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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Ataques de Bartleby: Diagnóstico y Tratamiento
    “Pero es poéticamente como el hombre habita esta tierra” (Hölderlin)

    Llevo días con un ataque de Bartleby que preferiría no tener que diagnosticarme. Errada totalmente en la exploración de sus causas, andaba preguntándome por qué o para qué escribo. Sólo se me ocurrían respuestas tópicas. Escribo para tener casa; escribo para darle un toque humano a este mundo que se me antoja tan ancho y ajeno; escribo porque no sé pensar con imágenes y éstas se me descomponen en palabras y me asaltan a traición y me llenan de lobos la conciencia; escribo porque, con los gallos cantando al fondo de un martini, juré que jamás volvería a pasar hambre de palabras. Todo este conjunto de sinrazones y argumentos a posteriori no revelan nada, sin embargo. Son tan totalmente innecesarios como preguntarse ante un bmw que rueda armoniosamente por una carretera hurtada a la naturaleza por qué giran sus ruedas. Giran y punto. Escribo y punto.

    Me pregunto por qué escribo, cuando no sé andar por los días si no los puedo pasar como páginas, si no los puedo espolvorear con comas o comillas de extranjera; cuando no puedo aguantar la monotonía si no es intentando tamizarla con literatura; cuando no tengo sonrisa más auténtica que la que me asalta con los veredictos imaginados de la bibliomancia; cuando sólo me comprendo dejándome arrastrar por las palabras en conversaciones absurdas que no tienen más tema que la similitud o la belleza que hace que se encadenen y escalen los sonidos, dejando bien atrás las cimas del entendimiento. Es una pregunta tan absurda como la indagación acerca de la propia rozagante salud. Las pocas y bisoñas respuestas que podía darme, son, por lo tanto, respuestas a una pregunta que no tiene nada que ver con esta abulia de escribiente sin folios. Y es que la pregunta, el golpe de martillo que haga elevarse otra vez las palabras como un reflejo inevitable es la contraria. A saber, ¿por qué no escribo?

    Se me empiezan a ocurrir respuestas, pero adivino que sólo una será válida, sólo una será la que sirva de diagnóstico y, por lo tanto, de tratamiento. “No tengo tiempo” es una respuesta socorrida y falsa, ornada con un rabito blanco de conejo de Alicia y que sirve de pasaporte para la religión de los relojes demasiado rápidos. “No tengo ganas” es una respuesta que no es respuesta, es la respuesta de los médicos malos que te diagnostican “cefalea” cuando acudes a ellos y explicas prosaicamente que te duele la cabeza.

    La respuesta verdadera está en otro sitio y exige el regreso a la primera pregunta, ¿por qué escribe la gente que escribe? La respuesta más cabal que se me ocurre a mí es que escribimos para completarnos. Nos sabemos esencialmente incompletos, ajenos al ancho mundo, desligados de la verdad intangible que subyace en todas las cosas. Vemos una brecha, un espacio, un puente no construido y vamos rellenando el hueco hasta convertirlo en un largo camino empalabrado que va cobrando la forma y el sentido al tiempo que se va haciendo. La conciencia del hueco que nos separa del mundo nos incita a tender un puente hacia las cosas y una vez tendido el puente recuperamos las cosas y conocemos el hueco. Las palabras hacen patente el mundo al conectarnos con él, o como dice el buen Heidegger:
    ” La obra descollando sobre sí misma abre un mundo y lo mantiene en imperiosa permanencia. Ser obra significa establecer un mundo”

    “Tiembla un poco de permanencia” en la desesperada lazada de palabras que enviamos desde este lado del mundo en el que bogamos a la deriva, inciertos, ayudados por Pascal, en nuestro anhelante deseo “de encontrar un asiento firme y base última, constante” hasta que amarramos la barca con esa lazada al embarcadero del mundo abarcable, el mundo cognoscible, el que podemos atar con palabras.
    Si uno se ha preguntado, como aconseja Rilke “¿tengo que escribir?” y, ha terminado por contestarse a sí mismo, afirmativamente, entonces ha decidido construir su vida de acuerdo con esta necesidad, entonces, todas esas palabras lanzadas al mundo desde la deriva incompleta se convierten en una “posesión natural, un trozo y una voz de la vida”, el puente que, por fin, nos une al lejano mundo y nos funde con él:
    ”Pues el creador tiene que ser en sí mismo un mundo, y encontrar todo en sí mismo y en la naturaleza a la que se ha unido.”

    ¿Por qué abandonar, entonces, este mundo y abandonarnos a nosotros con él? ¿Por qué dejar de escribir? Parece imposible o al menos, parece más difícil tomar esta determinación que continuar meciéndose en la tranquilidad del mundo ordenado a través de las palabras. ¿Rechazar el delgadísimo pero tenaz hilo verbal que nos hace sentirnos “esenciales en relación con el mundo”, al decir de Sartre? ¿Lanzarnos voluntariamente al abismo del lado escindido, que habíamos intentado trascender, comprender e integrar tiempo atrás?

    Hablo por mí, pero estos síndromes de Bartleby me atacan cuando me pillan sin ganas de desordenar las cosas, de levantarle las faldas a lo cotidiano, cuando el cómodo parterre en que florece la mentira vence al lodazal donde cayeron las verdades, cuando el deseo de que un sentimiento sea real me atranca la lucidez de saberlo mentira. Me ataca el Bartleby cuando me rindo al orden propuesto por los otros, cuando me empacho de excusas y disculpas para no arrancarme el molesto aguijón de una certeza; cuando desvío los ojos de esta tournée de olas sin concierto que soy yo y hago como que elijo la casilla que me proponen y blando los estandartes de una lucha que no es mía y claudico a cambio de una prometedora ínsula pacífica, sin desgobiernos ni exorbitancias felices o infelices.

