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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Reseña: La invención de Hugo Cabret, de Brian Selznick
    Este libro es, como dice su subtítulo, “una novela narrada con palabras e ilustraciones”. Pero también es mucho más que eso. Es un canto al cisne, el hilo por el que empezar a devanar su posible historia, una apelación a la fantasía como el primer cine (aunque se limitase a mostrar la salida de los obreros de la fábrica) lo era.

    Narrar una historia con palabras e imágenes parece más sencillo de lo que la frase quiere enseñar. Uno se pregunta, ¿cómo se hará esto?, ¿funcionará?, ¿qué es el resultado, cómo etiquetarlo? Una vez leída y mirada, uno se da cuenta de que obviamente, sí funciona y de que no hay necesidad ninguna de etiquetarlo; llamarlo novela gráfica no es hacerle justicia, tampoco decir de ella que es una “novela ilustrada”. En realidad, para mí es una historia que aprovecha todos los recursos que necesita. Te narra lo que es narrable, te hace perderte en la magia de los sucesos, para los que no hay más recorrido que andar hilvanando palabras, que hacen pasar el tiempo, que hace albergar sentimientos, que mueven a acciones, que aprehendemos con lo leído. La parte gráfica –sucesiones de imágenes a modo de fotogramas que van formando escenas- se ocupa de mostrar directamente cosas sino difíciles de imaginar, difíciles al menos de consensuar. Pero además, aprovecha las perspectivas del mundo del cine, pasa de planos generales a primerísimos primeros planos, cambia el punto de vista, enriquece, al fin, el texto con estas aportaciones que si hubieran sido imbricadas en la narración textual, la habrían convertido en algo farragoso y de difícil comprensión.

    Hugo Cabret es un niño que, debido a diversas peripecias, descubrirá el mundo del cine de la mano del mismísimo Georges Meliès. La novela se ocupa, entonces, de restaurar la memoria de este director francés, fantástico, ocurrente, extraño si se quiere, pero que fue el primero en desafiar la imaginación visual de muchos con aquella luna con catalejo que todos los que la hemos visto tenemos durmiendo en el subconsciente. La historia es lineal, avanza lentamente pero con certeza hacia su objetivo y, en este sentido, no hay grandes sorpresas de saltos temporales o retrospecciones exageradas. Es una típica historia de investigación y resolución llena de obstáculos. Probablemente, resistiría el más sesudo análisis a la manera de Propp.

    Las innovaciones van por otro lado. El lector-espectador debe acomodarse a la forma narrativa que alterna texto e imágenes, que enlaza uno con otro de manera necesaria. El lector tiene que dejarse estar en el libro y aceptar sus reglas del juego. Así, el capítulo “, “Los relojes”, nos dice:
    “De cuando en cuando, una débil bombilla iluminaba un tanto los oscuros pasadizos”

    La siguiente frase que nos encontramos escrita aparece doce páginas después y dice así: “Hugo abrió la puerta y entró”. ¿Qué puerta? Ah, para saber eso hay que navegar por la escena dibujada, hay que reptar por los pasadizos de la mano de Hugo, hay que detenerse en esa bota suya, con el cordón desatado, temer por un tropezón, un ruido escandaloso que alerte a quien no debe ser alertado. Como en el cine.

    Se trata, pues, de un libro para los amantes del cine. Dibujos que componen secuencias y fotogramas tomados de películas antiguas. También para los que amamos los libros, se nos ofrece este objeto que no puede aparecer en otra edición, en otro formato. Que es libro del principio al fin y que es significativamente un libro. Para tenerlo, para hojearlo, para, simplemente, mirarlo. Para conocer, sea uno joven, niño o adúltero, la historia de un “huérfano, relojero y ladrón”. ¿No invita?

    Más información pulsando aquí. Hermosa página web que sirve estupendamente para hacerse una idea de cómo es este libro-historia, este libro-objeto, este libro-concepto. Y aquí sobre su autor.

