El Fútbol es... mucho más que fútbol
El fútbol es mucho más que 22 personas peleándose por la posesión del balón delante de un bergmaniano juez vestido de negro. Es toda la épica de un país, su sentimiento global de nación derrotada (la nuestra), la impotencia, la comunión al estilo coca-cola always; la dejación de todas nuestras otras funciones y necesidades durante noventa minutos, la heroicidad, el miedo, la pasión o el aburrimiento, la preocupación previa, el éxtasis prolongado, el análisis final.
Hace seis años participé en una de las radiaciones más originales de un partido de fútbol. Se jugaba el España-Irlanda del Mundial de Japón y Corea, Corea y Japón. En aquel mundial pasamos a cuartos y nos “robaron” el partido a las ocho de la mañana, hora española. Sin embargo, yo sólo recuerdo aquella emisión particular del España-Irlanda en una sala de chat obviamente vacía. La sala (estábamos dos) se calentó durante la ronda de penalties. Los ánimos sufrían vaivenes a medida que españoles e irlandeses acertaban o fallaban el chupinazo único ante la portería contraria. Trasladada la lidia a un terreno sin límites en el que el único ausente era el fútbol, los comentarios eran variopintos, desesperados, ilógicos, irreverentes, sarcásticos, fácilmente cómicos.
Y así estuvimos haciendo cábalas lo que duró la dura tanda de penalties que… ganamos.
¿Qué pasará hoy?
Ellos tuvieron a Hitler, nosotros a Franco. Ganamos en posesión de balón.
Ellos a Hegel, nosotros a Jovellanos. Gol de Alemania.
Frente al Werther y el Fausto, El arte de las putas de Moratín padre. Golazo de Alemania por la escuadra.
Allí nacía Günter Grass, aquí nacía Corín Tellado. Penalti y expulsión de la española.
Frente a Bach, José de Litera, frente a Beethoven, Asenjo Barbieri. Saque de esquina y gol para Alemania.
Ellos tienen a Enzensberger, nosotros a Azúa. ¡Empate al contragolpe!
Allí nacía Erich Fromm, aquí, José Gaos. Dominio alemán durante todo el primer tiempo.
Frente a Hölderlin firmando como Scardanelli, Meléndez Valdés ensoñándose como Batilo. Otro gol de Alemania antes del descanso.
Leibniz, Kant, Schopenhauer, Nietzsche.
Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca.
Garcilaso y Cervantes. Schumann y Wagner.
Goebbels. Primo de Rivera.
Goya, Velázquez, Picasso, Dalí. Cranach, Ernst, Friedrich, los Holbein.
Operación Triunfo contra Deutschland sucht den Superstar.
¿Los Manolos o el Schlager?
Las salchichas de Frankfurt. La paella valenciana.
El Rin. El Tajo.
Los andaluces. Los bávaros.
Loriot. Escenas de matrimonio.
Die Dreigroschenoper. La del manojo de rosas.
Michael Schumacher. Fernando Alonso.
Fassbinder, Fritz Lang, ¡Ernst Lubitsch!, Murnau, Ophüls.
Julio Medem, Cuerda, Almodóvar, ¡Berlanga!
La puerta de Alcalá. Brandenburger Tor.
Marlene Dietrich… Lucía Bosé.
Segovia. Dresde. La catedral de Köln. La de Burgos.
¿Peter Lorre? ¿Luis Tossar?
¿Helmut Kohl? ¿Felipe González?
Y para hibridaciones al estilo Puskas o Senna pero en las patrias que nos ocupan… en el banquillo: Juanito Weissmüller, Daniel Brühl y Cecilia Böhl de Faber.
¿Quién empujará las piernas del guaje? ¿Quién zancadilleará imaginariamente a Torres en el área? ¿Cuál es la fuerza que aprieta las manos de Casillas en los momentos más crudos? Así como Rodrigo Díaz de Vivar era la representación simbólica y ecuestre del rey Sancho en el bajobarro, o como Hernán Cortés plantaba en un virreinato a ras de suelo la esencia católica española, así como Mariana Pineda sufrió el garrote vil que otras no sufrieron para inmortalizar una causa, así correrán Iniesta, Fábregas y Pujol, hijos cada uno de su casa y padres de todos nosotros sobre el césped. Y así como Copito de Nieve alcanzaba con su ira, sus excesivos dientes y su blancura albina categoría de símbolo, joya y estandarte, Aragonés Zapatones I de Hortaleza estará en el banquillo del Ernst-Happel Stadion, gritando simbólicamente y poniendo su cara simbólica al servicio de todas las nuestras, gritonas, anónimas y ubérrimas.
