logotipo

img_google
Espacio sobre Literatura
Enlaces en ventana nueva
Acerca de
Gnosce te ipsum
Contacta
espaciosobreliteratura@gmail.com
Busca en este Sitio

Busca en el DRAE

Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Reseña: Juego de azar, de Slawomir Mrozek
    Parece que últimamente va de relatos la cosa. Si un día en un bar un adulto diferente, distante e hiperestésico te recomienda un libro de un polaco x tal que x se llama Slawomir Mrozek y x tiene “muy mala leche” escribiendo; nada hace presagiar que el interpelado fuese a adquirir el libro y mucho menos a leérselo. Y sin embargo, a veces sucede, que los nombres más raros se encuentran salpicando insistentemente en el charco de la conciencia hasta que nos hacemos con ellos, los sometemos, los leemos y los hacemos nuestros para siempre. Y así ya no vuelven a molestar nunca más.

    Efectivamente, Slawomir Mrozek (Borzecin, 1930) tiene muy mala baba. Pero no es el mero emponzoñamiento de las rutinas, no se trata simplemente de la bilis incontenida y mal encauzada por el jardín salvaje de las letras. No, Mrozek se dedica a mucho más que eso. Anda empañando los diáfanos cristales de nuestra racionalidad con pequeñas gotitas casi anodinas que, al cabo, distorsionan totalmente la visión del conjunto.

    Mrozek escribe como riéndose, o escribe para reírse o escribir es su forma de reírse. No se ríe a grandes carcajadas, sino discreta y abiertamente; señala con el dedo y zas, comienza a desprender un chorro de palabras-risa; ridiculiza pero con levedad; critica pero parece que sólo presenta hechos; se ríe pero sanamente, sin mayor pretensión que la de hacernos pensar con él un tierno “hay que ver cómo somos los seres humanos”.

    Un día, nos levantamos con Mrozek de la cama, y decidimos que mañana comenzaremos “Una nueva vida”... Pero al día siguiente constatamos que es “hoy”.
    “Puesto que había de comenzar una nueva vida a partir de mañana, no podía comenzarla hoy.”

    Dice Mrozek con toda su caradura y con toda nuestra caradura también, porque, al final, nos está retratando en esa pereza tremenda de los lunes de madrugada y los propósitos nunca cumplidos.

    Y sin embargo, no es un moralista. Ni tampoco es un inmoral. Simplemente, anda coqueteando con esas cositas un poquito sucias que hacemos todos los días, con esos acontecimientos que, aunque están ajados, aún conservan un tizne de esplendor para los que lo sepan ver. Y este señor sabe ver muy bien dónde están los quides de estos asuntos, qué es lo que puede convertir un hecho nimio en algo tremendamente trascendente para entendernos mejor. Y para reírnos.

    Y entonces aparecen los ladrones que tienen que “Subir de categoría”, o la democracia vista a través de un antiespejo. En este relato, Mrozek da la vuelta a los pilares más asumidos de nuestra conciencia occidental y, por medio de un simple balcón lleno de gente, llega a la conclusión de que el poder lo han de ejercer sólo unos pocos, pues no todo el pueblo –representándose democratiquísimamente a sí mismo- cabe en el balcón. Cuestiones de intendencia arquitectónica, vaya.

    Dentro de ese brote cotidiano de Mrozek, no hay apenas ningún tema que se escape de su pluma; los párrocos reconvertidos en tenderos de sex-shop o bien la sanidad pública cambiando de sexo a un sujeto en vez de extirparle el apéndice son algunos de los asuntos que pueblan estos juegos azarosos de Mrozek con Mrozek, de Mrozek con nosotros, de nosotros con la realidad, de la realidad con nosotros. Pero siempre hay una finísima veta por la que se cuela un cierto surrealismo, tamizadito, cauto, prudente y revelador, que es la que nos permite tomar la suficiente distancia como para no sentirnos ante un mero juicio de conciudadano airado, ante un hecho anecdótico, ante una queja sin mayor consecuencia que su propio exabrupto.

    Ironía fina y surrealista que critica las entidades sociales que nos rodean, más por el afán de reírse que por el de criticar, creo yo. Mrozek no quiere desaprovechar todo el fanguillo cutre en que nos movemos todos los días, no lo quiere usar sólo para criticar, lo quiere también para reírse, para darle una vuelta de tuerca, para llevarlo a sus extremos, para hacerlo limo de verdad, ciénaga en la que encontrar, al menos, una disculpa para la risa. Lo gracioso nunca anda por el medio, siempre está en un extremo u otro; y Mrozek sabe llevar las cosas a su límite ridículo a la perfección.

    Y todas esas entidades sociales, todas esas microestructuras decadentes que funcionan mal a duras penas, tienen, en el fondo de su ventanilla izquierda, subsección D, departamento de admisiones, a un señor fieramente humano, propiciador probable de la mitad de los yerros y del que también hay que saber reírse para poder soportarlo. Y así, un “Alguien” anda pululando por una fiesta, arrinconado en cada sillón, olvidado de todos y harto de tanto desapercibimiento. Hasta que decide que ya está bien, que tiene que llamar la atención y lo hace diciendo que se va. Y entonces todos le dicen adiós y él se va a la puerta, atónito:
    “Les di una última oportunidad y me quedé esperando aún media hora. Pero la puerta permaneció cerrada, nadie la abrió para llamarme. Salí a la calle y a paso lento –por si querían alcanzarme y rogar que me quedara con ellos – volví a casa.”

    Hay que ver cómo somos los seres humanos, oigan. Vistos de la mano de la delicada ironía de este Juego de Azar resultamos, al menos, más llevaderos...

    |
    Etiquetas:     
    No