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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
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    Reseña: Rua, de Miguel Torga y Suicidios Ejemplares, de Enrique Vila-Matas
    Lo cierto es que el relato, el cuento, la narración breve, ultrabreve o hiperbreve no son santos de mi completa devoción. No suelo leer un libro de relatos, sino más bien, cuentos sueltos que se han desgajado de algún lado y han venido a coquetear conmigo fuera del ámbito de ese cuento más largo, cuento de los cuentos. Me gusta toparme con el ajolot de Cortázar buceando solitariamente por alguna pagina web. Adoro subir y bajar el pozo de Ricardo Güiraldes ennegreciendo cuatro fotocopias; quiero hacer siempre una parada en Medardo Fraile rápida y delgada. Incluso los tigres de Borges se me antojan más fieros si no vienen rodeados de laberintos, alephs y vidas paralelas requetecrónicas.

    Y sin embargo, durante las inesperadas vacaciones de septiembre, he acabado leyendo, casi sucesivamente, dos libros de relatos, muy distintos, eso sí. Rua de Miguel Torga es un conjunto de relatos del portugués en el que cada historia es una puntada más dentro de un hermoso tapiz sobre “lo que acontece en la rúa”. Suicidios ejemplares, del mórbido Vila-Matas, es más bien lo contrario, una suerte de variaciones Goldberg acerca del suicidio. Leer todos los relatos de Torga deslavazados y caóticos, como ventanas a calles distintas, no es lo mismo que leer Rua, un retrato lírico y con múltiples perspectivas mínimas sobre Coimbra y sus habitantes. Leer todas las maneras de suicidarse que propone mi querido y doméstico Belcebú de las letras en distintas ocasiones, como eligiendo un suicidio que case bien con cada vestido de fiesta, resulta casi igual que leer de corrido Suicidios ejemplares.

    Rua es un paseo por Coimbra. De la mano de un autor in fabula y de un siempre idéntico a sí mismo narrador (todo esto por no atentar contra los teóricos de la narrativa y hablar, simplemente, de Miguel Torga, Adolfo Correia da Rocha), vamos entrando en una empresa cualquiera y en el íntimo conflicto de uno de sus empleados. A continuación, esperamos ansiosamente la llegada de una carta en el jardín febril de una moza de pocos años; volamos hacia una barbería llena de nostalgias lisboetas; intentamos salir de la cama para ir a dar una vuelta al negocio del señor Teixeirinha, recientemente recuperado de una grave enfermedad; vamos a pasar visita con el doctor, nos jubilamos, vendemos productos charlataneramente o escuchamos la terrible historia de una mujer con demasiado pasado.

    Y siempre, como un guía silente, se alza la narración en tercera persona del singular. El narrador omnisciente, o casisciente o neutro, que con un gesto de la mano, despliega ante nosotros la escena en cuestión es uno de los elementos que iguala todos los relatos, que nos hace abordarlos desde la misma perspectiva, desde el mismo sillón narrativo e itinerante que nos va paseando por Coimbra y contándonos, en cada escaparate, en cada tumba, en cada comedor pobre, la historia de Teixeirinha, Leonor Viajada o Joaquim Pinto da Coinceição. Obviamente, todas las historias son diferentes, los acontecimientos son distintos, la forma de aceptarlos de los personajes, también, amén de su lenguaje, sus preocupaciones y sus ganas de vivir. Son burbujitas en el hervidero de la ciudad.

    Son temas muy diferentes, sosegados con la semejanza del modo de narrar y de la presentación de la historia. Conflictos de pares de personajes, contraposiciones de modos de pensar, formas distintas de abordar un recuerdo, enfrentamientos de un emisor con uno (o muchos) interlocutores... Al final, se comprueba que la esencia última de los relatos de Rua es la misma. Una voz que se alza en medio del escenario de la ciudad y otra voz que se le interpone, que la acompaña o que guarda el silencio del interlocutor. Eso es lo maravilloso de este libro. El paseo por las aceras, siempre similares, que no nos dejan olvidarnos de que estamos en la misma ciudad, con personas que comparten un ramillete de características, pero que son diferentes y están desunidas por muchas cosas también. Sólo al terminar el libro tenemos la sensación de haber dado un “belo passeio” por la Coimbra que quiso ver, vivir y escribir Miguel Torga.

