logotipo

img_google
Espacio sobre Literatura
Enlaces en ventana nueva
Acerca de
Gnosce te ipsum
Contacta
espaciosobreliteratura@gmail.com
Busca en este Sitio

Busca en el DRAE

Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Para empezar el agosto augusto y lento
    Me escribe Enriqueta:
    “A Lautaro se le han acabado las vacaciones. Hecho que me lo vuelve más humano y mucho menos mitológico. Y además me demuestra que hasta la eternidad es tornadiza. Ya me contarás ahora qué hago, rodeada de Italia, enamorada de un funcionario que quiso ser caballo y con un bikini nuevo. Soy idiota.”


    A lo que Julito Cortázar, embadurnado en otras arenas, le responde:
    “Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua.”


    De donde, por lógica cuántica:
  • Las historias se las reclaman a Enriqueta: enriquetadem@gmail.com

  • Las reseñas, a mí, que para eso empieza agosto. Mañana les cuento la de yagunzos en el Sertón


  • Y, próximamente, el auténtico reto Polanco ¡No se lo pierdan!

    |
    Etiquetas:     
     
    Los hombres de mi vida (II)
    Enriqueta de M. tiene a mal o a bien, sacar de nuevo su catálogo y pintarnos a un tal Lautaro entre la arena:

    Lautaro, el loco en la playa
    Digamos que no tiene comienzo el mar
    empieza donde lo hallas por vez primera
    y te sale al encuentro por todas partes.

    José Emilio Pacheco


    Cuando está Lautaro, la playa no termina ni comienza. Es como el mar de Pacheco, un asalto benigno a la mirada que ya no deja nunca de enormecerse a mi alrededor. Empieza la playa con la sombra futura de la loca carrera de Lautaro y ya no se acaba nunca, ceñida en un rincón de la memoria. Se me crece la playa cuando asisto, diaria, al intento de Lautaro de arrancarle su historia subterránea. Cuando Lautaro está trazando su ritmo por la arena, se esparcen las orillas y el mar no acierta a atajar el eco silvestre de sus pies.

    Lautaro no sabe correr. Corre salvajeando nuestra orilla, arrítmico e incansable, como buscando con furia más arena debajo de la arena. Se va desbarrancando en cada zancada empecinada, avanza animalmente, soberano de su propia torpeza, consiguiendo un equilibrio más bello en la porfía. Su elegancia es bruta e instintiva; sin técnica ni atletismo, Lautaro avanza con toda su fuerza mamífera, por el mero placer de avanzar, de rasparle los límites al suelo, de ir librando su peso de mucho pensamiento. Corre, y ante él se abre el diminuto mar de las orillas, como una posibilidad, como un pozo en que él vertiera su demasiada mente. Corre, y se cierra el mar tras él como una herida inmensa, sin sal, dolor, ni cicatriz. Surge Lautaro cada día, desde un nuevo rincón de la playa y lo siento cada día más desnudo de sí, con más tierra en la entraña y más razón dejada definitivamente atrás. Pasan los días y Lautaro se me vuelve más primitivo, más hombre y menos conciencia y no parece haber otra paz que la de su cuerpo rendido al instinto.

    Lautaro no sabe no correr. No cabe en mi vida más allá de su movimiento a lo Duchamp, de su eterno viaje por la escalera de la playa. Mi Lautaro no existe más allá de la carrera sañuda con que saluda las aguas cada día. El tiempo dorado del mediodía y la brecha de aire en que lo veo, no son más que falacias que me lo quieren brindar más cercano y concreto. Pero yo amo los Lautaros todos, de todos los tiempos, que van acotando la medida del avance con la magnitud natural de sus pasos, sin nombre, ni sistema, ni tabla en que convertir su desigualdad a algún tipo de concepto menos real cuanto más exacto. Sub especie aeternitatis, corre Lautaro por la playa de mis días, y va creciendo en mis sentidos, menos occidentales a cada zancada suya, la forma de otro orden escondido.

