La poesía es un jabalí blanco
Yo apenas sé italiano. Sólo hice un curso que me queda brumoso y lejano en la memoria. Quizás por eso me parece una lengua absolutamente poética. Porque todas sus palabras bailan en esa línea maravillosa entre la intuición y la incertidumbre. Como la poesía. Dicen que saber bien una lengua implica apoderarse de otra forma de ver el mundo. A mí se me ocurre que la poesía implica emborronar una forma nítida y establecida de ver el mundo. “El durazno sedoso de la palma” de la mano de Cortázar es mucho menos certero, intersubjetivo y acorde con la realidad compartida que la “parte inferior y cóncava de la mano”. Cortázar borra todas las manos del mundo y recoge una nueva de un árbol, que se enreda en nosotros como caída del árbol del bien y el mal. Las palabras nos empañan todo lo que sabíamos de las manos y nos obligan a pensarlas de otra manera. Expresan una cosa en términos de lo que no es. Y con eso se abre el infinito estuario de las posibilidades. Eso que Borges sentía cuando leía poesía: “sentimos la belleza de un poema antes incluso de empezar a pensar en el significado”. Intuimos pero no sabemos. Para leer poesía no necesitamos saber. Es nuestro todo el patrimonio de las incertidumbres. “Sus manos de agua caliente”, bebe Efraín Huerta en otra fuente de amor por lo difícil. “Sus manos nupciales”, podría decir alguien. No hay nada que saber. Quizás la poesía es abandonarse al gusto y a la libertad de no saber. De no saber con certeza, diccionario, catálogos y cartabón.
Qué empeño tendrán los poetas en embadurnarlo todo de inconcreción y desconsenso, se dirá alguno. La poesía concita las palabras más lejanas y las une. Hay sacerdotes escondidos en los mejores poemas, agarrando palabras, juntando imposibles, pariendo verdades que nunca lo fueron. Para mí, la poesía suena como el italiano: brumosa y desconcertante. Mi desconocido italiano es mágico y arriesgado. Como la poesía. Si los académicos cierran filas en torno a una lengua, proponen sillones, diccionarios y conveniencias será por algo. Hay que comunicarse, hay que entenderse, hay que vivir. No podemos ir por ahí sumidos en la amorosa languidez de la intuición. Se cierran las lenguas como el cerebro se cierra a los estímulos. Para no morir de hartazgo, inanición o caos. La poesía, como el peyotl, como para Neruda la risa, abre “todas las puertas de la vida”. Nos lanza como recién nacidos ante el mundo que teníamos delante, nos alarga, nos embota, nos afila, nos invita a verlo todo, a sentirlo todo, a no dar una palabra o una sensación por sentada para siempre en ningún sillón académico.
Podrán llamar hermético a alguien que dice que “una flor prensil preside el aire” o al que lleva a la amada “en los hondones de mi alma” o al que le propone “te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas”. (Y locos a Castaneda y a Aldous Huxley.) Cuántas citas clandestinas de palabras de distintas clases y condiciones, unas con los labios pintados con un burdo carmín para “morder”; otras profundas y lejanas como marquesas escondidas en el “hondón”; algunas rápidas y siempre “últimas” y algunas otras, ingenuas y campestres, con su gracioso rubor de “amapola”. Cuántas citas en el burdel caótico del poeta. Palabras que van corriendo, semidesnudas, oscuras, ocultadas, sonrientes, por los laberintos no cerrados de los poetas; se llaman, se asustan, se juegan y luego salen todas juntas, a borbotones, como una cascada de miel obscena, y dejan el mundo hecho una leonera, indefinido, aterrador, único, impalpable, maravilloso.
Por eso me gusta mi italiano desconocido. Porque me parece que sus palabras le hubieran robado su disfraz a las cosas. Yo no las conozco, no las adivino, las intuyo, las persigo en su carrera por la frase, a veces no las aíslo, creo reconocerlas pero me dan la espalda, se ríen como si fueran serias, se me agolpan contra un concepto, se me disfrazan de españolas con misterio… Yo no entiendo frases en italiano. Sólo las intuyo. Y se me llena de alegría la incertidumbre.
A veces las entiendo, claro. Son frases sencillas como: “Il pomeriggio è troppo azzurro e lungo per me”. Pero yo, alba y ciega, no sé nada de la visión del mundo a la italiana. No sé si la frase retuerce la sintaxis, reúne palabras familiares o es un dardo contra lo convencional. “La tarde es demasiado azul y larga para mí”. Ni siquiera pienso directamente en esta posible traducción (absolutamente literal). Aunque sé dónde comienzan y terminan mis “tardes”, no sabría qué decir del “pomeriggio”, que se me extiende entre el día difuso y lechoso. No sé qué matiz de mi “azul” hay en ese “azzurro” ni cuán “largo” es algo que es “lungo”. Ni en que se parece a “mí” ese “me”. Y sólo se me viene a la cabeza una vana estela de un día sin tiempo.
A veces, son las propias traducciones torpes y pegaditas a la letra las que hacen estallar, de pronto, un chispazo poético. Porque las palabras, revolucionadas, ocupan lugares que no les convienen del todo, se visten con ropajes inauditos, o se acuestan en posturas más sensuales. Cuando estaba aprendiendo francés, teníamos una lección que comenzaba así: “C’est l’hiver”. Es decir, “es invierno”. Pero, literalmente decía: “Es el invierno”. Y de repente, “invierno”, concretado de aquella manera inusual, se convertía en una estepa, en una losa, en una definición absoluta del frío con soledad. Pero como aprendí francés, o mejor, desaprendí el limbo continuo entre el francés y yo, ya no me queda magia en “C’est l’hiver”, sino constatación estacional (por decirlo feamente).
Para mí, todo el italiano es poesía; por eso me gustaría ser la señora de Fabio Cannavaro, vivir en la Via Montenapoleone y poder beber bocale di birra y aranciata, hablar con el calzolaio por el telefonino y no dejar que termine nunca l’era del cinghiale bianco. Y que todo esto nunca se convirtiera en la obviedad tremenda que supone hacerlo en español.
Eso es para mí la poesía: un inmenso jabalí blanco.
