Saló del Llibre de Barcelona
Con motivo del segundo Saló del Llibre de Barcelona, que se celebra en la Fira de Barcelona-Montjuic del 21 al 26 de noviembre, se ha abierto una página web. Dentro de ella, hay una sección con blogs recomendados. Y hete aquí que está este “Espacio sobre Literatura”. Así que muchísimas gracias por la mención. Además, me permito recomendar una visita a los otros blogs que aparecen en la lista, merece la pena. Y por supuesto, vayan a olfatear al Salón del Libro y me cuentan de qué trata.

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Reseña: La hora de la estrella, de Clarice Lispector
La hora de la estrella es la historia de cómo se cuenta una historia. Y la historia en sí. Eso es lo mágico de este libro. Clarice Lispector consigue que pasemos suavemente, como bailando un vals de palabras, de la historia a la forma de contarla; de lo que se cuenta a la decisión de narrar; de la niña nordestina al narrador consternado; del amor del narrador por su personaje al propio amor que nosotros sentimos por la chica. Y todo ello sin violencias, sin transgresiones brutales de la estructura. Por una rara prestidigitación, el narrador se ha colado discretamente en la historia narrada y nos acompaña por ella, nos obliga a detenernos para que observemos mejor ciertos detalles, nos invita a implicarnos con el personaje, a respetarlo, a amarlo, a no darlo por perdido. Y, magia divina de la literatura bien trazada, no resulta agresivo, ni irritante, ni disuena. Al cabo, uno cree que la historia de Macabea, la nordestina repudiada por todos y desahuciada de sí, sólo puede ser contada gracias a ese narrador cegado y amoroso que la alaba pese a sus carencias, la eleva frente a su propia ruindad de cuerpo pequeño y gastado y la quiere aunque ella no se deje querer.
Las buenas historias nacen de la necesidad de contarlas. Importa el tema, claro; pero conjuntamente, como la otra cara de la misma moneda literaria, importa la forma de alumbrarlo, de explorarlo, de encontrarle esa última raíz que convierte la historia en necesaria y única. Y así la escribe para poner en el mundo, no la historia, no el lenguaje, sino el lenguaje que hace a la historia, que la aísla y la trasciende. Por eso, La hora de la estrella “ocurre en un estado de emergencia”. Urgencia de contar lo que aún no existe hasta que no es colocado entre las palabras. Urgencia de encontrar, a través de la inmensa pregunta de una historia, un légamo infinito de respuestas posibles. O como se indaga Clarice:
De eso trata esta historia, de rescatar las cosas que ya han ocurrido y hacerlas volver a suceder. Traerlas a la urna del lenguaje, mezclarlas, sopesarlas, y reeditarlas, rehacerlas a los sentidos, volverlas de verdad.
La historia se vuelve verdadera cuando no se la encarcela en los cánones, ni se la convierte en una transgresión gratuita de todo cuanto es conocido. La historia de La hora de la estrella transgrede la realidad y los conceptos de crítica siempre y cuando resulta necesario; la historia se abre paso a codazos en el bosque inmóvil de lo consensuado, retira con su propia fuerza los troncos anquilosados que no sólo no le sirven para nada, sino que le dificultan ser quién es. Así, esta historia tiene catorce títulos distintos; los catorce significan algo, iluminan una determinada perspectiva o hacen hincapié sobre uno de los acontecimientos. No se trata de elegir uno, se trata de comprender el crisol de la historia, de respetarla en su indefinición, de aceptar como una solución posible no meterla en el cascarón de un título, sino dejarla discurrir por catorce alternativas conjuntas diferentes. Pero, al tiempo, también hay que saber aprovechar los cauces dados, porque la historia conecta con nosotros, o con una parte perdida de nosotros, y entonces, se ha de recurrir a los raíles de siempre. Por todo eso, creo, dice el contador:
Una historia de una nordestina que está sola, luego no lo está más y, finalmente, queda más sola tras haber conocido la compañía. Una historia con un principio de soledad, un medio de previa y futura soledad; un gran finale de soledad total. Todo seguido de silencio, como toda buena historia, y de lluvia que cae, como un recuerdo monótono de todo lo contado. Una historia calzada en la horma de la tradición; por la que llueve, en milagrosas gotas nuevas, la experimentación necesaria, la novedosa intercalación de paréntesis llenos de pequeñas explosiones de júbilo, temor o sorpresa, que le dan al lector la dimensión total de Macabea, por dentro y por fuera, triste e inconsciente de su propia tristeza, puro sexo en ciernes, de ovarios gastados, sin embargo. Toda esa complejidad viejinueva, tristealegre es Macabea. Y para contarla, para serle fiel, para seguirla por su deambular con cierto sentido que casi se nos escapa como un hilo de incomprensión entre los dedos, es necesaria la lluvia repentina en la novela, la transgresión del narrador que la coge de la mano para traérnosla al frente; los paréntesis explosivos, los diálogos sin sentido; la paternalidad absoluta de todos, lectores y autores, para con Macabea. Porque es el único modo de verla como es: desvalida, errática y sola en la anchura enajenada de su brutal desconocimiento.
