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Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Reseña: Nada, de Carmen Laforet
    Despertar súbito en mitad de la noche. Todo oscuro. Lejanas, las luces rojas del reloj. La conciencia aletea, temblorosa, sobre los músculos; tantea los miembros para adueñarse de ellos, reconocerlos, admitirlos, sosegarlos. Tranquilizar ese espasmo de sorpresa e inseguridad con que el cuerpo reclamó atención en un momento impreciso y sin causa aparente. Todo está bien.

    Yo no soy de aquí. O este no es mi sitio. La frase mana desde todo el cuerpo. La grita el cuerpo desde su postura incómoda. La sabe el cuerpo prendida en el estupor repentino de la madrugada. La enfrenta el cuerpo al errático paseo de la mente ingobernada que busca la piel, la ase, la obliga y la ciñe otra vez a la realidad del cuarto.

    No ser de allí. Esa es la sensación que pende de Andrea como una sombra indeleble a lo largo de todo el libro. No es un estallido brutal de la conciencia, ni un encontronazo tremendo de los anhelos con la realidad cada día de su eterno año en Barcelona. Es una petición de auxilio lanzada con todo el cuerpo. Se augura ya en la desenfadada llegada en un tren a deshora que abre el libro, se aprehende de las cosas, de adjetivos dejados caer, de nombres que no casan, de ventanas sin ojos al otro lado. El aire es fresco, pero es pesado. Su familia, su cobijo, lo que tendrá que ser su hogar se bautiza con distancia, “mis parientes”. Ni un atisbo de cercanía, de confianza que la puedan hacer reconocer la ventana que habrá de ser suya. Repentinamente, en lo que dura el tirón de riendas del conductor, la ambición de todos los sueños se desmorona: “Todo empezaba a ser extraño a mi imaginación”. Y ya el cuerpo nunca le pedirá quedarse; llegará a un pacto de no agresión con la conciencia y con el ambiente, y no esbozará nunca una alegre armonía con lo que le rodea.

    Toda la Barcelona soñada, la prometida por el narrador en el breve espacio de intuir una calle bañada de luces, desaparece, dejando sólo el eco de su posible existencia. Y si alguna vez vuelve a impregnar una página del libro, cuando Andrea encuentra la Catedral y el barrio Gótico, cuando atisba los tejados desde la morada bohemia de sus amigos, el anhelo es cercenado repentinamente por trozos ya sórdidos, ya irónicos de la chocante realidad. Y duele más así, cuando el deseo ha sido aludido brevemente y no se ha mostrado con puerilidad, cuando aún podemos hacerlo nuestro y verlo desmoronarse con Andrea a lo largo de todas sus peripecias.

    Pero la novela no es una protesta desgarrada contra la injusticia con que, a veces, culpamos a la realidad por no satisfacer nuestros deseos. Viene de las esperanzas ciegas de Andrea en Barcelona y va hacia las esperanzas puestas, esta vez, en Madrid. No hay nada que cambiar en Barcelona, no hay denuncia desmesurada. Andrea se va y siente el viaje “como una liberación”. Porque deja atrás un sitio que no es suyo. Y aunque el lector imagina el nuevo probable trastazo del deseo contra los barrios, no se hunde en la amargura de la derrota sino que siente, por fin, esa íntima armonía. Quizás Madrid tampoco sea su sitio. El viaje, probablemente, sí.

    Los personajes son sordos. Cuelgan de la novela los sus gritos extemporáneos de Juan y toda su estela de violencia cainita. Se adorna el silencio con las frases vacuas de la vacua Gloria. Se abre un hueco a la imposibilidad con las retahílas esperanzadas de la abuela. Se colma de pesadumbre con los discursos, los sarcasmos y la música sin auditorio de Román. Lo alegran las fantasías bohemias de Iturriaga y sus compañeros, la felicidad extraña de Ena. Lo emborronan las confesiones de la madre de Ena, la hipócrita rectitud de Angustias. De vez en cuando, un ruido de la ciudad intenta conformar la desbaratada orquesta. Sólo Andrea escucha, las más de las veces, muy a su pesar. Ella pone la voz al narrador, explica sus impresiones, se examina, observa el impacto de toda esa algarabía de gritos y ruidos en sí misma, toma decisiones, desestima conductas, se intuye, se perdona, se esfuerza, busca su hueco, no lo encuentra, desiste. Pero sobre todo, escucha. Incansablemente. Y esa es la ternura que inspira el personaje, callado, hambriento, que es incapaz de sentir amor por sus parientes, pero que los escucha, les presta su voz para el relato, los crea y nos los vuelve reales.

