Reseña: Las palabras de la tribu, de Francisco Umbral
“Mi vida no ha sido más que literatura, leída o vivida”, dice Umbral en el “Atrio” que da entrada a su jardín encantado de flores místicas, cardos lecheros, aves de Hispanoamérica y mastuerzos de falangista prosa. ¿Qué será vivir literatura? ¿Se trata de poner en escena las maravillosas travesuras de la imaginación? ¿O será relacionarse sólo con escritores, por escritores, contra escritores? Yo quiero pensar que se trata más bien de un aprovechamiento total de la vida, queriendo ver en ella toda la magia de una ficción y toda la imposibilidad de la poesía, dejando que la literatura sirva para construir más y mejor vida.
Las palabras de la tribu es un canto de amor a la literatura. De amor individual, insólito y libre. Umbral ama a quien le da la gana, pretiere a los que no soporta y no arrima paños calientes para defender a nadie. Su prosa, poesía traviesa que juega a esconderse en lo narrado, chisporrotea encantada cuando habla de los escritores a los que respeta:
Umbral es muy hábil en la prosa de artificio, fulgurante y alargada, que alza su luz por el cielo de la página, revienta su belleza y al final se desvanece en nada. Juegos de palabras, yuxtaposiciones imposibles para cerebros de sillón, Umbral junta lo que piensa con sus dos manos distintas y nos deja estas frases encantadas. Mortales, y a la vez, rosas.
Pero para calentarnos en la belleza, nos basta un poema de Neruda y su infantil felicidad por el mundo, nos basta la prosa suave de los latinoamericanos, nos basta la erección del labio sobre la página. Lejos de lo que escribe la mano rosada de Umbral, en Las palabras de la tribu nos marea el paso del halago extasiado y certero al juicio ávido y exacto, que no pide perdón, que no esconde su dureza en la ambigüedad o en la benevolencia. Umbral, que es rosa en un párrafo, sabe ser mortal en el siguiente, escogiendo nuevamente las únicas palabras posibles, las que envolviendo una definición dejan lo definido en su absoluta y única desnudez. Y entonces nos habla de los “neoclásicos escayolados” y de los “últimos románticos de peluche”. O coge a Azorín por el cogote y explica:
Las palabras de la tribu es un viaje vertiginoso en la prosa excesiva de Umbral por el siglo XX de la literatura tal como a él le gusta. Según quien lo mire, dirá que hay grandes ausencias o presencias indebidas, que el elogio a los prosistas de la falange son inmerecidos, que basta ya de hablar de Cela o que el libro no sigue un ideario estético sino que van saltando por las preferencias a su antojo. Y sí, el libro tiene mucho de capricho y ahí está su originalidad y su valor. Detrás de todo este coro de voces discordantes, embellecidas o derrumbadas por las manos de Umbral, se llega a la personalidad acerada e inmisericorde del autor, que no salva a nadie más que por su gusto y que condena a los laureados con fervor casi maligno.
Todo es fervor en Las palabras de la tribu, pero fervor empujado por la inteligencia y el detenimiento. Se nos quedan en los bolsillos frases lapidarias como “Antonio Machado tiene una filosofía de zapatero remendón” o “Vargas Llosa es un faulkneriano guapo y aburrido”. Aprendemos a ver a Neruda como “el buen salvaje de los grandes bosques de América, tocado, ay, por el pecado original de la cultura.” Si uno se desliza por la prosa intrincada de Umbral no verá más que belleza y ocurrencia, aforismo raquítico y embrujo de supermercado. Si uno se acomoda al paso del canoso eterno, el hielo comienza a resquebrajarse y el agua congelada que “cuando no da vida mata” empieza a inundarnos los zapatos y el pensamiento.
Porque Umbral tiene esa rara habilidad de carpintero disfrazado de ebanista. Va limando conceptos, apuntalando prosas, recortando adjetivos, barnizando juicios y devociones y atornillando ideas. Y con el toque elegante del ebanista, esconde y miente su serrín y nos enseña sólo la joya última y secreta. Umbral no se rinde a la frase fácil, al juego de palabras ramoniano que podría esconder una gran verdad pero que, las más de las veces, es mero enredo bailando en el vacío. Yo me imagino a Umbral desamontonando palabras, rebuscando en la tolva de su lenguaje las auténticas. Las que lo desvisten todo de academicismo y hojarasca. Las que cobran toda la belleza de una metáfora porque acaban siendo realidad. Porque nos obliga a pensar que “el secreto último y genial [de los poemas de Vallejo] es que piden limosna”.
