Reseña: La escala de los mapas, de Belén Gopegui
"Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo", decía Arquímedes, revestido de Atlas, cuando ilustraba el principio de la palanca. Arquímedes es un hombre de acción, que lleva saltando desnudo de las bañeras de los escolares desde que los cuerpos sumergidos en ellas hacen desbordar su agua jabonosa.
"Dadme un hueco y pararé el mundo", parece decir Sergio Prim, embebido en la búsqueda de los espacios no estudiados, no nombrados y casi, inexistentes. Sergio Prim es un mentalista, un hombre que confía en la mente como fuerza creadora, que hace una extrapolación del mundo hacia su interior y allí, lo construye y lo ordena a su antojo, bajo las directrices de un principio de inacción.
Arquímedes se preocupaba por los círculos, por hallar la clave de su perfección, se embebía en el estudio de esferas y cilindros y murió defendiendo con la frase “non tangere circulos meos” las figuras que él mismo había trazado.
Sergio Prim se preocupa por las escalas que lo reduzcan todo hasta hacerlo desaparecer, busca en los círculos el resquicio que escape a su perfección y por el que él pueda colarse en un espacio secreto, intocable, buscando ser un hueco inexpugnable. Imagino a Prim muriendo al defender su propia inexistencia diciendo en un latín tan tosco como el de Arquímedes “non tangere cavos meos”.
Arquímedes se empeñó en la construcción de poleas, palancas para mover el mundo y tornillos para elevar el nivel del agua, buscaba el modo de volver útiles, mensurables y de rendir al control humano las fuerzas de la naturaleza. Sergio Prim, geógrafo de profesor, es un constructor de utopías, que parte de la nada, del espacio no conocido y lo crea en sus mapas. Prim tiene una visión prismática del mundo, basándose en el concierto de las escalas, que ordenan las sensaciones, los hechos y los sonidos, ateniéndose a un criterio de amplitud, de dimensión. Y Prim quiere reducirse hasta el final.
La historia de Sergio Prim es la tristísima historia de la búsqueda de un hueco en el que vivir sin ser visto. Pero resulta que la vida, traviesa y azarosa, no entiende del orden jerárquico de los geógrafos, y sí de las fuerzas brutas y de los acontecimientos imprevistos de sus adoradores. Sí, Sergio Prim busca un hueco en el que quedarse a vivir, ajeno a todo y, en su búsqueda a lo largo de La escala de los mapas, se va empequeñeciendo, se va negando a sí mismo, se va enderezando las riendas antes de desbocarse, se va ensombreciendo antes de haberse dejado iluminar, se va creando a sí mismo de nuevo, construyendo un nuevo Prim, que vive en un hueco y que es inmutable y por tanto, inactivo y por tanto, inabordable.
Pero la cuerda que ciñe los pasos de Prim, la sombra bajo la que se va encogiendo poco a poco el personaje y que lo impide desaparecer del todo –y que, en última instancia permite que exista el libro- es aquel otro latinajo del señor Berkeley que decía “Esse est percipi”, o sea, “ser es ser percibido”. Sergio Prim quiere ser sin ser percibido pero, en el fondo de su alma, sabe que esto carece de sentido, o más bien, que es imposible. Por eso acaba trasvasando toda su vida mental al papel, dirigiendo su grito silencioso a Brezo Valera, la mujer a la que ama (o quizás no), la que le impide dar un comienzo a las cosas por miedo a que se terminen y ponerle nombre a los sentimientos por miedo a que se hagan realidad.
Ese es el miedo de Sergio Prim: ser percibido. El temor a no ser comprendido le lleva a no explicarse, el miedo a no ser correspondido en el amor le lleva a ir matando lentamente dentro de sí todos los indicios de un posible amor y a llevar a cabo todas las acciones que puedan ser interpretadas como indicios de pasividad e indiferencia por la otra persona. Y Brezo se mece en la incertidumbre tan típica de Cernuda entre realidad y deseo. Y es que Prim está en camino de comprender que la mejor realidad es la deseante, puesto que es la única que concilia el ansia con el ser, pero todavía no es consciente de ello (quizás necesite otro libro para saber esto).
Por lo tanto, Prim vive escapando de sí mismo y arrastrando consigo todas aquellas facetas de la realidad que no le sirven para su proyecto de huida. Las toma, las transforma y las pasa por el prisma de su necesidad de no ser, hasta que consigue convertir en realidad esa inexistencia de las cosas. Si se trata de un hombre destructivo o simplemente de un hombre abúlico, incapaz de construir o más aún, si es un hombre naufragando en la contradicción de hacer para no haber hecho, de aunar esfuerzos para conseguir el grado cero de sentimiento y acción, es un matiz que puede quedar libre para la interpretación que cada lector quiera darle. Lo que Sergio va dejando claro a lo largo del libro es ese temor a los finales, al fin del círculo, a las cosas que se terminan. Y sobre todo, al amor, por ser un sentimiento cuya construcción proviene directa e indisociablemente de su propia destrucción:
Yo, personalmente, voy saltando de cita en cita libro adelante, al compás de las incertidumbres de Sergio, un hombre que no sabe quedarse en ningún sitio por temor a la perpetuidad, que viaja entre los lugares (al más puro estilo Bernhard), que escucha la música entre las notas, que sabe que la rueda es lo que rodea los huecos entre sus radios, que se ha hecho interpretar libremente los silencios y que vive acurrucado en estos significados que él les atribuye.
La idea básica de la actitud de Prim está resumida magistralmente en una sola frase: Prim “busca el sumo camuflaje de alguien que mira un pájaro y casi se convierte en ese pájaro”. Así es Sergio, mirando denodadamente la nada hasta convertirse en ella, trasladando la nada imaginada a la vivida, haciendo real esta última.
Con todo, Sergio Prim no existe. Es otra persona la que ha escrito su historia, poniendo su pluma al servicio de una boca que no existe; como no existe esa tristeza, ni ese hombre encogido bajo el peso de lo bello; ni su miedo al deseo, ni su deseo de vivir en un hueco. Ni el hueco en sí. Como, si me apuran, esta reseña, que ha hilado las palabras en torno a alguien que sólo quiere vivir para ver si había conseguido no vivir.
Ha quedado triste la reseña, como triste es el libro, como triste es este otoño empecinado en la monotonía cansada de las hojas rendidas, como triste se muere Mimí en el radiocassette, enfriando las noches con sus gelidas maninas; pero ayudándome a luchar, cara fanciulla, contra el vívido insomnio.
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"Dadme un hueco y pararé el mundo", parece decir Sergio Prim, embebido en la búsqueda de los espacios no estudiados, no nombrados y casi, inexistentes. Sergio Prim es un mentalista, un hombre que confía en la mente como fuerza creadora, que hace una extrapolación del mundo hacia su interior y allí, lo construye y lo ordena a su antojo, bajo las directrices de un principio de inacción.
Arquímedes se preocupaba por los círculos, por hallar la clave de su perfección, se embebía en el estudio de esferas y cilindros y murió defendiendo con la frase “non tangere circulos meos” las figuras que él mismo había trazado.
Sergio Prim se preocupa por las escalas que lo reduzcan todo hasta hacerlo desaparecer, busca en los círculos el resquicio que escape a su perfección y por el que él pueda colarse en un espacio secreto, intocable, buscando ser un hueco inexpugnable. Imagino a Prim muriendo al defender su propia inexistencia diciendo en un latín tan tosco como el de Arquímedes “non tangere cavos meos”.
Arquímedes se empeñó en la construcción de poleas, palancas para mover el mundo y tornillos para elevar el nivel del agua, buscaba el modo de volver útiles, mensurables y de rendir al control humano las fuerzas de la naturaleza. Sergio Prim, geógrafo de profesor, es un constructor de utopías, que parte de la nada, del espacio no conocido y lo crea en sus mapas. Prim tiene una visión prismática del mundo, basándose en el concierto de las escalas, que ordenan las sensaciones, los hechos y los sonidos, ateniéndose a un criterio de amplitud, de dimensión. Y Prim quiere reducirse hasta el final.
“Tú sabes que las escalas no son patrimonio de los geógrafos. En realidad, todo el mundo las utiliza para interpretar los datos que tiene. Por ejemplo, el otro día estaba en la cocina y, a través de la ventana del patio, escuché un rebullir oscuro: podía ser la cafetera de una casa, el café subiendo, o un avión. El sonido era idéntico. Simple cuestión de escala.”
La historia de Sergio Prim es la tristísima historia de la búsqueda de un hueco en el que vivir sin ser visto. Pero resulta que la vida, traviesa y azarosa, no entiende del orden jerárquico de los geógrafos, y sí de las fuerzas brutas y de los acontecimientos imprevistos de sus adoradores. Sí, Sergio Prim busca un hueco en el que quedarse a vivir, ajeno a todo y, en su búsqueda a lo largo de La escala de los mapas, se va empequeñeciendo, se va negando a sí mismo, se va enderezando las riendas antes de desbocarse, se va ensombreciendo antes de haberse dejado iluminar, se va creando a sí mismo de nuevo, construyendo un nuevo Prim, que vive en un hueco y que es inmutable y por tanto, inactivo y por tanto, inabordable.
Pero la cuerda que ciñe los pasos de Prim, la sombra bajo la que se va encogiendo poco a poco el personaje y que lo impide desaparecer del todo –y que, en última instancia permite que exista el libro- es aquel otro latinajo del señor Berkeley que decía “Esse est percipi”, o sea, “ser es ser percibido”. Sergio Prim quiere ser sin ser percibido pero, en el fondo de su alma, sabe que esto carece de sentido, o más bien, que es imposible. Por eso acaba trasvasando toda su vida mental al papel, dirigiendo su grito silencioso a Brezo Valera, la mujer a la que ama (o quizás no), la que le impide dar un comienzo a las cosas por miedo a que se terminen y ponerle nombre a los sentimientos por miedo a que se hagan realidad.
Ese es el miedo de Sergio Prim: ser percibido. El temor a no ser comprendido le lleva a no explicarse, el miedo a no ser correspondido en el amor le lleva a ir matando lentamente dentro de sí todos los indicios de un posible amor y a llevar a cabo todas las acciones que puedan ser interpretadas como indicios de pasividad e indiferencia por la otra persona. Y Brezo se mece en la incertidumbre tan típica de Cernuda entre realidad y deseo. Y es que Prim está en camino de comprender que la mejor realidad es la deseante, puesto que es la única que concilia el ansia con el ser, pero todavía no es consciente de ello (quizás necesite otro libro para saber esto).
Por lo tanto, Prim vive escapando de sí mismo y arrastrando consigo todas aquellas facetas de la realidad que no le sirven para su proyecto de huida. Las toma, las transforma y las pasa por el prisma de su necesidad de no ser, hasta que consigue convertir en realidad esa inexistencia de las cosas. Si se trata de un hombre destructivo o simplemente de un hombre abúlico, incapaz de construir o más aún, si es un hombre naufragando en la contradicción de hacer para no haber hecho, de aunar esfuerzos para conseguir el grado cero de sentimiento y acción, es un matiz que puede quedar libre para la interpretación que cada lector quiera darle. Lo que Sergio va dejando claro a lo largo del libro es ese temor a los finales, al fin del círculo, a las cosas que se terminan. Y sobre todo, al amor, por ser un sentimiento cuya construcción proviene directa e indisociablemente de su propia destrucción:
”El amor se autodestruye no para sobrevivir sino para vivirse, no a la manera del grano de trigo que cae en tierra y da la espiga, sino como el cohete que arde en el cielo, y en el ardor existe y se da muerte.”
