banales como el tiempo. Al acercarnos al final de la calle vi la capilla, es una pequeña construcción de una sola planta y cabrete al lado izquierdo; se puede acceder a el por una escalinata que hay junto a la pila bautismal. El retablo tiene forma curva, con unas fantásticas, aunque descuidadas imágenes de los santos que guardan las almas de los hijos de este lugar. A la derecha del altar hay una estancia donde se sitúa la sacristía y el aseo. Hay cuatro hileras de bancos de madera carcomida y, sus paredes, algo sucias, están revocadas únicamente de cal.  Creo que deberemos darle una mano de pintura antes de hacer cualquier otra cosa. Me he situado en el púlpito y he observado detalladamente cada foco de luz que entra por las pequeñas vidrieras, algunas rotas por cierto, pero que no turban la belleza que desprenden con su colorido. A mi espalda se sitúan todos aquellos que han de guiarme en el camino y a los que doy gracias por ello. <br/>Imagino a los lugareños escuchándome con atención. Me impaciento con la llegada de ese momento. Como cuando los mozos esperan a las mozas para cortejarlas. ¡Oh, señor! Si pudiera verme mi madre hoy, se echaría a reír, estoy seguro de que tú, mi Dios, cuidarás de ella con el mismo cariño que lo hice yo aquí en la tierra. <br/><br/><br/><br/><br/><b>Domingo, 15 de septiembre </b><br/><br/>Querido diario, ha sido ardua mi labor en esta capilla. Había tantas cosas por hacer. Hemos pintado de blanco las viejas paredes y cambiado algunos cristales. ¡Ah! David el carpintero, se ofreció para restaurar un carcomido confesionario que estaba en desuso, lo ha pintado y barnizado, ha quedado casi como nuevo; estoy seguro de que será de mucha utilidad. Los jóvenes me han ayudado a colocarlo debajo de la escalera que da acceso al cabrete del primer piso. Era el único lugar donde no estorbaba al paso de los feligreses.  Menos mal que los vecinos son gente de buen corazón y han ayudado de una manera desinteresada. Todos hablan del concurso de la televisión Un millón para el mejor y dicen que si algún día les toca el premio construiremos una iglesia nueva, pero que de momento, con eso de que el salario mínimo ha subido a ciento dos pesetas diarias, están felices y se conforman con la que tenemos.<br/>Son las seis de la mañana, no podía esperar a la noche para escribir. Tan sólo unas horas me separan de mi primera misa. Hace dos años que no me pongo frente a una congregación. Y aunque durante este mes he podido conocer a gran parte de los vecinos más fieles a la parroquia, siempre está aquel gusanito que corre por el estómago cuando uno debe ponerse ante los demás para hablar en nombre de nuestro señor. <br/>He preparado mi sotana, la he tenido que remendar, pues ya es vieja.<br/>Bueno, ya pasó todo, son ahora las ocho y diez de la noche, si el reloj o mi estropeada vista no me engañan; no ha sido tan embarazoso como yo imaginaba. Éramos pocos, pero eso no es lo importante, lo primordial es que hemos empezado con buen pie. Juan y María estaban en primera fila, como no podía ser de otra manera, escuchando con atención cada uno de los versículos que yo buenamente leía. David también ha asistido junto a su señora. Los jóvenes no, pero estoy seguro de que el tiempo y el buen hacer los atraerá. <br/>He visto a Javier, Inés y Soledad en el último banco; ellos dicen no ser muy adeptos a la iglesia pero han acudido, es un paso importante.<br/>Hemos leído algunos pasajes para recordar al policía vasco que murió el otro día en San Sebastián. Han resbalado por nuestros rostros algunas incontroladas lágrimas; no podemos olvidar que hace pocos días, también mataron a un guardia civil. Dos hombres que tendrían familia. Quizás mujer e hijos, han quedado viudas y huérfanos… Espero que en el futuro no tengamos que llorar a ningún muerto más a manos de estas malas personas.