    Me atacan los bartlebys porque dejo de buscar, porque rompo los fantasiosos hilos con que se me antoja más fácil domeñar el mundo, porque dejo que un silencio se extienda como un cáncer, manchando los terrenos con la sentencia de su cobardía. Me aterra escribir, me aterra traicionar lo sentido, lo pensado, lo imaginado y lo vivido por el mero hecho de meter esos acontecimientos en la tolva del lenguaje, me asusta que escribir sea levantar la falda más de lo aconsejable, me impresiona pensar que lo que escribo es una ola que rompe en la cara de alguien, que ríe embobado en sus aguas o que se ahoga en ellas, me horroriza pensar que soy lo que digo, que las palabras me hacen, que puedo cambiar mi cruda realidad a fuerza de ir colgándole adjetivos falsos, falsos, falsos, hasta que sean ciertos. Y es entonces, cuando, aprovechando la debilidad del miedoso, me ataca el bartleby, me coge del pescuezo, me deja con la palabra en la boca, me sienta en la silla de los no alineados, me sume en un limbo de fuerzas no concretas, donde ninguna se impone y de donde termina por surgir, indolente, el silencio de la indiferencia. Y eso también aterra. La abulia, la renuncia a conquistar, palabra por palabra, el mundo en toda su anchura y enajenación.

    Estos ataquitos que me dan de vez en cuando son el limo incómodo del que nacerá, nuevamente, la necesidad de escribir, de construir una coleta de Münchhausen a fuerza de palabras, para salir de ese lecho caliente y pegajoso en que se asienta el orden lejano del que no participo. Surge, entonces, de nuevo, la escritura y viene como un tsunami, como un desafuero a lo cotidiano, como un insulto a las costumbres que no saben acogerme tan ruda y convencida de mi propio descompás. Mi ritmo, que surge de un pacto con el mundo de no dinamitarnos mutuamente por no danzar al mismo tempo, es lo que se palpa a través de lo que escribo; mis intentos por ir poniendo tapetes de palabras sobre las hondonadas.

    Cuando no escribo es porque me faltan las cucarachas descaradas que enfrentan el camino hacia el pasillo con más decisión que yo; o me falta el frío extra de las habitaciones de alquiler lejos del nido; o quizás me falta el whiski que me sobró alguna que otra noche; o el sabor de los cigarrillos fumados a escondidas, o la impertinencia de jugarme las obligaciones a la carta del insomnio o el ímpetu por fabricar cosas inútiles. Son estas cositas pequeñas, delicadas, molestas o agradables las que, subidas al inestable carro de mis torpes palabras, me ayudan a contornear los huecos que, a veces, cuando callo, me separan del mundo.

    (PD para valientes que hayan llegado hasta aquí: este ejercicio me lo prescribió el Médico Tío Celedonio para superar el limbo abúlico navideño 2005 y por lo tanto no debe ser considerado un texto.)

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    Reseña: Gramática de la Fantasía, de Gianni Rodari
    Este libro estaba en la sección de diccionarios y tesauros. Dice la RAE que una gramática es un libro en que se enseña, aunque supongo que la audacia del título es porque la palabra gramática también nos evoca conjuntos de reglas, sistemas de clasificación y porfías variadas con ciertas categorías. ¿Cómo combinar eso con “fantasía”, si con esta palabra se nos viene a la mente, probablemente, el proceso creador de historias, la utilización de la imaginación para la invención y las huellas de algún príncipe azul que se coló indiscretamente en la evocación? ¿Cómo entender entonces esta Gramática de la Fantasía? Por un lado, tendremos que pensar que se trata de un estudio pormenorizado de la fantasía. Leyendo el subtítulo, “Introducción al arte de contar historias”, nos daremos cuenta de que se trata de un estudio exhaustivo de la aplicación de la fantasía a la narración. Pero, echándole un poco de fantasía, también nos daremos cuenta que quien haya escrito un libro defendiendo y estudiando la fantasía como recurso para contar historias, alguien que se haya dedicado no sólo a contar las historias, sino a reflexionar qué y cómo es lo que funciona en ellas, no puede haber construido un libro sistemáticamente aburrido, lleno de categorías, apartados, epígrafes y ese exasperante orden de ciertos manuales que, al poner en su propia forma tan en evidencia el estatismo con que están concebidos, hacen que el contenido acabe pareciendo un saber al que sólo se puede acceder desde fuera, con la pertinente llave de la secta del academicismo en la mente.

    Dice Gianni que dice Paul Klee (y es que pintar también es una forma de contar historias y, en el caso de Paul Klee, una forma muy fantasiosa):
    ”El contacto es imposible sin su opuesto. No existen conceptos en sí mismos, sino que regularmente hay binomios de conceptos.”

    Creo que bajo este influjo podemos entender mejor qué es lo que pretende Gianni Rodari. Se trata de buscar los hilos que convierten la lengua y las experiencias que conlleva en una inmensa tela de araña invisible pero omnipresente, se trata de ver qué opuestos escondidos traen consigo las palabras y cómo aprovechar esas uniones para ir creando puentes entre la fantasía. Así cobra sentido la unión de dos posibles contrarios, la fantasía y su libertad para crear islas en cabeza ajena y la gramática y su estudio pormenorizado que nos permite aprender la geografía de esas islas y deducir sus archipiélagos. La fantasía es el río travieso en que se embarcan los niños y los adultos, vadeando entre palabras inconexas; la gramática es el mapa esquematizado donde se señalan los puntos conquistados a la naturaleza, las piedras por donde mejor se vadea. La gramática es la geografía mental, ecuatorial y meridiana, que nos permite poner un Greenwich en el inmaculado canal de la fantasía. La isla y la posibilidad de la isla, por más que Houellebecq no tenga nada que ver con todo esto.

