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Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Recargamos el Proyector
    Me decía Pedro R. que por qué no escribía sobre películas. Soy una pésima espectadora de cine, me puede el hilo narrativo y me pierdo todo lo demás. Pero también soy una descarada ligera de pluma, así que no he vacilado en ir publicando reseñitas aquí, allá y acullá.

    Por fin las vamos a reunir todas y crear algunas más. Dado que mi nuevo partenaire escribidor y yo tenemos gustos radicalmente distintos en esto de las salas de cine, podrán encontrar en la nueva dirección todo tipo de cosas. De momento, nos arrancamos con Almodóvar y su Volver

    Cojan una máscara del perchero y sean bienvenidos a "El Gran Carnaval". El baile ya ha empezado:

    "Del nombre del director Pedro Almodóvar viene el adjetivo almodovariano, con el que todos los espectadores creemos entendernos cuando juzgamos algo utilizándolo. El adjetivo se le puede aplicar a una chica que se enfada en la calle e irrumpe en el interior de un taxi, a una situación tragicómica o bien a una película. Con frecuencia, lo empleamos para referirnos a las propias películas de Almodóvar: demasiado almodovariana, poco almodovariana, pero almodovariana al fin y al cabo." Seguir almodovariando.


    (PS: En otro orden de cosas, prometo reseña del astilladísimo Onetti para esta tarde)

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    La semana de los libros
    Ha sido la semana de los libros. Un no parar de festividades, conferencias, encuentros, exabruptos y veleidades librescas aderezadas con Ribera del Duero, cerveza y, por supuesto, rosas. (Rosas, rosas, rosas, a mis dedos crecen).

    La semana comenzó, haciendo gala de gran originalidad, el lunes. Fui con Enrique y Otis a la presentación de un libro de un tal Parreño, en el Círculo de Bellas Artes. Periodista desinformada yo, no pretendía más que gozar de la vista madrileña que se ofrece desde las mejores salas del círculo y desentrañar misterios ocultos tras unas gafas que no sabía si me había inventado. Parreño quiso hablar del arte, esbozar formas nuevas de explicarlo, transmitir lo sentido por la vida sensitiva. El fracaso se plasma al intentar explicar lo inexplicable, trascender lo trascendido, ponerle coto al sentimiento y convertir lo autónomo en producto de mercado. “De lo que no se puede hablar, hay que callar”, que decía el lúcidoloco Wittgenstein.

    El jueves asistí al debate, conversación, sonrisoterapia entre Mario Muchnik y Jorge Herralde, también en el Círculo de Bellas Artes. El acto formaba parte del merchandising cultural de “La noche de los libros”.

    Jorge Herralde es pura razón práctica, cordial sin imposturas, discretísimamente irónico, humilde sin insulto. La premura con que habla invita al sosiego; el acento, marcado pero sin distraer el discurso, es una gota juguetona en un orden que parece más innato que conquistado; los ojos, dos alfileres satíricos sin malicia, no consiguen esconder la ternura calmosa con que habla de los libros.

    Mario Muchnik, argentinísimo y abuelísimo, es un pez de colores. Valiente y entrañable, risueño y juguetón, acompañaba sus afirmaciones casi sentimentales con una oleada en las manos que casi se podía oír. La charla fue muy amena aunque con seriedad melancólica.

    Continuó “La noche de los libros” en la Librería Códice, donde bebimos Ribera del Duero a precio de marcapáginas, nos deleitamos con violonchelos abandonados y averiguamos quién posee todos los títulos perdidos de Losada.

    El viernes, noche de cofrades, algarabías bohemias y deberes por hacer. Comenzó a las siete de la tarde frente a Casa Ciriaco, con todos los nostálgicos de las Bohemias de Valle Inclán. Las copas, con vino del color de los dispendios, se alzaron en pos de una república soñada, a la busca del callejón del Gato y en contra de la autoridad municipal siempre vigente. Creamos y recreamos el esperpento. Para muestra, un botón:

    El actor Francisco Vidal, encaramado a una escalera de obra, declamaba la escena de Luces de Bohemia en que se crea el esperpento, a golpe de sílabas nítidas, cuando, en medio del siguiente diálogo:
    “MAX: Ayúdame, no puedo levantarme. ¡Estoy aterido!
    LATINO: Mira que haber empeñado la capa!”
    el rudo camarero de Las bravas apostilló a voz en grito, como quitándole la razón a todos cuantos afirman que la realidad de la España invertebrada no es una deformación: “Dos de bravas”.

