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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Joven escritor de Gaia edita clásicos

    Poesía para fumar


    Vicios como el tabaco aparecen ahora transformados en cigarrillos de poesía: para fumar, oler, mascar, leer, releer y guardar.

    Si los mejores besos vienen disfrazados de chocolate y envueltos en mensajes de amor (Bacio) y las mejores esencias en frascos pequeños con declaraciones del mismo estilo (Noa), los mayores vicios, como el tabaco, aparecen ahora transformados en cigarrillos de poesía. Para fumar, oler o mascar. Para leer, releer y guardar. O para regalar. Son autores clásicos, prohibidos, desconocidos o contemporáneos que se desenrollan y se desvelan a través de un inmaculado papel vegetal. Escondidos en un legajo de lectura. Para viciar la menta y envenenar el alma. Hasta quedar exhausto.

    Ricardo de Pinto Teixeira, estudiante de filosofía y joven escritor de Gaia, guarda desde pequeño las cosas que fue escribiendo. En septiembre del año pasado presentó su primer libro, Best Off, una obra dividida en dos partes distintas. En la primera, escribe sobre religión, “una especie de prolongación del Apocalipsis cristiano”; en la segunda, habla de sentimientos, el tema en el que dice sentirse “más cómodo”. Otras obras suyas han quedado inéditas porque ni siquiera intentó publicarlas, pues, según dice, “en Portugal hay mucho gremialismo y poca visión estratégica”. Por eso ni Lágrimas Separadas ni Flores de Carne han llegado nunca a manos de los lectores.

    En junio de este año, en uno de esos momentos nocturnos de los que nacen imágenes luminosas, Ricardo tuvo la idea de publicar legajos de poesía. Son paquetes, idénticos en todo a los de tabaco, pero en vez de cigarrillos que “perjudican gravemente la salud”, los paquetes tienen rollitos de poesía. Oscar Wilde, Shakespeare, Rimbaud, Sartre… para devorar en un auténtico desafío a la sabiduría.

    La idea tuvo éxito y el próximo mes el escritor va a pasar a ser editor. En Noviembre será inaugurada su editora Corpos, futura responsable de la edición de los paquetes de poesía, así como de otras ideas extraordinarias que harán sucumbir incluso a los que no leen.

    En algunas librerías de Oporto ya se pueden encontrar dos de estos paquetes de poesía: uno de aforismos (Oscar Wilde, Fernando Pessoa, Octavio Paz, Sartre, Nietzsche, Rimbaud y Shakespeare) y otro de poemas “prohibidos” (Verlaine, Baudelaire, Nietzsche, Rimbaud, Mário de Sá-Carneiro, Shakespeare, Novalis, Goethe). Además, Ricardo de Pinto Teixeira no ha resistido la tentación de incluirse entre estos autores consagrados.

    En breve serán editados otros tres paquetes de lectura viciosa: “Humor”, “Profecías y Misticismo” y “Filosofía Maldita”. Además de esto, serán publicados en tubos de ensayo los “Nuevos Siete Pecados Capitales”, entre los que figuran el matrimonio, la memoria y el tiempo. Cajas de cerillas y rollos de papel higiénico impregnados de literatura son otras de las propuestas que llegarán al público desde ahora y hasta fin de año. Ricardo promete que nunca hará cosas convencionales y que mantendrá siempre criterios de calidad en la elección de sus textos y en sus novedades editoriales.

    * * *


    ¿Será verdad o es que mi imaginación es maliciosa y exacerbada? Dejen su voto.

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    Razones para leer (o para escribir)
    Dice Fanshawe que un día dijo que quería aprender italiano para leer a Tabucchi. Como dicen que Unamuno hizo con el danés para leer a Kierkegaard. Lo más parecido me ocurrió con el portugués. Yo quería aprender portugués para hablar con los perros en su idioma. Pero, sobre todo, para poder leer en voz alta a Alvaro de Campos y entonar, tronante y cantarina, aquello de:
    “Darby M'Graw-aw-aw-aw-aw!
    Darby M'Graw-aw-aw-aw-aw!
    Fetch a-a-aft the ru-u-u-u-u-u-u-u-u-um, Darby.

    Eia, que vida essa! essa era a vida, eia!
    Eh-eh-eh-eh-eh-eh-eh!
    Eh-lahô-lahô-laHO-lahá-á-á-à-à!
    Eh-eh-eh-eh-eh-eh-eh!”

