Reseña: La voz oval, de Enrique Olmos de Ita
La voz oval nos presenta un conjunto de textos dramáticos escritos por Enrique Olmos, un dramaturgo mexicano cuya juventud anda dejando atónitos a propios y extraños. Sin embargo, lo maravilloso del libro reside, a mi juicio, en la innecesidad de este dato para su lectura. Enrique Olmos dramaturgo no tiene edad. Se cuela en las pieles de niños y adolescentes, se encoge como ellos, ensancha los ojos para ver como ellos y con ojos de niño, de impúber o de adolescente, mira el mundo y rescata para todos sus inquietudes más hondas, sus actitudes más enternecedoras o los problemas más graves que los pueden aquejar. Quizás las obras que se nos presentan sí están pensadas para niños y para adolescentes. Pero el libro, como tal, no. Y no lo digo porque apele a lo que de niños quede en nosotros, sino porque, rescatadas sus sensaciones e inquietudes, perfectamente contextualizadas en esos mundos y dotadas de la coherencia de los textos literarios, abren las puertas a un nuevo modo de conocer y de sentir que no tiene por qué ser atenuado con calificativos como “infantil” o “juvenil”.
Habrá que hablar de las diversas técnicas que jalonan el libro. Desde la concepción dialógica de la obra dramática como un intercambio comunicativo sin necesidad de acotaciones ni escenario hasta la narración dramática que puede ser leída o escenificada, se nos proponen diversas formas de conocer y sentir el teatro. Así, Un curso de milagros es una pieza dialogada que nos sume en una atmósfera decadente pero no exenta de esperanza; Sacrifíquenlo es otro diálogo in crescendo gracias al cual nos acercamos a una visión más descarnada, mundana y casi comercial de los motivos del sufrimiento y la condena, personificados en un Cristo ausente del que no se deja de hablar en todo el relato, Los gat’s se atreve con el mundo fantástico desde las premisas a partir de las cuales puede creer un niño, No tocar es un cuadro descarnado sobre el abuso sexual a menores, narrado desde la confusión y la falta de experiencia y la incomprensión pero también desde el sentimiento de agresión innegable que experimenta un niño. La voz oval, la narración más extensa, es un relato trepidante sobre el amor adolescente, la competencia entre padre e hijo y la conformación de la personalidad. En La voz oval asistimos al crecimiento de Gabriel, un adolescente que se va conformando a sí mismo con rasgos peculiarísimos como su afición a los palíndromos. Además, el amor más imaginario que real de éste hacia la novia de su padre, aparece como una fuerza capaz de hacerle crecer, de dejarse abrir puertas y de someter a juicio los valores perennes de las verdades transmitidas por la autoridad protectora. Todo un recorrido por el cascarón que se termina de romper, el yo que se afirma ante el mundo y los primeros aleteos titubeantes de quien comienza a sentirse suficientemente fuerte como para tomar decisiones. Queda por mencionar Gonzalo y los objetos perdidos, construida a partir de un relato de Arreola, aquí aparece como una narración sin final o con un final eterno, que se repite sin cesar, pero que nunca es el mismo.
No se puede negar que los temas y técnicas anidan en los autores con mayor o menor fortuna. Sucede aquí lo mismo. Sin embargo, los aciertos ganan por goleada a los pequeños detalles que se pueden achacar al error o la impericia. Y en textos como en La voz oval o en No tocar es donde encontramos una generosidad en el recurso y una capacidad para mezclar voz, relato, mundo interior y paisaje que si juzgados desde el autor, asombran por la calidad; juzgados desde el texto mismo, constituyen la trabazón perfecta, la ilación necesaria entre forma y contenido que los hace elevarse, trascender lo narrado para convertirse en pedazos de vida. Ahí anida lo maravilloso del libro y de la literatura misma. La voz oval es un catálogo de vida danzante y compleja, fantástica si se quiere, pueril o decadente, esperanzadora o cruel que va encontrando un rincón en la mente del lector y se asienta allí, con todos sus mundos posibles, que le abre la mente, la riega y la invita a rechazar el lugar común de lo imposible.
Pese a la visión desencantada que encierran frases como “el amor lo inventó algún ocioso”; pese a la narración descarnada de la adolescencia y el amor imposible que se pone en boca de Gabriel “Sé que le doy asco, cómo me va a acariciar si le doy asco, si soy un grano, un grano repugnante”; pese a la rotundidad con que se presenta la violencia a través de frases tan aparentemente ingenuas como “¿Por qué no quiere que nadie sepa lo de su asunto con sus primas y lo de las caricias por encima de la pijama?”, puestas en boca de una cría; pese a que en ningún momento se vacila a la hora de presentar la cara más putrefacta de los asuntos tratados, la forma cruel del pensamiento racional (véase toda la obra Sacrifíquenlo) o la espiral incombustible de las vanas esperanzas; pese a todo ello, el libro no deja de ser una obra tierna, que se lee a flor de piel, que resucita nervios, que encandila precisamente por su realidad. Esa realidad que tiembla y se retuerce, vomita y luego sonríe, se pudre para luego llorar como un bálsamo o se condena para luego salvarse. Esa por la que tantas veces pasamos de puntillas y que, gracias a la magia de la literatura, llamada esta vez por el magoturgo Olmos, se nos presenta obvia, redonda y deseosa de ser aprehendida.
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Habrá que hablar de las diversas técnicas que jalonan el libro. Desde la concepción dialógica de la obra dramática como un intercambio comunicativo sin necesidad de acotaciones ni escenario hasta la narración dramática que puede ser leída o escenificada, se nos proponen diversas formas de conocer y sentir el teatro. Así, Un curso de milagros es una pieza dialogada que nos sume en una atmósfera decadente pero no exenta de esperanza; Sacrifíquenlo es otro diálogo in crescendo gracias al cual nos acercamos a una visión más descarnada, mundana y casi comercial de los motivos del sufrimiento y la condena, personificados en un Cristo ausente del que no se deja de hablar en todo el relato, Los gat’s se atreve con el mundo fantástico desde las premisas a partir de las cuales puede creer un niño, No tocar es un cuadro descarnado sobre el abuso sexual a menores, narrado desde la confusión y la falta de experiencia y la incomprensión pero también desde el sentimiento de agresión innegable que experimenta un niño. La voz oval, la narración más extensa, es un relato trepidante sobre el amor adolescente, la competencia entre padre e hijo y la conformación de la personalidad. En La voz oval asistimos al crecimiento de Gabriel, un adolescente que se va conformando a sí mismo con rasgos peculiarísimos como su afición a los palíndromos. Además, el amor más imaginario que real de éste hacia la novia de su padre, aparece como una fuerza capaz de hacerle crecer, de dejarse abrir puertas y de someter a juicio los valores perennes de las verdades transmitidas por la autoridad protectora. Todo un recorrido por el cascarón que se termina de romper, el yo que se afirma ante el mundo y los primeros aleteos titubeantes de quien comienza a sentirse suficientemente fuerte como para tomar decisiones. Queda por mencionar Gonzalo y los objetos perdidos, construida a partir de un relato de Arreola, aquí aparece como una narración sin final o con un final eterno, que se repite sin cesar, pero que nunca es el mismo.