    “El tema fantástico [...] nace cuando se crean acercamientos extraños”, dice Gianni Rodari, cuando se somete la potencia aislada de una palabra al imán de la imaginación y se la deja arrastrar por todo aquello que la conecta con otras de una manera no obvia. Gianni Rodari va investigando con una fantástica lupa cuál es el terreno común a las historias, cómo se pone a trabajar la fantasía, qué barreras hay que romper para crear una historia nueva, por qué una palabra llama a otra palabra. Existe la posibilidad de jugar con las palabras desde el lado fónico, y entonces “ladrillo” se casa con “estribillo” y donan al mundo la prole formada por “amarillo”, “martillo”, “visillo” y “panecillo”. Pero también se pueden unir palabras en virtud de su significado y entonces, la palabra “hola” se amanceba con “adiós”, que a su vez, se amanceba con “final”, que se entrega a la “muerte”, que busca torpemente volver a la “vida”, que regresa en forma de “cuerpo”, que se excita al pensar en su “alma”, que se siente difusa como la “niebla”, que viaja hasta llegar a “Londres”, donde hay un hombre vigilando el Buckingham Palace sólo para decirle “hola” a la Reina. Y ya tenemos materia para una historia.

    Otras veces, la fantasía se pone a trabajar sobre el terreno del azar, se buscan dos palabras que conformen un “binomio insólito”, dos palabras ajenas, dos islas incoherentes y entonces se traza o se crea el paralelo escondido que las une. Son los “binomios fantásticos” que llevan a un perro a salir del armario o a un niño a apagarse cuando le quitan los zapatos. Parece que el azar, la maraña ilimitada de palabras que pueden surgir por combinaciones aleatorias no siempre surte efecto, pero es que la fantasía, el clic spitzeriano que haga surgir historias de estas dos no se encuentra en dichas palabras, sino en el trabajo creativo de unirlas, en el esfuerzo por recorrer caminos no existentes. Parece incluso más sencillo trabajar bajo la limitación de un “binomio fantástico” que con la entera libertad de elegir todos y cada uno los aspectos de una historia. Las historias, parece decir Rodari, son peces deseando ser pescados; ya están ahí, esperando que aparezca la red fantástica que sea capaz de devolverlos a nuestro mundo: “La palabra [...] hace volver a flote presencias sumergidas”, dice Rodari. Y añade: “Las historias se buscan nadando bajo el agua.”

    Siguiendo con los aparejos marinos, Rodari trabaja con las hipótesis, que al decir de Novalis, “son como redes: lanzas la red y, tarde o temprano, encuentras algo”. Lanzas la pregunta “¿Qué ocurriría si Sicilia perdiese los botones?” y tarde o temprano, un niño, un vagabundo, una tarde aburrida de domingo, te da la respuesta.

    La idea que nada bajo el agua de esta Gramática de la Fantasía es la defensa del lenguaje como juego, e incluso como juguete. El lenguaje es como un mecano con múltiples construcciones posibles avaladas por el manual de instrucciones pero que tiene un cierto grado de flexibilidad y permite construir piezas imposibles que sólo pasan por la imaginación del que lo tiene delante. Así, el lenguaje nos permite construir el sustantivo “desencuentro”, por ejemplo, y quizás, académicamente, no nos deja que lo exprimamos un poco más y construyamos el verbo “desencontrar”, así pues, el camino no está expedito para el hombre que se desencontraba con la gente si no es concibiendo el lenguaje como un juego. Pero el lenguaje también es como el juego de los espejos y cada palabra nos devuelve otra que constituye su reflejo, o su deformación por exceso, o su parodia, o su raíz. Y es también como un baile en el que las palabras se juntan buscando la armonía de saberse semejantes o hacen equilibrismos para conjuntarse pese a sus diferencias de orden y tamaño. El lenguaje también se puede utilizar como aquel juego de tarjetas para hacer parejas y entonces, del error de levantar dos diferentes, surgen historias increíbles porque un hombre dijo “castor” donde quería decir “pastor” o porque un niño no es capaz de recordar “rezuma soledad el tiempo roto” y lo transforma gracias a la libertad que le da la ignorancia en “resuma, Soledad, un cuento corto”.

    Pero el lenguaje no es un juego únicamente por su forma, sino también por los significados que trae consigo y que le son raíz y ala a la par. Así, las adivinanzas no son, en realidad, más que juegos verbales que surgen del esfuerzo de ver un objeto bajo un prisma nuevo, desde una mirada menos convencional, buceando bajo las aguas. La lengua “siempre va en coche y siempre va mojada” o bien “Este banco está ocupado por un padre y un hijo; el padre se llama Juan y el hijo ya te lo he dicho”. Como vemos, las adivinanzas no son más que la creación de nuevas metáforas, insólitas, no trilladas, no asumidas y la combinación de elementos aparentemente repelentes entre sí gracias a los brincos que se pueden dar por el mapa ordenado de la gramática.

    Y también se pueden transformar los cuentos que todos nos sabemos, cambiando las caperucitas por compañeras del colegio, transformando los Kia Picanto en calabazas en pleno centro de Madrid a las doce de la noche, haciendo que el lobo de los tres cerditos sea un vecino iracundo provisto de alicates. El lenguaje fantástico recrea el mundo que palpamos con herramientas traídas de debajo del suelo y termina por crear nuevos mundos paralelos y transformando nuestra visión de ese primer mundo decimonónico, caótico en su espantoso orden forzado, aburrido como un viaje sin obstáculos.

