Reseña: El curioso incidente del perro a medianoche
He visto este libro reseñado ya en unas cuantas bitácoras, entre ellas, la reseña de Helena en su More Than Words; además, más de una persona me ha instado a que lo reseñara yo también. Como vuelta al barro, me parece un libro sencillito de reseñar, tan fácil de vender como el pescado y tan grata y sencilla compañía como un jarrón lleno de flores. Así pues, ahí voy:
El curioso incidente del perro a medianoche es un librito sencillo y curioso; una novela cuyo mérito reside tanto en el contenido, en el libro terminado, es decir, en las 268 páginas que escribió su autor; como en el mérito de haberlas escrito, puesto que ponerse en la piel de un adolescente afectado por el síndrome de Asperger no parece tarea fácil. El autor trabajó durante cierto tiempo, dice mi solapa omnisciente, con personas "con deficiencias físicas y mentales", lo que -suponemos los atrevidos- le ayudó a darle cuerpo, manías y peculiaridades al protagonista de esta su primera novela. Pincha aquí para saber que el autor "realizó estudios".
Creo que ya he apuntado cuál es la principal peculiaridad de la novela y la que, a mi juicio, le otorga casi todo el valor que tiene. El libro que tenemos en nuestras manos es el cuaderno de Christopher Boone, un chico de 15 años muy peculiar: es un experto en matemáticas capaz de hacer las más complicadas operaciones en poco tiempo; gana al modo experto del Buscaminas en un tiempo récord; se niega a comer la comida que está tocando otra comida; no soporta que le toquen por la calle; tiene días maravillosos si ve pasar coches rojos, y en cambio, días espantosos si los coches que pasan son amarillos.
El cuaderno de Christopher nos narra lo ocurrido con el perro a medianoche desde la óptica particular de este excepcional niño de 15 años. He aquí lo valioso del libro: narrar los acontecimientos casi cotidianos que constituyen la trama de la novela, desde un punto de vista totalmente novedoso, a través de la percepción de la realidad que tiene un niño con síndrome de Asperger.
¿Y por qué es novedoso? Por un lado, me parece que es un “tour de force” al papel del autor-narrador-narrador in fabula y demás etiquetas terminológicas internacionales. Por otra parte, el abordar los hechos desde ese punto de vista le permite construir una novela originalísima partiendo de un montón de hechos cotidianos y casi anodinos, que, de ocurrirle a otra persona no tendrían ningún interés. Por último, gracias a la particular visión de las cosas que tiene Christopher, los lectores nos damos cuenta de cuán limitada o prejuiciosa es nuestra forma de ver el mundo. Christopher es incapaz de dar por sentados muchos de los puntos de partida de que nos servimos para juzgar; no sabe asumir cosas que no comprende; a veces, incluso les sigue el juego al mundo “adulto” pero con la plena conciencia de que la forma de actuar de este mundo tan “adulto” está tan contaminada como podría estarlo la suya. Todo es cuestión de perspectiva.
Christopher utiliza una lógica muy lineal, que no se deja desviar por contingencias que no le atañen directamente. Pero también por eso, no entiende cosas que son el desvío asumido, por ejemplo las metáforas...
Con reflexiones como éstas, nos damos cuenta, no sólo de por qué Christopher se siente confuso, sino de por qué a veces no nos entendemos o de por qué, oh milagro, las más de las veces sí nos entendemos o por qué nos reímos de los chistes.