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Qué empeño tendrán los poetas en embadurnarlo todo de inconcreción y desconsenso, se dirá alguno. La poesía concita las palabras más lejanas y las une. Hay sacerdotes escondidos en los mejores poemas, agarrando palabras, juntando imposibles, pariendo verdades que nunca lo fueron. Para mí, la poesía suena como el italiano: brumosa y desconcertante. Mi desconocido italiano es mágico y arriesgado. Como la poesía. Si los académicos cierran filas en torno a una lengua, proponen sillones, diccionarios y conveniencias será por algo. Hay que comunicarse, hay que entenderse, hay que vivir. No podemos ir por ahí sumidos en la amorosa languidez de la intuición. Se cierran las lenguas como el cerebro se cierra a los estímulos. Para no morir de hartazgo, inanición o caos. La poesía, como el peyotl, como para Neruda la risa, abre “todas las puertas de la vida”. Nos lanza como recién nacidos ante el mundo que teníamos delante, nos alarga, nos embota, nos afila, nos invita a verlo todo, a sentirlo todo, a no dar una palabra o una sensación por sentada para siempre en ningún sillón académico.
Podrán llamar hermético a alguien que dice que “una flor prensil preside el aire” o al que lleva a la amada “en los hondones de mi alma” o al que le propone “te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas”. (Y locos a Castaneda y a Aldous Huxley.) Cuántas citas clandestinas de palabras de distintas clases y condiciones, unas con los labios pintados con un burdo carmín para “morder”; otras profundas y lejanas como marquesas escondidas en el “hondón”; algunas rápidas y siempre “últimas” y algunas otras, ingenuas y campestres, con su gracioso rubor de “amapola”. Cuántas citas en el burdel caótico del poeta. Palabras que van corriendo, semidesnudas, oscuras, ocultadas, sonrientes, por los laberintos no cerrados de los poetas; se llaman, se asustan, se juegan y luego salen todas juntas, a borbotones, como una cascada de miel obscena, y dejan el mundo hecho una leonera, indefinido, aterrador, único, impalpable, maravilloso.
Por eso me gusta mi italiano desconocido. Porque me parece que sus palabras le hubieran robado su disfraz a las cosas. Yo no las conozco, no las adivino, las intuyo, las persigo en su carrera por la frase, a veces no las aíslo, creo reconocerlas pero me dan la espalda, se ríen como si fueran serias, se me agolpan contra un concepto, se me disfrazan de españolas con misterio… Yo no entiendo frases en italiano. Sólo las intuyo. Y se me llena de alegría la incertidumbre.
A veces las entiendo, claro. Son frases sencillas como: “Il pomeriggio è troppo azzurro e lungo per me”. Pero yo, alba y ciega, no sé nada de la visión del mundo a la italiana. No sé si la frase retuerce la sintaxis, reúne palabras familiares o es un dardo contra lo convencional. “La tarde es demasiado azul y larga para mí”. Ni siquiera pienso directamente en esta posible traducción (absolutamente literal). Aunque sé dónde comienzan y terminan mis “tardes”, no sabría qué decir del “pomeriggio”, que se me extiende entre el día difuso y lechoso. No sé qué matiz de mi “azul” hay en ese “azzurro” ni cuán “largo” es algo que es “lungo”. Ni en que se parece a “mí” ese “me”. Y sólo se me viene a la cabeza una vana estela de un día sin tiempo.
A veces, son las propias traducciones torpes y pegaditas a la letra las que hacen estallar, de pronto, un chispazo poético. Porque las palabras, revolucionadas, ocupan lugares que no les convienen del todo, se visten con ropajes inauditos, o se acuestan en posturas más sensuales. Cuando estaba aprendiendo francés, teníamos una lección que comenzaba así: “C’est l’hiver”. Es decir, “es invierno”. Pero, literalmente decía: “Es el invierno”. Y de repente, “invierno”, concretado de aquella manera inusual, se convertía en una estepa, en una losa, en una definición absoluta del frío con soledad. Pero como aprendí francés, o mejor, desaprendí el limbo continuo entre el francés y yo, ya no me queda magia en “C’est l’hiver”, sino constatación estacional (por decirlo feamente).
Para mí, todo el italiano es poesía; por eso me gustaría ser la señora de Fabio Cannavaro, vivir en la Via Montenapoleone y poder beber bocale di birra y aranciata, hablar con el calzolaio por el telefonino y no dejar que termine nunca l’era del cinghiale bianco. Y que todo esto nunca se convirtiera en la obviedad tremenda que supone hacerlo en español.
Eso es para mí la poesía: un inmenso jabalí blanco.
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Reflexión sobre el Kitsch en la fuente de las músicas
EXT-DÍA – Calle Téllez. Explanada frente a la Oficina de Atención al Ciudadano. Sonoros chorros de agua brotan constantemente de unos imperceptibles agujeros. Lo hacen al compás de una música que impregna la plaza a través de unos altavoces perfectamente disimulados en el entorno. Se oye el canon de Pachelbel o la marcha Radetzky. Los chorros dibujan la música.
Ambiente: una hombre cojo renquea por la plaza en dirección a otra calle más animada. Una señora –ama de casa o desempleada- toma el sol con su bebé en uno de los bancos; una pareja joven juega con su perro; una señora con gafas de sol rebusca folletos en un contenedor para papel; dos argelinos sonríen. Una JOVEN sucumbe a la artificiosidad de los chorros, al pacto universal de la belleza de estas músicas, a la bondad inodora de todos los presentes. Al Kitsch.
JOVEN (emitiendo un sollozo Kitsch): ¡Qué hermoso todo esto!
VOZ (algún transeúnte en passant): No se confunda, joven. Esto es simplemente Kitsch.
JOVEN: Oh… ¡Cómo puede decir eso! Mire cómo disfruta la gente. ¡Toda la gente!
VOZ (pensativa): Precisamente, precisamente… Eso contribuye a que la situación sea absolutamente Kitsch.
JOVEN: ¿Cómo que precisamente? Además, discúlpeme, “Kitsch” es un concepto utilizado para objetos artísticos. No creo que sea aplicable a situaciones.
VOZ: Eso cree, ¿eh?
JOVEN (Entonando con eficacia de teoría bien memorizada): El Kitsch es un término usado para los objetos artísticos. Se dice de los que son pretenciosos, pasados de moda o considerados de mal gusto.
VOZ: ¡Qué interesante! ¿Considerados de mal gusto por quien, señorita? Si me permite preguntarlo…
JOVEN: No sé. Lo dice la RAE, señor. Por todo el mundo, supongo.