    Quizás hasta aquí todo parezca divertido pero banal, simpático pero intrascendente, alegre pero inútil. Pero es que las implicaciones que tiene el lenguaje en nuestro pensamiento son, en realidad, muy fuertes, y quizás, no seamos del todo conscientes de ellas. Y Rodari ha descubierto que el juego creador, el secuestro y manipulación de las palabras constituye también parte de un proceso de aprendizaje. El niño manipula el lenguaje, crea palabras, crea historias, y se va dando cuenta de qué cosas funcionan, de qué palabras se dejan manipular y qué otras permanecen inexpugnables en su castillo preposicional. Además, aunque sea inconscientemente, el niño también reclama una lógica interna en las historias por más que éstas sean fantásticas e incluso absurdas. Si el señor cocodrilo ha olvidado sus lágrimas en el río Nilo, en algún momento de la historia, el niño reclamará la presencia del cocodrilo, del río Nilo o de las lágrimas. No se trata de que las historias sólo encuentren un camino que va de la puerta abierta de la fantasía, sube las escaleras de lo esperable y termina acomodado en el salón de la lógica. Pero sí se trata de que exista un camino consciente que lleve de un punto a otro, no importa que para ir de Londres a Moscú haya que pasar por Denver, Colorado, lo que sí importa es que hay que llegar a Moscú. (Es que los críos son muy responsables a su manera).

    Por otra parte, el libro también revela retos para los adultos. Y es que a un niño, al contarle una historia, no se le sorprende tan fácilmente. Una silla que vuela no es algo tan alucinante para un crío que sólo ha visto en su vida 7 sillas que no vuelan como para un adulto que ya ha extrapolado a través de su propia experiencia a la categoría de verdad universal el hecho de que las sillas no vuelan. A los adultos también nos hace falta la imaginación para ir desandando caminos, para ir despojando a la flor de sus pétalos y se capaces, finalmente, de encontrar la semilla, para alcanzar el meollo de las historias, el punto último del que nacen, el punto que los une al mapa. El adulto tiene un trabajo mucho más arduo que el niño a la hora de construir historias, pues tiene que negarse a abrocharse el cinturón de la lengua, olvidarse de los usos ya solidificados, aprender a desandar el camino que lleva a una metáfora cotidiana como “ojo de buey” y luego utilizar esos recursos para construir historias, volver patente la libertad que da el lenguaje.
    ”La palabra aislada “actúa” (“Búfalo. Y el nombre actuó”, dice Montale) sólo cuando encuentra una segunda que la provoca, la obliga a salir de los caminos gastados del hábito, a descubrirse nuevas capacidades de significar. No hay vida donde no hay lucha.”
    Gianni Rodari ve el arte de contar historias como el de despeñarse ladera abajo arrastrando piedras, levantando remiendos de hierba, aplastando flores y dejando que sea la orografía azarosa de la montaña la que trace el camino de bajada. O bien, si le damos la vuelta, Rodari es como un sherpa que siempre encuentra más cumbre después de la cumbre.

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    Bibliomancia
    La bibliomancia como solución a la incertidumbre (sólo apto para habitantes en mundos paralelos o dispuestos a mudarse).

    La bibliomancia es un arte adivinatorio inventando en muchos sitios en épocas diferentes. Siempre hay algún ingenuo (o ingenua) que cree inventarlo un día, en una sede social o en alguna calle patrimonio de la Humanidad, cuando, rodeado (o rodeada) de libros e incertidumbres, se decide a combinarlos en una ecuación mágica que al menos arroje unas cuantas sonrisas en la oscuridad de la rutina. ¿Cómo practicar este arte adivinatorio que tantas respuestas puede arrojar para solaz de propios y extraños?
    La respuesta es sencilla.

    En primer lugar, es necesario contar con libro. Se recomienda que sea de poemas, que son textos completos y, usualmente, breves. Pero también valen otros. Michel Fais, por ejemplo, es acertadísimo resolviendo conflictos laborales. Para esta clase práctica tengo a mi lado los Cuadernos de Voronezh, de Osip Mandelstam.

    A continuación, se formula una pregunta al libresco médium. Obviamente se tratará de algo que deseemos saber. Por ejemplo, ahora que se rumorea que no habrá campanadas en Sol, un madrileño puede querer saber si es cierto o no. Y pregunta: ¿habrá campanadas en la Puerta del Sol este año?

    Seguidamente, el interfecto interrogador indica la página por la que desea que el oráculo se exprese. Por ejemplo, ya que estamos a día 15, escojo la página 131.

    Por antepenúltimo, el hermenéutico adivinador lee la página indicada.

    ”Con temblorosos racimos de uva
    nos amenazan estos mundos,
    y de ciudades furtivas,
    dorados lapsus, delaciones,
    bayas de hielo tóxico, penden
    las elásticas tiendas de campaña de
    las constelaciones,
    los dorados sebos de las constelaciones.”



    Luego, el adivinador formula la pregunta siguiente: ¿Qué nos ha querido decir XXX con esto? Donde XXX es el nombre del autor. En nuestro caso, Osip Mandelstam.

    Por último, se produce a la exégesis siempre buscando un sentido que pueda responder a la pregunta formulada.

    Así pues, ¿qué nos ha querido decir Osip Mandelstam con esto?

    Veamos. Desde la primera línea, Osip no desdeña en tomar el tema de frente y ya nos presenta unos racimos de uva, claro símbolo de la festividad de año viejo en España. Sin embargo, estos racimos de uva son temblorosos. ¿A qué alude el temblor? El temblor es la incertidumbre de la persistencia, de la existencia, es un estado que se caracteriza por el movimiento y el no-movimiento combinados, una suerte de movimiento intermitente, una incertidumbre sobre la existencia.