    Andrea mantiene una doble relación consigo misma, va conociéndose y dándosenos a conocer por dos vías diferentes. En su casa, en el ambiente de pesadumbre, tensión, mitos dañinos y odios demasiado expresados, Andrea va comprobando su resistencia, su capacidad analítica, su instinto de supervivencia, el acuerdo tácito que ha alcanzado consigo misma para soportar una situación prácticamente insostenible. Pasa entre todos sus parientes con todo el esfuerzo y el dolor que implica la situación pero con la liviandad que le da la conciencia de saber que no es para siempre. En la Universidad, con Ena, con sus amigos bohemios, descubre otra dimensión de sí misma, entiende lo que le agrada y no del mundo, elige con quién quiere estar, administra su pequeño capital como administrando su libertad y su felicidad. Y así vamos conociéndola por completo; la parte que ella deja someter, la parte que quiere gobernar bajo cualquier circunstancia.

    Los conflictos entre las dos partes de Andrea que vamos conociendo surgen cuando su amiga Ena, inesperadamente, no la deja elegir. O los siente cuando, inexplicablemente, elige escuchar a Román. Pues no se espera que Ena la obligue a comportarse como lo hace en su casa ni nunca siente en su casa de Aribau la libertad y la comodidad suficientes como para comportarse como hace en la Universidad. Por último, los dos mundos se entrecruzan dramáticamente cuando Ena se siente interesada por Román y todo comienza a tambalearse. La pulsión negativa que despierta Román amenaza con mandarlo todo por la cañería abajo. La intrincada energía de Ena puede salvarlo. Andrea se encuentra en medio del conflicto. Finalmente, cuando todo se soluciona, toma la última decisión, la de irse a Madrid, la de seguir buscando y buscándose, la de seguir creciendo en otro sitio. Que quizás no sea el suyo. Porque quizás no tenga ninguno, bendita alma peregrina. Por eso no hay resignación ni derrota en la novela, porque quizás la única manera de vencer, sea luchar.

    (Al final, ni reseño lo que prometo, ni guardo tampoco el silencio prometido... Qué cosas)

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    Exámenes, feria, plantas silvestres y otros laberintos
    Eso es lo que nos ocupa últimamente. Volveremos a pleno pulmón el día 8 de junio. Disfruten de la primavera o del granizo. Bébanse una cerveza a mi salud. Después de esto, merito un premio...

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    Joaquín Sabina cantó en el salón de mi casa
    Quoniam!

    Más información:

    Aquí y aquí

    Además, nos tiró dos besos, uno por mejilla.

    Luego, a lo que se ve, todo pasó, de repente. Y nos dejó un laberinto sin luz ni vino tinto. Y el lunes, al café del desayuno, volvió la Guerra Fría. Y algunos nos quedamos vencidos como un viejo que pierde al tute. Para decir con Dios, nos sobran los motivos.

    Y sin embargo... seguimos saliendo de todas partes a defender el pan y la alegría.

    (Qué bien me/nos conoces, Joaquinito)

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    Mierda
    Decía Cassirer que “el hombre es un animal simbólico”.Ya que así, aislada, la frase se nos deja interpretar como queramos, voy a pensar que Cassirer quiere decir que el hombre es capaz de fabricar e interpretar símbolos. Supongo que esto sucede no sólo a través del lenguaje, sino a través de la vida. Entiendo el símbolo como una construcción. Como una metáfora que se vive en vez de decirse.