    Lo curioso es que, muchas veces, no sabemos a dónde nos lleva una decisión tan concreta, una elección basada en el brillo diminuto de un hilo de posibilidad. Quizás hay algo de tozudez en ello. Razones parecidas – que resultan fantásticas e irrealizables pero que luego abren caminos también mágicos e imposibles- me empujan a veces a leer o no leer un libro.

    Yo no quería leer La insoportable levedad del ser, se me antojaba un libro tristísimo y existencialista. Quise leer Gracias, niebla para anchear mi mundo y averiguar las razones para agradecer a la niebla. Quería leer Ensayo sobre la ceguera para estrenar a Saramago y me encontré con una pálida y destartalada recreación de La peste. Quería leer Maldición eterna a quien lea estas páginas para morirme de escarabajos negros y bourbon conspirativo y me encontré un esqueje de hombre en silla de ruedas que habla para estar vivo. No quería leer Sobre héroes y tumbas porque la pensaba hierática e histórica. Y me salió al paso un paquetito de timidez y desastimiento. Quería leer La lámpara maravillosa para encontrar a Valle-Inclán esforzado en su laboratorio del lenguaje. Y me aparece un perfil orientalmente alargado.

    Muchas veces no sabemos nada del libro que, repentinamente, hemos decidido leer. Nos hemos encontrado una frase suelta en otro libro, nos pasan un aforismo del autor, decidimos que, por el mero hecho de llamarse así, merece ser leído. A veces, también decidimos lo contrario. Imaginamos qué será el libro sobre el que ya nos hemos cernido. Leer es, a veces, renunciar a todas las historias que creíamos; descubrir que nuestra imaginación se pasea dulcemente ajena a los autores; sentir lástima al terminar un libro por no encontrar la historia que ya se nos había albergado dentro.

    Yo suelo apuntar los libros que querré leer, que supongo que querré leer. Busqué y rebusqué Museo de la novela eterna porque quería leer una panoplia convulsa de las diferentes posibilidades mágicas de las novelas que a la vez fuese una novela. Y, como Macedonio Fernández es divino e incorpóreo, ha escrito exactamente eso. Tengo apuntado a Leónidas Lamborghini, porque me lo imagino en su coche blanco al viento, inventando poemas que luego moja en alcohol en las gasolineras. Quiero leer Asesinato en la Academia Brasileña de las Letras porque, férreamente, creo que no habrá ninguna muerte en un libro que así se anuncia. Mi amiga Inma quiso leer y comprar ¿Qué hago yo aquí sentado en el suelo?, sólo porque consideró que ese libro tenía que ser la encarnación perfecta de la desubicación. Quise leer La línea del horizonte porque imaginaba que contaba la historia de un hombre que se siente perseguido por las gaviotas.

    Lo que nos empeñamos en ver en los libros, las imágenes que nos evocan sus títulos, las razones parciales y domésticas por las que los escogemos, son una nube dulcísima que se nos aferra y nos pasea por las librerías. Por eso nunca llueve a gusto de todos.

    Hay otros libros, ahora que hablamos de soledades en el suelo y de paraguas, que nunca querré leer. Porque todo lo que quiero encontrar en ellos ya lo he visto en el título. Soy una experta en “el oficio de oír llover” y ya hace tiempo que me siento como un “mono gramático”. Sé cuántas cosas se parecen a una “manzana en la oscuridad” y sé que nada me salva de “nada en el domingo”.

    Una vez caídos en la concreción de lo que nos han querido contar, se nos quedan prendidas las otras, las posibles, las que amamos antes de saber si existían. Por culpa de Tabucchi, yo querría escribir la historia de un hombre suspicaz y mojado que se siente perseguido por las gaviotas. Por bendición de Echenoz, querría escribir la novela de un hombre que ve pasar un pájaro y lo sigue. Porque Zarraluki escribió un libro llamado Hotel Astoria, yo quiero escribir una novela-espejo en la que la gente que entra en un hotel repite implacablemente siempre la misma historia. Porque Vila-Matas tituló una antología Recuerdos inventados, yo querría escribir un libro que fuera exacta y claramente eso. Textura de recuerdo envuelta en la obviedad de la invención.

    Además, yo querría escribir libros que se llamaran así: Maneras de irse a la cama, Hombre como Berlín, Una niña que, Ella es cobarde pero imaginaria, Querido Figo, Zidane y esposa buscan asiento, La naranja de las doscientas líneas, Incoherencia de Apolo. No sé, en concreto, de qué trata ninguno. Intuyo que van siendo. Por eso me parecen mágicos, excelsos y magníficos todos estos libros que no escribiré. Porque tienen el encanto de la niebla. Eso era, quizás, lo que había que agradecer.