Yo, personalmente, voy saltando de cita en cita libro adelante, al compás de las incertidumbres de Sergio, un hombre que no sabe quedarse en ningún sitio por temor a la perpetuidad, que viaja entre los lugares (al más puro estilo Bernhard), que escucha la música entre las notas, que sabe que la rueda es lo que rodea los huecos entre sus radios, que se ha hecho interpretar libremente los silencios y que vive acurrucado en estos significados que él les atribuye.
La idea básica de la actitud de Prim está resumida magistralmente en una sola frase: Prim “busca el sumo camuflaje de alguien que mira un pájaro y casi se convierte en ese pájaro”. Así es Sergio, mirando denodadamente la nada hasta convertirse en ella, trasladando la nada imaginada a la vivida, haciendo real esta última.
Con todo, Sergio Prim no existe. Es otra persona la que ha escrito su historia, poniendo su pluma al servicio de una boca que no existe; como no existe esa tristeza, ni ese hombre encogido bajo el peso de lo bello; ni su miedo al deseo, ni su deseo de vivir en un hueco. Ni el hueco en sí. Como, si me apuran, esta reseña, que ha hilado las palabras en torno a alguien que sólo quiere vivir para ver si había conseguido no vivir.
Ha quedado triste la reseña, como triste es el libro, como triste es este otoño empecinado en la monotonía cansada de las hojas rendidas, como triste se muere Mimí en el radiocassette, enfriando las noches con sus gelidas maninas; pero ayudándome a luchar, cara fanciulla, contra el vívido insomnio.
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Reseña: El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard
Doscientos amigos asistirán a mi entierro y tú tendrás que pronunciar un discurso ante mi tumba.
Aunque Thomas Bernhard escribió una pentalogía autobiográfica que es, además, considerada como su obra más característica y significativa, El sobrino de Wittgenstein también es un libro de marcado carácter autobiográfico. En él, Bernhard nos narra los sinvivires de su amistad con Paul Wittgenstein, sobrino del filósofo tomado por loco, Ludwig Wittgenstein y loco a su vez.
Resulta curioso que el libro comience en un sanatorio en el que Bernhard está ingresado debido a una tuberculosis y que, sin embargo, el libro esté escrito a pulmón, en un solo párrafo de 144 páginas que deja sin resuello al lector en más de una ocasión. Bueno, no es cierto que el libro esté escrito de golpe, en más de una ocasión se hace alusión al hecho de que Bernhard retoma las notas una y otra vez; pero el espíritu del libro sigue siendo un único suspiro interminable, a través del que Bernhard va expresando el éxtasis inicial de su amistad con Paul, las contradicciones que conllevó para ambos, los ámbitos en que uno u otro tuvieron que ceder para acomodarse al otro, el alejamiento que la enfermedad de Paul implicó y por fin, la muerte de éste y el vacío que le dejó a Bernhard, ese fin del suspiro, que años después, hace valorar aún más, el leve indicio de vida que supone ese prolongado suspiro tiempo a través. Este libro es la visión de Bernhard de aquella amistad:
“Pongo el acento expresamente en ese mi, porque estas notas llevan al papel, al fin y al cabo, la imagen que yo tengo de mi amigo Paul Wittgenstein, y no otra.”
Paul Wittgenstein está encerrado en el manicomio Am Steinhof. Es sometido a todas esas supuestas curas electromecánicas y desintegradoras con que se trataba de llevar la contraria a los locos para devolverlos al mundo de la razón, sin comprender que el único tratamiento posible está basado en el estudio de las perspectivas. Bernhard, a su vez, está en el mismo sanatorio, en la zona llamada Baumgartnerhöhe, en el pabellón para enfermos de pulmón. Ya desde el principio, la narración va desenhebrando ese pesimismo tan característico de Bernhard, su desconfianza hacia los médicos, a los cuales tacha de “perversos” e “incompetentes” y a cuyos tratamientos denomina “asesinos, inhumanos y letales”. No se trata de insultos, sino de el calificativo exacto que la gaya ciencia merece desde la óptica de Bernhard. ¿Una mirada profundamente pesimista, malencarada, ceñuda, malhumorada, distorsionada? Puede ser, pero creo que hay que aprender a leer a Bernhard desde sus propios ojos, o se nos puede comer el alma hasta la costura. Pero quizás podemos entender a Bernhard si nos esforzamos. Se trata de una personalidad absolutamente frágil, destinada a la infelicidad. Una persona a la que le asustan los círculos que se cierran, las puertas que se cierran, los libros que se acaban, las muertes que se cumplen, los viajes con destino, las llegadas, las partidas, al fin y al cabo, los extremos, los puntos. Es un personaje que sólo es feliz en mitad del trayecto, en la línea que lleva de un punto a otro, quizás por eso escribe el libro a pulmón, sin ser consciente de dónde arranca y a dónde le lleva:
”Soy de esas personas que, en el fondo, no soportan ningún lugar del mundo y sólo son felices entre los lugares de donde se marchan o a los que van.”
El libro comienza dejando pasar los acontecimientos en el sanatorio a través del papel. No se trata de descripciones concienzudas, ni de reflexiones sesudas, es simplemente la vida (y la muerte) en el sanatorio transparentando a través del papel. Los enfermos moribundos, aquellos que eran bien tratados, las propias dificultades de Bernhard para sanar y para sobrevivir a la desidia de las sábanas blancas, las cuñas y las enfermeras y al fondo, varios pabellones más allá, la sombra de Paul que se acerca hasta la narración gracias a los recuerdos de Bernhard, que elucubra acerca de cómo se encontrará su amigo y hace planes para ir a verlo.
Bernhard ya va explicando, en este inicio enfermizo, muchas de las similitudes y diferencias esenciales entre él y su amigo. Así, Bernhard no se dejó dominar totalmente por su locura, mientras que, a su juicio, Paul sí cedió a la locura total y fue absorbido por ella. Por otra parte, Bernhard ingresa como enfermo de pulmón mientras que Paul lo hace como enfermo mental y esto es una marca de las diferencias entre uno y otro, pero también de sus semejanzas: ambos han tenido que interrumpir su vida en más de una ocasión para interpretar el papel oficial de loco y enfermo de pulmón, ambos se han vuelto cada vez más desconsiderados con sus enfermedades y con el mundo que les rodea y por ello, también el mundo que les rodea les ha ido tratando, progresivamente, de forma cada vez más desconsiderada. Así pues, aunque por causas distintas, hay un estado, la enfermedad, que les convierte a los dos en hermanos y en seres individuales contrapuestos con el mundo y su actitud normal hacia los sanos pero anómala para con los enfermos.
A continuación, Bernhard va esbozando un retrato más concienzudo y minucioso de su amigo, cuyo rasgo principal es su inagotable riqueza menta: “cuanto más de su riqueza mental tiraba por la ventana (de su cabeza), tanto más aumentaba esa riqueza”. Doblemente loco, quizás. Por un lado, un hombre de riqueza mental inagotable, un poco chestertoniano para mi gusto, incapaz de reducir el mundo al prisma del mortal típico; por otro, es incapaz de tomar dominio de dicha riqueza, convertirla en algo productivo, dominarla a través del sentido pragmático del mortal típico para construir algo con ella y simplemente es capaz de derrocharla en actos estrambóticos y egoístas, entendiendo el egoísmo de este loco, como sus propios actos, que sólo lo involucran a él, no como una motivación.
Pero Paul era una persona curiosa no sólo en razón de su locura, sino también de sus circunstancias. Pertenecía a una conocida familia muy rica y era, además, sobrino de otro individuo considerado loco, Ludwig Wittgenstein, al que le unía la locura pero al que lo diferencia la puesta en escena de dicha locura; dice Bernhard que, mientras que Ludwig “publicó su cerebro”, el otro “practicó su cerebro”. Uno acabó por escribir lo que le amordazaba la mente, el otro daba tumbos en torno a la vida tratando de desmontar las sogas de la demencia.
Amante apasionado de la música y de la ópera de Viena, a la que acudía cada día, Paul Wittgenstein era respetado por su abolengo, y por su pasión y conocimiento, pero era temido por sus reacciones extemporáneas y contundentes. De que Paul aplaudiera o silbara al final de una representación dependía el éxito de ésta. Y Paul era consciente de ese poder, que no podía ejercer sanamente, sino que le dominaba y le podía llevar a silbar en una ocasión juzgando la representación desde algún estado del ánimo totalmente ajeno a ella. Un ejemplo más de esa locura contradictoria: su conocimiento lo alza hasta convertirlo en el único juez posible, y una vez aquí, “sus pros y sus contras en la ópera nada tenían que ver con la objetividad, sólo con su arbitrariedad, con su volubilidad, con su locura.”
Uno de los pasajes más lindos del libro nos cuenta cómo en una de las etapas más débiles de la amistad, cuando Bernhard lo rehuía por temor a que se le abrazase y se le echase a llorar y Paul, recién salido de alguna de aquellas curas asesinas, era un guiñapo inconsciente, Paul acudía a la casa de Bernhard en Natal y se quedaba en el patio escuchando los discos que aquél ponía para él. Poco a poco, se atrevía a ir pidiendo cosas: “un Mozart, por favor. Un Beethoven, por favor.”
Poco a poco vamos conociendo capítulos de esta amistad, con fuertes parones debido a las recaídas de uno u otro, con muchas dosis de música, champán, fiestas, viajes por Europa y carreras de automóviles. Paul Wittgenstein llevaba una vida totalmente superficial, brincando de sociedad en sociedad, dispuesto a dar la nota en cualquier lado. Muchas veces, rememoraba dolorosamente junto a Bernhard esa vida superficial. Y el dolor le venía, precisamente, “porque esa existencia superficial, como se ve, no la había llevado ningún ser superficial, al contrario.”
Un episodio de la propia vida de Bernhard, la entrega de un premio de la Academia de Ciencias, sirve de inflexión a la narración. Desde entonces, Bernhard sólo es capaz de contarnos la progresiva decadencia de su amigo, sus ataques cada vez más fuertes y sus recuperaciones cada vez peores. Aún pasaban buenos ratos criticando desde los cafés de Viena a todo aquel que se les pusiera por delante, y con la víctima, a todo su país. Pero poco a poco, Bernhard va rehuyendo más y más a Paul Wittgenstein, cada vez más fuera de sí. En los últimos años de su vida, evitó a su amigo de forma totalmente consciente, puesto que era una forma de evitar a la muerte. Porque su amigo estaba ya muerto en la vida. Y más muerto aún si cabe, o más dolorosamente muerto, puesto que aún estaba obligado a vivir. De hecho, al final del libro, Bernhard nos dice que considera que conoció a Paul cuando ya había empezado a morirse, y que Bernhard había estado, simplemente, siguiendo aquella muerte a lo largo de 12 años. Y cuando aquella muerte comenzó a hacerse patente, Bernhard sintió el irreprimible deseo de alejarse, porque, pese a todo, pese a la negrura que parecía envolverle, quería seguir viviendo.