    A las doce de la noche, participamos, por fin y poniendo al día nuestra atrasada agenda de Primero de Madrid, en la X Lectura Continuada del Quijote, organizada en el Círculo de Bellas Artes. Tras contribuir a este maratón, el Círculo nos obsequió con una rosa, una lámina de Martinmorales, serie limitada para lectores envalentonados, y un libro, Lanza en Astillero, con versiones en forma de cómic y en varios idiomas de diversos capítulos del entrañable libro de Cervantes.

    Por fin, hoy, con la merecida rosa oreando el cuarto alquilado, se desperezó el día del Libro, cansado de tanto trajín en torno a su esencia. Matisse, Borges, Cabrera Infante, Gimferrer y Árguedas se han quedado a vivir conmigo. Ya los iremos reseñando.

    Y aquí, la rosa para los lectores de este sitio:

    "El dulce milagro
    ¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen.
    Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
    Mi amante besóme las manos, y en ellas,
    ¡Oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

    Y voy por la senda voceando el encanto
    y de dicha alterno sonrisa con llanto,
    y bajo el milagro de mi encantamiento
    se aroman de rosas las alas del viento.

    Y murmura al verme la gente que pasa:
    -¿No veis que está loca? Tornadla a su casa.
    ¡Dice que en las manos le han nacido rosas
    y las va agitando como mariposas!

    ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende
    un milagro de éstos y que sólo entiende,
    que no nacen rosas más que en los rosales!
    ¡Y que no hay más trigo que el de los trigales!

    Que requiere líneas y color y forma
    y que sólo admite realidad por norma.
    Que cuando uno dice: -voy con la dulzura,
    de inmediato buscan a la criatura.

    Que me digan loca, que en celda me encierren,
    que con siete llaves la puerta me cierren,
    que junto a la puerta pongan un lebrel,
    carcelero rudo, carcelero fiel.

    Cantaré lo mismo: -Mis manos florecen.
    Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
    ¡Y toda mi celda tendrá la fragancia,
    de un inmenso ramo de rosas de Francia!"

    De Juana de Ibarbourou

    Feliz Día del Libro a todos.

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    Astoria
    Astoria huyó una desfrazada mañana de domingo, dejando tras de sí un rastro de retruécanos doloridos, una sábana tibia y la destilada infinidad de sus inconsecuencias amartelándome el cuarto. La casa se volvió astórica e inconexa como un solo zapato, desmarejada por todas partes, torpe en todas sus puertas y cuarterones.

    Astoria sabía bien ganarse el barlovento de mis ensoñaciones, perfumar de descertezas toda la conveniencia de mi tópico amor asillonado y entrevivido; requintaba toda mi comodidad con sus desentregadas maneras de hacerme comebeber sus arcoiris y arrinconaba la poca feliz uniformidad de mi limpieza a golpe de labio, muertebesando las seguridades de mi inocua dejadez.

    Astoria, paloma blanda que se enmelodiaba de contento cuando opinábamos lo mismo (pero ella siempre en más cantidad, con más acendro y más vítor, por supuesto), paseaba enjarciándose toda en cada paso, como moscando los suelos a talón vivo, volviendo la tierra –y mi piel, como un eco- un tremedal asustadísimo.

    Astoria era desenfadante como un buen medicamento antiguo, pero no comprendía nada de valles sin tramontanas ni de palenques, no confiaba en mí, orógrafo sin porfías, de olor mudo antes que sentina, cauto hasta para arracimar deseos, bastión de baluartes. Algo no habrá entendido de este amor con predicciones, pues se huracanó un domingo por la mañana, chasqueó todas mis taxonomías y se ha ido, despejando con su incógnita huida toda la claridad de mis suaves algoritmos.