    El libro es cortesía de SM
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    Línea directa con la estupidez
    Leo en 99 Francs (la traducción es mía y apresurada, disculpas):
    “Yo decreto qué es lo Verdadero, qué es lo Bonito, qué es el Bien […]. Mmm… está tan bien penetrar en vuestro cerebro. Me corro en vuestro hemisferio derecho. Vuestro deseo ya no os pertenece: yo os impongo el mío. Os prohíbo desear al azar. Vuestro deseo es el resultado de una inversión de millones de euros. Soy yo quien decide hoy lo que vais a querer mañana.”


    Y cosas por el estilo. Vale. Creo que, en mayor o menor medida, todos somos conscientes de cómo se juega con nuestro inconsciente. En ese sentido, quizás la publicidad es una forma de seducción. Unos pican y otros no. Unos conocen mejor los entresijos del juego y otros no. Algunos comienzan a desear lo que no tienen, lo que ni siquiera sabían que existía, comienzan a ser incapaces de imaginarse la vida sin tal o cual objeto. O, por conexiones irracionales y juguetonas, creen que utilizando tal o cual producto se volverán maravillosos como una imagen de anuncio. Vale. Seducción.

    Caso típico y bastante burdo: el anuncio de no sé qué cereales con fibra que, por el mero hecho de ingerirlos, te transportan directamente a un paraje espectacular, evanescente, mágico.

    Pero también leo en el mismo libro:
    “Me paso la vida mintiéndoos y se me recompensa con creces.[…] Os impido pensar. El terrorismo de la novedad me sirve para vender el vacío.”


    Mentiras. Vale. Lo del paraje idílico del anuncio anterior juega con los deseos del cliente. ¿Es una mentira? Strictu sensu lo es, siguiendo las líneas de la lógica. Pero si en vez de argumentos racionales utilizamos argumentos emocionales se puede hacer una interpretación del tipo: “Si tomas este producto, tu bienestar será tal que te sentirás como en una isla desierta del mar Caribe”. Vale. Con reparos, pero vale. Si aceptamos don Juan, aceptamos cereales.

    La parte intolerable sucede cuando las mentiras son tremendamente obvias y no sólo porque desdeñan la inteligencia del telespectador (que puede ser mucha, poca o ninguna), sino que se meten con la tabla de multiplicar o desafían villanamente absolutamente todo el conocimiento del mundo que esta endeble humanidad viene atesorando con fatiga desde hace milenios. Cuando son mentiras se mire por donde se mire.

    Caso antonomásico: anuncio de Línea Directa. Doce meses por el precio de once. ¡No es un dos por uno! ¡No es un tres por dos! No. Es un doce por once. Que hasta donde llegan mis matemáticas de 4º de la ESO es bastante peor que un tres por dos, que a su vez es peor que un dos por uno: Si tengo 12 meses por el precio de 11, en un año pago 11 meses. Si tengo 3 meses por el precio de 2, en un año tengo que pagar cuatro veces dos meses, ¿no? Es decir, 8. Moraleja: acepta nuestra oferta porque eres idiota y no sabes hacer ni la cuenta de la vieja.

    Y ya por último, siguiendo directamente por la misma línea: la publicidad como esclavitud. El anterior anuncio de esta misma compañía de desfachatados te ofrecía un seguro y medio. Odio este tipo de pseudo ofertas increíbles que sólo un imbécil se perdería. El caso es que si quieres sólo un seguro, te regalan la mitad de otro que no puedes rechazar: ¡es gratis! Y en realidad, lo que hacen es obligarte a pagar la otra mitad. La que no es gratis. Y que, dicho sea de paso, probablemente no necesitas.

    Me sucedió algo parecido con el líquido de las lentillas: un bote 7,60 euros; tres botes, sólo 11, 95. Si compro uno por el precio de uno, soy imbécil. Si compro tres (que no necesito y además no me caben en la maleta), también lo soy.