Espero que Torres, Villa, Silva, Güiza y Sergio Ramos (delicioso Ramos) no olviden que llevan en sus botas la dura responsabilidad de un país: corren por Eugenio Trías, por Chapí, por Bécquer. Por Boscán, Bretón de los Herreros y Manuel Reina. Por Ruiz Zafón, por Carlos Saura, por Luis Antonio de Villena. Por la tortilla española, por Ana Obregón (que tanto supo de fútbol), por Jaime Peñafiel. Por Blas de Otero, Zurbarán y Feijoo. Por Doñana, por los Picos de Europa, por las Islas Cíes. Por mí, por Montanín y por mi padre. Por Ángel Luis Prieto de Paula. Por Fraga, por Pepe Monteserín, por Nacho Fresneda. Por las bulerías, por la muñeira, por la sardana. Por el martes del bollu, por la Mercè, por el día de San Isidro. Por Ibarretxe, por Carod-Rovira y por Beiras.
Es una gran responsabilidad. Sinceramente, yo cambiaría el Ministerio de Defensa, el de Cultura, el de Interior y el de Asuntos Exteriores, por el Ministerio del Fútbol.
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Les jeux son faits!
Hace seis años participé en una de las radiaciones más originales de un partido de fútbol. Se jugaba el España-Irlanda del Mundial de Japón y Corea, Corea y Japón. En aquel mundial pasamos a cuartos y nos “robaron” el partido a las ocho de la mañana, hora española. Sin embargo, yo sólo recuerdo aquella emisión particular del España-Irlanda en una sala de chat obviamente vacía. La sala (estábamos dos) se calentó durante la ronda de penalties. Los ánimos sufrían vaivenes a medida que españoles e irlandeses acertaban o fallaban el chupinazo único ante la portería contraria. Trasladada la lidia a un terreno sin límites en el que el único ausente era el fútbol, los comentarios eran variopintos, desesperados, ilógicos, irreverentes, sarcásticos, fácilmente cómicos.
usuario1. (Con alarma.) ¡Su bandera es más bonita! ¡Ganarán ellos!
(Gol de Irlanda)
usuario2. ¡Ellos tienen el gaélico, nosotros sólo tenemos el bable!
usuario1. ¡Cuando ellos tenían a William Butler Yeats, nosotros teníamos a Manuel Machado!
usuario1. ¡Ellos tienen la Guiness y nosotros bebemos San Miguel!
usuario2. ¡Ellos tenían a Bernard Shaw, nosotros aún ni habíamos llegado a los hermanos Álvarez Quintero!
usuario1. ¡Ellos nacían a Samuel Beckett y nosotros a Manuel Altolaguirre!
usuario2. ¡Ganarán!
usuario1. ¡Frente al Ulises de Joyce, el costumbrismo de Mesonero Romanos!
Y así estuvimos haciendo cábalas lo que duró la dura tanda de penalties que… ganamos.
¿Qué pasará hoy?
Ellos tuvieron a Hitler, nosotros a Franco. Ganamos en posesión de balón.
Ellos a Hegel, nosotros a Jovellanos. Gol de Alemania.
Frente al Werther y el Fausto, El arte de las putas de Moratín padre. Golazo de Alemania por la escuadra.
Allí nacía Günter Grass, aquí nacía Corín Tellado. Penalti y expulsión de la española.
Frente a Bach, José de Litera, frente a Beethoven, Asenjo Barbieri. Saque de esquina y gol para Alemania.
Ellos tienen a Enzensberger, nosotros a Azúa. ¡Empate al contragolpe!
Allí nacía Erich Fromm, aquí, José Gaos. Dominio alemán durante todo el primer tiempo.
Frente a Hölderlin firmando como Scardanelli, Meléndez Valdés ensoñándose como Batilo. Otro gol de Alemania antes del descanso.
Leibniz, Kant, Schopenhauer, Nietzsche.
Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca.