    Imagino que Astoria, mientras yo ancheo su ausencia con mi casitristeza estupefacta, acigarra canciones por la calle, forneciendo con sus piernas la albedrada imaginación de los mirones, ensartando en cada mirada que le sea dispuesta una ofensa que encuentra acomodo en el recién estrenado acerico de mis cabaleantes dudas, que ella, supongo, hace tiempo que había descubierto.


    (Este texto viene de una ida de olla, como se puede deducir con su sola lectura. La ida de olla es literal pues me asaltó cocinando. Ando en pos del significado de la palabra “astoria” con que tantos hoteles, moteles, hospedajes, trattorias y mesones tienen a bien orlarse por todo el mundo. Buscando por la red me encontré con Oregón y con el Walldorf y con los indios catslop. Y conmigo misma. Me sorprendió que antes de Italia no me inquietase la duda como lo venía haciendo estos últimos días, así que me he dedicado a exorcizarla a mi manera. Ahora, Astoria ya puede significar lo que quiera, para mí está clarísimo lo que es. Si alguien sabe de otros significados, que avise, por favor.)

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    Non posso essere la donna della tua vita...
    Viajar al extranjero aúna, para mí, la imprescindible sensación de dépaysment con esa otra intermitencia, casi peligrosa, muy bernhardiana, de sentirse “entre los lugares”. No podemos sacudirnos las comillas de extranjero, y sin embargo, necesitamos mirar el país que visitamos a través de un levísimo velo hogareño y familiar. Al fin y al cabo, constatar las diferencias es tomar las semejanzas como punto de partida, es aprender a desmirar nuestras ciudades, nuestras costumbres y nuestro modo de andar por la calle.

    Italia es innegablemente, un país mediterráneo, volcado hacia las costas y dado a funcionar a través de un caos ordenado; pero también es un país que se esparce hacia esa Europa más recóndita, más fría, y siempre más lejana a nosotros. Lleno de contradicciones y extremos, en Italia conviven el corte de mangas y la más exquisita delicadeza; la sutileza con que combinan aromas y especias en la cocina se da la mano con el descaro de ciertas chapuzas urbanísticas, políticas y de intendencia; la sobrecogedora solemnidad y el recogimiento absoluto con que algunos templos religiosos o artísticos se ciernen sobre las ciudades no impide el desenfado y la espontaneidad con que los italianos parecen asumir sus siglos de cultura, guerras, desuniones, uniones, batallas con sus mares, pugnas jerárquicas y ciclos artísticos.

    Vertidas sobre el lago di Garda, a pocos kilómetros la una de la otra, Desenzano y Sirmione lavan sus piedras de formas totalmente distintas. La una se encoge sobre sí misma pese al vaivén de veleros, yates y nacionalidades que alegran el paseo marítimo, la otra, junta la belleza de las ruinas romanas con la opulencia sin remordimiento de los grandes palazzi para el veraneo.


    A Bergamo le da por acusar el frío alpino y medieval a través de robustas construcciones que tienen el encanto de la belleza útil. No es posible perderse en Bérgamo, subida y bajada son las dos únicas direcciones que es preciso tener en cuenta para arrancar el secreto de esta hermosa ciudad.

    Verona vive aún sumida en el encantamiento amoroso de Romeo y Giulietta, cuyas casas se han convertido en la principal atracción de la ciudad. Sin embargo, a la entrada de la ciudad vieja se alza, con su pesadumbre de siglos a la intemperie, la arena de Verona, impresionante desde todas las perspectivas que recoge y que ofrece. El río Adigio, uno de los principales de Italia, se esconde a un lado de la ciudad, dejando en una de sus márgenes una vida más recogida, más pueblerina, si se quiere, olvidada del bullicio turístico del centro histórico.