    La ciudad apenas se retrata descriptivamente. Su atmósfera nos va acogiendo poco a poco, a través de la forma que tienen los personajes de verla, sentirla y vivirla. Cuatro referencias dispersas a algunas calles. El denodado esfuerzo de algún personaje por subir las “quebra-costas”, el recuerdo de alguna buhardilla habitada en otro tiempo o la forma en que la ciudad y su sentido han invadido el carácter de los personajes son los recursos utilizados para presentarnos esta Coimbra, tan de Miguel Torga, tan de Teixeirinha y Leonor, y al final, tan nuestra:
    ”As ruas de S. Francisco, os automóveis, os café, e tudo o que fizera parte da sua pessoa durante anos, morrera diante das três pancadas gratuidas que deu no fim de pregar no primeiro prego.”

    “Morava na Travessa dos Lóios, onge da esquadra, que ficaba no centro da cidade, ao lado da Cámara. Um quilómetro, mais ou menos, que costumava percorrer como o seu passo leve, discreto, de homem que na própria sola dos sapatos trazia a lei.”

    Esta forma tan íntima de enseñarnos el exterior, resulta de un lirismo cotidiano, mínimo, diario, gentil sin ser meramente decorativo y sencillo sin parecer obvio. El paseo final por Coimbra resulta igualmente íntimo y cotidiano y un tanto enneblinado , como si, realmente, hubiésemos pasado en esta ciudad el tiempo fronterizo de alguna vigilia mal recordada.

    Suicidios ejemplares es también un paseo. Pero un paseo de distinta índole. Se trata, más bien de un recorrido por una galería de modus suicidandi, delimitado y con enormes variaciones. El tema esencial es el suicidio (como en Miguel Torga es Coimbra), y sin embargo, cada relato de este libro puede ser considerado estanco, puede verse como un cuadro en una sala que no conoce más límites que su propio marco. No necesita del siguiente ni del anterior para elevarse en toda su gracia, en toda su fastuosidad entusiasta. Lo que Vila-Matas propone es
    “Viajar, perder suicidios; perderlos todos. Viajar hasta que se agoten en el libro las nobles opciones de muerte que existen.”

    Si el primer suicidio es una “Muerte por Saudade” muy a la portuguesa, narrada en primera persona, a través de un laberinto de retrospectivas, la segunda le sobreviene a un tal Brandy Mostaza, actor de éxito, que por culpa de su escasez de grasa se volvió pobre y está teñida de humorismo, ironía y sobrenaturalidad graciosamente asumida. Sólo en el do de pecho del suicidio se parece a la anterior. “Rosa Schwarzer vuelve a la vida” es un suicidio místico, fronterizo entre la imaginación y la realidad, narrado cosiendo la frontera entre la primera y la tercera persona, a puntada de recuerdos. Suicidio de la cotidianeidad, para nada relacionado con el suicidio lírico del primer relato ni el irónico de suicidarse casi con una sonrisa del segundo.

    Ni siquiera todos los suicidios son literales. También los hay literarios, como el del escritor en “El arte de desaparecer”, que escribe pero no publica:
    ”Yo más bien he huido siempre del menor riesgo, y es por eso que tal vez nunca me decidí a publicar, a correr ese peligro infinito de una aventura literaria que presentía que podía contener no sé qué simientes de una peripecia realmente siniestra.”

    Tenemos también el suicidio moral de “Las noches del Iris Negro”, muy estoico, muy de Koestler, muy de mi tío abuelo Modesto, que por no querer vivir mal, buscan el bien morir de la propia mano. Una historia llena de misterio y magnetismo y una preocupación ética en torno al hecho de darse muerte. Y es que en la protagonista de este relato hay “una profunda y admirable serenidad, como si sospechara que lo más importante, tal vez lo único que realmente cuenta en la vida, sea prepararse para morir con dignidad”.

    Escritores, sobrinas enamoradas, investigadoras audaces, viejas viudas cornudas son parte de esta galería un tanto exagerada de vidas suicidas, son testimonios de la posibilidad de suicidarse. Sin embargo, cada personaje se alza con su voz, decide por encima de Vila-Matas si quiere contar su historia él mismo, a través de una carta, o si prefiera dejar que sea el loco Enrique quien la cuente por él. Los motivos, las actitudes, los recuerdos, las necesidades, son tremendamente diferentes, y así, la galería, aunque no resulta inconexa, pues el hilo avasallador de la muerte ata todos los retratos, sí que está formada por retratos más autónomos, relatillos que han salido de la pluma de Enrique en distintas ocasiones, con distintos ánimos y con diferentes intenciones.