Garcilaso y Cervantes. Schumann y Wagner.
Goebbels. Primo de Rivera.
Goya, Velázquez, Picasso, Dalí. Cranach, Ernst, Friedrich, los Holbein.
Operación Triunfo contra Deutschland sucht den Superstar.
¿Los Manolos o el Schlager?
Las salchichas de Frankfurt. La paella valenciana.
El Rin. El Tajo.
Los andaluces. Los bávaros.
Loriot. Escenas de matrimonio.
Die Dreigroschenoper. La del manojo de rosas.
Michael Schumacher. Fernando Alonso.
Fassbinder, Fritz Lang, ¡Ernst Lubitsch!, Murnau, Ophüls.
Julio Medem, Cuerda, Almodóvar, ¡Berlanga!
La puerta de Alcalá. Brandenburger Tor.
Marlene Dietrich… Lucía Bosé.
Segovia. Dresde. La catedral de Köln. La de Burgos.
¿Peter Lorre? ¿Luis Tossar?
¿Helmut Kohl? ¿Felipe González?
Y para hibridaciones al estilo Puskas o Senna pero en las patrias que nos ocupan… en el banquillo: Juanito Weissmüller, Daniel Brühl y Cecilia Böhl de Faber.
¿Quién empujará las piernas del guaje? ¿Quién zancadilleará imaginariamente a Torres en el área? ¿Cuál es la fuerza que aprieta las manos de Casillas en los momentos más crudos? Así como Rodrigo Díaz de Vivar era la representación simbólica y ecuestre del rey Sancho en el bajobarro, o como Hernán Cortés plantaba en un virreinato a ras de suelo la esencia católica española, así como Mariana Pineda sufrió el garrote vil que otras no sufrieron para inmortalizar una causa, así correrán Iniesta, Fábregas y Pujol, hijos cada uno de su casa y padres de todos nosotros sobre el césped. Y así como Copito de Nieve alcanzaba con su ira, sus excesivos dientes y su blancura albina categoría de símbolo, joya y estandarte, Aragonés Zapatones I de Hortaleza estará en el banquillo del Ernst-Happel Stadion, gritando simbólicamente y poniendo su cara simbólica al servicio de todas las nuestras, gritonas, anónimas y ubérrimas.
Espero que Torres, Villa, Silva, Güiza y Sergio Ramos (delicioso Ramos) no olviden que llevan en sus botas la dura responsabilidad de un país: corren por Eugenio Trías, por Chapí, por Bécquer. Por Boscán, Bretón de los Herreros y Manuel Reina. Por Ruiz Zafón, por Carlos Saura, por Luis Antonio de Villena. Por la tortilla española, por Ana Obregón (que tanto supo de fútbol), por Jaime Peñafiel. Por Blas de Otero, Zurbarán y Feijoo. Por Doñana, por los Picos de Europa, por las Islas Cíes. Por mí, por Montanín y por mi padre. Por Ángel Luis Prieto de Paula. Por Fraga, por Pepe Monteserín, por Nacho Fresneda. Por las bulerías, por la muñeira, por la sardana. Por el martes del bollu, por la Mercè, por el día de San Isidro. Por Ibarretxe, por Carod-Rovira y por Beiras.
Es una gran responsabilidad. Sinceramente, yo cambiaría el Ministerio de Defensa, el de Cultura, el de Interior y el de Asuntos Exteriores, por el Ministerio del Fútbol.
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Les jeux son faits!
Etiquetas: ministerio-del-futbol
Alain y yo y VI
y 6
Quisimos enviarle el retrato, pero fue imposible convencer a la pétrea abuela de que lo dejase marchar. Pensamos, entonces, en hacerle fotografías y mandárselas. O escribirle, simplemente, contándole la historia. Pero nos dimos cuenta de que todas estas muestras sólo pretendían hacer más patente lo que ya era obvio, la mágica coincidencia, el vaivén entre Francia, las islas y Galicia, que se aderezaba con unas pocas frases. No tenía sentido querer darle con la realidad en las narices a Robbe-Grillet, si era la realidad la que se estampaba, orgullosa y casi inasible, contra nosotras. Queríamos decirle, hemos unidos todas las piezas de este tablero mágico y luego preguntarle, ¿a que es mágico? para que él contestase, sí es mágico y todos asintiésemos con la cabeza, cada uno desde su confín particular, como si hubiésemos desentrañado un misterio.
