Reseña: Modos de ver, de John Berger
Este libro es uno de los tres que T.R. tiene en su mesilla de noche en la última película de la Coixet, La vida secreta de las palabras. Tíscar, la profe a quien se debe este monstruo que tenéis en vuestras pantallas, cuando vio la película, se fijó exactamente en el mismo detalle que yo, en cuáles eran los libros y tras haber leído éste, me lo regaló.
Modos de ver es una delicia para los ojos y para el entendimiento. John Berger ha reunido en estos modos de ver siete ensayos de muy distinto cariz pero con una pretensión común: todos intentan desmitificar ciertos modos de ver, las formas convencionales que tenemos de acercarnos a las cosas y de atribuir significados a través de interpretaciones que, más que nuestras, son una herencia del sistema en que vivimos. Los ensayos son siete: cuatro de ellos combinan el discurso escrito con las imágenes; los otros tres sólo nos presentan imágenes. Los siete tienen el mismo objetivo, “iniciar un proceso de averiguación.”
Así es. John Berger concibe estos ensayos no como las respuestas a ciertas preguntas, sino como un modo nuevo de hacer preguntas o motivar al lector y espectador a que se las haga; son, recurriendo al significado montaigneniano de “ensayo”, intentos, búsquedas, tentativas de levantar la uniforme alfombra de lo establecido y buscar bajo ella sus causas, motivos, formas de presentación y consecuencias. Los ensayos de Berger son orientaciones en esta búsqueda pues es, al fin y al cabo, el propio lector el que ha de reflexionar acerca de las preguntas a las que nos acerca Berger.
El primer ensayo pone en relación los discursos hablados con los discursos gráficos e intenta ir clarificando cómo las distintas formas de representar la realidad suponen cambios en la concepción que el hombre tiene de sí mismo, en la idea que las instituciones tienen de los hombres, Berger examina cómo los conocimientos, las creencias y los textos que construimos afectan a la forma de ver e interpretar las imágenes que el mundo nos ofrece y al modo en que adoptamos un lugar en él. En este primer escrito, Berger hace un repaso sobre los modos de representación de la realidad, desde el punto de vista recíproco, de tú a tú (veo, luego soy visto), pasando por la perspectiva del ojo de Dios (que observa desde todas partes, hasta la totalidad de vistas que nos ofrece la invención de la cámara.
Sin embargo, esta capacidad para aunar perspectivas y multiplicarlas no es la única consecuencia que se desprende de una cámara, sino que ésta permite también la multiplicación de la obra, la consecución de reproducciones de una obra. Esto, según Berger, introduce un cambio radical en los criterios de valoración de la obra de arte; si antes su relevancia radicaba en el significado de lo que transmitía, ahora comienza a adquirir valor el objeto en sí, siempre y cuando sea original, comienza a otorgarse valor al objeto auténtico, a la primera copia, a la fuente primera de las reproducciones:
De ahí la importancia y el valor económico de los cuadros originales, las pugnas por museos por hacer estudios y datar las obras para mostrar fehacientemente que son originales. Inevitablemente, esto cambia la función del objeto contemplado un museo, o mejor, lo que se espera que experimente el observador que lo ve: no se trata de percibir lo que se dice, sino de percibir la autenticidad del objeto.
Inevitablemente, esto nos lleva a pensar en que, pese a la introducción de la cámara y de las posibilidades de reproducción, pese a la domesticación del arte que esto conlleva, hay una persistencia en el carácter antidemocrático con que los poderosos utilizan el arte, puesto que han trasladado su valor al objeto, generando el sentimiento de que sólo accede a la auténtica obra de arte el que posee el original.
No obstante, las reproducciones también posibilitan que el individuo entre en diálogo permanente y variado con las obras de arte, puesto que, a través de las reproducciones, las incorpora a su vida, a los tablones de anuncio, a los marcapáginas, a la pantalla del ordenador, con lo cual recurre a ellas de formas muy diferentes, con distintas expectativas y de manera más activa que cuando asiste pasivamente a la contundencia de las obras auténticas en los museos.
El segundo ensayo es un conjunto de imágenes que representan a la mujer. El tercero, ahonda en este tema intentando averiguar qué hay de común en todas esas visiones y cómo es la representación que ofrecen de la mujer. El ensayo está centrado, principalmente, en las representaciones de desnudos femeninos. La desnudez se origina cuando Adán y Eva, tras comer la manzana, toman conciencia de ella, se perciben, se ven desnudos. La desnudez, por lo tanto, pertenece más a la mente del que observa que al hecho en sí de no llevar ropa. El matiz más interesante de este ensayito es la diferencia que hace John Berger entre “estar desnudo”, que para él significa estar sin disfraces, aparecer de forma auténtica, y “un desnudo”, que es la exhibición de la desnudez, en la que la propia piel se convierte en un nuevo disfraz. Entendido así, el desnudo que tantas veces aparece a lo largo de la historia del arte es “una forma más de estar vestido”.
El cuarto ensayo está constituido por multitud de imágenes que representan objetos y personas: bodegones, retratos regios, vírgenes, campesinos... El quinto aborda cuestiones relativas a la pintura al óleo. El punto de partida es el siguiente:
La pintura al óleo tiene que mostrar todo aquello que alguien puede poseer, que alguien puede comprar y, por lo tanto, tiene que conseguir transmitir la “deseabilidad” de lo representado. Esta tesis de base afecta a los objetos, pero también a las personas, que se retratan artificiosamente, para ser percibidas como cercanas y lejanas a la vez; por último, también afecta a los modos de representar la naturaleza, que ha de ser vista como un terreno domeñable, apropiable, como una sede más para el ejercicio del capitalismo. En este ensayo resulta muy interesante la descomposición de los distintos significados que se pueden atribuir al observar el cuadro Mr. and Mrs. Andrews, de Gainsborough.
Alegorías, retratos, salones, animales e instantes capturados son las imágenes que se nos presentan en el ensayo número seis. En el séptimo, John Berger analiza el discurso publicitario, siempre en relación con la imagen. Este ensayo es demoledor, hace un análisis pormenorizado del modo de funcionar de los discursos publicitarios. En primer lugar reflexiona sobre la falsa apariencia de posibilidades de elección que ofrece la publicidad. En realidad, dice John Berger, “la publicidad como sistema hace una sola propuesta”. A saber, que cambiemos, que nos transformemos, que seamos más altos, más guapos, más ricos, más jóvenes. De esto se puede deducir el carácter esencialmente dañino de la publicidad, pues, globalmente, nos transmite el mensaje de que tal como somos no podemos ser felices. Comentando el anuncio de una crema facial para la mujer, dice el autor:
En otro momento, lo expresa de una forma diferente, pero igual de contundente y de tremenda:
Es cierto que podemos pensar que la insatisfacción es la madre de los cambios, de las ansias de crecimiento, de los movimientos hacia estados mejores; sin embargo, los cambios que defiende la publicidad se promocionan a través de la posesión de objetos, lo cual nos introduce en una espiral infinita en la que nuestra satisfacción personal, si nos sometemos a las directrices del discurso publicitario, estará siempre a merced de los intereses comerciales de las empresas.
Una de las formas de apelación de la publicidad es la fascinación; la fascinación es un sentimiento que surge del diálogo con lo ajeno, del deseo de poseer o bien del deseo de ser como otra persona, se mueve, por lo tanto, en el mundo de las “ensoñaciones”. Y para poder perpetuarse eternamente, aquello que pretende vendernos ha de ser inalcanzable; por un lado, porque lo inalcanzable es el maná del que se alimentan los sueños, por otro lado, porque la inalcanzabilidad enmascarada de lo que ofrece es la condición indispensable para que exista la persecución continuada por parte de los consumidores.
Este es el último ensayo del libro. Quizás John Berger no ofrece muchas respuestas a cómo podemos defendernos de nuestros modos de ver, ni de cómo podemos escapar de las interpretaciones originadas por la institucionalización de las imágenes para determinados fines, pero sí que nos ayuda a comprender cómo todo esto determina nuestro modo de ver el mundo, de interpretarlo y de asignarnos un puesto en él. Leer a John Berger nos da la posibilidad de hacernos más libres, al romper las convenciones que nos atan a determinadas formas de ver la realidad, o al menos, al hacernos conscientes de dichas ataduras.
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Modos de ver es una delicia para los ojos y para el entendimiento. John Berger ha reunido en estos modos de ver siete ensayos de muy distinto cariz pero con una pretensión común: todos intentan desmitificar ciertos modos de ver, las formas convencionales que tenemos de acercarnos a las cosas y de atribuir significados a través de interpretaciones que, más que nuestras, son una herencia del sistema en que vivimos. Los ensayos son siete: cuatro de ellos combinan el discurso escrito con las imágenes; los otros tres sólo nos presentan imágenes. Los siete tienen el mismo objetivo, “iniciar un proceso de averiguación.”
Así es. John Berger concibe estos ensayos no como las respuestas a ciertas preguntas, sino como un modo nuevo de hacer preguntas o motivar al lector y espectador a que se las haga; son, recurriendo al significado montaigneniano de “ensayo”, intentos, búsquedas, tentativas de levantar la uniforme alfombra de lo establecido y buscar bajo ella sus causas, motivos, formas de presentación y consecuencias. Los ensayos de Berger son orientaciones en esta búsqueda pues es, al fin y al cabo, el propio lector el que ha de reflexionar acerca de las preguntas a las que nos acerca Berger.
El primer ensayo pone en relación los discursos hablados con los discursos gráficos e intenta ir clarificando cómo las distintas formas de representar la realidad suponen cambios en la concepción que el hombre tiene de sí mismo, en la idea que las instituciones tienen de los hombres, Berger examina cómo los conocimientos, las creencias y los textos que construimos afectan a la forma de ver e interpretar las imágenes que el mundo nos ofrece y al modo en que adoptamos un lugar en él. En este primer escrito, Berger hace un repaso sobre los modos de representación de la realidad, desde el punto de vista recíproco, de tú a tú (veo, luego soy visto), pasando por la perspectiva del ojo de Dios (que observa desde todas partes, hasta la totalidad de vistas que nos ofrece la invención de la cámara.
Sin embargo, esta capacidad para aunar perspectivas y multiplicarlas no es la única consecuencia que se desprende de una cámara, sino que ésta permite también la multiplicación de la obra, la consecución de reproducciones de una obra. Esto, según Berger, introduce un cambio radical en los criterios de valoración de la obra de arte; si antes su relevancia radicaba en el significado de lo que transmitía, ahora comienza a adquirir valor el objeto en sí, siempre y cuando sea original, comienza a otorgarse valor al objeto auténtico, a la primera copia, a la fuente primera de las reproducciones:
”La significación de la obra original ya no está en la unicidad de lo que se dice sino en la unicidad de lo que es”
De ahí la importancia y el valor económico de los cuadros originales, las pugnas por museos por hacer estudios y datar las obras para mostrar fehacientemente que son originales. Inevitablemente, esto cambia la función del objeto contemplado un museo, o mejor, lo que se espera que experimente el observador que lo ve: no se trata de percibir lo que se dice, sino de percibir la autenticidad del objeto.
Inevitablemente, esto nos lleva a pensar en que, pese a la introducción de la cámara y de las posibilidades de reproducción, pese a la domesticación del arte que esto conlleva, hay una persistencia en el carácter antidemocrático con que los poderosos utilizan el arte, puesto que han trasladado su valor al objeto, generando el sentimiento de que sólo accede a la auténtica obra de arte el que posee el original.