Se trata, efectivamente, de una novela que nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos, pero no sólo desde un punto de vista técnico que ilumina el “cómo actuamos”, sino desde un punto de vista tan extraño que nos obliga a preguntarnos “¿por qué actuamos así?” y, “¿tenemos realmente razón al empeñarnos en esto?”. Cuando un libro nos ayuda a poner en cuestión pilares que creemos totalmente asentados en nuestro “edificio vital” (Toma: 100 puntos en la máquina de petacos de la cursilería!), merece la pena, creo yo. Christopher nos enseña a comprendernos mejor, porque él, para comprender a los demás, tiene que destripar mecanismos que en nosotros son casi automáticos; también nos invita a buscar los motivos oscuros por los que a veces hacemos algo; nos indica lo absurdo de ciertos comportamientos y de interminables castillos de actitudes sostenidas por un naipe equivocado. Así explica Christopher sus días superbuenos, utilizando como vara de medir, un criterio igual de absurdo que el suyo pero que nota como normal entre la gente que le rodea:
¿Cuál es la trama? Christopher Boone encuentra una noche al perro de su vecina, la señora Shears, atravesado por una horca. Como a Christopher le gustan mucho los animales, decide intentar averiguar quién mató al perro. Sin embargo, Christopher se ve envuelto en una maraña de pistas y conexiones que le van llevando cada vez más lejos, hacia verdades que, quizás, él no quería descubrir. Más de una vez mete la pata en su camino, simplemente porque la cegadora luz de la verdad no le deja ver el daño que puede estar causando, o el sentimiento de rechazo que su carácter decidido origina en los demás. Más de una vez tiene que volver atrás, dejar de escribir en su cuaderno, superar su miedo a no ir solo a algún sitio lejano, dejarse tocar por un desconocido... En este sentido, el libro es también muy aleccionador, puesto que va narrando la historia de un niño que, casi sin saber que lo está haciendo, va superando poco a poco muchos de los miedos que no sólo lo poseen, sino que constituyen parte de su identidad.
Se trata de una novela ligerita, sencilla, de capítulos cortos que son unidades en sí mismos (primas, por supuesto), pero que va desarrollando una trama al entrecortado ritmo de Christopher. Una historia peculiar, que desgrana los hechos asumidos, que no se para a considerar las interferencias emocionales del políticamente correcto con que muchos estorban el devenir de los acontecimientos... El cuaderno de Christopher es un prisma nuevo para mirar el mundo y esconde la advertencia de que las formas de ver la vida pueden ser totalmente extrañas unos a otros y además, variables. Y es que la vida es como los números primos:
Hay que dejar a la vida que siga su serie de números aparentemente absurdos, ir saltando de uno en otro pero no perder todo nuestro tiempo pensando en estos saltos... Vivir, simplemente. O eso parece que nos aconseja Christopher.
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El curioso incidente del perro a medianoche es un librito sencillo y curioso; una novela cuyo mérito reside tanto en el contenido, en el libro terminado, es decir, en las 268 páginas que escribió su autor; como en el mérito de haberlas escrito, puesto que ponerse en la piel de un adolescente afectado por el síndrome de Asperger no parece tarea fácil. El autor trabajó durante cierto tiempo, dice mi solapa omnisciente, con personas "con deficiencias físicas y mentales", lo que -suponemos los atrevidos- le ayudó a darle cuerpo, manías y peculiaridades al protagonista de esta su primera novela. Pincha aquí para saber que el autor "realizó estudios".
Creo que ya he apuntado cuál es la principal peculiaridad de la novela y la que, a mi juicio, le otorga casi todo el valor que tiene. El libro que tenemos en nuestras manos es el cuaderno de Christopher Boone, un chico de 15 años muy peculiar: es un experto en matemáticas capaz de hacer las más complicadas operaciones en poco tiempo; gana al modo experto del Buscaminas en un tiempo récord; se niega a comer la comida que está tocando otra comida; no soporta que le toquen por la calle; tiene días maravillosos si ve pasar coches rojos, y en cambio, días espantosos si los coches que pasan son amarillos.
El cuaderno de Christopher nos narra lo ocurrido con el perro a medianoche desde la óptica particular de este excepcional niño de 15 años. He aquí lo valioso del libro: narrar los acontecimientos casi cotidianos que constituyen la trama de la novela, desde un punto de vista totalmente novedoso, a través de la percepción de la realidad que tiene un niño con síndrome de Asperger.
¿Y por qué es novedoso? Por un lado, me parece que es un “tour de force” al papel del autor-narrador-narrador in fabula y demás etiquetas terminológicas internacionales. Por otra parte, el abordar los hechos desde ese punto de vista le permite construir una novela originalísima partiendo de un montón de hechos cotidianos y casi anodinos, que, de ocurrirle a otra persona no tendrían ningún interés. Por último, gracias a la particular visión de las cosas que tiene Christopher, los lectores nos damos cuenta de cuán limitada o prejuiciosa es nuestra forma de ver el mundo. Christopher es incapaz de dar por sentados muchos de los puntos de partida de que nos servimos para juzgar; no sabe asumir cosas que no comprende; a veces, incluso les sigue el juego al mundo “adulto” pero con la plena conciencia de que la forma de actuar de este mundo tan “adulto” está tan contaminada como podría estarlo la suya. Todo es cuestión de perspectiva.