El misterio, sin embargo, seguía sin desentrañar. El misterio (o lo que llamamos misterio) no era más que la realidad. Envolvente, danzarina, ilógica si es vista desde las gafas de apaciguar humanos, graciosa, recurrente, dilatada en el tiempo para no asustarnos… Esa realidad, cotidianamente tan fácil de asir y deshilvanar, es el misterio. Así que decidimos dejar el retrato en casa de mi abuela. Más allá de unos cuantos rituales carnavalescos que pretendían homenajear nuestra historia secreta y que, por vergüenza no voy a detallar aquí, aprendimos a incorporarlo a las rutinas gallegas. El beso al abuelo, hojear el periódico, no contestar jamás el teléfono tremendamente ajeno de la casa, oír, sonreír, contar algún trocito de vida, ver, preguntar por algún otro trocito de vida y callar. Y, escapando de algún silencio levemente incómodo, o de camino a la cocina para poner orden entre los platos sucios, o simplemente mientras alguien hablaba sobre cualquier cosa, levantar casi imperceptiblemente los ojos, encontrarnos con los de Alain de perfil (en realidad, averiguarlos, transportarlos desde Tenerife y el pasado), sonreírnos en secreto, olvidar el miedo o la tensa vigilancia de otras veces.
Esa realidad, la realidad, es el misterio. Cuando volvimos a Caen, Alain Robbe-Grillet ya había muerto y todos los obituarios, todos los teóricos de la literatura, todos los detractores agazapados, esperaban que pasase el tiempo justo para poder salir de sus cuevas con sus paquetitos de verdades, teorías, mentiras y rencores. Fuimos a ver la tumba, por supuesto, más por cariño que por curiosidad. Nos había costado mucho encontrar strelitzias en Caen. Cuando por fin dimos con una tienda que podía conseguirlas, tuvimos que esperar dos días porque tenían que traerlas desde otra ciudad más lejana y más cálida.
Ante la tumba de Robbe-Grillet, mi hermana y yo miramos el ramo inmenso de esas flores que abajo se llaman aves del paraíso, dejamos junto a ellas las dos que traíamos y nos fuimos con esa realidad, el misterio, todavía flotando entre nosotras.
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Quisimos enviarle el retrato, pero fue imposible convencer a la pétrea abuela de que lo dejase marchar. Pensamos, entonces, en hacerle fotografías y mandárselas. O escribirle, simplemente, contándole la historia. Pero nos dimos cuenta de que todas estas muestras sólo pretendían hacer más patente lo que ya era obvio, la mágica coincidencia, el vaivén entre Francia, las islas y Galicia, que se aderezaba con unas pocas frases. No tenía sentido querer darle con la realidad en las narices a Robbe-Grillet, si era la realidad la que se estampaba, orgullosa y casi inasible, contra nosotras. Queríamos decirle, hemos unidos todas las piezas de este tablero mágico y luego preguntarle, ¿a que es mágico? para que él contestase, sí es mágico y todos asintiésemos con la cabeza, cada uno desde su confín particular, como si hubiésemos desentrañado un misterio.
El misterio, sin embargo, seguía sin desentrañar. El misterio (o lo que llamamos misterio) no era más que la realidad. Envolvente, danzarina, ilógica si es vista desde las gafas de apaciguar humanos, graciosa, recurrente, dilatada en el tiempo para no asustarnos… Esa realidad, cotidianamente tan fácil de asir y deshilvanar, es el misterio. Así que decidimos dejar el retrato en casa de mi abuela. Más allá de unos cuantos rituales carnavalescos que pretendían homenajear nuestra historia secreta y que, por vergüenza no voy a detallar aquí, aprendimos a incorporarlo a las rutinas gallegas. El beso al abuelo, hojear el periódico, no contestar jamás el teléfono tremendamente ajeno de la casa, oír, sonreír, contar algún trocito de vida, ver, preguntar por algún otro trocito de vida y callar. Y, escapando de algún silencio levemente incómodo, o de camino a la cocina para poner orden entre los platos sucios, o simplemente mientras alguien hablaba sobre cualquier cosa, levantar casi imperceptiblemente los ojos, encontrarnos con los de Alain de perfil (en realidad, averiguarlos, transportarlos desde Tenerife y el pasado), sonreírnos en secreto, olvidar el miedo o la tensa vigilancia de otras veces.