    Lautaro no sabe nada de la alegre pendencia con que me acerco, tímida y secreta, al filo de su carrera inusual. Apenas me adivinan sus ojos miel de gato concentrados espontáneamente en su misión. Aunque sé que casi no me detectan en su contorno, no puedo no amar sus dos chispas de oro; sólo quiero, quizás, hurtar por un momento su fijeza, torcerla hacia estas veleidades tan de niña en verano y encontrar el hueco que me incluya en su paisaje. No puedo no amar su cara, hurtada a todo aire por la ráfaga azabachísima de la melena, primitiva y medusa, barroca e italiana. La dureza en su gesto es toda la dulzura del luchador primitivo, que concentra en los ángulos la bárbara oriundez de todos los hombres; por eso, no le quiero una sonrisa a Lautaro el Pertinaz, no le pido un deleite de sus brazos en escorzo, no quiero calidez en su mirada, ni halago, ni descanso, ni favores.

    Yo lo amo a Lautaro, el Obstinado, porque no afloja ni un ápice en la terquedad sin motivos de su carrera, ni se cae en la playa de todos los demás, esclavos del descanso y del chiringuito alegre. Yo lo amo a Lautaro, puramente mujer y nada más, y quisiera entregarle toda la carne inhabitada de mi eslora, sin porqués de semejanzas, ni sentido postrero. No lo amo para desembridar por una vez todas las continencias adquiridas, como quien se cree libre por la ley del pecado. Lo amo tan sólo un paso antes de todo eso, mítica y frutal, y sin mayor perfil que la propia piel deseando. Lo amo sin relojes y en un silencio muy privado, que ya no calla nada, ni esconde lo que pienso. Y es tan alegre este amor sin raíces, ni desvíos, este amor no nacido, que a veces, me lo cruzo a Lautaro, en su loca carrera por la playa, y se me agolpan las risas de soñarlo tan mío en un instante.

    Próxima estación: El amor como bálsamo

    |
    Etiquetas:      
     
    Tintos de Verano
    Mi verano termina el 31 de julio. A partir de entonces, jugaremos de nuevo a progresar adecuadamente, entre libros, apuntes y la inevitable cancurdia universitaria. Quizás también coqueteemos con la bohemia impostada de recluirnos en algún convento. Volveremos, seguro, a las reseñas de lo leído, a las pequeñas reflexiones sobre el hecho literario y seguiremos intentando habitar el mundo lo más poéticamente posible. Mientras tanto, descansaremos un poco (vosotros y yo) de tanta reseña, dejando olvidadas las listas de libros por leer. De aquí a agosto, aparecerá la serie “Los hombres de mi vida”, enviada por una colaboradora anónima, Enriqueta de M., quien, no pudiendo remitirlo al recientemente difunto Babilón Florido, ha tenido a mal o a bien, mandármelo a mí. ¿Literatura o cotilleo? Dejémoslo en unos meros tintos de verano a lo Elvira Lindo. Quédense con Enriqueta y su platónico catálogo.

    Los hombres de mi vida (I)
    ¿Entonces para qué sirve la utopía?
    Para eso, sirve para caminar.
    Eduardo Galeano

    Lejos de las carnalidades cotidianas, de mi beso nocturno en otras frentes y de la amistad casquivana que no sabe conciliar los contrarios, los hombres de mi vida no existen en el ámbito usual de mi contexto. Son, en realidad, una colección de pequeñas utopías labradas en carne y hueso que colaboran, sin saberlo, en despertar gajos de mí que no cuidaba, estrofas variadas de mi ser que habían cedido paso a ese estribillo más sencillo y condensado de “ser apenas como todos me conocen”.

    Algunos no saben que existo; otros me conocieron en la rápida estación de una mirada; para los más, soy sólo una silueta en sus historias, un paréntesis siempre y sólo posible, unos pies refrescando el Egeo, la cerveza que siempre se negaron o una killer sentimental cualquiera, siempre seguida de Yacaré.

    No me importa. Al contrario. Los hombres de mi vida son un batiburrillo alegre de espejos en que me permito refrendar mi prismática primera persona del singular, con toda su carga casimposible de plurales. Ajenos a mí, los hombres de mi vida no me exigen la premisa rotunda de mi alegría, el cascabeleo simpático de mi mediamelena indómita o la sinceridad exacerbada que convierte el amor apasionado en un decálogo de huera convivencia.