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    Reseña: La línea del horizonte, de Antonio Tabucchi
    A veces a un escritor le anida la idea equivocada. La incuba, la cuida, la mima, la ambienta, la calienta, la escribe y pese a todo, la idea sale pelona, torpe y maniquea.

    En La línea del horizonte, Tabucchi ama una idea policíaca con candor de padre. Spino merodea en el depósito de cadáveres, salta del bar a la redacción del periódico, se permite un viaje a un extraño lugar –sede de la pista que desanude el ovillo-, recurre a fotografías, desvela o no desvela los misterios, hace mutis por el frío. Sobreprotector, Tabucchi acota las posibilidades a un narrador – obvio como un soplido de Dios en un dibujo para críos- que no se despega de la nuca de su protagonista. Lo acompaña, dulcemente, por la novela, lo empuja cariñosamente a golpes de pretérito perfecto compuesto y próximo, le alcanza la infusión cuando le falta.

    Y así vamos, pasito a pasito, Tabucchi no nos suelta ni un momento, no nos deja salir de su interés, pararnos a observar esa gaviota –capaz de la única frescura-, preguntarnos el por qué de Sara, cuestionarnos la rara relevancia de Corrado, parar un momento a pensar otras cosas, a querer otras cosas.

    Mira este edificio, dice Tabucchi, mídelo, obsérvalo, pondéralo, calcúlalo, sábelo. Mira este chico:
    “Tiene los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos. Tiene la cara redonda, el cabello con algún rizo brillante, las rodillas sucias. Del bolsillo de los pantalones asoma la horquilla de una honda.”

    ¿Quién es? Es la “plácida instantánea” de un desconocido. Todo lo que nos deja mirar Tabucchi antes de obligarnos a salir al frío, a continuar investigando una historia que no quiere ser investigada. Narrador omnipotente y paternal no nos deja siquiera desobedecerle.

    Pero el lector de novelas policíacas es suspicaz, dice Vila-Matas. Sospecha de todos los personajes, los mira con ojos escépticos, lee al acecho, esperando el giro, la sorpresa, la pista. No se fía ni del padrecito narrador. Nos dice Tabucchi que cuando Spino telefonea a Corrado, “éste no se hallaba en la redacción, luego han conseguido encontrarlo en la linotipia, le ha parecido un poco excitado”. Y el lector comienza a imaginar que la historia verdadera ocurre en aquella linotipia, tiene que ver con Corrado, sospecha. Nos vamos enredando en pistas falsas. O no tan falsas. Porque, en realidad, no importa. Sólo las pistas que sigue Spino, bendecido por Tabucchi, han de ser las ciertas, pues unas conducen a otras, todas conducen al final.

    Pero… ¿qué son esas pistas, cómo se relacionan sus personas, por qué vamos de un sastre a un herbolario, a una congregación religiosa, a una dársena, a un oscuro bar musical? En busca de Kid. Simplemente porque está muerto. Spino, pelón, torpe y maniqueo, no cree en su investigación. Sólo obedece a la voluntad de su padre Tabucchi. Él lo cuida y lo pone en el rastro de las pistas correctas –de qué, por qué, con qué interés no importa-, lo lleva a solucionar el caso. Y la solución no importa. Porque no interesa el caso, porque fallan las juntas y la historia se va colando hacia otros lugares no visitados, hacia otros personajes descartados. Sólo importa el frío.

    ¿Es, conscientemente, una falsa novela policíaca? ¿Quería Tabucchi, simplemente, enfrentar a Spino con una realidad turbia, ponerlo a prueba, obligarlo a crecer y reaccionar? ¿O es, tal vez, un empeño fallido, una historia que sólo funciona cuando descansamos de ella, cuando buscamos otra, subterránea y aterida, que espera, a veces en algunos de los paisajes retratados? ¿Crece esta novela o sólo va cayendo lentamente hacia el final, desplomándose desde su propia fragilidad?