No se puede negar que los temas y técnicas anidan en los autores con mayor o menor fortuna. Sucede aquí lo mismo. Sin embargo, los aciertos ganan por goleada a los pequeños detalles que se pueden achacar al error o la impericia. Y en textos como en La voz oval o en No tocar es donde encontramos una generosidad en el recurso y una capacidad para mezclar voz, relato, mundo interior y paisaje que si juzgados desde el autor, asombran por la calidad; juzgados desde el texto mismo, constituyen la trabazón perfecta, la ilación necesaria entre forma y contenido que los hace elevarse, trascender lo narrado para convertirse en pedazos de vida. Ahí anida lo maravilloso del libro y de la literatura misma. La voz oval es un catálogo de vida danzante y compleja, fantástica si se quiere, pueril o decadente, esperanzadora o cruel que va encontrando un rincón en la mente del lector y se asienta allí, con todos sus mundos posibles, que le abre la mente, la riega y la invita a rechazar el lugar común de lo imposible.
Pese a la visión desencantada que encierran frases como “el amor lo inventó algún ocioso”; pese a la narración descarnada de la adolescencia y el amor imposible que se pone en boca de Gabriel “Sé que le doy asco, cómo me va a acariciar si le doy asco, si soy un grano, un grano repugnante”; pese a la rotundidad con que se presenta la violencia a través de frases tan aparentemente ingenuas como “¿Por qué no quiere que nadie sepa lo de su asunto con sus primas y lo de las caricias por encima de la pijama?”, puestas en boca de una cría; pese a que en ningún momento se vacila a la hora de presentar la cara más putrefacta de los asuntos tratados, la forma cruel del pensamiento racional (véase toda la obra Sacrifíquenlo) o la espiral incombustible de las vanas esperanzas; pese a todo ello, el libro no deja de ser una obra tierna, que se lee a flor de piel, que resucita nervios, que encandila precisamente por su realidad. Esa realidad que tiembla y se retuerce, vomita y luego sonríe, se pudre para luego llorar como un bálsamo o se condena para luego salvarse. Esa por la que tantas veces pasamos de puntillas y que, gracias a la magia de la literatura, llamada esta vez por el magoturgo Olmos, se nos presenta obvia, redonda y deseosa de ser aprehendida.
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Lo listos que somos
Supongo que todos hemos oído alguna vez la expresión “a bote pronto”. Por lo de bote, cabe deducirse que viene del mundo de los deportes con balón. Efectivamente, las “Advertencias para el uso de este diccionario” nos explican que:
Y sí. En muchos casos se usa la locución “a voz de pronto” Se dice que tiene su origen militar, pero, como vemos, el DRAE nos explica que se dice erróneamente, es decir, que la Academia no ha registrado ese uso militar. Según dice don Amando de Miguel, el diccionario de Fraseología de Seco recoge “a bote pronto” y no la otra:
Sin embargo, existen otras expresiones formadas sobre “a voz•” como “a voz en grito” o “a voz en cuello”, “a la voz”, e incluso, “ a voz de apellido”, calcadita a nuestro sospechoso “a voz de pronto” y que significa “Por convocación o llamamiento”.
¿Qué sucede? Pues que los hablantes somos muy listos y que, habiéndosenos dado un esquema posible de la lengua, “a voz de ~”, decidimos adecuar a éste otro menos usual y también más incierto desde el punto de vista del significado.
Y es que, qué quieren, eso de “a voz de pronto”, entendido como “a la voz de pronto”, “ya”, transmite estupendamente el significado de “improvisadamente”. Ese “pronto” que exige el cumplimiento inmediato de lo solicitado, no admite ni preparación ni reflexión.
Esto es, a voz de pronto, pega un bote pronto, lo que se me ocurre sobre el tema.
Dedicado a Aixa y Lauri, compañeras de fatigas gramaticales.
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bote. a o de bote pronto. La locución adverbial o adjetiva a bote pronto significa, en algunos deportes como el fútbol o el tenis, ‘golpeando la pelota justo después de que haya botado’: «Un golazo de Ivars, que enganchó una pelota a bote pronto» (Marca@ [Esp.] 30.3.02). En México y varios países centroamericanos se dice normalmente de bote pronto: «Con un disparo de bote pronto derrotó al portero» (Prensa@ [Hond.] 9.1.97). Del lenguaje deportivo ha pasado a la lengua general con el sentido de ‘sobre la marcha o improvisadamente’: «Se reafirmó en lo que había declarado a bote pronto sobre la noche del crimen» (Gala Invitados [Esp. 2002]). A veces se modifica esta locución convirtiéndola erróneamente en a voz de pronto.
Y sí. En muchos casos se usa la locución “a voz de pronto” Se dice que tiene su origen militar, pero, como vemos, el DRAE nos explica que se dice erróneamente, es decir, que la Academia no ha registrado ese uso militar. Según dice don Amando de Miguel, el diccionario de Fraseología de Seco recoge “a bote pronto” y no la otra:
Lo de “a voz de pronto” ni siquiera figura en el estudio de Miguel Peñarroya i Prats sobre El lenguaje militar
Sin embargo, existen otras expresiones formadas sobre “a voz•” como “a voz en grito” o “a voz en cuello”, “a la voz”, e incluso, “ a voz de apellido”, calcadita a nuestro sospechoso “a voz de pronto” y que significa “Por convocación o llamamiento”.
¿Qué sucede? Pues que los hablantes somos muy listos y que, habiéndosenos dado un esquema posible de la lengua, “a voz de ~”, decidimos adecuar a éste otro menos usual y también más incierto desde el punto de vista del significado.
Y es que, qué quieren, eso de “a voz de pronto”, entendido como “a la voz de pronto”, “ya”, transmite estupendamente el significado de “improvisadamente”. Ese “pronto” que exige el cumplimiento inmediato de lo solicitado, no admite ni preparación ni reflexión.
Esto es, a voz de pronto, pega un bote pronto, lo que se me ocurre sobre el tema.
Dedicado a Aixa y Lauri, compañeras de fatigas gramaticales.
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Etiquetas: bote
Chevrolet por el camino pedregoso de la adolescencia
Dice Sofía en su última entrada. No por sesuda exenta de lirismo y de la mágica mezcla de árbol con concepto:
Le iba a dejar un comentario sanote, simpático y oloroso pero se me ha ido de las manos.
La invito, pues, a enredar su pañuelo de incertezas en el volante de mi Chevrolet.
Yo, que no por pesimista en la visión de las cuestiones más abstractas y existenciales de, ay, la vida (como la frase de Sofi, otras del tipo “la vida no sirve para nada” o meras palabras como denigración, subsidio, soledad, entusiasmo, muerte), he dejado de bañarme en una alegría freixenética todos los días de mi vida (desde que soy persona, la adolescencia no cuenta), recuerdo mi adolescencia más que como un deseo de imponerme frente al mundo, como un ansia irrefrenable de saltarme todos los semáforos para poder adelantarme a mí misma por la derecha.
Me explico. Para mí la adolescencia fue la época en la que se constata la propia insignificancia, creo que, sub- o in-conscientemente, el adolescente se sabe destinado al pozo del fracaso. De repente, el adolescente sabe (sin saberlo) que el mundo es más amplio que el regazo de mamá. Constatación de un fracaso, pues. Y aún digo más, ya que estamos en mañana pesimista de domingo y el naranjo se orla hoy con más abejas que azahar, es la constatación del fracaso de la infancia como modo de vida y de supervivencia.