    En Padova, abundan las librerías y el ladrillo, resistente a los fríos y muy acogedor, que va desencadenando un hilo de silencio que termina por conducir al caminante por toda la ciudad. El condotiero Gattamelatta, primera estatua ecuestre que honra a un guerrero, mantiene su lanza amenazante apuntando a San Antonio, suspendido en una hornacina, blanco de piedra y pecados. La ciudad se recoge lentamente, como reovillando ese hilo silencioso y casi parece desaparecer cuando los padovanos terminan sus tareas y paseos.

    Ferrara es un pequeño pueblo, con un castillo cuya grandeza no acaba de armonizar con la actividad de hormiguitas distraídas que parecen llevar sus habitantes. De ladrillo bastante diminuto para aquellos que estamos acostumbrados a los grandes sillares, no impresiona, sino que, casi entristece, desde su señorío de otro tiempo. Otro pueblo chiquito es Cremona, tierra de los mejores violines, con todos sus habitantes lanzados a la calle el Sábado Santo, con cestas llenas de exquisiteces para vestir la Pascua. Il torrazzo parece vigilar las calles y tener sometido al pueblo entero.

    El savoir vivre parece impregnar las calles de Parma, llena de plazas, cafés y heladerías, alfombrada de adoquines que absorben el poco ruido de sus gentes. Muy musical, el buen gusto asoma hasta en las piezas escogidas por los músicos callejeros. Sin embargo, la naturalidad se abre paso entre tanta burguesía y Parma ofrece su burbuja de bienestar y contento, sin alharacas ni orgullos.

    Ravenna acoge grandes mosaicos en el interior de muchos de sus edificios, pero ofrece sus magníficas riquezas casi con humildad. Gala Placidia tiene aquí su cenotafio y su nombre parece haber dado carácter a la ciudad, plácida, silente y melancólica. También aquí tiene su sepulcro el Dante, en un rincón medievalísimo, azotado por una campana que parece también de otro tiempo.

    Bologna es italiana en todas sus calles vertebradas. La ciudad de los soportales vuelca colores burdeos y agranatados en cada calle. Es un hermoso caos que parecen entender muy bien quienes viven allí y se mueven con habilidad por las calles curvilíneas y desparramadas. Respiré los aires que respiró mi shandy y la imagino con sus zapatos enmeigados, sus carpetas amarillas y su nariz ludovica, comprendiendo esa fuerza telúrica de Bologna.

    Milano es una curiosidad, un modo de vida, un entronque de lo europeo con lo italiano, un desafío a los sistemas. La amalgama de tiendas y cafés con terraza desperdigados por anchas calles me recordó mucho a Viena. Y es que, en más de una ocasión, las grandes casas, las contraventanas de tablillas de madera y los colores pasteles y terrosos combinados, me recordaron a Austria. No en vano son países vecinos.

    ¿Y qué decir de Venezia? Venezia es tensa como un arco, en lucha y convivencia permanente con las fuerzas del mar. Un estallido de matices de luz y de colores, una riqueza de perspectivas y tamaños que acaban por marear dulcemente. Lejos del consabido puente de Rialto, de espaldas a la basílica de San Marcos y ajena al incesante río de turistas, en otras fondamentas, se encuentra uno con la ciudad portuaria, llena de ropa tendida a secar, llena de tabernas y olor a pescado frito, llena de lobos de mar que fuman y discuten. Esa parte de Venecia conserva la tosquedad imprescindible de la vida de puerto y la fragilidad casi de paria de aquellos que viven con medio cuerpo en el agua. Aquellos que somos de mar reconocemos en la pálida inestabilidad en las miradas de los venecianos, la morriña de los hombres del Berbés y la dureza de los cuerpos de la Lisboa desatendida.

    El viaje interior emprendido a la par que este errar bajo mandato italiano es más problemático; por lo tanto, este “Espacio sobre Literatura” queda -por seguir marítimos- al pairo. (Que es como decir en stand-by). Es que nos entran todas por sotavento, últimamente. ;-)

    PD: Me excusen las sinausencias no avisadas todo este tiempo, la intermitencia desganada y los silencios sin disculpas. Y la crónica de viajes, que, a lo que se ve, no es género que se me dé muy bien. :-) El título del post viene a cuento de un hermoso grafitti que encontré en Padova. Pueden ver la conclusión de semejante afirmación aquí. Y más fotos del viaje, aquí.