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Añiversario
Et bien... tal día como hoy, un helado 17 de noviembre, dormido entre los desaires del otoño, estaba yo con la cara hinchada como un animal fantástico de Revillod, escribiendo en un ordenador de la facultad la ñoñísima entrada "Bienvenido a una nueva forma de ver los Libros...", que fue el primer ladrillo verbal de este Espacio sobre Literatura. (Nótese el más absoluto desespoir sobre la posibilidad de recibir visitas que denota el título con ese "bienvenido" en triste singular.)
Todo comenzó como unas prácticas para la asignatura de Tratamiento de Información en la Red. Nuestra profesora, Tiscar, nos daba las directrices a través de un blog creado a tal efecto, y nosotros nos enredábamos en la maraña de los comentarios, el trackback, el tratamiento de imágenes y la búsqueda de información.
Tanto me enredé y me enredé que aquí sigo, un año después, dando la lata a todo el que quiera pasar por aquí -o caiga sin remedio condenado por el dedo inequívoco de San Google- sobre los libros, los poemas, los versitos y todos aquellas travesuras lingüístico-literarias que se me van ocurriendo o que voy robando sin compasión de otras páginas.
Aunque no llego a los mil que la leyenda urbana se empeña en atribuir a Lucía Etxebarría, en un año me he leído la friolera de 102 libros y he reseñado unos cuarenta. ¿Desproporcionado? Bueno, no siempre encuentro qué decir ni la manera de decirlo. Pero en cualquier caso, no me parece mal balance. Más bien al contrario, me asusta pensar en el descaro de que son testimonio esas reseñas y me veo blandiendo el derecho a la libertad de expresión como excusa perfecta para soltar en este, mi juanpalómico rincón, todo lo que me viene en gana.
Cumple un año este blog y me lo autocelebro encantada por el 9,7 de nota que trajo consigo, por la estupendísima gente que he conocido gracias a él, por las magníficas páginas y blogs sobre literatura a que me ha llevado, por lo que me he divertido y lo que he aprendido escribiendo y leyendo, por el café que me tomé con Félix en Barcelona y por ser un trabajo, al menos en cierta medida, creador como recomienda Fromm.
Me queda ñoña esta celebración, como ñoñas fueron las primeras cosas que escribí aquí, pero es que una es ñoña con pocos reparos y además así consigue meter así seis veces nuestra sacrosanta letra en una frase.
¿Un deseo ante la tartita de cumpleaños? Que dejéis este párrafo o a medias para iros corriendo a leer.
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Todo comenzó como unas prácticas para la asignatura de Tratamiento de Información en la Red. Nuestra profesora, Tiscar, nos daba las directrices a través de un blog creado a tal efecto, y nosotros nos enredábamos en la maraña de los comentarios, el trackback, el tratamiento de imágenes y la búsqueda de información. Tanto me enredé y me enredé que aquí sigo, un año después, dando la lata a todo el que quiera pasar por aquí -o caiga sin remedio condenado por el dedo inequívoco de San Google- sobre los libros, los poemas, los versitos y todos aquellas travesuras lingüístico-literarias que se me van ocurriendo o que voy robando sin compasión de otras páginas.
Aunque no llego a los mil que la leyenda urbana se empeña en atribuir a Lucía Etxebarría, en un año me he leído la friolera de 102 libros y he reseñado unos cuarenta. ¿Desproporcionado? Bueno, no siempre encuentro qué decir ni la manera de decirlo. Pero en cualquier caso, no me parece mal balance. Más bien al contrario, me asusta pensar en el descaro de que son testimonio esas reseñas y me veo blandiendo el derecho a la libertad de expresión como excusa perfecta para soltar en este, mi juanpalómico rincón, todo lo que me viene en gana.
Cumple un año este blog y me lo autocelebro encantada por el 9,7 de nota que trajo consigo, por la estupendísima gente que he conocido gracias a él, por las magníficas páginas y blogs sobre literatura a que me ha llevado, por lo que me he divertido y lo que he aprendido escribiendo y leyendo, por el café que me tomé con Félix en Barcelona y por ser un trabajo, al menos en cierta medida, creador como recomienda Fromm.
Me queda ñoña esta celebración, como ñoñas fueron las primeras cosas que escribí aquí, pero es que una es ñoña con pocos reparos y además así consigue meter así seis veces nuestra sacrosanta letra en una frase.
¿Un deseo ante la tartita de cumpleaños? Que dejéis este párrafo o a medias para iros corriendo a leer.
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Reseña: El poeta y los lunáticos, de G. K. Chesterton
Gilbert Keith Chesterton es un curioso escritor inglés de variada escritura. Se dedicó principalmente al relato policial, pero también ha escrito novelas y poesía, así como diversos libros sobre historia y ensayos. Desde luego, lo que más fama le ha dado es, sin duda, la creación del entrañable Padre Brown, un cura metido a detective en virtud de su capacidad de observación que resuelve los casos presentados en cinco de sus libros.
Sin embargo, este padre de apariencia despistada pero de agudeza envidiable no es el único sabueso que puebla la literatura de Chesterton. Hay mucho más. El conjunto de cuentos policiales encadenados de El hombre que sabía demasiado está protagonizado por un rubito muy sagaz y Las paradojas de Mr. Pond son todas propuestas y resueltas por este Mr. Pond, un diplomático en todos los sentidos de la palabra. Y por supuesto, tenemos a Gabriel Gale, el cuerdo-loco quijotesco de El poeta y los lunáticos.
Y me atrevo a decir “quijotesco” porque creo que a Chesterton no le era ajena ni lejana la figura de nuestro ingenioso hidalgo, al que recuerda en la novela El retorno de don Quijote, publicada póstumamente, en la que Michael Herne, un bibliotecario moderno toma el mismo camino que el manchego de la triste figura. Y es que don Quijote es un cuerdo loco, capaz de atribuir significado y coherencia a cada elemento de la naturaleza, a cada persona, a cada acontecimiento y enmarcarlos a todos ellos en un mundo de caballerías de reglas observables, cuya representación construye don Quijote día a día a su santa voluntad.
Mr. Pond será definido más de una vez como alguien un tanto “extravangante” dentro de su apariencia anodina y su conversación sosegada y correcta. De Gabriel Gale, se dirá en más de una ocasión que es capaz de adoptar “el punto de vista de los lunáticos” y de hecho, gusta de hacer alguna que otra locura doméstica como el pino fuera de contexto. ¿Qué caracteriza a los personajes de Chesterton, a estos hombres capaces de resolver paradojas, intrigas policiacas, problemas domésticos o viejos acertijos”? Creo que, principalmente, dos cosas: por un lado, una gran capacidad de observación. Esta capacidad les permite, no sólo fijarse en los detalles más pequeños, que le pueden pasar desapercibidos a cualquiera, sino en aquellas cosas que no son detalles apenas, que no parecen indicios; el Padre Brown, Mr. Pond o Gale hacen fotografías de las situaciones registrándolo absolutamente todo en su mente, incluso aquello que las personas normales tendemos a descartar porque nos son de sobra conocidas, porque catalogamos directamente como irrelevantes o porque desdeñamos su importancia basándonos en nuestras experiencias previas. La virtud de estos investigadores consiste en no ponerle límites a la observación, en no completar los estímulos, sino en asumir cada detalle tal y como se presenta, no dando nunca nada por sentado. La sagacidad que luego demuestran al resolver los casos es consecuencia directa de esta capacidad de observación casi infantil y consiste en establecer todos los nexos posibles entre todo lo observado hasta dejarlos que cuadren solos. Chesterton, a través de sus personajes, nos demuestra que todo está relacionado, todo está conectado –idea, por otro lado, sostenida por muchísimos pensadores, filósofos y dueños de barriles soleados variados-. Muchas veces nos pasa desapercibida la lógica de las cosas precisamente porque se nos han escapado detalles, porque no hemos observado alguna premisa escondida, porque hemos completado el círculo de un estímulo por la lógica imperfecta de nuestra experiencia. Y por eso, no descubrimos que, en realidad, se trataba de una espiral.
No se trata de que nuestros sentidos nos engañen, sino de que la aplicación sin ambages de la navaja de Okkam a veces corta por lo sano con la delicada conexión entre dos hechos. Chesterton nos enseña a no desdeñar lo extraño como lógico. Normalmente, tendemos a rellenar los huecos mínimos de la experiencia, de las conversaciones, de los hechos con aquello que consideramos “normal” en ese caso (y digo normal refiriéndome a lo habitual, a lo que correspondería “normalmente” a ese hueco). Y no siempre es así. A veces, una palabra que no esperaríamos nunca toparnos, un comportamiento que no es esperado y que, en el párrafo más banal de una historia pasa desapercibido, es la clave para resolver un misterio mayor. Chesterton nos aleja de la mirada amplia de la comodidad y nos invita a utilizar un microscopio.
El poeta y los lunáticos es un conjunto de relatos que tienen como nexo común al pintor, y a veces poeta, Gabriel Gale. Un joven que es tenido por un poco raro y alocado entre sus amistades, que atribuyen dicha locura a su temperamento artístico. Efectivamente, ambos aspectos están relacionados, pero probablemente es que el segundo se deriva del primero y no al revés. Véanse si no, los otros protagonistas de Chesterton de igual sagacidad y capacidad de observación pero que no se dedican al arte. Gabriel Gale dice situarse en “el centro del cosmos, no en sus giratorias márgenes”, esto es decir, en el meollo de los hechos, no en la confusión de sus apariencias. A Gale no le pasa desapercibido nada y por ello tiene muchísima más materia prima para crear, para actuar, para conversar, para apartarse de la norma o regirla a rajatabla que los demás:
Está clarísimo que la forma de investigar de Gale es inconsciente, consiste sobre todo en mirar las cosas por primera vez, en despojar a los hechos, las palabras y las caras de los significados que, quizás sin saberlo, les tenemos atribuidos de antemano.
Así actúa Gabriel Gale. Inconscientemente, por supuesto. O mejor dicho, involuntariamente, simplemente, no sabe actuar de otra manera. No es capaz de no ver, no es capaz de no captar los detalles, no puede dejar de observar, no puede obligar a su mente a dejar pasar los detalles raudos por la ventana. De hecho, como bien dice Chesterton, los intrincados casos que Gale va resolviendo a lo largo del libro, aunque misteriosos, lo son más “para un místico , que para un policía”. Y es que los casos en los que se ve inmerso Gale son curiosos, sí, pero no porque constituyan una desviación abrupta y descarada respecto de los comportamientos habituales, como puede ser un asesinato o un robo a gran escala; sino que estamos ante desviaciones más sutiles, más pequeñas pero que van desencadenando perplejidad y extrañeza en las personas (cuando se trata de casos en los que la psicología es la protagonista) o bien que van desencadenando hechos cada vez más graves pero que tienen como punto de partida un hecho nimio y una interpretación errónea o simplemente, un pequeño desvío de la norma. Me refiero por ejemplo, a una mujer que tontea con un amigo de su marido o a una joven enamorada de un científico comunista. Hay casos domésticos y auténticos crímenes, hay casos terroríficos desencadenados por una pequeña palabra dicha fuera de lugar y casos que en realidad, sólo atañen a una persona y sus creencias y que, por inofensivos, no podrían ser considerados policiales en absoluto.