VOZ: ¿Y no me podría poner un ejemplo?
JOVEN: Hum… Sí, supongo que sí. Los souvenirs. Quiero decir, esos objetos que reproducen monumentos y tienen una pequeña inscripción: “Recuerdo de…”. Y la ciudad que sea. Ya sabe a qué me refiero: la catedral de Burgos en miniatura, un pequeño torero a punto de clavar unas banderillas…
VOZ: Y eso son objetos de mal gusto, ¿no?
JOVEN: Exacto. Estará de acuerdo conmigo…
VOZ: Sí, por supuesto, por supuesto. Pero el caso es que se venden. Y muy bien. A alguien le gustarán, digo yo.
JOVEN: Eso no quita para que sean Kitsch.
VOZ: Hum… admitiré su objeción. Pero… ¿amontonados en una tienda resultan Kitsch? ¿O lo son más bien encima del televisor de su abuela?
JOVEN: Supongo que, sobre todo, encima del televisor claro. Pero, déjeme que pregunte yo. ¿Por qué piensa que esta situación es Kitsch?
VOZ: Buena pregunta. No es que sea una situación Kitsch. Al menos no exactamente.
JOVEN: ¡Pero usted dijo que lo era!
VOZ: Lo era según usted la estaba describiendo, señorita, si me permite. La estaba usted mirando con ojos Kitsch. Y, ya que estamos tan enfrascados… ¿Qué le parece si nos tuteamos? Así, esta conversación sonaría menos… artificiosa.
JOVEN: Está bien. Le dejaré que me tutee para tildarme de Kitsch.
VOZ: No te ofendas, mujer. Es que, según lo entiendo yo, el Kitsch es más bien una manera de mirar las cosas del mundo. En este caso, la del escultor o instalador. Y eso provoca que también lo sea la del espectador. O bien, sólo la del espectador. Lo tengo muy observado. De hecho tú has sido Kitsch otras veces.
JOVEN: Huy, ¿y eso cómo lo sabes? ¿Me andas espiando?
VOZ: No, no, no, por Dios. Simplemente, soy muy observador. No sé si recuerdas que una vez estabas en el parque del Retiro, maravillándote de ciertos árboles.
JOVEN: ¡Sí! ¡Lo recuerdo! ¡No he visto árboles tan bonitos en mi vida! Con aquellas copas tan redondas, tan perfectas… Y los troncos sinuosos. ¡Parecían artificiales!
VOZ: Pero no lo eran. Y tú, en vez de maravillarte por el árbol en sí, te maravillaste porque parecieran de mentira… Eso es el Kitsch. Al menos, en parte.
JOVEN: ¿Cabría decir, entonces, que yo tengo una actitud Kitsch cuando miro las cosas de verdad como si fueran de mentira?
VOZ: Bueno… Aproximadamente. Hay quien prefiere decir que se trata de “mirar al mundo como fenómeno estético.” ¿No te parece más aquilatado?
JOVEN: Sí… Vale, es más exacto. Pero antes decías que en el caso de esta fuente, no sólo era culpa mía.
VOZ (con sosiego): Mujer, no digas “culpa”. Aunque entiendo lo que quieres decir. A veces, el objeto es Kitsch. Entonces, tu definición es válida. Lo que intento explicarte es que algo sea o no Kitsch también puede depender del modo de mirar. E incluso del sentimiento que el modo de mirar despierta en nosotros.
JOVEN: Bueno, no me creas tan tonta. Ya he entendido lo del modo de mirar. Aunque me surge una duda: ¿por qué crees que tenemos o cultivamos ese modo de mirar?
VOZ: Para ocultarnos de la muerte, jovencita.
JOVEN: ¡Hala, qué trágico!
VOZ: Bueno… Imagínate que esa señora que está rebuscando en el contenedor de papel, estuviese, en realidad, rebuscando en un contenedor de basura maloliente. O que ese perro estuviese vomitando. O que ese chico le acabase de robar la cartera a la madre de ese bebé. ¿Qué te parece ahora la escena?
JOVEN: ¡Pero no sucede nada de eso!
VOZ: Ya, pero estas cosas que te acabo de proponer ocurren en la realidad. Igual que la muerte. La mierda, el mal olor, la muerte… Son parte de la realidad, chica.
JOVEN: Ya, ya… Pero yo no pensaba que la belleza de la escena viniera del hecho de que no hubiese ningún perro vomitando ni ningún chico robando…
VOZ (algo desafiante): ¿Y por qué lo pensabas, entonces?
JOVEN: Porque estábamos aquí todos, cada uno con su vida, hermanados en la belleza, contemplando emocionados la fuente…
VOZ: Ajá. Es decir que tú pensaste: ¡Qué bonito es estar sintiendo la belleza de esta fuente al mismo tiempo que la siente esa señora coja, ese perro, esos dos argelinos, esa pareja, esa madre con su bebé!
JOVEN (algo pudorosa): Sí… Puede ser. Casi podías sentir que todos los corazones latían al unísono.
VOZ: Claro… La dictadura del corazón. Ibais a reventar de belleza y de felicidad.
JOVEN: Bueno, no exagere.
VOZ: Es lo que pienso.
JOVEN: ¡Pero no es culpa mía! ¡Mire esos hermosos chorros! ¡Escuche la música!
VOZ: Es hermoso el canon de Pachelbel, ¿verdad?
JOVEN: Sí que lo es. A todo el mundo le gusta.
VOZ: Estaría feo que a alguien no le gustase…
JOVEN: Bueno, feo… Yo no diría eso. Pero: ¡a quién no le va a gustar el canon de Pachelbel!
VOZ: Se dice que la mujer de Pachelbel lo consideraba horroroso, je. ¿Y qué me dices de la marcha Radetzky?
JOVEN: ¡Claro que es hermosa!
VOZ: Antes no era pensada como hermosa. ¿Sabes que incluso llegó a considerarse como un símbolo reaccionario cuando se reprimieron los movimientos revolucionarios de Austria? Pero ahora es tan popular… Todos la conocen.
JOVEN: Sí. Y todos coincidimos en que es hermosa.
VOZ (irónico, casi cínico): Sí… ¡Los hermanados en el amor a la marcha Radetzky! ¿Sabes qué creo?
JOVEN: ¿Qué?