Mejor que yo, se explica solo en la novela:
Ese sentido secreto, entrevisto en las palabras ensartadas, delicado y vago, como la existencia de la muchacha nordestina, es el estilo particular de esta novela. Que no es estilo porque sí, ni porque no, sino porque no puede ser de otra manera. Y esto es lo que hace, al cabo, una obra de arte: no es porque sí ni porque no, sino porque debe ser así. Y no hay otra manera de explicarla que dejarla explicarse a sí misma.
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Las buenas historias nacen de la necesidad de contarlas. Importa el tema, claro; pero conjuntamente, como la otra cara de la misma moneda literaria, importa la forma de alumbrarlo, de explorarlo, de encontrarle esa última raíz que convierte la historia en necesaria y única. Y así la escribe para poner en el mundo, no la historia, no el lenguaje, sino el lenguaje que hace a la historia, que la aísla y la trasciende. Por eso, La hora de la estrella “ocurre en un estado de emergencia”. Urgencia de contar lo que aún no existe hasta que no es colocado entre las palabras. Urgencia de encontrar, a través de la inmensa pregunta de una historia, un légamo infinito de respuestas posibles. O como se indaga Clarice:
“Mientras tenga preguntas y no tenga respuesta continuaré escribiendo. ¿Cómo empezar por el principio, si las cosas ocurren antes de ocurrir?”
De eso trata esta historia, de rescatar las cosas que ya han ocurrido y hacerlas volver a suceder. Traerlas a la urna del lenguaje, mezclarlas, sopesarlas, y reeditarlas, rehacerlas a los sentidos, volverlas de verdad.
La historia se vuelve verdadera cuando no se la encarcela en los cánones, ni se la convierte en una transgresión gratuita de todo cuanto es conocido. La historia de La hora de la estrella transgrede la realidad y los conceptos de crítica siempre y cuando resulta necesario; la historia se abre paso a codazos en el bosque inmóvil de lo consensuado, retira con su propia fuerza los troncos anquilosados que no sólo no le sirven para nada, sino que le dificultan ser quién es. Así, esta historia tiene catorce títulos distintos; los catorce significan algo, iluminan una determinada perspectiva o hacen hincapié sobre uno de los acontecimientos. No se trata de elegir uno, se trata de comprender el crisol de la historia, de respetarla en su indefinición, de aceptar como una solución posible no meterla en el cascarón de un título, sino dejarla discurrir por catorce alternativas conjuntas diferentes. Pero, al tiempo, también hay que saber aprovechar los cauces dados, porque la historia conecta con nosotros, o con una parte perdida de nosotros, y entonces, se ha de recurrir a los raíles de siempre. Por todo eso, creo, dice el contador:
“Así que experimentaré, contra mis costumbres, una narración con principio, medio y “gran finale” seguido de silencio y de lluvia que cae”.