    Son, pues, dos conjuntos de relatos bien distintos. No sólo por el tema. La forma de concebir el libro, de orquestar cada personaje como un solo o como parte de la partitura final, también distingue el modo de hacer de estos dos autores. Y ambos paseos, el lento y contumaz de hormiga por Coimbra, y el errático y saltimbanesco de inquieto por la muerte, son dos calles realmente apasionantes del laberinto de la literatura.

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    Limpiar, Fijar, dar Esplendor... y Cronificar
    Hace poco me vi súbitamente rodeada de la palabra "cronificar" en frases como "Comportamientos que se pueden cronificar" o "un individuo que corre el riesgo de cronificar su enfermedad". La segunda vez no la entendí. Me supuse que quería decir "convertirse o hacerse algo crónico" y que estaría formada como sus compañeras "solidificar" o "momificar", es decir añadiendo el sufijio "(i)ficar". Todas ellas suposiciones gramaticalmente estupendas, pero que tenía que desechar al cubo de la incerteza. Necesitaba orden y sanción para mi nuevo palabro que, por otra parte, se me antojaba realmente horroroso.

    Pero el libro gordo te enseña. Y lo que no está incluido en el libro gordo te lo enseñan los académicos. Nuestra bendita RAE tiene un departamento de "Español al día", que es como la zona Fitness del gimnasio lingüístico de la academia. Y he aquí lo que cordialmente me contestaron:
    " Cronificar(se), 'hacer(se) crónico algo, especialmente una enfermedad', es un término correctamente formado y muy empleado en el ámbito médico, como puede comprobarse en los textos de nuestros bancos de datos: «Pensamos que padecía una depresión reactiva cronificada , y como tal iniciamos el tratamiento, con grandes esperanzas de recuperarlo» (Luca de Tena, T. Los renglones torcidos de Dios [Esp. 79]); «Esta evolución de un shock séptico cronificado se puede apreciar en el porcentaje elevado de pacientes que no responden a la sustitución artificial de los órganos que fracasan» (Benito Vales, S.; Net Castel, A.; Quintana Tort-Martorell, E. Infección en el paciente grave [Esp. 88]).

    Está formado por el adjetivo crónico más -ficar:
    -ficar.(Del -ficāre, de la raíz de facĕre, hacer).1. elem. compos. Forma verbos, que significan 'hacer, convertir en, producir'. Petrificar, codificar. (DRAE 2001)

    Ya lo trae el Diccionario del español actual de M. Seco y está prevista su incorporación, como tecnicismo a la próxima edición del DRAE."


    Muchísimas gracias, señores Académicos, señores Becarios, señoras Limpiadoras de la Lengua, señores Sillones Alfabéticos. Ahora me queda clarísimo. Y sin embargo... me gusta más pensar que "cronificar" significa "convertirse en tiempo". ¿Se imaginan? Javier Marías se levantó de su recién adjudicado sillón y se cronificó, desapareciendo por la esfera del reloj de la pared.

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    Reseña: La viuda blanca y negra, de Ramón Gómez de la Serna
    Confieso que nunca había leído una novela de Ramón. Ni una obra de teatro. Ni un cuentecillo lírico, ni una “novella”. No había pasado de sumar humorismo más metáfora en sus greguerías. En algunas, los sumandos arrojaban un saldo tan banal que el esfuerzo de la suma no parecía compensado. En otras, ciertos hallazgos me hacían querer saber más del barro que las alimentaba.

    La viuda blanca y negra es humorismo, metáfora y greguería, mínimo común múltiplo de Ramón. Y sin embargo, da la impresión de ser una novela estirada hasta el infinito, o un relatillo eterno, que el propio Ramón fue paladeando, capítulo a capítulo como un caramelo interminable. En vez de parecer un hermoso parque nocturno iluminado, los hechos, las situaciones, las greguerías intercaladas y los hallazgos lingüísticos de Ramón brillan como bombillas desperdigadas, que van atrayendo el mosquito errático de nuestra curiosidad pero que resultan tan cegadoras que no nos permiten tomar la distancia suficiente como para admirar el adorno que constituyen en conjunto.