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    Reseña: Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias
    Aunque hay muchos intentos por romper esta regla, leer es básicamente una experiencia lineal. Uno pasa de un párrafo a otro esperando encontrar la continuación del anterior, el efecto de la causa expuesta, la explicación de la frase encriptada, la barba ya crecida de quien, líneas atrás, era sólo un bebé, la acogida alborozada del chiste puesto en boca del gracioso de la novela o la boda de los que se prometieron hace apenas dos páginas. Cierto es nosotros somos los primeros que cultivamos en nuestro fuero interno esta expectativa de que las cosas sucedan en un orden normal, puesto que, cuando pensamos acerca de nuestra vida o la proyectamos hacia el futuro, intentamos seguir un orden lógico y cronológico, tendernos un hilo con el que nuestros Teseos consigan vencer el enmarañado mundo y sus reglas asistemáticas. Pero también es cierto que la escritura es sucesión, no simultaneidad, y por lo tanto, se presta a reflejar esta forma de organización mental.

    Romper con todo eso no es fácil. Aquellos libritos de “Elige tu propia aventura” intentaban fragmentar una historia en diversas posibilidades, la misma Rayuela pretende contar muchas historias en una sola, sin que ninguna sea la principal. El hipertexto, como lo enuncia George Landow, es la culminación de esta ruptura. Sin embargo, seguimos necesitando referencias, puntos de anclaje, puertos en que poder amarrar el barco del lector para no tener la impresión de que vamos a la deriva.

    El realismo mágico también pretendió romper con este orden racional, lógico, cronológico y casi podríamos decir europeo de ver las cosas. Y lo intentan romper desde dentro, demostrando que es posible narrar de otra forma, que la estructura que nos guía y nos determina en nuestra forma de actuar y de apreciar el mundo, es prescindible o sustituible por otra y que no es universal.

    Hombres de maíz siembra una nueva forma de narrar que nada tiene que ver con las estructuras occidentales a las que todos estaban acostumbrados, lectores y escritores. No es que rompa con los mecanismos internos que debe tener una historia para resultar creíble, es decir, no podemos considerar que sea un exabrupto fuera del tiesto de la literatura. No. Miguel Ángel Asturias sabe bien lo que se hace. En vez de ir devanando la madeja de su alborotada historia página a página, a golpe de párrafo, frase a través, Asturias se ha ordenado para desordenarse después, ha recogido los hilos devanados y ha formado de nuevo la maraña, el caos, el desorden múltiple de las historias que se entrecruzan en el tiempo y en el espacio, la desorientación de poner al lector en la misma situación que el personaje. ¡Qué fácil era ir de la mano del omnisciente narrador que nos va enseñando la vida como si fuera un guía en un museo! Miguel Ángel Asturias no suelta en los maizales guatemaltecos y la única ayuda que nos otorga es la que nos pueden brindar personajes ciegos, iracundos, desorientados, enfermos o crédulos; gracias a todo ello, nos obliga a adoptar la perspectiva de estos personajes para sobrevivir en la historia, obliga a que el lector interiorice los modos de ver, sentir y procesar los acontecimientos que tienen estos personajes. No hay otra manera de entrar en el mundo trazado por Asturias. O dejamos el reloj, la seguridad y el recto camino a la entrada, o nos perdemos en la primera hoja.

    Hombres de maíz cuenta la historia de un cacique, Gaspar Ilóm, que trata de evitar la modernización de los procesos de producción del maíz y su comercialización a manos del capitalismo salvaje. Por ello, es envenenado y, aunque sobrevive, luego se suicida al ver cómo han diezmado sus hombres. Pero también nos narra la historia de Chalo Godoy, involucrado en la muerte, y de Machojón, buscando a su hijo entre los maizales que arden; también cuenta la historia de los Zacatones, muertos a manos de los Tecunes. Todas estas muertes no son más que la venganza por la muerte de Gaspar Ilóm.