No obstante, las reproducciones también posibilitan que el individuo entre en diálogo permanente y variado con las obras de arte, puesto que, a través de las reproducciones, las incorpora a su vida, a los tablones de anuncio, a los marcapáginas, a la pantalla del ordenador, con lo cual recurre a ellas de formas muy diferentes, con distintas expectativas y de manera más activa que cuando asiste pasivamente a la contundencia de las obras auténticas en los museos.
El segundo ensayo es un conjunto de imágenes que representan a la mujer. El tercero, ahonda en este tema intentando averiguar qué hay de común en todas esas visiones y cómo es la representación que ofrecen de la mujer. El ensayo está centrado, principalmente, en las representaciones de desnudos femeninos. La desnudez se origina cuando Adán y Eva, tras comer la manzana, toman conciencia de ella, se perciben, se ven desnudos. La desnudez, por lo tanto, pertenece más a la mente del que observa que al hecho en sí de no llevar ropa. El matiz más interesante de este ensayito es la diferencia que hace John Berger entre “estar desnudo”, que para él significa estar sin disfraces, aparecer de forma auténtica, y “un desnudo”, que es la exhibición de la desnudez, en la que la propia piel se convierte en un nuevo disfraz. Entendido así, el desnudo que tantas veces aparece a lo largo de la historia del arte es “una forma más de estar vestido”.
El cuarto ensayo está constituido por multitud de imágenes que representan objetos y personas: bodegones, retratos regios, vírgenes, campesinos... El quinto aborda cuestiones relativas a la pintura al óleo. El punto de partida es el siguiente:
”Las pinturas al óleo a menudo representan cosas. Cosas que pueden comprarse en la realidad.”
La pintura al óleo tiene que mostrar todo aquello que alguien puede poseer, que alguien puede comprar y, por lo tanto, tiene que conseguir transmitir la “deseabilidad” de lo representado. Esta tesis de base afecta a los objetos, pero también a las personas, que se retratan artificiosamente, para ser percibidas como cercanas y lejanas a la vez; por último, también afecta a los modos de representar la naturaleza, que ha de ser vista como un terreno domeñable, apropiable, como una sede más para el ejercicio del capitalismo. En este ensayo resulta muy interesante la descomposición de los distintos significados que se pueden atribuir al observar el cuadro Mr. and Mrs. Andrews, de Gainsborough.
Alegorías, retratos, salones, animales e instantes capturados son las imágenes que se nos presentan en el ensayo número seis. En el séptimo, John Berger analiza el discurso publicitario, siempre en relación con la imagen. Este ensayo es demoledor, hace un análisis pormenorizado del modo de funcionar de los discursos publicitarios. En primer lugar reflexiona sobre la falsa apariencia de posibilidades de elección que ofrece la publicidad. En realidad, dice John Berger, “la publicidad como sistema hace una sola propuesta”. A saber, que cambiemos, que nos transformemos, que seamos más altos, más guapos, más ricos, más jóvenes. De esto se puede deducir el carácter esencialmente dañino de la publicidad, pues, globalmente, nos transmite el mensaje de que tal como somos no podemos ser felices. Comentando el anuncio de una crema facial para la mujer, dice el autor:
”En otras palabras: la imagen publicitaria le roba el amor que siente hacia sí misma tal cual es, y promete devolvérselo si paga el precio del producto”.
En otro momento, lo expresa de una forma diferente, pero igual de contundente y de tremenda:
”El propósito de la publicidad es que el espectador se sienta marginalmente insatisfecho con su modo de vida presente.”
Es cierto que podemos pensar que la insatisfacción es la madre de los cambios, de las ansias de crecimiento, de los movimientos hacia estados mejores; sin embargo, los cambios que defiende la publicidad se promocionan a través de la posesión de objetos, lo cual nos introduce en una espiral infinita en la que nuestra satisfacción personal, si nos sometemos a las directrices del discurso publicitario, estará siempre a merced de los intereses comerciales de las empresas.
Una de las formas de apelación de la publicidad es la fascinación; la fascinación es un sentimiento que surge del diálogo con lo ajeno, del deseo de poseer o bien del deseo de ser como otra persona, se mueve, por lo tanto, en el mundo de las “ensoñaciones”. Y para poder perpetuarse eternamente, aquello que pretende vendernos ha de ser inalcanzable; por un lado, porque lo inalcanzable es el maná del que se alimentan los sueños, por otro lado, porque la inalcanzabilidad enmascarada de lo que ofrece es la condición indispensable para que exista la persecución continuada por parte de los consumidores.
Este es el último ensayo del libro. Quizás John Berger no ofrece muchas respuestas a cómo podemos defendernos de nuestros modos de ver, ni de cómo podemos escapar de las interpretaciones originadas por la institucionalización de las imágenes para determinados fines, pero sí que nos ayuda a comprender cómo todo esto determina nuestro modo de ver el mundo, de interpretarlo y de asignarnos un puesto en él. Leer a John Berger nos da la posibilidad de hacernos más libres, al romper las convenciones que nos atan a determinadas formas de ver la realidad, o al menos, al hacernos conscientes de dichas ataduras.
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Versiones y Diversiones Perversas gracias al Diccionario
El Diccionario es un libro divertidísimo. Y el de la RAE es magnífico. Dice Manuel Seco que un buen diccionario se caracteriza por la sustituibilidad de las definiciones:
He aquí un claro ejemplo:
Pues bien, el cacumen se ha ido de vacaciones hacia cumbres inalcanzables para mí. Entonces, ¿para qué andar como un fodolí con requilorios incesantes presionando vocablos buscando en ellos una alfaguara escondida? ¿Para qué andar con trapazas que intenten aparentar un sorites bien fundamentado? ¿Para dejar que otros descubran que el sentido del discurso se mide por adarmes? Para no pasar por badulaque es mejor disimular la ausencia de primor dejando íngrima la página, abortando ya la chirinola y legando la hermenéutica a gentes con más caletre para estos menesteres. Quede la jerigonza para jaques que con su discurso arcano despiertan lo que de atrabiliario hay en nosotros, pues si yo continúo este prolijo discurso, ustedes me van a tañar y luego querrán preterirme. Les dejo, pues, que es hora de manducar.
Pues bien, la agudeza se ha ido de vacaciones hacia cumbres inalcanzables para mí. Entonces, ¿para qué andar como un entremetido o hablador, que pretende aconsejar, mandar o intervenir donde no lo llaman con incesantes formalidades e innecesarios rodeos en que suele perderse el tiempo antes de hacer o decir lo que es obvio, fácil y sencillo; presionando vocablos buscando en ellos un escondido manantial copioso que surge con violencia? ¿Para qué andar con fraudes o engaños que intenten aparentar un raciocinio compuesto de muchas proposiciones encadenadas, bien fundamentado? ¿Para dejar que otros descubran que el sentido del discurso se mide en cortas porciones o cantidades? Para no pasar por persona necia e inconsistente es mejor disimular la ausencia de destreza, habilidad, esmero o excelencia en hacer o decir algo, dejando solitaria la página, abortando ya la larga conversación y legando el arte de interpretar textos a gentes con más tino, discernimiento y capacidad para estos menesteres. Quede el lenguaje de mal gusto, complicado y difícil de entender para valentones y perdonavidas que con su discurso secreto, recóndito y reservado despiertan lo que de genio destemplado y violento hay en nosotros, pues si yo continúo este discurso dilatado en exceso, ustedes van a conocer mis intenciones y luego querrán hacerme caso omiso. Les dejo, pues, que es hora de comer.
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"Si el enunciado definidor puede sustiuir al término definitido, en un enunciado de habla, sin que el sentido objetivo de éste se altere, el enunciado definidor es válido."
He aquí un claro ejemplo:
Pues bien, el cacumen se ha ido de vacaciones hacia cumbres inalcanzables para mí. Entonces, ¿para qué andar como un fodolí con requilorios incesantes presionando vocablos buscando en ellos una alfaguara escondida? ¿Para qué andar con trapazas que intenten aparentar un sorites bien fundamentado? ¿Para dejar que otros descubran que el sentido del discurso se mide por adarmes? Para no pasar por badulaque es mejor disimular la ausencia de primor dejando íngrima la página, abortando ya la chirinola y legando la hermenéutica a gentes con más caletre para estos menesteres. Quede la jerigonza para jaques que con su discurso arcano despiertan lo que de atrabiliario hay en nosotros, pues si yo continúo este prolijo discurso, ustedes me van a tañar y luego querrán preterirme. Les dejo, pues, que es hora de manducar.
Pues bien, la agudeza se ha ido de vacaciones hacia cumbres inalcanzables para mí. Entonces, ¿para qué andar como un entremetido o hablador, que pretende aconsejar, mandar o intervenir donde no lo llaman con incesantes formalidades e innecesarios rodeos en que suele perderse el tiempo antes de hacer o decir lo que es obvio, fácil y sencillo; presionando vocablos buscando en ellos un escondido manantial copioso que surge con violencia? ¿Para qué andar con fraudes o engaños que intenten aparentar un raciocinio compuesto de muchas proposiciones encadenadas, bien fundamentado? ¿Para dejar que otros descubran que el sentido del discurso se mide en cortas porciones o cantidades? Para no pasar por persona necia e inconsistente es mejor disimular la ausencia de destreza, habilidad, esmero o excelencia en hacer o decir algo, dejando solitaria la página, abortando ya la larga conversación y legando el arte de interpretar textos a gentes con más tino, discernimiento y capacidad para estos menesteres. Quede el lenguaje de mal gusto, complicado y difícil de entender para valentones y perdonavidas que con su discurso secreto, recóndito y reservado despiertan lo que de genio destemplado y violento hay en nosotros, pues si yo continúo este discurso dilatado en exceso, ustedes van a conocer mis intenciones y luego querrán hacerme caso omiso. Les dejo, pues, que es hora de comer.
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Reseña: Elogio de la Locura, de Erasmo de Rotterdam
¿Por qué leer este panegírico que, aparentemente, no puede interesar a nadie en su sano juicio? ¿Por qué creer que el autor de semejante ditirambo está en sus cabales y, al tejer su alabanza, no se ha pinchado con el huso de la locura? ¿Por qué recoger hoy piedrecillas dejadas en el inabarcable camino de lo por leer hace unos quinientos años? ¡Qué desafuero leer una loa al extravío de la razón! Y lo que es más, ¡qué locura escribir un elogio de la locura!
Erasmo de Rotterdam era aquel humanista holandés que aparecía en todos los libros de texto emparejado de refilón con Tomás Moro y asociado, inevitablemente, al culto a san Gutenberg. Anduvo por toda Europa como buen humanista, disconforme con todo, como buen pensador, con curiosidad hacia todo, como buen artista y con un magnífico gorro negro, como buen sabedor de los criterios estéticos con que funciona toda enciclopedia que se precie.
Al leer el prefacio, en forma de carta a su amigo Tomás Moro, uno piensa que las preguntas arriba planteadas no tienen razón de ser y que Erasmo escribió su elogio como un "pasatiempo". Él mismo reconoce que su obra puede ofender por su "ligereza y su tono burlón" y sin embargo se defiende diciendo que "no hay nada más necio que tratar seriamente de la necedad, ni nada más divertido que tratar en broma de aquello que nadie pensaría que lo fuera". Ya con esta aseveración podemos adivinar un poco la intención última de la obra: desenmascarar a la elogiada, la locura; o lo que es más, desenmascarar a través del propio elogio.