La resolución de todos ellos es, sino totalmente, al menos en parte, una paradoja. O lo que nosotros pensamos que es una paradoja, hasta que Gabriel Gale desanda el camino hasta el centro mismo de los hechos y va detallando cómo la solución drástica y enajenada que ha dado el asesino, el ladrón, el suicida es un intento frustrado de deshacerse de dicha paradoja sin ser consciente de haber estado poseído por ella. O bien, demuestra cómo lo que aparentemente es una paradoja, no lo es si se analiza con detalle. Prueba de esto son algunos de los casos que tuvo que resolver: demostrar que un asesinato fue un suicidio, que un suicidio fue un asesinato. Paradójico es, por ejemplo, el caso del manicomio, en el que Gale no se encuentra a gusto precisamente porque está loco. (El que lea el libro averiguará por qué). Aparentemente paradójica también, es la afirmación de que “un detractor de la Biblia no es más que un adorador de ella” y otras muchas que pueblan el texto. Algo semejante ocurre con Las paradojas de Mr. Pond, que en uno de sus casos, nos explica cómo el exceso de celo de un soldado dio al traste con la operación programada. Los casos se suelen resolver con la sorpresa de sus implicados, que aprenden más de sí mismos y de sus formas programadas de pensar que acerca del caso mismo.
Los libros de Chesterton son todo maravilla. Escritos con una minuciosa e intrincada prosa que sigue perfectamente la minuciosidad y la continuidad del pensamiento de sus protagonistas. Chesterton es, además, un escritor honrado. Narra con detalle, describe y redescribe a sus personajes de tal manera que se delaten a través de sus propios parlamentos y de sus acciones. Cuando ya nos hemos leído más de un relato, ya aprendemos a conocer los indicios que van hacia la desembocadura fatal; comenzamos a comprender en líneas generales los comportamientos de los asesinos, ladrones, o simplemente, torpes enamorados; atisbamos las soluciones, sin que por ello, ésta nos deje de sorprender. Lo que Chesterton nunca habría querido, supongo yo, es que nos acomodemos en la cuna de su narración y nos dejemos llevar a tientas hasta el final de las historias, dando tajos de franciscano a los pequeños detalles con que Chesterton nos recrea y nos enseña el camino aparentemente absurdo que toma la verdad. Chesterton nos quiere cuerdos-locos, no simples lunáticos que van por la vida como caminando por un limo que lo empaña todo; nos quiere lúcidos valientes locos: dispuestos a luchar contra los molinos si decidimos que, efectivamente, aquello que vemos al fondo, lo son.
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Sin embargo, este padre de apariencia despistada pero de agudeza envidiable no es el único sabueso que puebla la literatura de Chesterton. Hay mucho más. El conjunto de cuentos policiales encadenados de El hombre que sabía demasiado está protagonizado por un rubito muy sagaz y Las paradojas de Mr. Pond son todas propuestas y resueltas por este Mr. Pond, un diplomático en todos los sentidos de la palabra. Y por supuesto, tenemos a Gabriel Gale, el cuerdo-loco quijotesco de El poeta y los lunáticos.
Y me atrevo a decir “quijotesco” porque creo que a Chesterton no le era ajena ni lejana la figura de nuestro ingenioso hidalgo, al que recuerda en la novela El retorno de don Quijote, publicada póstumamente, en la que Michael Herne, un bibliotecario moderno toma el mismo camino que el manchego de la triste figura. Y es que don Quijote es un cuerdo loco, capaz de atribuir significado y coherencia a cada elemento de la naturaleza, a cada persona, a cada acontecimiento y enmarcarlos a todos ellos en un mundo de caballerías de reglas observables, cuya representación construye don Quijote día a día a su santa voluntad.
Mr. Pond será definido más de una vez como alguien un tanto “extravangante” dentro de su apariencia anodina y su conversación sosegada y correcta. De Gabriel Gale, se dirá en más de una ocasión que es capaz de adoptar “el punto de vista de los lunáticos” y de hecho, gusta de hacer alguna que otra locura doméstica como el pino fuera de contexto. ¿Qué caracteriza a los personajes de Chesterton, a estos hombres capaces de resolver paradojas, intrigas policiacas, problemas domésticos o viejos acertijos”? Creo que, principalmente, dos cosas: por un lado, una gran capacidad de observación. Esta capacidad les permite, no sólo fijarse en los detalles más pequeños, que le pueden pasar desapercibidos a cualquiera, sino en aquellas cosas que no son detalles apenas, que no parecen indicios; el Padre Brown, Mr. Pond o Gale hacen fotografías de las situaciones registrándolo absolutamente todo en su mente, incluso aquello que las personas normales tendemos a descartar porque nos son de sobra conocidas, porque catalogamos directamente como irrelevantes o porque desdeñamos su importancia basándonos en nuestras experiencias previas. La virtud de estos investigadores consiste en no ponerle límites a la observación, en no completar los estímulos, sino en asumir cada detalle tal y como se presenta, no dando nunca nada por sentado. La sagacidad que luego demuestran al resolver los casos es consecuencia directa de esta capacidad de observación casi infantil y consiste en establecer todos los nexos posibles entre todo lo observado hasta dejarlos que cuadren solos. Chesterton, a través de sus personajes, nos demuestra que todo está relacionado, todo está conectado –idea, por otro lado, sostenida por muchísimos pensadores, filósofos y dueños de barriles soleados variados-. Muchas veces nos pasa desapercibida la lógica de las cosas precisamente porque se nos han escapado detalles, porque no hemos observado alguna premisa escondida, porque hemos completado el círculo de un estímulo por la lógica imperfecta de nuestra experiencia. Y por eso, no descubrimos que, en realidad, se trataba de una espiral.
No se trata de que nuestros sentidos nos engañen, sino de que la aplicación sin ambages de la navaja de Okkam a veces corta por lo sano con la delicada conexión entre dos hechos. Chesterton nos enseña a no desdeñar lo extraño como lógico. Normalmente, tendemos a rellenar los huecos mínimos de la experiencia, de las conversaciones, de los hechos con aquello que consideramos “normal” en ese caso (y digo normal refiriéndome a lo habitual, a lo que correspondería “normalmente” a ese hueco). Y no siempre es así. A veces, una palabra que no esperaríamos nunca toparnos, un comportamiento que no es esperado y que, en el párrafo más banal de una historia pasa desapercibido, es la clave para resolver un misterio mayor. Chesterton nos aleja de la mirada amplia de la comodidad y nos invita a utilizar un microscopio.
El poeta y los lunáticos es un conjunto de relatos que tienen como nexo común al pintor, y a veces poeta, Gabriel Gale. Un joven que es tenido por un poco raro y alocado entre sus amistades, que atribuyen dicha locura a su temperamento artístico. Efectivamente, ambos aspectos están relacionados, pero probablemente es que el segundo se deriva del primero y no al revés. Véanse si no, los otros protagonistas de Chesterton de igual sagacidad y capacidad de observación pero que no se dedican al arte. Gabriel Gale dice situarse en “el centro del cosmos, no en sus giratorias márgenes”, esto es decir, en el meollo de los hechos, no en la confusión de sus apariencias. A Gale no le pasa desapercibido nada y por ello tiene muchísima más materia prima para crear, para actuar, para conversar, para apartarse de la norma o regirla a rajatabla que los demás:
”Cualquier tontería que a un hombre normal no le causa más que una leve impresión, y hasta una levísima impresión, a Gale le causaba un gran impacto, era un auténtico incidente, mucho más que reseñable, digno de análisis profundo; el incidente del día.(...) Gale sostenía que la finalidad principal de la vida humana es la de mirar las cosas como si fuese la primera vez que se ven”
Está clarísimo que la forma de investigar de Gale es inconsciente, consiste sobre todo en mirar las cosas por primera vez, en despojar a los hechos, las palabras y las caras de los significados que, quizás sin saberlo, les tenemos atribuidos de antemano.
Así actúa Gabriel Gale. Inconscientemente, por supuesto. O mejor dicho, involuntariamente, simplemente, no sabe actuar de otra manera. No es capaz de no ver, no es capaz de no captar los detalles, no puede dejar de observar, no puede obligar a su mente a dejar pasar los detalles raudos por la ventana. De hecho, como bien dice Chesterton, los intrincados casos que Gale va resolviendo a lo largo del libro, aunque misteriosos, lo son más “para un místico , que para un policía”. Y es que los casos en los que se ve inmerso Gale son curiosos, sí, pero no porque constituyan una desviación abrupta y descarada respecto de los comportamientos habituales, como puede ser un asesinato o un robo a gran escala; sino que estamos ante desviaciones más sutiles, más pequeñas pero que van desencadenando perplejidad y extrañeza en las personas (cuando se trata de casos en los que la psicología es la protagonista) o bien que van desencadenando hechos cada vez más graves pero que tienen como punto de partida un hecho nimio y una interpretación errónea o simplemente, un pequeño desvío de la norma. Me refiero por ejemplo, a una mujer que tontea con un amigo de su marido o a una joven enamorada de un científico comunista. Hay casos domésticos y auténticos crímenes, hay casos terroríficos desencadenados por una pequeña palabra dicha fuera de lugar y casos que en realidad, sólo atañen a una persona y sus creencias y que, por inofensivos, no podrían ser considerados policiales en absoluto.
La resolución de todos ellos es, sino totalmente, al menos en parte, una paradoja. O lo que nosotros pensamos que es una paradoja, hasta que Gabriel Gale desanda el camino hasta el centro mismo de los hechos y va detallando cómo la solución drástica y enajenada que ha dado el asesino, el ladrón, el suicida es un intento frustrado de deshacerse de dicha paradoja sin ser consciente de haber estado poseído por ella. O bien, demuestra cómo lo que aparentemente es una paradoja, no lo es si se analiza con detalle. Prueba de esto son algunos de los casos que tuvo que resolver: demostrar que un asesinato fue un suicidio, que un suicidio fue un asesinato. Paradójico es, por ejemplo, el caso del manicomio, en el que Gale no se encuentra a gusto precisamente porque está loco. (El que lea el libro averiguará por qué). Aparentemente paradójica también, es la afirmación de que “un detractor de la Biblia no es más que un adorador de ella” y otras muchas que pueblan el texto. Algo semejante ocurre con Las paradojas de Mr. Pond, que en uno de sus casos, nos explica cómo el exceso de celo de un soldado dio al traste con la operación programada. Los casos se suelen resolver con la sorpresa de sus implicados, que aprenden más de sí mismos y de sus formas programadas de pensar que acerca del caso mismo.