    Con la incertidumbre de la existencia de la celebración de año viejo, por lo tanto, se nos está amenazando desde estos mundos. ¿Por qué estos mundos? “Esto” es un adjetivo demostrativo que alude a la pertenencia de la voz que habla al objeto al que se refiere, es decir, “mundos”, por lo tanto, es el mundo terrenal, el que pisamos constantemente, el que nos acompaña día a día. Estos dos primeros versos, por lo tanto, expresan el problema, mostrando que, efectivamente, existe como tal.

    Por otra parte, se nos habla de ciudades furtivas de las que penden cosas. Está clarísimo que la ciudad aludida no puede ser otra que Madrid, furtiva de sí misma, sumida en una constante modelación y remodelación, la ciudad que cambia, que huye de lo que era ayer para ser una nueva cada día (o cada lapso temporal tenido a bien por Gallardón). Los dorados lapsus no pueden ser otra cosa que las famosas campanadas. ¿Por qué? El dorado es el color por antonomasia de las campanas, en especial de las navideñas. Y lapsus no está aquí utilizado en su acepción de la RAE, sino con su significado en latín, que es el “deslizamiento”. Deslizamientos dorados por lo tanto, campanadas.

    Estas campanadas vienen acompañadas de “delaciones”, es decir, de acusaciones, y por lo tanto, de un sentimiento de culpabilidad (justificado o no) acerca de esa acusación. Y estas acusaciones vienen acompañadas, a su vez, de “bayas de hielo tóxico”. Las bayas son unas frutas, un elemento natural y vivo, creciente y cambiante; el hielo, en cambio es un elemento natural pero inerte y que simboliza la paralización, el estancamiento, casi podríamos decir que el silencio. ¿Qué son, pues, “bayas de hielo”? Claramente, a lo que se refiere Osip Mandelstam con estas bayas de hielo es a las campanas, que cuando no se mueven, cuando están estancadas, están en silencio, pero que cuando se mueven, cuando están vivas suenan. Estas bayas de hielo son tóxicas y por lo tanto, peligrosas. Hay que intentar huir de ellas. Hay quien ha querido ver en este “tóxicas” una velada alusión a la permanente situación de contaminación de la capital del estado español, pero los hermenéuticos no se han puesto de acuerdo en el valor de semejante interpretación. Se acusa a las campanas de ser tóxicas, como hemos visto. Todo parece indicar que no es recomendable, por lo tanto, la persistencia en la celebración, puesto que esa toxicidad podría terminar para siempre con los “racimos de uva”.

    Por último, tenemos las “elásticas tiendas de campaña de las constelaciones”. Se imponen varias consideraciones para esta frase. Por un lado, la palabra “campaña” recuerda, inevitablemente a la palabra “campana”, pero ya es una palabra nueva, que designa una realidad diferente. El cambio es patente. Además, estas tiendas de campaña son “elásticas”, no rígidas, como sí lo son las campanas. Las constelaciones son como elásticas tiendas de campaña. Obviamente, no se alude a las constelaciones en tanto que conjuntos de estrellas, sino a su poder simbólico. De todos es sabido que hay 12 constelaciones zodiacales, simbólicas, como 12 son las campanadas de año viejo.

    En el último verso, se aúna el “dorado” que antes servía para caracterizar a las campanas con las constelaciones, por lo tanto se alude nuevamente a las campanas que, una vez superadas las acusaciones de “bayas de hielo tóxicas”, aparecen en una nueva dimensión, unidas con la naturaleza y brillantes como el sebo. Por lo tanto, parece que el veredicto final es que sí habrá campanadas este año en la Puerta del Sol, pero que habrá que luchar por ello, habrá que superar diversas fases, en las que quizás parezca más patente que no será así. Sin embargo, finalmente, asistiremos al espectáculo, como cada año. Eso sí, el poema también parece encerrar un aviso, una especie de Carpe Noctem, de que disfrutemos esa noche, pues quizás el año que viene no tenga lugar. De ahí el verbo “pender” que, por un lado, alude a los badajos que penden de las campanas y por otro, simboliza la fragilidad de las cosas que no están bien seguras, bien amarradas.

    Por lo tanto, el oráculo dice: Habrá campanadas, pero quizás sea este el último año.

    Llegados a este punto, se da las gracias profusamente al autor (Gracias, Osip), se cede el libro a otro hermenéutico y si se quiere, se ríe uno un rato.

    (No, no estoy loca, me sobra imaginación, qué le voy a hacer) Este post es patrimonio de la C.H.

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    Noticia: Mi blog en un periódico de Papel
    Resulta que el día 22 de septiembre de este interminable año de nuestro señor salí mencionada en La Nueva España. Sofía F. Castañón tuvo a bien aludir a este Espacio sobre Literatura en la sección "El Milenio", dentro de un reportaje llamado "Cualquiera puede publicar" y subtitulado: Blogs, espacios literarios y otras licencias en Internet.

    He aquí lo que se dijo de mí:


    Mucho bueno, sí señor. Demasiado bueno, me atrevería a decir.

    En todo caso, quiero darle las gracias a Sofía F. Castañón por haber considerado que este espacio era digno de mención. ¿Y qué más decir? Que no quepo en mí de orgullo y gozo y que... ahora sí, ahora soy de Asturias (La Nueva España lo ha dicho!)