    Lo mejor es quitarse las lentillas y apagar la tele. Y andar dando palos de ciego. Hasta que te vendan un cupón. Y, por supuesto, gritar siempre aquello de: “Yo no soy tonto”. ¿Seguro?

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    Road Movie Francesa…
    … donde las ruedas giran entre libros, playas, áreas de servicio y veinte historias dignas de ser contadas.

    Todo este viaje comenzó siendo un capricho. Yo había visto una foto de una de las playas del desembarco (Normandía, 6 de junio de 1944) y había decidido que quería ir allí a posar mis divinos pies. A efectos prácticos, el capricho se saldó con cuatro mil kilómetros de coche (el 80% de ellos por carreteras agradables, que dice la Vía Michelin), seiscientas fotos, algún momento Proust y varios libros.

    Lo bueno de Normandía, desde la perspectiva española, es que hay que pasar por Bretaña para llegar a ella. Lo cual implica dejarse las sandalias de siete continentes visitando historia, cultura, gastronomía y naturaleza bretonas:


    Carnac. Alineamientos de megalitos (no tan grandes, al fin y al cabo). La piedra por la piedra. La piedra de la cordura druida del illo tempore prerromano. Menhires, dólmenes, cromlech. Una especie de terror hacia el pasado y su alineación solar.

    Quiberon. En la misma zona, una península entera, llena de ferrocarril, de Asturias y de olorosas dunas. Un pequeño viaje a cualquier playa atlántica de la infancia. Un lugar perfecto para dejar que una mano resbale más allá de los límites permitidos por el decoro en la ciudad. Una mano que detiene el tiempo y ahí posada, lo aniquila. Como lo aniquila Queneau una y mil veces en sus Flores azules, pasando de 1246 al año que haga falta en un eterno camino de ida y vuelta.

    Crozon. Península de cabos ventosos, puntas de los españoles, nuevo sabor atlántico: semoviente del cerúleo al añil, todopoderoso y omnipresente. En Crozon, el mar comienza “donde lo ves por vez primera y te sale al encuentro en todas partes.” Gracias, Pacheco, por hacernos mirar el mar así.

    Côte du granite rose. Efectivamente, preñada de granito rosa, esta costa va trazando sus desvíos por carreteras secundarias y pueblos de sugerentes nombres hasta llegar a “Perros Guirec”, así como suena. Aquí es donde se constata que la tierra es redonda como una naranja. En esta zona, las mareas actúan de manera peculiar, con unas diferencias de margen muy extremas. Se comprende también que los galos del poblado de Asterix tuvieran pavor a que el cielo cayera sobre sus cabezas.
    Por las noches, se lee a Valle-Inclán, bretón gallego, que va dejando por ahí sus menhires de eternidad en La lámpara maravillosa. Un libro perfecto para acomodarlo a tanta naturaleza tan salvaje y tan inabarcable.

    Sables d’or les pins. Un pueblecito que se llama “Arenas de oro los pinos”. Un cabo vertiginoso. (Cap Fréhel). Un fuerte de otro tiempo. (Fort La Latte). La tierra parece un animal que se hubiera tumbado a descansar sobre el agua. El hombre no puede evitar sus intentos por ordenar y controlar la naturaleza. Acaba construyendo lugares como Saint Malo o la presa de La Richardois. Al verlos, uno se queda pensando en quién es súbdito de quién.

    Rennes. Una pequeña ciudad como Parma o como Oviedo en la que los habitantes viven en su burbuja. Buenas librerías donde comprar 99 Francs. Innumerables cafés donde comenzar a leerlo.

    Mont Saint Michel. Visita obligada de primero de Francia. Diminuta fortificación que fue santuario y cárcel, robada a una bahía pantanosa. Con la marea alta, flota entre el agua y la bruma como el holandés errante. Un lugar ideal para comprarse un libro sobre las Mareas que amenice el resto del viaje. Tout savoir sur les marées Decían los bretones que la marea subía en sus costas a la velocidad de un caballo al galope. Es exagerado, ciertamente, pero tampoco tanto. El aparcamiento es invadido por el mar varias horas al día. O quizás, al contrario, el mar recupera el lugar que le fue hurtado por los hombres.