<br/>En el último peldaño de la escalinata de piedra se ha sentado el muchacho del otro día, vestía un pantalón oscuro y una camisa clara, que desde el lugar que yo ocupaba tras el altar me pareció observar que estaba algo sucia. Tenía el pelo alborotado como si acabara de levantarse de la cama. Debe tener unos veintidós años o poco más, y aunque pueda parecer increíble, físicamente me recuerda a mí mismo cuando era joven; hay algo en él que me resulta familiar, como alguien al que has conocido antaño y al tiempo reaparece en tu vida. Mientras leíamos los evangelios, movía nervioso las manos y, miraba absorto los ventanales y los santos que hay en el retablo, pero se ha marchado antes de finalizar la misa. He tenido la impresión de que se sentía solo, aunque quizás son imaginaciones, “a más viejo más maniático” eso decía mi amado padre, en paz descanse.<br/><br/><br/><br/><br/><b>Lunes, 18 de noviembre</b> <br/><br/>Las cosas van muy bien, cada vez es mayor la congregación, incluso me han llegado noticias de que viene gente del pueblo vecino; dicen que son más amenas las ceremonias de aquí, que las que ofrece su párroco.<br/>Hoy, después de preparar el sermón he tenido una visita inesperada. Estaba limpiando la parte interior del confesionario, cuando he escuchado la voz de un joven que me llamaba…<br/>-Padre, necesito confesarme -ha dicho.<br/>Era una voz familiar, pero no acertaba a ponerle rostro -estás en el lugar adecuado –me apresuré a responder-. Cuéntame tus pecados y hallarás el perdón de Dios. <br/>-No sé, puede que ni siquiera él pueda perdonarme…-Se lamentó.<br/>-Sí hijo. Siempre existe el perdón, sea lo que sea lo que hayas hecho o dicho, él te dará su absolución.<br/>-Ave María purísima.<br/>-Sin pecado concebido.<br/>-¿Me guardará el secreto de confesión?<br/>-Por supuesto hijo, todo aquello que digas aquí, quedará entre nosotros tres.<br/>-¿Tres? –Exclamó aturdido.<br/>-Claro hijo mío… Tú, yo y el señor.<br/>-Ayer me dijo que lo hiciese. Me contó que aquella mujer, le había rogado la muerte muchas veces, que tenía una enfermedad y que nunca se curaría si yo no hacía algo para remediarlo.<br/>Cuando llegué a su casa abrí la puerta con sigilo, y subí las escaleras lentamente; evitaba de todas las maneras posibles no hacer ningún ruido. ¡Ahora que lo pienso! ¿Cómo llegarían las llaves de su casa a mi bolsillo? –Aquel joven se quedó pensativo. <br/>–Continúa hijo. <br/>-Dormía plácidamente, una sábana blanca impoluta cubría su cuerpo medio desnudo. Durante unos minutos me quedé allí, en silencio, contemplando como respiraba, su pecho se hinchaba y se deshinchaba siguiendo el ritmo de los latidos de mi corazón. Era tan bonita… Tenía el pelo negro, sedoso, un cuerpo delgado y esbelto; su rostro era bello, como los de las princesas de los cuentos. ¡Y siempre olía bien! Conmigo era amable y generosa, cuando me veía por la calle me preguntaba “¿Cómo estás Jacinto?”. Yo le sonreía y alzaba los hombros, pues no sabía que responder. ¡Pero él me dijo que tenía que hacerlo! <br/>-¿Quién te dice esas cosas?<br/>-Andrés, padre.<br/>-Háblame de Andrés.<br/>-¡No! No puedo hacer eso… ¡Se enfadaría mucho conmigo! ¿Acaso quiere que me castigue? No quiero volver al cuarto oscuro de nuevo. –dijo nervioso y asustado.<br/>-Está bien –dije intentando calmar su preocupación. <br/>-Me acerqué al lecho y abrió los ojos, ¡me asusté! ¿Por qué tenía que despertarse justo en aquel momento? ¿Qué iba a hacer si se daba cuenta de mis intenciones? Cogí la lamparilla de noche y, con ella la golpeé. Se quedó inmóvil y preguntó: -¿Pero Jacinto que haces aquí? ¿Por qué me golpeas?-. Yo la golpeé de nuevo, una y otra vez hasta que no abrió los ojos. Cogí el cable y se lo puse alrededor del cuello haciendo un nudo muy fuerte. Si no era fuerte podía soltarse –argumentó-. ¿Me entiende, verdad? Después bajé las escaleras tirando del cable, su cabeza golpeaba contra los escalones dejando detrás de mí un rastro de sangre.<br/>-Espera hijo. Creo que no es a mí a quién debes contar eso –impugné.