Reseña: La hora de la estrella, de Clarice Lispector
La hora de la estrella es la historia de cómo se cuenta una historia. Y la historia en sí. Eso es lo mágico de este libro. Clarice Lispector consigue que pasemos suavemente, como bailando un vals de palabras, de la historia a la forma de contarla; de lo que se cuenta a la decisión de narrar; de la niña nordestina al narrador consternado; del amor del narrador por su personaje al propio amor que nosotros sentimos por la chica. Y todo ello sin violencias, sin transgresiones brutales de la estructura. Por una rara prestidigitación, el narrador se ha colado discretamente en la historia narrada y nos acompaña por ella, nos obliga a detenernos para que observemos mejor ciertos detalles, nos invita a implicarnos con el personaje, a respetarlo, a amarlo, a no darlo por perdido. Y, magia divina de la literatura bien trazada, no resulta agresivo, ni irritante, ni disuena. Al cabo, uno cree que la historia de Macabea, la nordestina repudiada por todos y desahuciada de sí, sólo puede ser contada gracias a ese narrador cegado y amoroso que la alaba pese a sus carencias, la eleva frente a su propia ruindad de cuerpo pequeño y gastado y la quiere aunque ella no se deje querer.
Las buenas historias nacen de la necesidad de contarlas. Importa el tema, claro; pero conjuntamente, como la otra cara de la misma moneda literaria, importa la forma de alumbrarlo, de explorarlo, de encontrarle esa última raíz que convierte la historia en necesaria y única. Y así la escribe para poner en el mundo, no la historia, no el lenguaje, sino el lenguaje que hace a la historia, que la aísla y la trasciende. Por eso, La hora de la estrella “ocurre en un estado de emergencia”. Urgencia de contar lo que aún no existe hasta que no es colocado entre las palabras. Urgencia de encontrar, a través de la inmensa pregunta de una historia, un légamo infinito de respuestas posibles. O como se indaga Clarice:
De eso trata esta historia, de rescatar las cosas que ya han ocurrido y hacerlas volver a suceder. Traerlas a la urna del lenguaje, mezclarlas, sopesarlas, y reeditarlas, rehacerlas a los sentidos, volverlas de verdad.
La historia se vuelve verdadera cuando no se la encarcela en los cánones, ni se la convierte en una transgresión gratuita de todo cuanto es conocido. La historia de La hora de la estrella transgrede la realidad y los conceptos de crítica siempre y cuando resulta necesario; la historia se abre paso a codazos en el bosque inmóvil de lo consensuado, retira con su propia fuerza los troncos anquilosados que no sólo no le sirven para nada, sino que le dificultan ser quién es. Así, esta historia tiene catorce títulos distintos; los catorce significan algo, iluminan una determinada perspectiva o hacen hincapié sobre uno de los acontecimientos. No se trata de elegir uno, se trata de comprender el crisol de la historia, de respetarla en su indefinición, de aceptar como una solución posible no meterla en el cascarón de un título, sino dejarla discurrir por catorce alternativas conjuntas diferentes. Pero, al tiempo, también hay que saber aprovechar los cauces dados, porque la historia conecta con nosotros, o con una parte perdida de nosotros, y entonces, se ha de recurrir a los raíles de siempre. Por todo eso, creo, dice el contador:
Una historia de una nordestina que está sola, luego no lo está más y, finalmente, queda más sola tras haber conocido la compañía. Una historia con un principio de soledad, un medio de previa y futura soledad; un gran finale de soledad total. Todo seguido de silencio, como toda buena historia, y de lluvia que cae, como un recuerdo monótono de todo lo contado. Una historia calzada en la horma de la tradición; por la que llueve, en milagrosas gotas nuevas, la experimentación necesaria, la novedosa intercalación de paréntesis llenos de pequeñas explosiones de júbilo, temor o sorpresa, que le dan al lector la dimensión total de Macabea, por dentro y por fuera, triste e inconsciente de su propia tristeza, puro sexo en ciernes, de ovarios gastados, sin embargo. Toda esa complejidad viejinueva, tristealegre es Macabea. Y para contarla, para serle fiel, para seguirla por su deambular con cierto sentido que casi se nos escapa como un hilo de incomprensión entre los dedos, es necesaria la lluvia repentina en la novela, la transgresión del narrador que la coge de la mano para traérnosla al frente; los paréntesis explosivos, los diálogos sin sentido; la paternalidad absoluta de todos, lectores y autores, para con Macabea. Porque es el único modo de verla como es: desvalida, errática y sola en la anchura enajenada de su brutal desconocimiento.
Mejor que yo, se explica solo en la novela:
Ese sentido secreto, entrevisto en las palabras ensartadas, delicado y vago, como la existencia de la muchacha nordestina, es el estilo particular de esta novela. Que no es estilo porque sí, ni porque no, sino porque no puede ser de otra manera. Y esto es lo que hace, al cabo, una obra de arte: no es porque sí ni porque no, sino porque debe ser así. Y no hay otra manera de explicarla que dejarla explicarse a sí misma.