Una historia de una nordestina que está sola, luego no lo está más y, finalmente, queda más sola tras haber conocido la compañía. Una historia con un principio de soledad, un medio de previa y futura soledad; un gran finale de soledad total. Todo seguido de silencio, como toda buena historia, y de lluvia que cae, como un recuerdo monótono de todo lo contado. Una historia calzada en la horma de la tradición; por la que llueve, en milagrosas gotas nuevas, la experimentación necesaria, la novedosa intercalación de paréntesis llenos de pequeñas explosiones de júbilo, temor o sorpresa, que le dan al lector la dimensión total de Macabea, por dentro y por fuera, triste e inconsciente de su propia tristeza, puro sexo en ciernes, de ovarios gastados, sin embargo. Toda esa complejidad viejinueva, tristealegre es Macabea. Y para contarla, para serle fiel, para seguirla por su deambular con cierto sentido que casi se nos escapa como un hilo de incomprensión entre los dedos, es necesaria la lluvia repentina en la novela, la transgresión del narrador que la coge de la mano para traérnosla al frente; los paréntesis explosivos, los diálogos sin sentido; la paternalidad absoluta de todos, lectores y autores, para con Macabea. Porque es el único modo de verla como es: desvalida, errática y sola en la anchura enajenada de su brutal desconocimiento.
Mejor que yo, se explica solo en la novela:
“Sí, pero no hay que olvidar que para escribir no-importa-qué mi material básico es la palabra. Así es que esta historia estará hecha de palabras que se agrupan en frases, y de ellas emana un sentido secreto que va más allá de las palabras y las frases. [...] Pero no voy a adornar la palabra porque si yo toco el pan de la muchacha, ese pan se convertirá en oro, y la joven (tiene diecinueve años), y la joven no podría masticarlo y se moriría de hambre. Así, pues, tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia.”
Ese sentido secreto, entrevisto en las palabras ensartadas, delicado y vago, como la existencia de la muchacha nordestina, es el estilo particular de esta novela. Que no es estilo porque sí, ni porque no, sino porque no puede ser de otra manera. Y esto es lo que hace, al cabo, una obra de arte: no es porque sí ni porque no, sino porque debe ser así. Y no hay otra manera de explicarla que dejarla explicarse a sí misma.
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Reseña: De fusilamientos, de Julio Torri
Existen escritores prolíficos que se meten un día en la cama, empuñan la pluma y tienen para siete años, quizás más. Existen escritores de corto recorrido que, una vez muerto su tío Celedonio, deciden callar para siempre. Y existen escritores intermitentes, dubitativos, de prosa corta pero condensada, de relato breve o del no relato, que van desperdigando textos por la vida como quien deja huellas. Julio Torri es uno de ellos y el libro De fusilamientos es un paseo por todas esas huellas de cauce estrecho que fueron desparramadas a lo ancho de su ancha manera de ver la vida.
¿Cómo decir de una prosa que es perfecta cuando apenas se tienen tres párrafos para hacer el exhaustivo análisis clínico-ecdótico-comparativo-filológico-histórico-hermenéutico a que tan bien se prestan obrones como los de Victor Hugo o Marcelín? ¿Dónde hallamos ese fulgor exacto que hace que un breve texto se sienta como un golpe en la cara y nos ponga todas en zozobra todas las emociones? De fusilamientos tiene algo de cajón de alhajas, donde cada piedra brilla en su solitario esplendor al tiempo que conforma, junto a las otras, una composición excitante. Tomados de forma aislada, los textos son brillantes, cómicos, irónicos, dulces, líricos, reflexivos, amigables o festivos. Tomados en conjunto, nos damos cuenta de que, pese a la exigüidad de su obra, o quizás precisamente por eso, cada palabra está en su justo hueco, es única y necesaria. Probablemente, el texto breve es el campo en que es más difícil conseguir la perfección. Una palabra mal colocada, una frase poco significativa, una leve contradicción se empotran contra el texto descaradamente, enervan al lector, lo despistan y, al final, dejan la sensación de que el autor no sabía exactamente qué quería decir o cómo quería decirlo.