VOZ: Que estamos convirtiendo el mundo en un lugar terriblemente Kitsch.
JOVEN: Bueno, es que a lo que yo entiendo de todas sus divagaciones, el Kitsch es muy comercial…
VOZ: Sí, hija sí. Pero resulta un poco alienante, ¿no?
JOVEN: ¿Alienante? ¿Disfrutar de la belleza?
VOZ (dándolo todo por perdido): Tienes razón, tienes razón. ¿Te tomas un café?
JOVEN: Bueno, vale, así podremos seguir la charla.
VOZ: No, mejor hablaremos de otra cosa.
JOVEN: ¿De qué?
VOZ: Pues no sé… Por desintoxicarnos un poco… podríamos hablar… de esfínteres, de mierda. De cagar. ¿Qué te parece?
JOVEN: ¡Atroz! Pero original. Acepto.
EPÍLOGO- Los dos se alejan de la fuente musical. Los argelinos sonríen. La señora con su bebé, también. Zoom sobre la señora que rebusca en el contenedor. Tiene un espeso mechón de pelo blanco. El hombre cojo (que se ha resistido a salir de escena) se dirige a ella.
HOMBRE COJO: ¡Susan, deja eso ya!
SUSAN: Venga, Milan, no te pongas así. ¡Qué adusto eres, my dear!
PS: Lo del sollozo kitsch, es todo un hallazgo. Sacado de aquí. Y obvio, las ideas no son mías. Son una aproximación laxa a Kundera, Susan Sontag y Umberto Eco.
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Ambiente: una hombre cojo renquea por la plaza en dirección a otra calle más animada. Una señora –ama de casa o desempleada- toma el sol con su bebé en uno de los bancos; una pareja joven juega con su perro; una señora con gafas de sol rebusca folletos en un contenedor para papel; dos argelinos sonríen. Una JOVEN sucumbe a la artificiosidad de los chorros, al pacto universal de la belleza de estas músicas, a la bondad inodora de todos los presentes. Al Kitsch.
JOVEN (emitiendo un sollozo Kitsch): ¡Qué hermoso todo esto!
VOZ (algún transeúnte en passant): No se confunda, joven. Esto es simplemente Kitsch.
JOVEN: Oh… ¡Cómo puede decir eso! Mire cómo disfruta la gente. ¡Toda la gente!
VOZ (pensativa): Precisamente, precisamente… Eso contribuye a que la situación sea absolutamente Kitsch.
JOVEN: ¿Cómo que precisamente? Además, discúlpeme, “Kitsch” es un concepto utilizado para objetos artísticos. No creo que sea aplicable a situaciones.
VOZ: Eso cree, ¿eh?
JOVEN (Entonando con eficacia de teoría bien memorizada): El Kitsch es un término usado para los objetos artísticos. Se dice de los que son pretenciosos, pasados de moda o considerados de mal gusto.
VOZ: ¡Qué interesante! ¿Considerados de mal gusto por quien, señorita? Si me permite preguntarlo…
JOVEN: No sé. Lo dice la RAE, señor. Por todo el mundo, supongo.
VOZ: ¿Y no me podría poner un ejemplo?
JOVEN: Hum… Sí, supongo que sí. Los souvenirs. Quiero decir, esos objetos que reproducen monumentos y tienen una pequeña inscripción: “Recuerdo de…”. Y la ciudad que sea. Ya sabe a qué me refiero: la catedral de Burgos en miniatura, un pequeño torero a punto de clavar unas banderillas…
VOZ: Y eso son objetos de mal gusto, ¿no?
JOVEN: Exacto. Estará de acuerdo conmigo…
VOZ: Sí, por supuesto, por supuesto. Pero el caso es que se venden. Y muy bien. A alguien le gustarán, digo yo.
JOVEN: Eso no quita para que sean Kitsch.
VOZ: Hum… admitiré su objeción. Pero… ¿amontonados en una tienda resultan Kitsch? ¿O lo son más bien encima del televisor de su abuela?
JOVEN: Supongo que, sobre todo, encima del televisor claro. Pero, déjeme que pregunte yo. ¿Por qué piensa que esta situación es Kitsch?
VOZ: Buena pregunta. No es que sea una situación Kitsch. Al menos no exactamente.
JOVEN: ¡Pero usted dijo que lo era!
VOZ: Lo era según usted la estaba describiendo, señorita, si me permite. La estaba usted mirando con ojos Kitsch. Y, ya que estamos tan enfrascados… ¿Qué le parece si nos tuteamos? Así, esta conversación sonaría menos… artificiosa.
JOVEN: Está bien. Le dejaré que me tutee para tildarme de Kitsch.
VOZ: No te ofendas, mujer. Es que, según lo entiendo yo, el Kitsch es más bien una manera de mirar las cosas del mundo. En este caso, la del escultor o instalador. Y eso provoca que también lo sea la del espectador. O bien, sólo la del espectador. Lo tengo muy observado. De hecho tú has sido Kitsch otras veces.
JOVEN: Huy, ¿y eso cómo lo sabes? ¿Me andas espiando?
VOZ: No, no, no, por Dios. Simplemente, soy muy observador. No sé si recuerdas que una vez estabas en el parque del Retiro, maravillándote de ciertos árboles.
JOVEN: ¡Sí! ¡Lo recuerdo! ¡No he visto árboles tan bonitos en mi vida! Con aquellas copas tan redondas, tan perfectas… Y los troncos sinuosos. ¡Parecían artificiales!
VOZ: Pero no lo eran. Y tú, en vez de maravillarte por el árbol en sí, te maravillaste porque parecieran de mentira… Eso es el Kitsch. Al menos, en parte.
JOVEN: ¿Cabría decir, entonces, que yo tengo una actitud Kitsch cuando miro las cosas de verdad como si fueran de mentira?
VOZ: Bueno… Aproximadamente. Hay quien prefiere decir que se trata de “mirar al mundo como fenómeno estético.” ¿No te parece más aquilatado?
JOVEN: Sí… Vale, es más exacto. Pero antes decías que en el caso de esta fuente, no sólo era culpa mía.
VOZ (con sosiego): Mujer, no digas “culpa”. Aunque entiendo lo que quieres decir. A veces, el objeto es Kitsch. Entonces, tu definición es válida. Lo que intento explicarte es que algo sea o no Kitsch también puede depender del modo de mirar. E incluso del sentimiento que el modo de mirar despierta en nosotros.