    Los hay que me destrenzan un deseo totalmente atávico e incomprensible desde la cauta atalaya de un cartesianismo que me quiere proteger. Despierto al ansia de su presencia inmotivada desde una esquina de mí misma. Enriqueta carnal y primitiva, devoradora de manzanas, ricas como pecados, dulces como posibilidades, secretas como mi sueño a fondo perdido de ir acariciando prohibiciones.

    Otros me envuelven en las gasas de su ternura, me abren la enorme rebotica de sus atenciones, sin pensar que, con ello, se invitan a un sueño que no atisbarán jamás; me van rindiendo lentamente, me dejan hecha una marioneta feliz, Enriqueta, muñeca de cualquier casa, que todo lo quiere en agasajos y caricias, embriagada del veneno dulzón que, medido en adarmes, por su pequeñez todo lo cura.

    Algunos me lo esconden todo tras unas gafas de sol y otra historia de demasiado amor y demasiada riada de obstáculos rendidos. Yo, Enriqueta casera entonces, les brindo el escondite sosegado de mi amor de cuarentona a los tiernos veintiséis que ya no quieren más locuras. Se pierden mis montaraces rebeldías en un parco cariño, sin demasiado amor ni demasiado poco. Tremebunda en mi rutina de amor sin contrapelo, la grandeza brutal de sus otras historias me conquistan, Enriqueta, isla tan tranquila sin su paraíso.

    Los amo a brazo partido, en torno a la estufa helada de la utopía. Correspondo, como un perro comprometido y fiel, al falso amor que me sugiere su mero encontronazo con mi vida. No puedo quererlos más allá del camino, Ítacas inconscientes de mis días, ni exigirles balance, pago y contrarréplica de mi pasión sin billete de regreso; no los quiero amándome de veras, en la canción, tantas veces cantada, de los ramos de rosas y la rutina del sexo como una espina que torcer fuera de los horarios de oficina. Los amo con toda la desesperación y la tozudez que no me caben en la agenda, con todo el agrado con que se escuchan las mentiras bien contadas, con todo el empeño que se pone en las empresas que nunca serán nuestras, con todo el placer de amar sin coordenadas. Me acerco dos pasos y los hombres de mi vida se alejan dos pasos; no saben nada de mis declaraciones de amor platónicas y entre tanto silencio, el horizonte se mueve, bailable y perfecto, a golpe de amores imposibles.

    Próxima estación: Lautaro, el loco en la playa.

    |
     
    Indecisiones veraniegas
    En ocasiones, tomar una decisión no es más que elegir la puerta a la que se quiere llamar; una vez dado el aldabonazo pertinente, no queda más que esperar a que alguien se avenga a abrir. Supongo que el mejor modo de esperar es dejar de hacerlo, impedir que nos soliviante la incertidumbre, asentarse en la espera como en una estación términi e ir cediendo al secreto gusto de vivir unos días a fondo perdido, sin por qué ni a dónde que diría el otro.

    En ello estoy, sin más futuro imperfecto que el que otros decidan por mí, dejando que las manchas se me coman la ropa, brindando a cada trago por el trago siguiente. No tener rumbo ni rutina asusta a veces, cuando el día se hilvana como una sucesión monocorde de cosas que no suceden. Pero detrás de todo ello se esconde el inevitable momento futuro de volver al foso, izar la mirada y tocar otra vez, Sam obediente as usual, la dulcísima canción de las costumbres.

    Mientras tanto, el señor Carlos Manzano ha tenido a bien publicar mi reseña de El astillero en su revista electrónica “Narrativas”. Gracias.

    Seguiremos leyendo, reseñando y escribiendo fuera del tiesto. Felices vacaciones.

    |
     
    Reseña: "Estos poetas son míos", de Mario Benedetti
    Uno de los editores de Bartleby (preferiría no tener que decir su nombre ;-) me hizo llegar hace unos meses el libro Estos poetas son míos, de Mario Benedetti. Lo cierto es que las pretensiones de no salvarse de Benedetti y sus extemporáneas piedritas en la ventana de mis cotidianeidades nunca me agradaron. Demasiado cúrsil yo, necesito una poesía que me desbrave las ternezas exageradas, que irrumpa con casi dolor en mis ensoñaciones. La poesía de Benedetti siempre me asalta con demasiada obviedad, fácilmente, como un cheque en blanco a cualquier portador. Me resulta demasiado halagüeña. El único poema suyo que adoro es aquel viceversa jodido y contento, e incluso esa adoración es más sentimental que poética.