    Playas del desembarco. Incomensurables. “Papá, ayúdame a mirar”, dice Galeano que dijo un niño cuando vio el mar por primera vez. Aquí no hay ayuda que valga. El mar sigue sin acabarse jamás. Además, estas playas son un monumento histórico-natural. En Arromanches les bains se encuentra todavía el puerto artificial que se construyó para el desembarco. Una lección escalofriante de historia. Playas siderales.

    Caen. Ciudad gótica del Calvados. Recomendable el itinerario en bicicleta. La librería general del Calvados. Las iglesias en ruinas. Los pequeños cafés de la Rue Froide, ideales para sentarse a escribir postales o a seguir leyendo.

    De Cabourg a Honfleur todo son playas atlánticas y ventosas. Cabourg sigue teniendo en su playa su público de mujeres “agées” que lo convierten en una Balbec perfecta. La playa de Honfleur, con vistas directas a Le Havre y su radioactivo puerto es oscura, peligrosa y poco agradable. Y sin embargo, está llena de franceses dispuestos a lanzarse a su agua pantanosa. Comienzan las elucubraciones, las historias.

    Rouen. Obligatoria parada varias veces al día ante su catedral, realmente extraña, poco acogedora y algo vertiginosa. En un restaurante, una mujer liberada hace bromas al camarero sobre el tamaño de los mejillones belgas y españoles para mayor vergüenza de su acompañante, una mujer menos liberada y con más bronceado de saldo. A Woody Allen le habría encantado. Leemos el libro de las mareas para evadirnos de un extraño asturiano que, desde la mesa de al lado, se empeña en mantener una conversación.

    Abadía de Jumièges. Perdida en el siempre otro lado del Sena. Montamos el coche en un barco para cruzar el río, avanzamos por túneles de robledas. Pavor a que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas una vez más. Me quedo con las ganas de comprarme un libro para niños: “Yo coloreo Normandía”. Chartres, Illiers, rebautizado como Illiers-Combray desde que Proust lo retrató y Orleáns cierran el viaje. Aunque todos sabemos que, como dice de Bottom, el verdadero homenaje a Proust consiste en ver nuestro mundo con sus ojos, no su mundo con nuestros ojos.

    De regreso a España, el colapso en las áreas de servicio, llenas de camiones y de actividades lúdicas; el viaducto de Millau, más alto y necesario que nunca; la operación de paso del estrecho que concita gente de toda Europa, sirven para nuevas historias.
    Himno del viaje: “Destination Ailleurs” del tenista Yannick Noah.

    Más fotos aquí.


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    Reseña: Cocaína (Manual de usuario), de Julián Herbert
    He aquí un magnífico libro de relatos. Un sórdido collar de relatos. Adoro esos libros de relatos en que cada pieza tiene sentido por sí misma y por relación con las demás. Así sucede aquí, en este viaje por el mundo de la cocaína, desde el marco general, la introducción “Sentado en Baker Street”, que algo tiene de poema y que termina para dejar comenzar al libro: “Llámenme Ismael. Estoy aquí para contarles una historia.” Tiene este primer relato algo de poema, con sus variaciones polisémicas en torno a la nieve:
    “Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de los carruajes. […]
    Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de la historia. […]
    Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de mi vida. […]
    […] o estar sentado en medio de la purísima nieve mirando pasar las ruedas sucias.”


    El narrador nos obliga, con este primer punch, directo a las ideas recibidas y los eternos tópicos en torno al tema, a sentarnos en un bordillo de Baker Street, a la altura de la nieve. Sigue luego un recorrido vertiginoso. Se ofrecen mil y un aspectos diferentes del consumo de cocaína. Los posibles inicios, en los que una chica ofrece una raya a cambio de amor: “Ya verás, cabrón, como ahora sí te enamoras. Porque sólo yo tengo tu medicina.”