Porque la infancia no da para más. Mantiene vallados los peligros gracias al omnipresente y afable regazo de mami y la caricia paterna de papi; los límites de su tristeza terminan con la regañina y el consiguiente castigo; la ascensión de su reinado es, sin embargo, ilimitada. Todo el amor de los todopoderosos padres está ahí para abrigarnos, empujarnos, hacernos sentir todopoderosos, capaces de comernos el mundo. Y la creencia en nuestra propia capacidad de ir por ahí fagocitando planetas es la que se termina abruptamente en la adolescencia, a la puerta del instituto recién atracado en tu pobreza impúber; en el propio portal de tu casa, dando a probar los labios a un desconocido; o, simplemente, leyendo con comunión los arrebatos de algún protagonista lleno de contradicciones.
La infancia cierra repentinamente las puertas de su santuario cuando uno no puede evitar explayar su desamparo ante agentes que aún no han demostrado su inocuidad para con nosotros. Esta frase parece sacada de un tratado de parasitología o de los últimos índices sobre la Bolsa. Me explico si puedo. Pienso en la primera vez que una chica se desnuda en una habitación ajena y velis nolis, aun sin saberlo, lo único que hace es izar y exhibir la bandera de su propia indefensión. Pienso en el mareo de la primera borrachera en una plaza cualquiera que nunca antes habíamos conocido y no veo más que un homenaje a esa orfandad que empieza a caracterizarnos. Pienso en el esfuerzo por el desaliño y no encuentro más que símbolos del desabrigo; de la soledad, si se quiere, de tener que buscar solos las cosas y sus correspondientes porqués.
Para mí la adolescencia no fue una lucha contra ese mundo rígido del que habla Sof, sino más bien contra la propia rigidez (que tan necesaria nos era en la infancia porque corre paralela a la seguridad y también, supongo, al radicalismo infanzón). Tiene el adolescente, como Demian, que destruir un mundo para empezar de nuevo. Pero ese mundo es, en realidad, su propia personita.
Se me ocurre que la adolescencia es la destrucción valerosa de todas las raíces que nos mantenían calientes en el suelo y que, de adolescentes, en la vorágine tremenda del mundo ancho y ajeno, nos impiden sobrevolar con gracia lo nocivo y alimentarnos de lo bueno; nos dificultan, en definitiva, la elección diaria y verdadera de nuestro propio comedero moral, estético, intelectual… Lo que no soporta el adolescente, me parece, es la constatación de ese proceso de crecimiento. La destrucción es consciente; de ahí, me parece la estética del feísmo, la carrera alcohólica, el empeño furioso en probarlo todo y de la peor manera. Eso es necesario (o para mí lo fue). Sufrir como un becerro en el matadero. Pero yo fui la dueña de mi pequeña inmolación diaria y supongo que, hasta cierto punto, esa lucha me fue ayudando a trazar los límites de mi propio fracaso, de mi propia auto-rebeldía, de mi mundo. A poner en práctica el oráculo de Delfos (Gnothi seauton).
Creo que somos las personas las que le ponemos límites al mundo. Yo veo, en mi forma de comportarme ahora, en mis miedos con más edad, en mi falta de sentido del ridículo que Sofi tan bien conoce y sobre todo en mi alegría esforzada, que mi adolescencia no fue sino un trabajo de cartografía sentimental, la definición del mapa de mi personalidad y de mi mundo.
Hay ciertas islas morales, físicas, o intelectuales que no creo que visite jamás. En otros purgatorios, en cambio, pasé demasiado tiempo. Algunos paraísos, una vez sobrepasados, me enseñaron un campo que no me interesa y por el que ahora puedo pasar, grácil y venialmente, con la tranquilidad de lo ya conocido. Todo eso se lo debo, digo yo, a la adolescencia y ese afán tan automovilístico de ir devorando paisajes, escenarios vitales sin orden y concierto, sin más batuta que nuestro propio pie sobre el acelerador. Y si bien en la infancia somos una escisión de la felicidad de los padres; si bien en la adolescencia no somos nadie porque queremos ser alguien en el futuro, reconocernos en el dni, saber aceptarnos urdimbre de convicciones y razonamiento, de herencia y aprendizaje; pese a todo eso, tenemos siempre un rescoldo de esencia, de yo, de plumaje inveterado. Aunque no sea más que el tejido nervioso que nos hace levantar o apoyar el pie en el acelerador.
P.S. Inevitablemente, después de escupir y releer lo escupido, pienso que estoy mucho más de acuerdo con Sofi de lo que creía… Como siempre nos sucede, no importa el número de tostadas que comamos los domingos al desayuno.
P.P.S. Da que pensar que las acepciones del verbo latino adolescere sean "crecer" y "arder". Ejem. La adolescencia como pira del "yo".
P.P.P.S. Para los habituales lectores de reseñas. Disculpen los salivazos fuera del tiesto. Enseguida regresamos a nuestra seriedad y comedimiento habituales.
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“Creo comprender que la adolescencia es la época en que el deseo de imponer la propia forma de ver el mundo choca con la rigidez de ese mundo y la única solución visible es imponerse en las pequeñas cosas.”
Le iba a dejar un comentario sanote, simpático y oloroso pero se me ha ido de las manos.
La invito, pues, a enredar su pañuelo de incertezas en el volante de mi Chevrolet.
Yo, que no por pesimista en la visión de las cuestiones más abstractas y existenciales de, ay, la vida (como la frase de Sofi, otras del tipo “la vida no sirve para nada” o meras palabras como denigración, subsidio, soledad, entusiasmo, muerte), he dejado de bañarme en una alegría freixenética todos los días de mi vida (desde que soy persona, la adolescencia no cuenta), recuerdo mi adolescencia más que como un deseo de imponerme frente al mundo, como un ansia irrefrenable de saltarme todos los semáforos para poder adelantarme a mí misma por la derecha.
Me explico. Para mí la adolescencia fue la época en la que se constata la propia insignificancia, creo que, sub- o in-conscientemente, el adolescente se sabe destinado al pozo del fracaso. De repente, el adolescente sabe (sin saberlo) que el mundo es más amplio que el regazo de mamá. Constatación de un fracaso, pues. Y aún digo más, ya que estamos en mañana pesimista de domingo y el naranjo se orla hoy con más abejas que azahar, es la constatación del fracaso de la infancia como modo de vida y de supervivencia.
Porque la infancia no da para más. Mantiene vallados los peligros gracias al omnipresente y afable regazo de mami y la caricia paterna de papi; los límites de su tristeza terminan con la regañina y el consiguiente castigo; la ascensión de su reinado es, sin embargo, ilimitada. Todo el amor de los todopoderosos padres está ahí para abrigarnos, empujarnos, hacernos sentir todopoderosos, capaces de comernos el mundo. Y la creencia en nuestra propia capacidad de ir por ahí fagocitando planetas es la que se termina abruptamente en la adolescencia, a la puerta del instituto recién atracado en tu pobreza impúber; en el propio portal de tu casa, dando a probar los labios a un desconocido; o, simplemente, leyendo con comunión los arrebatos de algún protagonista lleno de contradicciones.