<br/>Aquella historia me ponía el vello como escarpias, el relato me asustaba; parecía un capítulo de alguna novela de suspense. Tras unas décimas de segundo en silencio empezó a golpear los laterales del confesionario y a gritar:<br/>-¡No quiero escuchar esos ruidos!<br/>-¿Qué ruidos? Yo no escucho nada Jacinto.<br/>La magnitud de sus gritos crecía irremediablemente.<br/> -¡Qué paren! Por favor padre.<br/>-Jacinto ¿Qué oyes?<br/>Entonces cesaron sus súplicas y acercándose a la rejilla susurró:<br/>-No me llamo Jacinto, mi nombre es Lázaro.<br/>-¿Pero no dijiste antes que ella te llamaba Jacinto? –Pregunté confundido.<br/>-La gente suele llamarme Jacinto ¡Están mal de la cabeza! –Murmuró-. Creo que están locos –añadió subiendo de nuevo la voz.<br/>-No deberías hablar así de las personas, hijo.<br/>-¡Va! Que más da. Además, cualquier día Andrés les dará una buena lección. ¡Qué tarde es! Debo marchar, adiós. Y se marchó corriendo.<br/>-¡Espera!...  ¡Hijo!... ¡Lázaro!<br/>Salí detrás de el, pero sólo pude ver su sombra de sus piernas tomar la esquina. No sé si eso que me ha contado es fruto de su imaginación. Supongo que sí. ¿Quién haría una cosa así y vendría a contármela a mí? <br/>Bueno, en realidad creo que hago de ésta historia un mundo, posiblemente ha sido una travesura, una novatada al párroco que ha llegado de la ciudad y no se entera de nada. Creo que voy a descansar un poco, mañana tengo un día agitado. Quiero plantar algunas acelgas, coles y alcachofas en el huerto de la parte de atrás. Es algo que siempre he querido hacer, pero para alguien que nace y crece en la ciudad es casi impensable, te conformas con comprar lo que buenamente te ofrece el tendero. Será la primera vez que cultive mis propios alimentos, otro gran reto que tendré que afrontar.<br/><br/><br/>PROXIMAMENTE LA NOVELA EN TU LIBRERIA...]]></content><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated></entry><entry><title><![CDATA[INOCENCIA PERDIDA]]></title><link rel="LO MEJOR DE ESCRIBIR" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" title="LO MEJOR DE ESCRIBIR"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><summary><![CDATA[INOCENCIA PERDIDA]]></summary><author><name><![CDATA[blogs@ya.com(Magda Guarido)]]></name></author><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/c_6.htm"><![CDATA[PSINOPSIS:<br/><br/><br/>Esther, vive en un barrio marginal de la periferia de Barcelona. Su vida fácil en inicio y sobre la que vamos avanzando descubriendo al mismo tiempo unos personajes secundarios llenos de encanto, da de repente un vuelco inesperado con la muerte de su padre.<br/><br/>Su madre, vencida por la pena se refugia en la bebida dejándola desarropada en plena adolescencia. Con ello, aprenderá a valerse por si misma y a cuidar de su madre alcohólica. <br/>Tras el fallecimiento de ésta, la inocencia de la que se habla en el título se va perdiendo a pasos agigantados cuando se cruzan en su vida personas y situaciones que la hacen endurecerse y perder atropelladamente la ingenuidad y pureza de la juventud. <br/><br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/files/portada125178.gif" alt="" border="5" width="125" height="178"/><br/><br/><br/><br/>La novela está escrita en un tono coloquial y rápido con lo cual la lectura se facilita de una manera evidente, restando así peso al tema central, crudo y difícil de afrontar.<br/><br/>Podéis adquirirla en el Corte Inglés, la casa del libro o a través de: <a target="_blank" href="http://www.visionlibros.com">VISION LIBROS</a><br/><br/><br/>A continuación podéis leer el primer capítulo de esta actual y apasioanante novela...]]