Esa realidad, la realidad, es el misterio. Cuando volvimos a Caen, Alain Robbe-Grillet ya había muerto y todos los obituarios, todos los teóricos de la literatura, todos los detractores agazapados, esperaban que pasase el tiempo justo para poder salir de sus cuevas con sus paquetitos de verdades, teorías, mentiras y rencores. Fuimos a ver la tumba, por supuesto, más por cariño que por curiosidad. Nos había costado mucho encontrar strelitzias en Caen. Cuando por fin dimos con una tienda que podía conseguirlas, tuvimos que esperar dos días porque tenían que traerlas desde otra ciudad más lejana y más cálida.
Ante la tumba de Robbe-Grillet, mi hermana y yo miramos el ramo inmenso de esas flores que abajo se llaman aves del paraíso, dejamos junto a ellas las dos que traíamos y nos fuimos con esa realidad, el misterio, todavía flotando entre nosotras.
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Alain y yo V
5
Al regresar a España quise visitar el retrato y confrontarlo con los recuerdos de Tenerife y las fotos que había estado buscando por Internet del escritor francés. Podría haber querido leer todas sus novelas, adentrarme en las inquietudes del hombre, buscar, precisamente, todo lo que no se ve en las fotografías ni en los cuadros adustos de pintores torpes. Pero lo que me interesaba era la envoltura, la gracia de la piel, el desajuste de la mirada delicada y sutilmente pérfida con la dureza acartonada y burda en torno a los ojos. Cuando leí la placa sobre el marco, A. Robbe-Grillet. Santiago, 1964, no me sorprendí demasiado. Había crecido a cuestas con aquel nombre apelotonado, cuando aún no significaba nada, o cuando todo lo que significaba era lo que yo decidía sobre él: algún código de exportación, la matrícula de un barco pesquero, el nombre de un puerto lejano o un código abstracto que tapara la vergüenza de un “sin título”. Había decidido, tiempo atrás, que monsieur Lesenfants de Tenerife era el mismo del retrato. Por eso, a mi corazón intuitivo no le costó demasiado reconocer que, en efecto, se trataba de la misma persona. Cartesianamente, sí estuve dándole vueltas al asunto. Por poco sutil, la coincidencia se me antojaba increíble y todas las leyes de causa-efecto aprendidas con los años querían enterrar aquella certeza de niña pequeña que aún se empecinaba en abrirse paso.
Le pregunté a mi abuela, 86 años sobre las piernas espesas, la nostalgia por el Santiago perdido y mucha jerga gallega, quién era el hombre del retrato. “Cousas do tío Moncho”, me dijo. Su hermano Moncho, dueño de la mitad de la cadena de droguerías más famosas de toda la provincia de La Coruña –y, si creemos a mi abuela, de toda Latinoamérica-, había sido pintor en su juventud. Había tenido un pequeño taller en la ruela de san Clemente mientras sus padres se buscaban en Brasil y se peleaban para no hacerse cargo de la custodia de sus hijos. Una vez pasada la juventud, la bohemia autorizada por la ausencia de los padres y el ansia de cambiar el mundo pintando, se había dedicado a asuntos más prácticos. Los cuadros que había pintado –y que, a lo que se ve, no había conseguido vender jamás- decoraban ahora todas las casas en que sus hermanos se obstinaban en envejecer rodeados aún de esa cierta pátina de poder que creían merecer por ser una de las familias más antiguas de Santiago.
No conseguí hablar con “el tío Moncho” (mi tío abuelo, en todo caso), porque las rencillas familiares y sus peleas latifundistas no lo consentían. Lo más que conseguí arrancar de mi abuela fueron amargas alusiones a la facilidad con que él dejaba entrar a casa a cualquier extranjero y la dedicación absolutamente improductiva (en términos monetarios, por supuesto) con que retrataba a cualquier hombre cuya cara le pareciera curiosa o extravagante. Estuve mucho tiempo imaginando a mi tío Moncho (un ser borroso con un delantal blanco) buscando modelos por la plaza del Obradoiro. Ideaba un posible encuentro con Robbe-Grillet, los intuía intentando comunicarse: mi tío abalanzando sus manos pintureras sobre la barba del francés, el escritor retrocediendo hacia las masas, mi tío argumentando en gallego, Robbe-Grillet mirando hacia los cielos buscando compasión, mi tío con un cuaderno y aspavientos, el escritor resignado en un taburete rodeado de esos geranios que tanto cuidó mi madre y que siguen adornando la casa de san Clemente que un día –cuanto más lejano y eludido en las conversaciones familiares, mejor- fue el estudio de mi tío Moncho, el pintor de celebridades que no conocía.