Encomendando su obrilla a la protección de Tomás Moro, Erasmo de Rotterdam hace mutis y nos deja a solas con... la Locura. Sesenta y ocho capítulos tiene la locura para convencernos, sino de la cordura que en el fondo la guía, sí de la coherencia de sus manifestaciones. Dedica los diez primeros capítulos a presentarse, nos habla de su origen, de sus cortesanos y de su educación. Ya en estos capítulos va dejando al desgaire alguna frase que nos hace sospechar que esta Locura mayúscula, que monologa y argumenta su parlamento, no es tan loca como se pinta... De hecho, es de estas justificaciones, de ese intento de conciliar su origen y modo de ver "divinos" con lo humano, de donde surgen esas frases contundentes que desnudan prejuicios o revelan estupideces ocultas en la sociedad.
A continuación, la locura comienza a hacer un análisis pormenorizado de cómo ella es la fuente verdadera de la vida humana y de cómo el placer, las sonrisas y la felicidad nos manan directamente de su anómala fuente. Defiende ella que devuelve a los hombres a la infancia, al limbo de la felicidad carente de sensatez, al delirio que compense "las miserias de la vejez". Ni siquiera los dioses escapan del toque mágico de su varita, que convierte la vida en alegre inconsciencia, como atestiguan Baco, Vulcano o Sileno. Quien se alivie de inmediato al ver a la locura ocupada en desnudar los comportamientos de los dioses de la mitología clásica que no suspire muy alto, pues enseguida se ocupa de regresar a terrenos menos excelsos y va señalando, en el mapa de las virtudes y las miserias humanas, todas cuantas están tocadas por su "favor". Aquí entra en materia Erasmo y tras definir a la mujer juiciosa como "doblemente loca", comienza a razonar de una forma pavorosamente lúcida. Tilda a los enamorados de locos, a los amigos, por supuesto, también, y es que...
La locura se sumerge en la peliaguda cuestión del amor propio y de cómo éste es la condición primera e indispensable para la felicidad. Locura y su amiga Filautía nos ayudan a ello, abreviando el camino hacia la propia satisfacción, poniendo paños calientes sobre los defectos y los errores. Los guerreros no parecen tampoco libres de la influencia de esta Moira; tampoco los sabios, que creen saberlo todo y que viven tan embebidos en sus estudios que luego no saben comportarse en un convite rodeados de gente. Tal es su convencimiento de su importancia, que nos pregunta, retóricamente:
La locura de Erasmo es un poquito estoica y defiende la conformidad con la propia naturaleza del ser humano, defiende que la felicidad reside en algún lado dentro de los propios límites de nuestra condición y que es el hombre la única especie infeliz, y esto porque se empeña en franquear los límites que le han sido impuestos a su condición. Poco a poco, Erasmo va matizando su idea de locura y vemos como no es más que un leve descanso de la razón, es la mesura aplicada a los aspectos más variados de la vida, es el menos común de los sentidos, es la liberación de las vanas "angustiosas preocupaciones" y nos devuelve el perfume de los deleites.
Locos, locos, locos. El enamorado que atribuye a su mujer virtudes que le faltan a Penélope, el hombre sumido en las incidencias de las supersticiones, el imbécil que alaba a quien no lo merece, aquel que atribuyen el valor a las cosas y no a sí mismo, todos estamos locos. Para que lo veamos más claro, la locura asciende al Olimpo y se vuelve espectadora junto a los dioses de nuestras andanzas y de la pujanza con que intentamos conseguir las más vanas y extravagantes empresas. Nos ven como moscas o mosquitos, pequeñitos, de corta vida (comparada con la eternidad olímpica...), peleando, riñendo, bufando por nimiedades que pronto habremos olvidado.
A continuación, Erasmo se mete de lleno en el mundo de los teólogos y de la religión, todo un mundo de sumos pontífices locos, pues no imitan verdaderamente a Jesucristo, obispos locos, que actúan como sátrapas, sacerdotes locos, que se han tomado a sí mismos por guerreros... También las Sagradas Escrituras están plagadas de ejemplos de locura y a mostrarlos e interpretarlos consagra Erasmo los últimos capítulos. La locura y la religión cristiana parecen primas hermanas, pues " no hay locos que hagan mayores extravagancias que aquellos a quienes el ardor de la piedad cristiana los embarga por entero".
Elogio de la locura y desenmascaramiento de la locura, debería llamarse este opúsculo, pues si a veces es cierto que la cordura preclara de Erasmo revela cómo muchos comportamientos que los humanos tenemos por normales, socialmente aceptados e incluso, esperables y elogiables, son en realidad ataques de una hybris que nos posee y nos vela el espíritu impidiéndonos ver con claridad; otras veces, la locura de las que nos habla Erasmo viene de la mano de la felicidad y se refiere a los comportamientos que los humanos tildamos de locos y que, en realidad, demuestra mucha cordura, lucidez y coherencia si se examinan de cerca. Son los locos de Chesterton, y es que, como dice Erasmo que dice un proverbio griego: "A menudo un loco razona bien". Erasmo tiene toda la traza de haber sido uno de ésos.
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Erasmo de Rotterdam era aquel humanista holandés que aparecía en todos los libros de texto emparejado de refilón con Tomás Moro y asociado, inevitablemente, al culto a san Gutenberg. Anduvo por toda Europa como buen humanista, disconforme con todo, como buen pensador, con curiosidad hacia todo, como buen artista y con un magnífico gorro negro, como buen sabedor de los criterios estéticos con que funciona toda enciclopedia que se precie.
Al leer el prefacio, en forma de carta a su amigo Tomás Moro, uno piensa que las preguntas arriba planteadas no tienen razón de ser y que Erasmo escribió su elogio como un "pasatiempo". Él mismo reconoce que su obra puede ofender por su "ligereza y su tono burlón" y sin embargo se defiende diciendo que "no hay nada más necio que tratar seriamente de la necedad, ni nada más divertido que tratar en broma de aquello que nadie pensaría que lo fuera". Ya con esta aseveración podemos adivinar un poco la intención última de la obra: desenmascarar a la elogiada, la locura; o lo que es más, desenmascarar a través del propio elogio.
Encomendando su obrilla a la protección de Tomás Moro, Erasmo de Rotterdam hace mutis y nos deja a solas con... la Locura. Sesenta y ocho capítulos tiene la locura para convencernos, sino de la cordura que en el fondo la guía, sí de la coherencia de sus manifestaciones. Dedica los diez primeros capítulos a presentarse, nos habla de su origen, de sus cortesanos y de su educación. Ya en estos capítulos va dejando al desgaire alguna frase que nos hace sospechar que esta Locura mayúscula, que monologa y argumenta su parlamento, no es tan loca como se pinta... De hecho, es de estas justificaciones, de ese intento de conciliar su origen y modo de ver "divinos" con lo humano, de donde surgen esas frases contundentes que desnudan prejuicios o revelan estupideces ocultas en la sociedad.
"No consideréis en modo alguno que mis palabras son afectadas y ostentación del ingenio, como ocurre entre el vulgo de los oradores"...dice la locura dando una estocada mortal a la credibilidad de los discursos de la época.
"Si ahora me preguntáis cuál es el lugar de mi nacimiento, ya que en la actualidad se considera como el principal timbre de nobleza el lugar en que se ha dado el primer vagido...dice más adelante, como insinuando que se adapta a los criterios de sus oyentes, endebles, arbitrarios, y por lo tanto, estúpidos.
A continuación, la locura comienza a hacer un análisis pormenorizado de cómo ella es la fuente verdadera de la vida humana y de cómo el placer, las sonrisas y la felicidad nos manan directamente de su anómala fuente. Defiende ella que devuelve a los hombres a la infancia, al limbo de la felicidad carente de sensatez, al delirio que compense "las miserias de la vejez". Ni siquiera los dioses escapan del toque mágico de su varita, que convierte la vida en alegre inconsciencia, como atestiguan Baco, Vulcano o Sileno. Quien se alivie de inmediato al ver a la locura ocupada en desnudar los comportamientos de los dioses de la mitología clásica que no suspire muy alto, pues enseguida se ocupa de regresar a terrenos menos excelsos y va señalando, en el mapa de las virtudes y las miserias humanas, todas cuantas están tocadas por su "favor". Aquí entra en materia Erasmo y tras definir a la mujer juiciosa como "doblemente loca", comienza a razonar de una forma pavorosamente lúcida. Tilda a los enamorados de locos, a los amigos, por supuesto, también, y es que...
"Disimular, confiarse en extremo, cegarse, dejarse alucinar por las faltas de los amigos, y a veces tomar y admirar miríficamente como virtudes sus más destacados vicios, ¿no es algo muy semejante a la locura?"Por supuesto, loco está el enamorado, que "besa dulcemente la verruga de su amiga", loco está el marido que vive en paz con la mujer y viceversa y es gracias a la locura que "no se turba la paz doméstica". Según la locura, muchos hechos, debilidades y faltas, nos quedan ocultos debido a "la negligencia y la estupidez". La locura es la anomalía que nos permite funcionar con normalidad.
La locura se sumerge en la peliaguda cuestión del amor propio y de cómo éste es la condición primera e indispensable para la felicidad. Locura y su amiga Filautía nos ayudan a ello, abreviando el camino hacia la propia satisfacción, poniendo paños calientes sobre los defectos y los errores. Los guerreros no parecen tampoco libres de la influencia de esta Moira; tampoco los sabios, que creen saberlo todo y que viven tan embebidos en sus estudios que luego no saben comportarse en un convite rodeados de gente. Tal es su convencimiento de su importancia, que nos pregunta, retóricamente:
"¿Qué hay, pues, entre los mortales que no sea hecho en plena locura, por locos y para locos?"Comienza la locura a enumerar las consecuencias de un desvarío tal como la adulación, a continuación, nos desembaraza la locura de la vergüenza y el temor y nos conduce directamente al conocimiento y a la acción; nos convence la locura de que el engaño es la mejor forma de lucidez y la mejor forma de supervivencia para hacer nuestro papel en la gran teatro del mundo, es la única manera posible de "representar la comedia de la vida".
La locura de Erasmo es un poquito estoica y defiende la conformidad con la propia naturaleza del ser humano, defiende que la felicidad reside en algún lado dentro de los propios límites de nuestra condición y que es el hombre la única especie infeliz, y esto porque se empeña en franquear los límites que le han sido impuestos a su condición. Poco a poco, Erasmo va matizando su idea de locura y vemos como no es más que un leve descanso de la razón, es la mesura aplicada a los aspectos más variados de la vida, es el menos común de los sentidos, es la liberación de las vanas "angustiosas preocupaciones" y nos devuelve el perfume de los deleites.
Locos, locos, locos. El enamorado que atribuye a su mujer virtudes que le faltan a Penélope, el hombre sumido en las incidencias de las supersticiones, el imbécil que alaba a quien no lo merece, aquel que atribuyen el valor a las cosas y no a sí mismo, todos estamos locos. Para que lo veamos más claro, la locura asciende al Olimpo y se vuelve espectadora junto a los dioses de nuestras andanzas y de la pujanza con que intentamos conseguir las más vanas y extravagantes empresas. Nos ven como moscas o mosquitos, pequeñitos, de corta vida (comparada con la eternidad olímpica...), peleando, riñendo, bufando por nimiedades que pronto habremos olvidado.