></content><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated></entry><entry><title><![CDATA[Inocencia perdida "capítulo primero"]]></title><link rel="LO MEJOR DE ESCRIBIR" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" title="LO MEJOR DE ESCRIBIR"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><summary><![CDATA[Inocencia perdida "capítulo primero"]]></summary><author><name><![CDATA[blogs@ya.com(Magda Guarido)]]></name></author><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/c_4.htm"><![CDATA[CAPITULO PRIMERO <br/><br/>Clara, era una chica de dieciséis años que había nacido en Barcelona. Siempre había sido una niña despierta y avispada, delgada y con una melena a la altura de los hombros de color canela. Sus ojos verdes, hacían que su mirada fuese atractiva y cautivadora, y se había situado seductoramente un lunar, en la parte derecha del labio superior. Aparentaba más edad de la que tenía. Nunca había tenido novio y estaba feliz de ser todavía virgen, pues muchas de sus amigas ya habían tenido su primera relación sexual y ella les decía, que quería estrenarse con alguien especial de verdad, con el amor de su vida.<br/>Sus amigas decían que eso eran tonterías, pero Clara sonreía y seguía jugando a ser mayor. <br/>Siempre había vivido entre prostitutas, pues era hija de madre soltera, y sabía que su propia madre practicaba esta profesión. A ella le gustaba mucho estudiar y sacaba siempre buenas notas, quería seguir un sueño, ser maestra.<br/>Una noche su madre entró rápidamente y tras ella un hombre que la empujaba,<br/>-Clara, ve a tu habitación -dijo su madre muy nerviosa.<br/>Ella obedeció asustada, tras ella entró aquel hombre, y cerró con pestillo la puerta. Clara se quedó paralizada y no supo como reaccionar. En décimas de segundo se encontró rodeada por los brazos sudorosos del hombre y acostada sobre la cama.<br/>-¡¡Mamá!! ¡¡¡Mamá, por favor!!!<br/>El hombre desnudó a Clara a la fuerza y se desabrochó el pantalón. Mientras forcejeaban, ella lloraba llamándola una y otra vez. <br/>Al otro lado de la puerta estaba su madre, en silencio. Mientras resbalaba una lágrima por su rostro abrazaba un pequeño osito de peluche que la niña tenía desde muy pequeñita. El hombre le abrió bruscamente las piernas y la penetró sin pensárselo. Se escucharon los gritos de dolor y luego se hizo el silencio.<br/>Clara sentía como aquel hombre entraba y salía de su interior una y otra vez, le veía la cara de vicio y notaba caer las gotas de sudor en su cuerpo. Ya no gritaba, sólo lloraba en silencio y deseaba que terminase pronto y se marchara. De repente el hombre inspiró y salió repentinamente, dejando caer el semen sobre el vientre de la joven. Clara giró la cara y cerró sus piernas; cogió su almohada y no pudo retener más su llanto.<br/>-No llores putita, ya verás como al final esto te gustará... Eres igual que tu madre. -dijo el hombre, mientras se subía la bragueta <br/>-Se abrió la puerta de la habitación y salió. En el pasillo se encontró a Esther, la madre de Clara, que seguía abrazada al osito y llorando en silencio.<br/>-Sus ojos, llenos de odio, se clavaron en los de aquel hombre y éste dijo:<br/>-Que no vuelva a pasar... ¡O volveré a follarme a tu hija! <br/>Cogió de los pelos a Esther y la levantó, la besó fuertemente en la boca y se marchó.<br/>Esther se acercó a la puerta de la habitación de su hija. Clara estaba mirando hacia la pared, acurrucada a su almohada y llorando. Se acostó a su lado, la abrazó por la espalda y se unió a su llanto.<br/>-¿Por qué? -dijo Clara.<br/>Su madre no dijo nada, y así se quedaron dormidas. <br/>Llegaba la noche y Esther se despertó, seguía abrazada a su hija y la chica a su almohada, desnuda y fría. Cogió una sábana del armario, la echó sobre el cuerpo de la joven, y luego se dirigió a su habitación. Como cada día, preparó detalladamente las piezas de ropa que iba a ponerse aquella noche, las colocó sobre su cama y se marchó a la ducha. <br/>Estaba frente al espejo y se quedó inmersa en su propia mirada, le volvieron los recuerdos de aquella historia que le había contado Irene cuando falleció su madre. No estaba dispuesta a dejar que Clara fuese tan desdichada como lo había sido ella. Resbalaban las lágrimas por sus mejillas, cogió un cuchillo de la cocina, lo escondió debajo de su ropa y como cada noche salió a la calle.