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    Reseña: Dejad que baile el forastero, de Jaime Priede.
    El año pasado, más o menos por estas fechas, me topé con un libro de libros, las Lecturas Compulsivas de Félix. He venido a dar con otro, esta invitación a que el forastero baile a su aire. Ambos libros son un compendio de reseñas, artículos, ensayitos (en la acepción de Montaigne) sobre autores y libros. Y ambos están sujetos por el delicado hilo que es la única mirada de su autor (que en ambos se convierte en autor a fuerza de haber sido lector) sobre los mundos de los autores y libros que comentan.

    Dice la contraportada de mi libro que la mirada de Jaime sobre los autores que comenta es “paciente”. Sí, creo que esa es la palabra más acertada para definir el trabajo recopilado en este libro. Jaime ha ido buceando con placer en la obra de diferentes autores, buscando o encontrando los rasgos esenciales que se manifiestan siempre chez cada autor, encontrando, al fin y al cabo, esas características que los convierten en el ex guardameta del Racing (Albert Camus), el atleta de las emociones fuertes, (Ernest Hemingway) o el anotador de espacios (Cees Nooteboom). Jaime pasea su mirada paciente sobre Camus desde su nacimiento a su muerte. Los acontecimientos de su vida no son más que los arcos sobre los que se sustenta el magnífico puente de su obra literaria. Jaime no se ejerce esa crítica biológica que se empeña en amarrar siempre al autor con las circunstancias de su vida, que pretende convencernos de que tal o cual magna obra no habría existido de haberse comprado su autor un Buick en la primavera de 1947 o de haber bebido una copa más de Johnnie Walker en aquel bar del Barrio Latino en la noche del 15 de febrero de 1889.

    Sin embargo, Jaime tampoco pretende pasear por las obras de todos estos autores como si fueran páginas surgidas de la nada, como si hubieran sido colocados en las estanterías de las bibliotecas públicas por anónimos funcionarios y elevados a la categoría de obras de arte gracias a la benevolencia de lectores indistintos. No. Jaime ha visto cómo la literatura ha ido hilvanando los acontecimientos en la vida de Auster, de Hemingway, de Susan o de Carver, ha descubierto en la literatura el hilo que los mantuvo unidos a lo largo de su vida, que, al fin y al cabo, los hizo ser las personas que fueron (o son, no quiero yo matar a Auster tan pronto).

    Este libro es un saloncito en el que tomarse un café con Jaime Priede. Pasas la página como abriendo la puerta. Te sientas en el prefacio y dejas que te sirvan. Al poco, Jaime posa la taza en la palabra mesa y pregunta, ¿te das cuenta de cómo Camus fue buscando el estilo de la ausencia hasta que por fin encontró en la historia de Mersault la de un personaje que sólo podía existir en este “estilo de la ausencia”? ¿Y cómo Mersault no es más que un extranjero de sí mismo, un forastero, un hombre que se mueve, pero que no es motor de sí mismo? Y Jaime te lo explica lentamente, acude a dibujos, a viajes, a mapas, a amistades, enfermedades, a inquietudes políticas. Pero no deja que sean todas estas circunstancias las que construyan su reflexión, sino que trata de verlas con los ojos de Camus, trata de encontrar su reflejo en las obras del ex guardameta, recorre de nuevo la vida y obra de Camus, dispuesto a encontrar la armonía que subyace en ellas.

    Se me ocurre, humildemente, en el acto relajante de descruzar las piernas que es cambiar de capítulo, que probablemente, por muy atormentados que sean los escritores o las historias que expresan, tiene que existir una armonía para la creación. Hay un concierto, un lecho que subsiste bajo el río cambiante. Los escritores no copian simplemente la realidad, sino que la “intensifican”, la transforman; el acto creador es una forma de elevar esa armonía y expresarla. Es “eso que nadie ve porque siempre está ahí. La vida que existe debajo de las cosas.”

    No es Camus el único extranjero de sí mismo, el único forastero cambiante que ronda por este libro y que ha intentando ir dando cuenta de esos cambios a través de los libros. Camus era en tanto que se rebelaba. Está Kertész, el solitario corredor de fondo, en un capítulo menos soleado, que es consciente de tener un “yo extraño arraigado en mí”, hasta el punto de llegar a escribir un libro titulado Yo, otro. También Susan Sontag es un yo que cambia, que regresa al terreno inmutable de la escritura para dar cuenta de sus propios cambios. O los periodistas, John Hersey y Eliot Weinberger, dando testimonio de los grandes cambios históricos que suponen ciertas catástrofes como Hiroshima o en 11 de Septiembre.

    Pero no es esa danza de los cambios lo único que se manifiesta en la literatura que ha escogido Priede para explorar. Hay una literatura de los huecos, de las ausencias constructivas. El vacío se revela como un elemento dinámico que ayuda a tomar conciencia de todo lo que lo rodea, es el silencio en el que reverberan los sonidos. “Para poder ver, el poeta debe volverse invisible.”, dice Jaime que dice Paul Auster. Supongo que este volverse invisible es encontrar un hueco, un espacio no ocupado, un no-lugar, al fin y al cabo, desde el que mirar sin formar parte de aquello que se mira. La literatura es una pluma que se posa en un hueco –en una zona inexistente- y al posarse, la crea:
    ”Handke ha definido en alguna ocasión la literatura como el acto de descubrir los lugares todavía no ocupados por el sentido.

    Creo que estas son las dos notas que se repiten a lo largo del libro como ejes que mueven ese proceso del no ser al ser que es la literatura. Ya lo dice Platón en El banquete:
    ”Ya sabes que la palabra poesía tiene numerosas acepciones, y expresa en general la causa que hace que una cosa, sea la que quiera, pase del no-ser al ser, de suerte que todas las obras de todas las artes son poesía, y que todos los artistas y todos los obreros son poetas.”