La infancia cierra repentinamente las puertas de su santuario cuando uno no puede evitar explayar su desamparo ante agentes que aún no han demostrado su inocuidad para con nosotros. Esta frase parece sacada de un tratado de parasitología o de los últimos índices sobre la Bolsa. Me explico si puedo. Pienso en la primera vez que una chica se desnuda en una habitación ajena y velis nolis, aun sin saberlo, lo único que hace es izar y exhibir la bandera de su propia indefensión. Pienso en el mareo de la primera borrachera en una plaza cualquiera que nunca antes habíamos conocido y no veo más que un homenaje a esa orfandad que empieza a caracterizarnos. Pienso en el esfuerzo por el desaliño y no encuentro más que símbolos del desabrigo; de la soledad, si se quiere, de tener que buscar solos las cosas y sus correspondientes porqués.
Para mí la adolescencia no fue una lucha contra ese mundo rígido del que habla Sof, sino más bien contra la propia rigidez (que tan necesaria nos era en la infancia porque corre paralela a la seguridad y también, supongo, al radicalismo infanzón). Tiene el adolescente, como Demian, que destruir un mundo para empezar de nuevo. Pero ese mundo es, en realidad, su propia personita.
Se me ocurre que la adolescencia es la destrucción valerosa de todas las raíces que nos mantenían calientes en el suelo y que, de adolescentes, en la vorágine tremenda del mundo ancho y ajeno, nos impiden sobrevolar con gracia lo nocivo y alimentarnos de lo bueno; nos dificultan, en definitiva, la elección diaria y verdadera de nuestro propio comedero moral, estético, intelectual… Lo que no soporta el adolescente, me parece, es la constatación de ese proceso de crecimiento. La destrucción es consciente; de ahí, me parece la estética del feísmo, la carrera alcohólica, el empeño furioso en probarlo todo y de la peor manera. Eso es necesario (o para mí lo fue). Sufrir como un becerro en el matadero. Pero yo fui la dueña de mi pequeña inmolación diaria y supongo que, hasta cierto punto, esa lucha me fue ayudando a trazar los límites de mi propio fracaso, de mi propia auto-rebeldía, de mi mundo. A poner en práctica el oráculo de Delfos (Gnothi seauton).
Creo que somos las personas las que le ponemos límites al mundo. Yo veo, en mi forma de comportarme ahora, en mis miedos con más edad, en mi falta de sentido del ridículo que Sofi tan bien conoce y sobre todo en mi alegría esforzada, que mi adolescencia no fue sino un trabajo de cartografía sentimental, la definición del mapa de mi personalidad y de mi mundo.
Hay ciertas islas morales, físicas, o intelectuales que no creo que visite jamás. En otros purgatorios, en cambio, pasé demasiado tiempo. Algunos paraísos, una vez sobrepasados, me enseñaron un campo que no me interesa y por el que ahora puedo pasar, grácil y venialmente, con la tranquilidad de lo ya conocido. Todo eso se lo debo, digo yo, a la adolescencia y ese afán tan automovilístico de ir devorando paisajes, escenarios vitales sin orden y concierto, sin más batuta que nuestro propio pie sobre el acelerador. Y si bien en la infancia somos una escisión de la felicidad de los padres; si bien en la adolescencia no somos nadie porque queremos ser alguien en el futuro, reconocernos en el dni, saber aceptarnos urdimbre de convicciones y razonamiento, de herencia y aprendizaje; pese a todo eso, tenemos siempre un rescoldo de esencia, de yo, de plumaje inveterado. Aunque no sea más que el tejido nervioso que nos hace levantar o apoyar el pie en el acelerador.
P.S. Inevitablemente, después de escupir y releer lo escupido, pienso que estoy mucho más de acuerdo con Sofi de lo que creía… Como siempre nos sucede, no importa el número de tostadas que comamos los domingos al desayuno.
P.P.S. Da que pensar que las acepciones del verbo latino adolescere sean "crecer" y "arder". Ejem. La adolescencia como pira del "yo".
P.P.P.S. Para los habituales lectores de reseñas. Disculpen los salivazos fuera del tiesto. Enseguida regresamos a nuestra seriedad y comedimiento habituales.
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Etiquetas: adolescencia
Obscenidades
obsceno, na.
(Del lat. obscēnus).
1. adj. Impúdico, torpe, ofensivo al pudor. Hombre, poeta obsceno. Canción, pintura obscena.
Juan Pablo II “El ethos de la imagen artística” Audiencia General. Miércoles 6 de mayo de 1981.
Supongo que a día de hoy utilizamos la palabra “obsceno” con la ligereza y la flexibilidad que implica “ofensivo al pudor”, porque nos remitimos a lo que cada uno entiende (para eso la libertad de expresión, el libre cambio, el solipsismo relativista, el yomismismo y los canales de televisión) por “ofensivo” y por “pudor”. Esto amplía y difumina el espectro de las cosas que pueden presentarse a la mirada humana y anula por completo la última frase de la cita de Totus Tuus y da entrada a todo tipo de imágenes en los medios de comunicación e información. Por Internet circulan fotos que no fueron publicadas en su día en el 11-M, se nos colma el informativo de muertes en directo (como aquel chico palestino tiroteado) e incluso chicas en top less ilustran en el periódico noticias sobre la oferta hotelera en verano.
Intuyo que las preguntas son muchas. ¿Dónde termina el derecho de información (artículo 20) y comienza un uso irreflexivo de las tecnologías a su servicio? Es decir, ¿el mero hecho de que existan unas imágenes es la patente de corso que se necesita para mostrarlas? Habrá opiniones para todos los gustos. Obviamente, el derecho regula la colisión del derecho a la información con otros derechos (honor, intimidad, propia imagen). Pero no voy a eso, básicamente, porque suelen ser derechos irrenunciables de la persona. Allá cada uno que ajuste los suyos en la cartera como pueda. (1)
Pero no quiero hablar de eso ahora, sino del que recibe las imágenes, de lo que Totus llama “espectador”. Y aquí la pregunta que me surge es: ¿hay o debería haber imágenes que no puedan o no deban ser presentadas a la mirada humana sin opción alguna? Es decir, ¿hay o debería haber imágenes netamente obscenas? El caso afirmativo supondría la existencia de un consenso acerca de lo obsceno, que a día de hoy (creo) falta. ¿Quién decidiría entonces qué es y qué no es obsceno? Muchas cuestiones. Y además, falta otra, ¿por qué o para qué?
Sí, deberían existir estas imágenes, “vetadas” para evitar estropear cierta sensibilidad inherente al ser humano. O bien, no debería haberlas porque si suceden cosas horrorosas en el mundo, la única forma de tomar conciencia de ello es ver las imágenes. Yo misma no sé salir del embrollo.
Lo que sí se me ocurre es que por costumbre o por hartazgo o por presbicia moral hay muchas de esas imágenes que ya no cumplen una función informativa o no generan esa sensación de horror extraordinario.
Lo más obsceno de todo el asunto, lo que más me ofende el poco pudor que me queda (mea culpa y del mundo, yo creo) es la conjunción estrábica de asuntos e imágenes que se nos estampa contra la retina diariamente. Y creo que es esto lo que me lleva a todo el esguince cerebral anterior. Y creo que es esa conjunción imposible la que denota a mi juicio un yerro tremendo en la concepción de la ética de la información (o en su aplicación).