<br/>Esther tenía un fantástico tipo, resultado del atletismo, deporte que había practicado durante algunos años y con el que tan sólo con ocho años, había sido capitana en el equipo de su escuela, y había ganado algunas copas en su adolescencia. <br/>Le gustaba cuidarse físicamente, por eso corría varios kilómetros cada día y así se mantenía en forma. <br/>Había crecido, en un pequeño pueblo del extrarradio de Barcelona, un lugar donde no existían muchas opciones para los niños en cuestión de deporte, los estudiantes podían escoger entre el fútbol, el baloncesto, el atletismo o la natación, aunque para éste último debías disponer de buenos ingresos porque los cursillos no estaban subvencionados y por aquel entonces eran algo caros para algunas familias. Los padres de Esther la apuntaron desde muy pequeña a la actividad más económica y allí se quedó hasta que conoció a César. <br/>    Era el año 1976 y en el pabellón de deportes habían contratado a un nuevo entrenador, para que se dedicara a las corredoras que mostraban cualidades para la competición, y así, poder llevarlas a eventos escolares. <br/>Por aquel entonces Esther tenía catorce años y su cuerpo estaba algo más desarrollado que el resto de las chicas de su edad. <br/>Era una chica alegre e independiente, acostumbraba a rodearse de chicos y chicas de cursos superiores, pues pensaba que los de su edad eran "infantiles". A César le llamó la atención desde el primer día, cuando al llegar a la pista, la vio acercarse con sus zapatillas colgando del hombro, su mini pantalón de espuma y la camiseta de tirantes ceñida, que marcaba sus para entonces pequeños y redondos pechos. Iba riendo y jugando con Marina, su fiel amiga y compañera desde el parvulario.<br/>Marina, era una joven rellenita, con el pelo corto y moreno, llevaba gafas y no era demasiado guapa, pero tenía una gran sonrisa. Era hija única y siempre la habían tenido muy consentida, todo lo contrario que a Esther, por eso cada una de ellas ofrecía diferentes experiencias a la otra y así formaban un equipo de primera, tanto, que incluso los maestros tenían que separarlas para que no molestaran al resto de la clase con sus risas y escándalos... Una vez, Marina, se untó la cara con polvo talco y se dibujó unas ojeras moradas, se apoyó en la puerta de la clase y llamó fuertemente con el puño. La maestra al abrir, se encontró con un cuerpo muerto cayendo a sus pies y al ver la cara pálida de la niña, casi se muere del susto... Claro, que eso, le costó un fuerte castigo, pero dicen que valió la pena.<br/>César quedó prendado por la alegría que rebosaba Esther, y cuando llegaron a su lado Marina preguntó:<br/>-¿Es usted el nuevo entrenador...? Porque esta chica -dijo señalando a Esther, es la mejor... ¡En todo! Es rápida como el viento, vuela como los pájaros cuando salta las vallas y....<br/>Esther le dio un fuerte golpe y la hizo callar, mientras añadía:<br/>-Hola señor.<br/>La mirada de la chica se cruzó con la de su nuevo entrenador. <br/>César era un joven atlético, de tez morena y pelo corto, tenía unos pequeños ojos verdes y una voz muy pausada y sensual, era más alto que Esther y su delgada constitución lo hacía realmente atractivo. <br/>-¿No es usted muy joven para ser entrenador? -dijo Marina.<br/>El joven sonrió y a Esther se le aceleró el corazón.<br/>-¡A trabajar! -Añadió el chico. Empezaréis con unos estiramientos y unas vueltas suaves por la pista.<br/>Marina resopló, dejó su bolsa en el suelo y se sentó para cambiarse las zapatillas. Esther estaba embobada mirando como César se marchaba hacia el otro lado de la pista, donde estaban el resto de sus compañeras de equipo.<br/>-¡Esther! Despierta... ¿Pero qué te pasa?, ni lo mires... ¡Es tu entrenador! Y además es muy mayor para ti.<br/>La chica se sentó y empezó a quitarse el calzado de calle, sin perder de vista cada movimiento que el joven hacía; de pronto César giró la cabeza y miró a las chicas, Esther se puso colorada y sin saber donde mirar se volvió a colocar sus viejas botas en los pies..