    Una vez que hemos comenzado a consumir, por amor o por contramor, se nos ofrece un manual de usuario lleno de salada ironía, de dolor institucionalizado y, por lo tanto, banal; se nos explica la forma de consumir, con el lenguaje impersonal y burocrático que hace parecer inofensivo hasta el terrorismo de estado. Aprendido el manual, asistimos a una reunión del Sindicato de la Serpiente, matizada también con humor. La socarronería del narrador hace aparecer ante nosotros una jerarquía social de consumidores de cocaína digna de una obra de teatro de Oscar Wilde.

    Asistimos luego a cinco o seis historias sumidas de lleno entre el polvo blanco. Las diversas percepciones de un mismo hecho, el cambio absoluto de prioridades, la decadencia y recuperación, las alucinaciones, las anulaciones del deseo… Un viaje por una toma, por dos, por cien. Llenos de amor doméstico, de cuernos, de amor platónico, de soledad, de fiestas, de hospitales, ballenas, jovencitos leales, niñas de caderas estrechas. Es quizás éste uno de los principales méritos del libro: bucear en busca del rastro blanco, indagar, observar, retratar. Sin dejar nada en el tintero, buscando la universalidad literaria, uniendo a Sherlock Holmes con “el Trapo”, tirado en unas escaleras que jamás (de no ser por la cocaína) podrían ser las de Baker Street.

    Se acaba el viaje cuando se rompe una mañana sobre una credencial. Ya se venía intuyendo, con la muerte de Andrea en el relato anterior, repentina, alucinada, inevitable, absolutamente frívola, tremendamente real. O en las intermitencias en que alguien pide “alejarme de mí mismo”. Y al final, Ismael, que ha aparecido en más de un relato, poniendo voz, náuseas, silencio y cocaína a este manual de usuario, sale de un taxi. Lo echan de un taxi. Llega a su casa. Todos llegamos a nuestra casa. Llega con su otra vez todo sigue igual (pero ya nada no). Nosotros también llegamos con nuestro otra vez. La mujer que lo espera ya no lo espera. Se cansó. Ismael busca desesperado un granito, un pellizquito de polvos mágicos para sentarse otra vez en Baker Street, con Trakl, con Holmes, con Escohotado, con Freud. Alejado de sí mismo. “Llámenme Ismael. Mi cuerpo es una farmacia.” Ni una palabra de quién es. Todo lo que busca. Las mil formas de llamarlo. Las mil maneras de necesitarlos. Las mil razones para quererlo. Y una frase que tumba de nuevo a Ismael en la cama. Sin clemencia. Dejándolo a solas, al lado de otro cuerpo que lo ignora, con su anhelo incontrolable. Y a nosotros con él.

    Y todos los relatos tienen esa irracional razón, esa exploración tan intensa en otro cuerpo, otra mente, otra percepción, ese maravilloso modo de ponerse en otra piel, de ofrecer la propia fosa para la raya ajena. Y Julián Herbert navega en un amplio mundo de razones. Desde Sherlock Holmes a “el Trapo”. Y todas son pasadas por su piel, por su forma de narrar, por su estilo al enfrentarse a una página demasiado blanca. Magnífico libro de un solo relato que son muchos. Magnífico viaje a través de todos aquellos que no son Julián Herbert. Para conocerlo a él. Al menos como escritor.

    Este libro mereció el V Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola. El maestro estaría orgulloso.

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    Soy Bi
    Soy Bi. Exacto. Sí. Lo que ustedes sospechaban gracias a posts como éste o éste. La institución correspondiente me lo ha confirmado. Ya es más o menos oficial. Ya se lo he contado a mis amigos y familiares. Todos están encantados.