A continuación, Erasmo se mete de lleno en el mundo de los teólogos y de la religión, todo un mundo de sumos pontífices locos, pues no imitan verdaderamente a Jesucristo, obispos locos, que actúan como sátrapas, sacerdotes locos, que se han tomado a sí mismos por guerreros... También las Sagradas Escrituras están plagadas de ejemplos de locura y a mostrarlos e interpretarlos consagra Erasmo los últimos capítulos. La locura y la religión cristiana parecen primas hermanas, pues " no hay locos que hagan mayores extravagancias que aquellos a quienes el ardor de la piedad cristiana los embarga por entero".
Elogio de la locura y desenmascaramiento de la locura, debería llamarse este opúsculo, pues si a veces es cierto que la cordura preclara de Erasmo revela cómo muchos comportamientos que los humanos tenemos por normales, socialmente aceptados e incluso, esperables y elogiables, son en realidad ataques de una hybris que nos posee y nos vela el espíritu impidiéndonos ver con claridad; otras veces, la locura de las que nos habla Erasmo viene de la mano de la felicidad y se refiere a los comportamientos que los humanos tildamos de locos y que, en realidad, demuestra mucha cordura, lucidez y coherencia si se examinan de cerca. Son los locos de Chesterton, y es que, como dice Erasmo que dice un proverbio griego: "A menudo un loco razona bien". Erasmo tiene toda la traza de haber sido uno de ésos.
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Reseña: Vals de Mefisto, de Sergio Pitol
La magia de las historias que se cuentan a través de otras historias. El sfumatto de asistir a una historia narrada por alguien que, a su vez, la ha leído, cargándose así los hechos de velos de incerteza. Y la perfección de sentir en un relato cómo se han agotado los hechos al tiempo que se terminan los recursos. Así me parece Vals de Mefisto, de Sergio Pitol.
No se trata únicamente de un conjunto de cuatro relatos, sino de cuatro relatos que, además, conforman un libro. Cada relato nos muestra los accidentes, las formas cambiantes de una misma sustancia, ese hilo delicado al que accedemos tras haber terminado el libro. Pitol ha escrito estos cuatro relatos tracomo caminaba Pulgarcito, dejando en los cuatro accidentados relatos las piedrecillas que conforman la sustancia, el camino, el significado último que envuelve y dota de un nuevo sentido a lo grabado en cada piedra.
Vals de Mefisto habla del desajuste en los modos de ver, vivir y narrar. En el primer relato, utiliza la contraposición entre un joven pianista y un anciano espectador. El segundo relato enfrenta la ingenua mirada de una joven americana con su maleta de prejuicios y experiencias a la de un efebo veneciano despreocupado y travieso y vacío de pasados. A continuación, dos hermanas se enfrentan a la música y sus narraciones desde dos sillones diferentes, colocados en ángulos distintos en torno al mismo fuego. Lo exótico y lo próximo, lo bello ideal y el sucio escándalo de lo real son las aristas que acotan el último relato. Se trata, en cualquier caso, del desajuste en las formas de asistir al mundo, de las diferencias que se originan en nuestra forma de estar en el mundo en virtud de nuestro propio viaje interior o de nuestras circunstancias, el décalage que convierte las relaciones con los demás en un paseo laberíntico por los distintos grados de la percepción, la sensibilidad, la experiencia o los prejuicios.
Se podría presentar esta contraposición mediante una técnica objetiva que presentara, aséptica y neutral, ambas posturas; así, accederíamos por la vía intelectiva y consciente a la tesis tras el telón: el desajuste. Pitol prefiere hacernos saltar de un modo a otro, con la espontaneidad y la sorpresa con que experimentamos estos cambios en la vida real, en menos de dos párrafos nos presenta a un nuevo narrador que es, a la vez, personaje, y por lo tanto, es visto por los ojos del narrador primero, con el que ya habíamos cogido confianza con quien ya nos habíamos recostado en su sofá para ver y aceptar las cosas tal y como él nos las presentaba. Y hete aquí que, de repente, la historia se cuenta desde otro sitio, desde otro modo de ver. Narrador de una historia, personaje de otra, la imposible mano de Escher, dibujándose a sí misma.
Una editora se abandona a pensamientos acerca de su marido y de pronto, lee un relato escrito por él. En este relato aparece la relación que el marido tiene con la música, las notas más características que guarda en el recuerdo sobre un concierto –precisamente, ese desfase entre el joven pianista y un anciano espectador-, pero a la vez, el relato viene tamizado y acotado por los pensamientos de la mujer, que de vez en cuando aclara pasajes o intenta imponer su propia opinión acerca de su marido de la que nosotros podríamos crearnos a través de la narración de él.
La segunda historia no ocurre en Venecia. Comienza ocurriendo en Roma, donde Gianni toma un librito titulado “Venezia”. Se abre el libro y comienzan a suceder cosas. Ahora vemos por los ojos de la narradora, Billie Upward, y de su mano contemplamos la historia que sucede en Venecia; pero al tiempo, de la mano de Gianni estamos predispuestos a ejercer determinada crítica sobre la trama. Aquí el desajuste de percepción se produce, además, entre Alice, que asiste a Venecia como a un espectáculo turístico obligatorio y el joven Paolo, un pequeño Puck que tiene en Venecia su bosque natal y su medio de vida natural.
En "Asimetría" entramos en la cabeza de un hombre preocupado por la simetría del arte, la naturaleza y las relaciones humanas. Sin embargo, no está la historia narrada en primera persona, sino desde fuera, como asistiendo a las volutas del pensamiento atormentado de este hombre desde un monitor. La reflexión íntima imposible de ser conocida por los extraños se mezcla con esta narración en tercera persona en un dulce mareo que nos lleva de un lado a otro de la percepción; la confusión entre lo interno y lo externo termina por aclarar nuestra relación asimétrica con las cosas; no podemos escapar del observador, del opinador, del implicado que tenemos dentro.
A su vez, los personajes de Lorenza y Celeste verbalizan nuevamente la disensión en la forma de ver el mismo mundo.
Por último, hacemos la maleta y viajamos una y mil veces a Bujara, de mano de un inventor de historias, de mano de una pintora italiana, de mano de un pianista húngaro. Cómo lo exótico se puede convertir en trivial, lo inventado en real, por el mero hecho de haber sido concebido y lo real en algo nunca sucedido, en función de la narración que soporte los hechos.
El tema último de Vals de Mefisto es la narración, el placer de contar historias, las formas de relatar y percibir, la capacidad que tienen las palabras para crear mosaicos infinitos de historias a partir de las mismas teselas. Y aún así, no es la única historia que leemos en este libro. El crecimiento divergente y silencioso en el seno de un matrimonio que puede no ser percibido por ambas partes, la importancia de la atmósfera como desencadenante de acciones trágicas, el diferente entusiasmo ante la música o la tragedia de no tener tragedia que narrar son algunas de esas otras historias que yacen escondidas en el placer de relatar; son motivos que sirven muy bien al propósito último del libro, pero que también tienen entidad suficiente para convertirse en temas autónomos en los que perderse a reflexionar.
La música es un motivo muy importante en todos los relatos, no en vano se titula el libro Vals de Mefisto. Tratada de modos diferentes, con mayor o menor protagonismo, pero omnipresente. La relación “umbilical” del joven pianista del primer relato con su instrumento es una reflexión brevísima pero muy contundente que habla tanto de las sensaciones del músico como de las del receptor. El concierto casi grotesco al que asiste la joven Alice en Venecia contribuye a darle irrealidad a la atmósfera descrita; las danzas y melodías del frenesí de Bujara son un elemento indispensable de la narración dislocada e inventada de los amigos de la pintora italiana en el último texto y, la música se convierte en una auténtica reflexión acerca de la propia voz en “Asimetría”:
Se busca la propia voz. Quizás ésta se halle en el modo de contar historias, como sucede con el personaje del primer relato, que publica un cuento sobre la música; o bien, se halla en el modo de leer las historias, encontrando hilos que antes no se habían visto. La narración nos cambia y entonces nosotros no volvemos a ser los mismos y ella tampoco. La asimetría constante entre nosotros y lo narrado es, al final, la madre de todas las armonías. Las historias tienen una sustancia que permanece indeleble, y es que “la trama se teje en el subsuelo del lenguaje”, su esencia va más allá de lo dicho o lo escuchado; pero los modos de acercarse a la trama, ya sea como oyente, ya sea como narrador, constituyen sus accidentes, sus formas posibles, sus mil combinaciones que nos convierten a todos, finalmente, en un continuo unido por esas manos imposibles que se dibujan y se miran al mismo tiempo, estrechadas por el lazo invisible de una palabra.
En el subsuelo del lenguaje yacen las historias, a la espera de que alguien pronuncie una palabra, active la historia y con ella, la interminable cadena de combinaciones que se alejan del origen para ir regresando a él. Se pronuncia una palabra que abre un hueco en el subsuelo del lenguaje y esta palabra toca, como decía Wittgenstein, -consciente de la turba interminable de lo por expresar-, “una tecla en el piano de la imaginación”.
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No se trata únicamente de un conjunto de cuatro relatos, sino de cuatro relatos que, además, conforman un libro. Cada relato nos muestra los accidentes, las formas cambiantes de una misma sustancia, ese hilo delicado al que accedemos tras haber terminado el libro. Pitol ha escrito estos cuatro relatos tracomo caminaba Pulgarcito, dejando en los cuatro accidentados relatos las piedrecillas que conforman la sustancia, el camino, el significado último que envuelve y dota de un nuevo sentido a lo grabado en cada piedra.
Vals de Mefisto habla del desajuste en los modos de ver, vivir y narrar. En el primer relato, utiliza la contraposición entre un joven pianista y un anciano espectador. El segundo relato enfrenta la ingenua mirada de una joven americana con su maleta de prejuicios y experiencias a la de un efebo veneciano despreocupado y travieso y vacío de pasados. A continuación, dos hermanas se enfrentan a la música y sus narraciones desde dos sillones diferentes, colocados en ángulos distintos en torno al mismo fuego. Lo exótico y lo próximo, lo bello ideal y el sucio escándalo de lo real son las aristas que acotan el último relato. Se trata, en cualquier caso, del desajuste en las formas de asistir al mundo, de las diferencias que se originan en nuestra forma de estar en el mundo en virtud de nuestro propio viaje interior o de nuestras circunstancias, el décalage que convierte las relaciones con los demás en un paseo laberíntico por los distintos grados de la percepción, la sensibilidad, la experiencia o los prejuicios.
Se podría presentar esta contraposición mediante una técnica objetiva que presentara, aséptica y neutral, ambas posturas; así, accederíamos por la vía intelectiva y consciente a la tesis tras el telón: el desajuste. Pitol prefiere hacernos saltar de un modo a otro, con la espontaneidad y la sorpresa con que experimentamos estos cambios en la vida real, en menos de dos párrafos nos presenta a un nuevo narrador que es, a la vez, personaje, y por lo tanto, es visto por los ojos del narrador primero, con el que ya habíamos cogido confianza con quien ya nos habíamos recostado en su sofá para ver y aceptar las cosas tal y como él nos las presentaba. Y hete aquí que, de repente, la historia se cuenta desde otro sitio, desde otro modo de ver. Narrador de una historia, personaje de otra, la imposible mano de Escher, dibujándose a sí misma.