<br/>-¿Pero que haces? ¿Vas a correr con botas? -dijo Marina<br/>Las dos chicas se echaron a reír, se cambió el calzado y finalmente empezaron con el calentamiento. <br/>Al terminar estaban totalmente rendidas, como cada día, y se dirigieron a las duchas- Iban por el pasillo cuando de lejos vio a César acercarse mirando unos papeles.<br/>-Ve delante Marina, ahora llegaré yo -le dijo a su amiga.<br/>-Tú sabrás lo que haces. Y se metió en los vestuarios.<br/>La joven se agachó para atar los cordones de sus zapatillas y al levantarse chocó con César que estaba ya a su lado.<br/>-¡Ay! No te había visto, disculpa... -y se quedó pensando su nombre.<br/>-Esther, me llamo Esther.<br/>-Claro, lo sabía, no se me podría olvidar... Sabes, tienes una buena técnica cuando corres, ¿Quién te ha enseñado? -preguntó el entrenador.<br/>-Los monitores que hemos ido teniendo aquí en la escuela, nunca he tenido un entrenamiento especial, hasta ahora.<br/>-Bien, pues haré de ti mi mejor corredora, bueno, si tú quieres, claro.<br/>-¡Me encantará! Bueno, me voy, he de ducharme.<br/>La chica entró en el vestuario y se apoyó en la puerta dando un enorme suspiro, y le dijo a su amiga:<br/>-Marina ¡Es guapísimo!<br/>Las dos se echaron a reír otra vez y se metieron en las duchas.<br/>-¡Dúchate anda! -dijo Marina.<br/>Los entrenamientos terminaban a las diez de la noche, y las chicas andaban rápido hacia sus casas mientras no dejaban de hablar de comida.<br/>Esther, por su delgadez, podría decirse que no comía nada, pero nada más lejos de la realidad. Su madre solía decirle que si alguien la veía comer con tanta ansia, pensaría que no le daban de comer en casa.<br/>En el camino se encontraron con un grupo de chicos conocidos en el barrio por buscar siempre peleas y meterse en problemas.<br/>-¿Vamos por la otra acera? -dijo Marina,<br/>-¡No! ¿Por qué hemos de cambiar nosotras? ¿No es acaso nuestra calle también?-contestó enfadada Esther.<br/>- Nenitas... ¿Qué hacéis tan tarde fuera de casita? -se escuchó a lo lejos<br/>Las chicas siguieron caminando sin hacer caso de lo que escuchaban.<br/>-¡Os he preguntado algo niñas! ¿Se os ha comido la lengua el gato? -gritó uno de aquellos chicos a la vez que salía corriendo hacia ellas.<br/>-¡Corre Marina! -dijo Esther dando un grito.<br/>Las chicas empezaron a correr calle arriba, eran demasiado rápidas y los jóvenes se dieron por vencidos.<br/>Les dimos esquinazo... -dijo Esther riendo y casi sin aliento.<br/>-¡Un día no conseguiremos dejarlos atrás y entonces no te reirás tanto! -replicó su amiga.<br/>-Hasta que ese día llegue no hemos de preocuparnos, ¿no crees? - añadió Esther mientras se despedía con el gesto de su mano.<br/>Vivían las dos muy cerca, tan sólo el autoservicio del señor Domingo separaba sus portales, era la tienda donde habitualmente sus madres hacían la compra mientras intercambiaban críticas sobre el resto de vecinas del barrio. <br/>Marina, vivía en la planta baja, en una preciosa casita adosada al edificio. No era demasiado grande, pero lo suficiente para sus padres y para ella, ya que aunque le hubiese encantado tener un hermanito, sus padres decidieron que sería mejor quedarse con una y darle una buena vida y unos buenos estudios. En la parte interior tenía un pequeño jardín en el que su madre acostumbraba a pasar muchas horas cuidando sus flores y plantas. Al entrar a la casa un olor hizo mella en ella.<br/>-&#9;¿Qué es esto que huele tan bien mamá? – dijo relamiéndose.<br/>-&#9;He preparado puré de lentejas como a ti te gusta… -contestó la madre muy cariñosamente.<br/>-&#9;¡Oh mamá! Eres estupenda, no hay nada mejor que una buena comida después de un entrenamiento como el de hoy.<br/>-&#9;¿Ha sido duro entonces? –dijo su madre asomando la cabeza por la puerta de la cocina.<br/>- ¡Uff! Ni te lo imaginas. Ha venido un nuevo entrenador y ¡No veas que duro es!<br/>Su madre se echó a reír y añadió, - Anda exagerada, date una duchita mientras yo termino esto, y luego ¡A la mesa!