No me parece obsceno que los políticos vistan de traje. Me parece obsceno que nos enseñen cómo pasean su fatuidad enfundada en Emidio Tucci por las linajudas salas de prensa de un Líbano recién destruido. Me parece obsceno que se utilice como metáfora de un acuerdo o un alto el fuego un apretón de manos. Me parece obsceno que la sobrealimentación y la obesidad infantil sean noticia. Más me lo parece (en otro sentido) que lo sea el embarazo de Letizia Ortiz. Me parece obsceno el precio de unos Levis. Me parece obsceno el Tesoro del Delfín de la Basílica de San Marcos, en Venecia. No me lo parece la libertad de opinión. Sí, en cambio, la temeridad desparpajada con que largan sus chirinolas ciertos mamelucos auto-investidos de una autoridad de la que carecen. Me parece obsceno que se “censuren” ciertas entrevistas vaya usted a saber por qué razones. Pero más aún me lo parece que días después aparezcan reproducidas íntegramente. Me parece agotadoramente obsceno el “reconocimiento de marca” y el precio que muchos dan en pagar por ello cuando hay millones de personas muriéndose de hambre, de sida, de malaria, de tuberculosis, de frío, de falta de agua, de peste, de insalubridad, por atentados, por guerras, porque sí. Lo más obsceno de todo sería acabar con una frase sobre las magníficas condiciones materiales en que se escribió este artículo. Pero ésa, por retomar a Su San, me la ahorro.
Esta pataleta obscena es culpa de David Torrico.
(1) En su día, me partí las partes contradictorias de mi cráneo para escribir un trabajo sobre esta cuestión (más o menos). Descargable ahora en pdf aquí
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(Del lat. obscēnus).
1. adj. Impúdico, torpe, ofensivo al pudor. Hombre, poeta obsceno. Canción, pintura obscena.
“La terminología tradicional latina se servía del vocablo ob-scaena, indicando de este modo todo lo que no debe ponerse ante los ojos de los espectadores, lo que debe estar rodeado de discreción conveniente, lo que no puede presentarse a la mirada humana sin opción alguna.”
Juan Pablo II “El ethos de la imagen artística” Audiencia General. Miércoles 6 de mayo de 1981.
Supongo que a día de hoy utilizamos la palabra “obsceno” con la ligereza y la flexibilidad que implica “ofensivo al pudor”, porque nos remitimos a lo que cada uno entiende (para eso la libertad de expresión, el libre cambio, el solipsismo relativista, el yomismismo y los canales de televisión) por “ofensivo” y por “pudor”. Esto amplía y difumina el espectro de las cosas que pueden presentarse a la mirada humana y anula por completo la última frase de la cita de Totus Tuus y da entrada a todo tipo de imágenes en los medios de comunicación e información. Por Internet circulan fotos que no fueron publicadas en su día en el 11-M, se nos colma el informativo de muertes en directo (como aquel chico palestino tiroteado) e incluso chicas en top less ilustran en el periódico noticias sobre la oferta hotelera en verano.
Intuyo que las preguntas son muchas. ¿Dónde termina el derecho de información (artículo 20) y comienza un uso irreflexivo de las tecnologías a su servicio? Es decir, ¿el mero hecho de que existan unas imágenes es la patente de corso que se necesita para mostrarlas? Habrá opiniones para todos los gustos. Obviamente, el derecho regula la colisión del derecho a la información con otros derechos (honor, intimidad, propia imagen). Pero no voy a eso, básicamente, porque suelen ser derechos irrenunciables de la persona. Allá cada uno que ajuste los suyos en la cartera como pueda. (1)
Pero no quiero hablar de eso ahora, sino del que recibe las imágenes, de lo que Totus llama “espectador”. Y aquí la pregunta que me surge es: ¿hay o debería haber imágenes que no puedan o no deban ser presentadas a la mirada humana sin opción alguna? Es decir, ¿hay o debería haber imágenes netamente obscenas? El caso afirmativo supondría la existencia de un consenso acerca de lo obsceno, que a día de hoy (creo) falta. ¿Quién decidiría entonces qué es y qué no es obsceno? Muchas cuestiones. Y además, falta otra, ¿por qué o para qué?
Sí, deberían existir estas imágenes, “vetadas” para evitar estropear cierta sensibilidad inherente al ser humano. O bien, no debería haberlas porque si suceden cosas horrorosas en el mundo, la única forma de tomar conciencia de ello es ver las imágenes. Yo misma no sé salir del embrollo.
Lo que sí se me ocurre es que por costumbre o por hartazgo o por presbicia moral hay muchas de esas imágenes que ya no cumplen una función informativa o no generan esa sensación de horror extraordinario.
Lo más obsceno de todo el asunto, lo que más me ofende el poco pudor que me queda (mea culpa y del mundo, yo creo) es la conjunción estrábica de asuntos e imágenes que se nos estampa contra la retina diariamente. Y creo que es esto lo que me lleva a todo el esguince cerebral anterior. Y creo que es esa conjunción imposible la que denota a mi juicio un yerro tremendo en la concepción de la ética de la información (o en su aplicación).
No me parece obsceno que los políticos vistan de traje. Me parece obsceno que nos enseñen cómo pasean su fatuidad enfundada en Emidio Tucci por las linajudas salas de prensa de un Líbano recién destruido. Me parece obsceno que se utilice como metáfora de un acuerdo o un alto el fuego un apretón de manos. Me parece obsceno que la sobrealimentación y la obesidad infantil sean noticia. Más me lo parece (en otro sentido) que lo sea el embarazo de Letizia Ortiz. Me parece obsceno el precio de unos Levis. Me parece obsceno el Tesoro del Delfín de la Basílica de San Marcos, en Venecia. No me lo parece la libertad de opinión. Sí, en cambio, la temeridad desparpajada con que largan sus chirinolas ciertos mamelucos auto-investidos de una autoridad de la que carecen. Me parece obsceno que se “censuren” ciertas entrevistas vaya usted a saber por qué razones. Pero más aún me lo parece que días después aparezcan reproducidas íntegramente. Me parece agotadoramente obsceno el “reconocimiento de marca” y el precio que muchos dan en pagar por ello cuando hay millones de personas muriéndose de hambre, de sida, de malaria, de tuberculosis, de frío, de falta de agua, de peste, de insalubridad, por atentados, por guerras, porque sí. Lo más obsceno de todo sería acabar con una frase sobre las magníficas condiciones materiales en que se escribió este artículo. Pero ésa, por retomar a Su San, me la ahorro.
Esta pataleta obscena es culpa de David Torrico.
(1) En su día, me partí las partes contradictorias de mi cráneo para escribir un trabajo sobre esta cuestión (más o menos). Descargable ahora en pdf aquí
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Reseña: La sinagoga de los iconoclastas, de J. Rodolfo Wilcock
Argentino todo él, terminó residiendo en Italia y escribiendo en italiano. Poemas, relatos, teatro, traducciones. Todo lo cultivó este personaje digno de haber sido inventado por Borges. Como inventor de vidas imposibles, bien podría figurar en La sinagoga de los iconoclastas, libro en el que reúne unas treinta vidas de inventores, utópatas (más que utópicos), profesores, críticos, investigadores, químicos y pensadores y sus respectivos hallazgos, invenciones, descubrimientos y teorías. Toda una galería del absurdo disfrazada con la sesudez del biógrafo o la fiabilidad del científico. Son una continuación de los “imaginados” de Schwob, de los “infames” de Borges.