Eso no pasa en los textos de Julio Torri, mago de la frase condensada, en la que los conceptos se aprietan pero en la que queda aire suficiente para que respiren. Resulta difícil definir las técnicas por las que consigue este absoluto dominio en la amalgama de pensamiento y expresión. Pero hay algunos hallazgo mágicos. El relato “El mal actor de sus emociones” comienza así: “Y llegó a la montaña donde moraba el anciano”. Con una mera conjunción copulativa encabezando el texto, Torri consigue que el lector evoque todo el largo camino hacia la dichosa montaña, sin utilizar más que una palabra. Quizás podría haber dicho “Caminó durante días y noches, sin detenerse apenas, cruzó ríos, mares y colinas, montó en camello, en avioneta y en ciclomotor y llegó a la montaña donde moraba el anciano”. Pero Torri sabe que todo eso no es necesario, que el lector es inteligente y que con sólo decir “y”, ya se imagina todo ese largo camino. En otra ocasión, nos ahorra también una amplia descripción y con la sola y sencilla frase “Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza”, gracias a ese tembloroso presente del que el lector debe, inevitablemente, participar, nos mete de lleno en la acción que se va a desarrollar. Otras veces, la primera frase es breve, pero de complejo y entramado pensamiento; entonces, sabemos que leer el texto nos ayudará a desovillar lo expuesto, a justificarlo, a argumentarlo o redargüirlo. Así sucede en “Un recuerdo”, cuya primera frase dice así.
Frase que, si lo pensamos bien, tiene mucho de quién fue Julio Torri, casi más conocido por su silencio que por las pocas letras que esparció sobre él. Julio Torri, cuyo silencio es más digno de interpretar que la marabunta palabrera de muchos escritores de segunda fila pero de nombre mucho más sonoro. Siempre sabe Julio Torri dónde colocar el verbo, el sustantivo o la preposición que, ahorrativa y funcional, cambiará totalmente el sentido de la frase y permitirá generar un conjunto de proposiciones (que dirían los pragmáticos) totalmente diferente en la mente del lector. Así, dice “Os confieso que el circo es mi diversión favorita”, que no tiene, en realidad, nada que ver con decir, “El circo es mi diversión favorita”. No es lo mismo una afirmación que una confesión, y por lo tanto, lo que percibimos acerca de lo que se dice, también cambia radicalmente. Esa es la magia especial de Torri, ese meterse inapreciablemente en el quid de las cuestiones, con una soltura, probablemente buscada, pero natural, limpia y tranquila como un río adulto.
Julio Torri se divertía escribiendo lo que le daba la gana. Diminutas invocaciones, relatos sobre acontecimientos imposibles, con ese poquito de Cortázar que tienen las cosas que sólo pasan en los libros; grandiosas reflexiones en breves líneas acerca de la crítica literaria; veneración por los epígrafes, las bicicletas o las contradicciones, todo tiene cabida en la tolva fugaz de Julio Torri. Y quizás, es gracias a esa brevedad natural la que le permite tratar las cosas, por diminutas que sean, con la tremenda autenticidad con que se nos aparecen, desocultadas, nuevas, resueltas para siempre, a través de sus textos. Lo curioso es que, además, se trata de un proceso consciente. No es Julio Torri el mexicano de la pluma corta, el que se callaba abruptamente cuando no tenía nada más que decir, el perezoso. Se trata más bien de un ebanista, de un minucioso tamizador del lenguaje, de un trabajador a lo Ramón, que trabaja “mucho” para que todo quede “un poquito deshecho”, para romper con las obviedades, para decirlo todo de nuevo, de forma más contundente y al tiempo más sencilla. O, dejémoslo que lo diga él, que lo hace mejor y más brevemente:
Torri es el rey de la sustancia. Todo es nutricio, todo sirve. Por lo dicho, y por todo lo no dicho, todo aquello que no trata, que descarta de su prosa con un magnánimo gesto de su silente mano. Dice de la bicicleta, por ejemplo: “El que se desliza por su superficie sostenido en dos puntos de contacto no rompe amarras con el planeta”. Todo lo demás, apenas importa. Las ruedas de una bicicleta no son, para Torri, ni redondas, ni neumáticas, ni estrechas, anchas o dentadas, son, tout simplement, dos “puntos de contacto”, que es, en este caso, lo que importa, sólo lo que importa y todo lo que importa.
Pero no es sólo la prosa condensada y la conciencia de la importancia y el cuidado del texto breve. También es deliciosa la forma que tiene Torri de mirar las cosas, su capacidad para establecer metonimias a lo Wittgenstein, de encontrar lo que el loco Ludwig llamaba “parecidos de familia” en cosas de fenotipo muy alejado. Un artista es alguien que encuentra nuevas conexiones entre las cosas, que relaciona lo que a los demás se nos antoja irrelacionable hasta que nos lo plantan delante, ya sea en forma de pintura, canción o poema. Y Torri tiene ese don. Para muestra, un botón:
Todo lo toca Torri con su mágica varita empalabrada. Por todo pasea esa ancha manera de mirar que luego transforma en delgada prosa. Escribir como Julio Torri es un deseo al que, una empalabradora de gran almacén como yo, sólo puede concebir utópicamente. Aprender a ver el mundo como lo veía Torri, tan mágico, tan maravilloso, tan sorprendente y tan divertido, ha de ser un propósito firme por por cuyo logro trabajar siempre.