    Quizás por todo esto valoro aún más la sorpresa que me depararon estos pequeños ensayos sobre otros poetas, pues Benedetti fue, con su prosa aventurera y espontánea, torciendo mi escepticismo y constatando que Mario concibe la poesía como ya la concibo, valora en ella lo que yo valoro y se encandila con los versos con que yo me encandilo. Además de eso, me ha descubierto poetas escondidos a los que yo no me había acercado. Y defiende algunos poetas que también son míos, con una lucidez mucho más poética que sentimental.

    Estos poetas son míos no deja de ser una invitación al compendio de poetas sobre los que Benedetti habla; por lo tanto, hay que ver el librito como una antología, en la que Benedetti ha ido coleccionando los poetas que le son más queridos, omitiendo otros que le son menos o que han ido encontrando de otro modo su lugar en el Parnaso. Antologar es aplicar un ojo y un criterio a la infinita materia sobre la que se opera y, por lo tanto, supone dejar impresa esa mirada crítica en la selección que resulta. La antología se firma con el nombre de los integrantes y con el metanombre del integrador. Es un esfuerzo inmenso pero de acotación, es un intento de darle particularidad a una informe generalidad. Las acotaciones, las selecciones, lo incluido y lo omitido, podrían correr en otra dirección, dependiendo del ojo y del criterio. Una antología dice también todo lo que no dice y nunca debería ser considerada más que como una posibilidad. En este sentido, Benedetti es tremendamente honrado, pues dedica el último artículo de su antología de artículos a “El olimpo de las antologías”. Y lo comienza admitiendo que “todas las antologías son objetables”. Claro que no se trata de un artículo escrito por Benedetti para justificar la selección de textos que conforman este librito (la selección de estos artículos no fue hecha por Benedetti, sino por los editores, rastreando cuarenta y dos años de artículos del uruguayo), pero su inclusión nos congracia nuevamente con todo lo expuesto en el libro por Benedetti, así como con la pretensión de construir el libro que tenemos entre manos.

    El primer artículo, “Rasgos y riesgo de la actual poesía latinoamericana” supone el otro lado del péndulo que hace oscilar al libro. Escrito en 1989, reflexiona acerca de las vertientes de la poesía latinoamericana y nos va trazando el mapa que luego poblarán los poetas de los próximos artículos. Si el último artículo supone un catálogo de las omisiones, el primero constituye una justificación de las inclusiones, así como una búsqueda de la generalidad subyacente a tanto verso perdido entre el Pacífico y el Atlántico. Además, este artículo le sirve a Benedetti para acercarnos a su modo de ver la poesía, que él concibe como “el género de la sinceridad última, irreversible” y de la que dice:
    “La poesía es el centro, el crisol, el espacio mágico en el que se produce la literatura verdadera, aunque nadie parezca enterarse de ello.”

    Por supuesto, Mario Benedetti no podía eludir la cuestión de la poesía comprometida. Y sin embargo, defiende que el primer compromiso de la poesía es “con la poesía en sí”. Y es que los poetas son, ante todo, seres que están atentos al mundo y que luego, con el alambique del lenguaje, lo estiran, lo destrozan, lo destilan, lo separan, y crean un mundo nuevo, poesía a través, a medida de la mano que lo ofrece.

    Continúa el libro abriendo almenas en el castillo inabordable de la poesía latinoamericana. Ante esta variadísima panoplia de autores, Benedetti va desempolvando criterios y versiones, dando lustre a versos olvidados o reivindicando la belleza de los versos que trae de la mano. Quizás existe una tendencia en todos los artículos a sacar a la luz el compromiso, explícito o más soterrado, que hay en todos los poetas escogidos por Benedetti. Pero en casi todas las ocasiones, esta búsqueda resulta acertada y el proceso de reflexión que la acompaña, delicioso. Al tratar de buscar algo más que un feísmo feroz en los antipoemas de Nicanor Parra, Benedetti se apoya en la propia concepción de Parra de su particular género, que conllevará un “nuevo amanecer poético”. Ante la decadencia del mundo, el mismo hecho de mirarlo sin descanso, la propia contemplación se convierte en un “implacable y comprometido hábito”.