JOVEN: Bueno, no me creas tan tonta. Ya he entendido lo del modo de mirar. Aunque me surge una duda: ¿por qué crees que tenemos o cultivamos ese modo de mirar?
VOZ: Para ocultarnos de la muerte, jovencita.
JOVEN: ¡Hala, qué trágico!
VOZ: Bueno… Imagínate que esa señora que está rebuscando en el contenedor de papel, estuviese, en realidad, rebuscando en un contenedor de basura maloliente. O que ese perro estuviese vomitando. O que ese chico le acabase de robar la cartera a la madre de ese bebé. ¿Qué te parece ahora la escena?
JOVEN: ¡Pero no sucede nada de eso!
VOZ: Ya, pero estas cosas que te acabo de proponer ocurren en la realidad. Igual que la muerte. La mierda, el mal olor, la muerte… Son parte de la realidad, chica.
JOVEN: Ya, ya… Pero yo no pensaba que la belleza de la escena viniera del hecho de que no hubiese ningún perro vomitando ni ningún chico robando…
VOZ (algo desafiante): ¿Y por qué lo pensabas, entonces?
JOVEN: Porque estábamos aquí todos, cada uno con su vida, hermanados en la belleza, contemplando emocionados la fuente…
VOZ: Ajá. Es decir que tú pensaste: ¡Qué bonito es estar sintiendo la belleza de esta fuente al mismo tiempo que la siente esa señora coja, ese perro, esos dos argelinos, esa pareja, esa madre con su bebé!
JOVEN (algo pudorosa): Sí… Puede ser. Casi podías sentir que todos los corazones latían al unísono.
VOZ: Claro… La dictadura del corazón. Ibais a reventar de belleza y de felicidad.
JOVEN: Bueno, no exagere.
VOZ: Es lo que pienso.
JOVEN: ¡Pero no es culpa mía! ¡Mire esos hermosos chorros! ¡Escuche la música!
VOZ: Es hermoso el canon de Pachelbel, ¿verdad?
JOVEN: Sí que lo es. A todo el mundo le gusta.
VOZ: Estaría feo que a alguien no le gustase…
JOVEN: Bueno, feo… Yo no diría eso. Pero: ¡a quién no le va a gustar el canon de Pachelbel!
VOZ: Se dice que la mujer de Pachelbel lo consideraba horroroso, je. ¿Y qué me dices de la marcha Radetzky?
JOVEN: ¡Claro que es hermosa!
VOZ: Antes no era pensada como hermosa. ¿Sabes que incluso llegó a considerarse como un símbolo reaccionario cuando se reprimieron los movimientos revolucionarios de Austria? Pero ahora es tan popular… Todos la conocen.
JOVEN: Sí. Y todos coincidimos en que es hermosa.
VOZ (irónico, casi cínico): Sí… ¡Los hermanados en el amor a la marcha Radetzky! ¿Sabes qué creo?
JOVEN: ¿Qué?
VOZ: Que estamos convirtiendo el mundo en un lugar terriblemente Kitsch.
JOVEN: Bueno, es que a lo que yo entiendo de todas sus divagaciones, el Kitsch es muy comercial…
VOZ: Sí, hija sí. Pero resulta un poco alienante, ¿no?
JOVEN: ¿Alienante? ¿Disfrutar de la belleza?
VOZ (dándolo todo por perdido): Tienes razón, tienes razón. ¿Te tomas un café?
JOVEN: Bueno, vale, así podremos seguir la charla.
VOZ: No, mejor hablaremos de otra cosa.
JOVEN: ¿De qué?
VOZ: Pues no sé… Por desintoxicarnos un poco… podríamos hablar… de esfínteres, de mierda. De cagar. ¿Qué te parece?
JOVEN: ¡Atroz! Pero original. Acepto.
EPÍLOGO- Los dos se alejan de la fuente musical. Los argelinos sonríen. La señora con su bebé, también. Zoom sobre la señora que rebusca en el contenedor. Tiene un espeso mechón de pelo blanco. El hombre cojo (que se ha resistido a salir de escena) se dirige a ella.
HOMBRE COJO: ¡Susan, deja eso ya!
SUSAN: Venga, Milan, no te pongas así. ¡Qué adusto eres, my dear!
PS: Lo del sollozo kitsch, es todo un hallazgo. Sacado de aquí. Y obvio, las ideas no son mías. Son una aproximación laxa a Kundera, Susan Sontag y Umberto Eco.
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Etiquetas: kitsch
Un capricho
Hurgando por la red, me encontré con este hermoso cuento sobre la soledad. A raíz de éste, me puse a fisgar este otro. Y ya, desovillándome entre tanta soledad, y fisgando, fisgando... me encontré con esta joya. De Pedro de Miguel, al que no conocía.
Este señor escribió una novela de maravilloso título: Y yo que tú yo que tú ya no me moriría. Que, por lo leído en la Wikipedia, fue finalista del premio Herralde de novela en el año 1990. Pero no me encuentro con la novela en el catálogo de la editorial.
Fisgando, fisgando... leo que la novela es de "estilo muy personal". O, según el propio autor, es: "inencontrable e infumable".
Y he decidido que la quiero. Quiero leer esa novela. ¿Alguien sabe cómo encontrarla? Dice la base de datos del ISBN que está agotada. Y que fue publicada por (atención): "La primitiva casa Baroja". Definitivamente, quiero ese libro.
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Este señor escribió una novela de maravilloso título: Y yo que tú yo que tú ya no me moriría. Que, por lo leído en la Wikipedia, fue finalista del premio Herralde de novela en el año 1990. Pero no me encuentro con la novela en el catálogo de la editorial.
Fisgando, fisgando... leo que la novela es de "estilo muy personal". O, según el propio autor, es: "inencontrable e infumable".
Y he decidido que la quiero. Quiero leer esa novela. ¿Alguien sabe cómo encontrarla? Dice la base de datos del ISBN que está agotada. Y que fue publicada por (atención): "La primitiva casa Baroja". Definitivamente, quiero ese libro.