    Pues eso. He aquí, pues, mi currículum actualizado:

    Bilicenciada en Periodismo y Filología Hispánica. Habla cinco idiomas (todos a la vez); sabe decir "perdón", "enhorabuena" y "vete a la mierda" en vasco; come con la derecha -aunque es zurda- por aquello de guardar los modales; posee el certificado de aptitud pedagógica, todos los puntos de su carnet de conducir y las llaves del apartamento de la playa de sus señores papás. Escribe todo lo que puede y sabe. Busca trabajo digno, bien remunerado y con jefes simpáticos. Obviamente, cree en las utopías. Se cayó en la marmita de la poción mágica cuando era pequeña. Interesados, envíen sus ofertas a: espaciosobreliteratura@gmail.com

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    Número 6 de Narrativas
    La "Revista Narrativas" ya tiene disponible su número 6 en pdf. Reseña mía de libro de Javier Marías ya aparecida aquí. Por eso, son tremendamente recomendables el resto de contenidos. Gracias a Carlos Manzano y a Magda Díaz y Morales por continuar con esta iniciativa. Pasen y vean: ensayos, relatos, traducciones, entrevistas, reseñas. Todo para el literato ávido y apasionado.

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    Reseña: Comedia onírica de August Strindberg y La noche de las tríbadas, de Per Olov Enquist
    Dos obras de teatro que se reseñan juntas.

    A primera vista, ¿qué pueden tener en común Strindberg, (1849-1912) y Olov Enquist (1934)? Que son suecos. Si uno sabe un poco más, que son dramaturgos. Finalmente, tras leer este libro, se aprende que al menos una de las obras del segundo, La noche de las tríbadas, recrea ciertos aspectos de la vida del primero. Si, además, leemos la interesante introducción a cargo del traductor, Francisco J. Uriz, sabremos más sobre las obras que nos traemos entre manos:
    “Se trata de dos de las obras dramáticas suecas más importantes del siglo XX. La primera por su papel de precursora del teatro moderno […], y la segunda por ser la pieza sueca más traducida […] y más representada en el mundo durante el siglo pasado.”


    Y además, como ya decíamos, ambas danzan en torno a la controvertida figura de Strindberg. Creo que la Comedia onírica es una obra muy compleja, no sólo de difícil lectura, sino también de difícil puesta en escena. Precisamente por ser “onírica” se compone de yuxtaposiciones, saltos en el tiempo, traslación de personajes y de una simbología compleja que requieren mucha atención para no perderse en el desbaratado mundo hipersignificativo del autor.

    La Comedia onírica exige que olvidemos momentáneamente las coordenadas espacio-temporales y que nos dejemos llevar por los sucesos como en un sueño. Todo puede suceder y todo sucede. Hay cierta lógica interna en lo presentado, pero esto ocurre a través de símbolos, el castillo que crece o el árbol que brota, el cambio de nombre de ciertos personajes, la apelación a dioses como Indra o su hija. Cielo y tierra se amalgaman, se entremezclan, se unen a través del grito “Los que habitan la Tierra son unas gentes insatisfechas y desagradecidas”, se separan con la constatación del júbilo terrestre, se vuelven a unir gracias a la hija de Indra, que es el personaje conductor, levemente transformado a cada acto, pero siempre fiel a su esencia, siempre reconocible.

    Los continuos cambios de escenario, con unas mutaciones radicales y hasta cierto punto atenazantes, los diálogos fríos, calculados, algo filosóficos, pero impregnados de ese punto de inocente humanidad que aflora en los niños y en nuestros sueños, crean una atmósfera nebulosa, que no se deja asir con facilidad, que parece que se nos escapa, que nos pregunta por la esencia misma de nuestra forma de ver el mundo, que propone otros puntos de vista:
    “EL ABOGADO (a LA HIJA): ¡Todo está patas arriba! ¡Es una locura! Los hombres no son tan malos… sino…
    LA HIJA: ¿Sino…?
    EL ABOGADO: Sino el sistema…
    LA HIJA (sale cubriéndose la cara): ¡Esto no es el Paraíso!
    LOS CARBONEROS: No, es el Infierno. ¡Esto es el infierno!”