Los libros de Chesterton son todo maravilla. Escritos con una minuciosa e intrincada prosa que sigue perfectamente la minuciosidad y la continuidad del pensamiento de sus protagonistas. Chesterton es, además, un escritor honrado. Narra con detalle, describe y redescribe a sus personajes de tal manera que se delaten a través de sus propios parlamentos y de sus acciones. Cuando ya nos hemos leído más de un relato, ya aprendemos a conocer los indicios que van hacia la desembocadura fatal; comenzamos a comprender en líneas generales los comportamientos de los asesinos, ladrones, o simplemente, torpes enamorados; atisbamos las soluciones, sin que por ello, ésta nos deje de sorprender. Lo que Chesterton nunca habría querido, supongo yo, es que nos acomodemos en la cuna de su narración y nos dejemos llevar a tientas hasta el final de las historias, dando tajos de franciscano a los pequeños detalles con que Chesterton nos recrea y nos enseña el camino aparentemente absurdo que toma la verdad. Chesterton nos quiere cuerdos-locos, no simples lunáticos que van por la vida como caminando por un limo que lo empaña todo; nos quiere lúcidos valientes locos: dispuestos a luchar contra los molinos si decidimos que, efectivamente, aquello que vemos al fondo, lo son.
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Jaculatoria a San Google
Queridos feligreses y queridos devotos de San Google:
No tengo ni idea de cómo se abre una lavadora llena de agua, carezco de láminas de corazones con soplo, desconozco la importancia que tiene el metro en la literatura española, no sé qué partes de los matrimonios se manifiestan a través de versos cortos, no sé cuál es la mejor biografía de Nerón, ni tengo el manual de protocolos para la operación de cadera. Carezco de la letra de la canción Hitler de Rammstein traducida al español, ni he estado de Erasmus en Viena, ignoro el significado de "astoria", no he escrito un ensayo sobre atardeceres, ni cuentos sobre el espacio, ni refranes sobre el tiempo; no sé nada sobre la perspectiva del narrador de la señora con perrito, ni qué significa "nancy llaga". No sé hacer una síntesis policial, ni me imagino por qué el DRAE ha de ser empático. Ni siquiera he escrito poemas sobre amores difíciles.
Lo siento de veras, queridos hermanos ávidos de saber y de consejos prácticos. Yo me pondría un chubasquero antes de abrir la ut supra mencionada lavadora; yo misma tengo un soplo y una pedradita que viaja en metro a dónde el corazón la lleve, siempre con un libro en la mano. "Apaga la tele", "baja a cenar", "no digas esas cosas" son los pocos versos cortos que se me ocurren para ambientar un matrimonio mientras pongo una vela al patrón de las aceras para no romperme una cadera. Y es que ensayo mis paseos al atardecer, mis refranes los dejo que se los lleve el tiempo y procuro que mis cuentos ocupen poco espacio. Ojalá hubiera estado de Erasmus en Viena disfrutando de la empatía de un diccionario alemán, hiriéndome con las llagas que mancillaron a Nancy, alojada en algún hotel Astoria y saliendo a pasear, hecha ya toda una señora, con un perrito al lado y un narrador como una nube, velándome el paseo.
Mas no es así, queridos Googlecofrades. Se me ocurre que también sería interesantísimo saber por qué los escarabajos vuelan al atardecer, qué importancia tiene la sangre en la literatura japonesa, bajo qué perspectiva autorial se baja del carruaje la marquesa d'Orcy, quién inventó el archifánfano, qué significa "inconspicuo", qué baladas orlan la vida del ermitaño y cuántos refranes se han escrito sobre el amor. Incluso sería crucial averiguar cuál es la mejor biografía del homo fiorensis, a qué sabe el chocolate caducado y cómo se consigue ganar a las tragaperras.
Pero eso es lo maravilloso del saber, que siempre será un camino infinito, lleno de lavadoras que no se abren, de emperadores sin biografía, de señoras con perrito, de escritoras con la cadera rota, de ardorosos amantes con el corazón en el vilo de un soplido. Vamos caminando y Nancy nos saluda, con su carita llena de llagas y nos pregunta qué significa Astoria, y nosotros, en nuestra preocupación por investigar cómo escribir un ensayo sobre el espacio, olvidamos el DRAE y su empatía proverbial, nos instalamos con Nancy en una llanura más o menos cómoda, llena de significados danzarines y vamos viendo cómo nuestra curiosidad se desliza sola por el ancho camino de lo desconocido.
Y a lo largo de ese camino, San Google, nuestro querido lazarillo multicolor, nos hospeda en casas que no son la nuestra, pero cuyas puertas, a diferencia de la de la lavadora, siempre están abiertas.
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No tengo ni idea de cómo se abre una lavadora llena de agua, carezco de láminas de corazones con soplo, desconozco la importancia que tiene el metro en la literatura española, no sé qué partes de los matrimonios se manifiestan a través de versos cortos, no sé cuál es la mejor biografía de Nerón, ni tengo el manual de protocolos para la operación de cadera. Carezco de la letra de la canción Hitler de Rammstein traducida al español, ni he estado de Erasmus en Viena, ignoro el significado de "astoria", no he escrito un ensayo sobre atardeceres, ni cuentos sobre el espacio, ni refranes sobre el tiempo; no sé nada sobre la perspectiva del narrador de la señora con perrito, ni qué significa "nancy llaga". No sé hacer una síntesis policial, ni me imagino por qué el DRAE ha de ser empático. Ni siquiera he escrito poemas sobre amores difíciles.
Lo siento de veras, queridos hermanos ávidos de saber y de consejos prácticos. Yo me pondría un chubasquero antes de abrir la ut supra mencionada lavadora; yo misma tengo un soplo y una pedradita que viaja en metro a dónde el corazón la lleve, siempre con un libro en la mano. "Apaga la tele", "baja a cenar", "no digas esas cosas" son los pocos versos cortos que se me ocurren para ambientar un matrimonio mientras pongo una vela al patrón de las aceras para no romperme una cadera. Y es que ensayo mis paseos al atardecer, mis refranes los dejo que se los lleve el tiempo y procuro que mis cuentos ocupen poco espacio. Ojalá hubiera estado de Erasmus en Viena disfrutando de la empatía de un diccionario alemán, hiriéndome con las llagas que mancillaron a Nancy, alojada en algún hotel Astoria y saliendo a pasear, hecha ya toda una señora, con un perrito al lado y un narrador como una nube, velándome el paseo.
Mas no es así, queridos Googlecofrades. Se me ocurre que también sería interesantísimo saber por qué los escarabajos vuelan al atardecer, qué importancia tiene la sangre en la literatura japonesa, bajo qué perspectiva autorial se baja del carruaje la marquesa d'Orcy, quién inventó el archifánfano, qué significa "inconspicuo", qué baladas orlan la vida del ermitaño y cuántos refranes se han escrito sobre el amor. Incluso sería crucial averiguar cuál es la mejor biografía del homo fiorensis, a qué sabe el chocolate caducado y cómo se consigue ganar a las tragaperras.
Pero eso es lo maravilloso del saber, que siempre será un camino infinito, lleno de lavadoras que no se abren, de emperadores sin biografía, de señoras con perrito, de escritoras con la cadera rota, de ardorosos amantes con el corazón en el vilo de un soplido. Vamos caminando y Nancy nos saluda, con su carita llena de llagas y nos pregunta qué significa Astoria, y nosotros, en nuestra preocupación por investigar cómo escribir un ensayo sobre el espacio, olvidamos el DRAE y su empatía proverbial, nos instalamos con Nancy en una llanura más o menos cómoda, llena de significados danzarines y vamos viendo cómo nuestra curiosidad se desliza sola por el ancho camino de lo desconocido.
Y a lo largo de ese camino, San Google, nuestro querido lazarillo multicolor, nos hospeda en casas que no son la nuestra, pero cuyas puertas, a diferencia de la de la lavadora, siempre están abiertas.
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Reseña: Las aventuras del Barón de Münchhausen que nunca pretendió ser creído
Bueno, sigo con mis reseñas. Vuelvo con un libro que muchos considerarán infantil: Las aventuras del Barón de Münchhausen. No es que no sea un libro infantil, creo yo, se trata más bien de uno de esos que hace las delicias (como dicen por ahí) de niños y adultos, de propios y extraños. Es un libro que admite varios planos de lectura diferentes: el plano ingenuo, con el que abrir la boca ante cada historia insólita del barón; el plano literato de lupa y pipa, que rastrea en busca de los autores y la posible existencia de los personajes; el plano adulto que añade significados más abstractos o que descubre en el barón elementos de la psicología de todos los humanos, de la suya propia y del que extrae consejos (disfrazados de acontecimientos y resoluciones imposibles) para la vida práctica. Es, por tanto, un libro que son mil libros.
Vayamos primero con las andanzas que puede recorrer un literato con afán detectivesco por el libro. En primer lugar, hay que decir mal que esto no le importe a casi nadie, que el barón de Münchhausen existió realmente. Se llamaba Karl Hieronymos von Münchhausen. Nació el 11 de mayo de 1720 y se dedicó a la carrera militar; participó en las campañas de Rusia contra los Turcos cuando apenas tenía 20 años. Por lo visto, ya en su época, era famoso por contar historias en las que la fantasía se le desbordaba. Tanto era el éxito que tenía contando sus historias que, poco a poco, se le fueron atribuyendo a él muchas peripecias fantásticas vividas o inventadas por otros.
Es fácil comprender que a partir de esta leyenda carnal, alguien viera una veta fantástica que explotar y se decidiera a escribir estas andanzas. El primero fue un escritor, librero y científico alemán, el señor Rudolf Erich Raspe, que publicó las aventuras del barón en 1785 en Oxford, y por lo visto, con intenciones de crítica política. Sin embargo, el barón debe la definitiva difusión de sus aventuras a otro poeta alemán, Gottfried August Bürger. Este Bürger, al que probablemente no conocemos de nada fue, en realidad, el creador de la Balada en alemán como género lírico, y fue muy significativa su labor como poeta político. Parece ser que al menos un tercio de las aventuras de Münchhausen salieron de la pluma de Bürger. Esta última versión fue publicada en 1876 y ha sido traducida a muchísimas lenguas, entre ellas, gracias a Dios, al español.
Como podréis ver en este artículo de la Wikipedia, el barón de Münchhausen ha sido una peculiarísima musa para escritos, pinturas, esculturas y hasta para una película. Dentro de la gente que se divirtió homenajeando a este rocambolesco personaje haciendo lo que mejor sabían, destaca Gustave Doré, que ilustró con múltiples grabados irónicos las aventuras del barón. He aquí uno de ellos:

En realidad, poco nos importa si el barón de Münchhausen existió o no. Lo que interesa de toda esta enrevesada historia de autores, narradores y ediciones es el por qué las historias de un alguien que contaba cosas sin pretender “ser creído”, llegan a ser escritas y reescritas por dos personas, difundidas a lo ancho y largo (concepción eclesiástica) de la Tierra. Me malicio yo que en esto reside parte de la magia de la literatura.
La literatura es un artificio, un constructo. Como decía Aristóteles en su Poética, tiene que contar historias verosímiles. No tienen por qué ser hechos reales, que, efectivamente hayan ocurrido, sino que podrían ocurrir. Incluso, dice Aristóteles: “en todo caso, más vale elegir cosas naturalmente imposibles con tal que parezcan verosímiles, que las posibles si parecen increíbles”. Probablemente, leyendo a Münchhausen, nos daremos cuenta de que las cosas que él cuenta no pueden ocurrir, no tienen cabida dentro del orden natural de las cosas. La mimesis de Aristóteles debe de entenderse en el sentido de artifico, de elaboración del poeta, y no como mera imitación. Para Aristóteles, estos artificios, para funcionar, para tener éxito, para cumplir su doble función inseparable de divertir y enseñar, debían cumplir con tres reglas: la verosimilitud, la cohesión y la coherencia.