    Esta novela no ha podido con su propio frío. Un frío que aturde los gestos y las motivaciones, que difumina la trama y que, en definitiva, es el único desenlace palpable. La única capaz de caldearla es esta gaviota, fresca y danzarina. Único personaje que no hace caso del narrador, que lo asusta, lo sobrevuela, lo desobedece, lo inquieta. El único personaje que pasea su orgullosa rebeldía manchando los papeles de papá:
    “La gaviota, con ligereza, se ha posado en el suelo a pocos metros de él y ha comenzado a caminar torpemente entre las tumbas con aire curioso y tranquilo, como un animal doméstico. Él ha hurgado en los bolsillos y le ha arrojado un caramelo que el animal ha engullido inmediatamente, moviendo la cabeza y esponjando las plumas con satisfacción. Luego ha realizado un pequeño vuelo, casi un salto, y se ha posado en el hombro de un pequeño soldado de la primera guerra mundial, contemplándole plácidamente.
    - ¿Quién eres? –le ha dicho Spino en voz baja-, ¿quién te envía? En la dársena también me estabas espiando, ¿qué quieres?”

    Ésta era la novela que yo quería leer.

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    Sol y torpeza sobre una manta
    Estaba husmeando entre papeles, cuando me encontré un comentario de texto francamente hilarante que escribí para una asignatura hace un par de años.

    Obsérvese:

    1. El desamparo del comentarista que, enredado en el texto, busca significados ocultísimos, inventa, remodela y acomoda el poema a su intención (errática).
    2. La insistente latencia de una idea que nunca se atreve a ser expresada: el poema no le dice nada al comentarista, no encuentra por dónde amarrarlo.
    3. Los modos demagogos de intentar salvar la palabrería: recurre a Monet, a Dalí; los coge por los pelos y los obliga a sentarse en el comentario.
    4. El atolondrado giro en las hipótesis: de un poema en el que no ocurre absolutamente nada (según el destartalado comentarista), pasamos a la descarga absoluta de energía de un orgasmo.
    5. La timidez con que se apunta esta última posibilidad, como si el comentarista tuviese miedo de ser visto como un depravado, un voyeur, un obsexo.
    6. El nihilismo contundente de las frases finales. La renuncia a comprender. El fracaso.

    Ejercicios:
    1. Reflexione acerca de las siguientes cuestiones: ¿Realmente lo mejor que se puede decir de este poema es que es "oscuro y difícil"? ¿Para llegar a semejante conclusión es necesario el dispendio de ideas vanas que le precede?

    Para debatir:
    1. ¿Apela este comentario a la ley del esfuerzo? ¿Intentar es un mérito en la educación actual?

    SOL SOBRE UNA MANTA

    Acribillada por la luz
    una mitad del muro
    salina vertical
    La cortina su derramada sombra
    azul marejada
    sobre la cal del otro lienzo
    Afuera el sol combate con el mar
    El piso de ladrillo
    respirado respirante
    El azul se tiende
    sobre la cama se extiende
    Una almohada rosada sostiene
    una muchacha
    El vestido lacre todavía caliente
    los ojos
    entrecerrados no por la espera
    por la visitación
    Está descalza
    La plata tosca enlaza
    refresca
    un brazo desnudo
    Sobre sus pechos valientes baila el puñal del sol
    Hacia su vientre
    eminencia inminencia
    sube una línea de hormigas negras
    Abre los ojos
    de la miel quemada
    la miel negra
    al centelleo de la amapola
    la luz negra
    Un jarro sobre la mesa
    Un girasol sobre el jarro
    La muchacha
    sobre la manta azul
    un sol más fresco

    Octavio Paz


    Comentario:
    El poema “Sol sobre una manta” es una tirada de versos libres, entre los que abundan los endecasílabos y los heptasílabos, aunque hay versos de diversas medidas repartidos por todo el poema. Existen rimas consonantes (tiende/extiende) y asonantes (descalza/enlaza), sin embargo, no siguen una pauta constante.

    Se trata de un poema estático, en el que se recrea un momento concreto, el pasar del sol sobre una muchacha que está tendida en una manta. Las acciones son muy pocas, de hecho, la única acción real es el abrir de ojos de la muchacha. Aunque hay muchos verbos (todos ellos en presente), muy pocos se refieren a acciones, en concreto, en los versos, “afuera el sol combate con el mar”, “sobre sus pechos valientes baila el puñal del sol” y “abre los ojos”. De todos ellos, como decíamos, el único que remite a una acción real es el abrir de ojos, mientras que los otros dos son metáforas que remiten a la percepción de la luz solar, en un caso fundiéndose en el mar y viéndose reflejada en él, en el otro, un rayo de sol que parece hendirse en el cuerpo de la muchacha.