Esta sinagoga no es exactamente un libro de relatos, ni una semblanza de ciertos personajes a modo de homenaje, como es el poético Mausoleo de Enzensberger. Estos personajes no existen. El placer que se desprende de leer las vidas de estos iconoclastas es el que se deriva de su creación. El placer de imaginar con entera libertad, de proponer disparates con rigor, de revestir con la toga de la verosimilitud y de la semblanza biográfica esta antología de disparates que, en realidad, no son más que una sátira de nuestros propios disparates. El deleite que se extrae de este libro es la de romper con todos los hilos y requerimientos de las narraciones al uso, de dejarse llevar por una cascada desbordante de ocurrencias y guiños que no termina nunca.
Los nombres de los personajes ya son grandes hallazgos; tenemos al gran José Valdés y Prom, que no podía ser más que de Filipinas o el alemanísimo Klaus Nachtknecht. Lo temible es que algunos de ellos existieron realmente, como se advierte al final. Uno de los que existieron de veras, Alfred William Lawson, fue el fundador de la “Lawsonomía”, que no es ni más ni menos que “el estudio de la vida y de todo lo que se refiere a la vida”.
Y es que la no diferenciación entre la realidad y ficción es otra característica de los relatos. Por un lado, todos ellos se presentan como pequeñas semblanzas, biografías, o un detalle de los logros de cada individuo que bien podría aparecer en una revista de ciencias, en una enciclopedia o en un libro de conferencias. Obviamente, los lugares en que se sitúan estas vidas son reales. Así, el señor Nachtknecht aplica su proyecto de hoteles volcánicos en Hawai, al pie del Etna o en Nicaragua. La aplicación de teorías y proyectos a objetos y lugares reales causa todavía más hilaridad:
Donde el cerdo seco no es otra cosa que una muestra de “vida latente”, o pequeños animales capaces de retornar a la vida. Todo ello, descubierto al microscopio por el microscopista Anton von Leeuwenhock. Y es que esa yuxtaposición de técnica y barbaridad, de concreción real y disparate inimaginable también suscita la sonrisa. Se nos presenta, en los primeros párrafos de cada vida, a un individuo, con parte de su peripecia vital, metido en un laboratorio, o bien exiliado en Latinoamérica, donde investiga sobre el terreno, o bien en un hospital bien localizado. Y a partir de ahí, puesto el pie sobre la ocurrencia, los datos reales (supuestamente reales) no hacen más que auparlo, adornarlo, hacerlo ver en toda su ridiculez:
Y a partir de ahí, una vez que hemos conseguido imaginar el rinconcito del Jura donde el señor Attendu, suponemos que con bata blanca, se pasea por su hospicio, Wilcock nos reta a torsiones y esguinces de la imaginación, dándole la vuelta a todas las realidades, proponiendo hipótesis inverosímiles pero totalmente justificadas y trabadas en su texto.
Para refrendar esta apariencia de realidad, y no sin cierta ironía, Wilcock se dedica a citar revistas, publicaciones, libros casi olvidados o desparecidos de las librerías, donde el lector podría encontrar, si quisiera, los datos de los experimentos, las teorías propuestas, la vida del inventor. Y así tenemos libros como Are these animals alive?, de 1853 o La reencarnación de la vida animal y vegetal del protoplasma aislado del reino mineral Sólo quien no haya leído nunca el título de un artículo de Science o de uno de esos famosos estudios que se hacen en universidades norteamericanas prácticamente desconocidas acerca del tamaño de los genitales de los murciélagos y utilidades por el estilo no sonreirá con estos guiños.
Por lo demás, Wilcock se va descolgando de la amplia madeja de su imaginación con sobriedad, fina ironía y mucho amor por la narración. Y entonces cuenta con todo pormenor cómo funciona la fábrica de novelas deYves de Lalande , con sus oficinas de Argumentos-Base, Personajes, Historias Individuales y Destinos. En realidad, Wilcock nos regala sus historias, sus ocurrencias, sus personajes. Todo un catálogo donde elegir, una madeja con millones de hilos distintos, basta tirar de uno un poco más de la cuenta y se cae en nuestro regazo con toda su fantástica historia detrás. Wilcock podría hacer elegido a uno de estos personajes estrambóticos y ahondar en él, contar su historia, crearle inventos, circunstancias, familia, estudios, pormenores, esfuerzos, problemas. Pero no. Prefiere esbozar las mil y una facetas de la extravagancia, se recrea inventando inventos, haciendo crónica imposible de imposibilidades, poniendo a prueba su imaginación y la del propio lector.
Piramidología popular, la abolición de la ley de la gravedad, la lawsonomía, la pentacicleta, el origen negro de la raza francesa, o las diez zonas en que divide el cuerpo humano y sus dolores el cirujano Benedict Lust. Todas ellas son invenciones, ocurrencias inverosímiles (o verosímiles, muchas veces, tristemente verosímiles), disparates, barbaridades, guiños a otras disciplinas o a otros descubrimientos que expresan, en toda su variedad, una única cosa: el inmenso placer de inventar, de imaginar, de creer, de narrar, de dejar volar los hechos, de juntarlos como más apetezca sin que tengan más coherencia que la que uno es capaz de construirle a medida que los une. La bendita manía de contar, que decía el otro.
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Esta sinagoga no es exactamente un libro de relatos, ni una semblanza de ciertos personajes a modo de homenaje, como es el poético Mausoleo de Enzensberger. Estos personajes no existen. El placer que se desprende de leer las vidas de estos iconoclastas es el que se deriva de su creación. El placer de imaginar con entera libertad, de proponer disparates con rigor, de revestir con la toga de la verosimilitud y de la semblanza biográfica esta antología de disparates que, en realidad, no son más que una sátira de nuestros propios disparates. El deleite que se extrae de este libro es la de romper con todos los hilos y requerimientos de las narraciones al uso, de dejarse llevar por una cascada desbordante de ocurrencias y guiños que no termina nunca.
Los nombres de los personajes ya son grandes hallazgos; tenemos al gran José Valdés y Prom, que no podía ser más que de Filipinas o el alemanísimo Klaus Nachtknecht. Lo temible es que algunos de ellos existieron realmente, como se advierte al final. Uno de los que existieron de veras, Alfred William Lawson, fue el fundador de la “Lawsonomía”, que no es ni más ni menos que “el estudio de la vida y de todo lo que se refiere a la vida”.
Y es que la no diferenciación entre la realidad y ficción es otra característica de los relatos. Por un lado, todos ellos se presentan como pequeñas semblanzas, biografías, o un detalle de los logros de cada individuo que bien podría aparecer en una revista de ciencias, en una enciclopedia o en un libro de conferencias. Obviamente, los lugares en que se sitúan estas vidas son reales. Así, el señor Nachtknecht aplica su proyecto de hoteles volcánicos en Hawai, al pie del Etna o en Nicaragua. La aplicación de teorías y proyectos a objetos y lugares reales causa todavía más hilaridad:
“Las crónicas recuerdan el famoso cerdo seco de Innsbruck, que fue exhibido en todas las capitales, pieza única de una exposición itinerante de monstruos y fenómenos diversos de la naturaleza”.
Donde el cerdo seco no es otra cosa que una muestra de “vida latente”, o pequeños animales capaces de retornar a la vida. Todo ello, descubierto al microscopio por el microscopista Anton von Leeuwenhock. Y es que esa yuxtaposición de técnica y barbaridad, de concreción real y disparate inimaginable también suscita la sonrisa. Se nos presenta, en los primeros párrafos de cada vida, a un individuo, con parte de su peripecia vital, metido en un laboratorio, o bien exiliado en Latinoamérica, donde investiga sobre el terreno, o bien en un hospital bien localizado. Y a partir de ahí, puesto el pie sobre la ocurrencia, los datos reales (supuestamente reales) no hacen más que auparlo, adornarlo, hacerlo ver en toda su ridiculez:
“En Haut-les-Aigues, en un rincón del Jura próximo a la frontera suiza, el doctor Alfred Attendu dirigía su panorámico Sanatorio de Reeducación, o sea hospicio de cretinos.”