Textos de Torri, aquí.
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¿Cómo decir de una prosa que es perfecta cuando apenas se tienen tres párrafos para hacer el exhaustivo análisis clínico-ecdótico-comparativo-filológico-histórico-hermenéutico a que tan bien se prestan obrones como los de Victor Hugo o Marcelín? ¿Dónde hallamos ese fulgor exacto que hace que un breve texto se sienta como un golpe en la cara y nos ponga todas en zozobra todas las emociones? De fusilamientos tiene algo de cajón de alhajas, donde cada piedra brilla en su solitario esplendor al tiempo que conforma, junto a las otras, una composición excitante. Tomados de forma aislada, los textos son brillantes, cómicos, irónicos, dulces, líricos, reflexivos, amigables o festivos. Tomados en conjunto, nos damos cuenta de que, pese a la exigüidad de su obra, o quizás precisamente por eso, cada palabra está en su justo hueco, es única y necesaria. Probablemente, el texto breve es el campo en que es más difícil conseguir la perfección. Una palabra mal colocada, una frase poco significativa, una leve contradicción se empotran contra el texto descaradamente, enervan al lector, lo despistan y, al final, dejan la sensación de que el autor no sabía exactamente qué quería decir o cómo quería decirlo.
Eso no pasa en los textos de Julio Torri, mago de la frase condensada, en la que los conceptos se aprietan pero en la que queda aire suficiente para que respiren. Resulta difícil definir las técnicas por las que consigue este absoluto dominio en la amalgama de pensamiento y expresión. Pero hay algunos hallazgo mágicos. El relato “El mal actor de sus emociones” comienza así: “Y llegó a la montaña donde moraba el anciano”. Con una mera conjunción copulativa encabezando el texto, Torri consigue que el lector evoque todo el largo camino hacia la dichosa montaña, sin utilizar más que una palabra. Quizás podría haber dicho “Caminó durante días y noches, sin detenerse apenas, cruzó ríos, mares y colinas, montó en camello, en avioneta y en ciclomotor y llegó a la montaña donde moraba el anciano”. Pero Torri sabe que todo eso no es necesario, que el lector es inteligente y que con sólo decir “y”, ya se imagina todo ese largo camino. En otra ocasión, nos ahorra también una amplia descripción y con la sola y sencilla frase “Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza”, gracias a ese tembloroso presente del que el lector debe, inevitablemente, participar, nos mete de lleno en la acción que se va a desarrollar. Otras veces, la primera frase es breve, pero de complejo y entramado pensamiento; entonces, sabemos que leer el texto nos ayudará a desovillar lo expuesto, a justificarlo, a argumentarlo o redargüirlo. Así sucede en “Un recuerdo”, cuya primera frase dice así.
“Cuando los recuerdos de dos o tres personas, hoy en la tierra, sean enrollados y sellados con sus historias íntimas, no quedará más remembranza que ésta de un hombre cuyo silencio parece más digno de interpretar que la palabra de otros muchos”
Frase que, si lo pensamos bien, tiene mucho de quién fue Julio Torri, casi más conocido por su silencio que por las pocas letras que esparció sobre él. Julio Torri, cuyo silencio es más digno de interpretar que la marabunta palabrera de muchos escritores de segunda fila pero de nombre mucho más sonoro. Siempre sabe Julio Torri dónde colocar el verbo, el sustantivo o la preposición que, ahorrativa y funcional, cambiará totalmente el sentido de la frase y permitirá generar un conjunto de proposiciones (que dirían los pragmáticos) totalmente diferente en la mente del lector. Así, dice “Os confieso que el circo es mi diversión favorita”, que no tiene, en realidad, nada que ver con decir, “El circo es mi diversión favorita”. No es lo mismo una afirmación que una confesión, y por lo tanto, lo que percibimos acerca de lo que se dice, también cambia radicalmente. Esa es la magia especial de Torri, ese meterse inapreciablemente en el quid de las cuestiones, con una soltura, probablemente buscada, pero natural, limpia y tranquila como un río adulto.