    Sabemos que el lenguaje está lleno de símbolos, de metáforas, de símiles. De cosas que están por otra cosa. De espadas que son labios que son almíbar que es dulzura. De Beethoven y la ruina que roe su oído sordo. Lo mismo sabemos de los sueños y sus gramáticas oníricas y un tristísimo río de sangre que corre hacia un vaso dulcemente invertido que quiere ser un padre que parece una soga que ata, aprieta y retuerce un tristísimo río de sangre que corre hacia un vaso dulcemente invertido…

    Se nos enseña a estudiar los símbolos en el lenguaje, se nos marchita la lengua y el oído con catálogos de helenismos que acortan, archivan y empobrecen la varita traviesa del lenguaje. Se nos enseña, si queremos, a buscarnos en los sueños, a poner lo que nos late contra el mísero dragón que cada noche arruina con su fuego errático la gramática conformada de la conciencia racional. Pero nadie nos enseña nada de los símbolos que andan sueltos por la vida, los que vivimos, los que dan campanadas en el cuerpo, los que imponen sus horas a nuestra forma de andar por la vida.

    A veces, leyendo una novela, aparece un símbolo que actúa en toda la historia. Un jersey perdido que se encuentra en una plaza, donde se rompió un amor que había empezado lejos tiritando de incertidumbres, incomprensión y obstáculos. Es un paraguas olvidado en una casa ajena a la que no se espera volver. Es una planta cultivada por manos ágrafas que se llenan de veneno que deducirá en un cuerpo asesinado en la biblioteca un detective belga con bigotitos.

    Pero en la vida intangible, que se anda escapando casi más rápida de lo que la pensamos, ahí también hay símbolos. Y detrás de los símbolos , toda la carga de sus significados acumulados, apoyados en los anteriores, que van haciendo una gramática como una espiral por la que nos perdemos porque no nos la enseñaron, porque se configura con otras pautas que no son las de la lógica aristotélica, porque asumirla, respetarla y aprenderla cuesta dos pedradas inmensas en nuestra enclenque racionalidad.

    Por ahí, por ahí, deshilvanando lentamente la trama de nuestros sentimientos, se esconden las causas, los orígenes, el último dolor que nos trae a otro mucho más lejano, transformado, apuntalado en experiencias, que surge, de pronto, en una plaza vista demasiadas veces en una ciudad que no es la nuestra. Hay que mirar más el intestino, el resto último de lo no digerido, la mancha que se va quedando dentro, que cambia y que nos cambia, que no retrocede ni se pierde, que crece y nos transforma y nos crece o nos hunde en la miseria. La mierda. Porque es nuestra. Decía Marías que una bolsa de basura es una “obra”, la “obra” que hacemos (o deshacemos) a lo largo del día. El rastro último de lo que hemos sido y, probablemente, de lo que no queremos ser. Pero no podemos escaparnos a ello. No podemos meter todas nuestras incomodidades en una bolsa, atarla por la noche y dejarla a la puerta de casa, esperando a que vengan los servicios de limpieza. La noche, la frenética actividad mental del sueño, su gramática dislocada y transgresora, es lo más parecido a un sumidero. Pero no hacemos un uso muy consciente de él.

    Hay que atreverse a andar cañería abajo, a arrastrarse por el lodo, nuestro lodo, a hundirse en la última razón de una alegría, un bostezo, una frustración. La gramática válida es un andamiaje de porqués. Aunque a veces sean tan inconscientes, tan aparentemente insensatos, tan ilógicos como un libro abierto al azar, las letras de la matrícula de un coche, unos cordobeses bailando y comiendo caracoles o la llamada inesperada de un desconocido. Ahí está todo. No hay desaguadero para nuestras cañerías que no esté en nosotros, juguetes de nosotros mismos, ciegos las más veces a nuestra propia mirada. Deberíamos aprendernos, osar treparnos hasta la médula más dura, atrevernos a mirarnos cuando aparecemos reflejados en una revista tirada en un bar, en las dos palabras que alguien nunca dijo, o en el sofá abandonado en un contenedor de obra justo cuando sentíamos que ya nada era lo que parece.

    Todo esto (y ésta es la justificación que Sofi y yo siempre encontramos para todo lo que escribimos en las pantallas) no es más que otra razón para escribir un relato, para saber qué se desnuda en un cuento de Borges, en un relato policíaco de Chesterton, en la poesía de Guillén o en las obras de Calderón de la Barca. Un relato sobre la mierda. Una vez abolida, como pide, clama, recomienda, exige Kundera. Un relato sobre la propia mierda abolida. Que no es otra cosa que raíz y sustento.

    Del relato tenemos un vagón de tren, una mano que parece un gato, una mujer que no sabe quién es y un italiano (porque Italia está de moda) que trepa por su cloaca. Seguiremos informando.

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