    No se trata de una novela deslavazada y caótica en la que los acontecimientos se van amontonando contra el horror vacuii y acaban por desbordar el espacio del género literario que las acoge. Tampoco se trata de una novela íntima y lírica en la que parece que los ejes narrativos aherrojan un poema inconsciente. No, el problemita (si lo hay) de esta novela es el de adecuación al género. Un envoltorio que quizás le viene demasiado grande a un paseo llano entre los dos polos con que se miran las cosas. O quizás, el batiburrillo de sensaciones que se nos quiere transmitir es tan enorme y, fuera de Ramón, inconexo. Madrid, el amor, la muerte, el a través del espejo, París, la viudez, el encanto a la moda, la soledad, las flores mustias... Demasiados temas para hender en todos ellos a la vez el estilete de la prosa más conquistadora sin que surja la machaconería típica de la prosa que recubre la verdad y no la desvela.

    En cualquier caso, esta novela, que tiene mucho de scherzo, de rápido encanto a los sentidos lectores, aparece con aires de sinfonía, con una distribución lenta en capítulos que, a fuerza de querer formar parte de una novela, se extienden y demoran alargando el relato, el verano madrileño y el otoño parisino más allá de lo que el lector necesita para apreciarlos.

    La novela comienza con el súbito enamoramiento, casi sin causa ni aparente ni real, como un juego, como un amor totalmente scherzante, de Rodrigo. Éste se enamora de una viuda, Cristina, en la que se enlazan y contrastan la inusitada blancura de su cuerpo contra el rígido negro de su viudez.
    ”Es usted la viuda blanca y negra... Yo la llamaría siempre la viuda blanca y negra... A otras viudas se les come el luto... A usted la exalta, la da claridad, la hace resplandecer.”

    Este es el secreto de toda la novela. La exaltada contraposición de la blancura frente a la oscuridad del luto. Y todo ello, conjugado como en un crisol, en la persona de Cristina, donde se dan cinta las dicotomías todas con las que, desde la Patrística y más atrás, venimos organizando el mundo. La viuda blanca y negra, es verdadera y falsa, es pura y perversa, se acuesta amorosa y se levanta odiando y enfrenta su vida contra esa otra muerte albergada en la negrura de su vestido.

    Pero todas estas contraposiciones no están aisladas. Existe un vaivén dulce y peligroso, como el de un paquebote por el Cantábrico, que nos hace sentirnos más cerca de la blancura o del desdén, del amor o de la muerte. Vamos balanceándonos de uno a otro extremo sin ser muy conscientes de este baile, sin saber si al final el péndulo se parará en el extremo que no deseamos, o si, por el contrario, acabará deteniéndose en un equilibrado y grisáceo medio. El camino de Rodrigo es el de ese péndulo, moviéndose a la vez en dos direcciones que se contradicen. Va del amor a la muerte, pasando por la desconfianza, la sospecha, las concesiones y la desidia. Y por otro lado, va de la muerte enlutada de la viuda hacia su blancura, hacia su amor deshojado como un animal doméstico en su propia cama, intentando devolverla a una vida que ella ha rechazado.
    ” Se daba cuenta de lo serio que era el lío en que se había metido y todos los días en su casa pensaba trémulo y cabizbajo en aquella mujer, de la que conocía el secreto dibujo de su desdunez, y que, sin embargo, era tan incógnita para él.”

    Nosotros sólo asistimos al somero balanceo, poco sabemos acerca de la transfiguración total del personaje a través de semejante viaje tan lineal y tan profundo. Quizás sólo unos adarmes de tristeza separan al primer Rodrigo del último, el ensombrecido, el Rodrigo enlutado para todo el resto de su poca vida. Quizás hay un poco de incoherencia entre esa enrrutinada narración de un enrrutinado amor y su efecto tan aniquilador.

    Pero hay una pregunta que le surge al espectador más allá de toda esta armazón construida a base de hallar el antómino del sentimiento de partida. Es una pregunta que va más allá de la alquimia que parece regir las dicotomías, que busca el cabo de donde proviene semejante ovillo de sentimientos. ¿Por qué la viuda blanca y negra? ¿Por qué se conjugan en ella todos los sentimientos, qué peculiaridad la convierte en el vértice en el que desembocan todas las líneas de lo expresado? ¿Por qué a ella la exalta el luto mientras que a las otras viudas no? Et bien, esta es la pregunta que arroja la verdadera luz sobre la trama. Una viuda será negra, estará asentada significativamente en su luto si éste está respaldado por una muerte. Y una viuda, por el contrario, será blanca si no tiene esa muerte amarrada al vestido. Y eso es lo que le pasa a Cristina. Es la viuda blanca y negra, la viuda con muerto y sin muerto, la viuda verdadera y falsa. Guarda el luto por un hombre, la viuda negra, por un hombre que no ha muerto, la viuda blanca; miente con todo su luto enmascarando la verdad, la viuda negra, pero su piel delata la verdad sobre su estado, la viuda blanca.