Las increíbles historias del barón de Münchhausen se dividen en varios capítulos. En el primero nos narra su viaje a Rusia y San Petersburgo; el segundo nos habla de la caza; el tercero hace un repaso por sus perros y caballos; el cuarto nos cuenta la guerra contra los turcos; el quinto nos mete al barón en la cárcel; luego se nos narran multitud de aventuras por mar y finalmente, un viaje subterráneo. A primera vista, parece totalmente inocente y no tiene por qué resultar increíble o inverosímil (que no es lo mismo, ojito perejil). Pero veamos alguna aventura:
Ejem. No es que haya buscado una historia exagerada para fomentar vuestra incredulidad. Son todas las historias así. ¿Cómo creerse cosas así? Por un lado, es importante la cohesión, el estar ante un texto armado, estructurado, con proporción entre las partes, bien hilvanado: de una historia salta a otra con naturalidad; unas increíbles aventuras le recuerdan a otras; ninguna es tan normal como para hacer parecer que las demás son inverosímiles, ni viceversa. Ninguna es tan larga como para que haga olvidar el contexto y el hecho de que forma parte de un todo más grande. El barón cambia de escenario para sus historias con naturalidad: o hace un viaje, o es llamado a la corte de algún sultán, o es enviado a la guerra. Se detallan los lugares en los que se halla en la medida en que son necesarios para la narración, habla profusamente de un salón de baile para situarnos bien y luego arrollarnos con un caballo desbocado que pasa como Atila por dicho salón; se sube en un globo porque es el único sitio donde puede contar la increíble historia de haber viajado al sol.
Por otra parte, las historias están narradas casi todas en primera persona. Esto nos deja un margen difuso, podemos conceder que algunos detalles son producto de la imaginación del barón, de sus ansias de exagerar, o del fervor con que lo narra. Sólo en un caso, habiéndose retirado el barón a descansar, y habiendo dejado a su audiencia de buen humor y deseando escuchar más historias, otro toma la palabra y narra alguna de las aventuras del barón. Lo cual le sirve al autor/autores para fomentar más aún la verosimilitud de la historia. No es sólo que el barón sea exagerado, sino que existe gente que sabe de sus historias y las narra salpimentándolas con el mismo grado de absurdo e ironía.
Por último, el libro se subtitula “que nunca pretendió ser creído”. El barón es consciente de lo increíble de sus historias, de que será difícil creerlas para las mentes convencionales acostumbradas tan sólo a los hechos más cotidianos. Por lo tanto, no pretende ser creído porque tiene la tranquilidad de saberse en posesión de la verdad, aunque que ésta pueda aparecer como una mentira hinchadísima.
Como vemos, todo el libro se forma para conseguir el artificio perfecto que permita al lector suspender el juicio, suspender su capacidad de discernimiento entre posible e imposible y meterse en el pellejo del barón. Aisladamente, sacadas de contexto, rechazaríamos las historias por imposibles, nadie se puede creer que el barón tiró de su propia coleta y se sacó de un lago. Pero una vez que nos ha narrado cuatro o cinco historias rocambolescas; una vez que el barón se ha hecho la reflexión de que, gracias a Dios y a su presencia de ánimo, ha sobrevivido para contarlo; una vez que el barón reconoce que su historia tiene un puntito increíble y que quizás no podría repetirlo, entonces es cuando nos lo creemos a pies juntillas y comenzamos a tirar de la coleta de nuestra incredulidad hasta viajar con él al fantástico mundo de sus correrías. Aderezado además, con nombres propios de personajes y lugares, el barón nos da con ellos la brújula para no perder el norte que él parece haber perdido, nos da la oportunidad de mantener un pie anclado en la realidad más física, dejando al otro bailar al son de las extravagancias narradas. Él mismo nos concede la duda, comprende que podamos pasmarnos y negarnos a creer sus historias: “acaso os parezca inverosímil; a mí también me pareció por mucho tiempo, hasta que al fin pude dar con la clave del enigma”. A continuación te explica la clave de dicho enigma, que se revela como la única explicación posible y plausible para la situación de partida. La trabazón del origen de sus locuras con las consecuencias y explicaciones de éstas es perfecta. Por eso no es verdad pero es verdad literaria.
Claro que es un libro para niños, que se morirá de risa al oír hablar del perro con dos patas, del hombre al que se le levantaba la tapa de los sesos y de los ingenios que tenía que discurrir el barón para salir con vida de sus jornadas de caza. Pero también es un libro sumamente irónico y que contiene verdades de dejar boquiabierto. Y es que el barón acaba haciendo auténticas barbaridades para el orden natural, a base de utilizar el razonamiento más puro, por estar enfermo casi de razón. Su presencia de ánimo, su capacidad para ver las cosas desde varios puntos de vista y para analizar que a veces, el camino más corto no es el de más éxito, son los que le permiten triunfar y salir de las situaciones más descabelladas:
El libro está plagadito de estas reflexiones, que no tienen nada de lunáticas, sino que son muy útiles. Él mismo se da cuenta. Por ejemplo, narrando cómo cazó un oso, nos cuenta que, sólo teniendo dos piedras, le lanzó una al animal por donde éste acostumbra a descomer y desbeber, y la otra por la boca, ambas piedras chocan, se hace fuego y el oso explota:
¿No es un libro maravilloso? No quiero poner más fragmentos, porque es un libro para leer con calma, dejando tiempo a la risa y a la reflexión a partes iguales. Si además tiene las magníficas ilustraciones de Gustave Doré, entonces es un libro para comprarlo y dejar que nos sonría desde la estantería todos los días.
Existe un síndrome llamado el “síndrome de Münchhausen”, que tienen la tendencia a inventarse síntomas o mejor aún, a dramatizar los síntomas de posibles enfermedades. Existen varios tipos, pero todos ellos tienen el factor común de la tendencia a inventarse y dramatizar los acontecimientos. “Las personas que padecen el síndrome de Münchhausen simulan de modo consciente los síntomas de un trastorno físico. Inventan repetidamente enfermedades y suelen ir de médico en médico en busca de tratamiento.” Igual que iba el barón en busca de audiencia allá por donde pasaba.
El gran investigador de Palo Alto, Paul Watzlawick, además, tiene un libro que se llama La coleta del barón de Münchhausen, en el que se ocupa de analizar los comportamientos y patrones de conducta que nos impiden ver las posibilidades y alternativas ante diversas situaciones. Nos ayuda, supongo, a encontrar nuestra propia coleta y tirar de ella en situaciones en las que pensábamos que estábamos totalmente calvos.
¿Las aventuras del Barón de Münchhausen, un libro para niños? Ja.
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Vayamos primero con las andanzas que puede recorrer un literato con afán detectivesco por el libro. En primer lugar, hay que decir mal que esto no le importe a casi nadie, que el barón de Münchhausen existió realmente. Se llamaba Karl Hieronymos von Münchhausen. Nació el 11 de mayo de 1720 y se dedicó a la carrera militar; participó en las campañas de Rusia contra los Turcos cuando apenas tenía 20 años. Por lo visto, ya en su época, era famoso por contar historias en las que la fantasía se le desbordaba. Tanto era el éxito que tenía contando sus historias que, poco a poco, se le fueron atribuyendo a él muchas peripecias fantásticas vividas o inventadas por otros.
Es fácil comprender que a partir de esta leyenda carnal, alguien viera una veta fantástica que explotar y se decidiera a escribir estas andanzas. El primero fue un escritor, librero y científico alemán, el señor Rudolf Erich Raspe, que publicó las aventuras del barón en 1785 en Oxford, y por lo visto, con intenciones de crítica política. Sin embargo, el barón debe la definitiva difusión de sus aventuras a otro poeta alemán, Gottfried August Bürger. Este Bürger, al que probablemente no conocemos de nada fue, en realidad, el creador de la Balada en alemán como género lírico, y fue muy significativa su labor como poeta político. Parece ser que al menos un tercio de las aventuras de Münchhausen salieron de la pluma de Bürger. Esta última versión fue publicada en 1876 y ha sido traducida a muchísimas lenguas, entre ellas, gracias a Dios, al español.
Como podréis ver en este artículo de la Wikipedia, el barón de Münchhausen ha sido una peculiarísima musa para escritos, pinturas, esculturas y hasta para una película. Dentro de la gente que se divirtió homenajeando a este rocambolesco personaje haciendo lo que mejor sabían, destaca Gustave Doré, que ilustró con múltiples grabados irónicos las aventuras del barón. He aquí uno de ellos:

En realidad, poco nos importa si el barón de Münchhausen existió o no. Lo que interesa de toda esta enrevesada historia de autores, narradores y ediciones es el por qué las historias de un alguien que contaba cosas sin pretender “ser creído”, llegan a ser escritas y reescritas por dos personas, difundidas a lo ancho y largo (concepción eclesiástica) de la Tierra. Me malicio yo que en esto reside parte de la magia de la literatura.
La literatura es un artificio, un constructo. Como decía Aristóteles en su Poética, tiene que contar historias verosímiles. No tienen por qué ser hechos reales, que, efectivamente hayan ocurrido, sino que podrían ocurrir. Incluso, dice Aristóteles: “en todo caso, más vale elegir cosas naturalmente imposibles con tal que parezcan verosímiles, que las posibles si parecen increíbles”. Probablemente, leyendo a Münchhausen, nos daremos cuenta de que las cosas que él cuenta no pueden ocurrir, no tienen cabida dentro del orden natural de las cosas. La mimesis de Aristóteles debe de entenderse en el sentido de artifico, de elaboración del poeta, y no como mera imitación. Para Aristóteles, estos artificios, para funcionar, para tener éxito, para cumplir su doble función inseparable de divertir y enseñar, debían cumplir con tres reglas: la verosimilitud, la cohesión y la coherencia.
Las increíbles historias del barón de Münchhausen se dividen en varios capítulos. En el primero nos narra su viaje a Rusia y San Petersburgo; el segundo nos habla de la caza; el tercero hace un repaso por sus perros y caballos; el cuarto nos cuenta la guerra contra los turcos; el quinto nos mete al barón en la cárcel; luego se nos narran multitud de aventuras por mar y finalmente, un viaje subterráneo. A primera vista, parece totalmente inocente y no tiene por qué resultar increíble o inverosímil (que no es lo mismo, ojito perejil). Pero veamos alguna aventura:”Cuando este interesante animal era aún lebrela, o por mejor decir, galga, hubo de levantar una liebre, que me pareció extraordinariamente gorda. La perra estaba a la sazón preñada, y me pesaba en verdad ver los esfuerzos que hacía por correr tan rápidamente como antes.
De repente oí ladridos como si anduviera por allí una jauría entera, aunque débiles y agudos; fuíme acercando en aquella dirección, y vi entonces la cosa más sorprendente del mundo.