    La segunda parte la forman tres búsquedas: Goyo Yic, ciego, busca a María Tecún, su mujer, que le ha abandonado; Nicho Aquino, el cartero, también busca a su mujer e Hilario Sacayón busca a Nicho. Es la historia de seres desgajados por completo del mundo, que buscan, ese “tú” al que confrontarse para constatar su propia existencia. Son historias errantes, el lector ha de tomarse el trabajo de deambular con ellos, de recalar en sus mismos puertos, dudar todo el tiempo que los personajes quieran dudar, sentir el dolor de la ceguera de Goyo Yic y creer en la reencarnación en el “nahual”. Es la única manera de que funcione la historia.

    Así contado, tampoco parece que exista mayor dificultad para el lector. Basta con “meterse en la historia”, como se dice popularmente. Pero no. Con Asturias no basta con meterse en la historia, sino que hay que introducirse en el modo de narrar la historia. Párrafos y párrafos se descuelgan unos de otros sin que por ello transcurra un minuto en el acontecer de lo narrado; las visiones diferentes acerca del mismo acontecimiento se superponen sin previo aviso ni indicación de aquello que estamos contemplando; la autoconciencia se mezcla con el paisaje, los acontecimientos se trascienden y las cosas, los paisajes, los utensilios cobran el significado que tienen en los mitos de los indios, sin que se adjunte diccionario para la traducción a nuestra otra forma de comprender el mundo. El libro es de una honradez suma, pues. Miguel Ángel Asturias no puede denunciar un problema desde la perspectiva que lo ha generado, ni es capaz de mostrar la realidad de las creencias y modos de vida de los indios mediante el sencillo gesto de extender el brazo y escribir una descripción lo más objetiva y completa posible. No. Hay que bajarse del inevitable etnocentrismo que supone contemplar el mundo desde una perspectiva determinada, olvidarse de uno mismo, de quién es, de cómo está conformado y convertirse en un indio confuso, desorientado y desgajado durante 350 páginas.

    El abismo que nos separa de la narración y el esfuerzo inmenso que hay que hacer para llegar al otro lado ponen en evidencia una realidad sobre la que no reflexionamos muy a menudo. Normalmente, tendemos a aceptar que somos diferentes de otros, y consideramos que con la aceptación de esta disimilitud ya está todo el trabajo hecho. El esfuerzo por intentar comprender qué dimensión tiene esta diferencia no lo hacemos todos los días. Es más, el esfuerzo mayor que solemos hacer es el de lograr comprender la diferencia desde nuestro cómodo lado del abismo, sin ser capaces de transformarnos totalmente en el otro, asumir su perspectiva, ver nuestro lado del abismo desde el otro y aventurarnos a atisbar todo aquello que, desde nuestro lado, no se ve. Por eso resulta tan extraña esta narración: las comparaciones, el lenguaje, el detenimiento con que los personajes barruntan acerca de ciertas situaciones o sentimientos nos son totalmente ajenos; no ya por el contenido mismo de lo narrado, sino por la forma en que estas cosas son narradas.
    ”El Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertirlo en una masa de frijol negro; goteaba noche de profundidades.”

    Olvidados de la belleza de semejante descripción, cuesta mucho hacerse con una representación mental de lo que está sucediendo en esta frase, incluso cuesta comprender el periodo de tiempo que abarca. Cronos ha dejado de gobernar, rompiendo su reloj en la cabeza de Kairos o de cualquier divinidad maya.

    La comunión y la comunicación con la naturaleza son inevitables en esta narración. La naturaleza, esquiva o amable, salvaje o domada, es otra forma de interpretar el mundo, es un elemento más de la conciencia de estos indios desperdigados en un mundo tan ajeno a nosotros. Los muertos narran su propia muerte a través de su proceso de regreso a la tierra; nosotros los acostamos en ataúdes de madera que encerramos en nichos que sellamos con cemento para no permitirles regresar ni asomar la sombra de su ausencia a nuestra carnal realidad.