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Etiquetas: pedro-de-miguel
Reseña: Todo son preguntas, de Juan José Millás
Las fotografías de Millás son la viva imagen de sus mejores escritos: una mezcla de trascendencia y barro. Su cuerpo, cuya forma nunca llegamos a comprender del todo, es un misterio a la vista. ¿Es este hombre alto o bajo o ambas cosas? ¿Es gordo o delgado o sólo a veces? ¿Es realmente miope? ¿Por qué, aunque parezca que no, siempre lleva una americana de cuadros algo deformada por el uso? El Edificio Millás, contorneado por espesas arrugas, más de elefante que de adulto, está plantado en las fotografías como un ejercicio de gravedad en la gravedad. Clavado al suelo, casi hundiéndose en él, no extrañaría en absoluto verlo desaparecer de una fotografía contemplada durante demasiado tiempo.
Así son las historias que surgen, que atrapan, que nos llaman, que se inventan, que aparecen, que se transforman en Todo son preguntas: Una mujer desahuciada, una chiquilla que desafía el orden militar, bellas mujeres solas o en grupo, políticos retratados con poca oficialidad… Millás parte de estas fotografías y las analiza, buscando en ellas la historia oculta –como en el caso de la de Vázquez Montalbán, o en la del trío de las Azores-; reconstruyendo en otras – los maniquíes pensantes, el ministro de exteriores cubano y ligón, Gallardón y Esperanza en fraternal y cínico abrazo- los pensamientos, los motivos, los impulsos, el carácter de las personas que, cogidas en un gesto tan desprevenido y tan efímero, muestran toda su esencia con impudor para el que sabe leer. Como Millás. Son historias de periódico, de todos los días, creadas hoy para ser olvidadas mañana. No tienen nada de especial, ilustran lo que fue un día y son inservibles al día siguiente. Se van hundiendo en el légamo inútil de lo cotidiano, de lo intrascendente. Como nadie las guarda en la memoria, no extrañaría que desapareciesen, realidad abajo. De hecho, es así. Miles y miles de fotos que pasan por nuestras retinas todos los días, reclamando su microsegundo de atención, acaban colándose por el sumidero de nuestra conciencia, de nuestro recuerdo, de nuestra experiencia. Y duermen para siempre en el barro del olvido.
Por más que se esfuercen estas historias por ser distintas, como la americana de cuadros de Millás, acaban siendo todas iguales: un tratado del ser humano, de sus ponzoñas y sus alegrías, de sus errores y sus virtudes. La historia mínima de un instante se convierte en la esencia de todos los instantes; es la americana de cuadros de Millás; por mucho que se empeñe en llevar frac, traje de torero o falda escocesa, sabemos que él ve todo desde su americana de cuadros. Y todas estas fotografías disueltas, desperdigadas y de demasiada variedad, no son más que arquetipos de la historia íntima de la humanidad. Como dice la americana de cuadros:
Sin embargo, si observamos bien a Millás, en sus múltiples fotos, poses y maneras, nos tropezamos siempre con sus ojos densos que no pueden dejar de mirar en dos direcciones. Por un lado, sometidos a la misma gravedad que el cuerpo, caen con él, y la mirada cae entonces, en lo pedestre y sus detalles, en el desafuero cotidiano. Cae sobre un Zaplana y lo remata con un “el que sonríe en segundo plano es un millonario excéntrico”; cae sobre Rajoy y nos lo retrata sin concesiones al estilo: “el señor triste del primer plano de la foto, al que los del segundo plano observan con preocupación clínica”; cae sobre las cínicas manos de los políticos abrazados en plan Judas: “las cuatro manos de las dos personas de la fotografía permanecen entrelazas de tal modo que ninguna de ellas podría abandonar el conjunto sin que se dispararan todas las alarmas”. Cae con todo el peso de la gravedad, que es todo el peso de la evidencia. Que por tan evidente, los que no tenemos tanta densidad en los ojos no acertamos a ver.
Pero Millás no mira sólo hacia el hormigueo banal del día a día. Millás, véanlo en las fotos, tiene un brillo en los ojos que demuestra que está mirando por encima de sí mismo. Hay como una tendencia en la mirada a salirse del corpachón inadivinable. Es algo que él no puede evitar, se le escapan los ojos hacia arriba, hacia una comprensión abstracta, hacia algún lugar en el que todo se ve de forma global y se encuentra la intensidad exacta de cada hecho, de cada gesto, de cada pose. Y por eso es capaz de convertir al rebelde que salta sobre la alambrada de Bolivia en todos los rebeldes del mundo y de los tiempos:
Es la mirada divina, la que asciende, la que sólo ve lo invisible, todo lo que está oculto. Y que es, al final, lo significativo. Lo único que importa. La única parte de nosotros mismos que nos revela la verdad. Y así, ante el estupor y la desesperación de dos palestinos abrazados entre los escombros, Millás, con sus ojos que atraviesan lo visible, sabe:
Este Millás, cazador entre el barro, cazador con americana de cuadros, pasea por las fotografías buscando sus historias mínimas, sus detalles; con la lupa arrimada a las raíces, con el ojo que se cae pegado a la lupa, disecciona hasta un mechón fuera de lugar; nada queda fuera del campo de visión de su sosiego. Y luego, venciéndose a sí mismo, sacándose del barro, trascendiendo la raíz, la americana y el sosiego, lanza su mirada planeadora, lee por dentro, suma, sigue, clarievidencia actitudes, egos, comportamientos, deseos, represiones. Y cuando lo escribe, nos enseña lo que, sólo después lo sabremos, es la verdad.
Y por eso, por la mirada que sube y la mirada que baja, el cuerpo que no se somete a una sola forma, la americana que se disfraza de jersey o de camisa; por todo eso, Millás no cabe en una foto.
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Así son las historias que surgen, que atrapan, que nos llaman, que se inventan, que aparecen, que se transforman en Todo son preguntas: Una mujer desahuciada, una chiquilla que desafía el orden militar, bellas mujeres solas o en grupo, políticos retratados con poca oficialidad… Millás parte de estas fotografías y las analiza, buscando en ellas la historia oculta –como en el caso de la de Vázquez Montalbán, o en la del trío de las Azores-; reconstruyendo en otras – los maniquíes pensantes, el ministro de exteriores cubano y ligón, Gallardón y Esperanza en fraternal y cínico abrazo- los pensamientos, los motivos, los impulsos, el carácter de las personas que, cogidas en un gesto tan desprevenido y tan efímero, muestran toda su esencia con impudor para el que sabe leer. Como Millás. Son historias de periódico, de todos los días, creadas hoy para ser olvidadas mañana. No tienen nada de especial, ilustran lo que fue un día y son inservibles al día siguiente. Se van hundiendo en el légamo inútil de lo cotidiano, de lo intrascendente. Como nadie las guarda en la memoria, no extrañaría que desapareciesen, realidad abajo. De hecho, es así. Miles y miles de fotos que pasan por nuestras retinas todos los días, reclamando su microsegundo de atención, acaban colándose por el sumidero de nuestra conciencia, de nuestro recuerdo, de nuestra experiencia. Y duermen para siempre en el barro del olvido.