    La novela va invirtiendo el orden de los valores, de la importancia de la vida y la muerte, como una rueda de inexorable giro, pero de tendencia vacilante. Rodrigo, Sísifo encadenado a esta rueda, no hace más que intentar detener su rodar, y sin embargo, lo único que consigue es ir muriendo cada vez más, víctima de la viuda blanca, hasta que su muerte total a los ojos de ella lo convierte en un “viudo de sí mismo”.

    Trazada en torno a dos personajes bien presentes, uno de ellos de intermitencias blancas y negras, y otro que va cobrando el oscuro color de la muerte, el único personaje que no se ve afectado por toda esta danza de colores que se destiñen unos a otros, es el personaje ausente, aquel por el que se guarda luto y que, sin quererlo, es el protagonista verdadero de la obra, la causa desencadenante del amor de Rodrigo por la viuda, de la viudez bicolor de Cristina, y al final, de la devastación total de Rodrigo.

    Y todo este viaje inevitable hacia la parte más sombría del amor, la que lo conecta con la muerte, la hacemos a través de la cuidada, ligera, explícita y un poco romántica prosa de Ramón. Embridando el hipogrifo de su logorrea con las greguerías, va sometiendo poco a poco toda su increíble imaginación al magnífico barro de lo comunicable. Y además, gracias a esa pequeña cúspide poética que alcanzan algunos de sus párrafos, de esa greguería que anda por ahí suelta, en medio de un capítulo, como una serpentina el día tras la fiesta, se crea un universo personal en el que el negro y el blanco se convierten en los únicos colores posibles, las lágrimas se convierten para siempre en “un pendiente de cristal en la mejilla” y el alma se queda casi sin aliento, como un “pulmón inmaterial”.

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    Instrucciones para encontrar un huevo lleno de gracia
    La gracia anida en la gracia. Esta conclusión, ontológicamente tan irrefutable como indemostrable, nos obliga, si queremos encontrar el huevo de la gracia constantemente a nuestro alrededor, a tener mucha suerte, los olfatos bien despiertos y a emanar gracia en una cantidad humana y proporcional a la que queremos recibir. Así pues, se debe escoger de la estantería un libro, pero graciosamente, es decir, con la esperanza puesta más allá del contenido, del patronímico del autor y de las satisfacciones que el libro nos pueda deparar. Se trata de esperar en plan Jung, buscando el milagro entre las hojas.

    Se comienza a leer (graciosamente) buscando lo no dicho en lo dicho, lo por decir en lo escrito años atrás, el añico caído de cualquier otra persona en el párrafo más gastado de la página, y... minutos después, aparece el huevo lleno de gracia.

    En mi caso, se trata de un maravillosísimo poema de Azúa, escrito en una hoja de papel cuadrado y satinado, arrugada, sucia, “deshilachada y rota por los puños”... El poema, copiado a lápiz, con una caligrafía que no había visto en mi vida, ha llegado a mi casa, a mi estantería, a mi libro, a mi página favorita, sin que yo lo haya visto recorrer todo ese camino imposible. Y allí está, irrefutablemente nítido, gastado y etcétera.


    Sacramento
    Semilla de maldad tienen algunos
    en un lugar disparatado que a veces se marchita
    y otras puja.
    No se entierra en la tierra sino en carne
    y si fecunda nace soberbio crece
    violento vive
    molesto
    llevando dentro -¡cómo no!-
    semilla de maldad tienen etcétera.

    Félix de Azúa

    Gracias, duende de los libros, Heisenberg, telequinesia, semilla de azúa de bondad, de etcétera.

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    Querido Diario
    Último día de playa.

    Querido diario:
    Hartita de ir a la playa hecha un spa de baratillo ambulante. Será mejor que me ponga a estudiar.


    Primer día de estudio.

    Querido diario:
    El pobre marqués de Santillana escribió los sonetos que pudo, no los que quiso. O quizás quiso escribir los sonetos que pudo. En cualquier caso, no fue Petrarca. Exégesis sesudas y estudios de investigación harto complicados revelan que, efectivamente, no se llamaba Francesco, no nació en Arezzo y no escribió Rime in vita e morta di Madonna Laura . Es curioso, incluso no firmaba sus manuscritos como "F. Petrarca".


    Segundo...