    Hilario, uno de los personajes, termina por creer en las leyendas que él mismo ha inventado. Y es que, una vez que las leyendas se erigen en patrones de interpretación del mundo, se tornan realidad, constituyen un nuevo código con el que relacionarse con todo lo demás, transforman a la persona, su percepción, sus nociones acerca de la vida. Y por lo tanto, transforman su lenguaje, los recursos que utiliza para conocerse y conocer, van labrando una identidad nueva y por lo tanto, alejándola de otros.
    ”Pero lo que uno efectivamente está haciendo es recodar; vos recordaste en tu borrachera lo que la memoria de tus antepasados dejó en tu sangre, porque tomá en cuenta que formás parte no de Hilario Sacayón, solamente, sino de todos los Sacayón que ha habido”.

    En todos nosotros late la necesidad de ordenar –abrazándose a unos u otros parámetros- la realidad, y el entorno. Inventado o recordado, la propia interpretación de los acontecimientos no es más que un recurso, un utensilio que, si bien termina por formar parte de nosotros, puede ser distinto en función del contexto. Hombres de maíz habla del modo de conocernos, intenta buscar la esencia misma de lo que somos, se pregunta si las creencias, míticas o religiosas, hincadas en la naturaleza o deducidas de largos tratados filosóficos, son esencialmente parte de nosotros o si nosotros nos volvemos lo que somos al estar sujetos a estos puntos de mira. Son las verdades que se esconden en una mentira. Y también viceversa.
    ”Los espejos son como la conciencia. En ellos se ve uno como es y como no es, porque igual que ante la conciencia, el que se mira a lo profundo del espejo trata de disimular sus fealdades y de arreglárselas para verse bien.”

    Nunca un acto tan cotidiano puso de relieve la magnitud del autoengaño con que nos abalanzamos al mundo y con que nos abrigamos al paraguas de las interpretaciones ya dadas para no tener que encarar el reducto mínimo que somos, de encontrarlo dentro de nosotros, de decidir si nos gusta o no, de aceptarlo o destruirlo.

    Dios, ayuda y un poquito de trampa me ha costado entrar en este universo del maíz significativo, de la muerte sobreviva, de la naturaleza y su lenguaje; la total separación, la casi inconsciencia de la existencia de este particular modo de confundirse con el universo, me iban deslizando página a página sin comprender muy bien ante qué me hallaba, qué se me estaba contando y cómo. Quizás parte de la intención de este libro se resume en esa petición soterrada al lector de esforzarse, de sobreponerse a sí mismo, de aceptar lo ajeno también como real.

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    La fe y la primavera

    Oración

    Tú dijiste que nacimos del barro.
    No con la voz de barro que me diste,
    desde la voz del hombre voy a hablarte:

    "Mira todo mi cuerpo
    clavado entre la tierra,
    hecho para la luna menguante del cadáver,
    hecho para buscar los dones del subsuelo,
    para dejar su sangre
    en la memoria de los hombres solos...

    ¿Y quieres que te sigan
    hombres con voz de barro? "

    Tú dijiste que venimos del polvo.
    con mis violentos labios de hombre hablo,
    (el polvo de otros labios no me deja):

    "Mira todo mi cuerpo
    contento aunque fugaz;
    se le asoman los pájaros al pecho,
    dueño del aire ancho, hecho para la vida;
    hecho para los niños de pálpitos errantes,
    para gozar la música serena de la tierra...

    ¿No amenazo la vida con creerte,
    si despisto mis manos hacia el cielo? "

    Desde estos labios míos,
    barro y polvo, Señor,
    como tú me dijiste;
    desde mi corazón
    harto de polvo y barro,
    yo te digo, Señor, que no te creo.


    (Sólo me duele el escepticismo de la fe cuando escucho el Requiem de Mozart...)

    Prometo volver mañana con mi enjundia de hablar por casa, si mi sentido común se aviene a pagarle el rescate a la primavera. Mis disculpas. :-)

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