La liebre había parido corriendo, y mi perra, por no ser menos, había hecho otro tanto, habiendo nacido precisamente tantos lebratillos como perros.”
Ejem. No es que haya buscado una historia exagerada para fomentar vuestra incredulidad. Son todas las historias así. ¿Cómo creerse cosas así? Por un lado, es importante la cohesión, el estar ante un texto armado, estructurado, con proporción entre las partes, bien hilvanado: de una historia salta a otra con naturalidad; unas increíbles aventuras le recuerdan a otras; ninguna es tan normal como para hacer parecer que las demás son inverosímiles, ni viceversa. Ninguna es tan larga como para que haga olvidar el contexto y el hecho de que forma parte de un todo más grande. El barón cambia de escenario para sus historias con naturalidad: o hace un viaje, o es llamado a la corte de algún sultán, o es enviado a la guerra. Se detallan los lugares en los que se halla en la medida en que son necesarios para la narración, habla profusamente de un salón de baile para situarnos bien y luego arrollarnos con un caballo desbocado que pasa como Atila por dicho salón; se sube en un globo porque es el único sitio donde puede contar la increíble historia de haber viajado al sol.
Por otra parte, las historias están narradas casi todas en primera persona. Esto nos deja un margen difuso, podemos conceder que algunos detalles son producto de la imaginación del barón, de sus ansias de exagerar, o del fervor con que lo narra. Sólo en un caso, habiéndose retirado el barón a descansar, y habiendo dejado a su audiencia de buen humor y deseando escuchar más historias, otro toma la palabra y narra alguna de las aventuras del barón. Lo cual le sirve al autor/autores para fomentar más aún la verosimilitud de la historia. No es sólo que el barón sea exagerado, sino que existe gente que sabe de sus historias y las narra salpimentándolas con el mismo grado de absurdo e ironía.
Por último, el libro se subtitula “que nunca pretendió ser creído”. El barón es consciente de lo increíble de sus historias, de que será difícil creerlas para las mentes convencionales acostumbradas tan sólo a los hechos más cotidianos. Por lo tanto, no pretende ser creído porque tiene la tranquilidad de saberse en posesión de la verdad, aunque que ésta pueda aparecer como una mentira hinchadísima.
Como vemos, todo el libro se forma para conseguir el artificio perfecto que permita al lector suspender el juicio, suspender su capacidad de discernimiento entre posible e imposible y meterse en el pellejo del barón. Aisladamente, sacadas de contexto, rechazaríamos las historias por imposibles, nadie se puede creer que el barón tiró de su propia coleta y se sacó de un lago. Pero una vez que nos ha narrado cuatro o cinco historias rocambolescas; una vez que el barón se ha hecho la reflexión de que, gracias a Dios y a su presencia de ánimo, ha sobrevivido para contarlo; una vez que el barón reconoce que su historia tiene un puntito increíble y que quizás no podría repetirlo, entonces es cuando nos lo creemos a pies juntillas y comenzamos a tirar de la coleta de nuestra incredulidad hasta viajar con él al fantástico mundo de sus correrías. Aderezado además, con nombres propios de personajes y lugares, el barón nos da con ellos la brújula para no perder el norte que él parece haber perdido, nos da la oportunidad de mantener un pie anclado en la realidad más física, dejando al otro bailar al son de las extravagancias narradas. Él mismo nos concede la duda, comprende que podamos pasmarnos y negarnos a creer sus historias: “acaso os parezca inverosímil; a mí también me pareció por mucho tiempo, hasta que al fin pude dar con la clave del enigma”. A continuación te explica la clave de dicho enigma, que se revela como la única explicación posible y plausible para la situación de partida. La trabazón del origen de sus locuras con las consecuencias y explicaciones de éstas es perfecta. Por eso no es verdad pero es verdad literaria.
Claro que es un libro para niños, que se morirá de risa al oír hablar del perro con dos patas, del hombre al que se le levantaba la tapa de los sesos y de los ingenios que tenía que discurrir el barón para salir con vida de sus jornadas de caza. Pero también es un libro sumamente irónico y que contiene verdades de dejar boquiabierto. Y es que el barón acaba haciendo auténticas barbaridades para el orden natural, a base de utilizar el razonamiento más puro, por estar enfermo casi de razón. Su presencia de ánimo, su capacidad para ver las cosas desde varios puntos de vista y para analizar que a veces, el camino más corto no es el de más éxito, son los que le permiten triunfar y salir de las situaciones más descabelladas:
”¿Qué hacer en tan crítico momento? No había que perder tiempo. Por fortuna, me acordé de lo que había visto poco hacía; alzo la coleta, dirijo el arma en la dirección de la caza y me doy un pinchazo en un ojo. Este vigoroso golpe hizo saltar un número de chispas suficiente para encender la pólvora, el tiro partió y maté cinco pares de patos, cuatro cercelas y dos gallinetas de agua. Esto prueba que la presencia de ánimo es el alma de las grandes acciones.”
El libro está plagadito de estas reflexiones, que no tienen nada de lunáticas, sino que son muy útiles. Él mismo se da cuenta. Por ejemplo, narrando cómo cazó un oso, nos cuenta que, sólo teniendo dos piedras, le lanzó una al animal por donde éste acostumbra a descomer y desbeber, y la otra por la boca, ambas piedras chocan, se hace fuego y el oso explota:
”Estoy seguro de que un argumentos a priori lanzado así contra un argumento a posteriori, haría en moral un efecto análogo en más de un sabio.”
¿No es un libro maravilloso? No quiero poner más fragmentos, porque es un libro para leer con calma, dejando tiempo a la risa y a la reflexión a partes iguales. Si además tiene las magníficas ilustraciones de Gustave Doré, entonces es un libro para comprarlo y dejar que nos sonría desde la estantería todos los días.
Existe un síndrome llamado el “síndrome de Münchhausen”, que tienen la tendencia a inventarse síntomas o mejor aún, a dramatizar los síntomas de posibles enfermedades. Existen varios tipos, pero todos ellos tienen el factor común de la tendencia a inventarse y dramatizar los acontecimientos. “Las personas que padecen el síndrome de Münchhausen simulan de modo consciente los síntomas de un trastorno físico. Inventan repetidamente enfermedades y suelen ir de médico en médico en busca de tratamiento.” Igual que iba el barón en busca de audiencia allá por donde pasaba.
El gran investigador de Palo Alto, Paul Watzlawick, además, tiene un libro que se llama La coleta del barón de Münchhausen, en el que se ocupa de analizar los comportamientos y patrones de conducta que nos impiden ver las posibilidades y alternativas ante diversas situaciones. Nos ayuda, supongo, a encontrar nuestra propia coleta y tirar de ella en situaciones en las que pensábamos que estábamos totalmente calvos.
¿Las aventuras del Barón de Münchhausen, un libro para niños? Ja.
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Diversión Proverbial
Mientras yo estaba de Erasmus en Freiburg im Breisgau, en la Universidad de Oviedo se divertían de lo lindo con algunas asignaturas.
Me contó mi Shandy que tenían una clase en la que se dedicaban a inventarse sopas de letras, crucigramas, a hacer exposiciones orales imitando programas de debate televisivos y cosas por el estilo. Y yo me lo perdí. Para una asignatura interesante que había...
En fin, uno de los ejercicios que se planteaban era el de parafrasear. Se trataba de deconstruir el significado de refranes, proverbios y demás dimes te dirés del español, para luego reconstruirlos de otra manera. Uno de los que había propuesto Shandy era el siguiente:
Yo propongo el siguiente:
Supongo que ya habéis adivinado de qué refranes se trata. ¿Se os ocurre alguno a vosotros? Premio en forma de aclamación popular al que proponga el más original. ;)
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Me contó mi Shandy que tenían una clase en la que se dedicaban a inventarse sopas de letras, crucigramas, a hacer exposiciones orales imitando programas de debate televisivos y cosas por el estilo. Y yo me lo perdí. Para una asignatura interesante que había...
En fin, uno de los ejercicios que se planteaban era el de parafrasear. Se trataba de deconstruir el significado de refranes, proverbios y demás dimes te dirés del español, para luego reconstruirlos de otra manera. Uno de los que había propuesto Shandy era el siguiente:
“Tiene por cierto el amigo de lo ajeno que el suyo es un comportamiento universal”.
Yo propongo el siguiente:
“Los conocimientos atesorados por Mefistófeles no se derivan de su esencia, sino que se deben a circunstancias cronológicas”.
Supongo que ya habéis adivinado de qué refranes se trata. ¿Se os ocurre alguno a vosotros? Premio en forma de aclamación popular al que proponga el más original. ;)
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Palabras con huecos que se acaban
A veces me muero de miedo pensando en que de aquí a unos pocos años no me quedarán palabras libres, vacías, como ramas de un árbol deshabitado en las que ir a posarme cargada de significados carnales pero inocentes, vívidos pero etéreos, innecesarios pero inevitables. Me asola un miedo casi wittgensteniano al pensar que ya tengo muchas ocupadas, que muchas de las palabras que uso todos los días con inocente distracción, son los cabos de un ovillo interminable que va remontándose cada vez más lejos, que se extiende como una peligrosa tela de araña sobre las experiencias; son palabras a las que se van adhiriendo de forma casi parásita significados ajenos a ella, significados como pequeñas lapas de anécdotas y recuerdos incrustadas a la inocente roca de una palabra que no se sabe tan poderosa, cuyas ubres no le bastan para alimentar a tanto hijo bastardo y espontáneo.
Quizás es un mimo excesivo por el lenguaje, una fe ciega en su capacidad para conformar y ordenar lo vivido, la que nos lleva a pulir cada palabra como un homo ergaster pulía un sílex hasta convertirlo en una herramienta. Una herramienta hecha a medida de cada ser, con tantas caras como necesidades de contar, con tantos ecos como voces le necesitemos poner a un hecho. Mi lengua no es, por lo tanto, la misma que la lengua que habla nadie, es un sembrado de plantas-palabra que van creciendo y reventando a fuerza de cargarlas con los lunáticos frutos de los significados que me acechan cada día. Es el caso de Cuenca, que se ha convertido en una heroica ciudad dispuesta a acoger a un triste peregrino, o a un pervertido disfrazado de soñador. No puedo escuchar hablar de Cuenca sin lanzar miradas cargadas, ya de sospecha, ya de compasión. Lo mismo sucede con la expresión “me encanta” constituida ahora por palabras malévolas que me retuercen la cara en una mueca irónica y me hinchan la lengua con su veneno y ya nunca consigo que signifiquen simplemente lo que significaban antes de se colaran en mi baúl, se retorcieran y se deformaran.