Una editora se abandona a pensamientos acerca de su marido y de pronto, lee un relato escrito por él. En este relato aparece la relación que el marido tiene con la música, las notas más características que guarda en el recuerdo sobre un concierto –precisamente, ese desfase entre el joven pianista y un anciano espectador-, pero a la vez, el relato viene tamizado y acotado por los pensamientos de la mujer, que de vez en cuando aclara pasajes o intenta imponer su propia opinión acerca de su marido de la que nosotros podríamos crearnos a través de la narración de él.
La segunda historia no ocurre en Venecia. Comienza ocurriendo en Roma, donde Gianni toma un librito titulado “Venezia”. Se abre el libro y comienzan a suceder cosas. Ahora vemos por los ojos de la narradora, Billie Upward, y de su mano contemplamos la historia que sucede en Venecia; pero al tiempo, de la mano de Gianni estamos predispuestos a ejercer determinada crítica sobre la trama. Aquí el desajuste de percepción se produce, además, entre Alice, que asiste a Venecia como a un espectáculo turístico obligatorio y el joven Paolo, un pequeño Puck que tiene en Venecia su bosque natal y su medio de vida natural.
En "Asimetría" entramos en la cabeza de un hombre preocupado por la simetría del arte, la naturaleza y las relaciones humanas. Sin embargo, no está la historia narrada en primera persona, sino desde fuera, como asistiendo a las volutas del pensamiento atormentado de este hombre desde un monitor. La reflexión íntima imposible de ser conocida por los extraños se mezcla con esta narración en tercera persona en un dulce mareo que nos lleva de un lado a otro de la percepción; la confusión entre lo interno y lo externo termina por aclarar nuestra relación asimétrica con las cosas; no podemos escapar del observador, del opinador, del implicado que tenemos dentro.
”Pero, ¿era el artista en sí una asimetría de la Naturaleza, igual que el orate, el criminal o el místico, o era simplemente otro punto de mira que permitía establecer una nueva relación simétrica con el mundo?”
A su vez, los personajes de Lorenza y Celeste verbalizan nuevamente la disensión en la forma de ver el mismo mundo.
Por último, hacemos la maleta y viajamos una y mil veces a Bujara, de mano de un inventor de historias, de mano de una pintora italiana, de mano de un pianista húngaro. Cómo lo exótico se puede convertir en trivial, lo inventado en real, por el mero hecho de haber sido concebido y lo real en algo nunca sucedido, en función de la narración que soporte los hechos.
El tema último de Vals de Mefisto es la narración, el placer de contar historias, las formas de relatar y percibir, la capacidad que tienen las palabras para crear mosaicos infinitos de historias a partir de las mismas teselas. Y aún así, no es la única historia que leemos en este libro. El crecimiento divergente y silencioso en el seno de un matrimonio que puede no ser percibido por ambas partes, la importancia de la atmósfera como desencadenante de acciones trágicas, el diferente entusiasmo ante la música o la tragedia de no tener tragedia que narrar son algunas de esas otras historias que yacen escondidas en el placer de relatar; son motivos que sirven muy bien al propósito último del libro, pero que también tienen entidad suficiente para convertirse en temas autónomos en los que perderse a reflexionar.
La música es un motivo muy importante en todos los relatos, no en vano se titula el libro Vals de Mefisto. Tratada de modos diferentes, con mayor o menor protagonismo, pero omnipresente. La relación “umbilical” del joven pianista del primer relato con su instrumento es una reflexión brevísima pero muy contundente que habla tanto de las sensaciones del músico como de las del receptor. El concierto casi grotesco al que asiste la joven Alice en Venecia contribuye a darle irrealidad a la atmósfera descrita; las danzas y melodías del frenesí de Bujara son un elemento indispensable de la narración dislocada e inventada de los amigos de la pintora italiana en el último texto y, la música se convierte en una auténtica reflexión acerca de la propia voz en “Asimetría”:
”Don Juan es el único personaje de la ópera que no tiene melodía propia, [...] Cuando don Juan canta, lo único que hace es robar”
Se busca la propia voz. Quizás ésta se halle en el modo de contar historias, como sucede con el personaje del primer relato, que publica un cuento sobre la música; o bien, se halla en el modo de leer las historias, encontrando hilos que antes no se habían visto. La narración nos cambia y entonces nosotros no volvemos a ser los mismos y ella tampoco. La asimetría constante entre nosotros y lo narrado es, al final, la madre de todas las armonías. Las historias tienen una sustancia que permanece indeleble, y es que “la trama se teje en el subsuelo del lenguaje”, su esencia va más allá de lo dicho o lo escuchado; pero los modos de acercarse a la trama, ya sea como oyente, ya sea como narrador, constituyen sus accidentes, sus formas posibles, sus mil combinaciones que nos convierten a todos, finalmente, en un continuo unido por esas manos imposibles que se dibujan y se miran al mismo tiempo, estrechadas por el lazo invisible de una palabra.
En el subsuelo del lenguaje yacen las historias, a la espera de que alguien pronuncie una palabra, active la historia y con ella, la interminable cadena de combinaciones que se alejan del origen para ir regresando a él. Se pronuncia una palabra que abre un hueco en el subsuelo del lenguaje y esta palabra toca, como decía Wittgenstein, -consciente de la turba interminable de lo por expresar-, “una tecla en el piano de la imaginación”.
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Caprichos Lectores
No soy nada ritual. Soy caótica, desordenada y despistada. El orden y la seriedad son como paralelos y meridianos con los que intento sistematizar mi amorfo y bouleversé globo terráqueo. Todas mis peculiaridades lectoras parten de una ley que le leí a Gabriel Zaid y que reza así: “una biblioteca es un proyecto de lectura”. La mía lo es. Es una tensa cuerda uno de cuyos extremos se trenza con los libros que ya he leído. El otro se destrenza con aquellos que poseo pero que aún no he leído. Jamás voy, pues, a comprar un libro. Sólo compro libros en plural. Algunos los leeré inmediatamente, otros quedan en el barbecho de la estantería, añejándose y cogiendo sabor. El único ritual que tengo para con los libros como objeto físico es el de ponerles mi nombre y la fecha en un bar de la cuesta de San Mateo acompañada por una cerveza y un cómplice.
Sólo compro los libros que me imploran desde el título, que desgranan promesas desde la portada, desde el nombre del autor, desde la magia de la sincronicidad jungiana de las telas de araña. No suelo hacer caso de recomendaciones críticas hijas de Babelia y demás suplementos culturales, compro y leo como jugando al cascayu, lanzando la tiza a un libro, de donde rebota hacia otro, que a su vez libera un pájaro, que tiene una jaula esperando entre las páginas de otro libro. Así me sucedió con Paul Watzlawick y el barón de Münchhausen. Ni orden ni concierto. Esta es la máxima que orquesta y armoniza mis lecturas. Cada libro encuentra su hueco y su silencio.
Vivo sumida en una sinfonía de lecturas. La poesía ocupa los lugares del movimiento largo, se desteje de forma lenta e intermitente. Me pule las digestiones, divierte las desidias vespertinas. Los libros de poesía son como cajas de medicina a las que acudir para exorcizar melancolías, dudas y brotes inesperados de cualquier sensación. Uso la poesía como Sabines usaba la luna. Las novelas son, en cambio, como las esquinas para un detective, una atalaya desde la que ver sin ser visto, un refugio donde consolar un fracaso, un escondrijo donde distraer las horas sin brújula. Paso por las novelas allegre ma non troppo, o quizás son ellas las que imponen ese ritmo vivaz que va haciendo que las páginas pasen casi de forma imperceptible. Una buena novela, nacida con la ayuda de Aristóteles, va dirigiendo sus acciones hacia el final; yo, como lectora, me acojo al dulce esfuerzo de ir recogiendo los hilos que la conforman y que desembocan en ese punto final que les da un sentido nuevo. Hay también libros scherzo de fácil y rápida lectura, libros juguetones que, en parte, parecen una broma interna, como los Ejercicios de Estilo reseñado más abajo.
El lápiz siempre me acompaña. Me sirve de marcador y lo utilizo también para subrayar los pasajes que más me llaman la atención, bien sea por la idea expresada en ellos, bien por la expresión en sí. Antes acostumbraba a apuntar posteriormente estos fragmentos en una libretita. A veces los dejo, brillando contra todo lo no subrayado, segura de que si los necesito me saldrán al encuentro. Esto parece un ejercicio inconsciente de confianza ciega, pero es que creo que los libros son las personas en que más confío ;-) Cuando no tengo lápiz a mano suelo doblar las hojas donde se encuentran las frases que me han asaltado, pero no me gusta hacer esto porque me resulta bastante más engorroso cuando quiero releerlos. A veces, si no tengo lápiz, no soy capaz de leer. Mi padre y yo defendemos la idea de que los libros deberían traer un lápiz atadito a ellos. Tengo un bote lleno de lápices y una estantería llena de libros con lápices olvidados entre sus páginas. Las únicas cosas que anoto en los libros son los hallazgos de los hilos de la tela de araña literaria: un pasaje en el que creo que ver una mención a otra obra, versos robados, diálogos pasados por el tamiz de otro autor; son estas cosas las que me llaman la atención, las que ponen en evidencia la existencia de un concierto en el que caben todos los descompases. A veces también apunto las esencias, como el que al probar un buen plato intenta averiguar sus ingredientes. Es la misma manía que me llevaba de cría a destruir todos los juguetes compuestos de algún mecanismo. Rodeo con un círculo las palabras que no conozco, a veces las busco en el diccionario, otras veces, las dejo como acordes, con su belleza resonando contra mi ignorancia (acrimonia, a-cri-mo-nia, acrimónico, acrimonial, acrimoniémonos, antiacrimónico, acrimónico-maniaco).
Todas estas cosas van haciendo míos los libros... El lomo deformado por ese empeño de abrir bien las páginas; pasajes subrayados, páginas dobladas, lápices olvidados, una página que se suelta metida entre dos que no se le corresponden; los dibujos en los cantos, cauce de mis nervios; gotas de aquella tormenta en la terraza de A brasileira en Lisboa, la primera hoja de la primera acacia del primer otoño en Madrid, la postal que lo acompañaba si era un regalo... No soporto leerme un libro y no notar cómo he pasado por él ni cómo él ha pasado por mí. Noto en mi Crimen y Castigo cómo las últimas páginas se han deformado por el sudor, encuentro arena de mi playa en el Diccionario del diablo y hay un olor a tabaco en aquellos libros que leía a coro en el Apolo con mi shandy. No me importa que se rompan, que se deformen, que se gasten, tienen el sabor de mis pequeñas cosas y el rastro de mis errares.
Puede que por eso me cueste tanto prestar un libro. Apenas lo hago. Suelo recomendarlos, incluso comprar otro ejemplar para regalarlo, pero no los presto. Pienso que si alguien ve mis Siete maneras de decir manzana, aún puede verme a mí pasmando ante la foto de Rilke, sobrecogiéndome con la dedicatoria final o intentado memorizar los versos de Neruda. Y yo soy de las de falda por debajo de la rodilla.
Leo en casi cualquier lado, pero creo que sobre todo me gusta leer en los descontextos, cuando cualquiera en su sano juicio ya habría renunciado a la lectura. A veces, en estos casos, lo leído se vuelve tan vívido que no parece posible escapar a ello. Es lo que me ha sucedido hoy con las últimas páginas de un libro de Félix Grande, en la tierra de nadie de las seis de la mañana; así surge un verso de Valente en la parada del bus de madrugada y del mismo modo refulgieron algunos pensamientos de Hesse leídos durante alguna soporífera clase. Sinclair deshojando la margarita de la lengua alemana, Valente añadiendo más amor a la soledad o Félix Grande trazando la genealogía de lo lejano se me han quedado grabados por una vía más sensitiva que intelectual. Regresan a la estantería y parece que aún gritan...