    El poema pretende, pese a la inevitable linealidad de la escritura, abarcar una impresión de conjunto, presentar un cuadro de forma holística. Me atrevería a aventurar que se trata de un intento impresionista llevado a la poesía. Por un lado porque, como digo, busca transmitir una impresión momentánea, la variación de la luz sobre una estancia en la que hay una muchacha tendida sobre una manta. Por otra parte, el poema intenta captar las variaciones de la luz en la estampa que recrea y los efectos que estas variaciones originan, la sensación que transmite el poema, de un momento que sucede en apenas un abrir y cerrar de ojos, cuando la muchacha abre los ojos al darle la luz del sol tregua, me hace pensar en la serie de cuadros que pintó Monet sobre la catedral de Rouen, estudiando los efectos de la luz en su fachada.

    Existen, empero, leves indicios a lo largo del poema, de que quizás pueda tratarse de algo más que una mera “impresión”, al más puro estilo francés. Me refiero a ciertas palabras clave en el poema como “visitación”, “hormigas negras” e “inminencia”. Los ojos entrecerrados de la muchacha, en virtud de la explicación anterior, tendrían que deberse al resplandor de la luz, pero el poeta gasta un verso en explicar que es debido a la “visitación”, aislando esta palabra, además, en un sintagma nominal de un verso. Por otra parte, las hormigas negras que suben hacia su vientre, pueden ser consideradas una metáfora de una sombra, como las que generan las celosías; sin embargo, también sugieren algo oscuro, si pensamos en el surrealismo y en ciertos cuadros de Dalí, y sobre todo, si las combinamos con el vientre, cercano a la zona sexual de la mujer. Además, se habla de él como una “eminencia inminencia”, es decir, que se encuentra a la espera de algo, algo está a punto de suceder.

    La situación de la muchacha, al menos semidesnuda, en un cuarto a contraluz, silente (no hay ninguna alusión a ningún tipo de sonido, y aunque pudiéramos pensar en el rumor del mar, en realidad, cuando se habla de éste, se lo supedita al poder del sol, por lo que a mí el poema no me evoca su rumor en absoluto), creo que puede ser interpretada en términos eróticos. Incluso me atrevería a decir que el “centelleo de la amapola” podría ser visto como el clímax del momento sexual. Sin embargo, no voy a seguir ahondando en esta interpretación porque, al fin y al cabo, no es más que una elucubración surgida a partir de un poema que, por lo demás, obviando la recreación de un momento concreto, como justificaba párrafos más arriba, se me antoja oscuro y de difícil comprensión.
    * * *


    Qué grandes momentos nos depara el pasado... ¡Cuánto creímos rompernos los cuernos para obtener semejantes resultados!

    Podéis leer un verdadero comentario del poema aquí

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    Vila-Matas en Oviedo (III)
    1

    Vila-Matas no existe. Es más verosímil que real. Por consenso, aceptamos que ese ser a quien denominamos como “Enrique Vila-Matas” escribe obras de ficción. Lo que hace, en realidad, son malabarismos con los valores de verdad. Si escribir ficciones es una forma peculiar y artística de mentir, Vila-Matas no hace otra cosa que mentir. En Oviedo, aparentemente, nos confiesa “la verdad de sus mentiras” y reconoce inventar citas y autores, hacer torsiones con lo que ya existe para crear el hueco en el que poder inventar lo real. Vila-Matas es un maestro en deshilvanar el concepto de realidad, darle la vuelta y recoserlo por el lado de lo imposible.

    Entonces, si sus ficciones consisten en hacer cabriolas con “lo real por consenso” o como él dice “desfamiliarizar una experiencia considerándola como ficción”, ¿cuándo creer a Vila-Matas y según qué parámetros? Lo que él ha creado es ese nuevo limbo que surge de haber desbaratado la línea de seguridad que separaba lo real de lo verosímil y la verdad de la mentira. Vila-Matas no es sujeto de confianza. Incluso cuando afirma estar diciendo la verdad. Por lo tanto, ¿su sola mirada de Belcebú penetrante frente al magno y elegante público ovetense nos basta para creer en su existencia? No. Que Vila-Matas exista es sólo una posibilidad.