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Al regresar a España quise visitar el retrato y confrontarlo con los recuerdos de Tenerife y las fotos que había estado buscando por Internet del escritor francés. Podría haber querido leer todas sus novelas, adentrarme en las inquietudes del hombre, buscar, precisamente, todo lo que no se ve en las fotografías ni en los cuadros adustos de pintores torpes. Pero lo que me interesaba era la envoltura, la gracia de la piel, el desajuste de la mirada delicada y sutilmente pérfida con la dureza acartonada y burda en torno a los ojos. Cuando leí la placa sobre el marco, A. Robbe-Grillet. Santiago, 1964, no me sorprendí demasiado. Había crecido a cuestas con aquel nombre apelotonado, cuando aún no significaba nada, o cuando todo lo que significaba era lo que yo decidía sobre él: algún código de exportación, la matrícula de un barco pesquero, el nombre de un puerto lejano o un código abstracto que tapara la vergüenza de un “sin título”. Había decidido, tiempo atrás, que monsieur Lesenfants de Tenerife era el mismo del retrato. Por eso, a mi corazón intuitivo no le costó demasiado reconocer que, en efecto, se trataba de la misma persona. Cartesianamente, sí estuve dándole vueltas al asunto. Por poco sutil, la coincidencia se me antojaba increíble y todas las leyes de causa-efecto aprendidas con los años querían enterrar aquella certeza de niña pequeña que aún se empecinaba en abrirse paso.
Le pregunté a mi abuela, 86 años sobre las piernas espesas, la nostalgia por el Santiago perdido y mucha jerga gallega, quién era el hombre del retrato. “Cousas do tío Moncho”, me dijo. Su hermano Moncho, dueño de la mitad de la cadena de droguerías más famosas de toda la provincia de La Coruña –y, si creemos a mi abuela, de toda Latinoamérica-, había sido pintor en su juventud. Había tenido un pequeño taller en la ruela de san Clemente mientras sus padres se buscaban en Brasil y se peleaban para no hacerse cargo de la custodia de sus hijos. Una vez pasada la juventud, la bohemia autorizada por la ausencia de los padres y el ansia de cambiar el mundo pintando, se había dedicado a asuntos más prácticos. Los cuadros que había pintado –y que, a lo que se ve, no había conseguido vender jamás- decoraban ahora todas las casas en que sus hermanos se obstinaban en envejecer rodeados aún de esa cierta pátina de poder que creían merecer por ser una de las familias más antiguas de Santiago.
No conseguí hablar con “el tío Moncho” (mi tío abuelo, en todo caso), porque las rencillas familiares y sus peleas latifundistas no lo consentían. Lo más que conseguí arrancar de mi abuela fueron amargas alusiones a la facilidad con que él dejaba entrar a casa a cualquier extranjero y la dedicación absolutamente improductiva (en términos monetarios, por supuesto) con que retrataba a cualquier hombre cuya cara le pareciera curiosa o extravagante. Estuve mucho tiempo imaginando a mi tío Moncho (un ser borroso con un delantal blanco) buscando modelos por la plaza del Obradoiro. Ideaba un posible encuentro con Robbe-Grillet, los intuía intentando comunicarse: mi tío abalanzando sus manos pintureras sobre la barba del francés, el escritor retrocediendo hacia las masas, mi tío argumentando en gallego, Robbe-Grillet mirando hacia los cielos buscando compasión, mi tío con un cuaderno y aspavientos, el escritor resignado en un taburete rodeado de esos geranios que tanto cuidó mi madre y que siguen adornando la casa de san Clemente que un día –cuanto más lejano y eludido en las conversaciones familiares, mejor- fue el estudio de mi tío Moncho, el pintor de celebridades que no conocía.