Mi estantería es una alianza de civilizaciones y estilos en la que Dostoievski se da la mano con Bonnefoy con la misma intensidad con que se abrazan Allais y José Hernández. No soy muy pulcra en su colocación ni tampoco muy constante. A veces me gusta verlos por colecciones, dejando la algarabía de colores de Anagrama (compactos siempre) luchando contra el negro academicismo de Cátedra; otras veces los junto por idiomas, lo que sitúa a la cándida Eugénie Grandet al lado de los desafueros sexuales de Houellebecq y otras veces los sitúo por géneros, convirtiendo un estante en un mar de lirismo y otro en una breve historia de la literatura infantil.
A veces voy por la calle pensando con denuedo en un verso que acabo de leer, en una expresión especialmente acertada, en un título demasiado original, en un jolgorio de palabras reinterpretable hasta el infinito. Entonces, se me pone cara de tren concentrado en sus vías y lo voy repitiendo mentalmente, salteándolo, enlazándolo, reinventándolo y haciendo malabarismos con las pocas sílabas con que Rubén Darío deshojó todas las rosas o con la frase lapidaria que lanzó a Pessoa al fondo de un pozo sin fondo. Son retales de historias no escritas que pasan sólo en mi cabeza, entre tanto pájaro y tanto hueco...
Hay muchos motivos que me mueven al escondite de los libros; no se trata sólo de huir de la realidad, como dice Fresán, sino más bien de ir echando los argumentos, las incoherencias, las brutalidades sin sentido o los tiempos muertos con que la vida manifiesta su irregularidad en el alambique de lo literario y continuar buscando, en lo escrito y más allá de lo escrito, el arrojo y el descaro suficientes para romper el tablero de lo cotidiano.
(Pd. Sirva este texto como respuesta al guante cosmicómico que me lanzó Mandala, en el que me preguntaba por las manías de lector. Y pasen, si tienen un ratito, a leer las suyas, que merecen la pena.)
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Sólo compro los libros que me imploran desde el título, que desgranan promesas desde la portada, desde el nombre del autor, desde la magia de la sincronicidad jungiana de las telas de araña. No suelo hacer caso de recomendaciones críticas hijas de Babelia y demás suplementos culturales, compro y leo como jugando al cascayu, lanzando la tiza a un libro, de donde rebota hacia otro, que a su vez libera un pájaro, que tiene una jaula esperando entre las páginas de otro libro. Así me sucedió con Paul Watzlawick y el barón de Münchhausen. Ni orden ni concierto. Esta es la máxima que orquesta y armoniza mis lecturas. Cada libro encuentra su hueco y su silencio.
Vivo sumida en una sinfonía de lecturas. La poesía ocupa los lugares del movimiento largo, se desteje de forma lenta e intermitente. Me pule las digestiones, divierte las desidias vespertinas. Los libros de poesía son como cajas de medicina a las que acudir para exorcizar melancolías, dudas y brotes inesperados de cualquier sensación. Uso la poesía como Sabines usaba la luna. Las novelas son, en cambio, como las esquinas para un detective, una atalaya desde la que ver sin ser visto, un refugio donde consolar un fracaso, un escondrijo donde distraer las horas sin brújula. Paso por las novelas allegre ma non troppo, o quizás son ellas las que imponen ese ritmo vivaz que va haciendo que las páginas pasen casi de forma imperceptible. Una buena novela, nacida con la ayuda de Aristóteles, va dirigiendo sus acciones hacia el final; yo, como lectora, me acojo al dulce esfuerzo de ir recogiendo los hilos que la conforman y que desembocan en ese punto final que les da un sentido nuevo. Hay también libros scherzo de fácil y rápida lectura, libros juguetones que, en parte, parecen una broma interna, como los Ejercicios de Estilo reseñado más abajo.
El lápiz siempre me acompaña. Me sirve de marcador y lo utilizo también para subrayar los pasajes que más me llaman la atención, bien sea por la idea expresada en ellos, bien por la expresión en sí. Antes acostumbraba a apuntar posteriormente estos fragmentos en una libretita. A veces los dejo, brillando contra todo lo no subrayado, segura de que si los necesito me saldrán al encuentro. Esto parece un ejercicio inconsciente de confianza ciega, pero es que creo que los libros son las personas en que más confío ;-) Cuando no tengo lápiz a mano suelo doblar las hojas donde se encuentran las frases que me han asaltado, pero no me gusta hacer esto porque me resulta bastante más engorroso cuando quiero releerlos. A veces, si no tengo lápiz, no soy capaz de leer. Mi padre y yo defendemos la idea de que los libros deberían traer un lápiz atadito a ellos. Tengo un bote lleno de lápices y una estantería llena de libros con lápices olvidados entre sus páginas. Las únicas cosas que anoto en los libros son los hallazgos de los hilos de la tela de araña literaria: un pasaje en el que creo que ver una mención a otra obra, versos robados, diálogos pasados por el tamiz de otro autor; son estas cosas las que me llaman la atención, las que ponen en evidencia la existencia de un concierto en el que caben todos los descompases. A veces también apunto las esencias, como el que al probar un buen plato intenta averiguar sus ingredientes. Es la misma manía que me llevaba de cría a destruir todos los juguetes compuestos de algún mecanismo. Rodeo con un círculo las palabras que no conozco, a veces las busco en el diccionario, otras veces, las dejo como acordes, con su belleza resonando contra mi ignorancia (acrimonia, a-cri-mo-nia, acrimónico, acrimonial, acrimoniémonos, antiacrimónico, acrimónico-maniaco).
Todas estas cosas van haciendo míos los libros... El lomo deformado por ese empeño de abrir bien las páginas; pasajes subrayados, páginas dobladas, lápices olvidados, una página que se suelta metida entre dos que no se le corresponden; los dibujos en los cantos, cauce de mis nervios; gotas de aquella tormenta en la terraza de A brasileira en Lisboa, la primera hoja de la primera acacia del primer otoño en Madrid, la postal que lo acompañaba si era un regalo... No soporto leerme un libro y no notar cómo he pasado por él ni cómo él ha pasado por mí. Noto en mi Crimen y Castigo cómo las últimas páginas se han deformado por el sudor, encuentro arena de mi playa en el Diccionario del diablo y hay un olor a tabaco en aquellos libros que leía a coro en el Apolo con mi shandy. No me importa que se rompan, que se deformen, que se gasten, tienen el sabor de mis pequeñas cosas y el rastro de mis errares.
Puede que por eso me cueste tanto prestar un libro. Apenas lo hago. Suelo recomendarlos, incluso comprar otro ejemplar para regalarlo, pero no los presto. Pienso que si alguien ve mis Siete maneras de decir manzana, aún puede verme a mí pasmando ante la foto de Rilke, sobrecogiéndome con la dedicatoria final o intentado memorizar los versos de Neruda. Y yo soy de las de falda por debajo de la rodilla.
Leo en casi cualquier lado, pero creo que sobre todo me gusta leer en los descontextos, cuando cualquiera en su sano juicio ya habría renunciado a la lectura. A veces, en estos casos, lo leído se vuelve tan vívido que no parece posible escapar a ello. Es lo que me ha sucedido hoy con las últimas páginas de un libro de Félix Grande, en la tierra de nadie de las seis de la mañana; así surge un verso de Valente en la parada del bus de madrugada y del mismo modo refulgieron algunos pensamientos de Hesse leídos durante alguna soporífera clase. Sinclair deshojando la margarita de la lengua alemana, Valente añadiendo más amor a la soledad o Félix Grande trazando la genealogía de lo lejano se me han quedado grabados por una vía más sensitiva que intelectual. Regresan a la estantería y parece que aún gritan...
Mi estantería es una alianza de civilizaciones y estilos en la que Dostoievski se da la mano con Bonnefoy con la misma intensidad con que se abrazan Allais y José Hernández. No soy muy pulcra en su colocación ni tampoco muy constante. A veces me gusta verlos por colecciones, dejando la algarabía de colores de Anagrama (compactos siempre) luchando contra el negro academicismo de Cátedra; otras veces los junto por idiomas, lo que sitúa a la cándida Eugénie Grandet al lado de los desafueros sexuales de Houellebecq y otras veces los sitúo por géneros, convirtiendo un estante en un mar de lirismo y otro en una breve historia de la literatura infantil.
A veces voy por la calle pensando con denuedo en un verso que acabo de leer, en una expresión especialmente acertada, en un título demasiado original, en un jolgorio de palabras reinterpretable hasta el infinito. Entonces, se me pone cara de tren concentrado en sus vías y lo voy repitiendo mentalmente, salteándolo, enlazándolo, reinventándolo y haciendo malabarismos con las pocas sílabas con que Rubén Darío deshojó todas las rosas o con la frase lapidaria que lanzó a Pessoa al fondo de un pozo sin fondo. Son retales de historias no escritas que pasan sólo en mi cabeza, entre tanto pájaro y tanto hueco...
Hay muchos motivos que me mueven al escondite de los libros; no se trata sólo de huir de la realidad, como dice Fresán, sino más bien de ir echando los argumentos, las incoherencias, las brutalidades sin sentido o los tiempos muertos con que la vida manifiesta su irregularidad en el alambique de lo literario y continuar buscando, en lo escrito y más allá de lo escrito, el arrojo y el descaro suficientes para romper el tablero de lo cotidiano.
(Pd. Sirva este texto como respuesta al guante cosmicómico que me lanzó Mandala, en el que me preguntaba por las manías de lector. Y pasen, si tienen un ratito, a leer las suyas, que merecen la pena.)
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Felicidad con sosiego
Es curiosa esta forma de felicidad que no se manifiesta en exabruptos, palmoteos y chillidos que tensan más que alivian el sentimiento sino que apenas se esboza en la intención de una sonrisa. Se disfruta sin solemnidad que la santifique ni plegarias que la quieran volver eterna. Es como un don que dura una tarde que pasa con la levedad de no querer quedarse. No es tan rotunda como para aferrarse a ella y halagar su existencia con la humillación de perseguirla ni tan leve como para contemplar su presencia sumido ya en las aguas nostálgicas del futuro sin ella. Es la gracia de las cosas pequeñas y lejanas que se aproximan con dulzura y alzan con su liviandad la pesarosa tarde. Es la gracia inesperada de los detalles con que se olvidan las salmodias del invierno. Es la felicidad con sosiego, suave y mitigada, que invade, cuando –“ya nada se espera personalmente exaltante”-, y aparece la lejana felicidad de alguien conocido, y se comparte como se oye un eco o el hilo incomprensible de una conversación mantenida cien habitaciones de palacio más allá.
Tú eres el que está al otro lado del eco, Santi Bande y mía ha sido la felicidad con sosiego de ver tus textos en esta galería. Me quedo con el del perrito, por supuesto. Gracias.
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Tú eres el que está al otro lado del eco, Santi Bande y mía ha sido la felicidad con sosiego de ver tus textos en esta galería. Me quedo con el del perrito, por supuesto. Gracias.