Estas memorias danzarinas y mortales no son un anecdotario difuso de sus amores. Escondidas en las imágenes de mercadillo de lujo, debajo de la aparente descripción guasona, están los juicios gordos y señoriales, los pensamientos últimos que obligan al autor a escribir su libro, sus ideas. Umbral va presumiendo de nocturno y amigo, de bohemio que enterró a bohemios, de joven listo y poco rapaz, de amado que se dejaba amar con humildad de hormiga. Pero todas estas “mis cosas” le sirven para traernos al frente sus ideas sobre la literatura: la buena y la mala, la impostada y la única. Valle Inclán tiene “un sentido delincuente de la literatura” y, por intercesión del amor hacia el gallego, sabemos que Umbral piensa que “toda gran obra es un botín múltiple.”
Mucho estoy de acuerdo con Umbral. Habla del estilo, habla de “vivir” la literatura, recoloca en su panteón a ciertos escritores, bajados a la fuerza por políticos, escuelas y aires de juventud. Y mucho no estoy de acuerdo. Encuentro ausencias, me pregunto por otros que se han colado en el libro, me canso de falange y Champourcin. Me va aflorando el juicio a medida que leo y me gustaría pelearme con Umbral, decirle que no, que este juicio es exagerado, que a qué tanta alabanza a Pemán, que por qué quiere tanto a Aleixandre. Es tantísima la individualidad de Umbral, la cabezonería sesuda con que defiende y ataca lo que le da la gana que, en ningún momento, la falta de acuerdo agrede al pacto de lector. La falta de acuerdo no invalida el juicio del autor y eso es por mortal, convencido y albergado. Porque por Umbral vamos y venimos del consenso a la piedra. No queremos bajarnos de nuestra opinión, mudarnos a su barrio, amar lo que ya desestimamos hace tiempo sólo porque lo diga él. Pero, por un momento, subimos por encima de nosotros mismos, nos sentamos a caballo de lo que opinamos, sacamos una pierna al aire de lo que no creemos y notamos que no hace tanto frío ni es tan mala la literatura como la pintan. Parece mentira que con toda su tozudez y con toda su prosa devastadora, leer el libro de Umbral no invite a exacerbarse en juicios y opiniones, sino a reflexionar y a difuminar las fronteras.
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Las palabras de la tribu es un canto de amor a la literatura. De amor individual, insólito y libre. Umbral ama a quien le da la gana, pretiere a los que no soporta y no arrima paños calientes para defender a nadie. Su prosa, poesía traviesa que juega a esconderse en lo narrado, chisporrotea encantada cuando habla de los escritores a los que respeta:
“Indio con entorchados, […] negro con alma de princesa cachonda y pianista,[…] cuaco idolizado, fabuloso derrumbe humano, […] congestionado de trascendencia, pálido bajo su color indio, robusto de persona y esbelto de corazón.[…]”
Umbral es muy hábil en la prosa de artificio, fulgurante y alargada, que alza su luz por el cielo de la página, revienta su belleza y al final se desvanece en nada. Juegos de palabras, yuxtaposiciones imposibles para cerebros de sillón, Umbral junta lo que piensa con sus dos manos distintas y nos deja estas frases encantadas. Mortales, y a la vez, rosas.
Pero para calentarnos en la belleza, nos basta un poema de Neruda y su infantil felicidad por el mundo, nos basta la prosa suave de los latinoamericanos, nos basta la erección del labio sobre la página. Lejos de lo que escribe la mano rosada de Umbral, en Las palabras de la tribu nos marea el paso del halago extasiado y certero al juicio ávido y exacto, que no pide perdón, que no esconde su dureza en la ambigüedad o en la benevolencia. Umbral, que es rosa en un párrafo, sabe ser mortal en el siguiente, escogiendo nuevamente las únicas palabras posibles, las que envolviendo una definición dejan lo definido en su absoluta y única desnudez. Y entonces nos habla de los “neoclásicos escayolados” y de los “últimos románticos de peluche”. O coge a Azorín por el cogote y explica:
“Todo el estilismo, todo el preciosismo, todo el virtuosismo de Azorín no son sino un mantenido esfuerzo por ocultar al chufero valenciano”.