    Por aquí va trazando Priede su camino, parándose en las obras de los autores que comparten con él estas inquietudes acerca de la literatura, que escriben un paisaje para que ese paisaje exista, no para que sea una representación de otro ya existente. Si nos ponemos estupendos, podemos pensar que Jaime no pasa del no ser al ser, sino que se limita a comentar obras ya creadas, buscando un cauce común que transporte aguas tan distintas. Pero es que Jaime confía en la mirada como forma de expresión. Jaime lee “a través de los libros como de las ventanas” y seleccionando su parcelita, enmarcando el paisaje con sus ojos, lo crea. Y es que Jaime también tiene algo que contar, crea su discurso a partir de la visión de los paisajes de otros. Estos paisajes son la materia prima que Jaime utiliza para construir su propio paisaje, que es una reflexión acerca de la literatura, de lo que mueve a escribir, de aquello que pasa por debajo de las obras manteniéndolas unidas sin dejarse ver. Jaime es un personaje preocupado por la literatura como proceso creador, por la búsqueda y anotación de los huecos y para ello pregunta incesantemente a Clarice Linspector, a Raymond Carver o a W.G. Sebald sobre estas cuestiones. La suya es una voz que trae consigo muchas voces y ahí está su esencia, Jaime se hace preguntas sobre la literatura y, cobijados por los mismos interrogantes, aparecen Camus, Handke o Nooteboom. Jaime es el puente que los bordea y los une.

    Se podría pensar que en un libro que habla de libros apenas hay sitio para la propia voz escondida en ese verbo “habla”. Lo mágico de este libro es la constatación de que sí que existe esa voz, cuyo discurso se inicia tímido, amparado bajo algún nombre, pero dejando ya indicios de sí mismo a través de los títulos de los capítulos; una voz que no suelta la mano de los grandes autores que guían su paseo, pero que tiene la otra libre para ir indicando lo que a ella le llama la atención de cada paisaje. Una voz como una batuta, capaz de trascender todas las otras para dejarse oír entre ellas, para ordenarlas y buscar para cada una de ellas, el hueco desde el que mejor respiren y desde el que sean mejor oídas.

    Y a nosotros no nos queda más que salir del saloncito de Jaime por la última página, dándole un agradecido apretón de manos en la palabra fin. El libro queda en nuestra estantería como un concierto, como una conversación – una polifonía, al decir de nuestro anfitrión-, siempre dispuesta a repetirse. Cierra uno el libro y casi puede ver las voces de Carver, Jaime, Susan y Handke bullendo y rebullendo, intentando escurrirse del silencio por alguna página con dobleces.

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    Noticia: Trece Por Docena.
    El sello Caballo de Troya, perteneciente a la editorial Random House Mondadori, acaba de sacar a la venta el libro Trece por docena, una antología de relatos escritos por autores en todas las lenguas que pueblan la España de las Autonomías y las Regiones. La publicaciones de Caballo de Troya comenzaron en enero de 2004 con la sana intención de explorar el panorama narrativo iberoamericano y español actual.

    Efectivamente, en Trece por docena, Constantino Bértolo ha reunido trece autores y cinco lenguas en una ecuación fantástica que, si bien no pretende demostrar nada, arroja un claro resultado que es español elevado a las potencias de las lenguas propias de cada autor.

    Iolanda Batallé, Xurxo Borrazás, Harkaitz Cano, Miguel A. Delgado, Aingeru Epaltza, Javier González, Jaureguizar, Xabier López López, Joan Antoni Martín Piñol, Pablo Sastre, Anatxu Zabalbeascoa y Ramón Lluis Bande son los escritores. El vasco, el gallego, el catalán, el bable y el español (o castellano, táchese lo que no agrade) son las lenguas utilizadas. El resultado es un lindo abanico que comienza sus pausados giros en Galicia y se va moviendo hasta Cataluña. Es, al decir de don Bértolo: "una muestra que se quiere representativa de los modos y palabras con que se está construyendo la narración plural de nuestra realidad diversa y común".

    Diversa y común es una contradicción que no lo es, y esta antología pretende dar cuenta de cómo cada puntada, cada hebra, cada color es parte de un chal que sólo abriga cuando está rematado.

    Como dicen en una de mis tierras: "Si é túa a miña noite,/si choran os meus ollos o teu pranto,/si os nosos soños son iguales,/coma un irmáu che falo. " Leámonos, pues, como hermanos en esta antología. El que no se vea mínimamente reflejado en semejante mariscada de voces y narraciones... que se lo haga mirar ;-) (Para mí tiene particulares motivos de alegría)

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    Libros, Libros, Libros.
    Lo cierto es que crecí en una barriada de Oviedo rodeada de libros y de viejos sin dientes empeñados en asustar a las chiquillas cobardicas como yo cuando iban camino del kiosco a comprar los cromos de Natura o los cinco duros de chucherías que a todas nos correspondían los benditos sábados. El viejo aquel sin dientes que murmuraba en arameo y daba golpes secos con el bastón en cuanto se cruzaba conmigo me quitaba el sueño. Pero también lo quitó durante mucho tiempo la sospecha de que había, entre los libros, un hombre que robaba los sueños de los niños para labrarse su propia felicidad.

    La realidad y la ficción se mezclan en la vida de los críos de una forma envidiable: se empeñan en transponer lo que leen a la vida real y comienzan a disfrutar del placer de la lectura transponiendo sus pocas pero intensísimas experiencias a la fantástica página escrita. Yo me preguntaba qué habría hecho Teo o cómo se las habría ingeniado “mi hermana Clara” para escapar de aquella boca tan llenísima de dientes.