    El recurso al ambiente de los sueños permite desenmascarar lo que de retórico hay en nuestras formas de pensar y de verbalizar el mundo; nos pone frente a frente con los testimonios más desnudos, las visiones más radicales, las conclusiones más peligrosas. Que, finalmente, sean buenos o malos los hijos de la Tierra, carece de importancia. Lo que importa es el viaje. A través del poeta, del oficial, del abogado, de la madre y la hija y de otros colectivos como los carboneros, los bienpensantes o los decanos, se hace una revisión crítica de la afianzada, académica e inconsciente posición de los seres humanos. El tono sentencioso, irreversible, hunde al lector en un pesimismo que no deja de tener algo de bálsamo. La firme constatación de lo que va mal puede ser el punto de inflexión para cambiar las cosas.

    “El sufrimiento es redención y la muerte, liberación” como aprende la hija al final de la obra es la llave que abre la puerta que nos sume de lleno, en el estado de ánimo ideal para continuar la lectura con La noche de las tríbadas, una escalada por un sufrimiento que no deja de tener algo de absurdo, de incontrolado, casi de buscado, de tropiezo consciente y reiterado.

    La noche de las tríbadas es una incursión inclemente en la vida íntima de Strindberg, de su mujer Siri, de la amante de su mujer, Marie. No hay piedad para ninguno de sus personajes. Strindberg pierde los papeles como un loco, es autoritario, violento y a la vez, un ser humillado y arrastrado que sólo consigue subirse al pedestal de su propia existencia destrozando a los demás. Siri es una mujer que no ha sabido enfrentarse directamente con las amplias posibilidades de la vida y recurre a los engaños, para luego autojustificarse y sentir por sí misma una conmiseración tan exacerbada que nos la dibujan como alguien en absoluto digno de lástima. La tercera en discordia es una mujer bruta, tosca, casi cerril; es la china en el zapato del matrimonio Strindberg pero no la avala ninguna virtud que nos invite a perdonarla. Esta “noche” es un potente naufragio. El barco se hunde hacia los lodazales de la sexualidad, la vida en pareja, los silencios tensos, la incomunicación. La tripulación, estos tres personajes desnortados e histéricos, se empeñan, con su intransigencia y su avidez de tener razón aún a costa de la felicidad o la convivencia, en ayudar al barco a hundirse.

    La primera catástrofe a ojos del lector no es la que sucede por este hundimiento familiar. Es la de estar asistiendo a él. El autor ha puesto al lector en la tesitura de asistir, sin mediadores, a una crisis de increíbles proporciones, que debería quedar para la intimidad. Sólo cuatro personajes, es cierto. Marie y el secundario Schiwe ayudan a crear esta violenta sensación de los trapos sucios que se lavan en público. A ello ayuda que el escenario sea un teatro antes de una función.

    Por más que parezca que Strindberg se afana en evitar esta catástrofe pública, al final, él mismo se revela como un exhibicionista que, simplemente, ansía un teatro aún mayor, más amplio y universal, para sus conturbaciones matrimoniales:
    “STRINDBERG (asombrado): ¿A qué vienen esos grotescos y torpes intentos de hurgar en mi vida interior… que no es asunto de ninguno de vosotros? Mi vida interior pertenece a la historia de la literatura y tú, Siri, ¡déjala en paz!”

    La decadencia de la pareja va unida a la decadencia del escritor como tal, del dramaturgo, de la compañía de teatro. Queda espacio para reflexiones más positivas que, sin embargo, en el contexto del barco hundido irremediablemente, se tornan más negativas, si cabe. Jalonado el final de la obra de “si hubiéramos…”, deja el poso de amargura que dejan las cosas que, al cabo, se sabían evitables.

    Una fotografía final, hierática y fracasada, de los tres en discordia, sirve de telón de fondo a la obra. El alma queda agitada. Inquieta. Dubitativa. Temerosa. Realmente preocupada.

    Gracias a Nórdica Libros por semejante regalo.

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