<br/>Marina hizo lo que su madre le había aconsejado, pero no dejaba de pensar en su gran amiga y confidente.<br/>Esther subió corriendo las escaleras, como siempre, y entró en su casa como un torbellino.<br/>-¡Hola! Ya estoy en casa. ¿Qué hay de cenar mamá? -voceó Esther desde la entrada.<br/>-Ven hija, estoy en la cocina -respondió su madre.<br/>Al entrar en la cocina encontró a su madre llorando. A su lado estaba su tía, una de las hermanas de su padre a la que la joven no soportaba.<br/>-Mamá... ¿Por qué lloras? -preguntó Esther angustiada. ¿Qué pasa tía? <br/>-Siéntate cariño, hemos de hablar -susurró la madre. -¡Mamá por favor! Ya no soy una niña pequeña -exclamó.<br/>-Tu padre ha tenido un accidente con el camión hija. <br/>Un brillo apareció en los ojos de la joven, se sentó abatida al lado de su madre y le preguntó:<br/>-¿Cómo está? ¿Dónde está?<br/>Su madre le cogió las manos entre las suyas y mirándola a los ojos dijo con voz muy suave:<br/>-Papá ha muerto hija mía...<br/>Todo quedó en silencio, sólo un lloro silenciado nacía en el interior de la chica. Salió corriendo hacia su habitación y se echó sobre la cama. Lloraba desconsoladamente y su madre y su tía se quedaron en la cocina dándole tiempo para asimilar la noticia.<br/>Por la mañana, estaba abrazada a una muñeca tirolesa que le había traído su padre en uno de sus viajes, su madre entró en la habitación y con mucho cariño la despertó. Estaba profundamente dormida, había sucumbido al cansancio después de llorar durante horas. Una vez había abierto los ojos su madre le dijo:<br/>-Vamos hija, arriba, hemos de ir al tanatorio.<br/>-¿He de ir mamá? - preguntó.<br/>-Sí, debes ir. Además estoy segura de que papá estaría orgulloso de ti si viera lo fuerte que eres en estos momentos tan dolorosos. -añadió la madre.<br/>Esther se abrazó a su muñeca nuevamente y miró al techo.<br/>Cuando llegaron al tanatorio se encontraron con el resto de sus familiares, vecinos y amigos. Algunos de ellos hacía mucho tiempo que ella no los veía y optó por sentarse en un rincón de la sala de espera y recordar aquellos tiernos momentos que compartió con su amado padre. <br/>Recordó la última vez que salieron juntos al zoológico, en el que a su madre poco más y le da un ataque de risa cuando su padre entró en el recinto de los elefantes para hacerse una foto y de repente una de aquellas grandes trompas lo roció de pies a cabeza.<br/>-¡Esther! -se escuchó al fondo del pasillo. <br/>Era Marina, había oído la noticia en el barrio y decidió no ir a la escuela para hacer compañía a su mejor amiga. Las dos chicas se abrazaron fuertemente y lloraron juntas en el mismo rincón dónde estaba refugiada Esther y cogidas de la mano esperaron.<br/>Al cabo de un rato, se acercó su madre y le preguntó si deseaba entrar a ver a su padre y ésta dijo que no, que prefería recordarlo en vida. Cuando su madre se alejaba la chica la llamó: <br/>-¡Mamá!, sí entraré, pero... ¿Puede entrar Marina conmigo?<br/>-Si hija, entrad las dos, pero un ratito solamente.<br/>Las chicas se quedaron al lado de la puerta, inmóviles durante unos segundos. Esther, soltó la mano de su amiga y se acercó a su padre, acarició con un dedo su mano helada y susurró:<br/>-Hola papá... ¿Por qué te has ido tan pronto? Con tantas cosas que nos quedaba por hacer. Espero, que allí dónde vas encuentres muchas cosas bonitas y que te quieran mucho... Tanto como te quiero y te querré yo desde aquí. Te prometo que te haré sentir orgulloso. <br/>La chica empezó a llorar de nuevo y Marina se acercó para abrazarla.<br/>-Vamos Esther...<br/>-Adiós papi... -añadió Esther entre sollozos.<br/>Al día siguiente el entierro transcurrió con la normalidad que puede tener cualquier entierro. Llantos, lamentos y flores ponían música y color a uno de los días más tristes en la vida de Esther.<br/>]]></content><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated></entry><entry><title><![CDATA[El Anciano y sus Palomas.]]