Me ocurre que hay palabras empecinadas que me han abierto una emboscada, me han asaltado todas juntas y se han acomodado en un rincón de mi cerebro, sentadas todas juntas, formando un grupo inseparable. Y ya no puedo ver a una de ellas sin pensar en las otras, son palabras gregarias, no son nada las unas sin las otras. El conjunto es una serpiente hermosísima que ya nunca significa nada pero que se empeña en danzar por mi boca al oír o al querer yo decir una de ellas aisladamente. Y con ellas se me sale por los poros, colorido y lozano, el recuerdo o la anécdota que simbolizan. Son esas muletillas que uno no puede evitar añadir cuando la última frase oída termina con una de estas palabras de la secta. Gracias a Rubén Darío no puedo escuchar un “ser” sin que “y no saber nada” acuda solícito a destruir la lógica de la conversación. Los “eventos” llaman puestos de puntillas sobre su ese final al conjunto “consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Es culpa de don Juan de Mairena. La expresión “Vive Dios” estará perpetuamente vigilada por la exclamación “recórtanos a nosotras”; la palabra “variedades” se siente sola e inútil si no la siguen las “bruscas de caudal”. Que nadie cometa la imprudencia de decir ante mí “Oh, mísero de mí, oh infelice” si no quiere escuchar entero una versión trastabillada del monólogo de Segismundo.
Muchas de estas coyundas impúdicas de las palabras en orden aleatorio me vienen de la lectura, de los libros que me he encontrado por el camino. No puedo pensar en “Confieso que he vivido” sin que desde una esquina escondida de la mente, me manifiesten su derecho a aparecer las palabras “y bebido más que Hemingway y Neruda juntos”. Cosas de Bryce Echenique, no me miren a mí. Recuerdo que de niña tenía una cancioncilla compuesta con los títulos de los libros de Manuel Puig: “Maldición eterna a quien lea estas páginas, el mono desnudo recibe el beso de la mujer araña. Boquitas pintadas, boquitas pintadas y pubis angelical.” Comprenderéis que para mí un mono no lo es si no es gramático y está desnudo, y las bocas que quieran ser boquitas tienen que estar pintadas necesariamente.
Lo mismo me sucede con los títulos de las películas o con algunas frases que, desde su ventajosa posición, se me han grabado hasta la médula. Oigo que la palabra teléfono se queda descolgada en una frase y yo siento que tengo que volar hacia Moscú para restituir la línea; si alguien empieza una conversación diciendo “anoche soñé”, yo pienso automáticamente que soñó “que volvía a Manderley”. Si alguien pregunta, ¿quién quiere agua?, yo contesto inevitablemente “agua, azucarillos y aguardiente”. Cierto día, el profesor dijo: “¿qué podemos añadir?” y yo le susurré a mi compañera: “¿qué no se haya dicho ya?”, a lo que ella repuso: “o que sí se haya dicho”. Tardamos bastante tiempo en darnos cuenta de que estábamos reproduciendo, inconscientemente, un fragmento de una pieza de Les Luthiers. Al decir del buen Juarroz, “Toda palabra llama a otra palabra, toda palabra es un imán verbal.”
Este es el maravilloso mundo de las palabras, que son flores y como tales flores engalanan lo vivido. No es lo mismo estar descalzo que no llevar puestos los zapatos, el flamenco rosa no es lo mismo que esa cancioncilla de plumas añejas que es phoenicopterus ruber roseus; y es que los recuerdos se van embelleciendo gracias a las palabras que los nombran, que les ponen un velo de incertidumbre a lo narrado.
Pero las palabras, las frases, también tienen significados rudos, directos, inevitables, indiscutibles, son ellos lo que forman el consenso que nos permite comunicarnos y que nos sitúan en el tiempo y en el espacio. Algunas de ellas son más ciertas que un acto y son capaces de destruir aquello que el hombre, grano a grano, se ha ido empeñando en edificar con la paciencia de una hormiga y la tozudez de un toro. Y zas, llega una palabra vendaval, apenas pensada, en vuelo rasante sobre la punta de la lengua y lo destroza todo inevitablemente. Y se queda para siempre columpiando la sombra de su significado sobre las vidas de sus damnificados. También puede suceder al revés, una palabra mágica, como un soplo de calor al oído de un desconsolado, como una moneda en la lata mojada del mendigo.
Pero las palabras también guardan una fantástica zona inexplorada, un enorme campo de barbecho donde cada uno va sembrando los diferentes significados con que se ha ido cargando la mochila de animal con lenguaje. Ahí es donde una palabras echan raíces al lado de otras, invaden el nicho de las vecinas, se contaminan, se seducen y se van dejando crecer esos nuevos significados, donde la mano del cultivador se junta con el fruto que recoge y la palabra y el hombre se convierten en un solo ser fantástico, digno del estudio y la observación del profesor Revillod.
No sé yo nunca qué zapatos ponerme para andar por las palabras. Hay que ir recogiendo las palabras que a otros se les caen; hay que poner cuidado, pues una palabra es la puerta que se abre pero es también su llave; hay que ir buscando a la desconocida, rescatándola de las feroces garras sancionadoras de los sucesores de Nebrija; hay que amarlas como no se ama ninguna otra cosa, porque, al decir de Renard, hay palabras tan lindas, que se las desearía con mejillas, para besarlas. Yo ando por las palabras como el viento entre los puentes, buscando un hueco para hacerlo mío.
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Quizás es un mimo excesivo por el lenguaje, una fe ciega en su capacidad para conformar y ordenar lo vivido, la que nos lleva a pulir cada palabra como un homo ergaster pulía un sílex hasta convertirlo en una herramienta. Una herramienta hecha a medida de cada ser, con tantas caras como necesidades de contar, con tantos ecos como voces le necesitemos poner a un hecho. Mi lengua no es, por lo tanto, la misma que la lengua que habla nadie, es un sembrado de plantas-palabra que van creciendo y reventando a fuerza de cargarlas con los lunáticos frutos de los significados que me acechan cada día. Es el caso de Cuenca, que se ha convertido en una heroica ciudad dispuesta a acoger a un triste peregrino, o a un pervertido disfrazado de soñador. No puedo escuchar hablar de Cuenca sin lanzar miradas cargadas, ya de sospecha, ya de compasión. Lo mismo sucede con la expresión “me encanta” constituida ahora por palabras malévolas que me retuercen la cara en una mueca irónica y me hinchan la lengua con su veneno y ya nunca consigo que signifiquen simplemente lo que significaban antes de se colaran en mi baúl, se retorcieran y se deformaran.
Me ocurre que hay palabras empecinadas que me han abierto una emboscada, me han asaltado todas juntas y se han acomodado en un rincón de mi cerebro, sentadas todas juntas, formando un grupo inseparable. Y ya no puedo ver a una de ellas sin pensar en las otras, son palabras gregarias, no son nada las unas sin las otras. El conjunto es una serpiente hermosísima que ya nunca significa nada pero que se empeña en danzar por mi boca al oír o al querer yo decir una de ellas aisladamente. Y con ellas se me sale por los poros, colorido y lozano, el recuerdo o la anécdota que simbolizan. Son esas muletillas que uno no puede evitar añadir cuando la última frase oída termina con una de estas palabras de la secta. Gracias a Rubén Darío no puedo escuchar un “ser” sin que “y no saber nada” acuda solícito a destruir la lógica de la conversación. Los “eventos” llaman puestos de puntillas sobre su ese final al conjunto “consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Es culpa de don Juan de Mairena. La expresión “Vive Dios” estará perpetuamente vigilada por la exclamación “recórtanos a nosotras”; la palabra “variedades” se siente sola e inútil si no la siguen las “bruscas de caudal”. Que nadie cometa la imprudencia de decir ante mí “Oh, mísero de mí, oh infelice” si no quiere escuchar entero una versión trastabillada del monólogo de Segismundo.
Muchas de estas coyundas impúdicas de las palabras en orden aleatorio me vienen de la lectura, de los libros que me he encontrado por el camino. No puedo pensar en “Confieso que he vivido” sin que desde una esquina escondida de la mente, me manifiesten su derecho a aparecer las palabras “y bebido más que Hemingway y Neruda juntos”. Cosas de Bryce Echenique, no me miren a mí. Recuerdo que de niña tenía una cancioncilla compuesta con los títulos de los libros de Manuel Puig: “Maldición eterna a quien lea estas páginas, el mono desnudo recibe el beso de la mujer araña. Boquitas pintadas, boquitas pintadas y pubis angelical.” Comprenderéis que para mí un mono no lo es si no es gramático y está desnudo, y las bocas que quieran ser boquitas tienen que estar pintadas necesariamente.
Lo mismo me sucede con los títulos de las películas o con algunas frases que, desde su ventajosa posición, se me han grabado hasta la médula. Oigo que la palabra teléfono se queda descolgada en una frase y yo siento que tengo que volar hacia Moscú para restituir la línea; si alguien empieza una conversación diciendo “anoche soñé”, yo pienso automáticamente que soñó “que volvía a Manderley”. Si alguien pregunta, ¿quién quiere agua?, yo contesto inevitablemente “agua, azucarillos y aguardiente”. Cierto día, el profesor dijo: “¿qué podemos añadir?” y yo le susurré a mi compañera: “¿qué no se haya dicho ya?”, a lo que ella repuso: “o que sí se haya dicho”. Tardamos bastante tiempo en darnos cuenta de que estábamos reproduciendo, inconscientemente, un fragmento de una pieza de Les Luthiers. Al decir del buen Juarroz, “Toda palabra llama a otra palabra, toda palabra es un imán verbal.”
Este es el maravilloso mundo de las palabras, que son flores y como tales flores engalanan lo vivido. No es lo mismo estar descalzo que no llevar puestos los zapatos, el flamenco rosa no es lo mismo que esa cancioncilla de plumas añejas que es phoenicopterus ruber roseus; y es que los recuerdos se van embelleciendo gracias a las palabras que los nombran, que les ponen un velo de incertidumbre a lo narrado.
Pero las palabras, las frases, también tienen significados rudos, directos, inevitables, indiscutibles, son ellos lo que forman el consenso que nos permite comunicarnos y que nos sitúan en el tiempo y en el espacio. Algunas de ellas son más ciertas que un acto y son capaces de destruir aquello que el hombre, grano a grano, se ha ido empeñando en edificar con la paciencia de una hormiga y la tozudez de un toro. Y zas, llega una palabra vendaval, apenas pensada, en vuelo rasante sobre la punta de la lengua y lo destroza todo inevitablemente. Y se queda para siempre columpiando la sombra de su significado sobre las vidas de sus damnificados. También puede suceder al revés, una palabra mágica, como un soplo de calor al oído de un desconsolado, como una moneda en la lata mojada del mendigo.
Pero las palabras también guardan una fantástica zona inexplorada, un enorme campo de barbecho donde cada uno va sembrando los diferentes significados con que se ha ido cargando la mochila de animal con lenguaje. Ahí es donde una palabras echan raíces al lado de otras, invaden el nicho de las vecinas, se contaminan, se seducen y se van dejando crecer esos nuevos significados, donde la mano del cultivador se junta con el fruto que recoge y la palabra y el hombre se convierten en un solo ser fantástico, digno del estudio y la observación del profesor Revillod.
No sé yo nunca qué zapatos ponerme para andar por las palabras. Hay que ir recogiendo las palabras que a otros se les caen; hay que poner cuidado, pues una palabra es la puerta que se abre pero es también su llave; hay que ir buscando a la desconocida, rescatándola de las feroces garras sancionadoras de los sucesores de Nebrija; hay que amarlas como no se ama ninguna otra cosa, porque, al decir de Renard, hay palabras tan lindas, que se las desearía con mejillas, para besarlas. Yo ando por las palabras como el viento entre los puentes, buscando un hueco para hacerlo mío.
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