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Alain y yo IV
4
El año pasado, sin saberlo, hice con mi hermana, la otra “petite enfant” de años atrás, la ruta de Robbe-Grillet. Llegamos a Francia en nuestro coche nocturno, cansadas de improvisar carreteras y meriendas, agotadas ante lo nuevo. Sin embargo, en cuanto pisamos la costa de Bretaña, las rocas entre sus playas, se nos subieron al cuerpo muchos olores de la infancia. La arena caliente con las briznas de alguna hierba desconocida y apelusada eran las mismas que en el pueblo lejano de La Coruña donde tanto jugamos. Entre monolitos y menhires, nos dedicamos a recordar esa geografía simpática de los juegos. Dejándonos llevar por la lógica personal de los recuerdos, hilando miedos infantiles y tableros, dimos con el pensamiento en el retrato de casa de la abuela. Fue entonces cuando labramos la historia de la intimidación y le pusimos nombre a aquella sensación, un poco opresiva pero también reconfortante, de habernos sentido vigiladas en el mayor espacio de libertad de los niños: el juego.
Hablamos mucho de aquel sentimiento de “estar jugando mal” y de cómo conseguíamos escapar de él, adoptando una pose comedida entre las fichas y los libros, fingiendo recato y una satisfacción mucho menor que la sentida de veras al conseguir plantar un hotel en la calle Leganitos. Tomando una cerveza minimalista y lujosa en Brest, se nos dio por conversar sobre el lujo y, enseguida, forjando la patria común de los viajes, lo enlazamos con la exquisitez del hotel de Tenerife. Mi hermana no tardó en dejar que el asunto se hilvanase solo e identificar, en una broma fuera del espacio y del tiempo, a Robbe-Grillet, el moderno Epicuro, único capaz de hacer frente al lujo con la glotonería y la delicadeza que los manjares diminutos exigen, con el retrato del salón de la abuela. La idea no era tan descabellada: el escritor que nosotras no conocimos en Tenerife mantenía una actitud implacable y tensa con la gente, con la gente mayor. A nosotras, sin embargo, siempre nos había regalado una sonrisa agradable y natural porque nos reconocía como habitantes de un territorio común más animal que humano, más instintivo que racional. La percepción del ambiente tensó no se nos escapó del todo y procurábamos huir de él cuando la gente se arremolinaba en torno suyo en la recepción, por los pasillos, en los jardines. Era esa tensión que no parecía ir a resolverse jamás, amén de un perfil exacto, una barba cortada a la misma altura y unos ojos demasiado encajados en la piel para la contundencia de la mirada, lo que justificaban plenamente la identificación que hicimos entre el horroroso retrato de Galicia y el escritor a punto de la ira de Tenerife.
Agradadas en nuestra urdimbre de ideas aparentemente inconexas, dos días después estábamos en un café de Caen. No sabíamos que Alain Robbe-Grillet vivía allí y que sus paseos por la ciudad amedrentarían, probablemente, a los niños en los parques. Encantadas por la semejanza persistente entre aquella zona de Francia y nuestra Galicia casi abandonada, estuvimos mucho tiempo en un café escribiendo postales en las que tratábamos de explicar el viaje olfativo sin recurrir a la consabida magdalena de Proust. Llegamos incluso a escribir a nuestros abuelos explicándoles que días atrás habíamos estado en la ciudad en que había nacido el hombre perenne del cuadro familiar. Fue entonces cuando, hojeando el Ouest France encontramos un artículo de Robbe-Grillet sobre el Camino de Santiago y sus bondades para el alma. Había hecho, decía, el Camino de Santiago en esa etapa de la vida en que, más que intuirse, la vejez comienza a incorporarse al cuerpo, tozuda y segura de su victoria. Hablaba de cómo amanecía en medio del campo español, sintiéndose cansado ante el futuro pensado en grandes términos, pero feliz de verse capaz de abarcar un trocito de camino más. Contaba cómo le había desagradado la estancia en Santiago de Compostela, ensordecida la piedra por el afán multitudinario de los turistas y los peregrinos. Mi hermana y yo nos sonreímos, comprendidas en nuestra burla inofensiva, nos guardamos el artículo en la mochila común y seguimos nuestro viaje en bicicleta, a pie, en coche y en tranvía por las zonas intuidas de la Francia protectora.