Y a partir de ahí, una vez que hemos conseguido imaginar el rinconcito del Jura donde el señor Attendu, suponemos que con bata blanca, se pasea por su hospicio, Wilcock nos reta a torsiones y esguinces de la imaginación, dándole la vuelta a todas las realidades, proponiendo hipótesis inverosímiles pero totalmente justificadas y trabadas en su texto.
Para refrendar esta apariencia de realidad, y no sin cierta ironía, Wilcock se dedica a citar revistas, publicaciones, libros casi olvidados o desparecidos de las librerías, donde el lector podría encontrar, si quisiera, los datos de los experimentos, las teorías propuestas, la vida del inventor. Y así tenemos libros como Are these animals alive?, de 1853 o La reencarnación de la vida animal y vegetal del protoplasma aislado del reino mineral Sólo quien no haya leído nunca el título de un artículo de Science o de uno de esos famosos estudios que se hacen en universidades norteamericanas prácticamente desconocidas acerca del tamaño de los genitales de los murciélagos y utilidades por el estilo no sonreirá con estos guiños.
Por lo demás, Wilcock se va descolgando de la amplia madeja de su imaginación con sobriedad, fina ironía y mucho amor por la narración. Y entonces cuenta con todo pormenor cómo funciona la fábrica de novelas de
Piramidología popular, la abolición de la ley de la gravedad, la lawsonomía, la pentacicleta, el origen negro de la raza francesa, o las diez zonas en que divide el cuerpo humano y sus dolores el cirujano Benedict Lust. Todas ellas son invenciones, ocurrencias inverosímiles (o verosímiles, muchas veces, tristemente verosímiles), disparates, barbaridades, guiños a otras disciplinas o a otros descubrimientos que expresan, en toda su variedad, una única cosa: el inmenso placer de inventar, de imaginar, de creer, de narrar, de dejar volar los hechos, de juntarlos como más apetezca sin que tengan más coherencia que la que uno es capaz de construirle a medida que los une. La bendita manía de contar, que decía el otro.
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Reseña: Todas las almas, de Javier Marías
Todas las almas es una nube. Me imagino a Javier Marías subido en ella, interpuesto entre la realidad y la ficción. Muchas veces, una novela es la lazada que se tiende desde la ficción hacia un trocito inexplorado de realidad. (Ejemplito, la novela de Millás que reseñamos hace un mes). En otras ocasiones, sucede al revés y la novela es un manifiesto por teñir de ficción la realidad, un grito desesperado que descarta la vida agotada. Mírense, si no, las de Vila-Matas. Todas las almas flota en la ambigüedad de estar entre ambas.
Por un lado, el narrador, innominado, es identificable en muchos aspectos con el propio Javier Marías. El mismo autor llegó a dictar una conferencia titulada “Quién escribe”, sobre el problema de la identificación entre autor y narrador a raíz de esta novela, para llegar a la conclusión de que su narrador es “quien yo pude ser pero no fui”, “quien no es Nadie, y sin embargo se me parece” y “Otro-además-de-mí”. Todo lector avezado sabe que hay siempre una neta separación entre el autor y el narrador (al menos, desde que lo dijo Eco); en este caso, Javier Marías juega con esa la movilidad de esa línea de separación. El narrador español sin nombre es una espiral de humo que emana del cigarrillo de Javier Marías; es distinto porque es a partir del otro, pero no es el otro. Trasladada a los demás personajes, la ambigüedad permite enmascararlos en el mismo difumino y el lector puede jugar a no saber si son reales, inventados, o mitad y mitad. Y para terminar de confundir, tenemos a John Gawsworth, un escritor real que, al tiempo, tiene su parte de papel en la invención. La realidad y la ficción se revelan como dos filamentos de una cuerda, la forman y se estiran y encogen formando dibujos nuevos a cada movimiento.
Además, Javier Marías se sirve del relato retrospectivo. Eso acota el tiempo (el lugar ya está acotado, metido en su cápsula inamovible de almíbar) a dos años, los ocurridos en Oxford y permite que la narración de los sucesos y sensaciones vengan entreverados con la reflexión acerca de lo vivido. Se cuela, entonces, entre la voz y la circunstancia que narra y lo experimentado, la distancia, la bruma, la nube de incertidumbre tan oxoniense. Como dice el propio narrador:
Por otra parte, se hace mucho hincapié en que la historia de lo sucedido en Oxford es la “historia de una perturbación”, lo que permite vestir con ropajes de realidad, acontecimientos de pura ficción. Además, Javier Marías se cuida de establecer una neta diferencia en la relación con el espacio entre él mismo, que es un ave de paso que, en realidad, pertenece a otro mundo, y el resto de los personajes, oxonienses que se miden por la forma de pasar el tiempo en Oxford. Porque la gente de Oxford no está en el tiempo y él sí: él está “en el tiempo y en el mundo”. El narrador es la bisagra que anda estirándose del lado de la ficción y del de la realidad a su gusto.
El relato, pasado por el tamiz del tiempo y del espacio, se ve apuntalado por la reflexión de lo narrado, la disección de los sentimientos, que no puede tener lugar al tiempo que el sentimiento, se mezclan dos tiempos del discurso y de la “realidad” (la vida): el de sentirla, pasarla, experimentarla y el de asumirla, pensarla, gozarla en la dulce penumbra de la mente. Se incardinan, pues, mágicamente, ambos tiempos, ambos espacios mentales, de suerte que el lector aborda la sensación y, al tiempo, asiste al juicio sobre la propia sensación. Se difumina lo sentido por estar ensombrecido (o enriquecido) por lo pensado; se difumina lo pensado como tal, porque está pendiendo de la experiencia inmediata. Así, en la conversación decisiva que el español mantiene con Clare Bayes al final de la novela, el narrador piensa en el momento, acota y perfila después y nos lo devuelve todo como una sola y pequeña pieza de eternidad sentimental:
Se entremezclan el aquí y ahora de junio en Brighton, que se protege bajo la primera reflexión general (que no tiene tiempo, que es de presente perenne y siempre actual). El narrador mira hacia la playa en junio, en Brighton pero sólo en un tiempo de sosiego posterior puede desnudarse ante sí mismo y desglosar y analizar su comportamiento. Pero todo aparece como una piedra compacta pero borrosa, al no poder determinarse fieramente y con rigor científico, dónde comienza un tiempo y acaba el otro, si es que esto sucede realmente.
Javier Marías escogió un escenario inhóspito e inmóvil, fuera de todo tiempo, que es el tiempo que no pasa en Oxford para los oxonienses. Dentro de este tiempo y espacio, inserta al protagonista narrador, que viene de otro espacio y de otro tiempo y que no es capaz de observar esto si no es desde fuera. Al hacerlo así, al establecer la barrera entre él y los demás, hace todavía más opaca, más estática, más cerrada la atmósfera que quiere transmitir. Y más brumosa, más indefinida, más incierta, porque es narrada desde los aledaños, desde las afueras, por más que la historia se basa en lo que le aconteció “dentro”. Pequeños detalles hacen familiar esta distancia: la soledad inevitable del individuo, la importancia de su cubo de basura, de su casa piramidal, que son espacios sólo suyos en ese Oxford tan de todos menos suyo. O incluso la pertinacia con que da en llamar “Clare Bayes” a su amante, así, utilizando el nombre y el apellido constantemente.