Julio Torri se divertía escribiendo lo que le daba la gana. Diminutas invocaciones, relatos sobre acontecimientos imposibles, con ese poquito de Cortázar que tienen las cosas que sólo pasan en los libros; grandiosas reflexiones en breves líneas acerca de la crítica literaria; veneración por los epígrafes, las bicicletas o las contradicciones, todo tiene cabida en la tolva fugaz de Julio Torri. Y quizás, es gracias a esa brevedad natural la que le permite tratar las cosas, por diminutas que sean, con la tremenda autenticidad con que se nos aparecen, desocultadas, nuevas, resueltas para siempre, a través de sus textos. Lo curioso es que, además, se trata de un proceso consciente. No es Julio Torri el mexicano de la pluma corta, el que se callaba abruptamente cuando no tenía nada más que decir, el perezoso. Se trata más bien de un ebanista, de un minucioso tamizador del lenguaje, de un trabajador a lo Ramón, que trabaja “mucho” para que todo quede “un poquito deshecho”, para romper con las obviedades, para decirlo todo de nuevo, de forma más contundente y al tiempo más sencilla. O, dejémoslo que lo diga él, que lo hace mejor y más brevemente:
“Prefiero el enfatismo de las quintas esencias al aserrín insustancial con que se empaquetan usualmente los delicados vasos y las ánforas.”
Torri es el rey de la sustancia. Todo es nutricio, todo sirve. Por lo dicho, y por todo lo no dicho, todo aquello que no trata, que descarta de su prosa con un magnánimo gesto de su silente mano. Dice de la bicicleta, por ejemplo: “El que se desliza por su superficie sostenido en dos puntos de contacto no rompe amarras con el planeta”. Todo lo demás, apenas importa. Las ruedas de una bicicleta no son, para Torri, ni redondas, ni neumáticas, ni estrechas, anchas o dentadas, son, tout simplement, dos “puntos de contacto”, que es, en este caso, lo que importa, sólo lo que importa y todo lo que importa.
Pero no es sólo la prosa condensada y la conciencia de la importancia y el cuidado del texto breve. También es deliciosa la forma que tiene Torri de mirar las cosas, su capacidad para establecer metonimias a lo Wittgenstein, de encontrar lo que el loco Ludwig llamaba “parecidos de familia” en cosas de fenotipo muy alejado. Un artista es alguien que encuentra nuevas conexiones entre las cosas, que relaciona lo que a los demás se nos antoja irrelacionable hasta que nos lo plantan delante, ya sea en forma de pintura, canción o poema. Y Torri tiene ese don. Para muestra, un botón:
“El saludar y el despedirse son como la puntuación del trato social. Corresponden a una concepción poemática del comercio humano. Despedirse al partir de una fiesta equivale a confesar que se pone punto final a un espacio de tiempo que tiene valor y significación en sí.”
Todo lo toca Torri con su mágica varita empalabrada. Por todo pasea esa ancha manera de mirar que luego transforma en delgada prosa. Escribir como Julio Torri es un deseo al que, una empalabradora de gran almacén como yo, sólo puede concebir utópicamente. Aprender a ver el mundo como lo veía Torri, tan mágico, tan maravilloso, tan sorprendente y tan divertido, ha de ser un propósito firme por por cuyo logro trabajar siempre.
Textos de Torri, aquí.
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Córdoba
Ahora vivo en Córdoba. Tengo un mirador para leer y no leer, escribir y no escribir, fumar y dejar de fumar; en suma, un mirador desde el que se ve la mezquita e incluso, con un poquito de esfuerzo, el reflejo del río contra el cielo. Un mirador en el que llevar a cabo todas mis contradicciones. Y sigo leyendo. En breve hablaremos de Julio Torri y de Clarice Linspector. Y hoy, dejemos hablar a Efraín Huerta.La muchacha ebria
Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.
Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche,
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.
Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo,
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.
Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas,
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche —y era una santa noche—
me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.
Ah la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.
Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.
¡Por la muchacha ebria, amigos míos!
Efraín Huerta
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