Las palabras de la tribu es un viaje vertiginoso en la prosa excesiva de Umbral por el siglo XX de la literatura tal como a él le gusta. Según quien lo mire, dirá que hay grandes ausencias o presencias indebidas, que el elogio a los prosistas de la falange son inmerecidos, que basta ya de hablar de Cela o que el libro no sigue un ideario estético sino que van saltando por las preferencias a su antojo. Y sí, el libro tiene mucho de capricho y ahí está su originalidad y su valor. Detrás de todo este coro de voces discordantes, embellecidas o derrumbadas por las manos de Umbral, se llega a la personalidad acerada e inmisericorde del autor, que no salva a nadie más que por su gusto y que condena a los laureados con fervor casi maligno.
Todo es fervor en Las palabras de la tribu, pero fervor empujado por la inteligencia y el detenimiento. Se nos quedan en los bolsillos frases lapidarias como “Antonio Machado tiene una filosofía de zapatero remendón” o “Vargas Llosa es un faulkneriano guapo y aburrido”. Aprendemos a ver a Neruda como “el buen salvaje de los grandes bosques de América, tocado, ay, por el pecado original de la cultura.” Si uno se desliza por la prosa intrincada de Umbral no verá más que belleza y ocurrencia, aforismo raquítico y embrujo de supermercado. Si uno se acomoda al paso del canoso eterno, el hielo comienza a resquebrajarse y el agua congelada que “cuando no da vida mata” empieza a inundarnos los zapatos y el pensamiento.
Porque Umbral tiene esa rara habilidad de carpintero disfrazado de ebanista. Va limando conceptos, apuntalando prosas, recortando adjetivos, barnizando juicios y devociones y atornillando ideas. Y con el toque elegante del ebanista, esconde y miente su serrín y nos enseña sólo la joya última y secreta. Umbral no se rinde a la frase fácil, al juego de palabras ramoniano que podría esconder una gran verdad pero que, las más de las veces, es mero enredo bailando en el vacío. Yo me imagino a Umbral desamontonando palabras, rebuscando en la tolva de su lenguaje las auténticas. Las que lo desvisten todo de academicismo y hojarasca. Las que cobran toda la belleza de una metáfora porque acaban siendo realidad. Porque nos obliga a pensar que “el secreto último y genial [de los poemas de Vallejo] es que piden limosna”.
Estas memorias danzarinas y mortales no son un anecdotario difuso de sus amores. Escondidas en las imágenes de mercadillo de lujo, debajo de la aparente descripción guasona, están los juicios gordos y señoriales, los pensamientos últimos que obligan al autor a escribir su libro, sus ideas. Umbral va presumiendo de nocturno y amigo, de bohemio que enterró a bohemios, de joven listo y poco rapaz, de amado que se dejaba amar con humildad de hormiga. Pero todas estas “mis cosas” le sirven para traernos al frente sus ideas sobre la literatura: la buena y la mala, la impostada y la única. Valle Inclán tiene “un sentido delincuente de la literatura” y, por intercesión del amor hacia el gallego, sabemos que Umbral piensa que “toda gran obra es un botín múltiple.”
Mucho estoy de acuerdo con Umbral. Habla del estilo, habla de “vivir” la literatura, recoloca en su panteón a ciertos escritores, bajados a la fuerza por políticos, escuelas y aires de juventud. Y mucho no estoy de acuerdo. Encuentro ausencias, me pregunto por otros que se han colado en el libro, me canso de falange y Champourcin. Me va aflorando el juicio a medida que leo y me gustaría pelearme con Umbral, decirle que no, que este juicio es exagerado, que a qué tanta alabanza a Pemán, que por qué quiere tanto a Aleixandre. Es tantísima la individualidad de Umbral, la cabezonería sesuda con que defiende y ataca lo que le da la gana que, en ningún momento, la falta de acuerdo agrede al pacto de lector. La falta de acuerdo no invalida el juicio del autor y eso es por mortal, convencido y albergado. Porque por Umbral vamos y venimos del consenso a la piedra. No queremos bajarnos de nuestra opinión, mudarnos a su barrio, amar lo que ya desestimamos hace tiempo sólo porque lo diga él. Pero, por un momento, subimos por encima de nosotros mismos, nos sentamos a caballo de lo que opinamos, sacamos una pierna al aire de lo que no creemos y notamos que no hace tanto frío ni es tan mala la literatura como la pintan. Parece mentira que con toda su tozudez y con toda su prosa devastadora, leer el libro de Umbral no invite a exacerbarse en juicios y opiniones, sino a reflexionar y a difuminar las fronteras.
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