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Reseña: Ejercicios de Estilo, de Raymond Queneau
He aquí un libro cuya reseña perfecta debería ser un ejercicio de estilo más. ¿Qué es Ejercicios de estilo? Un catálogo exhaustivo de formas de hablar y escribir, de estilos de comunicación, de posibilidades lingüísticas, de juegos con palabras, y, como consecuencia de todo esto, de actitudes ante la vida, de prismáticos con que mirar los hechos, de humores y flemas, desde lo atrabiliario a lo sanguíneo. Una reflexión sobre el quehacer literario, una incitación a la escritura, una desmitificación de lo literario-sagrado y un juego.
Exercices de style son 99 plasmaciones diferentes de un mismo hecho. Cada una de ellas responde a un criterio o a la predominancia de una característica y es por lo tanto, un ejercicio-modelo a seguir para trabajar tal o cual característica del lenguaje literario y también una muestra de cómo pueden mudar los hechos al mudar la forma de enunciarlos. Desde la “Carta oficial” a la “Parequesis” pasando por el “Filosófico” o la “Oda” (acompañada, por supuesto, de una partitura), cada uno de los 99 ejercicios del libro son el reflejo deforme que ciertas peculiaridades del trabajo literario devuelven al proyectarse en ellos un hecho. En este caso, un anodino incidente en un autobús.
Raymond Queneau concibió la idea a partir de el Arte de la Fuga de Bach. Fue escuchando esta obra como se propuso la “construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en torno a un tema bastante nimio”. Y eso es lo que es Ejercicios de Estilo una serie de variaciones. Sin embargo, no existe el tema principal... es cierto que rastreando todas las variaciones podemos hallar aquello que tienen en común, pero no seríamos capaces de decir cuál es el texto originario, sino que todos tienen la misma validez, la misma autonomía y se sitúan en un plano de igualdad con respecto de los demás. Es una danza en grupo.
Por otra parte, hay que tener en cuenta de que los ejercicios están castellanizados. Castellanizado quiere decir, en este caso, trasvasado “a lo castellano”, es decir, al idioma castellano y a la cosmovisión que entraña dicho idioma. El propio traductor, versioneador, reconstructor o recreador, Antonio Fernández Ferrer, explica que si bien “unos sesenta ejercicios no plantean más problemas que los propios de cualquier traducción”, en cambio otros “necesitaban ser parcialmente recreados porque las frases hechas francesas relacionadas con el correspondiente campo semántico no tenían paralelo directo en castellano”. Y luego, están aquellos textos que era necesario recrear por completo, puesto que el mundo francés escondido tras ellos no tiene el mismo escondrijo en castellano.
Además, hay que fijarse en la naturaleza de los ejercicios. Los hay que, efectivamente, responden al modus dicendi atribuible a ciertos caracteres, a ciertos grupos sociales o idiomáticos. Tenemos así al retrógrado, al vacilante, al insistente, al ignorante o al ampuloso, que manifiestan su manera de ver el mundo y su modo de ser a través de su modo de narrar lo vivido y observado. También aparecen los textos que siguen un esquema más o menos fijo o que requieren el sometimiento a ciertos moldes, como la “carta oficial”, el “análisis lógico”, el “soneto” o el “telegráfico”. Se trata de textos o moldes que imponen ciertas características a lo narrado y que, por lo tanto, lo transformarán inevitablemente. Por último, tenemos todos aquellos textos aparentemente lúdicos pero que han surgido de hacer primar en ellos un recurso fónico, una figura retórica, un tiempo verbal o un tipo de verso: El hecho es narrado en alejandrinos, o bien sólo con helenismos, o bien utilizando síncopas, apócopes o aféresis. El resultado es una galería de textos variados y la exhibición de un genio creador capaz de sobreponerse a todos los obstáculos propuestos o capaz de hallar un cauce expresivo válido en cualquier operación lingüística.
Por otra parte, Ejercicios de Estilo es un libro experimental en las tres acepciones del término. Por un lado, se trata de un libro en el que el escritor, como bien dice el D.R.A.E., “tiende a la búsqueda de nuevas formas estéticas y de técnicas expresivas renovadoras”; por otra parte, a través de su lectura, el lector accede a múltiples conocimientos por el cauce de la experiencia: al leer los textos, experimenta lo que es el apóstrofe o la epéntesis o el lipograma. Por último, efectivamente, el libro sirve de experimento para posteriores aplicaciones. En este sentido, el propio Raymond Queneau incluye un índice de nuevos estilos posibles que el lector puede desarrollar si le viene en gana.
Como texto completo, el libro parece una metáfora del mundo moderno. Un caos que no deja de tener su armonía, una barahúnda sin fin formada por voces, gritos y susurros francamente personales; una visión acerca de los mismos hechos que no cesa de transformarse en función de su modo de transmisión; una convivencia desordenada de estilos y modos de vida distintos, contrapuestos, vecinos, lúdicos o tremendamente serios. Y por fin, Ejercicios de Estilo es un catálogo de noventa y nueve caras distintas con las que salir a la calle a enfrentarse al autobús.

Habrá quien sólo vea en el libro un juego o una provocación. Ambas cosas están contenidas en este maravilloso calidoscopio. Y las dos, me parece, cumplen una función creativa y constructiva que le añaden al libro el valor de que carecen otras obras señeras y sesudas de la crítica literaria. Por un lado, el libro es un juego interminable: jugó el autor a recrear un hecho de noventa y nueve formas diferentes y el lector juega a desentrañar la esencia del hecho en cada ejercicio, juega a buscar los recursos que propician el cambio, y puede jugar, si quiere, a construir sus propios textos. Por otra parte, Queneau parece querer decirnos que la literatura tiene, esencialmente, un componente lúdico. Esa es su visión de la literatura, la literatura como juego. Y ésta es, a mi juicio, una de las mejores defensas de la literatura que se puedan hacer. La literatura es un juego, tanto desde el punto de vista creador como del receptor, es un acto libre iniciado por voluntad propia por el que se crea o se asiste a la creación de un mundo nuevo (no importa que sea ficticio, lírico, autobiográfico). Existe un pacto esencial entre autor y lector por el que ambos se entregan a ese limbo alógico de la literatura. Se trata de una idea matizable pero que no creo que haya que desdeñar, sobre todo, teniendo en cuenta los esfuerzos en vano que se hacen para fomentar la lectura.
El libro es también una provocación y creo que lo es en distintos sentidos. Por un lado, es una incitación a la creación; Queneau salta a la cara del lector con su baraja de narraciones posibles. El lector comprende que son 99 por capricho del autor, no porque sólo haya 99 modos posibles de contar un hecho. Se siente provocado a añadir la número cien. Por otra parte, Queneau ha escrito un libro no escrito de teoría literaria, nos enseña cómo funcionan los textos, cuáles son las características de determinados recursos, cómo operan, en qué se diferencian ciertos registros, qué son ciertas figuras. No se aprende menos con Queneau que con esas tesis infumables acerca de la poeticidad intrínseca de la narratividad lírica y cosas por el estilo. Queneau deja que la literatura hable de la literatura y nuestro pequeño lector capta al instante lo que se nos quiere decir.
¿Cómo consigue Queneau hablar de literatura con un autobús y un sombrero? Es sencillo. El libro Ejercicios de Estilo constituye un obrador público, un taller artesanal que expone junto a los productos, los procesos que llevan hasta ellos. La escritura ante todo es una práctica que se aprende al hacerla, al practicar. “C’est en écrivant qu’on devient écriveron” o como traduce Antonio Fernández, “la práctica de escritura hace maestro en literatura”. Además, mostrar directamente los procesos y los productos a que dan lugar contribuye a desmitificar el hecho literario, a devolverlo a un lugar accesible y cotidiano, del que tomarlo cada vez que lo necesitemos, para hallar consuelo en él, para jugar un rato, para reflexionar acerca de algún tema controvertido o para gozar del puro placer estético de un poema. Esa es la generosidad de Queneau, llevar la contraria a los iniciáticos para dejar que la literatura acampe en nuestras estanterías sin que tengamos que acomodar a ella nuestro mobiliario y sin que tengamos que sacarnos el carné de socios de algún club sólo para literatos de estirpe.
Un libro que una vez traspasado hoja a hoja pasa a ser una puerta. Un libro opaco que, en su última página, se vuelve del más nítido cristal. Un libro que busca un lector que se transforme con él.
Nota: el post de ayer no era más que una gracieta-guiño para quien hizo conmigo un ejercicio de estilo paralelo y compró este mismo libro en la misma librería el mismo día. Enhorabuena, Alfredo, por tu acierto. Otro día hablaremos del OuLiPo y de los obstáculos.
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Exercices de style son 99 plasmaciones diferentes de un mismo hecho. Cada una de ellas responde a un criterio o a la predominancia de una característica y es por lo tanto, un ejercicio-modelo a seguir para trabajar tal o cual característica del lenguaje literario y también una muestra de cómo pueden mudar los hechos al mudar la forma de enunciarlos. Desde la “Carta oficial” a la “Parequesis” pasando por el “Filosófico” o la “Oda” (acompañada, por supuesto, de una partitura), cada uno de los 99 ejercicios del libro son el reflejo deforme que ciertas peculiaridades del trabajo literario devuelven al proyectarse en ellos un hecho. En este caso, un anodino incidente en un autobús.
Raymond Queneau concibió la idea a partir de el Arte de la Fuga de Bach. Fue escuchando esta obra como se propuso la “construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en torno a un tema bastante nimio”. Y eso es lo que es Ejercicios de Estilo una serie de variaciones. Sin embargo, no existe el tema principal... es cierto que rastreando todas las variaciones podemos hallar aquello que tienen en común, pero no seríamos capaces de decir cuál es el texto originario, sino que todos tienen la misma validez, la misma autonomía y se sitúan en un plano de igualdad con respecto de los demás. Es una danza en grupo.
Por otra parte, hay que tener en cuenta de que los ejercicios están castellanizados. Castellanizado quiere decir, en este caso, trasvasado “a lo castellano”, es decir, al idioma castellano y a la cosmovisión que entraña dicho idioma. El propio traductor, versioneador, reconstructor o recreador, Antonio Fernández Ferrer, explica que si bien “unos sesenta ejercicios no plantean más problemas que los propios de cualquier traducción”, en cambio otros “necesitaban ser parcialmente recreados porque las frases hechas francesas relacionadas con el correspondiente campo semántico no tenían paralelo directo en castellano”. Y luego, están aquellos textos que era necesario recrear por completo, puesto que el mundo francés escondido tras ellos no tiene el mismo escondrijo en castellano.
Además, hay que fijarse en la naturaleza de los ejercicios. Los hay que, efectivamente, responden al modus dicendi atribuible a ciertos caracteres, a ciertos grupos sociales o idiomáticos. Tenemos así al retrógrado, al vacilante, al insistente, al ignorante o al ampuloso, que manifiestan su manera de ver el mundo y su modo de ser a través de su modo de narrar lo vivido y observado. También aparecen los textos que siguen un esquema más o menos fijo o que requieren el sometimiento a ciertos moldes, como la “carta oficial”, el “análisis lógico”, el “soneto” o el “telegráfico”. Se trata de textos o moldes que imponen ciertas características a lo narrado y que, por lo tanto, lo transformarán inevitablemente. Por último, tenemos todos aquellos textos aparentemente lúdicos pero que han surgido de hacer primar en ellos un recurso fónico, una figura retórica, un tiempo verbal o un tipo de verso: El hecho es narrado en alejandrinos, o bien sólo con helenismos, o bien utilizando síncopas, apócopes o aféresis. El resultado es una galería de textos variados y la exhibición de un genio creador capaz de sobreponerse a todos los obstáculos propuestos o capaz de hallar un cauce expresivo válido en cualquier operación lingüística.