    Modelos a seguir fueron para mí el pequeño albatros llamado Jacobo y el Kiwi llamado Kiwi, despreciado por todos los animales debido a su rareza. Sólo cuando crecí un poco, ciertos animales fantásticos dejaron de ser los patrones que tenía que seguir para convertirme en alguien maravilloso y Boni Martín, mi tío Teo y los queridos Susi y Paul vinieron a sustituirlos.

    Así crecí yo, inquieta por el paradero de mis lápices en el colegio, convulsionada por las frecuentísimas peladuras de rodillas y a la vez, buscando los indicios que ligaran mi vida con ese mundo mágico lleno de escarabajos que volaban al atardecer y conejos lenguaraces dispuestos siempre a dar su opinión acerca de la raza de los perros que se acercaban corriendo. Siempre dispuesta a morir en Chafarinas.

    Aún recuerdo algunas anécdotas relacionadas con los libros. Recuerdo mi carnet de la Biblioteca de Oviedo, con una foto en la que aparecía enfurruñadísima, supongo que tras haber berreado de lo lindo, como hacía Tina en el libro Cuando Tina berrea, que me regalaron mis padres unas navidades y que me sentaba mejor que el zapatito de cristal de una cenicienta cualquiera. Mi hermana y yo fuimos socias de la biblioteca desde que éramos muy pequeñas, y yo, como Tina, berreé en más de una ocasión cuando aún no me era dado sacar libros con letras y me tenía que conformar con estúpidos ratones que se pasaban 24 páginas buscando un queso que, obviamente, estaba escondido en la última página. Aún recuerdo a la bibliotecaria aconsejándole a mi hermana que me hiciera devolver los libros que había sacado y que me ayudara a elegir algunos en la estantería de literatura entre 4 y 6 años.

    Ahora leo los títulos de los libros de Barco de Vapor, de Alfaguara Juvenil, de El Duende Verde o de Gran Angular y me doy cuenta de que los he leído prácticamente todos. Nombres como Antonio Tello, Fernando Lalana, Pilar Molina Llorente, Carmen Vázquez-Vigo, Christine Nöstingler, Pilar Mateos o Jordi Sierra i Fabra son tan importantes para mí y lo que es más, tan familiares, como Fiodor Dostoievski, Marcel Proust o William Faulkner. Con ellos vencí canguelos como Aniceto, quise ser gente como Jeruso, tuve largos veranos soñadores como Eugenia Mestre, robé caballos de madera y conspiré con las por entonces escasas estatuas de Oviedo empeñada en hacerlas salir por la noche de su fría y pétrea actitud.

    Dentro de aquellas historias infantiles, también conocí a Gogol y a su desesperado personaje que se convirtió en nariz. Sufrí con Oliver Twist y con los tres fantasmas de Canción de Navidad, incluso me adentré por las estepas rusas en el fragor de la guerra y la tranqulidad de la paz, leí algunas adaptaciones de obras “para mayores” sin yo saberlo. Luego me las he vuelto encontrar, adulteradas, enrevesadas y carentes del sentido que tenían para mí a los nueve años.

    A mí me encandilaba el lenguaje cuando era pequeña, era mágico decir una palabra tremendamente mal y, sin embargo, ser comprendido enseguida; era genial ir descubriendo qué significaba “mezquino”, “inquirir” o “bajeza” únicamente a través de los libros. Son palabras que casi no me sirven para definir comportamientos de la vida real, puesto que no son capaces de escapar de algunas ilustraciones como aquella de una colegiala llamada Alma abriendo un armario que no es suyo para robar unos cuantos dulces, o bien, de aquella actitud interrogativa permanente del niño de La casa del fin del mundo. Creo que gran parte de la fantasía que aquellas historias entrañaban para mí es debida al desconocimiento del lenguaje con que todos aquellos personajes se desenvolvían. Aprendí mucho vocabulario gracias a aquellos libros, pero en parte se ha quedado prendido por algún lazo muy tenue con todas esas historias, con sus personajes y con sus lugares. Juntos forman un ámbito mágico formado por palabras llenas de niebla que se van posando gradualmente sobre las caras, los árboles, los valores y los hechos y los van definiendo lentamente, trazando de forma cada vez más nítida sus contornos.

    Mucho de mi amor por el lenguaje se lo debo a Gloria Fuertes, que jugaba sin ningún pudor con las palabras, las dejaba combinarse libremente, sabiendo como sabe una madre, cuáles deseaban estar junto a qué otras. He pasado media vida enganchada al pollito miope, a las reinas magas, a Coleta la poeta y a Monto y Lío. Muchas de sus historias estaban ilustradas por un tal Sánchez Muñoz, eran dibujos llenos de rojo, rosa fuerte y azulón. Uno de los libros que más manoseamos de Gloria Fuertes mi hermana y yo, fue uno llamado Así soy yo, que todavía anda por casa y que fue para nosotras una pequeña Biblia para conjugar el mundo real y el imaginario.

    Una vez, en Pedraza, un pueblecito de piedra que parece haber salido de un cuento, visitamos el taller del ilustrado Sánchez Muñoz. Apenas recuerdo nada del señor, ni de lo que habló con mis padres, ni si nos miró con cara de benevolencia, o con cariño abstracto o con resignación cotidiana. Lo único que recuerdo, y eso porque todavía la tengo en la habitación, es la lámina que me regaló, con un dibujo suyo, por supuesto, y una dedicatoria que en su día me ofendió mucho, pero que se me ha ido revelando más como un diagnóstico que como un deseo: “A Cristina, para que nunca deje de ser niña”.

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