    A continuación, Benedetti aborda la poesía de Juan Gelman, una vastísima obra, donde el poeta uruguayo intentará encontrar unidad e hilvanes que la hacen propia de su autor. Entre estas delicadezas se halla la tristeza, mencionada al comienzo “para no mencionarla” y que va calando en los libros de Gelman como una terca gota de lluvia solitaria.

    Sobre Pacheco, Benedetti se halla ante una gran contradicción: siendo una poesía de “lenguaje diáfano, de fácil captación, sin léxico rebuscado”, es, sin embargo, una poesía que deja mucho espacio a la interpretación. Una poesía de puertas abiertas. En este artículo, descubre Benedetti la vecindad pasmosa entre los conceptos usados por Pacheco, y el asombroso proceso de vida y extinción que está en el subsuelo de muchos de sus poemas.

    “Cortázar by night” es un canto maravilloso y nocturno al libro Salvo el crepúsculo, único compendio de poesía editado por Cortázar. La noche es, en Cortázar, el limo en el que hay que revolcarse para poder limpiarse y curarse durante el día. Es el ámbito en el le van creciendo los personajes y situaciones a Cortázar, que, al final, le toman la mano y se instalan en las cuartillas. Ya decía el propio Cortázar que “durmiendo se trabaja mejor”. Y Benedetti lo entiende a la perfección y lo desnuda en una frase breve y diáfana:
    “La vida diurna nutre los sueños, pero es de éstos que surgen las criaturas diurnas, los personajes.”

    Sigue una exploración concienzuda por la poesía de Claribel Alegría, “huésped de su tiempo”, o de Fernández Moreno, “poeta entre dos nostalgias” cuya mirada “descubre e inaugura”, o de Rubén Bareiro, el hombre de los dos exilios. Del talento de Circe Maia dice que logra “que las palabras comunes describan sensaciones nada comunes”.

    Estos poetas son míos es un paseo esforzado por algunas de las cumbres no conquistadas de la poesía latinoamericana. Benedetti sabe aferrarse a los versos de los autores que comenta como a los piolets que mejor le permitirán llegar al fondo de lo leído. Gracias a esta excursión variada y divergente, conocemos más y mejor a algunos poetas y nos adentramos en el Benedetti lector que, al final, busca lo mismo que nosotros en los poetas, una “sinceridad última e irreversible”, que deje flotando en el aire una verdad aprehendida por tantas pieles diferentes.

    PD. El título del libro está tomado de un versito de Carlos Drummond de Andrade, de este magnífico poema.

    |
     
    Leyendo en París
    Con toda la vida a medio hacer, me cogí una maleta y me fui a París unos pocos días. Casi tan larga como la estancia lo fue el trayecto, en un desconcierto de trenes que, con su sosegado paso “entre los lugares”, me fueron alejando del tráfago inútil de lo cotidiano. Llegué a Barcelona, con pocas palabras ya, una tarde cualquiera del laborioso verano. Algún café, un helado en que derretir todos los mares que me habían ardido en la butaca del vagón turista, y una espera anhelante en la estación de França, me fueron desperezando el interés en el desarraigo y el empeño en quitarme de encima, caracol paradójico yo, todos los falsos hogares.

    La noche en coche cama. La posesión efímera pero pertinaz de un metro cuadrado de ningún lugar sin más porqué que el viaje. La magia de las paradas de madrugada a mil kilómetros de todas partes y el efecto curativo del babel ferroviario, convirtiendo todas las cosas en pasado, por muy presentes que estén. Huir, pero, ¿a dónde? No queda más lugar para el exilio que la angostura feroz de tener que agarrarme a mí misma para no perderme en un vagón que, a medida que se aleja de cualquier lugar, comienza a parecerse a un espejo. Y sueño con canciones bajo sábanas prestadas.