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Las buenas historias nacen de la necesidad de contarlas. Importa el tema, claro; pero conjuntamente, como la otra cara de la misma moneda literaria, importa la forma de alumbrarlo, de explorarlo, de encontrarle esa última raíz que convierte la historia en necesaria y única. Y así la escribe para poner en el mundo, no la historia, no el lenguaje, sino el lenguaje que hace a la historia, que la aísla y la trasciende. Por eso, La hora de la estrella “ocurre en un estado de emergencia”. Urgencia de contar lo que aún no existe hasta que no es colocado entre las palabras. Urgencia de encontrar, a través de la inmensa pregunta de una historia, un légamo infinito de respuestas posibles. O como se indaga Clarice:
“Mientras tenga preguntas y no tenga respuesta continuaré escribiendo. ¿Cómo empezar por el principio, si las cosas ocurren antes de ocurrir?”
De eso trata esta historia, de rescatar las cosas que ya han ocurrido y hacerlas volver a suceder. Traerlas a la urna del lenguaje, mezclarlas, sopesarlas, y reeditarlas, rehacerlas a los sentidos, volverlas de verdad.
La historia se vuelve verdadera cuando no se la encarcela en los cánones, ni se la convierte en una transgresión gratuita de todo cuanto es conocido. La historia de La hora de la estrella transgrede la realidad y los conceptos de crítica siempre y cuando resulta necesario; la historia se abre paso a codazos en el bosque inmóvil de lo consensuado, retira con su propia fuerza los troncos anquilosados que no sólo no le sirven para nada, sino que le dificultan ser quién es. Así, esta historia tiene catorce títulos distintos; los catorce significan algo, iluminan una determinada perspectiva o hacen hincapié sobre uno de los acontecimientos. No se trata de elegir uno, se trata de comprender el crisol de la historia, de respetarla en su indefinición, de aceptar como una solución posible no meterla en el cascarón de un título, sino dejarla discurrir por catorce alternativas conjuntas diferentes. Pero, al tiempo, también hay que saber aprovechar los cauces dados, porque la historia conecta con nosotros, o con una parte perdida de nosotros, y entonces, se ha de recurrir a los raíles de siempre. Por todo eso, creo, dice el contador:
“Así que experimentaré, contra mis costumbres, una narración con principio, medio y “gran finale” seguido de silencio y de lluvia que cae”.
Una historia de una nordestina que está sola, luego no lo está más y, finalmente, queda más sola tras haber conocido la compañía. Una historia con un principio de soledad, un medio de previa y futura soledad; un gran finale de soledad total. Todo seguido de silencio, como toda buena historia, y de lluvia que cae, como un recuerdo monótono de todo lo contado. Una historia calzada en la horma de la tradición; por la que llueve, en milagrosas gotas nuevas, la experimentación necesaria, la novedosa intercalación de paréntesis llenos de pequeñas explosiones de júbilo, temor o sorpresa, que le dan al lector la dimensión total de Macabea, por dentro y por fuera, triste e inconsciente de su propia tristeza, puro sexo en ciernes, de ovarios gastados, sin embargo. Toda esa complejidad viejinueva, tristealegre es Macabea. Y para contarla, para serle fiel, para seguirla por su deambular con cierto sentido que casi se nos escapa como un hilo de incomprensión entre los dedos, es necesaria la lluvia repentina en la novela, la transgresión del narrador que la coge de la mano para traérnosla al frente; los paréntesis explosivos, los diálogos sin sentido; la paternalidad absoluta de todos, lectores y autores, para con Macabea. Porque es el único modo de verla como es: desvalida, errática y sola en la anchura enajenada de su brutal desconocimiento.
Mejor que yo, se explica solo en la novela:
“Sí, pero no hay que olvidar que para escribir no-importa-qué mi material básico es la palabra. Así es que esta historia estará hecha de palabras que se agrupan en frases, y de ellas emana un sentido secreto que va más allá de las palabras y las frases. [...] Pero no voy a adornar la palabra porque si yo toco el pan de la muchacha, ese pan se convertirá en oro, y la joven (tiene diecinueve años), y la joven no podría masticarlo y se moriría de hambre. Así, pues, tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia.”
Ese sentido secreto, entrevisto en las palabras ensartadas, delicado y vago, como la existencia de la muchacha nordestina, es el estilo particular de esta novela. Que no es estilo porque sí, ni porque no, sino porque no puede ser de otra manera. Y esto es lo que hace, al cabo, una obra de arte: no es porque sí ni porque no, sino porque debe ser así. Y no hay otra manera de explicarla que dejarla explicarse a sí misma.
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