></title><link rel="LO MEJOR DE ESCRIBIR" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/atom.xml" title="LO MEJOR DE ESCRIBIR"/><id><![CDATA[tag:ya.com,2008-03-26:]]></id><summary><![CDATA[El Anciano y sus Palomas.]]></summary><author><name><![CDATA[blogs@ya.com(Magda Guarido)]]></name></author><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/c_1.htm"><![CDATA[<br/><br/><br/><br/><br/><br/>El joven estaba sentado en el parque cuando vio aparecer a aquel hombre por el fondo del paseo, el anciano iba mirando los árboles y cuando llegó al banco situado enfrente del joven se paró, lo miró sonriendo, y observó su reloj y luego el cielo; se sentó y en aquel instante aparecieron una veintena de palomas, se pusieron por todas partes, sobre las rodillas, en el hombro, al lado sobre el banco, en el suelo; las palomas parecían contentas de que aquel hombre hubiese llegado. Entonces el anciano sacó una bolsa de plástico que llevaba en un bolsillo y lentamente fue ofreciendo las miguitas de pan duro que había en el interior. <br/>&#9;El chico pensó entonces que esa era la razón de la alegría de las aves, pero aún haciendo mucho tiempo que no quedaban miguitas de pan, las palomas  seguían contentas y alrededor del anciano. Se levantó y se acercó al banco del anciano despacio, para no asustar a las palomas.<br/><br/>-&#9;Hola joven.<br/>-&#9;Hola señor... Perdón pero ¿puedo preguntarle algo?<br/>-&#9;¡Claro hijo! Pregunta lo que quieras -dijo el anciano.<br/>-&#9;Llevo un rato observando como trata a estas palomas y estoy extrañado.<br/>-&#9;¿Qué es lo que te extraña?<br/>-&#9;Me extraña que cuando usted llegó, esperaba que vinieran, que ellas estaban contentas de que usted hubiese venido y que después de comerse todas las miguitas de pan, todavía siguen aquí con usted.<br/>-&#9;Ja, ja, ja, ja, ¿Es eso?<br/><br/>El chico miró asombrado al anciano, por un momento pensó que quizás estaba loco, aunque parecía cuerdo en realidad...<br/><br/>-&#9;Mira hijo, continuó el hombre, hace mucho tiempo que vengo a este lugar, siempre a la misma hora, en el mismo banco, con la misma bolsita de pan. Aunque no tuviese ganas o mi estado de ánimo no fuese el mismo que el día anterior, nunca he faltado a mi cita con ellas. A las palomas las quiero, las cuido, las protejo...<br/><br/><br/><br/>-&#9;¿Cómo puede querer a unas palomas?<br/>-&#9;Las quiero porque se han convertido en algo especial para mí. Cuándo estoy solo están conmigo, cuándo estoy alegre comparten mi alegría con su revolotear, cuándo se termina el pan, no me abandonan y cuándo las busco siempre las encuentro.<br/>-&#9;Señor, perdone, ¡¡pero son simples palomas!!<br/>-&#9;¡No!... Palomas si, simples no; en cada una de mis amigas encontrarás algo que las distingue entre sí, igual que pasa con tus amigos.<br/><br/>El joven siguió mirando al anciano y a sus palomas, y afirmó<br/><br/>-&#9;Yo las veo todas iguales...<br/>-&#9;Querido y joven amigo, te invito a que vengas un tiempo por aquí, a esta misma hora y las observes detenidamente.<br/><br/>El chico fue cada día durante tres meses a aquel lugar, vigilaba cada movimiento del anciano y de cada paloma, cada día las contaba, siempre había 20. El hombre les cantaba, les hablaba, les daba el pan, incluso las reñía si se picoteaban entre ellas. <br/><br/>Finalmente un día el chico le dijo al anciano:<br/><br/>-&#9;Señor, durante 90 días he venido y he visto como usted les canta, les habla, las alimenta...y las cuida, pero sigo sin entender porqué las quiere tanto...<br/>-&#9;Mira hijo,  las quiero simplemente porque ellas me quieren a mí, simplemente porque son mis amigas.<br/>Hijo,  si buscas un porqué a la amistad, nunca hallarás su verdadero significado...<br/><br/>El anciano se levantó como cada día y sonriéndole, se alejó por el paseo...<br/><br/>                                                                               AkeSha.<br/><br/><br/>]]></content><updated>2008-03-26T09:51:13.830+01:00</updated></entry></feed>