    2

    Vila-Matas (como posibilidad) viaja hacia una teoría de la novela que sea frágil como su personalidad. Para ello, tiene que pasar por Nueva York, por Lyon, por Cartagena de Indias. O quizás no. Sale de un libro y necesita su frágil teoría de la novela para avanzar hacia otro. Lo mismo que Macedonio Fernández y su Museo de la novela eterna pero con más psique y menos cuerpo. Para averiguar lo que Vila-Matas piensa de la novela moderna o futura, necesita leerse a sí mismo como quien se traduce y leerse a sí mismo a través de otro (Julien Gracq). Se produce, entonces un nuevo extrañamiento, una renovación en las expectativas que van desde el autor (que escribe sobre Julien Gracq y es traducido al francés) hasta el lector-futuro autor (que se destraduce a sí mismo).

    Vila-Matas
    (como posibilidad) sostiene la absoluta necesidad de que el escritor sea fiel a sí mismo, de que confíe en su originalidad, de que desbroce del camino todo lo que no es suyo. “El deber moral de ser fiel a sí mismo, a su original punto de vista.” La originalidad de su punto de vista consiste, quizás, en su movilidad. Vila-Matas es fiel a sí mismo no siendo Vila-Matas, yendo y viniendo por Julien Gracq, escribiendo una teoría para poder leerla y sólo luego –a la espera en un hotel de Lyon, leyéndose a sí mismo en francés-, sentirla como propia. Vila-Matas mantiene su punto de vista original porque lo mueve como un báculo, porque se disuelve en otros, porque colma de velos lo real, porque se apropia de citas, porque al lado del abismo sólo hay “sensación de camino clausurado”. Y sólo se puede sobrevivir siendo una posibilidad.

    3

    La novela moderna sale de los libros, dice Vila-Matas que ha visto en Julien Gracq. Todos salimos de lo que leemos, dice Vila-Matas. Las lecturas se descubren como el punto de partida de la labor escritora. La novela moderna se viste con las galas de la intertextualidad. Como siempre hizo la novela. Desde el Quijote, defiende Vila-Matas.

    Si pensamos, con Zaid, que una de las razones válidas para escribir es “poder leer algo que uno necesitaba leer”, nos caemos de bruces en la idea anterior. Escribimos en función de lo que leemos (y, por ende, de lo que no leemos). Al lado de esta idea, uno de los pilares de la novela moderna, surge la obvia naturaleza creadora de las palabras.

    Trabajadas y adheridas a un acto de la imaginación, las palabras lo crean en este mundo. Surge una ficción que funciona con sus propias reglas. Las novelas, dice Vila-Matas (¡cuánto habla este hombre que no existe!), no cuentan el mundo, sino que lo transforman. La vida es una espiral, igual que esta conferencia. Salimos de las lecturas; por su falta o exceso, escribimos lo que escribimos. Haciéndolo, transformamos el mundo, creamos otro. Que luego será leído por otro lector (o por nosotros mismos, en Lyon), el lector saldrá de los libros, escribirá –quizás- lo que no le alcanzó en sus lecturas, creará otro mundo… Espejos que se alejan. Espejos que se adelantan. Espirales.

    4

    La novela moderna tiene una fuerte conexión con la poesía. Vila-Matas la encontró, leyéndose a sí mismo, en Julien Gracq. Conexión con las tormentas psíquicas de los poemas de Rimbaud; conexión con la locura que verbalizara y encarnara Nerval en su torre abolida; conexión con la errancia de Nadja de Breton, errante sinlugar en busca del oro del tiempo.

    ¿Por qué con la poesía? Si pensamos, con Wordsworth que el lenguaje es un filtro de metáforas apagadas, pensaremos que la poesía es una estación de luz funcionando las veinticuatro horas del día. ¿Qué le importa eso a la novela? Una de las actitudes frente a la novela, decía Vila-Matas mientras desayunaba con tucanes, consiste en deshacerse del “lenguaje muerto” y de las “verdades que no son de uno”. Así se conecta con la poesía. Encendiendo el lenguaje de nuevo, de una manera única que es imposible si es ajena. El escritor crea su lenguaje, poda el antiguo, desecha el lenguaje hecho, el ya dado. La forma de ser fiel a uno mismo como escritor es no traicionarse echando mano del lenguaje de los otros. El poder creador de las palabras, su naturaleza divina, es un arma de dos filos. Vila-Matas crea fingiendo que recrea. Su doble cuchillo lo salva de caer bajo la amenaza de uno de los dos lados.