    Querido diario:
    ¿Sabías que Juan Rodríguez del Padrón escribía poemas? Sí, unos picantes y outros non.


    Quinto...

    Querido diario:
    “Mi hazer asi me conviene/contenta con lo que fuere”. Que en el caso de la marquesa de Cotrón, doña Leonor Centellas, era la invención con la que se aludía a su altivez y rigor. En el mío, sólo se refiere a este estoicismo entusiasta muy poco cancioneril, pero más acorde con las modas senequistas de antaño que con el desenfreno vacacional de estos agostos 2006.


    Sexto...

    Querido diario:
    Ah, que no sabes lo que es una invención. Te explico: Una de las combinaciones más armoniosas y espectaculares de justas y fiestas caballerescas del siglo XV eran las invenciones, que aunaban la representación de un motivo plástico y visual, llamada devisa, con un motivo propiamente literario, el mote o letra, que portaban escrito en su vestido o en algún adorno. Recuérdamelo el día del examen, plisis.


    Séptimo...

    Querido diario:
    Sí, a mí tampoco me importa.


    Otro...

    Querido diario:
    -j- (/i/ consonántica en posición intervocálica) era realmente una geminada que coincidiría en la misma geminada resultante, posteriormente, de la palatalización de los grupos /dj, gj/, es decir [dd] o [yy], mientras que la simple /g+e,i/ se realizaría en simple.


    Otro más...

    Querido diario:
    No, yo tampoco lo entiendo.


    Y otro...

    Querido diario:
    Se dice que /p,t,k/ son fonemas sordos porque uno tiende a llevar la petaca llena de güisqui bien escondida a los partidos de fútbol y a las justas y fiestas caballerescas. Por el contrario, /b,d,g/ se consideran fonemas sonoros debido a la sarta de ruidos, emanaciones y escándalos con que regala al mundo un beodo cualquiera que haya pasado demasiado tiempo en una bodega.


    Llegando al infinito

    Querido diario:
    ¿Tú podrías darme tu opinión acerca de la siguiente afirmación: “Los morfemas derivativos, igual que los flexivos, están normalmente exigidos por las relaciones sintácticas.”? Gracias.


    ... y un poco más allá.

    Querido diario:
    ¿Por qué “un cuarto de pollo” es un sintagma gramaticalmente ambiguo y “un cuarto de carne de ternera” no lo es? ¿Cuántos cuartos traseros puede tener un pollo?


    ...

    Querido diario:
    Sácame de aquí.


    ... ...

    Querido diario:
    Repite conmigo: La cisma de Inglaterra, El Tuzaní de la Alpujarra, El sitio de Bredá, La aurora en Copacabana. El mayor monstruo del mundo.
    La cisma de Inglaterra, El Tuzaní de la Alpujarra, El sitio de Bredá, La aurora en Copacabana. El mayor monstruo del mundo.
    La cisma de Inglaterra, El Tuzaní de la Alpujarra, El sitio de Bredá, La aurora en Copacabana. El mayor monstruo del mundo.
    La cisma de Inglaterra, El Tuzaní de la Alpujarra, El sitio de Bredá, La aurora en Copacabana. El mayor monstruo del mundo.
    La cisma de Inglaterra, El Tuzaní de la Alpujarra, El sitio de Bredá, La aurora en Copacabana. El mayor monstruo del mundo.


    ... ... ...

    Querido diario:
    Sí, a mí también me sorprende que en tiempos de Calderón ya existiera Copacabana.


    ... ... ... ... ...

    Querido diario:
    Indignada me hallo. La condesa de Belflor es una hipócrita. Y una cobarde. Y...


    Rozando el reverso del infinito.

    Querido diario:
    ¿Qué por qué? Pregúntale a Teodoro. Y a Ludovico. Y a Tristán. ¿Pues no se ha hecho Teodoro, vil secretario, pasar por el hijo noble del noble Ludovico para poder casarse con la condesa de Belflor, Diana? ¿Y ella no ha aceptado a sabiendas de que todo es una treta y de que va en contra del decoro moral del siglo XVII?


    ...

    Querido diario:
    Realmente, las comedias del Siglo de Oro son la versión extendida de un número monográfico del Hola sobre la familia Grimaldi.


    ... ...

    Querido diario:
    ¿Y tú no podrías ir a hacer los exámenes por mí? Anda... porfas.


    ... ... ... ... ... ... ... por fin el fin.

    Querido diario:
    Calla, que estoy durmiendo.


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