    Sorprendemos la mañana en la Gare d’Austerlitz. La niebla o el smog nos esconden las rivières. Rue des écoles. Las mejores librerías de París rodean La Sorbonne. Un paseo casi en línea recta que va llenando el bolso de lecturas y sigue vaciando, imperceptiblemente, el alma de todo lo que no importa. Mi casa es un asilo donde me amontono y amontono mis cosas. Les jardins du Luxembourg son un hogar que me devuelve, dueña del tiempo que está por venir, a un lugar entre los lugares donde nunca existió el cansancio. Ya no hay conciencia de las sillas vacías, el futuro se adelgaza y, lejos de la incontenible angustia de las tareas por hacer, se agota en el próximo café, al fondo de una taza sin fondo.

    La tarde es un obligatorio paseo por L’île de France, con la tranquilidad y la perspectiva de visitar lo déjà vu. Les bouquinistes de La Seine también parecen haber escapado del tiempo. El descarnado tráfico sur Le pont des arts me revela que no hace falta ser la Maga para romper la taza de los años. París es una fortaleza de edificios con obligaciones y de danzas turísticas o laborales. Hay, en esta zambullida espontánea en otros lugares a los que, inevitablemente, no pertenezco, la tranquilidad rassurante de no ser decisivo por unos días. Es quizás el sosiego de diluir las responsabilidades en las fuentes de Les Tuileries, se me van cayendo los hilvanes que me sujetan al calendario y caminando de vuelta al barrio alquilado por tres días damos rodeos que nunca nos podemos permitir, sin urgencias, sin palabras, sin oponentes.

    L’opéra Garnier, los cafés más caros del mundo, los parisinos comerciantes de Montorgueil, la salva extenuante de noticias, anuncios y promociones que no pueden reclamar mi atención. Voy de paso, con una taza rota y las manchas de un año extraño que me estropean el pudor ya no me preocupan. París, más mío que nunca, desde el Pompidou. “Somos romeros que el camino andamos” y terminan los días, naturalmente, leyendo en los Jardines de Luxemburgo y bebiendo cerveza a un precio que no deja lugar al compromiso cerca del Pantheon.

    Las horas avant de partir siempre parecen un entretenimiento hasta que el silbato del jefe de estación nos devuelve al camino. Para evitarlo, están los jardines del museo Rodin y la librería Gallimard, en el Boulevard Raspail. De allí, al París tópico. Nos metemos en Montmatre, y voy perfumándome con la sorpresa de tantos turistas que buscan a Amélie y a Aznavour en las postales soleadas. Sueños de todo a un euro porque un sueño es todo lo que un americano puede comprar en París. Hay en Montmatre una crepería que fue típica hace tiempo y ahora simplemente, decae sin fin en una esquina pintada de sucio rojo prostibular. Me alivia encontrarla igual que siempre, como un mojón de mi pequeña historia con minúsculas. Y aún queda tiempo, antes de volver a la Gare d’Austerlitz para una nueva lectura en los mismos jardines, que ya parecen conocernos. Al filo de la última palabra de Bonjour Tristesse, va terminando nuestra estancia en París. Fuera de toda palabra, demasiado vuelta hacia esa realidad intermitente del extranjero, llego de nuevo a Barcelona y todo es tan grande, que no quiero para mí más que ese metro cuadrado de fugaz posesión en un tren nocturno que no pare jamás en mi estación.


    Lecturas para un viaje entre los lugares:
    Puedo escribir los versos más tristes esta noche, de Félix Grande. Leído en el tren de Madrid a Barcelona.
    Arde el mar, de Pere Gimferrer. Leído en las esperas de un café de Barcelona.
    Cosmétique de l’ennemi, de Amélie Nothomb. Leído en los jardines de Luxemburgo y en el atardecer de Las Tullerías.
    La grammarie est une chanson douce, de Erik Orsenna. Leído en los jardines de Luxemburgo y en un café de Montorgueil, esperando la comida.
    Bonjour tristesse, de Françoise Sagan. Leído en un café de Montmatre y en los jardines de Luxemburgo.
    Comme un roman, de Daniel Pennac. (Re)leído en la litera camino de Barcelona.
    Los ríos profundos, de José María Arguedas. Leído intermitentemente antes de dormir, París a través.

    Esta crónica nebulosa tiene muchas sombras de mi hermana, que hartita del corte francés de moda en sus tiempos, se peina y vive como quiere, y calla y lee en París mezclando su silencio con el mío.

    PD. Más fotos del viaje aquí

    |