    5

    ¿Cómo es una novela moderna que viene de los libros, tiene conexión con la poesía y es como un espejo adelantado a su tiempo? ¿Es una trama libresca y romántica? ¿Es una trama metaliteraria sobre unos versos perdidos? ¿Es una historia mínima contada con la lupa unívoca del estilo del autor? ¿Es un estilo que sobrevuela –como Vila-Matas cuando nos mira- los sucesos y los hace nuevos porque nunca se sintieron así mirados?

    Vila-Matas, hombre natural en cuya vida predomina un estilo de narración ficticia, defiende, como Banville, el estilo sobre la trama. El primero avanza “con pasos triunfales”, la segunda se arrastra lentamente detrás. Cada escritor percibe y siente a través de su carga ineludible de prejuicios, juicios, sentimientos, lecturas y posturas. Para ser fiel a sí mismo, tiene que –ya lo venimos repitiendo- deshacerse de la hojarasca dada. Encontrar un estilo que empuje, voluntarioso, la trama. Como un viento que sopla la semilla justo en la dirección de la fecundidad.

    El estilo de una obra acaba por parecerse a ese “no sé qué que embelesa” de Feijoo. Que en los objetos compuestos –disecciona el atento padre afincado en la magna Oviedo- se debe, precisamente, a su composición, a saber, a la mesura, ponderación y congruencia entre sus partes. Vila-Matas soñador de Nueva Yorks en los que encontrar la felicidad, viajero mental más allá de cualquier mapa, solitario que necesita que lo abandonen para estar solo… Su “no sé qué”, su estilo, es toda la amorosa forma de sus congruencias; joyero entre la vida, Vila-Matas va separando, puliendo y engarzando vida, hechos, citas, lectura y sueño con grandes pasos majestuosos y triunfantes. Su estilo es un hermoso y tenso hilo sobre el que luego se posan, benévolos, los pájaros fantasiosos de la anécdota.

    6

    Me gusta pensar novelas sustentadas sobre la falaz fragilidad de un estilo. Imagino a Vila-Matas –a la espera en Lyon- pensando novelas en las que la trama se aparece al abrir la puerta del estilo. ¿Persigue Vila-Matas un estilo que no encuentra su forma? ¿Por eso se pelea con las notas al pie de un texto, la conferencia novelada, la novela asesina, el ensayo con apariencia de cualquier otra cosa? Su estilo va tronando por los textos y no acaba de quedarse para siempre. El estilo –si es tal- hace vívida la forma y traslúcida la anécdota, hace brillar el cuerpo entero del texto.

    Quizás por eso, Vila-Matas cree que la novela moderna no debe renunciar jamás a una idea de vanguardia. (Me tomaré esta “vanguardia” en su acepción más laxa, pues en este momento estaba pariendo mi araña de temor y sorpresa.) El estilo avanza triunfante, sobre el terreno vencido de lo ya explorado; le sigue la trama, arrastrando los pies, pero salvada, al cabo. ¿Para qué avanzar y a dónde? ¿No están todos los verdaderos caminos clausurados?

    Vamos hacia el abismo. Sin saber qué hay al otro lado. Sin saber si hay otro lado. Sólo hay una forma de seguir. Negociar con las palabras y tender un puente con ellas. Entiendo la “idea de vanguardia” de Vila-Matas como un deseo de desobedecer lo conocido. Un intento de ir más allá. Y si no hay más allá, crearlo.

    7

    “Yo me llamo Enrique Vila-Matas. Como todo el mundo”, dije yo, quiso decir Satie, pudo decir Vila-Matas, dijo la araña trepando por mi abrigo, susurró el catedrático escondido entre los bancos, pensó el rector en su magnífica silla. Su alegría es –quizás- estar con todo el mundo en una sala caliente y pensativa. Su tristeza… estar, al mismo tiempo, tan irreparablemente solo.

    * * *

    En resumen: la conferencia fue maravillosa. Su mirada, llena de lucidez y pavor sobrepuesto, nos asustó tanto que parimos una araña. Ahora, queremos leer a Gracq, queremos leer al explorador abismado, queremos ir a Nueva York a soñar que somos Vila-Matas en Barcelona, queremos escribir esa novela moderna, queremos ser Vila-Matas en Oviedo, queremos ser Magris paseando –aturdido y feliz- por la capital con el abrigo de Vila-Matas, queremos… no vivir más vida que la nuestra.

    * * *

    El texto que no leyó en su conferencia, flanqueado por un vallado con filigrana de sus sueños y anéctodas, viene inspirado en este "Desayuno con tucanes", en la futura crónica del domingo en el Dietario voluble y en su texto sobre Gracq en el Magazine Littéraire de junio.