Todas las almas es un libro para dejarse mecer. Te pasea por la neblina inglesa pero ésta no te moja la cara. Te arranca de tu propio espacio para subirte con el narrador a un limbo que no se sabe muy bien dónde está. Y te va descolgando por esa prosa flexible, trastabillada en ocasiones, llena de digresiones que lo son y no siempre lo parecen (o al revés). No es la prosa compleja y rotunda de Benet que explota las ideas en la misma sintaxis del pensamiento. Es algo más juguetona, más incierta o errática, nunca es un manto simétrico sobre una idea desarrollada. No. La prosa entretejida de Todas las almas transmite la tensión de la palabra que tira las ideas y de las ideas que van estirándose por encima del lenguaje, buscando siempre su mejor expresión. No es difícil encontrar un hueco bajo esta manta para hacerlo nuestro.
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Por un lado, el narrador, innominado, es identificable en muchos aspectos con el propio Javier Marías. El mismo autor llegó a dictar una conferencia titulada “Quién escribe”, sobre el problema de la identificación entre autor y narrador a raíz de esta novela, para llegar a la conclusión de que su narrador es “quien yo pude ser pero no fui”, “quien no es Nadie, y sin embargo se me parece” y “Otro-además-de-mí”. Todo lector avezado sabe que hay siempre una neta separación entre el autor y el narrador (al menos, desde que lo dijo Eco); en este caso, Javier Marías juega con esa la movilidad de esa línea de separación. El narrador español sin nombre es una espiral de humo que emana del cigarrillo de Javier Marías; es distinto porque es a partir del otro, pero no es el otro. Trasladada a los demás personajes, la ambigüedad permite enmascararlos en el mismo difumino y el lector puede jugar a no saber si son reales, inventados, o mitad y mitad. Y para terminar de confundir, tenemos a John Gawsworth, un escritor real que, al tiempo, tiene su parte de papel en la invención. La realidad y la ficción se revelan como dos filamentos de una cuerda, la forman y se estiran y encogen formando dibujos nuevos a cada movimiento.
Además, Javier Marías se sirve del relato retrospectivo. Eso acota el tiempo (el lugar ya está acotado, metido en su cápsula inamovible de almíbar) a dos años, los ocurridos en Oxford y permite que la narración de los sucesos y sensaciones vengan entreverados con la reflexión acerca de lo vivido. Se cuela, entonces, entre la voz y la circunstancia que narra y lo experimentado, la distancia, la bruma, la nube de incertidumbre tan oxoniense. Como dice el propio narrador:
“El que aquí cuenta o que vio y le ocurrió no es aquel que lo vio y al que le ocurrió.”
Por otra parte, se hace mucho hincapié en que la historia de lo sucedido en Oxford es la “historia de una perturbación”, lo que permite vestir con ropajes de realidad, acontecimientos de pura ficción. Además, Javier Marías se cuida de establecer una neta diferencia en la relación con el espacio entre él mismo, que es un ave de paso que, en realidad, pertenece a otro mundo, y el resto de los personajes, oxonienses que se miden por la forma de pasar el tiempo en Oxford. Porque la gente de Oxford no está en el tiempo y él sí: él está “en el tiempo y en el mundo”. El narrador es la bisagra que anda estirándose del lado de la ficción y del de la realidad a su gusto.
El relato, pasado por el tamiz del tiempo y del espacio, se ve apuntalado por la reflexión de lo narrado, la disección de los sentimientos, que no puede tener lugar al tiempo que el sentimiento, se mezclan dos tiempos del discurso y de la “realidad” (la vida): el de sentirla, pasarla, experimentarla y el de asumirla, pensarla, gozarla en la dulce penumbra de la mente. Se incardinan, pues, mágicamente, ambos tiempos, ambos espacios mentales, de suerte que el lector aborda la sensación y, al tiempo, asiste al juicio sobre la propia sensación. Se difumina lo sentido por estar ensombrecido (o enriquecido) por lo pensado; se difumina lo pensado como tal, porque está pendiendo de la experiencia inmediata. Así, en la conversación decisiva que el español mantiene con Clare Bayes al final de la novela, el narrador piensa en el momento, acota y perfila después y nos lo devuelve todo como una sola y pequeña pieza de eternidad sentimental:
“Dentro de los pasos que deben darse en las conversaciones diáfanas sobre el futuro (los pasos que son sólo trámites) yo tenía entonces dos opciones: podía preguntar (miré hacia la playa) si ese abandono no se produciría nunca porque pese a todo ella amaba al marido (pero en aquella noche de junio y sábado en la ciudad de Brighton no quería correr el riesgo de oír que así era ni de tener que intentar negárselo haciendo inevitable uso de la jactancia);”
Se entremezclan el aquí y ahora de junio en Brighton, que se protege bajo la primera reflexión general (que no tiene tiempo, que es de presente perenne y siempre actual). El narrador mira hacia la playa en junio, en Brighton pero sólo en un tiempo de sosiego posterior puede desnudarse ante sí mismo y desglosar y analizar su comportamiento. Pero todo aparece como una piedra compacta pero borrosa, al no poder determinarse fieramente y con rigor científico, dónde comienza un tiempo y acaba el otro, si es que esto sucede realmente.
Javier Marías escogió un escenario inhóspito e inmóvil, fuera de todo tiempo, que es el tiempo que no pasa en Oxford para los oxonienses. Dentro de este tiempo y espacio, inserta al protagonista narrador, que viene de otro espacio y de otro tiempo y que no es capaz de observar esto si no es desde fuera. Al hacerlo así, al establecer la barrera entre él y los demás, hace todavía más opaca, más estática, más cerrada la atmósfera que quiere transmitir. Y más brumosa, más indefinida, más incierta, porque es narrada desde los aledaños, desde las afueras, por más que la historia se basa en lo que le aconteció “dentro”. Pequeños detalles hacen familiar esta distancia: la soledad inevitable del individuo, la importancia de su cubo de basura, de su casa piramidal, que son espacios sólo suyos en ese Oxford tan de todos menos suyo. O incluso la pertinacia con que da en llamar “Clare Bayes” a su amante, así, utilizando el nombre y el apellido constantemente.
Todas las almas es un libro para dejarse mecer. Te pasea por la neblina inglesa pero ésta no te moja la cara. Te arranca de tu propio espacio para subirte con el narrador a un limbo que no se sabe muy bien dónde está. Y te va descolgando por esa prosa flexible, trastabillada en ocasiones, llena de digresiones que lo son y no siempre lo parecen (o al revés). No es la prosa compleja y rotunda de Benet que explota las ideas en la misma sintaxis del pensamiento. Es algo más juguetona, más incierta o errática, nunca es un manto simétrico sobre una idea desarrollada. No. La prosa entretejida de Todas las almas transmite la tensión de la palabra que tira las ideas y de las ideas que van estirándose por encima del lenguaje, buscando siempre su mejor expresión. No es difícil encontrar un hueco bajo esta manta para hacerlo nuestro.
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