Por más que se esfuercen estas historias por ser distintas, como la americana de cuadros de Millás, acaban siendo todas iguales: un tratado del ser humano, de sus ponzoñas y sus alegrías, de sus errores y sus virtudes. La historia mínima de un instante se convierte en la esencia de todos los instantes; es la americana de cuadros de Millás; por mucho que se empeñe en llevar frac, traje de torero o falda escocesa, sabemos que él ve todo desde su americana de cuadros. Y todas estas fotografías disueltas, desperdigadas y de demasiada variedad, no son más que arquetipos de la historia íntima de la humanidad. Como dice la americana de cuadros:
“Porque en esa imagen de criminal agazapada tras la puerta se resumía todo el horror fragmentado del resto de las imágenes posibles.”
Sin embargo, si observamos bien a Millás, en sus múltiples fotos, poses y maneras, nos tropezamos siempre con sus ojos densos que no pueden dejar de mirar en dos direcciones. Por un lado, sometidos a la misma gravedad que el cuerpo, caen con él, y la mirada cae entonces, en lo pedestre y sus detalles, en el desafuero cotidiano. Cae sobre un Zaplana y lo remata con un “el que sonríe en segundo plano es un millonario excéntrico”; cae sobre Rajoy y nos lo retrata sin concesiones al estilo: “el señor triste del primer plano de la foto, al que los del segundo plano observan con preocupación clínica”; cae sobre las cínicas manos de los políticos abrazados en plan Judas: “las cuatro manos de las dos personas de la fotografía permanecen entrelazas de tal modo que ninguna de ellas podría abandonar el conjunto sin que se dispararan todas las alarmas”. Cae con todo el peso de la gravedad, que es todo el peso de la evidencia. Que por tan evidente, los que no tenemos tanta densidad en los ojos no acertamos a ver.
Pero Millás no mira sólo hacia el hormigueo banal del día a día. Millás, véanlo en las fotos, tiene un brillo en los ojos que demuestra que está mirando por encima de sí mismo. Hay como una tendencia en la mirada a salirse del corpachón inadivinable. Es algo que él no puede evitar, se le escapan los ojos hacia arriba, hacia una comprensión abstracta, hacia algún lugar en el que todo se ve de forma global y se encuentra la intensidad exacta de cada hecho, de cada gesto, de cada pose. Y por eso es capaz de convertir al rebelde que salta sobre la alambrada de Bolivia en todos los rebeldes del mundo y de los tiempos:
“Parece que está a punto de caer al otro lado, pero lleva años, si no siglos, suspendido en el aire, con los brazos abiertos como un pájaro, sobre la línea que separa el lado de los insurgentes de los insumisos.”
Es la mirada divina, la que asciende, la que sólo ve lo invisible, todo lo que está oculto. Y que es, al final, lo significativo. Lo único que importa. La única parte de nosotros mismos que nos revela la verdad. Y así, ante el estupor y la desesperación de dos palestinos abrazados entre los escombros, Millás, con sus ojos que atraviesan lo visible, sabe:
“Pero si miran hacia dentro de sí mismos, tampoco encuentran otra cosa que materiales de derribo.”
Este Millás, cazador entre el barro, cazador con americana de cuadros, pasea por las fotografías buscando sus historias mínimas, sus detalles; con la lupa arrimada a las raíces, con el ojo que se cae pegado a la lupa, disecciona hasta un mechón fuera de lugar; nada queda fuera del campo de visión de su sosiego. Y luego, venciéndose a sí mismo, sacándose del barro, trascendiendo la raíz, la americana y el sosiego, lanza su mirada planeadora, lee por dentro, suma, sigue, clarievidencia actitudes, egos, comportamientos, deseos, represiones. Y cuando lo escribe, nos enseña lo que, sólo después lo sabremos, es la verdad.
Y por eso, por la mirada que sube y la mirada que baja, el cuerpo que no se somete a una sola forma, la americana que se disfraza de jersey o de camisa; por todo eso, Millás no cabe en una foto.
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Los libros que no has leído y otras intimidades de lector.
El primer capítulo de Si una noche de invierno un viajero… contiene un listado de tipos de libros. Los tipos vienen definidos por la relación del lector con ellos. No está mal como ejercicio de sinceridad lectora. ¿Qué ávido lector no se siente identificado?
La cita sigue. La puedes leer aquí. Y ahora, ejercitémonos, seamos sinceros, localicémonos entre lo que rodea a lo que leemos.
Libros Que No Has Leído
Libros Que Puedes Prescindir de Leer: Ahora mismo, después de haberme tragado el libro del que extraigo la cita, El barón rampante y haber mantenido sesudas reuniones acerca del autor, cualquiera de Calvino que no sea Seis propuestas para el nuevo milenio. Lo mismo me pasa con Auster, después de 3 tentativas, alguna satisfactoria: Ciudad de Cristal; otra totalmente decepcionante: Tombuctú, y una contundente que sirve para cerrar el círculo: Leviatán.
Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura: El Animalario Universal del Profesor Revillod, que es un libro para jugar con él. O esos otros que están hechos para tenerlos, aunque ya los hayamos leído, como el Diccionario de las Artes, de Félix de Azúa. Cualquier libro para niños. Cualquier novela tipo Dan Brown, que sirven estupendamente para calzar mesas.
Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera de Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aun De Haber Sido Escrito: Pues uno que me leí y me dejó exactamente esa sensación fue el Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago. Sin duda alguna, cualquier libro de Carmen Rigalt cumple perfectamente con este precepto.
Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son: Pues todos los libros de Manolito Puig que no son los mejores. Y sin duda alguna, los grandes mamotretos como la Crónica del Alba de Ramón J. Sender. No porque intuya que no me va a gustar, sino porque es gordísimo.