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    Vila-Matas en Oviedo y Premios Nobel II
    Dos grandes noticias. La una: Vila-Matas no existe. Yo lo he visto.

    La otra: el Nobel de Literatura ha sido para Doris Lessing. La consagración por medio del abrigo no ha funcionado. Mario sigue intacto.Ya intuí que algo no iría bien en los planes de Enrique cuando comprobé que anunciarían el "fallo" a una de la tarde (una hora menos en Portugal), cuando el "magro" Enrique estuviese, no saliendo del hotel en busca de un taxi, como él creía, sino encerrado en su avión camino de Dalt.

    Esta tarde editamos para contaros cómo ayer parimos arañas y escuchamos a alguien que no existe.

    Mientras tanto, podéis ver cosas sobre la conferencia aquí y aquí. Sobre el Nobel... en cualquier lado, I guess. Sobre todo aquí.

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    Vila-Matas en Oviedo y Premios Nobel

    Hoy a las 19:30, dentro de los eventos culturales y de todo tipo promovidos por “Aula Cuarto Centenario”, viene Vila-Matas a abrirnos en la cara el oscuro paraguas de sus disquisiciones sobre la novela. Gracias a la Universidad de Oviedo. Prepárate, León, allí estaremos. La conferencia se llama “Hacia una teoría de la novela”. La tal preposición hace intuir que será una charla eterna y ubicua, real y ficticia. Mañana os contamos qué tal nos fue con Belcebú (Satán mediante, claro). Más información aquí.

    En cuanto al Premio Nobel de Literatura, de la mano de Maud he llegado a esta página con los cincuenta candidatos con más posibilidades (según una casa de apuestas, ¡qué divertido!). Bien sabe todo mi armario que yo querría que ganase Vargas Llosa y bien sabe mi árbol genealógico que mi otro candidato es Bonnefoy. Veremos qué pasa.

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    A vueltas con octubre (naderías de otoño)
    Hay un poeta que dice (con todo su descaro y en mayúsculas):
    "Abril tiene los ojos de Leonard Cohen"

    Leyendo esto en pleno otoño, me surge la pregunta... ¿Y octubre?

    Octubre no podría tener los ojos de Leonard Cohen porque rima en asonante y queda feo. Pero por su cazadora de cuero y su voz de hoja seca, no me digan... ¿Entonces?

    Sé de alguna que vendrá a decir algo así como "Octubre es infinito como la sombra de Bob Dylan". Y otro que podría decir: "Octubre, como Dios, es ateo". Incluso imagino a otro que podría decir algo así: "Octubre es violáceo como el ano de Rimbaud". (¿O diría "violento"?). Apelando a los libros que leí en tal mes, yo diría algo así como "Octubre es de cristal como Paul Auster" o bien, "Octubre tiene la timidez de Wystan Hugh Auden". O quizás también, "Octubre murió en París con Oscar Wilde".

    ¿Y ustedes? ¿Cómo les mira octubre? ¿Con los ojos, las barbas, las rodillas, el ano, la incertidumbre de...? ¿Y noviembre, diciembre... marzo-martín garzo?

    (Teléfono de aludidos más abajo)

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    Octubre
    Octubre es el típico mes de los comienzos. O de retomar el discurso después de un punto y seguido. O de adecentar la cara antes de regresar. Por eso, no me sorprende nada encontrar de nuevo a Danae intentando conquistar Manhattan.

    Tampoco extraña ver a la hermandad cerda reformando la forma (valga la redundancia) y sacando un nuevo número a Anarchyweb Street. A partir de ahora, siempre disponible sin montacargas ni pdf. Si quieren hacer una visita, sólo tienen que pulsar este timbre:


    Además, sale un nuevo número de Narrativas. Aquí continuamos con el mismo formato de siempre. Pero los contenidos, obviamente, son nuevos. Para pedir el pdf sólo hace falta pulsar en la imagen:



    Y, para más INRI, Vila-Matas se vuelve ubicuo explorador y colma todos los abismos: se lamenta aquí, duerme acá y devora por aquí. Y, por si fuera poco, septiembre estaba dedicado a él en ShangriLa, que ahora cumple un año de derivas.

    Además, hemos cambiado algunos enlaces. Pueden coquetear con la columna de la izquierda. Igual encuentran a su pareja ideal.

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