Christopher utiliza una lógica muy lineal, que no se deja desviar por contingencias que no le atañen directamente. Pero también por eso, no entiende cosas que son el desvío asumido, por ejemplo las metáforas...
“Si trato de decir esta frase haciendo que la palabra signifique dos cosas distintas a la vez, es como si escuchara dos piezas distintas de música al mismo tiempo, lo cual es incómodo y confuso.”
Con reflexiones como éstas, nos damos cuenta, no sólo de por qué Christopher se siente confuso, sino de por qué a veces no nos entendemos o de por qué, oh milagro, las más de las veces sí nos entendemos o por qué nos reímos de los chistes.
Se trata, efectivamente, de una novela que nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos, pero no sólo desde un punto de vista técnico que ilumina el “cómo actuamos”, sino desde un punto de vista tan extraño que nos obliga a preguntarnos “¿por qué actuamos así?” y, “¿tenemos realmente razón al empeñarnos en esto?”. Cuando un libro nos ayuda a poner en cuestión pilares que creemos totalmente asentados en nuestro “edificio vital” (Toma: 100 puntos en la máquina de petacos de la cursilería!), merece la pena, creo yo. Christopher nos enseña a comprendernos mejor, porque él, para comprender a los demás, tiene que destripar mecanismos que en nosotros son casi automáticos; también nos invita a buscar los motivos oscuros por los que a veces hacemos algo; nos indica lo absurdo de ciertos comportamientos y de interminables castillos de actitudes sostenidas por un naipe equivocado. Así explica Christopher sus días superbuenos, utilizando como vara de medir, un criterio igual de absurdo que el suyo pero que nota como normal entre la gente que le rodea:
“Le dije que hay personas que trabajan en una oficina y que al salir de casa por la mañana ven que brilla el sol y eso hace que se sientan contentas, o ven que llueve y eso hace que se sientan triste, pero la única diferencia es el clima, y si trabajan en una oficina el clima no tiene nada que ver con que tengan un buen día o un mal día”.
¿Cuál es la trama? Christopher Boone encuentra una noche al perro de su vecina, la señora Shears, atravesado por una horca. Como a Christopher le gustan mucho los animales, decide intentar averiguar quién mató al perro. Sin embargo, Christopher se ve envuelto en una maraña de pistas y conexiones que le van llevando cada vez más lejos, hacia verdades que, quizás, él no quería descubrir. Más de una vez mete la pata en su camino, simplemente porque la cegadora luz de la verdad no le deja ver el daño que puede estar causando, o el sentimiento de rechazo que su carácter decidido origina en los demás. Más de una vez tiene que volver atrás, dejar de escribir en su cuaderno, superar su miedo a no ir solo a algún sitio lejano, dejarse tocar por un desconocido... En este sentido, el libro es también muy aleccionador, puesto que va narrando la historia de un niño que, casi sin saber que lo está haciendo, va superando poco a poco muchos de los miedos que no sólo lo poseen, sino que constituyen parte de su identidad.
Se trata de una novela ligerita, sencilla, de capítulos cortos que son unidades en sí mismos (primas, por supuesto), pero que va desarrollando una trama al entrecortado ritmo de Christopher. Una historia peculiar, que desgrana los hechos asumidos, que no se para a considerar las interferencias emocionales del políticamente correcto con que muchos estorban el devenir de los acontecimientos... El cuaderno de Christopher es un prisma nuevo para mirar el mundo y esconde la advertencia de que las formas de ver la vida pueden ser totalmente extrañas unos a otros y además, variables. Y es que la vida es como los números primos:
“Yo creo que los números primos son como la vida. Son muy lógicos pero no hay manera de averiguar cómo funciona, ni siquiera aunque pasaras todo el tiempo pensando en ellos”.
Hay que dejar a la vida que siga su serie de números aparentemente absurdos, ir saltando de uno en otro pero no perder todo nuestro tiempo pensando en estos saltos... Vivir, simplemente. O eso parece que nos aconseja Christopher.
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Comentario:
Hmm. Yo tengo algunos síntomas de ese síndrome, no todos. Pero tengo otros además. ¿El interés desmedido por la literatura cuenta, o sólo por los números?