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El año pasado, sin saberlo, hice con mi hermana, la otra “petite enfant” de años atrás, la ruta de Robbe-Grillet. Llegamos a Francia en nuestro coche nocturno, cansadas de improvisar carreteras y meriendas, agotadas ante lo nuevo. Sin embargo, en cuanto pisamos la costa de Bretaña, las rocas entre sus playas, se nos subieron al cuerpo muchos olores de la infancia. La arena caliente con las briznas de alguna hierba desconocida y apelusada eran las mismas que en el pueblo lejano de La Coruña donde tanto jugamos. Entre monolitos y menhires, nos dedicamos a recordar esa geografía simpática de los juegos. Dejándonos llevar por la lógica personal de los recuerdos, hilando miedos infantiles y tableros, dimos con el pensamiento en el retrato de casa de la abuela. Fue entonces cuando labramos la historia de la intimidación y le pusimos nombre a aquella sensación, un poco opresiva pero también reconfortante, de habernos sentido vigiladas en el mayor espacio de libertad de los niños: el juego.
Hablamos mucho de aquel sentimiento de “estar jugando mal” y de cómo conseguíamos escapar de él, adoptando una pose comedida entre las fichas y los libros, fingiendo recato y una satisfacción mucho menor que la sentida de veras al conseguir plantar un hotel en la calle Leganitos. Tomando una cerveza minimalista y lujosa en Brest, se nos dio por conversar sobre el lujo y, enseguida, forjando la patria común de los viajes, lo enlazamos con la exquisitez del hotel de Tenerife. Mi hermana no tardó en dejar que el asunto se hilvanase solo e identificar, en una broma fuera del espacio y del tiempo, a Robbe-Grillet, el moderno Epicuro, único capaz de hacer frente al lujo con la glotonería y la delicadeza que los manjares diminutos exigen, con el retrato del salón de la abuela. La idea no era tan descabellada: el escritor que nosotras no conocimos en Tenerife mantenía una actitud implacable y tensa con la gente, con la gente mayor. A nosotras, sin embargo, siempre nos había regalado una sonrisa agradable y natural porque nos reconocía como habitantes de un territorio común más animal que humano, más instintivo que racional. La percepción del ambiente tensó no se nos escapó del todo y procurábamos huir de él cuando la gente se arremolinaba en torno suyo en la recepción, por los pasillos, en los jardines. Era esa tensión que no parecía ir a resolverse jamás, amén de un perfil exacto, una barba cortada a la misma altura y unos ojos demasiado encajados en la piel para la contundencia de la mirada, lo que justificaban plenamente la identificación que hicimos entre el horroroso retrato de Galicia y el escritor a punto de la ira de Tenerife.
Agradadas en nuestra urdimbre de ideas aparentemente inconexas, dos días después estábamos en un café de Caen. No sabíamos que Alain Robbe-Grillet vivía allí y que sus paseos por la ciudad amedrentarían, probablemente, a los niños en los parques. Encantadas por la semejanza persistente entre aquella zona de Francia y nuestra Galicia casi abandonada, estuvimos mucho tiempo en un café escribiendo postales en las que tratábamos de explicar el viaje olfativo sin recurrir a la consabida magdalena de Proust. Llegamos incluso a escribir a nuestros abuelos explicándoles que días atrás habíamos estado en la ciudad en que había nacido el hombre perenne del cuadro familiar. Fue entonces cuando, hojeando el Ouest France encontramos un artículo de Robbe-Grillet sobre el Camino de Santiago y sus bondades para el alma. Había hecho, decía, el Camino de Santiago en esa etapa de la vida en que, más que intuirse, la vejez comienza a incorporarse al cuerpo, tozuda y segura de su victoria. Hablaba de cómo amanecía en medio del campo español, sintiéndose cansado ante el futuro pensado en grandes términos, pero feliz de verse capaz de abarcar un trocito de camino más. Contaba cómo le había desagradado la estancia en Santiago de Compostela, ensordecida la piedra por el afán multitudinario de los turistas y los peregrinos. Mi hermana y yo nos sonreímos, comprendidas en nuestra burla inofensiva, nos guardamos el artículo en la mochila común y seguimos nuestro viaje en bicicleta, a pie, en coche y en tranvía por las zonas intuidas de la Francia protectora.
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