Libros Que Tienes Intención de Leer Aunque Antes Deberías Leer Otros: Pues… 2666, de Bolaño. De momento, tengo intención de leerlo. Quizás cuando haya repasado todo el Bolaño en bolsillo, ya no la tenga. Delirio, de Laura Restrepo: es un libro que me llama la atención y que me apetece leer. Pero siempre hay doscientos que me apetecen más.
Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad de Precio O Hasta Que Los Reediten En Bolsillo: Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa; Interludio Azul, de Pere Gimferrer. Cualquier libro que cueste más de once o doce euros. O cualquier novela efímera.
Libros Que Podrías Pedirle A Alguien Que Te Preste:Tokio Blues, de Haruki Murakami; Mueren más por desamor, de Saul Bellow. Ya tengo localizados a sus propietarios.
Libros Que Todos Han Leído, Conque Es Casi Como Si Los Hubieras Leído También Tú: Los del Capitán Alatriste, sin lugar a dudas.
Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer: Los miserables, de Victor Hugo; Eugénie Grandet, de Balzac. El uno es muy gordo, ¿no? El otro… cuando lo empiezo en francés, me entra la pereza; cuando lo comienzo en español, me entran remordimientos por perezosa
Libros Que Buscabas Desde Hace Años Sin Encontrarlos: Je, eso sigue pasando. Es inevitable. Sólo uno cada millones de años se digna a aparecer en una estantería. Me pasa con Museo de la novela eterna, de Macedonio Fernández. Editado en Cátedra Letras Hispánicas, suele ser de los pocos que nunca están en los anaqueles. También me pasó con La novela de un literato, de Cansinos Assens, pero creo que en este caso contribuyó que no recordase el nombre del libro. (¡Con lo fácil que era!). Simetrías viscerales, de Jeannette Winterson. Al final lo encontré en París, en una librería inglesa. En inglés.
Libros Que Se Refieren A Algo Que Te Interesa En Este Momento: Cualquiera que hable de Física Cuántica (versión para Tontos). Los de Jung, todos. Aquellos que tratan sobre la inteligencia animal, tipo Sheldrake. Uno cuyas páginas estén hechas con billetes de 500 euros de curso legal.
Libros Que Quieres Tener Al Alcance De La Mano Por Si Acaso: Los libros de Erich Fromm (Gracias, señores del Fondo de Cultura Económica), los de Azúa y Enzensberger. Arte y poesía, de Martin Heidegger.
Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano: Hum. Este verano me aparté con este intencionado “alomejor”: Hotel Savoy, de Joseph Roth; Pálido fuego, de Nabokov. No creo que estos libros se compren en las librerías habituales. Los kioscos y esas tiendas de abarrotes típicas de pueblo que se hacen llamar librerías están llenas de ellos. De hecho, sólo tienen este tipo de libros.
Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería: El Cielo, de la Divina Comedia, ilustrada por Barceló. Por supuesto, pertenece a la categoría de los demasiado caros. Por otra parte, a mi estantería le falta sitio, no le sobra.
Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable: Los que tienen títulos llamativos como ¿Qué hago yo aquí sentado en el suelo?, de Egloff o el de Nick Flynn: Otra noche de mierda en esta puta ciudad. También aquellos cuyo autor tiene un nombre eufónico. Otros, sólo por la cubierta.
Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora de Releerlos: Las narraciones de Poe; Cien años de soledad, de García Márquez. A veces me ocurre que de un libro cuyo contenido supone algo decisivo o radical para mí no me queda en el recuerdo más que esa sensación de vital importancia. Ni argumento, ni personajes, ni ambiente, ni estilo. Todo lo demás, se desvanece. La pregunta es: ¿habría que releer esos libros necesariamente? No lo tengo claro.
Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras: Ahora que ya estoy tramitando mi título, puedo confesar: El Persiles, de Cervantes; Volverás a Región, de Benet (me quedé a la mitad). Con el primero fingí tan bien que creo que ya no lo voy a leer.
Caramba. Esto es un meme. Lo demás son tonterías. Eso sí. Creo que es importante tener claras estas categorías, aunque no seamos tan dogmáticos y taxonómicos como Calvino. Muchas veces, voy a las librerías con una lista de los libros que quiero comprar. Tan categórica me vuelvo con mi folio de empollona en la mano, que no veo o no quiero ver otros libros que merecen la pena. Otras veces, voy abierta a cualquier expectativa y todo es tan excesivo, las estanterías están tan cargadas, la publicidad es tan invasiva que acabo por no comprar nada. Lo mejor es saber por qué queremos tal o cual libro. Y dejar, como en todo, un margen a la improvisación.
Tutto questo per dire che hemos vuelto a nuestro patio gris. Próximamente, reseñas de libros de (quizás) Roberto Arlt, Pedro Zarraluki, Gombrowicz. Y si no, pues de otros.
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” Ya en el escaparate de la librería localizaste la portada con el título que buscabas. Siguiendo esa huella visual te abriste paso en la tienda a través de la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído que te miraban ceñudos desde mostradores y estanterías tratando de intimidarte. Pero tú sabes que no debes dejarte acoquinar, que entre ellos se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir de Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aun De Haber Sido Escrito. Y así superas el primer cinturón de baluartes y te cae encima la infantería de los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son.”
La cita sigue. La puedes leer aquí. Y ahora, ejercitémonos, seamos sinceros, localicémonos entre lo que rodea a lo que leemos.
Caramba. Esto es un meme. Lo demás son tonterías. Eso sí. Creo que es importante tener claras estas categorías, aunque no seamos tan dogmáticos y taxonómicos como Calvino. Muchas veces, voy a las librerías con una lista de los libros que quiero comprar. Tan categórica me vuelvo con mi folio de empollona en la mano, que no veo o no quiero ver otros libros que merecen la pena. Otras veces, voy abierta a cualquier expectativa y todo es tan excesivo, las estanterías están tan cargadas, la publicidad es tan invasiva que acabo por no comprar nada. Lo mejor es saber por qué queremos tal o cual libro. Y dejar, como en todo, un margen a la improvisación.
Tutto questo per dire che hemos vuelto a nuestro patio gris. Próximamente, reseñas de libros de (quizás) Roberto Arlt, Pedro Zarraluki, Gombrowicz. Y si no, pues de otros.
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