Por otra parte, Ejercicios de Estilo es un libro experimental en las tres acepciones del término. Por un lado, se trata de un libro en el que el escritor, como bien dice el D.R.A.E., “tiende a la búsqueda de nuevas formas estéticas y de técnicas expresivas renovadoras”; por otra parte, a través de su lectura, el lector accede a múltiples conocimientos por el cauce de la experiencia: al leer los textos, experimenta lo que es el apóstrofe o la epéntesis o el lipograma. Por último, efectivamente, el libro sirve de experimento para posteriores aplicaciones. En este sentido, el propio Raymond Queneau incluye un índice de nuevos estilos posibles que el lector puede desarrollar si le viene en gana.
Como texto completo, el libro parece una metáfora del mundo moderno. Un caos que no deja de tener su armonía, una barahúnda sin fin formada por voces, gritos y susurros francamente personales; una visión acerca de los mismos hechos que no cesa de transformarse en función de su modo de transmisión; una convivencia desordenada de estilos y modos de vida distintos, contrapuestos, vecinos, lúdicos o tremendamente serios. Y por fin, Ejercicios de Estilo es un catálogo de noventa y nueve caras distintas con las que salir a la calle a enfrentarse al autobús.

Habrá quien sólo vea en el libro un juego o una provocación. Ambas cosas están contenidas en este maravilloso calidoscopio. Y las dos, me parece, cumplen una función creativa y constructiva que le añaden al libro el valor de que carecen otras obras señeras y sesudas de la crítica literaria. Por un lado, el libro es un juego interminable: jugó el autor a recrear un hecho de noventa y nueve formas diferentes y el lector juega a desentrañar la esencia del hecho en cada ejercicio, juega a buscar los recursos que propician el cambio, y puede jugar, si quiere, a construir sus propios textos. Por otra parte, Queneau parece querer decirnos que la literatura tiene, esencialmente, un componente lúdico. Esa es su visión de la literatura, la literatura como juego. Y ésta es, a mi juicio, una de las mejores defensas de la literatura que se puedan hacer. La literatura es un juego, tanto desde el punto de vista creador como del receptor, es un acto libre iniciado por voluntad propia por el que se crea o se asiste a la creación de un mundo nuevo (no importa que sea ficticio, lírico, autobiográfico). Existe un pacto esencial entre autor y lector por el que ambos se entregan a ese limbo alógico de la literatura. Se trata de una idea matizable pero que no creo que haya que desdeñar, sobre todo, teniendo en cuenta los esfuerzos en vano que se hacen para fomentar la lectura.
El libro es también una provocación y creo que lo es en distintos sentidos. Por un lado, es una incitación a la creación; Queneau salta a la cara del lector con su baraja de narraciones posibles. El lector comprende que son 99 por capricho del autor, no porque sólo haya 99 modos posibles de contar un hecho. Se siente provocado a añadir la número cien. Por otra parte, Queneau ha escrito un libro no escrito de teoría literaria, nos enseña cómo funcionan los textos, cuáles son las características de determinados recursos, cómo operan, en qué se diferencian ciertos registros, qué son ciertas figuras. No se aprende menos con Queneau que con esas tesis infumables acerca de la poeticidad intrínseca de la narratividad lírica y cosas por el estilo. Queneau deja que la literatura hable de la literatura y nuestro pequeño lector capta al instante lo que se nos quiere decir.
¿Cómo consigue Queneau hablar de literatura con un autobús y un sombrero? Es sencillo. El libro Ejercicios de Estilo constituye un obrador público, un taller artesanal que expone junto a los productos, los procesos que llevan hasta ellos. La escritura ante todo es una práctica que se aprende al hacerla, al practicar. “C’est en écrivant qu’on devient écriveron” o como traduce Antonio Fernández, “la práctica de escritura hace maestro en literatura”. Además, mostrar directamente los procesos y los productos a que dan lugar contribuye a desmitificar el hecho literario, a devolverlo a un lugar accesible y cotidiano, del que tomarlo cada vez que lo necesitemos, para hallar consuelo en él, para jugar un rato, para reflexionar acerca de algún tema controvertido o para gozar del puro placer estético de un poema. Esa es la generosidad de Queneau, llevar la contraria a los iniciáticos para dejar que la literatura acampe en nuestras estanterías sin que tengamos que acomodar a ella nuestro mobiliario y sin que tengamos que sacarnos el carné de socios de algún club sólo para literatos de estirpe.
Un libro que una vez traspasado hoja a hoja pasa a ser una puerta. Un libro opaco que, en su última página, se vuelve del más nítido cristal. Un libro que busca un lector que se transforme con él.
Nota: el post de ayer no era más que una gracieta-guiño para quien hizo conmigo un ejercicio de estilo paralelo y compró este mismo libro en la misma librería el mismo día. Enhorabuena, Alfredo, por tu acierto. Otro día hablaremos del OuLiPo y de los obstáculos.
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Adivinen qué libros compré ayer...
No mires ahora, pero justo están pasando por la otra acera de la calle las dos chicas ésas de que te hablé el otro día... ¡Te he dicho que no mires! Sí, la del jersey morado y la de las gafas rojas... Ésas. Me dijo Pedro, ya sabes, el que está medio liado con Mariví, que el otro día las vio comprando libros en Madrid. Por lo visto la del jersey morado, Lucía, me parece que se llama, la muy ..., se compró un libro de Fernando Pessoa que llevaba mucho tiempo buscando, pero a mí me da que en realidad se lo compró para intentar ligar con Pedro. Que sí, tía, que sí, que Pedro me dijo que le enseñó el libro y no paraba de hacerle caiditas de ojos, la tía. Ea, pues luego cogió el libro, por lo visto, su amiga cogió otros cuantos, le dedicaron otros cuantos parpadeos a Pedro, pagaron y se fueron. O igual son imaginaciones de Pedro, porque vamos, no he visto yo un chico más creído en mi vida...
Se buscan dos mujeres blancas, de constitución fuerte, de unos veinticinco años de edad, ambas morenas y de pelo corto, que fueron vistas por última vez el pasado día 1 de febrero a las siete de la tarde en la puerta de la librería Mónada, situada en la madrileña calle de Manuela Malasaña, a la altura del número 9. Una de ellas mide en torno a un metro setenta y llevaba un jersey morado y pantalones vaqueros; la otra, algo más baja, un abrigo rojo, unos pantalones de pana negros y unas gafas rojas. Gracias al testimonio de un testigo que se hallaba en la misma librería hemos sabido que una de ellas se compró un libro de Fernando Pessoa, su amiga, por lo visto, compró varios libros. Tras pagar con toda normalidad, salieron a la calle y no han sido vueltas a ver. Se agradecerá cualquier información al respecto.
Ayer vi a Lucía y a su amiga. Sí, saliendo de la librería esa que hay por Malasaña. Sabes cuál te digo, ¿no? Sí, mujer esa librería que está cerca del bar donde vamos siempre a jugar al Trivial. Por cierto, que el otro día fui con Marisol y su novio, Luis, ése que es tan listo, y aún así les gané. La verdad es que el Trivial es divertido, pero hay que reconocer que no para todo el mundo es un juego; para mucha gente, al contrario, supone un esfuerzo horroroso y la constatación pública de su ignorancia y por eso no juegan, porque se sienten avergonzados. Yo no creo que haya que sentirse avergonzado por ser ignorante, lo que hay que hacer es esfuerzos para acabar con ella. Y si no, pues tampoco pasa nada, quiero decir que yo no le veo nada malo, dañino, digamos, al hecho de ser ignorante. Cada uno es lo que es y ya está. Hay gente muy culta que tiene que velar por el lenguaje, hay físicos que tienen que trabajar con partículas aceleradas y hay fontaneros que tienen que saber arreglar cañerías. Hablando de cañerías, ayer se nos estropeó una tubería del cuarto de baño de las crías. No veas qué follón. Todo perdido de agua y el grifo que no paraba de gotear. Le pusimos un cubo debajo, pero luego tuvimos que poner el despertador para despertarnos cada dos horas y media, porque el cubo se llenaba. Menos mal que goteaba de manera uniforme. Total, que mañana llamaremos al fontanero, mientras tanto, hemos tenido que poner unos libros haciendo escalón para que mi hija la pequeña llegue a nuestro lavabo, la pobre. Ah, ahora que te comento lo de los libros, ayer vi en la librería de Malasaña a Lucía y a su amiga. Se habían comprado unos cuantos libros y Lucía estaba muy contenta porque había encontrado un libro de Pessoa que hacía tiempo que andaba buscando. Por cierto, que llevaba un jersey morado muy bonito. De hecho, parecido al suyo había visto yo uno en las rebajas el otro día, pero...
Era de la tarde del ocaso el momento, de la librería alrededor, curioseaban de personas un montón. Con jersey morado y vaqueros vestida, buscaba Lucía de Pessoa un libro. Su amiga, con pantalón negro y con gafas rojas, en las estanterías que comprarse libros buscaba. Con tarjeta los ansiados libros pagaron. Una vez que en las bolsas, alojados fueron por la amable cajera, a la calle Lucía y su amiga salieron.
Lucía entra en la librería a las siete de la tarde y su amiga entra en la librería a las siete de la tarde. Lucía lleva un jersey morado pero no lleva pantalón negro. Su amiga lleva un pantalón negro y un abrigo rojo pero no lleva un jersey morado. Si Lucía busca un libro de Fernando Pessoa, entonces su amiga comprará más de un libro. Lucía busca un libro de Fernando Pessoa. Su amiga compra más de un libro o compra más de dos. Lucía paga el libro de Fernando Pessoa o no paga ninguno. Si su amiga paga sus dos libros después que Lucía pague el suyo, entonces la librera meterá todos los libros en una bolsa y Lucía y su amiga podrán salir a la calle. Lucía paga su libro. Después su amiga paga sus dos libros. Ergo, la librera mete todos los libros en una bolsa y Lucía y su amiga salen a la calle.
Deplorable la última puesta en escena del demasiado bien tratado por la crítica autor leonés. La trama no es lo bastante absurda como para ser surrealista ni lo bastante coherente como para poder ser seguida por el público sin acabar con agujetas mentales: dos mujeres van a una librería a comprar, entre otras cosas, un libro de Fernando Pessoa. La puesta en escena es vergonzosa, la librería muy mal recreada, sin apenas estanterías y toda ella decorada con unos volúmenes de piel típicos de biblioteca inglesa del siglo pasado. El elenco resulta increíble en todo momento. La joven que hace de Lucía, por muy ataviada que vaya con un espléndido jersey morado que hace al espectador olvidarse de todo el batiburrillo de complementos que abigarran el escenario, sobreactúa todo el rato: demasiado asombrada cuando encuentra el libro, demasiado feliz cuando va a pagar. La actriz que hace de su amiga está algo mejor, pero sin grandes alharacas, un papel discreto por el que no merecería siquiera aparecer en esta crítica. En cuanto a la cajera, maternal, cariñosa y sumamente cuidadosa, parece recién salida de una obrilla de Alejandro Casona. En general, la obra resulta un pestiño digno de ser representado en prisiones para tortura de los internos con mal comportamiento. La salida final a la calle, que, por obra y gracia de la inspiración del impertinente del director de escena, se alarga por todo el pasillo del patio de butacas es demasiado teatral y el único lado positivo que se le puede ver es que constituye el punto y final del impresionante insulto a Talía que supone esta obra de teatro.
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